Disclamier: Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Este es un TWO SHOT que está participando del concurso New Year´s Elite Contest organizado por el grupo Élite Fanfiction ( facebook groups / elite . fanfiction / ) y su autor será revelado una vez terminadas las votaciones del mismo.

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La tregua

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Summary

Isabella es una mujer exitosa, pero él un pasado que prefiere olvidar, la encuentra de improviso en víspera de año nuevo, una noche para perfecta para una tregua.

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Capítulo 2

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Edward tenía razón, él me odiaba y yo lo odiaba, eso no estaba en discusión, pero su hermano y mi mejor amiga no tenían la culpa de nuestros fracasos y rencillas pasadas.

Analicé la situación en la que nos encontrábamos. Desde el divorcio que no lo veía y eso fue hace ya más de tres años, el verlo nuevamente no tendría que significar problemas; yo era una mujer adulta, profesional, la mejor abogada del bufete en el que trabajaba, podía tratar esa situación con altura. Eso no era más que un simple imprevisto, al día siguiente todo volvería a la normalidad; yo retomaría mi vida con James y Edward continuaría por su lado, una tregua no era una mala idea. Miré a Rose, sentada en la esquina de la mesa, mi amiga estaba feliz. Es por ella, pensé.

La conversación entre los cuatro era amena, hablábamos de nuestras vidas. Me mataban las ganas de preguntar a Edward cómo era eso de que se iba a casar en seis meses, pero me dije a mí misma que mi curiosidad no era porque me importara lo que mi ex marido hiciera o dejara de hacer con su vida, que era sano querer saber, después de todo él formó parte importante de mi vida.

Nadie preguntó por James y yo tampoco dije nada. Ignoré conscientemente el zumbido del teléfono en mi blazer, sabía que era él, pero no quería contestarle; había decido que esa noche me olvidaría de todo y que al día siguiente todo volvería a ser como siembre. No sabía si mi actitud era el efecto de los vasos llenos de licor que bebía como si fuesen agua, que aparecían y desaparecían como arte de magia, o si era víctima de un interludio de demencia temporal. Sonreí ante mi ocurrencia, la semana pasada había defendido a un hombre cuya defensa consistía precisamente en eso, demencia temporal, ¿podría justificarme con lo mismo?

No sabía cómo, pero en un determinado momento reía a carcajadas, mientas Emmett le relataba a Rose la vez que nos encadenamos desnudos en las rejas de las fábrica de maquillaje que hacía prueba con animales, como terminamos en la cárcel arrestados y como yo lloraba porque Charlie me castigaría de por vida mientras un travesti, que también estaba detenido, me consolaba. No pude evitar narrarle a mi amiga la vez que Emmett y Edward se metieron a una avícola a rescatar polluelos y Edward como habían terminado llenos de plumas mientras huían de un granjero que los perseguía apuntándolos con un arma y en sus manos una caja llenas se asustados pollitos.

Rose estaba sorprendida por mi beta ambientalista, ella sólo conocía a la oficinista que había sucumbido al capitalismo.

A las once en punto y con el suficiente licor en el cuerpo de todos, tomamos la decisión de ir a esperar las doce con fuegos artificiales en el Times Square.El hotelnos quedaba relativamente cerca, por lo que podíamos ir caminando.

Cuando estábamos en marcha, nos dimos cuenta de que no éramos los únicos con la idea en mente, cientos de personas seguían nuestro mismo camino. Llegó un punto en que simplemente no pudimos seguir avanzando y aun así estábamos bastantes alejados de la gran bola, por lo que nos resignamos a que nunca lograríamos avanzar lo suficiente entre la multitud. Nos acomodamos en las escaleras de una tienda que no conocía y, aunque el licor estaba prohibido en el evento, los vasos siempre estaban llenos.

—Bebe y calla —me dijo Emmett cuando le pregunté la procedencia de lo que bebíamos.

En las pantallas gigantes, colocadas para que todos pudiesen apreciar y disfrutar del show preparado para esa ocasión, una banda pop de moda hacía su presentación, pero no puse atención.

Lo estaba pasando muy bien, la mujer oficinista, que de lunes a viernes vestía de diseñador y calzaba Jimmy Cho o Manolos y se paseaba por esas mismas calles, reclamaba en mi interior; pero no había forma de que tomara el control. La rebelde, con pantalones y converse gastados, era quien mandaba esa noche.

