Capítulo 2. Yennefer Bjorg von Baldisung

Yennefer Bjorg detuvo a su corcel delante de la elevada construcción del torii principal del Santuario de Michinokami. El torii consistía en dos columnas de dieciséis metros de altura sobre las que sustentaba un par de travesaños paralelos de madera color bermellón, donde colgaba una tabla vertical decorada en dorado con kanjis desconocidos para ella.

Aquí, en el Santuario de Michinokami, Señora de los Caminos del culto oriental de Shukyokami, terminaba el ostentoso y opulento principado de Gabriel, que gobernaba la Costa del Comercio por el litoral norte del Mar Interior, y comenzaba la nación de Phaion Eien Seimon, las Puertas Eternas de Phaion, que extendía su control por la zona sur en el Mar Oriental.

Yennefer tomó un pañuelo de lana con hermosos decorados de caballos bordados en hilo de plata y se limpió discretamente el sudor detrás de la capucha de la capa forrada con piel de topo de Landhoff, entre su espesa y rizada caballera negra. Estaba cansada, hambrienta y el perfume de lilas y grosella no duraría siempre para ocultar la transpiración de las pesadas y gruesas telas que traía desde Goldar. El invierno acababa de instalarse en el Viejo Continente, pero en Phaion el clima mediterráneo era cálido incluso con las grandes precipitaciones lluviosas que había en esta estación, y la humedad y el calor eran conceptos a los que Yennefer no estaba acostumbrada.

Yennefer dio un toque ligero al bridón del caballo y Daami cruzó con trote ligero las imponentes puertas de bronce rojo, traspasándolas con calmada solemnidad. Según la religión Shukyokami los torii marcaban la línea entre el mundo real y el de los dioses. Cuando una persona penetraba a través de ellos, daba un paso intermedio hacia el Ten-Gati, el plano divino, facilitando a los Kami la escucha de sus súplicas para concederles sus dones. Yennefer era una seidkona del credo Aityr de los pueblos de los Yermos Gélidos, descendientes de la casta de Holst, mas estaba dispuesta a que cualquier dios escuchase sus plegarias y la bendijese en su empresa, y quizás los Kamis fuesen más benevolentes que los Aityr.

Tras el gran torii de acceso del Santuario de Michinokami, treinta y cinco torii de unos cinco metros se erigían uno detrás de otro, formando un camino empedrado que recorría el ascenso a la colina de Yudam-ni. Al alcanzar el alto, a lo lejos Yennefer divisó la pequeña ciudad de Busselton a un día y medio de camino. Si espoleaba a Daami llegaría antes del anochecer. Ella era una señora amazona del clan Baldisung, los Señores Jinetes del Norte, y su purasangre dorada como un campo de trigo y rápida como la hoz que lo sega, tenía aún fuerzas para una última carrera antes de descansar.

Phaion Eien Seimon, o las Puertas Eternas de Phaion, era una nación única en el Viejo Continente Imperial por la extraña mezcla de culturas occidental y oriental que se daba en ella. Hablar de la historia de Phaion era hablar de ancestrales conflictos con las islas de Varja, que acabarían con una tregua y asimilación de las costumbres orientales. La ganadería y agricultura en el interior aseguraban los productos de primera necesidad del principado, pero la verdadera fuente de ingresos residía en la manufactura y el comercio con su gran flota pesquera con la que había conseguido convertirse en la principal importadora de artículos de las islas orientales de Lannet y Shivat al Viejo Continente. La ciudad de Busselton era la ciudad más cercana de Phaion al Noroeste de Goldar.

Diseminada por prósperos campos de cultivo y pequeños pueblos que circunscribían la ciudad, Busselton no parecía tan opulenta como las urbes del Imperio, pero no se veía pobreza en sus anchos caminos constantemente transitados por carros comerciales, y las casas estaban aglomerados en barrios pavimentados y de grandes espacios abiertos, que a la tarde se llenaban de puestos comerciantes.

