Él suelta una carcajada burlona y ella forma una sonrisa tímida. El cabello rubio se mueve con el viento y las hebras rojizas terminan en unas patillas alargadas. Los ojos verdes tienen malicia, los azules encanto. ¿Qué se puede concluir? Siempre hay tiempo para Elsa... y también Hans.


Disclaimer: Por aquí o por allá, ni asomo de mí encontrarán. Si de casualidad llegan a reconocer algo, pues no es mío. Todo pertenece a sus respectivos creadores, aunque no me enojo si desean darme una mínima porción.


Aclaraciones/advertencias: Helsa-Hansla-Iceburns. Modern AU. OC. Puede que en algún momento llegue a tener OoC. Conjunto de historias sin orden aparente pero interconectadas entre sí. Los géneros se aclararán al comienzo de cada capítulo. Tal vez de lo que se carezca un poco sea de revisión. Me imagino que podrían haber momentos Fluff.


Genre: Drama/Romance


Un momento u otro

Tal vez, las cosas deben pasar


¿Cómo comportarte cerca del que pronto dejaría de ser tu novio?, se preguntó Elsa con un sentimiento de abatimiento. Era tan extraño pensarlo de aquella forma, se suponía que una pareja terminaba cuando los sentimientos se acababan o, idealmente, cuando la relación se tornaba destructiva o falsa. No había rompimiento cuando seguían presentes el cariño y… el amor por el otro, no concebía hallar la respuesta.

Pero, quizá, se estaba comportando un tanto infantil, no estaba garantizado que el día de mañana siguiera teniendo sentimientos por Hans, incluso cuatro meses atrás, cuando comenzaron a salir, no tuvo la certeza que fuera el indicado, con quien llegaría a casarse en el futuro. Entonces, ¿por qué?, ¿por qué era que le dolía pensar en su partida?

Él se iba por esa esplendorosa oportunidad que le habían ofrecido en la universidad, debía alegrarse por Hans, antes que su novia, era su amiga y tenía que sentirse contenta que cumpliera su cometido de entrar en la prestigiosa universidad que quería, por su cuenta, y no las influencias de su acaudalado padre. En realidad, sí estaba feliz por él, pero le recorría una ligera decepción, por tener que terminar su relación.

Se podía intentar tener una relación a larga distancia, pero no lo consideraron, ni lo plantearon al otro. Había quienes triunfaban, más, tras una larga reflexión de los pros y los contras, sabía que era muy difícil que lograran ese objetivo. Hans viviría en el norte, en el campus, y sus padres serían quienes le visitarían, pues en la ciudad habitaban tres de los hermanos mayores.

Y, de poder volver, sólo lo haría en Navidad.

Además, sólo eran unos chiquillos, más bien, principalmente ella era una chiquilla y en la universidad Hans tendría diferentes experiencias que serían muy distintas a las de Elsa en el instituto. Por otro lado, ella tenía pensado estudiar en el centro del país, mucho más cerca de casa, volverían a verse por completo hasta dentro de mucho tiempo. Años.

Si es que lo hacían.

Elsa jugueteó con la pluma en su mano, mientras el cuaderno descansaba en su regazo, en espera de que finalizara la composición que había comenzado para distraerse. Llevaba una hora en el jardín de su casa, sentada bajo el árbol de flores blancas, y no podía concluir la historia, simplemente se había interrumpido por el rumbo que tomaron sus pensamientos.

Suspiró audiblemente, abandonando el cuaderno y la pluma sobre el pasto, para doblar sus piernas y acercarlas a su pecho, rodeándolas con sus brazos, y poder reposar su barbilla sobre sus rodillas. Miró detenidamente el rosal rojizo de su madre, bajo el marco de la ventana de la cocina, que daba al patio trasero.

¿Por qué se engañaba? Lo que tenía era miedo, miedo de intentarlo y que fuera inútil, que los resultados destruyeran los recuerdos de la relación que habían formado a lo largo del casi año que llevaban conociéndose.

Ése era su más grande defecto, el miedo. Era su principal enemigo, le atemorizaba dañar a otros, salir herida, por ello se perdía de muchas oportunidades. El miedo siempre estaba allí y le costaba mucho desecharlo, eran tan pocas las veces en que no estaba presente en sus decisiones.

Sin embargo, y por mucho que le doliera, sabía que lo más correcto era terminar. Que cada uno disfrutara de las distintas experiencias de su vida, era una relación de jóvenes, ¡por todos los cielos!, su mundo aún no concluía. Estaba enamorada, pero no podía cegarse de la realidad.