Era la fiesta de año nuevo más bizarra que hubiese vivido, pero no podía negar que lo estaba pasando bien. Por el frío, habíamos tenido que improvisar comprando guantes, gorros y bufandas en la calle. A nuestro alrededor había cientos de personas alegres esperando la fiestas con gorros, lentes, pelucas, confite; cantando y celebrando. Era imposible no sentirse joven, despreocupada y sin responsabilidades. La luz de los cientos de anuncios publicitarios iluminaba la noche, dando una idea vanguardista y alucinante del momento.

Estaba pensando seriamente en ponerle un bozal a Emmett, no se callaba nunca, contaba una y mil historias bochornosas de nuestro pasado; a mí se me habían olvido gran parte de todas las locuras que hice como ambientalista. Gracias a Dios Rose lo calló con un beso, tenía terror de que contara cosas de mi matrimonio con Edward.

Faltaba media hora para las doce, según el reloj proyectado en la gran pantalla que teníamos en frente. Emmett y Rose, literalmente, se estaban comiendo a mi lado, los miré incómoda. Edward rellenó mi vaso, había perdido la cuenta de cuántos había bebido; al día siguiente tendría resaca. Miré a todos lados, en busca de algún policía, no quería que me detuvieran por beber en la vía pública.

—¿Quieres embriagarme? —le pregunté en tono de broma.

—Creo que eso ya no es necesario —respondió mientras se encogía de hombros—. Todos estamos bastantes ebrios —agregó entre risas, reí con él—. Estás cambiada, Bella —me dijo con tono melancólico. Yo dejé de reír.

—Tú también —le contesté.

—Pero en mi caso es sólo el embace el que cambió, no puedo negar que estoy más viejo, pero por dentro sigo igual. ¿Tú puedes decir lo mismo? —me preguntó.

Lo observé con melancolía, yo ya no era la misma ni por fuera ni por dentro. Nos quedamos mirando a los ojos, sin decir nada.

—¡Bella! —El grito Rose rompió el hechizo—. ¡Va a empezar el conteo!

Edward me tomó de la mano, iba a protestar, pero se sentía bien. Mañana todo volverá a la normalidad, pensé.

Nos dirigimos juntos hacia la multitud mirando a la pantalla que proyectaba el Times Square.El reloj marcaba los últimos segundos del año 2014. Las personas a mi alrededor estaban ansiosas, coreando en voz alta y deseando en su interior que el año que empezaba fuera mejor que el que quedaba atrás, yo deseaba lo mismo.

—Es de buena suerte darle el primer abrazo a una persona del sexo opuesto —me dijo Edward al oído.

—Igual que traer puesta lencería roja, dar una vuelta alrededor de tu casa con una maleta y comer doce uvas —le respondí alegremente.

—Lo de la lencería suena interesante —susurró guiñándome un ojo.

El conteo final comenzó, mientras se escucha el eco de la multitud contar a coro. Era emocionante, nunca en mis 27 años había recibido un nuevo año en esas condiciones y estaba realmente emocionada. Olvidé hasta el frío que calaba en mis huesos y sobre todo en piernas, a penas cubiertas.

¡Diez!

¡Nueve!

¡Ocho!

¡Siete!

Edward me mantenía tomada de la mano y cada segundo que quedaba atrás, muriendo bajo el coro de cientos de personas, me miraba con esos hermosos y expresivos ojos verdes que tenía y me sonría. Yo sólo le sonría embobada.

En mi fuero interno sabía que eso no estaba bien, pero acallé la voz de mi conciencia y le eché la culpa al licor.

¡Seis!

¡Cinco!

¡Cuatro!

¡Tres!

¡Dos!

¡Uno!

La fiesta explotó, fuegos artificiales de todos colores y formas, confite, champaña, Edward me tomó de la cintura y me levantó.

—Feliz año, Bells.

—Feliz año, Edward —le respondí.

De la nada apareció Emmett con una botella de champaña. ¿De dónde consigue estas cosas?,me pregunté. Rose venía más atrás con los vasos y en el cielo aún explotaban fuegos artificiales.

Después de brindar por un nuevo año lleno de éxito, le di un abrazo a mi mejor amiga, a mi ex cuñado y a una docena de personas más; todos estaban felices.

—Lo estoy pasando increíble, amiga —me dijo Rose cuando la abracé—. Y Emmett besa como los dioses, me muero por saber cómo es en la cama; por lo que he podido tocar hasta ahora se nota que está bien dotado —terminó diciendo a modo de confidencia.

—Demasiada información —afirmé poniéndole mala cara.

