La segunda coincidencia

–¿No se puede romper el maleficio?

Sherlock no supo qué decir durante unos segundos.

Si contaba la verdad, podía ser que John sintiera lástima, y eso no era lo que necesitaba de él. Un amor por pena quedaba totalmente descartado. La verdad también podía hacer que se asustara, saliera corriendo y se precipitara en medio de la nieve sin importarle su destino. ¿Quién iba a amarle con ese aspecto? ¿Con su forma de ser? Su físico sólo era un reflejo de como era por dentro. Espantoso para todo el mundo. Espantoso para si mismo.

–No—dijo finalmente sintiendo la congoja en su pecho. Devolvió la mirada al fuego porque contemplar a John era doloroso. Aún sin que supiera lo que realmente ocurría. El saber que ese chico estaba en su hogar. Tan cerca y a la vez tan lejos.

Comenzaba a encariñarse con John y no quería apartarlo de su lado. Como la señora Hudson había comentado, la amistad, eso sí lo necesitaba. Lo anhelaba. Siempre estuvo demasiado solo para darse cuenta de lo importante que era la compañía y encerrado entre cuatro paredes se hacía más duro el admitirlo. Le había costado muchos años de su vida llegar a esa conclusión. Y tan solo unas horas de conocer a John Watson para aceptar que era justo lo que debía tener. No aspiraba a su corazón, pero sí a su aprecio.

No supo en que momento el chico rubio se había levantado del sillón, ni cuando se había acercado a el, pero en un instante sintió sus manos rodearle el torso, y como el pecho del otro rozaba su espalda.

John le estaba abrazando. Le estaba mostrando su apoyo. No podía hacerle olvidar su aspecto, ni podía deshacer el hechizo, pero le ofrecería su hombro si lo necesitaba.

Le debía mucho al dueño de aquel castillo, y a su modo de ver, nadie se merecía un castigo semejante. La soledad era una de las peores cosas que podía sufrir una persona a su juicio.

Sherlock cerró los ojos tras el shock inicial, disfrutando del primer contacto de su vida en años. Los dedos de John se aferraban a su pecho con firmeza y sus dedos olían sutilmente a limón por el ungüento. El corazón le galopaba fuera de si, a punto del colapso. Porque también por primera vez en su vida, estaba sintiendo. Algo. Sentimientos desconocidos para él, pero agradables. Y rogaba porque no se desvanecieran con la marcha de John.

Actuando por su cuenta, alzó sus manos y rozó el dorso de las de John con la yema de sus dedos. El rubio no las apartó, así que continuó hasta que las estrechó para que nunca las quitase de donde se encontraban.

–Dime algo que te guste mucho, John—dijo. La frente del chico, que antes rozaba la tela que cubría su espalda, se apartó y sentía sus ojos fijos en su nuca.

–¿Para qué?

–Tú dímelo.

John se quedó en silencio un momento, antes de hablar.

–Me gustan las tostadas recién hechas de mi padre, con la mantequilla por encima que comienza a derretirse. También me gusta ver la cara de agradecimiento de los pacientes cuando les digo que se recuperarán. Y me gusta regar el jardín los domingos por la mañana, y luego relajarme a leer un libro en mi habitación, tumbado en la cama... Lo siento, dijiste algo... Y dije muchas cosas.

–¿Te gusta leer, John?

–Me encanta. Cuando encuentro un buen libro... No lo dejo de leer hasta que lo termino.

–Pues ven—Sherlock no soltó la mano del rubio en ningún momento mientras tiraba de él para que le acompañara a algún lugar del castillo.

Subieron por las grandes escaleras y recorrieron un extenso pasillo.

Sherlock había preguntado a John por sus gustos en un principio por mera curiosidad, pero algo le decía que si alguna de esas cosas estaba a su alcance, se la daría sin pensarlo siquiera. Y por fortuna, una la podía cumplir con creces.

Se detuvieron frente a unas puertas dobles de varios metros de alto y Sherlock colocó a John justo delante de él.

–Abre la puerta, John—animó situándose a su espalda, como si se escudara en el.

La puerta era casi tan pesada como la de la entrada, pero no chirrió al abrirla.

Y lo que John vio al otro lado, le dejó boquiabierto.