Ya habían tomado la decisión, poco a poco habían disminuido sus conductas románticas y, cuando llegara el momento en que él partiera, sería mucho más sencillo. De cualquier manera, sólo restaba una semana.

Era una pena que no existieran formas más sencillas de permanecer en contacto, estar junto al teléfono de casa era muy difícil, difícilmente harían cartas…

Apartó la mirada de las rosas y bajó la vista a su mano, donde sintió una ligera caricia. Era una mariquita, con unas brillantes alas rojas y puntos negros en ellas. Sonrió levemente, debía significar algo que justamente ahora se posara sobre ella, en alguna parte eran consideradas de buena suerte.

Sopló de manera suave y el animalillo extendió sus alas para irse volando.

La miró alejarse para mezclarse en el atardecer de julio que comenzaba a caer.


-¿Es normal que me sienta como una mierda? -cuestionó Hans abatido, mientras él, Eugene y Eric compartían una pizza en su casa; era su último fin de semana en la ciudad, podría haber estado con Elsa, pero era una mala idea. Debían acostumbrarse a no tener la presencia del otro.

"Y pensar que sólo la conocí un año atrás", se dijo.

Eric resopló y llevó la boquilla de su lata de cerveza a su boca.

-Hermano, te vas lejos, será una mierda tu estancia allá -farfulló Eugene, que tomaría un año sabático antes de comenzar la universidad, que estaba muy cerca de allí-. No entiendo por qué aquí te sientes así.

Los tres rieron sin poder evitarlo, pero él lo hizo con un poco desganado.

-Tal vez estás así por Elsa -las 'sabias' palabras de Eric resonaron en su cabeza, el malnacido tenía razón. Movió su cabeza para alejar el pensamiento. -Sigo con la duda, ¿por qué no intentan…

-Calla, Ship -masculló mordiendo el trozo de su pizza con pepperoni-. Lo último que deseo es tener que pensar en lo que será a partir de ahora, sólo quiero este momento. Cerveza, póker, comida…

-Bueno, hombre, ¿qué prefieres que te diga?, ¿que te sientes como una mierda porque te da pavor estar en una ciudad que has visitado cientos de veces por tus hermanos, cuando en realidad te martiriza pensar que tu próxima ex novia -y la única que realmente puede considerarse así- te olvidará y tendrá otro novio, seguirá su vida y tú estarás pensando en ella? No te engañes, Hans -tomó uno de los cojines de su madre y lo lanzó al rostro de Eric, enfurecido.

-No seas imbécil, Eric -Eugene decidió participar en la conversación-, pasará el tiempo y ella será sólo una parte de su adolescencia. Sólo es una chica del instituto, además, ¿realmente hay que casarse algún día?, ¿es un requisito? -las palabras fueron un tanto tranquilizadoras para Hans, Eugene sonaba tan seguro de sí mismo.

-Viejo, te voy a extrañar -manifestó burlón, dándole un golpe a la parte posterior de su cabeza, le ayudaba a distraerse de sus tribulaciones-. Estoy seguro que a mi hermano le agradará tenerte en su casa, es demasiado gruñón…

-Yo sí voy a casarme -interrumpió Eric, y de haber tenido alimento o bebida en su boca, los otros dos habrían escupido el contenido en la alfombra oscura de su madre al oír las siguientes palabras: -En un mes.

-Idiota -expresó Eugene rotundamente, dándole un sorbo a su tercera cerveza.

-¿Cómo? -preguntó Hans con los ojos abiertos, sólo tenía dieciocho años -y tres de ellos eran el tiempo que Eric tenía con Arielle, si mal no recordaba-.

-Como lo oyes -devolvió su amigo, sonriendo-. Nos fugaremos antes de iniciar las clases en la universidad.

El pelirrojo parpadeó asombrado y se encogió de hombros.

-Suerte, Eric -respondió mirando su lata de cerveza, ignorando la partida de póker que se transmitía en el televisor. Ese acontecimiento le hizo pensar en lo que sería del futuro, casi le hacía considerar si intentaba una relación a distancia con…

No, aunque por ahora pensara eso, no creía hacerlo. Desconfiaba de sí mismo con una relación así. ¿Sería fiel?, ¿se dejaría consumir por los celos?, ¿mantendría sus sentimientos?, ¿ella…

-Todavía no es muy tarde -dijo Eric, interrumpiendo sus pensamientos, como leyéndolos-. Ya sé que tomaron su decisión, pero yo tenía el presentimiento que ustedes dos… -se cortó-, olvídalo, no puedo tomar más de dos cervezas, afecta mi cerebro -llevó una mano a su cabello negro.

