Hola minna-san sé que me volví a desaparecer por casi dos semanas desde la última vez que actualice u.u He estado ocupada en mi último cosplay y me ha llevado casi toda la semana pasada y esta semana las ocupaciones no paran e.e Pero en fin :v
Muchas gracias a las personas que dejaron su review en el capítulo anterior: ninasifuentes , MargoM (gracias por tu comentario y lo tendré presente), andreabarbosa.3363, YukiYukiHana, nessie black 10 Frany H.Q, misel-kuchiki, mitsuki kuromo, Fer , slav hatake y jailys-sama son muy amables n_n
Esta historia está en un "AU" así que talvez los personajes me salgan un poco Ooc, y bueno talvez algunos no peguen con otros ni con pegamento xDD Pero, espero les guste como va quedando ^^
Ahora sí:
DISCLAIMER: Ni Bleach, ni la historia de "También es mi hijo", me pertenecen, todos los personajes así como la historia original son propiedad de sus creadores, Theresa Ragan y Tite Kubo. Yo solo los utilizo sin ánimo de lucro.
Espero disfruten de la lectura y nos leemos abajo :3
oOo
Capítulo 2
Tres meses después
Ichigo estaba sentado en su BMW, aparcado enfrente de Sereite Park, en el centro de Tokio, y buscaba mujeres embarazadas con la vista. Abrió la ventanilla. La brisa fresca de mayo le llevó el olor a hierba recién cortada.
Con la ayuda de un investigador privado, había conseguido por fin información del número 3516A, también conocida como Rukia Kuchiki. No tenía una foto de la mujer, pero sabía que Rukia Kuchiki medía un metro cuarenta y cinco, tenía cabello negro y ojos violetas y pesaba treinta y tres kilos.
En CryoCorp habían dicho a Orihime que no tenía noticias de la carta que les había enviado Ichigo pidiendo que lo retiraran como donante y que, por tanto, rehusaban dar información referente a su cliente 3516A. Si Ichigo no hubiera contratado a un detective privado, no habría podido estar en aquel momento mirando a tres mujeres correr detrás de muchos niños.
Al llegar esa mañana al apartamento de Rukia Kuchiki, había tardado muy poco en enterarse por una vecina de que la joven estaba en Sereite Park ayudando a una amiga con una fiesta de cumpleaños.
Orihime había aconsejado a Ichigo que, por motivos legales, no se acercara a Rukia, pero él no le había hecho caso. Todavía no sabía si el número 3516A, alias Rukia Kuchiki, se había quedado embarazada y no iba a poder dormir bien hasta que supiera la verdad.
Ichigo fijó la mirada en la mujer más próxima. Esta soplaba burbujas de jabón y hacía reír a los niños. Todos corrían tras ella, intentando atrapar las burbujas en sus manos. La mujer era alta y esbelta, vestía un chándal rojo y su pelo negro largo que relucía al sol, lo cual lo asusto un poco. No solo era demasiado alta para ser Rukia, sino que además no estaba embarazada, entonces soltó el aire que no se daba cuenta que retenía. No, no era Rukia.
A unos metros de distancias de ella, otra mujer entretenía a los niños jugando a luz roja, luz verde.
Ichigo alzó sus Ray Bans para verla mejor: cabello castaño con muchos rizos salvajes y piernas largas… demasiado alta para ser Rukia Kuchiki
.
La tercera y última mujer era la dama de azul: llevaba una camiseta azul, unas zapatillas deportivas azules y un sombrero flexible azul que le cubría la cara y el pelo. Leía un libro a un par de niños más pequeños e Ichigo no pudo ver el color de su pelo ni su estatura hasta que uno de los niños se echó a llorar y la mujer se movió.
Ichigo entrecerró los ojos a causa del sol. La mujer de azul tenía pelo rubio… no, negro. Llevaba pantalón corto blanco y él calculó su estatura en alrededor de un metro setenta y dos.
Bingo.
Y no estaba embarazada.
La tensión abandonó los hombros y el cuello de Ichigo. Podía volver a respirar. La vida era hermosa.
La risa de los niños le alegraba el espíritu cuando apoyó la cabeza en el respaldo, se puso las gafas de sol y cerró los ojos. La mera idea de ser padre le producía claustrofobia, no porque no quisiera hijos, sino porque no estaba preparado. Los hombres tenían que estar preparados para algo así. Además, prefería tener un hijo al modo tradicional, después de casarse con la madre. Sonrió para sí al pensar que había llegado hasta el espionaje.
