Eres tú...

Cuando finalmente llegaron al gran palacio que se alzaba en la parte más alta del reino, Sherlock y su padre se apearon del carruaje.

Sherlock se sorprendió de que tanta gente hubiera ido a ver a un bebé al que él no le daba la más mínima importancia. Y no solo eso, sino que parecían en extremo felices y no dejaban de alzar la voz para decir a todos los que quisieran escucharles, sus buenos deseos hacia el principito que acababa de llegar al mundo.

–¡Su real majestad, el rey Arthur y su alteza, el príncipe Sherlock! –anunció una voz al tiempo que los mencionados avanzaban por la sala hasta colocarse delante de los reyes e inclinarse en señal de respeto.

Sherlock lo hizo a regañadientes, porque para colmo, su padre le había dado un presente que debía entregar a sus majestades. Un regalo para su retoño, al que él ya despreciaba. Odiaba que le impusieran algo, y el matrimonio era de las peores cosas que le podían obligar a hacer.

Henry se levantó del trono para recibir a su amigo, y ambos hombres no tardaron en darse un afectuoso abrazo. Primero Henry, y luego fue Ella la que abrazó a Arthur, que sonreía como si fuera él el padre de la criatura que iban a conocer.

–Cuanto has crecido, Sherlock. La última vez que te vimos, todavía eras un bebé—dijo Henry revolviéndole los pequeños rizos negros con una mano.

–Hace mucho de eso entonces—dijo Sherlock sin ganas de hablar. No quería estar allí. No le gustaba rodearse de tanta gente. Y lo que menos le agradaba era conocer al dichoso bebé.

–Ven a conocer a John, Sherlock—dijo afectuosa Ella, guiando al niño a la cuna que había cerca del trono.

La cuna era hermosa, desde luego. De madera pulida y bien tallada, con un dosel del que colgaban unas cortinas de seda en color celeste. Y detalles de oro que indicaban a todos los presentes que allí dormía un verdadero príncipe.

Sherlock acompañó a la amable mujer y se asomó para ver al neonato.

Sólo podía verle la cabecita, porque el resto de su cuerpo estaba tapado por una manta de impoluto blanco. Pero el bebé no era tan terrible de contemplar como él se había imaginado.

Sonrosadas mejillas, labios pequeños, y una pelusilla rubia por cabello. Sin embargo, no pudo verle los ojos porque los tenía cerrados, sumido en un profundo sueño y respirando con la boca entreabierta.

Aún así, Sherlock puso su mejor cara de aversión y le sacó la lengua al inocente crío durmiente, aprovechando que su padre andaba distraído a sus espaldas.

Entonces la voz que les había anunciado minutos antes, volvió a gritar.

–¡Sus honorables excelencias, las tres ilustres hadas! ¡La buena hada, Martha! ¡La buena hada, Molly! ¡Y la buena hada, Mycroft!

Los tres seres alados entraron por uno de los ventanales del palacio, y en un momento estaban delante de los reyes, inclinándose con el mismo respeto que los demás. Acto seguido, se apresuraron para ver al bebé, y al contemplarlo, sus rostros se iluminaron como el primer sol de la mañana.

–Es un encanto... –dijo emocionada Molly.

Entonces todas se dirigieron a los reyes.

–Cada uno de nosotros dotará al bebé de un raro don, que en suma, serán tres—les dijo Mycroft a Henry y Ella.

Martha fue la primera en sacar su varita y hacer una floritura con ella en dirección a la cuna.

–Principito, mi don especial para ti será la bondad. Una virtud que no todos poseen. El pensar en el prójimo y en su bienestar. No habrá en el mundo alguien más bueno que tú.

Y unas motas doradas como purpurina cayeron sobre el bebé que continuaba durmiendo ajeno a todo.

La siguiente en dar un paso al frente fue Molly. Que imitó a Martha sacando la varita y agitándola de igual modo.

–Hermoso principito, mi don para ti será la inteligencia. Una virtud que en ti, superará lo normal. Todo aquello por lo que te apasiones, no supondrá ningún reto para ti, porque lo aprenderás con mucha facilidad.

Y las motas doradas volvieron a bañarlo.

Tocaba el turno de Mycroft y se adelantó a sus hermanas para dar su don al bebé, pero una ráfaga de viento se lo impidió. Una ráfaga tan violenta que las puertas se azotaron, y los vestidos de las invitadas se agitaron.

Entonces por la puerta entró una mujer alta, de cabellos oscuros y aspecto siniestro. Llevaba un gran báculo en la mano y caminó hasta situarse frente a los reyes.

–Es Janine... –musitó Molly asustada.

–¿A qué ha venido esa aquí? –preguntó molesto Mycroft, puesto que había interrumpido su turno.

