Vivieron felices y comieron perdices
Las palabras de John le irritaron. Cierto que él no era alguien fácil para convivir, pero todo había cambiado al llegar el médico a su vida. Lo consideraba un amigo. Su familia. La persona que le había cambiado en tantos aspectos, que ni él mismo se atrevería a reconocerlo públicamente por el bochorno que le causaba.
El comentario de Mycroft insinuándole que tal vez John podía sentir lo mismo por él apareció en su mente. Se percató de aquel extraño cosquilleo que notaba en la boca del estómago desde hacía meses, aunque lo ignorara. Y los sentimientos que tan poco le costaba expresar en sus sueños, sintió la necesidad de sacarlos nuevamente a la luz, esta vez en el mundo real. Esta vez al John real.
–No lo decía por eso—dijo serio. –John, creo que yo... Te quiero.
John volteó el rostro a velocidad vertiginosa, y le miró con los ojos abiertos de par en par. Seguramente pensando que se trataba de una broma de mal gusto. Quizás le tirase en cara que él no era gay como de costumbre, o le diría que alguien como Sherlock Holmes no sabía lo que era el amor más allá de lo que había leído al respecto.
Pero John no era así.
Tras el desconcierto inicial, le dedicó una tímida sonrisa, que allí, tumbado en la camilla, con las marcadas ojeras y el cansancio pintado en el rostro, a Sherlock se le antojó la sonrisa más hermosa que le había visto hacer jamás.
–¿Me quieres?
–Más que a nada.
John estiró el brazo izquierdo en dirección a su compañero, que no tardó en captar el mensaje y envolver su mano con la suya. Cálida y segura. Eso era un gran paso para Sherlock Holmes, y John lo sabía mejor que nadie. El contacto con otra persona. Debía de quererle tanto como había dicho.
–Yo también te quiero, Sherlock.
Los ojos del color del cielo mostraron una leve sorpresa, y no pudo evitar expresarla.
–Creí que tú no eras...
–Y no lo soy—admitió John más feliz que nunca, convencido de que no era gracias a los narcóticos. –Pero tú siempre consigues lo imposible.
Sherlock sonrió de medio lado en respuesta.
–Tal parece—opinó complacido, apretando con algo más de fuerza los dedos de John entre los suyos.
–John, querido...
La señora Hudson abrazó cariñosamente al doctor en cuanto éste y Sherlock cruzaron la puerta de entrada del 221B de Baker Street.
El rubio todavía tenía el brazo en cabestrillo, y le esperaba una larga recuperación, pero Sherlock ya parecía estar como siempre tras unos cuantos días en el hospital. Aunque tenía una cicatriz que se lo recordaría todo mientras viviera.
–Os noto más delgados—apreció la mujer sin soltar una de las manos de John.
–La comida del hospital, ya sabe—dijo Sherlock mientras se quitaba la bufanda.
–Yo os haré algo delicioso. Recuperaréis lo perdido.
A modo maternal, acarició la mejilla de John y se retiró a su casa, dejando la puerta abierta tras de si.
Sherlock y John al contrario de lo que cabría esperar, subieron los escalones. Agradecidos de ver que su casera se había ocupado de limpiar las manchas de sangre resultantes del fatídico percance. Recibiéndoles el salón tal y como lo habían dejado días atrás.
Sherlock dejó caer la bufanda hecha un ovillo sobre la mesa de centro, mientras de reojo veía como John contemplaba la sala, algo melancólico.
–¿Qué te pasa?
–Debajo de aquel coche... Llegué a creer que no volvería a este lugar—dijo pasando la yema de los dedos por el respaldo de su sillón.
Sherlock sintió un escalofrío de tan solo pensar en la posibilidad de haber vuelto a casa sin John. Así que ante la desazón, anduvo hacia él, y le rodeó la cintura con sus brazos, pegando en su pecho la espalda del otro. Aspirando el aroma de su coronilla. Sintiendo el calor que manaba de su cuerpo. Y calmándose por fin.
–No pienses en eso, John. No ahora que estamos juntos.
