Donde puedas Amarme

Acto Doce

Si pudieras Amarme

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Kaoru miró extrañada la lavadora.

-¿Qué le pasa a esta cosa?-

Apretó un botó y nada pasó. Luego otro.

-Hum… -

Salió del cuarto y fue a buscar a Kenshin que estaba absorto revisando unos apuntes.

-La lavadora no funciona.- declaró la joven un poco molesta por eso.- ¿Qué podemos hacer?-

El pelirrojo levantó la cabeza de la pila de papeles que tenía sobre la mesa.

-Creo que por ahora sería bueno lavar a mano. La próxima semana vendrá el técnico.-

-¿Lavar a mano? ¿Acaso estás loco?… ¿Por qué no llamas a otro técnico y listo?-

-Porque si lo llevo a un agente que no sea el oficial, mi lavadora perderá las garantías.- explicó Kenshin como si le diera lo mismo. - En el cuarto de baño hay una cubeta y unos lavatorios. Puedes dejar remojando y luego la suciedad saldrá sin mayor esfuerzo.-

Kaoru miró a Kenshin como si de pronto le hubiera salido otra nariz. Luego suspiró y salió del lugar.

Sonriendo, Kenshin pensó que Kaoru saldría al patio a lavar su ropa como lo hizo una vez su dulce Kaoru de la Era Meiji. Pero por más que esperó, nada pasó. Y él se sentía frustrado porque sólo por eso había desconectado un cable de su lavadora. Por la tarde, la joven anunció que iría a casa de Tsubame a terminar una tarea.

-Pero Kaoru… debes ver lo de tu ropa o no se alcanzará a secar.- le dijo él.

-No te preocupes. He hablado con Tsubame y ella me ha ofrecido su lavadora mientras terminamos el trabajo. Llevo todo en este bolso… incluso un poco de detergente.-

Al pelirrojo eso no le hizo ni la más mínima gracia.

-No puedes hacer eso, Kaoru. Es muy descortés que vayas así y uses su cuarto de lavado. Es… -

-Pero ella me lo ha ofrecido. ¡Fue su idea! Yo solo le comenté lo de la máquina de lavar… -

Kaoru caminó hacia su cuarto al recordar que había algo que se le quedaba y Kenshin la siguió.

-¿Por qué no puedes ser más razonable y simplemente aceptar que aquí las cosas se hacen de otra manera?-

-Porque no puedo creer que seas tan cerrado de mente como para pensar que sólo porque vivo acá contigo debo obedecerte en todo, aún cuando no me convenga.-

-¡Estás bajo mi cargo!- estalló Kenshin.

-¡Soy mayor de edad! ¡Puedo hacer lo que yo estime más conveniente!-

Kaoru dejó su bolso en el suelo y sacó del armario un par de sábanas mal enrolladas que al parecer requerían lavado. Junto con ellas, salió algo que llamó la atención de Kenshin, quien tiró de ello hasta sacarlo por completo.

-¿Qué es esto?-

La joven, que estaba cerrando su bolso, observó el colchón inflable que se había comprado.

-Es… algo mío. Un colchón que se infla.-

-¿Y para qué quieres esto?-

-Pues… yo… Kenshin… -

-No me lo habías comentado. ¿Cuándo lo compraste?-

-Hem… hace una semana. Es que yo… me cuesta, créeme, me cuesta mucho dormir en un futón. Y por eso yo, esto… en la noche lo inflo y luego pongo mi futón encima y duermo en él. Y es muy cómodo, si vieras lo rico que es… -

Kaoru cerró la boca al ver al expresión de Kenshin. Era como si el pobre colchón le hubiera hecho algo terrible, imperdonable y por eso tuviera que pagar. Con su vida.

Pero el pelirrojo no destrozó el colchón como ella creía. Lo dejó caer y salió del cuarto. Kaoru lo siguió.

-Espera… Kenshin, no me digas que te enfadaste por una tontería como esa… -

Kenshin siguió caminado. Llegó hasta la cocina y se sirvió un poco de agua.

-Lamento no habértelo dicho antes, pero no te enojes por eso. Yo te quiero y…-

-No mientas.-

Su voz sonó tan dura que Kaoru sintió como si le golpeara en el rostro.

-Yo… no miento… - dijo un poco nerviosa.- En verdad te quiero, Kenshin. Te amo… -

-No te creo.-

-Pero…-

Kaoru se puso en verdad nerviosa. No entendía por qué estaba enojado. Intentó sonreír.

-Kenshin… yo… en verdad dormía muy mal ahí. No podía. Me dolía mucho la espalda y por eso se me ocurrió… -

-Podrías haberme dicho.-

-Te lo comenté pero tú dijiste que debía acostumbrarme. Y lo intenté, te lo juro, pero no pude. Y por eso lo compré.-

-Entonces, ya que tienes una explicación para eso, podrás decirme también qué es todo esto.- dijo el joven hombre abriendo una de las puertas del mueble de cocina, dejando ver todo tipo de comida occidental. Lasañas para microondas, chocolate y leche en polvo, té con limón, puré de papas instantáneo, kilos de harina de trigo, manjar, galletas y papas fritas, entre otras cosas. En el refrigerador había queso, jamón por montones y en los congelados tenía papas fritas pre-hechas, algunas verduras y empanaditas de queso congeladas, potes de helado y todo tipo de delicias.

