La cuarta coincidencia

–¡Anda! –con rapidez, se sentó para contemplar a todas aquellas personitas que le observaban a el. –Pero si sois hombrecitos, y mujercitas. Es un placer conocerles por fin, mi nombre es John—dijo amigable. –Siento haber irrumpido en vuestra casa así como así, pero me vi obligado por las circunstancias. Espero que no os moleste.

–Claro que no—dijo Lestrade, ganándose una mirada furiosa de Anderson.

–Estupendo. Mmm, ¿cómo os llamáis? Mejor dicho, ¿quién es quién?

–Yo soy Mycroft.

–Yo soy Martha, pero me llaman Hudson—de las mujercitas, era la de más edad, no le cabía duda.

–Mi nombre es Mo... Molly.

–Yo soy Donovan, pero si quieres, llámame Sally.

–Me llamo Greg Lestrade... Y estás durmiendo sobre mi cama.

–A ti no te importa quién soy yo.

–Bueno. Puesto que todos se han presentado, tú no puedes ser otro que Anderson—dijo John divertido por la actitud que tenía aquel hombrecito.

–Se llama Philip. Philip Anderson—aportó Mycroft a sabiendas de que eso molestaría a su amigo.

–¿Por qué no nos dices mejor qué haces tú aquí? –gruñó Anderson cruzándose de brazos.

–Llegué aquí huyendo de mi madrastra que quiere matarme—admitió John.

–¿Tu madrastra quiere matarte? –Martha y los demás abrieron mucho los ojos por la sorpresa.

–Pobrecito—dijo Molly.

–Mi madrastra la reina, siempre me ha odiado. Así que no tuve más remedio que huir.

–¿La reina? ¿Eres el príncipe? –Mycroft intentó adecentarse el cabello, no contento con sus fachas.

–La reina es malvada—dijo Donovan.

–Es más que mala—siguió Lestrade.

–¡Es una bruja! –aclaró Anderson. –¡Y si te encuentra aquí, nos matará por tu culpa!

–Pero ella no sabe donde estoy—dijo John sin miedo.

–Esa lo sabe todo. Conoce la magia negra—continuó Philip.

–Entiendo que estéis preocupados, pero os juro que ella no sabe ni sabrá que estoy aquí. Si me dejan quedarme, los ayudaré mucho. Sé lavar, planchar, coser y cocinar.

–¿Cocinar? –preguntaron todos a la vez. –¡Te quedas! –chilló la gran mayoría, salvo Anderson.

Resultó que lo que hervía en la olla era un puchero delicioso que los habitantes de la casa se comieron hasta que no quedó nada. Y después de cenar, las tres mujercitas y los dos hombrecitos, con excepción de Anderson, rodearon a John para que les contara alguna historia antes de irse a dormir.

–¿Qué queréis que os cuente? –preguntó sentado en una sillita, al tiempo que los demás se sentaban en el suelo formando un círculo a su alrededor.

–¿Estás enamorado, John? –preguntó Molly curiosa.

–Pues lo cierto... es que ayer precisamente conocí a alguien muy atractivo—admitió. –Siempre he pasado desapercibido, porque mi madrastra se ocupó de eso. Así que nunca he tenido amigos ni he conocido a demasiada gente. Sin embargo, ayer, un joven muy amable se acercó a hablar conmigo. Y al despedirse, me besó la mano—John se sonrojó de nuevo solo por recordarlo.

–Qué romántico—dijo Molly ruborizándose también.

–¿Y cómo era él? –cuestionó Martha.

–Era... muy apuesto. Más alto que yo. Delgado. Y tenía unos ojos azules preciosos.

–Vaya... –dijo Donovan y acto seguido bostezó sonoramente.

–Lo más curioso de todo—siguió John. –Es que me habló creyendo que yo era un sirviente del palacio. Y él era un rey.

–¿Un rey? –se sorprendió Lestrade.

–Nunca hemos visto a un rey—dijo Mycroft.

–Yo solo os puedo decir que era muy guapo—concluyó John antes de que el reloj de cuco les indicara la hora de irse a dormir.