—No seas mojigata, Bella, tú tienes experiencia con la familia —me respondió, mirando descaradamente a Edward. Me puse roja, sexualmente no habíamos tenido problemas—. Es como pensaba —agregó Rose satisfecha, para marcharse con una sonrisa a abrazar al grandote.

Después de que terminaron de explotar los fuegos artificiales, nos dirigimos de vuelta al hotel. La fiesta ya había comenzado, una canción de Rhiana sonaba a todo volumen en el salón. Buscamos una mesa y nos sentamos, pedimos una ronda de tequilas, la que dio paso a otras dos rondas más. El golpecito, la sal y el limón eran adictivos y encendían los ánimos.

—Esta combinación de tragos me traerá resaca por la mañana —se quejó Rose.

—Yo conozco un remedio para eso —le dijo con una sonrisa maliciosa Emmett.

—¿Cuál? —pregunté curiosa.

—Vamos, Bella, no vas a caer en el juego de Emmett —se burló Edward.

—Yo te puedo explicar la teoría, pero estoy seguro de que Edward puede mostrarte la práctica —me respondió mi ex cuñado, mientras movía las cejas sugestivamente.

Lo quedé mirando sin entender.

—Botas el alcohol sudando —explicó entre risas mi amiga, por fin caí y le lancé una mirada asesina a Emmett.

Después de beber las tres rondas de cortitos de tequila, Emmett y Rose se dirigieron a la pista de baile. Estaba sonando un ritmo latino, desde donde me encontraba vi como mi amiga ponía en práctica los movimientos aprendidos en nuestras clases de bailes latinos. Ella movía las caderas como la alumna más aventajada, haciendo gala de su arma más poderosa, su cuerpo.

—Vamos a bailar —me pidió Edward, tendiéndome una mano. La acepté gustosa.

Mañana todo volverá a ser como siempre, me repetí a modo de mantra.

La pista de baile estaba repleta de personas, por lo que no había mucho espacio disponible. Me dejé llevar por la música, la chica de Converse en su máxima expresión de libertad tomó los conocimientos aprendidos por la oficinista en esos años. Movimientos lentos, seductores, miradas coquetas, sonrisas, acercarse, alejarse, tocarse.

Las canciones se sucedían una tras otra, cada vez más cerca, más apretados. Roces, movimientos seductores, su olor embriagante, mi piel sensible, mi espalda en su pecho, su mano sujetando firme por debajo de mi blusa, acariciando mi cintura y mi vientre. Movimiento de caderas, roces indiscretos, calor sofocante, mi piel erizada, su falo erecto golpeando en mis caderas, su respiración en mi cuello, dando paso a cálidos besos en mi piel sensible. Su lengua trazando caminos entre la parte alta de mi espalda, mi cuello y oreja, descargas eléctricas recorriendo mi cuerpo, mi centro pulsante, anhelando algo más, hambrienta, necesitada, la música como arma de seducción.

En ese punto de la noche entendí que estaba jugando con fuego y que corría un grave riesgo de quemarme. Fue en ese mismo punto que guardé en el bolsillo de mi falda la sortija matrimonial que adornaba mi dedo anular.

Ya era muy tarde para arrepentirse, me estaba quemando en una pira, en mis venas no circulaba sangre, circulaban ríos de lava ardiente, que buscaban despernadamente una vía de escape. Me sentía arder, estaba sofocada, respiraba con dificultad, mi espalda contra su pecho duro, su lengua en mi cuello, sus manos en mi vientre, buscando un camino bajo mi falta, entre mis bragas. Mis caderas moviéndose al ritmo alucinante, embriagador, desinhibido, lujurioso de una canción que no escuchaba. Mis ojos cerrados, perdiéndome en el golpe incesante de sus caderas, de su miembro duro contra mi culo.

Me giré, quedamos frente a frente, sus pupilas en las mías. Era ese momento de la noche que una decisión crucial se debatía, dar el siguiente paso o quedarse donde estaba. Él lo sabía, yo lo sabía, ese era el momento para decir no, para pensar que teníamos a alguien esperando en casa, en mi caso ese alguien se llamaba James, en el caso de Edward no quería saber cómo se llamaba, sólo sabía que en seis meses más seria la nueva y flamante señora Cullen.

Yo sabía que quería en ese momento, lo tenía claro, lo quería a él. Yo haría responsable al alcohol que me desinhibía y me hacía valiente, audaz y arriesgada, sin miedo a equivocarme; culparía a las locas reglas de oro de Rose por darme una justificación, una excusa, un aliciente. Yo era abogada, sabía que en ese país la costumbre hacía la ley, culparía al destino por ponerlo en mi camino esa noche, a mi mala suerte por desearlo aun después de tanto tiempo.

