Capítulo 3. Lucius Aurelius Cotta de Busselton

Lucius Cotta montaba enfurecido sobre su negra montura avhvins, Bucéfalo, henchido por la rabia de camino a Markushias. Le acompañaba Yennefer Bjorg, digna y elegante trotando a su lado. La idea de hacer de escolta de la goldariana no le había gustado desde el primer momento. Él era líder de la caballería del segundo pelotón de los Hijos de Tuonela, se había ganado con sangre, acero y sudor el título de conde Busselton tras apoyar a Phaion en los conflictos bélicos con sus vecinos piratas del norte. Él había sido decisivo en la Batalla de Somer. El archiduque Aldan William III de Markushias había prometido que su victoria ayudaría su acceso a la Asociación de Mercaderes de Eien, pero ahora le exigía que le hiciese de niñera.

«—Escucha, Lucius, amigo —le había pedido Aldan, apoyando su mano en el hombro y acercándosele de manera confidencia—. No sólo se trata de derrocar a Gabriel en el comercio interior: los Baldisung son uno de los clanes más importantes de Goldar, y el más dispuesto a la negociación. Kristrem Ygnling es un niño endeble y enfermizo que apenas consigue contentar a los pequeños clanes que aún lo ven como algo parecido a un rey en Goldar, y cuando el chico se muera o sufra una sublevación, se romperá la escasa influencia que el Imperio ejerce sobre los Yermos Gélidos, y créeme que será en breves. Cuando esto ocurra estallará una guerra de clanes, ¿y quién deseas que gane? ¿Esos saqueadores y vikingos de los Thurizung? Ellos no se conformarán con el Trono de Hielo de Goldar. No. Ellos saquearan Helenia y Gabriel, y será cuestión de tiempo que a Phaion también. La seidkona quiere negociar con nosotros, es la Consejera de la Moneda de los Baldisung y la hermana del Jarl. »

«—Y me pides que haga de niñera —había reprochado— ¿por qué la goldariana no puede usar sus propios hombres? »

«—Es una muestra de fe. Además, Gabriel no la dejarían pasar con una escolta portando las banderas de los Baldisung, pero tú eres un Hijo de Tuonela, tú y tus hombres no portáis banderas de ningún país, afiliación o movimiento político. Sólo la custodiaras de Phaion a Goldar, te asegurarás que las mercancías lleguen. Después, si tienes paciencia, te llegará la guerra de los clanes y podrás volver en activo. Pero antes, te aseguro, que te granjearas el título de Meister en la Asociación; ¿por qué conformarse sólo con el voto cuando puedes sentarte en la misma mesa del Palacio de Sukey? Te aseguro que cuando seas Meister, a todos les dará igual que seas de Phaion o no.»

Lucius maldijo la labia de Aldan y maldijo de vuelta su propia ambición, sueños de niños que juegan a los castillos. Ya era conde Busselton, su voto pesaba más que cualquier accionista en la Asociación, pero él había querido más, sentarse en la mesa de los Meister y ejercer una verdadera y real influencia, no dirigir una pequeña ciudad de paso. Aquella niña norteña era la llave que le abría las puertas del Consejo de Meister, y si tenía que aguantar su compañía que así fuese.

Eso se había dicho al levantarse a las cinco de la mañana, puntualmente como todos los días. Había bajado al dōjō que tenía en el ala suroeste de la mansión y entrenó duramente por dos horas intensivas con sus maestros en armas, Taeyang Sung y Mamoru Stonhouse. Después se había ido al baño, donde primero se lavó el cuerpo con agua fría y después se sumergió en la bañera con agua caliente, dejando que el cansancio se fuese con el agua y relajase sus músculos en tensión. Se vistió con un traje negro para viajar con chaqueta abotonada y pantalón de lino de buena calidad por debajo de las polainas largas de cuero con espuelas, indispensable para cabalgar cómodamente. Para terminar su rutina, fue al comedor, donde Vistilia le había preparado té con limón, arroz con pescado a la parrilla, sopa de miso y empanadillas mendu. Era un desayuno fuerte, pero en Phaion tenían la costumbre adoptada de las islas de Varja de empezar el día comiendo fuerte y compensarlo con un almuerzo ligero al mediodía y una cena suave al anochecer. De todos modos, había pedido a Vistilia que preparase panceta de cerdo frita, leche fresca, miel y cereales para la goldariana. Sin embargo, notó a Vistilia incómoda cuando comentó casualmente que la mujer tardaba en despertarse. Conociendo a su ama de llaves, no necesitó mucho para Vistilia se derrumbase ante él, confesándole todo.