Y así fue como se quedó a pasar la noche con un grupo tan variopinto de personitas.

Hasta que, como cabía esperar poco después, la reina Irene se presentó ante su espejo con su pregunta de siempre, pero esta vez, con el preciado cofre entre las manos.

–Dime ahora espejito una cosa, quien es la persona del reino más hermosa.

–En mitad del bosque, en una cabaña escondida, vive John. Él te supera.

–¿John? Está muerto. Mi sirviente me trajo su corazón y lo tengo en este cofre.

–John vive—repitió el rostro del espejo. –El corazón de un jabalí es lo que tienes tú ahí.

–¡El corazón de un jabalí! –la reina, más furiosa que nunca, tiró el cofre al suelo y con pasos apresurados, bajó al sótano donde tenía todo lo necesario para acabar con John de una vez por todas. Y esta vez, lo haría con sus propias manos y bajo otra apariencia.

A la mañana siguiente, los hombrecitos y las mujercitas madrugaron para irse a trabajar.

–No lo olvides, principito. La reina es muy mala. No confíes en gente extraña—advirtió Mycroft que fue el primero en salir de la cabaña.

–No te preocupes, Mycroft—dijo John dando un abrazo al hombrecito, que, feliz, empezó a recorrer su camino rumbo al trabajo. –Hasta pronto.

–Ten mucho cuidado—dijo Molly con un hilo de voz. –Porque si algo te sucediera yo... –John la besó en la mejilla y ella se sonrojó violentamente.

–Hasta después, linda Molly.

Y la mujercita siguió el mismo recorrido que Mycroft.

–Y no hables con extraños—advirtió Lestrade. John le abrazó también.

–Que tengas un buen día, principito—dijo Martha y John la besó en la mejilla como a Molly.

–Adiós, príncipe John—dijo Sally y le estrechó la mano antes de seguir a los otros.

–¡Te lo advierto! No vayas a dejar que nadie entre en la casa, ¿entiendes? –ordenó Anderson malhumorado.

–¿Te preocupas por mi, Philip? –conmovido, John no solo le abrazó, sino que también le dio un beso en el cachete que ya se le había puesto del color de los tomates.

Anderson salió corriendo, pero afectado como estaba se dio de bruces contra un árbol. Avergonzado mientras John sonreía. Al final, se había ganado el afecto del hombrecito más difícil.

Mientras los dueños de la casa trabajaban, John se dispuso a hacer las tareas domésticas como se había propuesto. Siendo que para ellos no le importaba trabajar, e incluso les hizo una tarta con la que estaba seguro que se chuparían los dedos.

Justo cuando puso el pastel en la ventana para que se enfriara, se encontró cara a cara con una anciana que llevaba una cesta en la mano cargada de manzanas.

–¿Estás solo, jovencito? –preguntó la anciana con tono amable. –¿No están los dueños de la casa?

–Están trabajando—informó John.

La anciana entonces miró la tarta.

–Este pastel tiene muy buena pinta. ¿Lo has hecho tú?

–Así es.

–¿Sabes que los pasteles de manzana son los más deliciosos? –dijo y le tendió la manzana más roja y grande de la cesta.

–Sí, parece exquisita—dijo John por compromiso.

–Prueba una—dijo la anciana insistente. –Son únicas. De mi huerta.

–Está bien.

John cogió la manzana conmovido por la amabilidad de la anciana y le dio un mordisco. Pero comenzó a sentirse mareado y cayó al suelo. Antes de perder el sentido, vio como la ancianita se convertía en su madrastra Irene, y cómo le dedicaba una sonrisa triunfal.

–¡Yo soy ahora la persona más hermosa del reino!

El rey Sherlock, por su parte, no había dejado de pensar en John, así que se decidió a regresar a los jardines del palacio de la reina Irene, para ver si volvía a tener la fortuna de cruzarse con él.

Estuvo paseándose por ellos durante un rato, pero al no encontrarle, se acercó a una lavandera que vio pasar.