-Tío Kenjiro me asignó una mensualidad para no molestarte con la comida y por eso yo he comprado estas cosas.-

-¡Pero no puedes comer eso!-

-¡Pero es lo que me gusta! Kenshin, discúlpame, pero cuando fuimos al supermercado las vi y me parecieron muy apetitosas. La leche con chocolate es muy rica por la mañana y si le pones avena…-

-Pero el miso te hace mejor. Tiene todo lo que necesitas para iniciar tu día. Y es mucho más sano que la leche. ¿Sabías que la leche tiene mucha grasa y eso te dañará, a la larga?

Kaoru pestañeó repetidamente, espantando algunas lágrimas, mientras miraba al suelo.

-Yo… no sabía. Lo siento… no quería ofender tu comida.-

-Pero lo haces, Kaoru. Cada vez que haces algo que no corresponde a nuestra cultura, la ofendes, y me ofendes a mí. Dices que me amas pero eres incapaz de tratar de adaptarte. Ya sé que perdiste todas tus memorias pero ¿cómo pretendes recuperarte si no haces el intento de hacer las cosas que hacías antes?-

-Pero… yo practico kendo. Y voleibol.-

Kaoru supo que fue un error mencionar ese deporte cuando Kenshin dejó el vaso vacío sobre el lavaplatos y le dio la espalda para salir de la cocina.

-No me vengas a decir que practicas kendo porque tus movimientos son muy lamentables. Y lo son porque no practicas. Porque en vez de dedicarle tiempo al kendo, te empeñas en jugar con una pelota. -

-Pero Kenshin, hacer eso no tiene nada de malo. Que sea japonesa no quiere decir que tenga que aceptar todo lo más tradicional de mi cultura. Kenshin, en casa de Tsubame tienen camas occidentales y son tan cómodas. Y un comedor donde uno queda con las piernas extendidas, no dobladas como acá, donde me duelen las rodillas. ¿Por qué me tiene que gustar el futón si duermo mal ahí?l Además, el voleibol es muy bueno y yo siento que tengo una habilidad natural para él. No tiene nada de malo que yo… -

-¡Si lo tiene! Lo tiene, Kaoru. ¿Y sabes por qué? Porque yo me enamoré de una mujer. Y creí que esa mujer eras tú. Pero estás cambiada. Muy cambiada…-

Kenshin salió del lugar y como petrificada, la joven se quedó de pie, luchando por no ponerse a llorar. Se repuso como pudo y lo siguió, tomándolo de una manga de la camisa.

-Quizá sea mi cabeza… - empezó como disculpándose.- No puedo recordar nada. ¡Esto es desesperante! ¡Todo vuelve a ser nuevo para mí!

-Deberías acostumbrarte de nuevo, porque esta es tu vida. ¡Que acaso no lo comprendes! ¡Debes ser como lo era Kaoru!-

-¿Ehh? ¿Kaoru?… ¿acaso antes yo hacía todas esas cosas de japonesa como tú dices?-

Kaoru no comprendió que Kenshin se refería a otra Kaoru. Pensó que era ella antes del accidente.

-Estás muy cambiada. Incluso escuchas esa horrible música… ese disco tuyo de Hide me lo sé de memoria. Ni hablar de ese L´arc n Ciel o Last Aliance. Pero al menos, es mejor que toda ese bodrio en inglés que escuchas. Robbie William por ejemplo… qué asco.

-Pero, Kenshin… respóndeme, ¿yo era así antes del accidente? ¿Una japonesa tradicional como tú dices?-

Kenshin no le quiso responder directamente si o no porque no tenía idea. Pero si había algo que tenía en mente. Moldear una Kaoru perfecta para él, a la que haría feliz. En su criterio, Kaoru incluso se lo debiera agradecer.

-Digamos que no creo que puedas recordar tu pasado si haces cosas tan distintas. Reflexiona en lo que te he dicho. Buenas noches, Kaoru.-

Esa frase fue como un golpe para la joven, porque quería recordar, más que ninguna otra cosa, y tener su vida de antes y sus modos de antes. A veces sentía que estaba cerca de una imagen o una sensación que luego se le esfumaba, dejándola desorientada. Pero Kenshin decía que ella antes era distinta. Kaoru sintió ganas de llorar y lo soltó, para correr a su cuarto.

La joven quedó confundida, llorando sobre su colchón y su futón desarmados. ¿Ella no era así?… ¿Quién era Kaoru Kamiya? ¿Acaso nunca recuperaría sus memorias? Y Kenshin estaba tan enfadado con ella que en vez de consolarla la dejaba sola. Quería tanto que la abrazara y le dijera que todo estaba bien, que se trataba de una broma, que iba a mejorar y que la quería aunque ella no fuera como la Kaoru que él conoció. La joven lloró y lloró, atravesando la pared del cuarto con sus lamentos, sin ser socorrida. Y cuando ya no pudo más, miró su cama y sacando el colchón, se acostó sobre su futón, se tapó hasta la cabeza y no quiso saber nada más del mundo hasta el año próximo.

En eso sonó su nuevo celular.

