Agradezco enormemente vuestros reviews, de nuevo, y lamento a espera.

NaLu; como no tienes cuenta no he podido responderte. No es que Lucy sea testaruda, pero admitamos que si alguien actúa tan obsesivamente como Natsu, nadie se quedaría tal cual xD

Disclaimer: Fairy Tail no me pertenece.

Capítulo 7- Y quién sabe qué más.

-¿No vas a volver a clases, pequeño demonio?- Dejó el libro titulado "Puntos básicos de la astrología" en la mesa.

Natsu miró hacia el suelo con el rostro ensombrecido y Laxus, que ya llevaba un par de días haciéndole la misma pregunta, no se molestó en preguntarle qué le sucedía. Se había enterado por parte de sus alumnos que había tenido un pequeño conflicto con Lucy y ahora no estaba precisamente de buen humor. Aunque era extraño, puesto que él era de aquel tipo de personas que se recuperan rápido de sus decaídas.

-Oh, tal vez te interese saber que ha cambiado su cerradura.- Laxus dio en un punto débil.- Se lo escuché decir a una de sus amigas.

El pelirosado asintió, le señaló el libro y le repitió que la semana que viene seguramente tendría que traerle otro, así que más le valía estar listo. El profesor se rió y literalmente hechó a Natsu de su despacho. Lo vio alejarse hasta torcer el pasillo, y al rato salir del instituto.

Aunque no tenía tiempo para preocuparse por los problemas de otros; en su mesa tenía algunos bastante más pesados y complicados de solucionar. Se había leído el primer libro que le trajo el pequeño demonio, pero la verdad era que el segundo se le resistió, el tercero lo dejó arrinconado y en el momento en que le entregó el octavo supo que se había metido en un buen lío.

-¿Por qué diablos tengo que hacer esto?

...

Lucy llevaba cuatro días sin saber nada de Natsu. No le gustaba admitirlo, pero empezaba a preocuparse. Había tratado de sacarle algo de información a alguno de sus amigos disimuladamente, pero nada. Sospechaba que la culpa la tenían ella y sus palabras, pero también era otra cosa que se negaba a admitir.

Ella solo dijo la verdad. ¿Quién se enamoraría de alguien tan sólo leyendo una historia, que ni siquiera era de amor?

Suspiró con pesadez por séptima vez en lo que llevaba de tarde. Estar en casa la amargaba, se sentía agobiada y a la vez aburrida, así que decidió salir a dar un paseo. No hacía mucho frío y no tenía la intención de quedarse fuera hasta la hora de la cena, así que no se molestó en coger la chaqueta.

La ciudad de Magnolia se veía hermosa de noche. Aun faltaba más de un mes para Navidad, pero varias luces de colores ya se habían instalado en algún que otro establecimiento. Lucy se quedó observándolos con atención tomándose su tiempo.

Adoraba las luces, pero por contra la palabra "Navidad" no la emocionaba en lo más mínimo. Sabía que otra vez la pasaría sola y eso no era algo que la atrayera demasiado.

Paseó por la calle comercial durante un buen rato, hasta que, cansada, decidió volver otra vez a casa. Además, tenía frío.

Había estado reflexionando mucho desde que no hablaba con Natsu. Era cierto que se trataba de una persona peligrosa y que le causaría muchos problemas, además de un acosador, un posible violador y quién sabe qué más. Pero debía reconocerle el esmero que le ponía a su... ¿relación? No, no lo llamaría así. Tal vez sólo al intento-fracasado-de-Natsu-por-tener-una-relación.

De todos modos, y se repetía nuevamente esa pregunta, ¿quién coño se enamoraría de alguien por una maldita historia? Por más vueltas que le diera al tema, era incapaz de hallar una respuesta coherente.

La misma existencia de Natsu Dragneel parecía no ser coherente, si se ponía filosófica.

-Hola, preciosa.- Dijo una voz a sus espaldas.

Salió de su trance y se giró para ver quién había hablado, encontrándose con un chico que no conocía y una sonrisa retorcida. Se volvio otra vez hacia adelante para continuar con su caminata, con la intención de no prestarle la más mínima atención.

Pero había otro chico frente a ella. Empezó a sentir miedo.

-¿Dónde vas hermosura? Es de mala eduación no devolver un saludo.- Escuchó como el de sus espaldas se acercaba, y contempló como de ambos lados salían un par más. Le temblaban las piernas.

-Dejadme ir, por fabor.- Pidió al notar como el de su espalda apoyaba su brazo en su hombro izquierdo, informal, como quién no quiere la cosa. Sabía que dentro de la mente de ese desconocido corrían pensamientos no demasiado limpios.

-Oh, vamos.- Dijo éste, susurrando, a su oído.- No seas aburrida.

Entonces, un fuerte empujón, provocó que cayera de rodillas al suelo, lastimándose las rodillas, y soltando un quejido como respuesta. Ellos rieron, acercándose. Comprobó aterrada que uno de ellos tenía un cuchillo.

El de su izquierda le pateó la cara, fuerte, pero tampoco demasiado. Fue a parar a los pies del tipo de la derecha, que la levantó por los pelos riendo como un sociópata.

-Esto le enseñará.- Dijo, mientras tocaba uno de sus pechos. Aterrada, Lucy forcejeó para alejarse y cayó al suelo, ante las miradas de burla de los cuatro desconocidos y sus risotadas.- Parece que se ha buscado a una gata furra.

El tipo que sujetaba el cuchillo se acercó y la levantó otra vez, pasándole el cuchillo a uno de sus compañeros mientras se aseguraba de inmobilizar a la rubia. Éste se arrodilló y deslizó el cuchillo por le muslo de ella con suavidad, provocando que un hilillo de sangre fuera saliendo. Ante el grito de dolor que dio, hizo lo mismo en otra dirección.

Sus compañeros rieron.

Lucy gritó fuerte por ayuda por segunda vez, pero no recibió ninguna respuesta. La única, tal vez, fue de esos mismos chicos, que la golpearon otra vez en varios lugares del cuerpo. Cayó inerte al suelo, pero pronto unos brazos se ocuparon de levantarla mientras notaba como otros se introducían en su camiseta. Tenía miedo.

Entonces, como si realmente alguien se hubiera molestado en escucharla, escuchó como uno de ellos gritaba ante un golpe, y caía al suelo, derramando un pequeño charco de sangre. Los tres restantes dejaron su tarea para más tarde y se centraron en el recién llegado.

Éste lucía furioso, y ellos tragaron saliva. Habían conseguido lo que querían, por supuesto, pero habían calculado mal un par de cosas.

El recién llegado, con ágiles movimientos, le arrebató el cuchillo al de la derecha y se lo clavó en el estómago, mientras lanzaba una patada para alejar su cuerpo y se dirigía al tercero, y luego al cuarto.

Todos chorreaban sangre. Lucy tenía miedo, pero a la vez se sentía aliviada.

Y, así, cayó inconsciente.