¿En qué narices había estado pensando? ¿Qué habría hecho si se hubiera encontrado con una Rukia Kuchiki embarazada? ¡Ja! Orihime tenía razón. No debería haber ido allí.
Unos golpecitos en la ventanilla del lado del acompañante atrajeron su atención. Se incorporó. Un vistazo al espejo retrovisor le informó de que había un coche patrulla aparcado detrás del suyo. Un agente de policía volvió a dar golpecitos en la ventanilla.
Ichigo pulsó el botón que bajaba el cristal.
—¿En qué puedo servirle, agente?
—Por favor, salga del vehículo, señor.
Ichigo, confuso, hizo lo que le pedía. Dio la vuelta al coche por delante y se paró en la acera. Detrás del policía había dos mujeres. Una era la que soplaba burbujas y la otra, una mujer en la que no se había fijado antes. Llevaba el pelo negro recogido en una coleta y estaba de espaldas a él. Las dos susurraban entre ellas, así que no podía oír lo que decían.
Ichigo se quitó las gafas, las enganchó en el cuello de la camiseta y esperó a que el agente terminara de anotar algo en su libreta.
El policía lo miró y se quedó boquiabierto. Lo señaló con su bolígrafo.
—Usted es Ichigo Kurosaki, el quarterback de Los Dioses de la Muerte.
—Así es —Ichigo le tendió la mano—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Agente Keigo Asano—dijo el policía, estrechándole la mano—. Le agradecería que me diera su autógrafo. Mis hijos son fans suyos.
—Por supuesto.
—¡Agente, por favor! —intervino la pelinegra alta.
Ichigo pensó que a aquella mujer solo le faltaba un tridente de diablo para que la imagen fuera completa.
El agente Asano carraspeó.
—Estas señoras —señaló a las mujeres con un gesto— han visto que lleva usted un buen rato aparcado aquí. Francamente, estaban preocupadas por la seguridad de los niños.
La pelinegra de las burbujas puso los brazos en jarras y miró a Ichigo a los ojos, dejando claro que no le impresionaba nada que fuera famoso. La otra mujer se limitó a mirarlo con preocupación a cierta distancia, probablemente porque ella había sido la culpable, la que había llamado a la policía.
Ichigo se acercó a ellas.
—Lo siento. Tendría que haberme presentado antes.
La pelinegra alta achicó los ojos. Si las miradas pudieran matar, Ichigo tendría que haber caído ya muerto sobre la acera.
—He venido en busca de Rukia Kuchiki —dijo.
La mujer pequeña lo miró con ojos muy abiertos.
—Soy Rukia.
Medía alrededor de un metro cuarenta y cinco. Cabello negro, ojos violetas.
—¡Madre mía!
Ella achicó los ojos.
—¿Cómo dice?
—¡Madre mía! –repitió Ichigo esa vez más despacio, con la vista fija en el vientre abultado de ella.
La sopladora de burbujas tomó a su amiga del brazo con ademán protector.
—Agente —pidió—. ¿Le importa echarnos una mano aquí?
—Señor Kurosaki —intervino el agente—. ¿Conoce usted a alguna de estas dos mujeres?
Ichigo estaba aturdido, pero consiguió contestar.
—No, es la primera vez que las veo.
—Las está poniendo nerviosas y, francamente, a mí también me da qué pensar. ¿Para qué busca a esta mujer?
Ichigo subió la vista desde el vientre hasta los ojos de Rukia.
—Espera un hijo mío.
Rukia Kuchiki llevó las manos a su estómago.
—¿Cómo dice?
—Ese niño es mío —repuso Ichigo.
Sin embargo, no estaba seguro de haber hablado. Notaba la mente nublada y la lengua espesa. Llevaba ya meses pensando si habría una mujer que esperaba un hijo suyo. Esa posibilidad a veces lo ilusionaba y otras le horrorizaba. Sus emociones andaban un poco desbocadas. En aquel momento no sabía qué pensar ni qué sentir, pero eso no impedía que el corazón le latiera con violencia en el pecho.
El policía se rascó la barbilla.
—¿No ha dicho que no había visto nunca a esta mujer?
—Así es.
—¿Y cómo puede estar embarazada de usted?