-¿Tsubame?-

-Kaoru, ¿vas a venir?-

-Hem… no… lo siento… mi cabeza… tengo un dolor terrible. Discúlpame.-

-No te preocupes. En verdad te oyes mal. Sobre la tarea, adelantamos mucho en la escuela, tanto así que el profesor me ha dicho que podemos dejarla como está hasta la revisión del jueves. Después de la corrección podemos seguir con la nueva etapa.-

-Genial.- dijo Kaoru tratando de fingir una sonrisa, aunque su amiga no la veía.- Entonces… gracias por llamar.-

-Recupérate pronto, Kaoru. Si te duele tanto la cabeza, no vayas mañana a la universidad. Tú… sufriste mucho por ella en el accidente. Descansa y reponte pronto.-

La amabilidad de Tsubame, lejos de consolar a Kaoru, la dejó peor. En cuanto cortaron la comunicación, ella volvió a llorar, sumamente confundida con las personas que conocía. Kenshin fue muy amable con ella hasta que la conoció mejor, y ni hablar de su madre que estaba en algún país europeo, que no la quería volver a ver. Suspirando, llegó al cuarto de lavado para ver el modo de lavar su ropa, aunque fuera a mano, pensando que tal vez a nadie le gustaba la personalidad de la verdadera Kaoru, y que en cuanto Tsubame pasara más tiempo con ella, posiblemente la llegue a detestar tanto como los demás.

Pero Kenshin tenía razón. Esta era la vida que le tocó… o tal vez ella si había cambiado y por eso él ya no era tan amable. Quizá, si ella actuaba como él le decía, la volvería a querer. Y las cosas mejorarían.

-Me he portado mal.- se dijo, y en cuanto acabó de tender su ropa, cerca de la medianoche, regresó a la cocina donde sacó toda la comida que había comprado y la tiró al tacho de basura. Su colchón inflable acabó en el fondo del armario y ella sobre un futón en el que hizo todo el empeño por tratar de dormir.

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1882, Noviembre.

-Qué lindo dibujo, Kaoru.-

Kaoru levantó la mirada y se encontró con su esposo mirando el árbol de sakura que ella dibujó en una página de su diario de vida.

-Es un dibujo tan bueno que puedo incluso sentir el aroma de las flores.-

Kenshin se arrodilló al lado de Kaoru y la besó entre los cabellos.

-¿Se siente mejor? Hice un caldito ligero para su estómago.-

-Si, ya se me pasaron un poco los ascos. Un caldo me vendría bien.-

El pelirrojo se levantó para ir por un pocillo y apareció pronto con una bandeja. Como la tinta del dibujo ya se había secado, Kaoru cerró su diario de vida e hizo espacio en su escritorio para comer ahí.

-Gracias, mi amor. Eres un sol.

Kenshin sonrió y se sentó otra vez a su lado. Mientras Kaoru comía, él inició una conversación.

-Ese dibujo era muy bueno en verdad. Nunca creí que usted tuviera dotes para las artes y en cambio, pensé que sólo le gustaba el kendo.-

Kaoru sonrió. El caldito estaba muy bueno.

-Todos tenemos un talento por desarrollar, como tú, que además de espadachín eres un excelente cocinero.-

Kenshin rió quedo. Kaoru siguió hablando entre sorbo y sorbo.

-Mi abuelo era pintor. Hacía paisajes en tinta. ¿Recuerdas una vez que yo vendí una de sus pinturas y luego nos fuimos a comer a Akabeko?-

-Si, recuerdo ese día.

-En mi familia materna había muchos artistas y cuando yo era pequeña, el abuelo me enseñó a hacer algunos trazos con el pincel. Yo tenía talento, créelo. Dibujaba, y hacía pequeños trabajos en casa para que papá y mamá me dieran papel y yo pudiera seguir dibujando. Mi madre siempre decía… "ella será una gran artista, como su abuelo" y siempre me imaginé dibujando, pintando, haciendo retratos. Ese era mi sueño.

Pero el abuelo murió y mamá también un año después. Mi padre, que ya era maestro de espadas, se quedó de pronto solo, con una niña inquieta que se metía en problemas constantemente y por eso se le ocurrió incluirme en las prácticas de kendo para disciplinarme. Las clases eran duras y yo tenía otras cosas que hacer, como ayudar mucho en casa. Nunca me gustó el kendo, nunca me gustaron las espadas, porque con el tiempo mis manos temblaban y mis trazos ya no eran perfectos, producto del arduo entrenamiento. Dejé de dibujar y quise rebelarme pero un día comprendí que mediante el kendo mi padre se acercaba a mí, demostrándome cariño y preocupación, teniéndome cerca, porque sólo nos teníamos el uno al otro. Ya no tenía nada más a qué aferrarme, salvo eso y por eso le puse más empeño a mi aprendizaje. Aprendí los arcanos de mi escuela y ayudé a mi padre a desarrollar movimientos nuevos. Estaba tan orgulloso de mí. Tenía planeada una gran ceremonia para el día en que me nombrara maestro y después de eso, había prometido dejarme en libertad de aprender artes. Pero llegó la guerra y me lo arrebató.-

Kenshin abrazó a Kaoru.

-Me casé con una artista, pero sobre todo, con la mujer que tiene el corazón más grande del mundo. Mi Kaoru… siento que cada día, con cada cosa que descubro de usted, la amo más.-

Kaoru se dejó acariciar.