Él aún podía decir que no, en sus manos estaba el poder. Pero no dijo nada y yo tampoco le hice ver su error. Sonreí satisfecha.

Nos miramos en silencio.

—Una tregua —me dijo él.

—Mañana todo volverá a ser como siempre —le respondí.

Lo siguiente que sentí fue la humedad de sus labios, un beso desesperado, violento, hambriento; le respondí con la misma pasión. Su brazo rodeó mi cintura y me apegó a su cuerpo.

¡Al diablo con todo! Qué me importaba que estuviera comprometido, la mujer que esperaba por él en casa no era mi hermana, ni amiga, era un ser sin rostro, sin nombre.

Malditoalcohol que me volvía una perra sin corazón y sin valores. Pero alamierdaconJames y su estúpido calendario para follar, él no estaba allí. Y alamierdaconmipadre, su hipocresía y su machismo.

Al día siguiente tendría tiempo suficiente para arrepentirme.

Cuando nos separamos para poder respirar, ya no estábamos en la pista de baile, íbamos subiendo en el ascensor. Edward continuó besándome, sus besos eran demandantes y posesivos. Sus manos recorrían mi cuerpo, mi cintura, mis nalgas, mis senos, invadiéndolo todo.

Cerré mis ojos y me entregué a la lujuria, quería absorber las sensaciones. Cada caricia era un nuevo foco de fuego que prendía en mi piel, mis manos cobraron vida, querían explorar su cuerpo. Yo sabía que le gustaba y puse los conocimientos adquiridos en nuestro tiempo juntos en práctica. Fui recompensada con quejidos excitantes que salían de su boca y eran depositados en mi piel, en mis labios.

El camino a su habitación transcurrió entre manoseos descarados, tantos suyos como míos, ignoraba, y agradecía que así fuera, si alguien nos vio. Él luchó con la llave de su habitación, mientras yo le levantaba el sweater que llevaba puesto y le abría los botones de la camisa que llevaba debajo.

Cuando por fin logró abrir la puerta y estuvimos en la privacidad de un cuarto, nuestras manos se lanzaron desesperada contra la ropa que estorbaba. Mis dedos peleaban con su cinturón, mientras él lo hacía contra mi sostén.

Primera parada el escritorio. Me subí en él, mientras Edward se metía entre mis piernas. Mi hermosa falda doblada en mi cintura. Soltó mi pelo, me saqué las botas como pude, y él no tuvo piedad con mis medias y mis bragas. Terminé de desabrochar su cinturón, abrí sus pantalones y con mis pies los baje. Liberé su miembro de su bóxer y reconocí a mi pesar que mis recuerdos no le hacían justicia.

Se separó de mí y me observó. Sus ojos dilatados recorrieron mis pezones erectos, mi piel sensible y anhelante.

—Eres hermosa —me dijo, mientras se lanzaba con su boca a mis senos.

No tuvo piedad, mordió, lamió, succionó, mientras con su mano exploraba mi parte más íntima.

—¡Mierda!Estás empapada —dijo siseando, mientras adentraba uno de sus dedos en mi interior. Sólo un quejido salió de mis labios como respuesta.

Sus dedos moviéndose, dilatando, abriéndose paso, preparándome para su invasión. Mis piernas sobre el escritorio, abiertas, dispuestas para él. Sacó sus dedos, sin decir palabra alguna, y de una sola estocada se adentró en mi interior. Lo sentí invadirme, caliente, palpitante, se me había olvidado cómo se sentía tocar el cielo con la punta de los dedos. Lo mordí, lo lamí, lo besé y succioné, marcándolo.

—Estás tan húmeda y caliente —me susurró en mi oído, mientras me penetraba sin piedad.

Mis manos recorriendo su espalda, arañando su piel, apretando su culo; en ese momento recordé que amaba hacer eso. Mis piernas en su cintura obligándolo a enterrarse más profundo en mí… suspiros, quejidos de ambos, su boca en mi piel, mordiendo, lamiendo, marcando.

Mañana tendría marcas de esa pasión por todo el cuerpo, pero no quería pensar, no quería tener tiempo para arrepentirme.

