Hola a quienes son tan amables de leerme, después de un par de semanas que no me pasaba por aquí, les vengo a dejar un capítulo de esta adaptación.
Muchas gracias a las personas que dejaron su review en el último capítulo son muy amables y espero les esté gustando la historia ^^
Esta historia está en un "AU" así que talvez los personajes me salgan unpoco Ooc, y bueno talvez algunos no peguen con otros ni con pegamento Xdd Pero espro les guste como va quedando ^^
Ahora sí:
DISCLAIMER: Ni Bleach, ni la historia de "También es mi hijo", me pertenecen, todos los personajes así como la historia original son propiedad de sus creadores, Theresa Ragan y Tite Kubo. Yo solo los utilizo sin ánimo de lucro.
Espero disfruten de la lectura y nos leemos abajo :3
oOo
Capítulo 4
Al día siguiente, era ya mediodía cuando Rukia salió de su dormitorio a la sala de estar.
—Estás viva —comentó Miyako.
—Por los pelos.
—Ryuji no te ha dejado dormir, ¿eh?
—No he podido cerrar los ojos —Rukia se sentó en el sillón enfrente del sofá donde estaba sentada su amiga—. ¿Qué he hecho?
—Cuidar de un recién nacido es difícil al principio, pero luego todo mejora, se vuelve más fácil.
Rukia negó con la cabeza.
—Tú no lo entiendes. Creo que no le gusto a Ryuji.
—Pues claro que le gustas —Miyako sonrió—. Simplemente tienes que acostumbrarte a tener un niño.
Rukia sopló para apartarse el pelo de los ojos.
—Necesito café.
—No creo que sea buena idea dando el pecho.
—Ya no doy el pecho.
—¿Desde cuándo?
—Desde algún momento de la noche. Y ahora Ryuji está durmiendo. Me odia —Rukia enterró la cara en las manos.
Miyako se acercó a ella y le dio una palmadita en el hombro.
—Oh, tesoro, no te odia. Todo irá bien. Te prepararé un té caliente y huevos revueltos —se dirigió a la cocina.
—Yo nunca me siento así —comentó Rukia—. Estoy muy cansada… y deprimida. Desde que nació Ryuji, tengo ganas de llorar. ¿Qué me ocurre?
—Tiene cuatro días. Dale tiempo.
Rukia miró su imagen en el cristal de la ventana. ¿Quién era la mujer que le devolvía la mirada? ¿Qué había sido de Rukia Kuchiki, la chica elegida "con más probabilidades de triunfar" en el instituto? ¿Qué había sido de la joven llena de energía que tenía montones de chicos dispuestos a acompañarla a su baile de presentación en Yokohama? Se levantó e hizo una reverencia. No sirvió de nada. A sus veintiocho años, estaba ya acabada.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Miyako, mirándola desde la cocina.
Rukia se volvió a hundir en su sillón favorito.
—Muy bien. Muy bien.
—Cambios hormonales, una pequeña depresión postparto, eso es lo que tú tienes —le aseguró Miyako—. A ti no te pasa nada. Después de comer, te darás una ducha y enseguida te sentirás como una mujer nueva.
Sonó el móvil de Rukia, pero antes de que pudiera contestar, el llanto procedente del dormitorio le anunció que se había acabado el descanso. Ignoró el móvil y entró en el dormitorio.
—Luego se vuelve más fácil —le gritó Miyako—. Te lo prometo.
Rukia no la creyó. Su amiga solo pretendía reconfortarla. Y si Ryuji le dejaba dormir media hora seguida, seguro que podría con aquello.
Solo media hora y todo iría bien.
Tres horas más tarde, después de haber comido un huevo y haber dado un paseo por el parque mientras devolvía llamadas telefónicas, se sentía algo mejor. Al menos tenía el pelo limpio y había conseguido cepillarse los dientes antes de que Ryuji empezara a llorar de nuevo. Su hijo tenía unos pulmones que sin duda había sacado del lado paterno de la familia.