John se dejó hacer. Seguro como se sentía entre los brazos del más alto. Sorprendido de que su compañero se estuviera comportando de aquella manera tan cariñosa y a la vez tan posesiva. Facetas que desconocía en él. Sin embargo, se consideraba el único que sabía como era Sherlock Holmes de verdad, aunque todavía le quedasen cosas que descubrir con el tiempo.
Habían pasado varios días desde que se habían declarado el uno al otro sus sentimientos en la habitación del hospital, pero las circunstancias no les habían permitido llevar a cabo demasiadas muestras de cariño. Y no sabía qué era lo que podía o no podía hacer con Sherlock, siendo este como era. ¿Irían rápido ahora que estaban en casa de nuevo y no habían impedimentos entre ambos?¿O irían despacio por aquello de que Sherlock debía aprender todo lo que él podía enseñarle respecto a las relaciones? No estaba seguro, y eso le ponía algo nervioso.
Sherlock aunque no le viera el rostro en esa posición, pareció leer sus pensamientos.
–Quiero besarte, John—susurró con voz grave contra la piel de su cuello, haciendo que se le erizaran los cabellos de la nuca.
–¿Curiosidad? –. Preguntó con media sonrisa.
–Deseo.
John sintió que su corazón se aceleraba ante la sinceridad de su compañero.
–Llevo besándote en sueños lo que me parece una eternidad, John. Ansío hacerlo de verdad—dijo y estrechó el abrazo, como si temiera que fuera a echarse a correr lejos de el.
John aflojó el agarre con su mano sana, sintiendo la leve confusión del más alto mientras él se daba la vuelta para tenerlo cara a cara. Entonces le dedicó una sonrisa más amplia.
–Pues hazlo, Sherlock. Bésame.
El mencionado no se lo pensó demasiado, inclinando la cabeza en dirección a su compañero, uniendo con calma sus labios con los del otro, situando de nuevo las manos en su cintura y acercando sus cuerpos todo lo humanamente posible, pues la lejanía le parecía algo inconcebible.
Aquello era tan nuevo para él, tan extraño pero agradable al mismo tiempo. John le había hecho sentir todo aquel batiburrillo de emociones intensas. No tenía nada que ver con lo que había leído o visto ínfimamente en aburridas películas. Superaba con creces todo lo que alguna vez se pudo imaginar que era un beso.
Los labios de John eran de tacto suave, ligeramente cálidos y cuando los separó para introducir su lengua dentro de la del inexperto detective, se sintió por demás alucinado de lo delicioso que se podía llegar a percibir un acto tan primitivo como un beso.
Rozando su lengua con la de John, en aquella especie de juego, no pudo evitar soltar un gemido ronco desde el fondo de su garganta por el mero placer que aquello le provocaba.
La mano izquierda de John ascendió por su espalda, aferrándose a la tela del abrigo que cubría su omóplato, como si al soltarse pudiera caer al suelo por culpa de la intensidad con la que le temblaban las rodillas.
Nunca en su vida, John Watson había experimentado un beso de esa forma. Tan ansiosa, apasionada, y con ganas de que no acabase jamás. Sentía que podía morirse en ese instante y no le importaría. Y para colmo, escuchar el sonido tan placentero que soltó su acompañante, le había incendiado el rostro, notando como el calor se apoderaba de sus mejillas e incluso de sus orejas.
–John... –musitó Sherlock con voz queda, haciendo que su aliento diera de lleno contra los labios entreabiertos del más bajo. –Necesito más que esto.
John no pudo evitar media sonrisa de nuevo. Era evidente que su compañero no se daba cuenta de lo sensual que sonaba todo lo que salía de su boca en aquellos momentos.
–¿Qué necesitas? Dímelo—apremió John sintiéndose más excitado que en toda su vida.
–A ti... Todo, John.
No terminó de pronunciar su nombre, cuando sus inquietos y finos dedos descendieron por su camisa, justo hasta donde acababa la tela. Entonces la sujetó con una de sus manos fuertemente y tiró de ella haciendo que los botones saltaran en todas direcciones por el suelo de la habitación, con prisas para llegar hasta la piel desnuda de su acompañante.