Se escuchaba el sonido del escritorio golpeando la pared, los quejidos más fuertes. Él se separó un poco de mi cuerpo y yo me afirmé con mis manos al borde del desvencijado mueble. Su agarre era firme en mi cintura. Me perdí, al igual que él, en la imagen de su miembro entrando y saliendo de mi centro, mientras mis senos se movían al ritmo de sus estocadas.

Mi cabello rebelde, mi cuerpo sudoroso, sus muecas de placer, su cuerpo fuerte, sus dedos acariciando mi clítoris, eran la imagen más excitante que hubiese visto. Era una visión burda, pecaminosa, llamaradas de fuego recorrieron mi cuerpo. Me sentía caliente, mi sangre estaba en el punto exacto de ebullición.

Los movimientos de Edward se volvieron frenéticos, en mi vientre comenzó a gestarse una burbuja de placer, que crecía con cada estocada que daba dentro de mí. La sentí expandirse por cada célula de mi cuerpo, por cada milímetro de piel, quería más, mucho más.

—Por fa-favor… ma-más fu-fuerte —le supliqué.

Lo sentía, sabía que me acercaba, sentí mis paredes internas contraerse.

—Me vengo —dijo Edward apretando los dientes.

Lo sentí derramarse en mí, en espasmos calientes. Era lo que yo necesitaba para explotar, la burbuja en vientre se reventó, levité y me elevé al séptimo cielo. Mi espalda se dobló hacia atrás, mientras un orgasmo avasallante y alucinante tomaba posesión de mi cuerpo. Dejé de respirar, sólo eran sensaciones cálidas, mi cuerpo se estiró por completo, hasta los dedos de mis pies, liberándome, extasiándome.

Edward cayó sobre mí, con la respiración agitada, sufriendo los últimos espasmos de su propia liberación. Mi respiración era entrecortada, estaba agotada.

Nos llevó unos minutos reponernos. Edward me dio suaves besos en mi piel, en mis labios, acarició mi cuerpo y yo hice lo mismo; era algo íntimo, de amantes postcoital.

—Fue… increíble —dije entre susurros.

—Sublime —respondió él, mientras besaba mi cuello y abandona mi cuerpo.

Se separó de mí, y enseguida me sentí vacía, abandonada y acuosa, mientras su esencia se derramaba entre mis muslos. Él terminó de desvestirse, luchando con sus cordones, punto a favor de los Manolos.

—Ven, vamos a bañarnos —me dijo ya completamente desnudo, mientras me tendía una mano. La tomé, un baño era buena idea.

Quince minutos más tarde estaba con mi culo al aire, mientras Edward me follaba por atrás, en una incómoda ducha de hotel tres estrellas. En ese momento no me importó, mis manos afirmándose en las baldosas.

Quejidos, estocadas… él separó mis manos de la pared y me sujetó contra su cuerpo. Una de sus manos en mis senos, mientras la otra me torturaba en mi centro. Su boca mordía y besaba mi cuello, y mi orgasmo no se hizo esperar. Me sentí desfallecer, me faltaba el aire, mis piernas no me sostenían, era una muñeca de trapo sostenida por los brazos del hombre que en ese momento se volvía derramar en mí.

Nos limpiamos mutuamente, con sonrisas cómplices. Mi piel estaba sensible, así que secó con cuidado mi cuerpo y mi pelo; yo hice lo mismo con él.

Me sentía agotada, soñolienta. Edward me trasladó en sus brazos a la cama, apagó la luz y se acostó junto a mí, cubriéndonos con el edredón. Estábamos desnudos, me dormí con la sensación de su piel junto a la mía.

En mis sueños sentí calor, unas manos que recorrían mi cuerpo, besos cálidos en mi espalda, mi cuello. Unas manos me giraron hasta que quedé de espalda en la cama, poniendo su cuerpo sobre el mío. Su lengua se arremolinaba mis pezones, dejando caminos de saliva en mi vientre, abriéndose paso en mi adolorada intimidad, calmándola con besos suaves, lamidas incipientes, para después de un rato dar paso a besos hambrientos.

Sentí como devoraba mi centro, lamiendo, succionando, bebiendo de mi esencia. Mi cuerpo aumentó su temperatura, no quería despertar, quería alargar el placer. Con mis manos apreté las sábanas, con su lengua pecaminosa succionó mi clítoris, enviando una descarga eléctrica a todo mi cuerpo. Un grito de placer salió de mi garganta, abrí mis ojos asustada, mi pecho subía y bajaba rápidamente. Me encontré con el techo de una habitación y me tomó un segundo darme cuenta dónde estaba, por la ventana se lograba colar una tenue luz anunciando que la mañana de abría paso.