-Yo también siento que te amo más que el día que nos casamos. Kenshin, prometamos… nosotros no pudimos decidir sobre nuestro destino, porque nuestros padres nos faltaron y hubo que sobrevivir. Pero juremos que eso no le pasará a nuestros hijos. Juremos que viviremos el tiempo suficiente al menos para que ellos pueden cumplir sus sueños. Si quieren ser espadachines, lo serán. Si quieren ser artistas, lo serán.-

-¿Y si quieren ser luchadores como Sansouke?

Kaoru pestañeó varias veces. No le gustaba esa idea, pero en fin…

-Lo que sea, Kenshin, para que sean felices.-

El beso sobre sus labios fue suficiente confirmación de que así sería.

-Se lo juro.-

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2008, Noviembre

La joven había bajado de peso en la última semana.

Hizo el intento de comer sólo comida japonesa que generalmente acababa vomitando o que le caía muy mal. Pero ella debía acostumbrarse porque era el único modo en que Kenshin no la mirara con reproche. Angustiada, contenía las arcadas ante los pulpos y otros platos que no eran de su agrado. Al menos el sushi era algo que podía tragar. Le costaba mucho pasar cerca de un local de hot-dog y no entrar a pedir uno.

Las noches no eran mejores. Trataba de acostumbrarse al futon pero no había caso. Una noche no lo aguantó más y fue a por su colchón, pero al día siguiente se arrepintió tanto de su debilidad que lo metió en un cajón, dentro de un cuarto en la casa donde se guardaban las cosas y cuya llave tenía Kenshin. Al menos en el kendo le iba mejor, aprendía rápido los movimientos desde que se dedicara más a él, descuidando sus actividades universitarias.

Con todo esto, Kenshin era el más contento. Era muchísimo más cariñoso con Kaoru desde que notó sus cambios y ella, que lo sabía, se esforzaba más por obtener su aprobación. Pero estaba minando su ánimo y su salud. Las ojeras y la bajada de peso era el primer síntoma más evidente que ella pensaba superar y que él prefería ignorar.

La gran noche de la fiesta en el templo llegó y Kenshin, que se veía muy bien con su traje tradicional esperaba impaciente junto a Sanosuke y Megumi, que insistió en ir, a que apareciera Kaoru para irse a la fiesta. Cuando finalmente la joven lo hizo, el pelirrojo pensó que la espera había valido la pena.

-Te ves preciosa.- le dijo alelado. De inmediato le obsequió una bella flor de estación que Kaoru prendió entre sus cabellos.-Tsubame te enseñó muy bien lo del kimono.-

-Iba a hacerme una coleta con el pañuelo que me regalaste, como sugeriste, pero se ve un poco raro con mi pelo nuevo que está creciendo entremedio.- dijo ella, ruborizada.

-No te preocupes, pequeña. Te ves hermosa igual. Que orgulloso me siento de llevarte de mi brazo. Todos me envidiarán.-

Megumi miró de reojo a Kaoru, quien no hizo ningún comentario o mueca al verla. Lucía diferente, sin duda… como si fuera otra persona y se preguntó si Kenshin lo había notado. De todos modos le daba lo mismo porque ahora había cambiado de objetivo. Sanosuke estaba bastante guapo y le caía bien. Quizá podía pasar algo por ahí.

Los cuatro partieron a la fiesta y Kaoru, que se afirmaba en Kenshin, pensaba que el kimono tenía su lado práctico. Se veía estilizada, el obi la obligaba a mantener una postura erguida y sabía que lucía muy bien. Pero era estrecho en la falda, por lo que debía dar pasos muy cortos. Y las sandalias le resultaban extrañas. Eran rígidas en su base, lo que le dificultaba caminar.

Al llegar a la fiesta escucharon los tambores, sacaron pescaditos de colores con raquetas de papel y participaron de otros juegos. Kaoru conversó feliz de diversos temas con Megumi, encontrándola muy simpática y encantadora. Estaba comiéndose unos trozos de fruta ensartados en un palito mientras Kenshin iba al baño, cuando Sanosuke le preguntó que por qué ya no iba al voleibol.

La mirada de Kaoru se apagó un poco, pero ella intentó fingir una sonrisa.

-Yo… tengo otras actividades ahora. Creo que me retiraré. Es lo mejor para el equipo.

-Pero no entiendo.- repuso el joven.- Tú tienes una habilidad que no cualquiera posee. Un golpe de muñeca letal, siempre pareciera que sabes donde poner el balón para neutralizar al otro equipo. Kaoru, tú, sin mayor esfuerzo, podrías ser capitana si lo desearas.

-Es que ya… no quiero jugar más. Es sólo eso. Además, Kenshin… -

El aludido apareció y Kaoru se calló de pronto. Sonriendo, se encaminaron a otro stand de juegos y se divirtieron mucho mientras Sanosuke los miraba muy serio, pensando en tener una seria conversación con su amigo.

La velada pasó volando y de tanto reír, jugar y caminar, la joven llegó a la casa con los pies doloridos y se quejó de ello.

-Caminamos mucho, Kaoru. ¿Pero sabes? Tengo una pomada en mi cuarto, que te puede ayudar. ¿vamos?-

La joven lo siguió, descalza, con sus pantuflas en la mano. Kenshin sacó un tubito de un cajón de ropa.