Esta vez el que gimió fue John. Mientras las tibias yemas de los dedos de Sherlock subían por su torso acariciándole apresuradamente y sus labios besaban su cuello. De forma algo tosca, pero placentera. Pues para John todo lo que estaba sintiendo era placentero. Demasiado.
Tuvo que morder uno de sus dedos para silenciarse cuando sintió que los de Sherlock, juguetones, se entretenían con sus pequeños pezones, como si acabara de descubrir lo que ocurría con ellos cuando se les daba demasiadas muestras de afecto. Notando la sonrisa del más alto sobre su piel al darse cuenta del efecto que provocaba en el otro, complacido.
Entonces John recuperó la cordura unos instantes. Porque estaba convencido de que Sherlock, al ser la primera vez que sentía todo aquello, no sabía ni donde se encontraban en ese momento.
–No aquí, Sherlock. Vamos... Vamos al dormitorio—dijo con apenas fuerza en la voz. Al segundo sintió un dolor en donde el alto le estaba besando, pero tan rápido como lo notó, se esfumó. Sherlock entonces se apartó de él, y pudo ver que tenía algo de sangre en la comisura de los labios. –¿Qué...?
Automáticamente, John llevó la mano a su cuello. Sherlock le había mordido. No sabía si por el calor del momento, o porque eso realmente le excitaba.
La vista nublada de su compañero le dio la respuesta.
Sherlock no dijo palabra alguna. Le cogió por la muñeca y tiró de él pasando por la cocina y el pequeño pasillo hasta su dormitorio. Cerrando la puerta con pestillo, no fuera que los molestasen.
Ahora sí que John tenía claro que no había marcha atrás. Que lo que habían empezado debía terminar. Era la primera vez para Sherlock, así que no podía sorprenderle su actitud algo salvaje. Alguien como él, que siempre se había considerado casado con su trabajo. Que había estado reprimiendo sus impulsos durante toda la vida. Eso estaba a punto de cambiar. John lo sabía. Y por ello, estaba dispuesto a dejarse arrastrar a todo aquello.
Si Sherlock quería morderle, que lo hiciera. Ya no le importaba en lo más mínimo. Amaba a aquel hombre, y le haría feliz. Esa sería una noche que ninguno de los dos olvidaría. La primera para aquel. La primera de ambos, juntos.
John se sentó en el borde de la cama. Escuchando los propios latidos de su frenético corazón en los oídos. Y le tendió una mano a Sherlock para que se acercase a el en muda invitación.
El detective consultor no la rechazó, al contrario, sujetó la mano de su amigo como si fuera un salvavidas en mitad del mar, y se sentó a su lado, para retornar su tarea previa en el cuello de John, pasando su lengua sobre la herida todavía abierta que habían causado sus dientes. John soltó un sonoro suspiro, no pudiendo evitar sujetar en un puño parte de la colcha que tenía debajo.
De pronto sintió la mano de Sherlock sobre su pecho desnudo, ejerciendo una leve presión que le obligó a recostarse sobre la cama.
Sherlock no perdió el tiempo y se subió sobre él, a gatas para no aplastarle y dañarle más el brazo lastimado. Casi tal y como había tenido a John en su inconcluso sueño, acorralado debajo de él.
Embelesado, admiró el rostro de John desde su posición en alto. Viéndole sonrojado. Respirando agitadamente. Con su piel morena cubierta por una fina pátina de sudor.
La urgencia llegó a él como un huracán que arrasa una ciudad de improviso. Percatándose de que su erección ahora le molestaba. Se deshizo de su largo abrigo y lo lanzó a alguna parte lejana del dormitorio. Tiró de su camisa como lo había hecho con la de John, dejándola inservible por la falta de botones. Y desabrochó su cinturón hasta que la mano de su pareja se posó sobre las suyas, deteniendo la tarea.