La goldariana había salido a la noche para bañarse en el mar, a caballo, acompañada por el mozo de cuadras, y aún no había vuelto. Lucius mandó ensillar a Bucéfalo para salir a su encuentro enfurecido, cuando la goldariana llegó por las colinas, montada en su corcel dorado, fresca como el rocío de la mañana como Lucius le había pedido.

«—Conde —habló con voz suave y gesto altivo, mientras su enorme melena bailaba como ríos negros con el viento; era sedosa y lustre, rizada en perfectos bucles—, relajaos. Os recuerdo que su misión es acompañarme, no controlarme».

Discutir con ella había sido inútil, la mujer tenía un temperamento imperioso que no dejaba espacio a las recriminaciones del conde. La mujer se creía imparable, a sus diecinueve años. Era hermana del Jarl Aricin Bjorg y la Consejera de Moneda de los Baldisung, una seidkona y bella como los artistas idealizaron a la mujer en sus obras. Su piel era sonrosada y el rostro femenino, con nariz de ángel respingona, labios carnosos y mandíbula suave. Los ojos tenían un color violeta inusual que destacaban aún más enmarcados en aquellos rizos negros. Sus prendas eran más etéreas que las telas gruesas y pesadas con las que había llegado a la Mansión Azul, pero seguían siendo típicas del norte. Llevaba una blusa blanca decorada con bordados de forma floral en el cuello alto cerrado por un broche. Las mangas eran vaporosas en la primera parte del brazo y ceñidas a partir del codo. Un corsé por debajo del pecho ensalzaba la cintura estrecha, hasta llegar a las caderas donde se abría una falda larga y negra, floreada con apliques bordados en blanco en el bajo. Montaba a caballo como toda una amazona, demostrando la habilidad por la que los Baldisung se habían ganado el apodo de Señores Jinetes.

A pesar de su belleza, a Lucius no le agradaba su presencia. Había entrado anunciándose como seidkona de los Aityr, una manera opulenta de los Yermos Gélidos de llamar a sus hechiceras y brujas. En el Viejo Continente Imperial, más allá del oeste de la Costa de Comercio, la Inquisición la habría quemado por bruja, o por lo menos la habrían azotado con ramas de abedul en una plaza pública por pagana. Incluso su clan se había visto en conflictos con la Inquisición, que reclamó que se le entregase a la Iglesia de Abel al sacerdote supremo de los Baldisung. Pero ahí estaba ella, oh, la bella Yennefer Bjorg portando su título como un lema familiar.

No simpatizaba con los místicos, vinieran sus poderes de la naturaleza, de Dios, de objetos o del culo de su madre. No veía el honor y la gloria que los místicos se apropiaban con ensortijar un par de conjuros. En su opinión, los místicos eran unos petulantes que se creían el último escalón de la humanidad, mentes superiores que había alcanzado la iluminación o el fin del eslabón evolutivo, un estado superior que los meros hombres mundanos jamás conseguirían entender. Paparruchas. Al final eso les servía de excusa para imponerse sobre los demás y creer que podían ejercer el poder a su conveniencia, porque ellos saben más, porque han visto cosas que los demás ni son capaces de soñar, porque han entendido los misterios intrínsecos de la esencia, el mana, el zeón, el espíritu de la realidad que les permite modificar el mundo a su antojo, ¡porque ellos tienen el Don y están aquí para guiarnos! Claro. Luego la Iglesia del Hombre crea una Inquisición y los místicos lloran. Aunque tampoco es que apreciase mucho a la Iglesia, en el fondo todo le parecía la misma calaña. Si fuese por él, que dejasen a los hombres los asuntos de los hombres y que se fuesen todos con sus credos y hechizos a Tolk Rauko.

