La tercera coincidencia

No fue sencillo escapar de la montaña prohibida. Los esbirros de Janine, y ella misma no les pusieron las cosas fáciles. Pero por suerte, el universo y las hadas estaban de su parte, y un rayo caído del cielo fulminó a Janine, acabando con su vida.

Sherlock se bajó del caballo para comprobar que realmente estaba muerta, allí, en medio del puente que le llevaba al reino del rey Henry y su esposa.

Se agachó a la altura del cadáver y le tomó el pulso contrariado.

–Ha muerto electrocutada... Esto me resulta familiar... Como en la tercera maqueta...

–Príncipe Sherlock. John os aguarda—interrumpió Mycroft.

–¡John! –olvidándose de la muerta, volvió a subir al caballo y raudo galopó hacia el castillo. Subió las escaleras de la alta torre y llegó a la habitación donde el rubio dormía. –John... –se acercó tímidamente. Janine no le había mentido. Se trataba de Hamish, el chico que le había robado el corazón desde el primer momento en la orilla del río. Se inclinó hacia él, y le besó en los labios.

Cuando John abrió los ojos, le sonrió.

–Sherlock...

–Hola, John—dijo en respuesta, besándole de nuevo.

Los habitantes del reino empezaron a despertar también. Sin ser conscientes de nada de lo ocurrido.

–Ahm... –Henry palmeó el hombro de Arthur, que se había quedado dormido en el suelo, junto a su trono. –Arthur, ¿qué estabais diciendo?

–Yo... –el hombre se despertó de golpe. –Yo dije... Bueno, después de todo, nuestros hijos ya son mayorcitos, Henry. Y mi hijo Sherlock dice que va a casarse...

Sonaron las trompetas seguidas de la acostumbrada voz alzada. Por las escaleras entonces bajaron los príncipes dándose la mano el uno al otro.

–¡Es John! –dijo Henry poniéndose en pie.

–¡Ya está aquí! –dijo Ella.

Arthur se frotó los ojos porque no se creía lo que estaba viendo.

–Y... ¡Sherlock!

Cuando estuvieron frente al trono, John se adelantó para abrazar a sus padres, emocionado.

Arthur aprovechó y fue con Sherlock.

–¿Y esto qué significa? ¿Qué haces con John? ¿Y el campesino?

–¿No es obvio, padre? John era el campesino, solo que yo no lo sabía.

–¿John el campesino?

–¡Sherlock!

–...

–Sherlock.

Sintió unas manos sujetarle de los brazos y tirar de él hacia arriba, sin mucho éxito.

–¿John?

–Te has caído de la cama, Sherlock. Estás durmiendo en el suelo.

–¿Estaba durmiendo otra vez? Últimamente no hago otra cosa... –dijo ayudando a su amigo a ponerle en pie y dejándose caer sobre la cama.

John, como pudo, comenzó a taparle con una manta.

–He vuelto a soñar contigo, John. Y con otra maqueta—dijo dejándose hacer.

–Qué bien, Sherlock. Me alegro por ti.

–¿Por qué ibas a alegrarte?

–Sólo te digo lo que quieres escuchar para que te vuelvas a dormir—admitió John.

–Lo que quiero es que me preguntes qué he soñado. Al fin y al cabo, ha sido contigo.

–¿Qué has soñado? –John se rindió y puso los brazos en jarras.

–No voy a decírtelo. Es una tontería de esas que solo ocurren en los sueños.

–¿Ah sí? Dicen que algunos sueños reflejan las cosas que uno desea que sucedan en la vida real.

–¿Recuerdas la tercera maqueta? ¿El hombre que murió electrocutado?

–¿Estás cambiando de tema sutilmente?

–Ésto es más importante. No dejo de soñar con ''El miniaturista'' y sus crímenes.

–Y conmigo—John sonrió al tiempo que volvía a inclinarse hacia Sherlock para taparle correctamente, pero él se destapó para sujetarle por la muñeca, impidiéndole completar la tarea.

John se paralizó, porque Sherlock le miraba como si se lo fuera a comer allí mismo. Con los ojos posándose en sus pupilas y en sus labios intermitentemente. Entonces tiró de su brazo y se revolvió de tal forma que quedó con su cuerpo por encima del de John sobre la cama, dejándole sorprendido.

–Sherlock, ¿qué...?

–¿Quieres saber lo que hacía contigo en mi sueño? –preguntó con una voz de lo más atrayente. John sintió que la sangre se le iba a las mejillas, y a otras partes de su anatomía, sólo por la mirada animal que le estaba echando Sherlock sobre él, con ambas manos a cada lado de su cabeza, acorralándole por si se le ocurría escapar.

–Sí—se atrevió a decir John.

Sherlock sonrió complacido por la respuesta, y agachó la cabeza lo suficiente como para que apenas hubiera separación entre sus labios y los de John.

–¿Estás seguro?

Había una vez un encantador principito llamado John que vivía en un castillo con su madrastra, la reina Irene, una mujer vanidosa y cruel que temía que la belleza de John sobrepasara la suya y se pudiera ganar el corazón del rey de un reino cercano al que ella quería para sí. Y por eso, vestía a John con andrajos y le obligaba a trabajar como sirviente asegurándose de que pasara desapercibido.