–Tranquilo, Sherlock—dijo sonriente. –No voy a irme a ninguna parte.
Eso encendió más al otro si cabe.
–Quiero poseerte, John. Ya—reconoció desbordando lujuria por todos sus poros.
Eso alagó al doctor. Era más que evidente que Sherlock necesitaba desahogarse y John no podía negar que estaba en el mismo estado que el.
Como dándole permiso para continuar, acarició la entrepierna del más alto por encima de la tela del pantalón. Lo que provocó que el otro sonriera en medio de una exhalación.
–¿Me torturas, John?
Sherlock le tomó de la muñeca alejando su mano de la zona, para colocarla por encima de la cabeza del rubio.
–Creí que eso era cosa mía—sin despegar los ojos de los de John, Sherlock, a tientas, desabrochó el pantalón del más bajo, sintiendo ahora la erección de su compañero en la palma de su mano.
–Sher...
John cerró los ojos, sintiendo las caricias que le estaban llevando al límite. Sherlock le sujetó del mentón, liberando su muñeca.
–Mírame, John. Mírame.
Aquellas palabras le obligaron a abrir los ojos nuevamente, justo a tiempo para ver como Sherlock desaparecía de su campo de visión y sentir como tiraba de sus pantalones, dejándole completamente expuesto ante él. No pudo evitar soltar una carcajada, porque la situación le parecía algo surrealista, puesto que nunca creyó verse en semejante situación con su mejor amigo.
–¿Qué ocurre?
John alzó el rostro para ver lo que hacía su compañero ahora fuera de la cama, comprobando que ahora era él el que se quitaba los pantalones y los dejaba en el suelo.
No era la primera vez que veía a Sherlock desnudo, porque solía pasearse así por la casa hasta que era John el que le pedía por favor que se pusiera algo encima. Sin embargo, la situación ahora era distinta. Ambos estaban sin ropa. Sherlock le examinaba como un perro a un solomillo y era consciente de que éste iba a memorizar todas y cada una de las imperfecciones de su cuerpo y las iba a guardar en el cajón destinado a su persona dentro de su palacio mental.
Se sintió avergonzado por ello, y no pudo evitar taparse el rostro con el antebrazo izquierdo.
Sherlock volvió a posicionarse sobre él, con las manos a ambos lados de su cuerpo.
–¿Qué te pasa? –preguntó intentando tirar de su brazo para verle la cara, pero John no le dejaba. –¿Qué te molesta, John?
–Tú eres hermoso, Sherlock—dijo casi en susurro.
El otro pareció no comprender, porque tiró con más fuerza del antebrazo hasta que vio por fin los ojos esquivos del doctor.
–Si lo soy... ¿por qué no me miras? –. Cuestionó desconcertado.
–Sí te miro... Pero me da vergüenza que tú me veas a mi...
–No entiendo... –musitó. John no le miraba, sino que había fijado su vista en el cabecero de la cama y eso le produjo una ligera molestia. –Mírame, John—ordenó de nuevo con voz firme.
Aunque reticente, obedeció.
–¿Acaso piensas que para mi tú no eres hermoso?
La vacilación en los iris del otro le indicaron que había dado en el clavo.
–Yo te quiero, John. A ti. Por como eres por dentro y por fuera. Sino, no serías tú. No serías mi John Watson.
El rubio le miró conmocionado. Aquella había sido la mejor declaración que le habían dedicado en lo que tenía uso de razón. Sin pensarlo, estiró su mano y la aferró en la nuca de Sherlock, jalando de él para besarle de nuevo, con más ahínco que antes si cabía.
No pasó demasiado para que los curiosos dedos de Sherlock buscaran su entrada, ni tampoco para que se posicionara adecuadamente entre sus piernas.
Le penetró sin demasiado cuidado, pero tampoco podía culparle por ello. Sherlock temblaba de pies a cabeza. Experimentando lo que por tanto se había negado. Y por raro que pareciera, se felicitó por haber esperado, por haberlo aplazado hasta que John había entrado a su vida. Era perfecto que fuera con él, y con nadie más.