—Es una larga historia.
—Yo tengo tiempo —el agente guardó su libreta—. ¿Y ustedes, señoras?
La sopladora de burbujas se cruzó de brazos y golpeó el pie con el suelo.
—Desde luego.
Ichigo no podía apartar la vista de la mujer llamada Rukia.
¿Era posible que llevara un hijo suyo en el vientre?
A juzgar por la expresión aterrorizada de sus ojos, era posible. Tenía un aspecto fantástico: piel perfecta, ni un solo pelo fuera de su sitio, barbilla un poco alzada, rígida e inflexible. Ichigo miró su dedo anular. Estaba vacío. No estaba casada, lo cual era algo bueno… una persona menos con la que lidiar.
Cambió su peso de la pierna mala a la pierna buena y empezó por el principio.
—Hace seis años, doné esperma a una compañía llamada CryoCorp. Dieciocho meses después les envié una carta pidiéndoles que retiraran mi esperma de su banco. Hace tres meses recibí una carta de ellos donde me decían que la receptora 3516A, alias Rukia Kuchiki, me había elegido como donante. Y aquí estoy.
Rukia Kuchiki palideció y se le doblaron las piernas. Se iba a caer. Ichigo se adelantó y la tomó en sus brazos antes de que se golpeara contra el suelo. La sostuvo en alto y le alegró ver que respiraba.
—¡Agente! —gritó la sopladora de burbujas, claramente escandalizada de verlo con su amiga en brazos—. Haga algo.
El agente Asano se dirigió a su vehículo.
Al otro lado de la calle, la mujer de piernas largas y la dama de azul reunían a los niños en un grupito. Ichigo tenía espectadores.
—Conserven todos la calma —dijo el policía—. Ya viene una ambulancia.
—¡Eh, Shinigami Sustituto! —gritó uno de los niños a Ichigo—. ¿Me das un autógrafo?
La mujer del sombrero flexible empujó a los niños hacia el banco de picnic donde unos globos se movían con la brisa.
Ichigo sintió un dolor agudo en la rodilla. El peso de Rukia Kuchiki no ayudaba a su pierna. Se dirigió a su coche. La sopladora de burbujas lo siguió de cerca. Le clavó una uña en la espalda.
—¿Qué te crees que haces?
—Si pudiera abrir la puerta de atrás —respondió Ichigo—, me gustaría tumbar a su amiga en los asientos.
—De eso nada. Puedes ser un asesino en serie por lo que yo sé.
—Me llamo Ichigo Kurosaki. Juego en Los Dioses de la Muerte. El agente y el niño de enfrente pueden responder por mí, ¿o prefiere sostenerla usted? —se giró hacia ella, pero la mujer alzó las manos en protesta y se apresuró a abrir la puerta del coche.
Ichigo apoyó la rodilla mala entre el asiento delantero y el de atrás y tumbó a la mujer sin movimientos bruscos. Cuando intentaba sacar el brazo de debajo de la cabeza de ella, Rukia le echó los brazos al cuello.
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Rukia emitió un suspiro de satisfacción. Renji había ido a buscarla. La llevaba en brazos para cruzar el umbral de la puerta y ella se sentía como si flotara en el aire. Renji se inclinó y la dejó sobre la cama. Ella, que temía que se alejara demasiado pronto, se abrazó a su cuello.
Lo besó en los labios.
Renji al principio se mostró vacilante. Su boca parecía más firme y sensual de lo que ella recordaba, hasta el punto de bordear lo peligroso cuando se dejó llevar disfrutando del momento. El beso fue apasionado y ella no quería que terminara, pero él se apartó.
—Renji —dijo ella—. No te vayas.
Pero era demasiado tarde. Cuando se trataba de Renji, todo terminaba demasiado pronto. Todo.
Rukia abrió los ojos y contuvo el aliento al ver al hombre guapísimo que se inclinaba sobre ella.
Definitivamente, no era Renji.
Tardó un momento en recordar que era el mismo hombre que había anunciado que era el padre del bebé. El hombre le sujetaba la cabeza, que estaba apoyada en la palma de él. La parte superior del vientre abultado de ella rozaba los abdominales duros de él.
—Tú no eres Renji.
Él sonrió con picardía.
—No puedo decir que lo sea.