Pero Lucius vio algo más allá; Yennefer estaba soltera. Su cabello suelto y su falta de alianza así lo demostraban. Aunque los duros Yermos Gélidos tuviesen el concepto de Doncellas del Escudo, mujeres que habían elegido el destino de la guerra y eran consideradas iguales entre los efectivos norteños, las damas procedentes de círculos sociales elevados como la familia de un Jarl eran criadas con el fin de desposarse con hombres importantes que beneficiasen al clan o a la familia. Sólo las mujeres primogénitas podían elegir ser Doncellas del Escudo, y por lo tanto elegir su propio destino. Pero Yennefer no era una guerrera, era una seidkonas, y las hechiceras norteñas eran deseadas esposas en la tradición de los Yermos Gélidos. Teniendo una hermana tan bella y con el título de seidkona, a Lucius le sorprendía que el Jarl Arcin Bjorg desperdiciase la oportunidad de un conveniente matrimonio y la convirtiese en Consejera de la Moneda de los Baldisung; por muy buena que fuese en las financias, estaba seguro de que habría otra persona igualmente cualificado para ese puesto para que su hermanita quedase libre de cargos para contraer nupcias. Algo no cuadraba. Tantos dones y ninguno le había servido para casarse. Sonrío malicioso, complaciéndose en sus pensamientos mientras entraban por las puertas de Makushias.

Yennefer soltó un suspiro, exaltada por la impresionante capital de Phaion. Para la gente que no estaba acostumbrada a Phaion, visitar Makushias era un espectáculo magnifico. Incluso Lucius, acostumbrado ya a la boyante metrópolis pesquera, seguía disfrutando de la visión, con su perfecta simbiosis entre la arquitectura occidental y oriental. A diferencia de Busselton cuya estructura era más rural, en la capital todos los edificios consistían verdaderas obras de artes, donde pagodas de seis plantas y mansiones enormes se mezclaban con evocadores jardines y lagos artificiales. Rodeada por prósperas tierras de cultivos, Markushias era el centro neurálgico de comercio en el principado y en su centro se hallaba el Palacio de Sukey, la sede central de la Asociación de Mercaderes de Eien donde se reunían los Meisters, los quince hombres con mayor control de la compañía.

Considerada la mayor compañía mercantil del mundo, la Asociación de Mercaderes de Eien gobierna Phaion desde que en el año 622 el príncipe Suoh William II la fundó con intención de dirigir la nación como si se tratase de una gran empresa, logrando un considerable éxito en su empeño. Aunque se trataba de una empresa de origen privado, tenía como finalidad incrementar los beneficios del país y garantizar el bienestar de sus habitantes. Además la Asociación ponía al servicio de la nación su propio ejército personal, la Guardia Eien. Su oligarquía era similar al Consejo Comercial de otras naciones como la de Gabriel o el de Kanon, salvo por el hecho de que cualquier con medios económicos necesarios podía comprarse una participación en la compañía e intervenir en el gobierno del país. Por lo general, todas las tiendas y comercios tienen una participación mínima que les daba derecho a votar. Cuanto mayor fuese la participación económica, mayor era el peso del voto. Por esa razón los Meinsters eran quienes en la práctica dirigían el país. Muchos opinaban que este sistema era peligroso a causa de la facilidad para la corrupción o el centralismo.

Cuando entraron por las puertas esmeraldas del Palacio de Sukey, el mismo archiduque Aldan Willian III los recibió entre alegres y cordiales sonrisas. Aldan era descendiente del príncipe fundador Suoh William II y señor de Makushias, un hombre poderoso e influyente, de baja estatura y rasgos atractivos. Tenía los ojos de un gris verdosos, una barba cuidada en el mentón y hebras de cabellos canosos por su melena oscura, vestía siempre camisas de cuello mao con alegres colores bordados en exquisitas telas. Le acompañaba un voluminoso hombre, de cabeza pelada y ojos grandes y expresivos, ataviado un alzacuello que se perdía entre su gran papada y con la túnica blanca y roja de los cardenales.