Rukia se había criado en silencio, porque en su familia nadie hablaba ni interactuaba. La mayoría de los días se podía oír un alfiler que cayera al suelo. A su hermana y a ella les habían enseñado a bajar la voz y controlar los sentimientos en todo momento. A los niños había que verlos pero no oírlos. Cuando las sorprendían armando jaleo o riendo demasiado fuerte, algo poco corriente, las castigaban diez minutos a la silla de madera.
Rukia se quedó un momento al lado de la cuna viendo llorar a Ryuji. ¿Qué habían hecho sus padres cuando lloraba ella de pequeña? Había leído muchos libros sobre cómo ser madre. Se había asustado al no sentir el vínculo instantáneo que las enfermeras del hospital decían que sentían la mayoría de las madres con sus bebés recién nacidos. Ella no sentía una conexión, pero quería sentirla. Lo deseaba más que nada en el mundo. Había anhelado tener un bebé casi toda su vida y ahora, en aquel momento, no podía recordar por qué.
Su hijo ni siquiera se parecía a ella. Quizá le habían dado el niño de otra. El corazón le latió con fuerza. Miró la pulserita del bebé y comparó el nombre y los números con los de ella. Se correspondían.
—¿Qué ocurre, Ryuji? ¿Qué te pasa?
Lo tomó en brazos, le besó la frente e inhaló su olor a bebé mezclado con el olor a talco para niños. Entró en la sala de estar, donde Nell, la hija de Miyako, estaba sentada en el suelo coloreando un libro.
Unos metros más allá, Miyako estaba sentada en un sillón con las piernas dobladas debajo del cuerpo. Estaba ayudando a Rukia a escribir su columna mensual.
Rukia rezó interiormente para que Ryuji y ella pudieran estar algún día así de relajados y tranquilos.
Miyako dejó el portátil y se puso de pie.
—Voy por su biberón. ¿Cómo va todo?
—El doctor ha dicho que, mientras coma y le cambie el pañal, no debo preocuparme porque llore mucho.
El sonido de alguien que hablaba fuera atrajo la atención de las dos. Miyako se acercó a la ventana y se asomó entre los huecos de la persiana.
—¡Oh, Dios mío! No me lo puedo creer. Es él.
—¿Quién? —preguntó Rukia.
—Shinigami Sustituto.
—¿Quién?
—Ichigo Kurosaki. Está hablando por el móvil. ¡Oh, mierda! Ahí llega —Miyako cerró la persiana—. Tus padres se morirían si supieran que el padre de tu hijo es un jugador de fútbol americano.
Las palabras de Miyako provocaron una reacción curiosa dentro de Rukia. Hasta aquel momento no había tenido intención de abrir la puerta, pero el comentario de su amiga le hizo cambiar de idea.
Miyako se apartó de la ventana y entró en la cocina.
—Ven. Vamos a escondernos y quizá se marche.
Nell corrió a la cocina, se metió debajo de la mesa y se echó a reír.
Rukia entró en la cocina y le pasó el bebé a Miyako.
—Quédate con Ryuji y yo me ocuparé de Ichigo.
Miyako sostuvo al bebé contra su pecho.
—Ichigo Kurosaki quiere llevarse a tu hijo —advirtió a Rukia en voz baja—. Ya lo has visto en las noticias entrando con su abogada en el tribunal.
Rukia miró la puerta principal. Aquello era verdad. Le había sorprendido ver a Ichigo en la televisión. Él había ido corriendo a los tribunales. Pero lo que había dicho Miyako de que a sus padres no le gustaban los jugadores de fútbol americano la había animado. Por primera vez en días, todo parecía haberse aclarado de pronto.
Rukia tenía un plan.
Esa mañana su madre había llamado para decirle que su padre y ella irían pronto a verla. Como de costumbre, no había podido darle ni el día ni la hora de la visita. Eran personas ocupadas. Para su padre no era fácil dejar unos días el trabajo. Desgraciadamente, Rukia no esperaba su visita con impaciencia. Quería a sus padres, pero no le caían bien. Su padre era dominante y controlador y su madre era simplemente una de las muchas marionetas de su marido.