—Dime que no te he besado —pero Rukia sabía que lo había hecho. Los ojos. La respuesta estaba en los ojos de él. Y sus labios… ella tenía aún en la boca el sabor de aquellos labios desconocidos.
—La ambulancia está en camino —le dijo él.
Rukia recordó que se había desmayado.
—¿El bebé está bien? —preguntó con ansiedad.
—Creo que sí. Te he visto caer y he conseguido agarrarte antes de que cayeras al suelo.
Miyako asomó la cabeza por la puerta abierta.
—¿Qué pasa ahí dentro? ¿Te está haciendo algo?
—Nada —respondió Rukia—. Solo estamos hablando.
El hombre que se había presentado como Ichigo empezó a retroceder, pero ella lo sujetó por el brazo.
—Antes de que me desmayara, ¿por qué has dicho que iba a tener un hijo tuyo?
—Porque es la verdad.
Rukia hizo una seña a Miyako y esta desapareció, pero no sin antes resoplar con disgusto.
—Lamento decepcionarte —dijo Rukia al hombre—, pero tú no eres el padre de mi bebé.
—¿Cómo puedes estar segura?
—CryoCorp hace rellenar muchos papeles a sus donantes —ella lo sabía bien.
Llevaba ocho meses memorizando todo lo que había escrito el donante de esperma de su hijo sobre sí mismo—. El padre de mi bebé tiene ojos azules. Es más alto que tú y fue a…
Él hizo una mueca.
—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Qué pasa?
—Mentí un poco.
—No se puede mentir un poco. O mentiste o no mentiste.
—Tienes razón. Mentí —dijo él—. Tu donante estudiaba medicina y prefería el waterpolo al fútbol. Era vegetariano, ¿verdad?
Rukia asintió con incredulidad.
—También es muy sensible y colabora con Greenpeace —añadió.
Él se rascó la nariz.
—Es médico —prosiguió ella, que se negaba a creer a aquel hombre—. Y a veces actúa de payaso en el hospital infantil porque… porque adora a los niños.
Sintió una patada del bebé. El hombre también debió sentirla, porque se apartó para no seguir inclinado sobre ella. Parecía incómodo, como si le doliera algo. A Rukia eso no le importaba. Pensaba que merecía sufrir por haberla espiado y luego haberle dado de golpe toda aquella información.
Él le miraba el estómago. El niño dio otra patada, esa vez con más fuerza.
El hombre abrió mucho los ojos.
—Es increíble.
Rukia sonrió. No pudo evitarlo. Siempre que sentía moverse al niño, le parecía un milagro.
—Tengo la impresión de que lleva días intentando salir de ahí a patadas.
—¿Sabes si va a ser niño o niña? –preguntó él.
A ella le dio un vuelco el corazón.
—¿Por qué has venido? ¿Y por qué mentiste?
—Lo siento. De verdad que sí. Cuando doné el esperma, necesitaba desesperadamente el dinero. No pensaba lo que hacía.
—Pero CryoCorp verifica la información de todos los donantes.
—Tengo contactos.
Rukia no podía creer lo que oía.
—Eso es horrible –dijo—. Tú eres horrible. Escribiste todo lo que pensabas que podía buscar una mujer en un hombre y eran todo mentiras… hasta el color de tus ojos —frunció el ceño—. ¿Ni siquiera se molestaron en verificar el color de tus ojos?
Él se encogió de hombros.
—No. A mí también me sorprendió un poco eso.
—¿Algo de lo que pusiste en el cuestionario no era mentira?
Él arrugó la frente intentando pensar.
—¿Me estás diciendo que el padre de mi bebé es un jugador de fútbol americano embustero e inútil, un hombre despiadado de ojos marrones que odia a los niños?
—Espera un momento. ¿Qué tienen de malo los ojos marrones?
Rukia se llevó una mano a la frente. Había dado por sentado que nunca conocería al padre de su hijo. Ningún hombre se acercaba ni de lejos al hombre que había imaginado como padre de su hijo, ni siquiera Renji. Cierto que aquel hombre era muy atractivo, y que ella mentiría si dijera que no besaba mejor que nadie, pero un hombre guapísimo y que besaba bien no era un buen candidato como donante.