Las arquitecturas, aunque seguían el patrón básico occidental impuesto por el Imperio con las ventanas altas y arqueadas en punta, chimeneas poligonales y buhardillas con cortes de jengibre a lo largo de los aleros, tenían incorporados elementos de las casas tradicionales de Shivat y Lanett: las viviendas estaban elevadas varias decenas de centímetros del suelo con vigas de madera con el fin de evitar la humedad del suelo, y en algunas construcciones las puertas se abrían horizontalmente y las ventanas estaban recubiertas de papel de arroz. Las casas estaban hechas de madera y bambú, y tenían grandes techos y aleros para proteger las estructuras del sol caliente del verano, inclinados en lugar de ser horizontales para permitir que el agua de lluvia fluyera naturalmente, cubiertos con unos azulejos llamados kawara. Las casas más adineradas contaban con hermosos jardines custodiados por altos muros. La gente phaiana eran como sus casas, una amalgama extraña de rasgos étnicos; granjeros de cabellos rubios con ojos rasgados, comerciantes con piel oscura y vestidos de hanfu de sedas, geishas de altos moños sujetos con palillos y ojos azules como el cielo, damas en faldas con corpiños y mangas de kimono, y caballeros de armaduras occidentales y espadas orientales.

Había llegado al centro de la ciudad al anochecer, como predijo, y exquisitos olores desconocidos para ella llegaban desde puestos pequeños y móviles de comida. Ahí servían bollos de masa con carne de pulpo, fideos largos y gruesos con carne de pollo bañados en sopa y rollitos de jengibre con vegetales y huevo. Yennefer descabalgó de Daami para probar el fantástico sake oriental del que tanto había oído hablar, cuando fue interceptada por la ama de llaves del conde Busselton. Iba en un palanquín de álamo negro, cerrada en los laterales por cortinas de seda rojo y con una canopia ovalada y envuelta en tela blanca. A diferencia de los palanquines occidentales, era tirado por una sola persona y tenía dos ruedas traseras que elevaban la caja a medio metro del suelo.

—Lady Bjorg —habló suavemente en un perfecto latín, con apenas un deje ailish de Alberia, por lo que Yennefer supuso que no era natal de Pahion—, el Conde le ofrece un sake Daiginjo-shu en su mansión. En mi humilde opinión, le parecerá más adecuado a su paladar que un simple Futsuu-shu —. La ama de llaves dejó caer una escalerilla de metal y madera que deslizó con engranajes hasta llegar al suelo —. Suba, el porteador atará a su corcel detrás del kago —sonrío conciliadoramente.

Yennefer prefería ir sobre Daami, pero sabía que sería un gesto descortés, así que entregó las riendas al chico porteador y después se dejó ayudar a subir al kago. Los asientos dentro de la cabina eran anchos y cómodos, y la ama de llaves cerró las cortinas para dar privacidad. Era una mujer finalizando la treintena, sin embargo aún poseía una belleza elegantemente atractiva; tenía el rostro en forma de corazón, los ojos grises protegidos por largas pestañas, la nariz chata y los labios llenos pintados de carmín. El pelo ondulado y castaño lo llevaba recogido en un moño alto y atado con la katyusha de su uniforme. Yennefer observó que aunque austero, la calidad del traje de sirvienta no escatimaba en gastos, con el lazo de seda rojo al cuello, los bolillos bordados en hebras de plata sobredorada en el delantal y empuñaduras de la manga, el encajes de aguja en las enaguas que sobresalían discretamente de la falda del vestido negro y los zapatos de tacón con broche de cobre. «Al conde Busselton le gusta enseñar su poderío —pensó—, eso o se beneficia a su sirvienta».

—Discúlpeme, no me he presentado. Mi nombre es Vistilia Nairel.

—¿Cómo sabían de mi presencia? —preguntó Yennefer, apartando ligeramente la cortina para ver la calle. Quería saber exactamente a dónde la llevaban y aprenderse el camino. Por lo visto, subían al punto más alto de Busselton.

—El Conde lo supo calcular, mi Lady. Desde Goldar, un viaje normal se tardaría dos meses a caballo a trote ligero, pero mi señor jamás subestima ni a un corcel ni a un jinete de losBaldisung.

Yennefer sonrío gratificada por el halago de Vistilia.

Cuando llegaron ya era noche cerrada. La mansión del conde Busselton, conocida como la Mansión Azul por el color azul índigo de su fachada exterior, estaba asentada en lo alto del monte Penang, alineada de sureste a noroeste, enfrentándose al Mar Interior y con las colinas detrás que servían como protección; según Vistilia, el emplazamiento fue escogido por su excelente feng shui. Su diseño, como todo Phaion, aunaba Oriente y Occidente, con ventanas con persianas, vidrieras modernistas y hermosos suelos de azulejos.