-Siéntate en mi futón y extiende las piernas.-

-Está bien.-

Kenshin le aplicó un poco de crema en los tobillos y empezó a masajearlos con cuidado. Nunca se había dado cuenta de que las piernas de Kaoru fueran tan suaves, a juzgar por la textura que sintieron sus manos cuando se deslizaron más arriba de la zona que debía atender. La joven lo miró confundida cuando Kenshin, alzándose sobre ella, quedó recostado sobre su cuerpo, comenzando a besarla.

-Kenshin… -

Un leve aroma a azahares llegó a la nariz de Kenshin y quedó desconcertado por un momento. ¿Azahar? ¿Qué el aroma de Kaoru no era de jazmín?. Optó por apartar esa idea de su mente y dejó que el perfume invadiera sus sentidos. Besó su cuello, el escote del kimono y posó una mano sobre un seno. Pero Kaoru se quejó.

-El lazo… me molesta… -

Kenshin hizo que Kaoru se sentara en la cama y sin dejar de besarla, a ciegas, desató los lazos de su ropa. Cayeron sobre el futón junto al obi y sin soltarla, deslizó el kimono dejando sus hombros al descubierto. Pero Kaoru se tensó y sujetando el escote, no dejó que su ropa siguiera cayendo.

-Espera… Kenshin… yo no… quizá sea mejor que me vaya.-

Kenshin no la soltó cuando ella trató de pararse. Estaba excitado. Demasiado excitado y quería sentirla a su lado, sudando, gimiendo, con los ojos semicerrados.

-Quédate esta noche conmigo, por favor.-

La joven lo pensó un poco. ¿Acaso Kenshin tenía en mente lo que ella estaba pensando? ¿Estaba bien que se quedara o debería irse a su cuarto a dormir?

Pero Kenshin le había pedido que se quedara. Su querido pelirrojo, aquél que la conocía y la ayudaba tanto a recordar quien era. A quien ella quería… a quién ella seguiría a cualquier parte por una mirada de sus ojos violetas, por un beso suyo sobre la frente o sobre los labios. Por un gesto de aprobación.

Asintió, abrazándolo. Y una duda cruzó su mente.

-Pero yo no sé… Kenshin… no estoy segura de que tú seas… es decir. No sé si he hecho esto antes.

Kaoru sintió sobre su espalda las manos tibias de Kenshin, acariciándola y apegándola a él.

-No te preocupes por eso, mi amor. No ahora.-

Confiada, apoyó la cabeza sobre el hombro de Kenshin que la siguió acariciando, a la par que besaba cu cuello y sus hombros. Bajó las manos, estrechando su cintura y pensó que la sensación de sus besos sobre su piel desnuda le era desconocida hasta el momento, pero la tenía muy nerviosa. El kimono quedó sobre el tatami y Kenshin, con la boca, succionó un pezón hasta dejarlo erecto bajo su ropa interior.

Kenshin presionó más el seno con la lengua hasta que en un gruñido le quitó la prenda, dedicándose al otro seno directamente sobre la piel. Kaoru sentía la sangre caliente moviéndose dentro de sus pechos, como si Kenshin la hiciera moverse con su succión. Pero le gustaba, ¡le gustaba tanto cómo se sentía! Sin ser del todo conciente de ello, la joven presionó un poco la cabeza de cabellos rojos sobre su pecho, mientras Kenshin, contento, notaba que ella empezaba a perder el control. Y eso, sin duda, lo excitó más.

Deslizó una mano sobre el vientre de la chica, adentrándose entre medio de sus piernas, sobre la ropa interior. Kaoru se tensó un poco y se arqueó contra él, dándole a Kenshin una primera y valiosa pista que él pronto olvidó. Presionó sobre la braga los pliegues de piel que ocultaban la entrada al cuerpo de la joven, haciendo que esta vez ella apretara las piernas.

Kenshin soltó los pechos de Kaoru y llegó hasta su oído.

-Ábrete, Kaoru. No me temas. Todo irá bien, ya lo verás.-

Temblorosa, la joven hizo lo que le pedía, sin mayores cuestionamientos. Separó las rodillas y sin perder tiempo Kenshin acabó de desnudarla. Kaoru pensó que ahora se quitaría la ropa él, pero el pelirrojo hundió la boca entre sus piernas, haciéndole sentir su lengua caliente quemándola.

La joven gritó cuando un mordisco suave atrapó un montículo pequeño bajo sus labios mayores. Trató de separarse de la boca de Kenshin, desesperada, pero él no la dejó, cazándola por las rodillas. Quería llevarla al extremo y sus gemidos lo estaban orientando bien. Succionó esta vez el mismo montículo y Kaoru se arqueó. Al presionar con la lengua la misma zona, la joven gimió, llamándolo.

-Por favor… déjame… -

Haciendo caso omiso, Kenshin se adentró más en ella. Percibió que los músculos de la chica se contraían e introdujo la lengua en ella. Un leve mordisco y otro gemido más le dieron la pista de que iba bien. Ella empezó a moverse, buscando un contacto más profundo y él se adaptó a su ritmo. Lamió, succionó con fuerza y notó que ella desesperadamente buscaba aferrarse a algo.

Kaoru se tomó de la sábana, tirando de ella mientras sin piedad Kenshin seguía en los suyo. La sangre caliente fluyó hacia su vientre, hacia la zona que chupaba él y la sentía hirviente y palpitante y cuando sintió que no podría soportarlo más, sus músculos se acabaron de tensar mientras la sensación más intensa jamás experimentada hacía su aparición. Jamás pensó que pudiera ser asi y gritó. Gritó el nombre de Kenshin, cerrando con fuerza los ojos. Boqueó para conseguir aire que le faltaba, sintiendo que finalmente él la dejaba y se colocaba sobre ella.