–Se ve que ésta es una reunión brillante, rey Henry—dijo Janine con tono cortés. –La realeza, la nobleza, la plebe y... –miró a las tres hadas y sonrió. –Hasta la gentuza. Realmente me sentí apenada al no recibir invitación a tan importante acontecimiento.

–Es que no se te quería aquí—dijo Mycroft.

–¡¿Que no se me...?! –fingió sorpresa, pero se relajó enseguida. –Qué embarazosa situación. Esperaba que todo se debiera a un descuido, pero en tal caso, será mejor que me vaya.

Hizo ademán de marcharse, pero Ella la detuvo.

–¿No os sentís ofendida, excelencia?

–¿Yo? ¿Por qué, vuestra majestad? En absoluto. Y para demostraros mi buena voluntad, yo también concederé un don a vuestro hijo.

Las tres hadas corrieron a rodear la cuna.

–¡Oíd bien todos vosotros! –anunció mientras agitaba su báculo. –El príncipe sí crecerá dotado de gran inteligencia y extrema bondad. También podrá ser amado por cuantos le conozcan. Pero, al cumplir los dieciocho años, antes de que el sol se ponga, se pinchará el dedo con el huso de una rueca, ¡y morirá!

–¡No! –chilló Ella que corrió hacia la cuna y cogió a su bebé en brazos para protegerlo contra su pecho.

Janine mientras tanto se reía, satisfecha de su maleficio.

–¡Detened a esa hechicera! –ordenó Henry.

Pero era demasiado tarde. Janine se esfumó sin darles la oportunidad de capturarla, dejando tras de sí el espantoso sonido de sus últimas carcajadas.

–No desesperéis majestades—dijo Martha al ver a los reyes tan afligidos acunando a su bebé. –Mycroft aún tiene un don para él.

–¿Podrá deshacer ese horrible hechizo? –preguntó esperanzado Henry.

–No, señor—dijo Molly. –Los poderes de Janine son grandes, alteza. Pero puede ayudar en algo.

Mycroft se acercó a Ella que continuaba con el bebé en los brazos y agitó la varita.

–Dulce principito, si por ese desdichado embrujo te ha de herir el huso de una rueca un dedo, que haya un rayo de esperanza con el don que te concedo. Y no con la muerte. Solo en profundo sueño la fatal profecía se cumplirá y de ese sueño hechicero despertarás al calor del primer beso de amor.

–Pues me parece que no tendré que casarme finalmente—dijo Sherlock en voz baja conteniendo una risilla mientras los últimos destellos dorados caían sobre el pequeño John.

No obstante, los reyes preocupados por la vida de su hijo, decretaron de inmediato que todas las ruecas de hilar que hubiera en el reino fueran quemadas ese mismo día. Y la real orden se cumplió.

Y por si no fuera suficiente, las tres hadas se llevaron a John para ocultarlo en una cabaña escondida en medio del bosque hasta que estuviera completamente a salvo.

Así, muchos tristes años pasaron para los reyes y su pueblo. Pero a medida que se acercaba la fecha en la que el príncipe cumpliría dieciocho años, el reino entero empezó a regocijarse porque todos sabían que, mientras, en los dominios de Janine, la montaña prohibida tronaba con su ira y su despecho porque su infame profecía no se había aún realizado.

Pero ella no cejaba en su empeño. Encontraría a John, y se cumpliría su voluntad.

–Creo que este pastel será el adecuado—dijo Molly señalando la imagen del libro que los tres contemplaban rodeando la mesa.

Se acercaba el cumpleaños número dieciocho de John y querían hacerle algo especial puesto que volvería a su palacio y se separaría de ellos.

Mycroft, Molly y Martha se habían encariñado mucho con el muchacho, al que consideraban como un hijo. Aún así, a pesar de la pena, querían que John tuviera una gran fiesta, aunque solo fuera con ellos cuatro dentro de esa pequeña cabaña.

Habían pensado mucho en ese momento. En el que le contarían que los tres eran hadas encargadas de protegerle. Que era hijo de reyes. Y que su verdadero hogar era el palacio y no esa casucha algo destartalada. Pero todavía no sabían qué palabras utilizar, puesto que eran conscientes de que sería un duro golpe para el chico, de eso no tenían duda.

John se despertó temprano, como de costumbre y bajó las escaleras, encontrando a su tío y a sus tías en la cocina, hablando en susurros alrededor de la mesa.

Carraspeó para llamar su atención. Sabía perfectamente que se traían algo entre manos.

–Voy a dar un paseo—informó.

Las tres cabezas se alzaron en su dirección y asintieron casi sincronizadas.

–Ten cuidado en no alejarte demasiado—dijo su tía Molly.

–No hables con extraños—dijo Mycroft.

–Vuelve para el almuerzo—dijo Martha.