—El padre de mi bebé es un grandísimo embustero —dijo, como si él no estuviera presente—. Es igual que todos los demás hombres, no tiene nada de especial. Es egoísta, egocentrista, horrible, mentiroso…
—No hace falta que sigas —la interrumpió Ichigo—. Pero ya te he dicho que no me quedé tranquilo con lo que había hecho. Sabía que estaba mal y por eso escribí a CryoCorp y les dije que me sacaran de la lista de donantes. Hasta les devolví el dinero. Tengo conciencia.
La ambulancia se oía ya en la distancia. Rukia cerró los ojos.
—Márchate. Déjame en paz.
—No es tan fácil.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Vas a tener un hijo mío. No iré a ninguna parte. No puedo.
Rukia lanzó un gemido, le puso las manos en el pecho y lo empujó con fuerza para que la dejara en paz. Un dolor atravesó su vientre y le hizo clavar las uñas en el pecho duro como una piedra de él.
—¡Oh, Dios mío!
—¿Qué ocurre?
Un líquido caliente bajó por las piernas de ella. Sus uñas atravesaron la camisa de Ichigo y llegaron a la piel.
—Esto no puede estar pasando. ¡Oh, Dios mío! Es demasiado pronto.
—¿Qué pasa? —preguntó Miyako con voz muy aguda.
—El bebé —respondió Rukia—. Ya llega. ¡Ya llega el bebé!
En su prisa por escapar, Ichigo Kurosaki, el hombre que ella se negaba a creer que fuera el padre de su hijo, cayó al suelo entre ella y el asiento delantero y se arrastró hacia atrás hasta salir por la puerta.
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Trece horas después, cansado de esperar en la zona de recepción del hospital, Ichigo abrió la puerta de la habitación de Rukia y se asomó dentro. Satanás, la amiga pelinegra de ella, la que se suponía que debía mantenerlo informado, se había quedado dormida en una silla situada en un rincón de la habitación y la otra amiga de Rukia, la dama de azul, estaba sentada al otro lado de la cama.
A pesar de la mascarilla de papel que le habían entregado antes de que entrara en la habitación, el olor a antisépticos era muy fuerte. Ichigo creyó que Rukia estaba dormida hasta que pitó el monitor y ella abrió los ojos. Extendió una mano sin mirar y la dama de azul la tomó y le dijo que todo iría bien. Rukia se relajó, pero solo hasta que el monitor volvió a pitar. Esa vez abrió mucho los ojos. Su amiga y ella empezaron a respirar juntas. Exhalaron tres veces, inhalaron y volvieron a empezar.
Rukia parecía que hubiera pasado un día en un campamento de entrenamiento militar y le hubieran negado el agua. Estaba pálida y tenía los labios secos y agrietados. Tenía el pelo húmedo y apartado de la cara. Círculos oscuros rodeaban sus ojos. Casi no se parecía a la mujer que había conocido unas horas antes.
Ichigo pensó un momento si debía ir a buscar a un médico o a una enfermera. ¿Cómo podía dormir Satanás con Rukia sufriendo tanto? Después de unos momentos, las dos mujeres dejaron de respirar raro y se echaron a reír.
Eso confirmó las primeras sospechas de Ichigo: estaban todas locas.
—¿Qué haces tú aquí?
¡Maldición! Satanás se había despertado.
—Han pasado cinco horas desde tu último informe —dijo él—. He venido a ver personalmente lo que ocurre.
—No deberían haberte dejado entrar. Voy a decirles lo que…
—Miyako —la interrumpió Rukia con voz ronca—. Eso no importa.
Miyako se puso en pie y se desperezó.
—Lo que tú digas. Voy a la cafetería a tomar café. Si me necesitas, grita.
Ichigo la ignoró. Respiró aliviado cuando ella salió de la habitación.
—¡Espérame! —dijo la otra mujer—. Estoy muerta de hambre —se acercó a Ichigo, le tomó la mano y se la estrechó con fuerza—. Hola. Me llamo Rangiku.
Ichigo se alegró de ver que no todas las amigas de Rukia querían clavarle agujas en los ojos.
—Ichigo Kurosaki —dijo—. Encantado de conocerte.
—Igualmente. Vuelvo en cinco minutos —repuso ella—. Pero debes saber que la última vez que entró el doctor, Rukia había dilatado cinco centímetros. Todavía le falta tiempo y parece que tiene una contracción cada diez o quince minutos —señaló un vaso de espuma de poliestireno—. Ahí hay cubitos de hielo. Dale todos los que quiera. Y también le gusta que le froten la espalda.