Sin embargo, la distribución arquitectónica seguía el patrón tradicional de las mansiones de Shivat; la Mansión Azul estaba formada en cuatro unidades rectangulares, dispuestas ordenadamente para formar un cuadrado alrededor de un patio central abierto, conectados cada edificio uno con el otro por terrazas elevadas exquisitamente decoradas que en el idioma oriental ogashima eran llamados kor sui, palabra que se traducía como «puentes de la mansión». Rodeando la mansión y por debajo de los kor sui había un estanque de aguas cristalinas lleno de coloridos peces corydoras, jenynsias, carassius y koi. El estanque desembocaba en el patio central abierto a través de un manantial redondo, cercado por un jardín alegre y despejado. El patio central era el eje que constituía la estructura principal, que aparte de un lugar donde pasear, leer o tomar el sol, servía para la regulación de la temperatura y la ventilación en los complejos de edificios que lo rodeaba. Las estructuras secundarias se situaban a ambos lados del eje formando el patio central y las habitaciones principales. Los tejados eran a dos aguas, rompiendo así la continuidad de líneas de los edificios por medio de sus aleros levantados y divisoria curvada adornada con cerámica. Tenía agua corriente a través de una red de tuberías de meandros que comenzaba a partir de los aleros del techo, canalizando a través del techo superior. Uno de los edificios, en la parte trasera de la mansión, era usado como cuartel para los empleados de la casa.

— El color azul distintivo de la mansión es el resultado de mezclar la cal con colorantes naturales de la plata añil —informaba la ama de llaves mientras caminaban por el empedrado camino que daba a la puerta principal, franqueado por jardines llenos de árboles y fuentes—. El azul era muy popular en los colonos orientales en 258 después de Abel, importado desde Estigia por los phaianos. La cal es eficaz contra el clima, ya que absorbe la humedad y regula el calor de la casa.

En los jardines que circunscribían la mansión estaban los establos, donde dejaron a Daami junto a un caballo negro de enorme envergadura. Era un purasangre de guerra de crines blancas y ojos rojos que se mostró algo hostil ante la presencia norteña, pero se relajó con la suave voz de Vistilia, que habló en el idioma melódico de Alberia.

Al entrar por la doble puerta de madera de roble negro se encontraron al vestíbulo principal de la mansión.

—Espere aquí, Lady Bjorg. Iré a avisar al Conde de su llegada —Vistilia desapareció por una puerta corrediza, cargada con las bolsas de Yennefer.

Yennefer contó los segundos necesarios, escuchando el taconeó de Vistilia subiendo unas escaleras. Cuando sintió que estaba lejos, abrió la puerta corrediza sigilosamente, entrando en el salón principal, un enorme cuadrado forrando de bambú y papel de arroz, que olía a perfumes suaves. Al frente le saludaba una escalera bifurcada que daba a una segunda planta, y a los lados se extendían las alas. Las actividades importantes debían concentrarse ahí. Los vestíbulos traseros estaban dedicados a la actividad privada, como la vida familiar y el culto religioso.

Aunque la estructura era oriental, la decoración y los muebles eran occidentales, de elegante madera y elaborados detalles. Había varios sofás y sillones, y algunas lámparas de aceite de colza colgaban apagados de las paredes. Yennefer tomó un candelabro de tres velas de mesa, colocó sus dedos encima de las llamas y susurró el nombre de Sowilo la Ardiente, la Aityr del fuego de la Casa Njordt de los Hielos Eternos, y unas pequeñas llamas prendieron fuego en las velas.

Con cuidado, iluminó el cuarto con el candelabro y examinó la colección de armas de diferentes siglos que tenía el Conde expuesta en la pared, destacando una armadura negra tan exótica como enorme. Debía al menos alcanzar un metro noventa y llevaba puesto un yelmo, que reproducía la cara enfurecida de un demonio negro. La armadura no era occidental, aunque tampoco parecía la de los samuráis.

Yennefer se emocionó al ver un gramófono, seguramente de Lucrecio o Gabriel. Lo toqueteó un poco, analizando su mecanismo, cuando una sombra encima suya proyectada por todo lo largo de la pared la sorprendió.