–Disculpe señora—dijo al bajarse de su caballo.

La mujer al ver de quien se trataba, se inclinó en señal de respeto.

–Majestad.

–¿Trabaja en este castillo?

–Sí, señor.

–¿Y conoce a un sirviente que responde al nombre de John?

–Sólo conozco a una persona con ese nombre que trabaje aquí. El príncipe John.

–¿Príncipe? No, no. Es un sirviente. Limpia en el palacio.

–Sí, es el príncipe... Y el sirviente también. Al morir el rey Henry, la reina Irene puso al príncipe John a su servicio.

–¿Cómo es posible?

–Sí, majestad. Y el príncipe es tan bondadoso que se dejó hacer. Vive en las caballerizas y sufre los desprecios de su madrastra en silencio—la mujer parecía temerosa de hablar, pero aún así no podía callarse.

–Voy a hablar con la reina ahora mismo—dijo Sherlock sintiendo como la ira se apoderaba de él.

Subió la escalinata de piedra que había visto limpiar a John y cruzó las puertas del palacio, ordenando que le guiaran a los aposentos de la reina para hablar con ella. Un sirviente le abrió la puerta y entró en la habitación. La reina estaba allí, tumbada en un diván, con una almohada cubriéndole el rostro.

–¿Majestad? Siento irrumpir así, pero necesito hablar con urgencia con usted. ¿Majestad?

La mujer no se movió un ápice de donde estaba, así que Sherlock se acercó a ella y le quitó la almohada de la cara.

Estaba muerta.

Cuando los hombrecitos y las mujercitas llegaron a la cabaña y descubrieron el cuerpo sin vida de John, todos, incluso Anderson, quedaron sumidos en una profunda tristeza.

Tan hermoso lo veían, aún muerto, que no tuvieron corazón para enterrarlo. Idearon un ataúd de cristal y de oro, y lo velaron durante días en el lugar más bello del bosque.

El rey, que había estado buscando a John por todas partes, supo del muchacho que dormía en el ataúd de cristal. Y partió sin demora a comprobar si se trataba de su príncipe.

En cuanto Sherlock llegó, no le cupo la menor duda de que John era el que estaba encima de aquella especie de altar, rodeado de tres hombrecitos y tres mujercitas con semblantes tristes.

–No os preocupéis—dijo mientras se acercaba al cuerpo de John. –Es la segunda vez que hago esto. Sé cómo arreglarlo.

Se inclinó sobre el rubio y le besó en los labios.

Entonces esperó que abriera los ojos, pero nada.

–John... –contrariado, le besó de nuevo. Y nada otra vez. –Vamos John–otro beso. Ninguna reacción.

–Sherlock.

–...

–Sherlock.

Una luz muy fuerte le dio en el rostro, demasiado intensa como para abrir los ojos de sopetón. También escuchaba un incesante ''bip'' que procedía de alguna parte cercana. Y no tardó demasiado en darse cuenta de que no estaba en su casa.

–¿Qué...?

–Sherlock.

Era una voz familiar la que le llamaba por su nombre, pero hasta que sus ojos no pudieron enfocar adecuadamente, no se percató de que se trataba de Lestrade.

–¿Dónde estoy? –se encontraba adormilado, como si el cuerpo le pesara mucho.

–En el hospital. ¿Cómo te encuentras? –Lestrade parecía realmente aliviado.

–¿En el hospital? ¿Por qué? –todo empezaba a tener sentido. El molesto ''bip'' y los cables que notaba alrededor de su cuerpo.

–¿No lo recuerdas?...

–Alguien te disparó, Sherlock—esa voz era de Mycroft, a los pies de la camilla.

–Y confiábamos en que nos pudieras decir quién fue. Pero si no te acuerdas, tenemos un problema.

Sherlock no pasó por alto que Lestrade y su hermano cruzaron una mirada de preocupación.

–¿Es de suma importancia que lo recuerde? –preguntó intentando incorporarse, pero entonces sintió un dolor cerca del hombro izquierdo. Se llevó una mano a la zona y notó que la tenía vendada.