Una inmensa biblioteca repleta de millones de libros. Mirase donde mirase había cientos y cientos de tomos.

–Sherlock... Esto es...

Igual que un sonámbulo, caminó algunos pasos hacia el interior, pero no era capaz de acercarse a ningún estante. Sherlock le seguía, con las manos en su espalda, como si le empujara.

–Elije todos los que quieras. Son tuyos.

–Yo... No... No sé qué decir.

–Solo te pido como favor que los leas aquí, John. En este castillo.

John entonces pareció comprender y se volteó a mirarle.

–¿Es un incentivo? ¿Crees que los necesito para volver aquí cuando pueda regresar a casa? –el otro asintió tras un leve titubeo. –Sherlock, claro que volveré. Pero a verte a ti. No necesitas regalarme todos los libros del mundo a cambio de que venga. Los amigos visitan a sus amigos porque los quieren y les gusta saber de ellos.

–¿Amigos? –Sherlock boqueó como pez fuera del agua.

–Te debo la vida, Sherlock. De no ser por ti, habría muerto ahí afuera. Claro que te considero mi amigo.

Sherlock sintió el súbito impulso de reír, de gritar, e incluso de saltar. Quizás todo al mismo tiempo. Sin embargo se contuvo, porque eso no era algo que él haría normalmente. Lo que sí hizo fue sonreír. De verdad. Una sonrisa que le había salido del corazón como nunca antes. Fresca y sincera.

La nieve continuó cayendo durante el día, por la noche a intervalos, y a la mañana siguiente. Sin embargo, al llegar la tarde, salió el sol.

Sherlock y John estaban frente a la chimenea por ese entonces. El dueño del castillo permanecía sentado, pero el rubio se encontraba tumbado con la cabeza sobre los muslos del otro, sujetando un libro abierto que leía en voz alta para que ambos disfrutaran de la historia.

Y mientras escuchaba la narración de John, Sherlock se dio cuenta de que el temporal se había calmado. Dándose de bruces con un profundo sentimiento. El miedo más atroz.

Quiso correr a cerrar la cortina para que John no se diera cuenta. Rogó porque el sol se ocultara detrás de tantas nubes que el cielo oscureciera. Pero sobretodo, pensó en abrazar a John para que no se le ocurriera marcharse de su vida.

Tan preocupado estaba, que perdió el hilo de lo que John le estaba leyendo.

–¿Te ha parecido curioso?

Agachó la cabeza y vio que John le miraba con los ojos interrogantes.

–¿El qué?

–El final del capítulo. ¿Te lo ha parecido?

–Ahm...

–No te has enterado, ¿no? –Sherlock negó con la cabeza, reconociéndolo. –¿Estás bien?

Entonces Sherlock se sintió culpable y con un ademán le señaló la ventana.

–Oh... –John se incorporó, quedando sentado. –La nevada se ha detenido. Oh, vaya—John se puso en pie y caminó hacia la ventana, para asomarse y creerse que fuera real.

Sherlock sintió un nudo en la garganta.

–Ya puedes regresar a casa, John—dijo a sabiendas de que si lo escuchaba decir de boca del rubio sería peor.

–Es cierto... –a pesar de todo, John no parecía del todo feliz. –Mi padre pensará que me ha pasado algo terrible.

–Ordenaré que te ensillen un caballo, así no tendrás que volver andando—dijo Sherlock aprovechando esa excusa para marcharse de la habitación.

La marcha de John tuvo lugar en medio de un silencio sepulcral. Lestrade, la señora Hudson y Mycroft permanecían cabizbajos, mientras John se montaba en el caballo de color canelo que le habían ensillado tal y como lo había dispuesto Sherlock. Todos con la idea inamovible de que no volverían a ver al muchacho de rubios cabellos y que jamás se desharía la maldición. Pero John también parecía afectado con el hecho de tener que marcharse.

Sherlock se acercó a él en cuanto sujetó las riendas con fuerza y le tendió el libro que minutos antes había estado leyendo tumbado en su regazo.

–Termínalo—dijo seco, pero le dolía infinitamente que su huésped se tuviera que ir de su castillo. –Así tendrás un recuerdo de que alguna vez estuviste aquí.

John lo cogió con delicadeza, como si fuera de vidrio.