—¡Conde Lucius-san, amigo! —habló Aldan, colocando el puño derecho cerrado sobre la otra mano extendida e inclinó ligeramente la cabeza—. Me alegro que llegarais al fin —se volvió grácilmente hacia la goldariana, se inclinó más formalmente—. Mi señora, permitir que me presente; soy el archiduque Aldan Willian III de Makushias.

—Yennefer Bjorg de Baldinsung — correspondió ella amablemente.

—Y él es —Aldan adelantó a su regordete acompañante— el cardenal Vicente Aparicio, representante de la Iglesia en Phaion.

—Encantado, Doña Yennefer —el cardenal sonrió y besó la mano de Yennefer a la vieja usanza imperial—. Debo confesaros que me podía la curiosidad: es la primera vez que estoy ante una goldariana, ¡bueno! En realidad ante una persona de los Yermos Gélidos en general, jejeje. Sois, si no me equivoco, una seidkona, ¿verdad? ¿Lo he pronunciado bien?

—La verdad es que lo ha pronunciado con bastante exactitud, mi cardenal —sonrió Yennfer y el cardenal se puso rojo y le brillaron los ojos de alegría:

—El arkes es realmente un idioma difícil de pronunciar, pero vale la pena para interpretar vuestras magníficas sagas heroicas.

Lucius observó como Yennefer trataba de responder amablemente al cardenal, apabullada ante tanta pregunta. Seguramente no se hubiese esperado aquella reacción ante un hombre de alto rango de la Iglesia de Abel.

— Perdonar que os pregunte, pero realmente tengo genuina interés por la teología, sepa usted, Doña Yennefer, pero aún con todas las reformas que está habiendo en el Imperio en los últimos años, es difícil conseguir información verdaderamente objetiva en el Viejo Continente de cualquier religión pagana, si no es viajando a Ilmora y teniendo ahí uno sus contactos, jejeje; ¿seidkona sería como una sacerdotisa de la religión de los Aityr, no? ¿Lo equivalente a una monja en el credo de Abel?

—Son brujas, mi señor —interrumpió Lucius secamente. Yennefer frunció el labio y el archiduque Aldan pareció ponerse blanco del susto—. Es brujería pagana de los Aityr.

—No es exactamente así, conde Cotta —Yennefer ya no parecía querer medir sus palabras—: Las völvas y los galdramenn son las mujeres y los hombres que recitan los encantamientos llamados galdrar, normalmente vinculado a la magia negra. El sacerdocio como oficio religioso está reservado sólo a los varones, los gudja; sólo ellos tienen el privilegio de ser profetas y transmitir la palabra de los Aityr a los descendientes de Host. Las mujeres que nos dedicamos al seidr somos las seidkona.

—Perdón, si la ofendí —habló Lucius, acariciándose el mentón—, pero si el sacerdocio es sólo para los hombres gudja, ¿entonces qué sería el seidr? ¿Magia, no? Eso convierte a las seidkona en hechiceras.

—Como una hechicera blanca, ¿una druida, no? ¿Chaman quizás? —el cardenal estaba interesantísimo por el debate, no parecían molestarle las palabras brujería, hechizos o magia negra, pero incluso una mujer de los Yermos Gélidos sabía lo comprometedor que era declararse practicante de magia públicamente. Una cosa era darse un título nórdico que la gente tendía a confundir con un simple oficio religioso, y otra cosa era hablar del llamado Don, por muy hermana de un caudillo norteño que fuese y aunque estuviese en Phaion. Los rumores volaban lejos y rápidos como el viento, y el Viejo Imperio siempre estaba dispuesto a escucharlos para soltar sus perros de presa e ir a prender brujas y paganos.