Se relajó al verlo. Pero algo en su mirada le indicó que la esperada tregua estaba lejos de llegar. El pelirrojo se quitó la ropa con la velocidad del rayo y sin mediar advertencia alguna la penetró.

Un nuevo grito llegó a los labios de la joven, arqueó su espalda de un modo casi imposible y un par de lágrimas llegaron a sus ojos. Consternado, Kenshin quedó estático, sin poderlo creer.

Jamás se le pasó por la mente, viendo el modo en que ella había respondido a sus caricias, que pudiera ser virgen. Tenía veinte años… en esta época eso era algo imposible de lograr pero ella lo era. Recordó que algo le había dicho su padre que ella se había criado en internados… quizá ni siquiera había tenido novio.

Para Kaoru en cambio era todo nuevo, lleno de contrastes. Placer infinito y dolor. Miró a Kenshin que le sonreía nervioso.

-Discúlpame por ser tan bruto. Ahora lo haremos bien. Relájate, mi amor. Ya no dolerá.-

Kaoru le hizo caso y cerró los ojos. El cuchillo que en comienzo sintió entre sus piernas desapareció, aunque quedó en su lugar algo caliente. Con cuidado, Kenshin siguió moviéndose hasta que ella se adaptó a su tamaño dentro de su cuerpo y empezó a seguir su ritmo, para ayudarlo.

Después de un rato Kenshin se liberó. Después de eyacular dentro de ella se recostó sobre su cuerpo húmedo sin poder creer lo vivido. Kaoru lo había esperado. Sin conocerlo antes, ella lo había esperado. Se acostó al lado de ella, la cubrió con un edredón y la abrazó.

-Eres mía, Kaoru. Ahora, más que nunca, eres mía.-

Kaoru estaba demasiado cansada como para objetar. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en su brazo.

-Kaoru… eres mía.- susurró Kenshin sin ser escuchado por su compañera que dormía. Le acarició la espalda con los dedos, como si tocara seda, con cuidado, y contento, la apretó contra sí.

Siguió percibiendo un dulce aroma de azahares y le pareció, por un momento, que era la más deliciosa fragancia del mundo. Lamió, como si fuera un gato tomando leche, el hombro desnudo de Kaoru que suspiró en sueños.

Qué grata sorpresa se había llevado con ella. No recordaba haberse excitado tanto ni haber disfrutado de ese modo una relación sexual, ni siquiera cuando era adolescente. Se preguntó, por un momento, cómo habría sido haberlo hecho con Kaoru de Meiji. En realidad él siempre estaba ocupado intentando besarla. Por alguna razón, ahora que lo pensaba, nunca se le ocurrió ir más allá con ella, aunque era de esperarse, tomando en cuenta que ella evocaba mucho a Kenshin, su tatarabuelo. Y asi, ni a quien le dieran ganas.

Pero esta Kaoru, que parecía vivir sólo para que él la tuviera en su casa, se entregó sin mayores cuestionamientos a cuanto se le ocurrió hacerle. ¡Claro, porque ella lo amaba y era suya en cuerpo y alma! Kenshin gimió ante esta idea y una nueva erección hizo su aparición. Despertó a la joven para hacerle ver el estado en que lo tenía, para que lo ayudara a resolver eso, y ella, sonriendo con los ojos semicerrados, se dejó llevar nuevamente por él.

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Kyoto.

Kenjiro Himura estaba durmiendo e incluso soñando, cuando le despertó el teléfono. Pretendió ignorarlo unos momentos pero ante el insistente sonido se resignó a contestar.

-Hola?

-Hola… buenos días… -

Kenjiro respingó la nariz. Una voz femenina le estaba hablando y se escuchaba nerviosa. Y desorientada, muy desorientada, sin duda.

-Buenas noches, dirá. Es medianoche. Mire, no sé con quien quiera hablar pero… -

-¿Es usted Himura Kenjiro?-

La mujer al otro lado de la línea pronunció su nombre rápidamente, como si temiera que él le cortara al no poder comprobar que le conocía de alguna parte. Kenjiro se sintió muy extrañado. Y de pronto, asustado.

-Soy yo. Pero… ¿acaso le ha pasado algo a mi hijo? Por Kami… -

-Hem… no, no… por favor, no se asuste… -

La voz femenina le sonaba conocida a Kenjiro, ahora que le ponía atención. Pero no podía ubicarla del todo. Sobretodo porque la voz tenía un leve acento, quizá extranjero.

-No se asuste, señor Himura… y por favor, discúlpeme por hablarle a esta hora. Acá en Londres son las nueve de la mañana.-

-¿Londres?- Kenjiro, del todo despierto, hizo un rápido repaso mental. ¿A quién conocía él que viviera en Londres?… ¿Kaoru?… pero ella estaba en Tokio, con Kenshin. A menos que esta mujer fuera…

-Himura… usted… era el mejor amigo de mi ex esposo. Kamiya Kojiro.-

El pelirrojo se sentó en la cama y al hacer esto, despertó a su mujer que le preguntó qué pasaba. Kenjiro le hizo un ademán para que guardara silencio y puso el altavoz para que ella también escuchara.