La persona que había roto todas sus corazas de cara al mundo. El que le había convertido en un ser humano. El que le había rescatado en incontables sentidos.
El detective lo abrazó con fuerza, sin dejar de moverse.
Los quejidos de John ahora eran gemidos de placer. Una sinfonía que a sus oídos sonaba mejor que cualquier melodía tocada con su violín.
Sherlock fue el primero en despertar a la mañana siguiente, y por primera vez, procuró no hacer ruido para no despertar a John, que dormía plácidamente a su lado.
Cogió los pantalones de su pijama que descansaban doblados sobre una silla y salió al pasillo cerrando la puerta tras de si.
John se levantó poco después, pillando a Sherlock frente a la chimenea encendida, y con un grueso libro de tapa verde oscura entre las manos, a punto de lanzarlo a las llamas.
–¡Sherlock, no!
Corrió hasta él y se lo arrebató, apretándolo contra su pecho para mantenerlo a salvo.
–Debe ser destruido, John—dijo calmado.
–¿Por qué? Ni siquiera es tuyo. Lo robaste en aquella casa. Debes devolverlo, no quemarlo.
–Porque es una estupidez de libro. Y te aseguro que su legítimo dueño no lo va a echar de menos—extendió la mano hacia John, a la espera de que se lo devolviera, pero John se volteó para protegerlo más si podía aunque fuera con un solo brazo.
–¿Qué es lo que te pasa con los cuentos, Sherlock?¿Tanto los odias?
El mencionado abrió los ojos con exageración. Como si le hubieran dado un golpe bajo.
–No... No los odio... –admitió algo avergonzado. –Pero leerlos me afectó demasiado...
–¿Cómo?
John pareció bajar la guardia, al tiempo que las pálidas mejillas de Sherlock se teñían de un ligero rubor y su mirada mostraba un extraño brillo. Observándolo de arriba abajo, como un animal que espía a su presa antes de atacar.
–¿Sherlock? –. De pronto John se sintió sin escapatoria. Aferrando con más fuerza el libro, cual escudo protector. Los ojos de su compañero no se apartaban de él, y parecía querer devorarlo con huesos y todo.
–Llevas puesta la parte superior de mi pijama... –apreció con un tono lascivo que John no pasó por alto. Sherlock no mentía. Era lo único con lo que vestía en ese momento, con eso, y con su ropa interior.
–Pues claro... –dijo John intentando quitar hierro al asunto. –No desperté en mi habitación, y salir en ropa interior no me parecía apropiado por si la señora Hudson...
No pudo terminar de hablar, porque Sherlock se abalanzó sobre él.
En cuanto Sherlock llegó, no le cupo la menor duda de que John era el que estaba encima de aquella especie de altar, rodeado de tres hombrecitos y tres mujercitas con semblantes tristes.
–No os preocupéis—dijo mientras se acercaba al cuerpo de John. –Es la segunda vez que hago esto. Sé cómo arreglarlo.
Se inclinó sobre el rubio y le besó en los labios.
John despertó, encontrándose frente a frente con los ojos azules del rey Sherlock.
–¿Majestad?
–Príncipe John. Acerté al suponer que un beso os despertaría.
Ayudó a John a incorporarse, ante el asombro de los hombrecitos y las mujercitas que continuaban inamovibles junto al altar.
–¿Cómo me encontrasteis?
–Seguí a mi corazón—dijo el rey sin más. –Y ahora John, partamos a mi palacio y concluyamos la historia.
–Siendo felices por siempre jamás—dijo un radiante John.
FIN
*N.A: Pues hasta aquí llega esta historia Johnlock. Y debía terminar el cuento de Blancanieves jajajaa no me sentía capaz dedejarlo con aquel final. Espero que os haya gustado y muchísimas gracias a todas esas personitas encantadoras que se tomaron un poco de su valioso tiempo para dejarme comentarios. No sabéis lo feliz que me hacían ^^
Ojalá nos veamos en futuras historias.
Saludos y mil gracias!