–Volveré, Sherlock. Te lo prometo.

Sherlock asintió, pero palmeó la grupa del caballo haciendo que comenzara a trotar, alejándose de ellos.

Y cayó la noche en el castillo.

Sherlock, apesadumbrado, se había retirado a sus aposentos, después de hacerle prometer a todos los habitantes del castillo que jamás mencionarían el nombre de John Watson.

Había decidido no hacerse ilusiones de que volvería a verle y quería que tampoco los de su alrededor lo hicieran. Estaban condenados y nadie, ni ese chico tan maravilloso que habían conocido pondría fin a ello.

Sin embargo, horas después, sintió que el corazón se le salía del pecho al escuchar tres golpes fuertes en la puerta de entrada.

Se levantó del diván con rapidez y con la túnica ondeando detrás de él. La capucha que había vuelto a ponerse tras la marcha de John. La tela que le escondía del resto del mundo.

Se apresuró a abrir el portón, pero no era John quien estaba al otro lado.

Un hombre de cabellos canos y edad avanzada es con el que se encontró fuera. A su espalda había un grupo de gente, de unas seis personas, todos sujetando las riendas de sendos caballos. Y llamando la atención entre la multitud, destacaba la figura de una mujer de porte elegante y cabello dorado.

–Disculpe caballero—dijo el hombre más maduro. –Estamos buscando a un muchacho llamado John. Desapareció hace unos días. Creemos que le pilló la tormenta y buscó refugio en alguna parte. Con esos pensamientos hemos salido en su busca al amainar el temporal, y confiamos en que usted o alguien le haya podido ver.

–¿Quién es usted? –preguntó desconfiado.

–Mi nombre es Henry Watson. Soy el padre de John. Los que me acompañan son habitantes del pueblo que me están ayudando en la búsqueda.

Eso le asustó.

–¿Es el padre de John? Él volvió a casa hace horas. ¿No se han cruzado por el camino?

–¿Entonces conoce a John? –la mujer rubia dio varios pasos al frente. Alterada. Sus pies se hundían en la nieve, pero aún así ella llevaba tacones altos y se remangaba el vestido.

–Se refugió aquí—confirmó Sherlock, ganándose una mirada afilada de la mujer. Era consciente de que el hecho de ocultar su rostro, provocaba que no se fiasen demasiado de él. –Pero repito que se marchó.

Mary entrecerró los ojos y se acercó más a Sherlock, lo suficiente como para encararse con él, poniéndose incluso de puntillas.

–¿Y quién me garantiza que no lo tienes ahí dentro? Un tipo extraño, con un castillo en mitad del bosque. ¿Por qué debemos creer en tu palabra?

Ignorando si le respondía o no, le pasó de largo y entró por la puerta entreabierta detrás de Sherlock. Pero él se apresuró y la sujetó del antebrazo.

–He dicho que se ha marchado.

–Y yo digo que no tengo porqué creerte.

Mary se zafó del agarre y salió corriendo escaleras arriba.

Sherlock entonces miró al grupo.

–John se fue hace rato. Si no ha llegado a casa, es que le ha pasado algo. Cogeré un caballo. Los que quieran venir, que me sigan. Los que no, acompañen a la señorita que está ahí dentro.

Salvo un hombre que se quedó a esperar a Mary con el caballo, los demás, Henry incluido, siguieron a Sherlock por entre la nieve. Iluminándose el camino con antorchas, recorrieron el perímetro en grupo. Llegaron hasta el pueblo de nuevo, por si John había vuelto a casa mientras todos estaban en el castillo, pero nada. Volvieron al bosque, y las esperanzas se iban desvaneciendo conforme el sol iba apareciendo en el cielo trayendo consigo la mañana, y de nuevo, la nieve.

Por fortuna, la nevada esta vez era suave, lenta. Y no les obligaba a resguardarse. Así que continuaron la búsqueda. Hasta que, junto a un lago helado, se temieron lo peor.

El hielo estaba roto por una parte, como si algo o alguien lo hubiera atravesado y se hubiera hundido en el agua helada. Y junto al hueco había un zapato de John, y el libro que Sherlock le había regalado.

Sherlock y Henry se bajaron de sus respectivos caballos con el miedo en el cuerpo.