Y John salió de la casa conteniendo la risa. Qué inocentes podían ser a veces sus tíos pensando que él era un iluso que no se daba cuenta de las cosas. Sobretodo cuando eran tan poco delicados ocultándolo.

Así que estaba convencido de que le estaban preparando algo por su cumpleaños que se acercaba peligrosamente. Cumpliría dieciocho años en pocos días y tenía planes. Grandes. Para empezar, se marcharía de la cabaña a ver mundo. Quería conocer nuevos lugares. Y a nuevas personas.

Quería con locura a sus tías y a su tío, pero eran las únicas personas con las que se había relacionado en todos esos años. Siempre obedeciendo sus ordenes de no acercarse ni hablar con nadie.

Si ellos supieran que John había visto a gente pasar por el bosque, pero que no se les había acercado jamás por hacerles caso. Aunque sentía mucha curiosidad.

Una vez pilló a un hombre pescando en el río, y le observó durante toda la mañana, subido en un árbol. Aquel hombre pescó dos peces y perdió otro antes de marcharse.

Y en otra ocasión, un grupo de caballeros pasaron con rapidez cerca de donde él se encontraba leyendo una novela. Iban montados en sus caballos y vistiendo relucientes armaduras plateadas.

Había memorizado ambas ocasiones como dos de los acontecimientos más importantes de su vida. Y como dos de sus más preciados secretos. Aquellos que jamás contaría.

John caminó tranquilamente por el sendero hasta que llegó al río. Sacó un pedazo de pan que tenía en su bolsillo desde el día anterior y lo lanzó al agua. En un instante, los peces se lanzaron sobre el y lo desmenuzaron.

–Buenos días—dijo John a los peces. –Buenos días—dijo a los pájaros que piaban en la rama del árbol que tenía encima de su cabeza.

Y entonces comenzó a desvestirse.

El agua del río estaba fresca y tan limpia que se podía ver el fondo. Y John siempre se daba un buen baño a primera hora de la mañana para mantenerse activo el resto del día. Era uno de los caprichos que se podía permitir.

Sherlock ya había perdido la cuenta de cuántas veces había huido de su padre y sus molestos discursos. Un día sí y otro también.

Harto de que siempre estuviera recordándole sus obligaciones como heredero del trono, cuando él ni siquiera tenía interés en ser rey. Preocuparse por la gente de todo un reino no era que le hiciera ilusión. Así que cogió su caballo y se escapó dejando atrás a la guardia de su padre. Pero esta vez se había adentrado demasiado en el bosque y dudaba de que le fueran a encontrar.

Relajado, ató las riendas del caballo en el tronco de un árbol y se tumbó sobre la aromática hierba.

A Sherlock le gustaba pensar. Y saber. El conocimiento le atraía como un imán. Saber todo sobre todo era su mayor pasión, aunque a su padre le sacara de quicio. Había leído todos los libros que habían caído en sus manos y memorizado toda la información de ellos que había considerado que valía la pena, almacenándola en lo que él llamaba ''su palacio mental''. El mejor lugar del mundo. En donde podía estar en calma, con las cosas más interesantes del universo.

Allí no era el príncipe. Ni tenía un padre agobiante. Ni necesitaba dormir. Ni comer. Sólo aprender. Regodearse en la sabiduría y disfrutarla como un niño lo haría con una bolsa de caramelos llenos de azúcar.

Cerró los ojos mientras los rizos de su pelo se mecían con la brisa, juntó las manos bajo la barbilla y se dispuso a entrar en su palacio.

Justo iba a hacerlo, cuando escuchó un chapoteo muy cerca.

Abrió un ojo, pero no movió ningún otro músculo.

–¿Estoy junto al río? –miró al caballo, pero éste estaba a su lado, comiendo algunas briznas de hierba del suelo.

De repente, escuchó una risa seguida de más chapoteos. Definitivamente, sí estaba junto al río. Y alguien se estaba bañando.

Por mera curiosidad, se puso en pie y oteó su alrededor en busca del culpable de que no hubiera podido entrar en su palacio. Se abrió paso entre los matorrales para llegar a la orilla. Y entonces le vio.

Era un chico rubio, de su edad aparentemente. Metido en el agua hasta la cintura, con el torso desnudo y riéndose porque a su lado habían un par de patos nadando, como si los animales le estuvieran haciendo compañía.

–¿Te importa no hacer tanto ruido? Intento pensar—dijo llamando la atención del chico que, asustado, se dio la vuelta para ver quien le había hablado.

John al verlo, se hundió en el agua hasta que sólo se le veía la cabeza de la nariz para arriba.

Sherlock no pudo evitar sonreír ante el gesto. Si el chico intentaba esconderse, se le daba de pena.