La vida entera de Rukia había girado alrededor de los deseos de sus padres. Hasta Renji había sido obra de ellos. Y antes de que este la dejara plantada en el altar, Rukia había empezado a pensar que quizá era cierto que sus padres sabían qué era lo que más le convenía.
Pero ya no pensaba así.
Durante veintiocho años había hecho lo que le había dicho su padre. Su primer acto de desafío había sido trasladarse de Yokohama a Tokio. Sus padres dirían que su segundo acto de desafío había sido tener un hijo fuera del matrimonio, pero eso no era cierto. Tener un niño había sido un plan muy meditado por parte de Rukia. Renji y ella habían salido juntos muchos años ante de que él le pidiera matrimonio. En ese tiempo, había descubierto que Renji tenía algo llamado eyaculación retrógrada, un trastorno que hacía infértiles a algunos hombres, como Renji. Había también otros problemas relacionados con eso, problemas en los que ella no quería pensar.
Por esa razón, Rukia había pasado los últimos cuatro años visitando bancos de esperma de todo el país. Al final había elegido CryoCorp porque le había parecido el mejor de todos.
Concebir a Ryuji no había tenido nada que ver con venganza ni con relojes biológicos. Después del abandono de Renji, había decidido seguir adelante con sus planes de tener un hijo. Concebir a Ryuji había sido una decisión muy meditada, un sueño hecho realidad. No se disculparía ante nadie por su decisión de ser madre soltera.
Enderezó los hombros y se dirigió a la puerta justo cuando llamaban en el otro lado.
—¡No contestes! —dijo Miyako.
—Tengo que hacerlo.
Rukia agarró el picaporte. Ichigo Kurosaki podía ser justo lo que necesitaba. Si sus padres pensaban, aunque fuera solo por un minuto, que le interesaba un jugador de fútbol americano, volverían corriendo a su casa. Según su padre, esos jugadores eran arrogantes y cobraban demasiado. Eran todo ego y nada de sustancia. Una desgracia para la humanidad.
"Maravilloso".
La misma Rukia no habría podido planearlo mejor. Ichigo podía ser el hombre perfecto para quitarse a sus padres de encima de una vez por todas.
—Ni siquiera lo conocemos —dijo Miyako—. Podría ser peligroso.
—No es peligroso —Rukia abrió la puerta.
—¿Quién no es peligroso? —preguntó Ichigo.
—Tú —respondió ella. Saludó con la mano a la señora Tomoe, una vecina de noventa años que se asomó a la puerta de su apartamento.
Rukia miró a Ichigo de arriba abajo. El día que lo había conocido, él llevaba un pantalón de vestir y una camisa. Ahora llevaba una camiseta blanca que realzaba sus bíceps, vaqueros desteñidos, deportivas, gafas de sol… y barba de tres días.
Tenía una mano en el bolsillo delantero de los pantalones. Su pelo era espeso, de un color inusual y ondulado. Unos mechones caían sobre su frente desde todas direcciones.
¡Ojalá sus padres hubieran podido verlo así!
Su madre se habría desmayado.
Ichigo era todo lo que no era el padre de ella. Alto, sexy y, por lo poco que Rukia había oído en las noticias, el Shinigami Sustituto era un chico malo. Un mujeriego que seguramente tendría mujeres altas de pecho grande haciendo cola en su puerta.
Rukia miró más allá de él, por encima de la barandilla, y vio su BMW aparcado en la acera de enfrente, lo que explicaba el pelo revuelto. Su BMV era un descapotable. El mismo coche en el que ella había roto aguas. No pudo evitar pensar si habría tenido tiempo de pasar por el lavado de coches.
Salió del apartamento y cerró la puerta tras ella.
Ichigo se subió las Ray-Bans a la parte superior de la cabeza. Tenía el ojo izquierdo morado.
—¿Qué te ha pasado?
—Un pequeño malentendido.
—Has cabreado a alguien, ¿verdad?
—¿Cabreado?
Rukia alzó los ojos al cielo.
—No hace falta ser Hermann Oberth para ver que tienes dotes para mosquear a la gente.
—¿Hermann Oberth?
—Un científico espacial —explicó ella—. Uno de los tres padres fundadores de la ingeniería espacial y la astronáutica moderna.