–¡John! –gritó Sherlock, que desesperado, se aventuró sobre el hielo sin importarle que se resquebrajara más bajo sus pies.

–¡John! –gritó Henry también. Y los demás le imitaron.

Sin embargo, antes de que Sherlock llegara al borde del agujero, escucharon algo.

–¡¿Papá?!

Era la voz de John, y había salido de alguna parte. Se miraron a unos a otros, como para confirmar que no era producto de su imaginación y entonces empezaron a caminar en todas direcciones.

–¡John! –repitió Henry con una sonrisa esperanzadora dibujada en el rostro.

Y allí, entre unos matorrales cubiertos de nieve encontraron a John. Estaba hecho un ovillo, resguardándose del frío bajo la capa que le habían dado antes de marcharse del castillo. Tenía nieve en el pelo y tiritaba.

En cuanto Henry lo vio, corrió a abrazarle.

–¡Papá! –dijo John emocionado. –Lo siento, papá. Siento no haber ido a casa.

–No pasa nada, John. Tranquilo—dijo acariciándole el cabello y quitándole los copos que se habían posado sobre el.

–John... –Sherlock había recuperado el alma. Pero todavía respiraba agitado por la situación.

–¿Sherlock? –cuando John alzó la vista y lo vio allí de pie, se sorprendió. –Sherlock, tu caballo... perdóname. Nos topamos con unos lobos, el caballo se asustó y salió corriendo en dirección al lago sin que pudiera impedirlo... el hielo se rompió y el caballo... Perdóname Sherlock. Quise sacarlo. Tiré de las riendas, pero se hundía... Perdóname. Lo intenté...

Mientras Henry se ponía en pie y daba órdenes a los otros para disponerlo todo y llevar a su hijo de vuelta a casa, Sherlock se agachó a la altura de John y le abrazó.

–Lo importante es que estés bien, John. Menudo susto nos diste.

–He perdido el libro, Sherlock—sollozó John en su pecho.

–No está perdido, está en el lago—tranquilizó. –De todos modos, hay miles más en mi casa, ¿recuerdas?

John le miró y le sonrió como sólo él sabía hacerlo, de forma genuina. Alzó las manos y le bajó la capucha, dejando su rostro al descubierto.

–Saliste a buscarme, Sherlock.

–Me preocupé—dijo al tiempo que quitaba un copo de la mejilla de John en un gesto espontáneo y cariñoso.

John se movió entonces. Inclinándose hacia Sherlock, le sujetó el rostro antes de unir sus labios con los suyos. Sintió el sobresalto del más alto, pero éste no se apartó. Al contrario, se dejó llevar. Olvidando por completo que estaban en medio de la nieve. Sintiendo por primera vez en su vida, aquel agradable calor en el pecho.

–Se avecina una ventisca... –dijo alguien.

–Deberíamos volver al pueblo ya, o nos pillará en medio del bosque—dijo otro.

Las voces se oían lejanas a pesar de que estaban a pocos pasos de ellos. Les escuchaban moverse, preparar los caballos. Hablar en susurros. Pero ellos parecían ajenos a todo eso.

Sherlock se sentía en el cielo, y estrechó a John todo lo que pudo entre sus brazos.

–¡En marcha! –ordenó alguno.

Y eso les obligó a detener el beso.

Cuando John abrió los ojos de nuevo, se dio cuenta de que Sherlock había cambiado.

–Oh... –musitó asombrado. Sherlock ladeó la cabeza, sin comprender su sorpresa. –Sherlock... –John subió una de sus manos que estaba en la mejilla de Sherlock hasta su frente, estirando un bucle de negro cabello con uno de sus dedos. –Tu pelo es precioso—dijo.

Tras superar el desconcierto inicial, Sherlock llevó sus manos a la cabeza, comprobando que su cabello volvía a estar allí. Después pasó los dedos por la piel de su rostro y descubrió también que las cicatrices habían desaparecido.

–Has roto la maldición, John—dijo entonces.

–¿Lo hice? Creí que no se podía.

–Se podía si conseguía que alguien me quisiera.

–Pero dijiste...