Todos los días la engreída reina preguntaba a su espejo mágico: «Dime espejo mágico la verdad, ¿quién es en este reino la persona más hermosa?» Y al contestarle el espejo: «Tú mi reina, eres la más bella.» libraba a John de los enfermizos celos de la reina.

Pero cierto día, la reina Irene se acercó a su espejo y le habló: «Dime una cosa, ¿quién es en este reino la persona más hermosa?» Y el espejo respondió: «Bellísima eres majestad, pero existe otra persona más bella. Una criatura que aún cubierta de harapos es más linda que una estrella. Ni tú sobrepasas su hermosura. Pues su belleza reluce tanto por dentro como por fuera.» «Maldición, ¿de quién se trata? Dime su nombre, te lo ordeno.» preguntó la reina furiosa. «Su nombre...es John.»

John estaba en el jardín del palacio, sacando agua del pozo como todas las mañanas. Su única compañía eran los animalitos que vivían entre los árboles y las flores, porque ni los demás sirvientes se le acercaban por órdenes de la reina.

–Pronto me escaparé de aquí—dijo John a un grupo de palomas que comían las migas de un bizcocho que él mismo les había dado tras robar un pedazo de las cocinas. –Me iré donde no pueda encontrarme nunca, así dejará de odiarme. Se olvidará de mi.

John había vivido siempre con la reina Irene, desde que ésta se casó en segundas nupcias con su padre, el rey Henry, y murió poco después. Al principio, John pensó que Irene ejercería de madre para él, pero fue todo lo contrario. Le despreciaba aún sin motivo, y lo mandó a dormir a las caballerizas, aislado de todo y de todos, para nunca más volver a dirigirle la palabra.

Lo que John no sabía, es que a pesar de todo, la reina no le quitaba el ojo de encima. Siempre asomándose a las ventanas para ver lo que hacía a cada momento. Como si esperara que John le diese motivos para desterrarlo de su reino para siempre.

John, ajeno a eso, comenzó su tarea matutina. Limpiar las amplias escaleras de piedra que permitían el acceso al castillo. Cogió su pequeño cepillo de lustrar y se arrodilló en el suelo para empezar por el escalón inferior.

Cuando ya iba por el tercero, una ardilla que tenía una patita vendada se le acercó, olisqueando el aire.

–Ah, hola. No me había olvidado de ti—dijo John sacando de su bolsillo otro poco de bizcocho. –¿Va sanando esa patita? Luego le echaré un vistazo.

–¿Curas ardillas? –escuchó una voz a su espalda que le obligó a voltear el rostro. Allí, de pie, vio a un hombre vestido con elegantes ropajes negros. Al igual que su cabello, perfectamente peinado hacia detrás. Sin embargo, sus ojos eran claros, azules como relucientes piedras preciosas. Tras él, un hermoso caballo blanco que sujetaba por las riendas.

–Sólo a las que están heridas—dijo John algo antipático, parecía que se burlaba de él por andar por ahí curando animales.

A pesar de que intuía que ese hombre era de elevada posición social, no iba a achicarse ante él. Al fin y al cabo, John también era un príncipe hijo de un rey. Aunque no lo aparentara.

Molesto, se levantó y caminó hasta el pozo para cambiar el agua sucia del cubo por agua limpia. El desconocido le siguió los pasos junto a su corcel.

–No pretendía ofenderte. Simplemente, al verte me acerqué y quise sacar un tema de conversación. No se me ocurrió otra cosa que decir.

–¿Quería hablar conmigo?

Por la sorpresa, John soltó el cubo dentro del pozo sin ningún cuidado, y lo escucharon chocarse con las paredes del interior hasta que llegó de sopetón al agua.

–Llamaste mi atención—admitió el chico ruborizado, pasándose la mano por la nuca.

–¿Por qué? Sólo limpiaba.

–Me pareciste demasiado hermoso como para seguir mi camino y luego no quería arrepentirme por no haberme acercado.

–¿Disculpa? –John se sonrojó violentamente y no fue capaz de sacar fuerzas para tirar de la cuerda y volver a subir el cubo lleno.

El chico de cabellos carbón iba a decir algo, pero pronto se vio rodeado de varios caballeros en sus monturas.

–Debemos continuar, majestad—dijo uno de ellos.

«¿Majestad?»

El mencionado asintió y se subió a su caballo. Después se dirigió al rubio.

–Me llamo Sherlock—dijo y estiró su mano como para que el otro se la estrechara. Y lo hizo.

–Yo soy John.

Sherlock entonces, sin soltar su mano tiró de ella y le besó en el dorso con delicadeza.

–Un placer, John.

Todo bajo el intenso escrutinio de la reina Irene, que no tardó en enfurecerse y llamar a uno de sus sirvientes. Un reputado cazador que se encargaba de abastecer de carne las cocinas del palacio.

–Quiero que te lleves a John muy lejos, al bosque. Dile que deseo que coja flores para mí y te seguirá a donde le lleves.

–Sí, majestad—dijo el hombre hincado de rodillas frente al trono.