–Pues sí. Estaría bien—dijo Mycroft.

–Escucha, Sherlock—Lestrade parecía precavido, como si midiera sus palabras. –Ha aparecido una nueva maqueta. Y apareció dentro del 221B de Baker Street.

–¿En nuestra casa? –se temió lo peor. –¿Dónde está John?

–Sherlock. La maqueta estaba en la mesa de centro, en el salón. Tú estabas al lado, tendido en el suelo inconsciente y sangrando. Y John no estaba por ninguna parte. Si no recuerdas quién te disparó, no podrás decirnos qué le pasó a John.

Sherlock miraba a Lestrade incrédulo, y después posó la vista en su hermano. Su semblante serio le indicó la gravedad del asunto.

–El muñeco de la nueva maqueta...es John, ¿verdad? –Lestrade asintió. –¿Y has llamado a mi hermano para impedirme hacer una locura? Has cometido un error.

–Se lo dije al inspector. Si quieres salir corriendo sin que te den el alta y con una herida abierta en el pecho, yo menos que nadie podré impedirlo. Pero aún así...

–Llamé a tu hermano porque te dispararon, Holmes. Lo importante aquí es...

–Quiero ver la maqueta.

–Está en la comisaría.

–Quiero ver la maqueta, Lestrade. ¿No tienes fotografías? ¡Quiero ver la maqueta ahora! –se enfadó tanto, que intentó incorporarse nuevamente, pero el dolor se lo impidió otra vez.

Lestrade le tendió su teléfono móvil y Sherlock contempló las fotografías, intentando analizarlas lo mejor que podía.

–La nitidez de las imágenes da pena, Lestrade.

–Lo importante es que veas que no es igual que las demás.

Sherlock cerró los ojos y le devolvió el teléfono.

–Necesito tenerla delante. Si quieres que te ayude, tráeme la maldita maqueta.

Lestrade respiró hondo, probablemente aguantándose las ganas de estrangular a Sherlock, y salió de la habitación.

–¿Si te dejo solo saltarás por la ventana para ir a rescatar a tu querido doctor? –Mycroft anduvo hasta una silla y se sentó en ella cruzando las piernas con elegancia. Y a pesar de que había intentado burlarse de su hermano con aquellas palabras, en su cara reflejaba una gran preocupación.

–No puedo saltar sin saber a donde ir. Necesito ver la maqueta. ¿Tú la has visto?

–Lo he hecho.

–¿Hay sangre?

–¿Qué?

–La primera maqueta apareció en el primer crimen junto al cuerpo. Varón de mediana edad, muerto sobre la mesa de su cocina. Herida por objeto contundente en la cabeza. Había sangre por toda la mesa. En la maqueta encontramos un muñeco con similares características que el finado. La sangre que rodeaba al muñeco era la de la víctima, lo cual nos indicó que el asesino había terminado la miniatura después de cometer el asesinato. Es perfeccionista. Si John está muerto, tal vez habría sangre.

–¿No te fijaste en la maqueta que te enseñó el inspector en su teléfono? No es como las otras—recalcó Mycroft, que ahora movía el pie con nerviosismo. –Si hay sangre...yo no la vi.

Sherlock cerró los ojos de nuevo. Le molestaba la luz. Le molestaba estar tumbado. Le molestaba la presencia de su hermano. Pero sobretodo le molestaba aquel dolor en el pecho, y no a causa de la herida.

«John.»

–Ahora lo comprendo—dijo sin abrir los ojos. Como si hablara para si mismo, aunque Mycroft estuviera allí para escucharle.

–¿El qué?

–Esos sueños que tenía...mientras estaba inconsciente. Los sueños dentro de otros sueños. John siempre estaba en apuros. Siempre le ocurría algo y yo tenía que salvarle. Una parte de mi, aunque no recuerde quién me disparó, me advertía de que John se encontraba en peligro y por culpa de ''El miniaturista''. Por esa razón no pude despertarle al final...

–¿Qué sueños tuviste? –preguntó Mycroft alzando las cejas con interés.

–Qué más da.