—Eso no será necesario —intervino Rukia.
—No le hagas caso —susurró Rangiku—. Ella no sabe lo que le conviene, no lo ha sabido nunca y nunca lo sabrá.
La puerta se cerró tras ella antes de que Rukia tuviera tiempo de protestar.
—Lamento eso —dijo—. No hace falta que te quedes. Podrían pasar horas. Es imposible saberlo.
—Quiero estar aquí. Pero si prefieres que salga de la habitación, dímelo.
—De acuerdo —ella bajó los ojos a su vientre y luego volvió a mirarlo—. Esto es muy raro, ¿no crees? Hace menos de un día que nos conocemos y sabes más de mi útero que de ninguna otra cosa mía.
Ichigo se echó a reír.
—También sé que tienes amigas que dan miedo.
Ella soltó una risita. Se sonrojó y miró la habitación.
Ichigo se preguntó entonces qué lo había impulsado a entrar allí. La situación era bastante incómoda. Miró la puerta, con la esperanza de que entrara alguien y los salvara de ese momento.
—¿Tus padres se pasarán luego? —preguntó.
Rukia negó con la cabeza.
—Están en Kioto. Son gente ocupada.
—Umm.
—No están muy contentos con las decisiones que he tomado —añadió ella.
—Entiendo. ¿Y el tal Renji? ¿Vendrá a visitarte?
Rukia se mostró cabizbaja y él pensó que, cada vez que abría la boca, eso solo servía para volver aún más incómoda la situación. Normalmente era hombre de pocas palabras y en ese momento empezaba a entender por qué.
—¿Quién te ha hablado de Renji? Juro que mataré a Rangiku cuando vuelva.
—Fuiste tú la que mencionó a Renji. En la parte de atrás de mi coche creías que lo estabas besando a él.
Rukia frunció el ceño.
—¿Dije su nombre?
Ichigo asintió.
—He oído hablar de gente que habla en sueños, ¿pero que besa en sueños? —suspiró ella.
—No temas. Mentiría si dijera que no me gustó mucho. Ya sabes, el beso.
La luz del fluorescente se reflejó en los ojos de ella, haciéndolos brillar.
Se miraron un momento, valorándose mutuamente, hasta que un pitido irritante los devolvió a la realidad.
Rukia cerró los ojos con fuerza y clavó los dedos en el colchón.
Ichigo se acercó al lado de la cama donde había estado Momo y le tomó la mano.
—Tranquila —dijo, aunque él no se sentía nada tranquilo y ella no tenía aspecto de tranquilidad. No hacía ni cinco minutos que habían salido sus amigas. ¿Qué narices pasaba allí?
Con los ojos cerrados con fuerza y los dientes apretados, a Rukia parecía que le fueran a estallar las venas del cuello y de la frente.
A Ichigo se le aceleró el corazón e intentó pensar algo que decir para consolarla y que no pensara en el dolor.
—Quizá deberíamos hacer esa cosa de la respiración —comentó.
Rukia no contestó, pero le apretó la mano con fuerza, y no había duda de que tenía mucha fuerza.
El monitor no dejaba de pitar. Eso preocupaba a Ichigo.
Rukia se llevó las rodillas al pecho con mantas y todo.
Ichigo se inclinó y le frotó el hombro.
—¿Eso te ayuda?
Ella abrió los ojos, sobresaltándolo. En ese momento, a él no le habría sorprendido que diera una vuelta completa con la cabeza y escupiera sopa de guisantes. Pero ella le agarró la camisa, y algo de piel en el proceso, y dijo:
—¡Saca a tu bebé de ahí!
Ichigo quizá se habría reído si no hubiera estado sangrando y dolorido, y si ella no le hubiera lanzado la mirada más terrorífica que él había visto en su vida, lo cual era decir mucho teniendo en cuenta que su madre, en sus buenos tiempos, había sido la reina de las miradas escalofriantes.
En un abrir y cerrar de ojos, Rukia Kuchiki se había transformado de una joven amable en una mujer poseída por el demonio.
—Si no haces algo —dijo ella—, voy a gritar.
—Creo que deberíamos respirar juntos.
—Yo creo que deberías… —el rostro de ella se volvió escarlata y arrugó la nariz como si masticara algo muy amargo. Y entonces cumplió su palabra y lanzó un grito penetrante que hizo que a Ichigo le rechinaran los dientes y le doliera el cerebro.