–Y una vez allí, ¡lo matarás!

–Pero majestad... Es el príncipe—dijo el hombre asustado.

Irene se levantó, llena de ira.

–¡Silencio! Ya sabes cómo castigo a todo el que me desobedece.

El hombre asintió.

–Como usted ordene, majestad.

–Pero para asegurarme que cumpliste mi mandato, quiero que me traigas su corazón en esta caja—dijo Irene entregándole un pequeño cofre.

Y así se hizo. A la mañana siguiente, el cazador sacó a John del palacio con la excusa que le había dicho la reina y lo llevó hasta el bosque. Pero el cazador no podía cumplir la voluntad de Irene. Y no tardó en contarle a John los planes de la reina.

–Alteza, vuestra madrastra me ordenó traeros aquí para daros muerte, pero yo no soy capaz de hacer una cosa como esa. Está celosa, desquiciada. Imploro vuestro perdón por haber aceptado, pero debéis aprovechar para escapar y no volver al castillo nunca más.

John obedeció, salió corriendo sin mirar atrás y corrió y corrió hasta que llegó a una pequeña cabaña en medio de un claro. A primera vista parecía habitada, por lo que llamó a la puerta. Sin embargo, nadie salió y se atrevió a abrir la puerta.

Le recibió un interior a oscuras, y tan lleno de polvo que no pudo evitar estornudar.

–¿Hola?

Caminó un poco por la habitación descubriendo unos muebles de tamaño peculiar. Demasiado pequeños para un adulto, con lo que llegó a creer que eran niños los que habitaban en aquella casa.

–Pues definitivamente no hay nadie... Pero por el número de sillitas... Aquí viven seis personas... Seis personas muy descuidadas—dijo al ver todo lleno de polvo y cosas descolocadas y sucias en todas partes. –Bueno, si quiero pedirles el favor de quedarme aquí cuando vuelvan, debería limpiar un poco.

Abrió las ventanas y dejó que entrara la luz del sol. Limpió la casa hasta dejarla impoluta e hizo la cena. Con todo eso, terminó muy cansado y optó por tumbarse un rato sobre varias de las camitas del piso superior.

–Vaya... Cada camita tiene un nombre... –leyó cada uno, tallado en la madera del cabecero.

«Mycroft. Hudson. Donovan. Molly. Anderson. Lestrade.»

–Qué curioso.

Juntó tres de las camitas y se recostó sobre ellas, quedándose profundamente dormido.

Pero como ya era de noche, los dueños de la casa no tardaron en llegar.

–¡Las luces están encendidas! –gritó Anderson haciendo detenerse al resto.

–De la chimenea sale humo—dijo Lestrade.

–Hay alguien en la casa, es evidente—dijo Mycroft.

–¿Un fantasma? –preguntó asustada Molly.

–O un duende—dijo Donovan.

–Sea lo que sea, es un mal asunto—continuó Anderson. –Entremos en silencio, y ataquemos por sorpresa.

–Sí. Ataquemos—secundó Mycroft. Y todos se armaron de palos y piedras antes de entrar en la casa de puntillas y en fila india.

–El suelo está limpio. Alguien lo ha barrido—dijo Hudson pasando un dedo por la madera y comprobando que no se le ensuciaba.

–Sacudieron las sillas—apreció Anderson.

–No hay telarañas—dijo Molly señalando al techo.

–Todo está limpio—dijo Mycroft.

–Y en esta olla hierve algo—dijo Lestrade junto al fuego de la chimenea. –Algo que huele muy bien. –Cogió una cuchara, dispuesto a probarlo.

–No seas estúpido—Anderson le arrebató la cuchara de las manos. –Seguro que es un brebaje envenenado.

–¿Ninguno se ha dado cuenta de que en esta planta no hay nadie? Hay que subir a la de arriba—comentó Mycroft.

–Arriba está el culpable de todo esto, seguro—Anderson agitó el palo que llevaba en la mano, deseoso de usarlo. Por lo que fue el que encabezó la marcha por las escaleras.

–Es un monstruo—dijo Molly cuando vieron el cuerpo de John cubierto por completo por la sábana. –Ocupa tres camas.

–Hay que matarlo—dijo Anderson y le siguieron en silencio hasta rodear las camitas.

–A la de tres, yo le destapo, y vosotros le matáis—dijo Mycroft. –Uno...dos...tres. –Y tiró de la sábana dejando a John al descubierto. Todos alzaron los palos, pero nadie dio ni un golpe.

–Es un muchacho—dijo Hudson sonriente.

–Un muchacho muy guapo—dijo Molly sonrojándose hasta las orejas.

–Sí que lo es—comentó Donovan.

–Bah, recuerden que él es el que ha entrado en nuestra casa, la ha limpiado y nos ha robado nuestras camas—dijo Anderson.

–Callaos. Lo despertaréis—dijo Mycroft haciendo aspavientos con las manos.

–¡Que se despierte y que se largue de una vez! –gritó Anderson, el más gruñón del grupo.

John entonces abrió los ojos y los vio.

Continuará...

*Pues Blancanieves es el último cuento antes de saber de qué va todo esto xD