Sherlock notó un apretado nudo en la garganta. Recordar los sueños en los que su amor por John era tan intenso, en los que la felicidad por tenerlo a su lado estaba tan presente... Y la cruda realidad le decía que John podía estar muerto.

Media hora más tarde, el inspector apareció con una caja de cartón. Ya Sherlock se había encargado de que Mycroft le acomodara la camilla lo suficiente como para permanecer sentado, y Lestrade sacó la maqueta de la caja y se la puso sobre las piernas.

Realmente no era como las otras maquetas. Sí se veía terriblemente realista, pero a diferencia de las demás, la miniatura de la que John era protagonista, no era de una habitación a pequeña escala.

–Es un exterior.

–Difícil de encontrar. Podría ser cualquier sitio.

Sherlock no podía moverse, sólo miraba aquella monstruosidad.

Semanas antes, cuando apareció la primera maqueta en el lugar del primer crimen, se entusiasmó. Los detalles. Pensar el tiempo que el asesino invirtió en realizarla con semejante realismo. La minuciosidad para no dejar ni una huella ni en la escena, ni en la miniatura. Sintió que por fin estaban detrás de algo interesante.

La segunda maqueta, le hizo dar saltos de alegría. Pero esa no la encontraron en el lugar del crimen hasta dos días después de que ocurrió el asesinato. La víctima, una cincuentona a la que empujaron contra la ventana de su casa y atravesó el cristal con la mitad superior del cuerpo.

En la comisaría apareció la tercera, igual que la anterior, días después del crimen en el que hallaron muerto a un hombre electrocutado en un baño para matar a pollos, en el interior de una fábrica. Con esa, Sherlock se dio cuenta de que estaba frente a un gran cerebro. Uno delante del que se quitaría el sombrero si conseguían detenerle.

Y la cuarta; pocos días antes de la de John, se la entregó la señora Hudson después de haberla recogido personalmente del cartero. La caja venía a su nombre. S.H. La maqueta, reflejaba el salón de una casa cualquiera. La víctima, una mujer tumbada en el sofá, muerta por asfixia con un cojín en la cara. Cual fue su sorpresa y excitación al ver que nadie había asfixiado a la mujer con el cojín, sino que habían manipulado la chimenea para que falleciera a causa del monóxido de carbono mientras dormía.

Sin embargo, la quinta maqueta, le causó pavor.

Era un coche de juguete boca abajo, evidentemente, representando uno real que estaba en ve tú a saber dónde. En un terreno meticulosamente representado y formando una pequeña pendiente. La tierra, Sherlock estaba convencido, era del lugar original en el que se hallaba el vehículo. Y debajo de la carrocería, aplastada bajo el peso del coche, se vislumbraba una mano. Una mano que se movía agonizante intentando escapar de la trampa.

Si el muñeco simbolizaba a John, el coche simbolizaba su ataúd. Moriría aplastado por el peso del automóvil.

–John sigue vivo—dijo entonces convencido.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó Lestrade que se frotaba las manos ávido de información.

–La mano del muñeco se mueve. El miniaturista no se habría tomado tantas molestias en motorizar la maqueta si no fuera por algo. Hablamos de alguien que piensa en todo.

–Lleva moviéndose desde que la encontramos esta mañana—dijo Lestrade no demasiado convencido de esa conjetura.

Entonces Sherlock miró hacia la ventana. Era de noche, y no solo eso. Estaba lloviendo a cántaros.

–Está lloviendo... –dijo espantado por no haberse dado cuenta antes.

–No es raro en Londres—apreció Mycroft.

Sin embargo, Sherlock ahora solo tenía ojos para la maqueta.

–Dadme un vaso con agua. Lleno—ordenó.

Lestrade, que era el que estaba más cerca de una mesilla metálica que había junto a la camilla, hizo lo que le pidieron. Abrió un botellín y lo vació en un vaso de plástico. Tendiéndoselo a Sherlock.

Entonces el detective consultor volcó el contenido sobre la maqueta, y contuvo el aliento.

Continuará...