Apoyado en el pasamano que simulaba una elaborada enredadera de metal negro, había un hombre de descomunal talla en las escaleras. Detrás de él, la luz de la luna entraba por un rosetón colgado arriba en el techo que bañaba su figura a contra luz. El juego de sombras que lo rodeaban no permitía a Yennefer distinguir sus rasgos, salvo unos ojos claros que la atravesaban como dagas.

—Cuidado con el fuego —habló una voz áspera como el acero sin pulir—. El fuego purifica, pero también deja cenizas.

Yennefer frunció el ceño y levantó el candelabro hacia su dirección.

—Disculpadme, la oscuridad me exasperaba —mintió, con fingida ingenuidad.

—¿Teméis la oscuridad?

El hombre comenzó a bajar las escaleras, dejando atrás la oscuridad. Finalmente la luz rojiza del candelabro iluminó su cara, descubriendo las facciones de un hombre de veinte largos año, de piel oscura, cejas finas y el pelo completamente negro y largo hasta los hombros.

—No. Pero la respeto. En Goldar la oscuridad llega acompañada de horrores —sonrió con cierto desaire—. Igual en el Imperio os habéis olvidado de la época de las noches eternas.

—Pahion nunca se pudo considerar como el Imperio. Por eso estás aquí y no en Gabriel —su voz era metálica, con un tono neutro y monótono especialmente trabajado—. De todos modos ésta es mi casa, y os aseguro que no hay horrores en ella.

Yennefer prefirió no contestar a eso. Su cercanía la inquietaba. Tenía la musculatura de un toro, era alto como un oso y se movía como un lobo. Había perturbaciones en su aura, las enhebraciones de briznas negras y rojas de quien ha nacido para la violencia. El hombre cogió una cerilla larga de un cajón de la mesa y prendió una a una las lámparas con ella. Vestía de negro, con pantalones, botas altas, y un chaleco encima de una vaporosa camisa blanca, de cuello alto cerrado con un pañuelo de seda. Los botones de la ropa eran redondos y con grabados.

—Espero por el Conde —habló Yennefer reuniendo la frialdad que llevaba en las venas norteñas. No sería un hombre del sureste quién la amilanará—. La señorita Vistilia fue a buscarle.

—Yo soy el conde de Busselton —respondió fríamente—, Lord Lucius Aurelius Cotta, Señor de la llamada Mansión Azul, líder de la caballería del segundo pelotón de los Hijos de Tuonela de Phaion y protector suyo desde aquí en mientras se requieran de mis servicios —Yennefer se sorprendió. Sinceramente no esperaba que el conde fuese un hombre de piel oscura. Se esperaba un ryuan o un asher de antigua casta— Usted es Yennefer Bjorg de los Baldisung, seidkona de Goldar, Consejera de la Moneda y hermana mayor del Jarl Aricin Bjorg, líder del clan de los Señores Jinetes y señor de Bilkensfest.

—Supongo que con eso se acaban las presentaciones —Yennefer caminó por la estancia, ahora iluminado adecuadamente se observaban mejor el salón. No había cuadros ni retratos en el lugar, nada que recordase a otra época.«El conde no es natal de Phaion, debe ser de Abel, como Vistilia» pensó. Seguramente, siendo líder de la caballería del segundo pelotón de los Hijos de Tuonela conseguiría reunir el suficiente dinero para comprarse el título de conde y aquella mansión. No dejaba de ser irónico que el Viejo Continente, tan digno y orgulloso de sus viejas familias, vendiese honores. Con un puñado de monedas de oro podías ser quién quisieras ser.

—Con quién usted desea hablar no es conmigo —se excusó el conde—. Yo sólo soy su escolta y no deseo robaros tiempo con formalismos —antes de que Yennefer pudiera responder, el hombre prosiguió —: Imagino que tendréis hambre, sueño y ganas de un baño después de su camino, mi señora. Vistilia os ha preparado un aposento con agua caliente y os subirá algo de comer. Dispensarme si no ceno con usted, pero nunca ceno después de las diez. Apremiaros, mañana nos levantaremos pronto para emprender el viaje a Markusias, los Meisters de la Asociación la esperan ahí. Ha logrado movilizar a gente importante con su "pequeño" negocio, así que os conviene estar fresca como las primeras heladas de invierno. Acompáñeme, mi señora.