Ichigo frunció el ceño.
—Podrías haber dicho que no hacía falta que fuera científico espacial para ver que tengo facilidad para hacer enfadar a la gente.
—O sea que he acertado.
—¿En qué?
—En que se te da bien hacer enfadar a la gente.
Él suspiró.
—Te noto distinta —dijo, obviamente en un intento por cambiar de tema.
—Acabo de tener un niño.
Él ladeó un poco la cabeza para mirarla mejor.
—No, en serio. El pelo… todo. No pareces la misma mujer.
Ella se cruzó de brazos.
—¿Estás diciendo que antes estaba gorda?
—No, claro que no. A mí me parecía que estabas estupenda. Solo estás distinta, eso es todo.
Rukia, que lo había dicho en broma, movió la cabeza exasperada.
—¿Por qué has venido? —preguntó, renunciando al humor, ya que no podía conseguir hacer sonreír a aquel hombre.
—Quería hablar contigo. Estuve en un juzgado y supongo que querrás oír lo que dijo la jueza.
Rukia lo observó intentando imaginar lo que pensarían sus padres cuando les dijera que salía con Ichigo Kurosaki. Por alguna razón, esa idea ridícula le produjo un escalofrío. Hacía más de un año que no estaba con un hombre. En toda su vida solo había hecho el amor con tres. Y eso contando a Grimmjow Jaegerjaques. Decidió rápidamente que no tenía que contarlo. Dos hombres. En toda su vida había hecho el amor con dos hombres. Ichigo Kurosaki no parecía el tipo de hombre que hacía el amor. Probablemente echaba todas las noches polvos apasionados en el capó de su coche. Rukia se ruborizó al pensarlo.
El sexo era sucio.
Eso era lo que les decía su madre a su hermana y a ella. Renji siempre había sido un perfecto caballero en la cama. Era la persona más limpia y ordenada que había conocido, siempre asegurándose de no despeinarla ni ensuciar las sábanas… las pocas veces que ella conseguía pillarlo de humor para el sexo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Ichigo cuando ella no contestó a lo que había dicho él de la jueza.
—Estoy bien. Tengo muchas cosas en la cabeza y esta noche no he dormido mucho.
—¿Ryuji está bien?
—Muy bien. ¿Cómo sabes su nombre?
—Me lo dijo una periodista cuando llegué al hospital como habíamos quedado.
—¡Oh! —ella sintió una punzada de culpabilidad—. ¿Y qué te dijo la jueza?
—Ha asignado a un mediador para que nos ayude a pensar cómo vamos a lidiar con la situación.
—Miyako cree que quieres quitarme al niño. ¿Es verdad?
—No. Jamás.
Rukia captó el olor de su aftershave. Seguramente sería de Gucci o Chanel. Olía muy bien. Ella no llevaba zapatos, pero en cualquier caso, Ichigo era alto… muy alto. A ella empezaba a dolerle el cuello de mirar hacia arriba.
—¿Por qué te fuiste del hospital sin hablar conmigo? —preguntó él.
—Es complicado.
—Tengo tiempo.
El angelito, si se podía llamar así, que se sentaba en el hombro izquierdo de Rukia la alentaba a decir la verdad. Que estaba confusa y había hecho lo que hacía siempre… cumplir órdenes. Miyako le había dicho que tenía que escapar de Ichigo y ella lo había hecho. Había huido.
El diablillo con tridente y capa roja que se posaba en su hombro derecho también le decía que dijera la verdad. Y que, en el proceso, fuera amable con él y le hiciera creer que quería ser su amiga. Al menos hasta que llegaran sus padres. Entonces se mostraría todavía más encantadora. Y cuando sus padres volvieran a Yokohama, se acabaría todo. Rukia sabía que las apariencias engañan, pero estaba demasiado cansada para pensar en eso. Su pareja ideal jamás podría ser un atleta. Prefería hombres inteligentes y bien peinados que iban a trabajar con traje.
—Toda mi vida, desde que era adolescente, he querido tener un hijo —explicó.
Ichigo se pasó una mano por el pelo revuelto.