–Gracias—dijo empezando a marcharse. Pero mientras lo hacía, escuchó el ruido del agua. John salía de ella. Como por inercia volteó el rostro para mirarle de nuevo, sin embargo, cuando el chico vio que le observaba, nuevamente volvió a hundirse.

Sherlock regresó a la orilla.

–¿Acaso estás desnudo? ¿Por eso no sales si te miro? –preguntó. No por nada era considerado un genio.

La cara de John se lo dijo todo, porque las mejillas se le pusieron rojas como manzanas maduras. Pero era honesto y asintió.

–Los dos somos hombres. No iba a ver nada que no haya visto antes—comentó despreocupado. No es que le interesara ver al chico desnudo, pero le resultaba cómica su actitud.

–No estoy acostumbrado a que me vean desnudo—dijo John sin salir del agua.

–Si prometo no mirar, ¿saldrás?

John volvió a asentir tímidamente y Sherlock se dio la vuelta, mirando hacia el grueso tronco de un árbol. Le parecía ridículo estar haciendo algo como aquello, pero la curiosidad era más poderosa. Por alguna extraña razón aquel jovencito le había llamado la atención. Y eso que no parecía tener nada de especial.

Por las prendas de ropa que vio sobre una piedra dedujo que no era más que un campesino. Por su reacción, que era un joven inocente, que seguramente no había salido demasiado del bosque y apenas conocía a nadie. Pero también suponía que era afable. Aquella risa que había escuchado mientras nadaba junto a los patos le indicaba que se trataba de un chico risueño, por lo que no tendría nada de malo charlar un poco con él.

–Ya puedes mirar—escuchó.

Cuando se volteó a mirar a John, éste llevaba un pantalón marrón oscuro y una camisa blanca al menos dos tallas más grandes que la que debía llevar. Efectivamente, se trataba de un campesino.

Sin embargo, se quedó absorto unos instantes mirando a aquel muchacho.

Con los cabellos rubios mojados pegados en la frente. Evidentemente, no se había secado al salir del río, y el agua estaba pasándole factura, porque aquella camisa blanca comenzaba a transparentarse, dejando entrever el definido torso del jovencito.

–Siento no haberte dejado pensar—dijo John compungido dispuesto a marcharse para no molestarle más.

–¡Espera! –detuvo Sherlock. No sabía porqué, pero el chico debía quedarse. –Siento... Siento lo que te dije. Tú puedes hacer todo el ruido que quieras. Es que soy...un poco quisquilloso. –Se acercó al rubio y le tendió la mano. –Me llamo Sherlock.

–Yo Hamish—dijo John devolviéndole el saludo.

John estaba que no le cabía el alma en el cuerpo, puesto que era la primera vez que hablaba con otra persona que no fueran sus tíos. Lo cual le emocionaba y asustaba a partes iguales.

–Hamish... Curioso nombre.

–Igual que Sherlock—dijo John sonriente.

–Sherlock es un nombre bonito. Con clase.

–No he dicho que sea feo—John rió sin poder evitarlo, y contagió a Sherlock. Ambos allí, de pie junto al río, no tardaron en tomar asiento y mantener una conversación.

–Digamos que me escondo—dijo Sherlock tirando una piedra al agua que hizo una floritura en la superficie antes de hundirse.

–¿De quién?

–¿Qué más da?

–¿Has hecho algo malo? –preguntó John.

–Según mi padre, sí. ¿Y tú qué hacías aquí? Aparte de bañarte desnudo.

John volvió a ruborizarse al recordar como el otro le había pillado.

–Sólo hacía tiempo. Pronto es mi cumpleaños y mis tías y mi tío están planeando hacerme una fiesta. Quiero que se crean que será una sorpresa.

–¿Cuántos años cumples?

–Dieciocho. Ellos se entusiasman mucho con estas cosas y no quiero quitarles las ilusiones. Aunque solo sea una fiesta de cuatro personas—dijo algo apenado mientras se abrazaba sus propias piernas.

–Yo odio mis cumpleaños. Cuantos más años cumples más responsabilidades te dan.

–A mi me gustan. Con dieciocho años permitirán que me vaya de casa.

–¿Dónde vives?

–En una cabaña... Por allí—John señaló la dirección, entre los árboles.

–Entonces vienes aquí a menudo.

–Todos los días—confirmó el rubio.

–Pues quizás yo deba volver mañana—apreció Sherlock.

–¿De verdad? –John no pudo evitar la nota de ilusión en la voz.

–¿Estarás aquí?

–Sí. Justo aquí.

John se puso en pie y Sherlock le imitó, sacudiéndose el pantalón.

–Tengo que irme. Pronto sirven el almuerzo y no les gusta que llegue tarde. Se preocupan.

–Pues, hasta mañana, Hamish.

Continuará...

*Llamé al padre de Sherlock Arthur, por Sir Arthur Conan Doyle. Y Martha es la Señora Hudson xD