Aunque sus palabras eran amables, Yennefer notaba que su presencia era indeseada por el conde. Era un Hijo de Tuonela, así que seguramente estaría más acostumbrado a la batalla que a los asuntos sociales. Se preguntó cuánto cobraría por escoltarla para que aceptase atendiendo al lujo que lo rodeaba.

El conde la guio con el candelabro por las escaleras, y siguieron hasta el final del ala noreste. Cruzaron una kor sui hasta llegar a otro de los edificios de la mansión, reservado a los invitados, imaginó. Yennefer contó quince puertas desde las escaleras hasta llegar a la de su aposento. Era una habitación bien iluminada, y para su alegría contaba con una cama occidental, de sábanas ligeras y suaves. Sus alforjas ya estaban ahí, aunque mañana tendría que volver a bajarlas.

—Si deseáis algo tirad de la campana, Vistilia os acudirá —explicó el conde al despedirse, desapareciendo por los pasillos como un fantasma.

Al poco tocó a la puerta Vistilia, que entró con una bandeja de plata repleta de extraños y vistosos platos, y una jarra pequeña de cerámica.

—Sake Daiginjo-shu —sonrió la mujer mientras se lo servía—. Tenga cuidado, es suave al paladar, pero sube como ningún alcohol que haya probado antes, os lo aseguro.

Yennefer tomó la tacita que le ofrecía y lo saboreó. Tenía un gusto afrutado, cálido y suave. Sintió como su estómago se calentaba de golpe.

—Es delicioso —anotó amablemente. Aunque en los Yermos Gélidos, a un alcohol que no quema la garganta, lo tratarían como ergi («poco viril o afeminado»).

Vistilia se acercó a una puerta horizontal a un lado de su cuarto y la abrió. De ahí salió un vapor agradable.

—Aquí tiene preparado su baño. Las piedras deben haber calentado ya el agua a un gusto adecuado —sonrió—. Creo recordar que el sistema se parece a las saunas que tenéis en el norte, en medio de la nieve. Debe ser un paisaje precioso.

De la ventana abierta de su aposento entraba una corriente cálida y cargada de electricidad que hacía insoportable el sudor que le recorría. Aquella sauna estaba bien, pero Yennefer deseaba bañarse en las aguas mediterráneas del Mar Interior. Se acercó a la ventana y escuchó las cigalas cantar y el sonido del mar a lo lejos.

—Señorita Vistilia. No quiero ser inoportuna, pero ¿podría acercarme a la playa?

—¿A estas horas, mi señora?

—Por favor —Yennefer dirigió sus ojos lilas e incandescentes hacia la mujer. Lo había hecho antes, con su madre, su hermano el Jarl y sus doncellas. Una simple mirada suya y Vistilia despertó a un joven mozo de cuadras para que acompañase a la señorita a la playa de Yonaha Maehama.

Yennefer había soñado con un mar ocre claro con manchas verdes de algas flotando cerca de la playa, que se volvían turquesa o esmeralda más allá hasta transformarse en distintos tonos azules en el horizonte. Pero de noche, el Mar Interior era tan negro como recordaba al Mar del Norte, cuando siendo niña había visitado junto a su señor padre Lord Fergus Bjorg la ciudad portuaria de Falanda, dirigido por el clan Thurizung, en un acto diplomático. A sus siete años había estado entusiasmada con la idea de ver el mar, por eso había insistido a Lord Fergus, de aquella el Jarl de los Baldisung, que la dejase ir en el drakkar con los hijos del Jarl Gustave Thorgrum a pescar focas. Se arrepintió de aquello durante horas, mientras sentía como las manos se le atrofiaban con la humedad del mar. El Mar Interior era diferente en eso, sus aguas eran cálidas y refrescantes.

El mozo de cuadras quedó esperando en las rocas con los caballos, sin apartar la mirada de la norteña. Yennefer se deshizo de las pesadas ropas, dejando al descubierto su cuerpo desnudo, voluptuoso como un reloj de arena. Se soltó el pelo trenzado y una espesa mata de cabello negro, rizo y grueso cayó en ondas hasta una cintura muy fina, cubriéndole los pechos generosos que se mantenían firmes sin necesidad de corsé. Lentamente se introdujo en el mar, bañándose en él hasta el amanecer, con las únicas miradas indiscretas de la luna y el mozo de cuadras, que juró por el resto de sus días, que jamás vio mujer más bella en el mundo que la seidkona de los Aityr Yennefer Bjorg de los Baldisung.