—Supongo que druida sería el término más acercado —aceptó Yennefer, queriendo dar por zanjado el tema.

—Entonces, ¿os comunicáis con los espíritus? —preguntó el cardenal, con total sorpresa, y el silencio casi se prolonga de más, cuando avispadamente Yennefer respondió:

—Si os soy sincera, mi señor, yo nunca los oigo —bromeó, inclinando ligeramente la cabeza a un lado mientras se encogía de hombros, y sus rizos se revolvieron de una forma coqueta y distraída. El cardenal cayó en su chanza y río divertido.

—Bueno, caballeros, señorita —interrumpió el archiduque Aldan, tenso y nervioso como si fuese a empezar a sudar irremediablemente ante la situación—. El debate es de lo más apasionado, pero nos espera una reunión en breves y es mejor que sigamos presentándole a Yennefer-san el resto de miembros.

El archiduque extendió el brazo e indicó el camino, dándole paso primero a Yennefer y al cardenal. Cuando Lucius iba a pasar detrás de ellos, Aldan lo detuvo y lo hizo caminar con él unos pasos detrás de los otros dos, para hablarle en confidencia.

—Lucius, viejo amigo, ¿a qué juegas? —preguntó.

—No sé a qué te refieres, mi querido archiduque, pero deberíais relajaros. El buen cardenal sólo tenía genuina curiosidad, ya le oíste. Estamos en confianza. No es como si esto fuese Imperio, ¿o no?

Aldan lo frenó de golpe:

—Esto aún sigue siendo del Imperio, Lucius. Todavía lo es. ¿Sabes lo que nos ha costado que la Iglesia dejase a Phaion practicar el Shukyokami? ¿La de interpretaciones que se adaptaran al credo de Abel que se tuvieron que presentar?

—El cardenal Vicente no dirá nada.

—Puede, pero eso no lo sabremos con certeza. ¡Y no sólo se trata de eso, Lucius! La has puesto en evidencia, has insultado sus creencias, su culto. ¿Quieres hacer negociaciones con ella así?

—No soy yo el que desea hacer de niñero.

—Pero si quieres sentarte en la mesa de los Meisters, ¿verdad? ¡Por los cielos! ¿Sabes lo que me ha costado que hoy pudieras estar aquí? ¿Y así me lo agradeces? Puedes ganar todas las batallas en nombre de Phaion que quieras, o acumular el oro y toda las tierras que puedas comprar, pero si tus intereses no velan por los mismos que la Asociación, jamás serás un Meister, sólo una participación con peso qué votará en favor o en contra de las propuestas dadas, pero no un cabecilla que pueda proponer nada, ni mucho menos dirigir.

Lucius ladeó la cabeza, con una ligera sonrisa en la boca. Era tan alto que la luz que entraba por los ventanales del pasillo no lograban rozarle la cara:

— Aldan, precisamente porque mis intereses velan por los mismos que la Asociación hago lo que hago. Esa niña, alocada, gritando y presentándose como una seidkona. Ha tenido suerte que el representante de la Iglesia en Phaion sea el cardenal Aparicio y que el Shukyokami sea abierto ante otros credos, pero no todos en Phaion son así de "liberales". Hay gente a la que no le gusta la magia, que la consideran peligrosa...

—Como tú —le interrumpió el archiduque Aldan.

—Como yo y peor, que no dudarán en llamar a la Inquisición. Y ya sabemos las ganas que Lyal Rottermaier le tiene precisamente al clan Baldisung.

—Rottermaier no tiene credenciales ni en el propio Estado Episcopal, Lucius.

—Puede, pero su obsesión lo hace peligroso. Y ella con su aptitud hace que sea peligroso.

Aldan suspiró moviendo la cabeza con resignación y con la mano le indicó que siguieran caminando.

—Lucius, espero que sepas lo que te haces —sonrío.

—Claro, ante todo, mi deber es cuidarla, aunque sea de ella.

—Cuidado, amigo.

—Pero si ni he apretado el cinturón, Aldan.