—¿En serio?
Ella asintió.
—Muchas chicas sueñan con el día de su boda, pero yo no. Yo soñaba con tener un bebé. Mi hermana pedía vestidos de princesa a Papá Noel. Yo siempre pedía un bebé.
Él parecía escucharla con atención, lo cual la llevó a pensar en sus motivos. Los hombres no solían escuchar así a las mujeres cuando hablaban de sus anhelos y deseos. Ichigo debía tener también un plan. Pues muy bien. Podían jugar los dos.
—Luego llegó Renji —continuó—. Salimos durante años, pero él no podía… —apartó la vista—. Esto es muy personal. No debería hablarlo contigo.
—No, por favor, sigue —le pidió él—. ¿Renji era infértil?
Rukia lo miró escéptica. Asintió.
—Lo nuestro fue un compromiso largo. Durante ese tiempo, yo busqué ayuda. Y encontré CryoCorp. Cuando se estropearon las cosas entre Renji y yo, supe inmediatamente que mantendría la cita con CryoCorp y criaría a mi hijo sola. Sin padre, sin ataduras, sin nadie que me dijera cómo criar a mi hijo. Sin nadie que me juzgara. En el mundo hay muchas mujeres que crían solas a sus hijos —cruzó los brazos sobre el pecho—. No veía nada de malo en lo que hacía.
—Yo no te juzgo, Rukia.
Ella pensó que a él se le daba muy bien aquel juego. No bostezaba y sus ojos no mostraban aburrimiento.
—¿De verdad?
Ichigo negó con la cabeza.
—Se suponía que era todo confidencial —dijo ella—. Y luego apareces tú de pronto. ¿Cuántas probabilidades había de eso?
—Una entre un millón.
Rukia asintió.
—Una entre un millón —volvió a mirarlo a los ojos, esa vez más hondo, indagando—. No debí irme del hospital sin antes hablar contigo. ¿Pero y tú qué? —preguntó—. No mencionaste que tenías una abogada ni que pensabas ir a juicio. Tú tampoco fuiste franco conmigo, ¿verdad? —levantó un poco la barbilla.
—Tienes razón. Tendría que haberte contado mis planes —él cambió el peso de un pie a otro—. Espero que podamos arreglar algo entre nosotros.
—¿Como qué?
Él sacó un papel del bolsillo de atrás del pantalón y se lo pasó.
—Esta es la fecha y la hora en que tenemos que vernos el mes que viene para la mediación. La primera fecha que he podido conseguir ha sido dentro de treinta días —él carraspeó—. Yo esperaba que me dejaras pasar algo de tiempo con Ryuji antes de eso. Ya sabes, para que empecemos a conocernos.
Ella tomó el papel y lo leyó.
—Él no entra aquí —dijo Miyako desde dentro.
Rukia suspiró.
—¿Quieres ver a Ryuji?
Ichigo pareció sorprendido.
—Me encantaría.
Dentro del apartamento sonó un gemido.
—¿No deberías estar entrenando? —pregunto Miyako al otro lado de la puerta—. ¿No necesitan jugadores diestros en el campo?
Ichigo sonrió con un destello de dientes blancos y una chispa encantadora en los ojos. Definitivamente, seguro que aquel hombre tenía un montón de mujeres hermosas a sus pies.
—Los entrenamientos empiezan dentro de seis semanas —contestó a Miyako.
—Tengo una pregunta antes de que entremos —dijo Rukia
—Dispara.
—¿Qué pasa si vamos a la mediación pero no conseguimos llegar a un acuerdo en lo referente a Ryuji?
—Supongo que tendríamos que ir a juicio —contestó él.
A Rukia le gustó su sinceridad, pero eso no significaba que le gustara su respuesta.
oOo
Bueno, hasta ahí el capítulo, espero les haya gustado y nos leemos en el siguiente capítulo que estoy viendo si lo subo mañana :/ Bueno ya veré :P
Si se me ha pasado algún error me disculpan, a veces olvido revisar el capítulo antes de subirlo x3
Que tengan un feliz día y una feliz semana, nos leemos luego. Jane!