–Sé que dije que no se podía deshacer, pero mentí. No quería tu lástima, John. Quería justo lo que he conseguido—dijo estrechando sus manos y ayudándole a ponerse en pie. –Tu amor. –Sherlock se dirigió de pronto a los demás. –Vamos a mi castillo. Queda más cerca que vuestro pueblo. Cuando el temporal se calme, podréis regresar.

Todos le hicieron caso, y marcharon al castillo.

Sherlock fue el primero en bajar del caballo y ayudó a John a hacer lo mismo. Estaba ansioso por entrar y ver a sus empleados de nuevo como seres humanos.

Abrió el portón de la entrada sin soltar la mano de John y accedieron al castillo. Pero no se encontraron en el recibidor como cabía esperar. De repente estaban en el gran salón. La chimenea encendida. El gramófono reproduciendo una melodía clásica. Y atravesando la ventana del fondo, el cuerpo de Mary Morstan.

John contuvo el aliento, pero Sherlock se acercó.

La parte superior del cuerpo de Mary asomaba al exterior a través de los cristales rotos, pero la inferior continuaba dentro del salón. Sherlock tiró de ella por la cintura y la tumbó sobre el suelo. Tenía los ojos abiertos, y todavía llevaba los llamativos pendientes y la pulsera de esmeraldas en la muñeca. Alguien la había empujado, pero no la habían asesinado para robarle, eso estaba claro.

–John... Es como el segundo caso... –dijo confuso. –La segunda maqueta de ''El Miniaturista''.

–Sherlock.

–...

–Sherlock.

Alzó la cabeza, pero sintió una punzada en el cuello por haber dormido en mala postura. Al desperezarse, se dio cuenta de que había dormido sentado y estaba en la cocina.

–Te has dormido con la cara sobre la mesa. Debías estar muy cansado para hacer algo así—dijo John divertido mientras servía té caliente en dos tazas.

–Estaba soñando—admitió masajeándose la nuca. –Otra vez esos cuentos.

–¿De qué hablas?

–El libro. El que cogí... ¿No te acuerdas?

–Ahm, claro.

–Y como en el sueño anterior... Se repitió la similitud con una maqueta. Con la segunda. La mujer que fue empujada contra una ventana y murió.

–Sherlock, creo que necesitas unas vacaciones. Soñar con casos no puede ser bueno.

Y Sherlock le miró como si le hubiera dicho una aberración.

En un país muy lejano, hace ya mucho tiempo, vivían un rey y una reina. Muchos años hacía que anhelaban un hijo y al fin su deseo se vio cumplido con el nacimiento de un lindo niño al que pusieron por nombre, John.

El nacimiento fue motivo de regocijo general y un gran día de fiesta fue proclamado para que todos los habitantes del reino pudieran rendir pleitesía al principito.

Esta historia comienza ese día feliz. El día en el que el reino celebraba tan esperado acontecimiento. En el que el rey Henry y la reina Ella dieron la bienvenida a un amigo de toda la vida.

–¿Por qué tengo que ir yo? –preguntó un pequeño Sherlock mientras contemplaba el paisaje que se abría ante sus ojos con cara de aburrimiento.

Desde muy temprano, su padre y él habían subido al carruaje para ver a un bebé recién nacido en el reino de al lado, bebé al que dicho sea de paso, Sherlock no tenía interés alguno por conocer.

–Porque Henry es un buen amigo mío, y es nuestro deber ir a dar la bienvenida a su primogénito.

–Es amigo tuyo, podrías haber venido tú solo. No me necesitabas para eso.

Se ganó una mirada de su padre a modo de reprimenda.

–Debes conocer a ese niño porque en un futuro tú y él es probable que tengáis que desposaros.

–¿Casarme con él? –Sherlock hizo una mueca de disgusto.

–Sherlock, eres un niño inteligente. Sabes que si te casas con el hijo del rey Henry, nuestro reino y el suyo se unirán. Y eso, a parte de ampliar el reino, es perfecto para la economía, el comercio... Son todo ventajas. Cuando seas mayor lo entenderás mejor.

Sherlock se cruzó de brazos.

–No pienso casarme nunca, y menos con ese niño—dijo y le sacó la lengua a su padre, haciendo que este enrojeciera de la ira.

–Lo harás porque yo lo digo. ¡O te desheredo!

Continuará...

Y por fin empieza la historia que más me ha gustado como ha quedado xD