Volví a sentir una nueva descarga eléctrica, levanté mi cabeza y me encontré con imagen que me acompañaría por el resto de mis días. Mis piernas flexionadas en la cama, mientras una mata de pelo cobrizo se perdía entre ellas.

Edward levantó su cabeza y me sonrío, sus labios estaban rojos y brillosos, un quejido salió de mi boca.

—Disfruta —me dijo mientras con su lengua se lamía sus labios.

Esa, definitivamente, era la mejor forma de despertar.

Me entregué al placer, cerré mis ojos y me dediqué a disfrutar.

Mientras mi tercer orgasmo de la noche me llevaba a lo más alto del cielo haciéndome olvidar hasta mi nombre, Edward se posesionaba en mi entrada y se adentraba lentamente en mí. Esa vez fue pausado, digerí cada sensación, cada caricia, cada beso. Acaricié su cuerpo, sus brazos, grabé en mi mente su rostro contraído por el placer.

Se separó de mí cuerpo y se hincó en la cama, tomó mis caderas y las levantó poniendo una almohada debajo de ellas, volviendo enseguida a penetrarme. Con esa posición podía sentir su pene golpeando la entrada de mi útero y olas de placer recorrían mi cuerpo. Los crujidos de la cama se mezclaban con nuestros quejidos, estábamos en frenesí, gritos de lujuria, mi cuerpo salía al encuentro de sus embestidas. Estábamos sincronizados en un baile tan antiguo, tan primitivo como respirar, como vivir y morir.

Sus manos sujetaban mis caderas, sus músculos se marcaban por el esfuerzo; se sentía el calor, el desenfreno. No pude alargar más el momento, el orgasmo se apoderó de mi cuerpo y me deshice en mil pedazos. No tenía fuerza para gritar mi liberación, mordí mi labio hasta hacerlo sangrar, flotando entre nubes de algodón. Edward sólo necesitó tres embestidas más para derramarse en mi interior y cayó agitado sobre mí; su cuerpo sudoroso. Lo abracé, mis ojos se cerraban solos.

—Es la primera vez que soy infiel —lo escuché decir, mientras mi conciencia se perdía entre las sombras de mis sueños— aunque tú creas lo contrario… —agregó, yo no escuché nada más.

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Un molesto zumbido me despertó, mantuve mis ojos cerrados no quería abrirlos. Me dolía cada músculo de mi cuerpo y tenía un dolor palpitante en mi cabeza. Intenté recordar dónde estaba e imágenes de la noche anterior se sucedieron unas tras otras sin contemplación.

¡Mierda!, pensé. ¡Dios, que haya sido un sueño!, rogué.

Pero la mano que sentía sobre mis senos me decía que las imágenes en mi cabeza eran reales.

Abrí mis ojos lentamente, giré mi rostro y me encontré frente a frente con mi ex marido. Los volví a cerrar rápidamente...

¡Dios, había metido la pata hasta el fondo!

Tenía que marcharme lo más rápido posible. Saqué lentamente su mano de mi seno y moví lo más tranquilamente que puede las sábanas que nos cubrían. No puede evitar detenerme a mi mirar su torso desnudo y mi centro dolió.

Bajé mis pies de la cama y, lo más sigilosamente que pude, recogí mi ropa. Evalúe las bajas, mi blusa, bragas y pantis estaban inutilizables, tendría que prescindir de ellas.

Me puse rápidamente mi falda, no encontré mi sostén, por lo que utilicé una polera de Edward. Busqué mi blazer y saqué mi teléfono que volvía a vibrar, no quería que Edward despertara. Lo revisé, tenía 50 llamadas perdidas, un sin número de mensajes de voz y otra cantidad ridícula de mensajes de texto. ¿Desde cuándo me volví tan solicitada?, pensé.

Miré la hora, faltaban 45 minutos para el mediodía, eso quería decir que tenía menos de una hora para tomar mi vuelo. Tomé mis botas y, en puntillas, me dispuse a dejar esa habitación.

Antes de cerrar la puerta eché un último vistazo al hombre que dormía desnudo en la cama, respiré por última vez el aire cargado a sexo de la habitación y suspiré con nostalgia. Cerré la puerta, poniendo fin a esa noche.

Una vez en el pasillo me calcé rápidamente mis botas y comencé por primera vez en mi vida la marcha de la vergüenza. Definitivamente esa sería una fiesta de año nuevo para recordar, pero ahora las cosas volvían a la normalidad, la tregua había llegado a su fin.