¿Dónde narices estaba todo el mundo?
Antes de que pudiera pulsar el botón rojo de urgencias, se abrió la puerta y dos enfermeras se acercaron a la cama.
—¿Quién es usted? –le preguntó una de ellas mientras revisaba el monitor y la vía intravenosa.
—El padre del bebé —contestó él.
Rukia mostraba un aspecto lastimoso. Tenía la cabeza echada hacia atrás con el cuello extendido, apretaba el brazo de él con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos y le clavaba las uñas en la carne.
Las enfermeras intercambiaron una mirada. Una de ellas, que estaba en el extremo de la cama, se encogió de hombros, subió las sábanas e hizo un examen rápido.
—Llama al doctor —dijo—. Ya llega el bebé.
Ichigo habría salido corriendo si Rukia no lo hubiera tenido agarrado del brazo. Estaba seguro de que le sangraba el pecho y, si seguían así, el brazo acabaría igual.
Se abrió la puerta. Miyako y Rangiku entraron corriendo detrás del doctor.
—Te he dicho que él estaría aquí todavía —dijo la primera a la segunda.
—¿Es un crimen que un padre quiera ver a su hijo llegar al mundo? —preguntó Rangiku.
Ichigo decidió que aquella mujer le caía bien.
—Donar esperma por dinero no lo convierte en padre —declaró Miyako.
Satanás no le caía tan bien a Ichigo.
Rangiku se acercó a él y se inclinó por encima de la barandilla de la cama. —Lo estás haciendo muy bien —dijo a Rukia—. Sigue respirando. Eso es. Puedes hacerlo —empezó de nuevo con los ejercicios respiratorios y Rukia la siguió. El doctor y las dos enfermeras estaban pendientes del parto. Miyako agarró una videocámara y empezó a grabar.
Ichigo la oía hablar en la cámara y murmurar de vez en cuando palabras del tipo de "imbécil" o "idiota".
Rangiku mantenía la calma. Pasó un trapo fresco a Ichigo y le dijo que le secara la
frente a Rukia. Él, contento de tener algo que hacer, utilizó la mano libre para intentar ayudar a Rukia a relajarse. Como no deseaba ver sangre, decidió concentrarse en la cara de Rukia, lo que le llevó a notar que tenía forma de corazón. Con excepción de los círculos oscuros debajo de los ojos, su piel era cremosa e impecable. Aunque sus labios estaban en ese momento secos y agrietados, eran gruesos y tenían una forma bonita. Sus ojos eran hermosos, cuando no giraban hacia la parte de atrás de la cabeza, y tenía los pómulos altos y la frente despejada. Había una belleza en ella que no había notado antes.
Rukia resopló preparándose con Rangiku para otro empujón e Ichigo se descubrió empujando con ellas. Los tres exhalaron tres veces, inhalaron, volvieron a exhalar tres veces, inhalaron, empujaron y siguieron repitiendo el proceso treinta minutos más hasta que el niño decidió llegar por fin al mundo.
El llanto del bebé no se pareció a ningún otro llanto de bebé que Ichigo hubiera oído en su vida. Aquel resultaba tenue en comparación, casi reconfortante, casi música para sus oídos.
Ichigo miró por encima del hombro y sonrió a la cámara antes de girar de nuevo hacia Rukia.
—Es un niño —anunció el doctor.
—Lo hemos hecho —comentó Rukia con voz débil.
Ichigo creyó que hablaba con Rangiku, hasta que se dio cuenta de que esta se había reunido con las enfermeras a los pies de la cama.
—Lo has hecho tú —respondió. Tomó el vaso con cubitos de hielo y después de darle un par de ellos, le puso bálsamo labial en los labios agrietados. Luego se echó hacia atrás y observó a la enfermera entregarle el niño a Rukia. Su hijo.
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Bueno, ahí tienen el segundo capítulo, Ichigo y Rukia por fin se conocen y estuvieron juntos en el nacimiento de su hijo y en pocas horas de conocerse xD tal vez la cosa se está dando rápido, pero a esto le falta muchísimo ^^
Espero les haya gustado el capítulo y nos leemos la próxima semana n_n Como dije en mi otro fic si tuviera inter en mi casa subiría un capitulo el fin de, pero no tengo u.u
Bueno, que tengan un feliz fin de semana y nos leemos luego. Jane!