-Yo… me temo que si fui muy amigo de Kojiro pero a usted no la conozco, señora. Y no entiendo…

-Señor Himura, necesito de su ayuda. Usted es la única persona que me puede dar alguna pista.-

-¿Oro?-

-Por favor, usted debe saber algo de mi hija. De Kaoru. Recurrí a usted como último recurso antes de volar para Japón. Estoy desesperada.-

-¿Acaso ella no es la mujer que despreció a Kaoru y no la quiso ver para lo del accidente?- preguntó Sakura al oído de Kenjiro. Éste asintió.

-Será mejor que ella nos cuente su versión.- le respondió en un susurro apenas audible. Luego se dirigió al teléfono. - Temo que no comprendo lo que usted me dice. Por favor, explíqueme desde el principio y yo le prometo que veré el modo de ayudarla.-

-Señor Himura… yo… yo vivo acá en Londres hace años. Kaoru se ha criado acá, al estilo occidental pero ella, como usted sabrá, mantenía fluida correspondencia con su padre. Yo… ella quería ir a estudiar a Japón, Artes como su padre, y partió de aquí hace unos meses. Ella… ella pasaría unas vacaciones con Kojiro y luego regresaría para buscar algunas cosas. Kaoru me escribía, me llamaba por teléfono pero hace tiempo que no sé nada de ella y la familia de mi esposo no quiere hablar conmigo… -

-Tendrán algún motivo… - observó Kenjiro.

-Claro que lo tienen, señor Himura. Ellos nunca me han aceptado. Cuando yo me casé con Kojiro, me miraban mal por no querer ser una esposa sumisa preocupada solo del hogar. Yo quería estudiar y ser una profesional y hacer carrera. Nunca descuidé la crianza de mi hija pero aunque Kojiro fue un esposo amable y dedicado, su familia convirtió mi vida en un infierno. Hablaban mal de mi, boicoteaban mis proyectos y siempre había una discusión ocasionada por ellos en mi hogar. Mi esposo era bondadoso, y ante ellos no tenía carácter, por eso yo tuve que asumir que no contaba con él y ver lo mejor para mí y mi hija. Me separé de Kojiro y como aún en Japón ellos me molestaban, tomé la drástica decisión de irme con mi hija a otro país. Señor Himura, mi hija y yo hemos sido muy felices acá, incluso vivimos con un hijo de mi hermana que es como un hermano para Kaoru, y ahora que no he tenido noticias de ella ni de Kojiro, he tratado de contactar con su familia pero no me dicen nada, salvo insultos.-

-¿Cómo dio con mi número?- preguntó Kojiro digiriendo la información.

-Yo… estoy a punto de volar a Japón, en un par de horas, para buscar a mi hija. Y recordé que ella había dejado su cajita con cartas de Kojiro acá. He leído y leído toda la noche, buscando alguna pista en ellas y hay una carta donde mi esposo le habla de usted. Dice que… - en ese punto la voz de la mujer se quebró.- dice que usted es una persona muy honesta que velará por ella si algo llegara a pasar, y que podrá confiar en usted ciegamente. Acá dice su nombre… salen algunos números telefónicos, creo que era por si ella llegaba al aeropuerto de Japón y no lo encontraba, así podría contactar con usted. Encontré estos datos hace solo un par de minutos… y no podía esperar más para intentar comunicarme. Por favor… ya le he contado mi historia y no sé que más hacer… -

Kenjiro y su esposa se miraron. Se escuchaban algunos sollozos.

-Dígame su nombre, señora.-

-Smith Ayako, señor Himura. Cambié mi nombre por contraer matrimonio con un inglés. Pero mi nombre de soltera es Tendo Ayako.-

Kenjiro tomó aire.

-Señora Smith… escúcheme con atención. Kaoru está bien. En efecto… yo me he hecho cargo de ella y en este momento vive con mi hijo, que tiene toda mi confianza y es un hombre honorable. Ella está estudiando y le va muy bien.-

-Pero… ¿por qué no me llama?- preguntó con cierto desespero.

Con el mayor tacto posible, Kenjiro le explicó brevemente lo del accidente a Ayako, y sus consecuencias. La mujer se quedó de piedra.

-Kojiro… muerto… no… y Kaoru, mi hija no… no… -

-Por favor, por favor… cálmese. Yo… señora Smith, no sé qué decirle. Kojiro, mediante una especie de testamento o última voluntad, me ha encargado el cuidado de Kaoru. Yo supe de esto hace poco tiempo y la fui a buscar a casa de una hermana de mi amigo, donde vivía con un primo, además. Yo indagué sobre por qué usted no estaba presente en esos momentos ya que además, Kaoru estuvo a punto de morir y en coma. Ellos me respondieron que ella se vino peleada con usted de Inglaterra y que usted había dicho que ya no le interesaba nada de ella. Por eso yo, a petición de la familia, no intenté contactar con usted. Veo… que ha sido un grave error.-

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego se escuchó el sonido suave de alguien que toma aire.

-Usted… ¿podría llevarme con mi hija cuando llegue a Japón?-

-Señora Smith, cuente con ello.- se apresuró a responder Kenjiro. Luego Ayako le dio el horario de llegada y el nombre del aeropuerto al que iba a llegar.- Allá estaré. Se lo prometo.-

-¿Cómo lo reconoceré?- preguntó la mujer algo más aliviada.

-Sólo… busque a un hombre de edad mediana con el pelo del color de la zanahoria.-

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Londres

Ayako cortó la comunicación sonriendo y miró a Yahiko que la observaba expectante, con las maletas listas a sus pies.

-¿Y?-

-Yahiko… oh, Yahiko… lo que ha pasado mi pobre niña allá es terrible.-

-Pero tía… -

El joven, de la edad de Kaoru, tenía el cabello peinado con mucho estilo. Y aunque el peinado era un poco raro (y picoso, con muchas puntas), se veía muy bien.

-Ya les contaré todo… Adam… ¡Adam, mi amor, por fin di con mi hija!-

El aludido, un inglés delgado y al que la gente solía confundir con Dr. House, miró feliz a su esposa.

-¿Es verdad eso?-

-Ahora si vamos a por una pista segura. El amigo de mi ex esposo sabe donde está y… y… -

Adam puso las manos sobre los hombros a Ayako que reía y lloraba a la vez. Esperaba que no se pusiera histérica.

-Cálmate… tranquila, respira, mi amor. El taxi acaba de llegar y es preciso apurarnos. Yahiko, saca las maletas, yo le daré algo de agua a Ayako.-

-Sí, tío.-

-Mi amor, ahora trata de relajarte. Veremos a Kaoru y todo volverá a estar bien. Ya lo verás.-

La japonesa respiró hondo varias veces hasta que sus manos dejaron de temblar y le hizo un resumen a su esposo sobre el accidente de Kaoru y su amnesia. Adam, que era médico (aunque mucho más atinado con sus pacientes que el personaje de ficción al que se parecía), pensó un poco.

-La pérdida de memoria es algo muy complejo. Es imposible predecir lo que pasará con ella pero te sugiero que lleves las cartas de su padre y nuestras fotos y todo lo que ayude a Kaoru a confiar en que nosotros somos en su vida quienes decimos ser. Porque un amnésico no sólo pierde sus memorias. Puede perder además los sentimientos hacia sus seres queridos y eso los hace desconfiar de las personas que se le acercan diciéndole que son familiares.-

Ayako encontró razonable la idea de su esposo y rápidamente corrió por un álbum de fotos. Luego llamó a Kenjiro nuevamente para que le consiguiera las cartas de Kaoru que guardaba Kojiro, a lo que el pelirrojo, soñoliento, aceptó. Luego la mujer guardó las cartas que tenía dispersas sobre la mesa y las metió en una cajita que hizo caber en su bolso de mano para, más tranquila, salir a subirse al taxi.

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Fin acto doce

Si pudieras amarme

Noviembre, 2008.

Notas de autora.

Estaba a punto de publicar este episodio cuando me arrepentí. Y de hecho, aún con esta versión (la número cinco) he tenido mis dudas. Pero, analizando lo que tiene que pasar, es mejor que las cosas se hayan ido por este lado.

Dirán que Kaoru no se parece a Kaoru y es cierto. Quizá la de Meiji le haya partido la cabeza a Kenshin de haberle dicho algo malo sobre la comida que le gustaba, pero en fin, todo tiene un motivo y el climax, que se viene en el próximo episodio, nos develará bien por qué Kaoru es como es.

En fin, a modo de entretención les comentaré los posibles finales para este episodio, que quedaron escritos pero que no fueron las versión oficial.

Final 1

Sanosuke, preocupado, hablaba a Kenjiro y le contaba todo lo que pasaba. Kenjiro venía a Tokio y entre los dos visitaban a Kenshin para reprocharle su actitud. Kaoru los escuchaba y se enteraba de todo, entonces, le pedía a Kenjiro que la sacara de allá y Sanosuke dejaba en el piso a Kenshin de una bofetada.

Final 2

Kaoru se enteraba de la verdad tras levantarse para comer algo, mientras, en el salón, Kenshin y Sanosuke discutían. Como supondrán, acá nuevamente Sano le reclama a Kenshin lo que está haciendo y saca a colación a "la otra Kaoru". De este modo, Kaoru se da cuenta de que ha sido manipulada y decide quedarse en casa de todos modos para obtener el amor de Kenshin sometiéndose a sus deseos, hasta que comprende que no puede más y estalla en una fuerte discusión donde ella toma a decisión de irse. Desde luego su memoria le juega una mala pasada porque no conoce Tokio del todo y no sabe con quien marcharse.

Final 3

Quizá el que más les hubiera gustado. Kaoru se entera de todo (Sanosuke de por medio) y en eso llama Kenjiro para contarle lo de su mamá. Kaoru lo interrumpe y entre lágrimas le pide que por favor la saque de esa casa. Kenjiro se apresura en llegar y mientras, el infierno arde en el dojo Himura, cuando ella y el pelirrojo discuten fuertemente.

Final 4

Hum… creo que ese el final ha quedado de inicio para el próximo capitulo, asi que no les diré más.

Les dejo un besito, porque estoy con apuro, y mis muchos respetos. Ahora me voy a cocinar.

Sobre Kenshin y Kaoru Meiji, aparecieron para darnos una linda sorpresa, si es que lo han intuido.

Disculpen que no las salude por aquí pero ando corta de tiempo. De todos modos responderé sus reviews cuando se pueda.

Besos!!!!!!!!!!!!

Blankaoru.