-Marica -espetó Eugene con diversión, tomando el control remoto para cambiar el canal.

-Soccer no -pidieron Hans y Eric, sin retomar la conversación anterior.


El miércoles por la tarde, Elsa y Hans disfrutaban de un helado en la nevería del centro, concurrida por ser verano. Estaban sentados en una de las mesas apartadas a la puerta principal, uno frente al otro, disfrutando de la nieve que tenían en sus copas de vidrio.

-¿Todavía sigue en pie lo de llevarte al aeropuerto? -cuestionó la rubia, tras introducir nuevamente la cuchara en el helado de chocolate con almendras. Él sacó su respectiva cuchara de su boca y saboreó la combinación de vainilla con nuez.

-Siempre que tú lo desees -respondió con calma, observando la sonrisa de adoración de Elsa al llevar más del helado a su boca. Hans sonrió imperceptiblemente y evitó suspirar, conforme el día de su partida se acercaba, más se percataba que le dolía alejarse de casa.

-¿Tu madre está de acuerdo con ello? -la voz de Elsa sonó intrigada, él negó divertido, recordando a la mujer que le dio la vida.

-Soy el último que quedaba en casa, si pudiera me ataría a mi cama para no irme, el nido ha quedado vacío, ya ha experimentado la partida doce veces, pero el menor es quien siempre duele más -imitó la voz de Kelly Westergaard.

-No deberías ser así -musitó ella, aun conociendo que él lo decía como una broma. Cierta parte de él era más apegada a su madre, ya que era a quien veía más de sus progenitores-. Es natural que vaya a extrañarte.

El suspiro que él reprimió fue realizado por ella. Hans tomó la mano derecha de Elsa, libre de la cuchara, y le dio un ligero apretón. Al ver que ella apartaba la mirada hacia el vidrio que los separaba el exterior, la soltó y permaneció en silencio.

Nuevamente llevó más helado a su boca, pero el sabor no fue tan placentero como antes.


Elsa salió momentáneamente a la cocina, para lavar las tazas ocupadas antes de su partida al aeropuerto. Hans permaneció en la sala de estar, junto a Edgar Delle, que le sonrió de manera afable, abandonando el periódico en sus rodillas.

-Te deseo lo mejor en la universidad, jovencito -dijo afectuoso, pues el hombre siempre le había abierto las puertas de su casa, desde aquel día en que se presentó para llevar a Elsa al baile de primavera, en que mantuvieron una conversación seria-. Confío en que serás un excelente abogado -volvió a alzar su periódico, pero lo dobló sin continuar leyendo.

Hans miró al señor Delle de manera interrogante y lo escuchó suspirar, mientras observaba el jarrón con jazmines que había en la mesita en medio de la sala.

-Duane y yo siempre hemos pensado que Elsa no tendría muchas relaciones… que la vez que se enamorara sería la única; ella y Annalise son tan distintas, ver a su hermana asentarse será sorprendente, no tenemos la certeza de cómo será, con Elsa creíamos que sólo habría una persona, no es muy apegada a los demás, como Anna, pocos tienen el privilegio de conocerla verdaderamente… -hizo una pausa y regresó su vista al periódico, negando-, parece que nos equivocamos -agregó-. Eres un buen muchacho, Hans. Me da gusto que tú y Elsa se hubieran conocido -concluyó, pasando la página del papel.

Hans bajó la mirada a sus pies, pensativo. Las palabras del señor Delle habían calado hondo en él, ¿cómo podía decirle algo así?, ¿qué planeaba el hombre?, ¿influenciar para que él y Elsa…

"¡No!", rotundamente negó en su cabeza, ahora trataría de pensar cosas que no eran en absoluto ciertas.

Ajena a sus tribulaciones, Elsa, apoyada en la pared que daba al pasillo, parpadeó, había escuchado el discurso de su padre. Agitó su cabeza e hizo notar su presencia.

-Ya es hora de irnos -anunció de manera clara, Hans subió su cabeza y asintió. Duane entró a la sala y escuchó la frase. Llamó a Anna y se acercó al pelirrojo para abrazarlo con fuerza.

-Cuídate mucho, Hans -susurró en su oído, él asintió, la madre de Elsa era demasiado cariñosa, y sólo una de sus hijas lo había heredado; la que en ese momento bajaba las escaleras.

Annalise llegó hasta él y le dio un fuerte abrazo, él revolvió su cabello cobrizo, como le fastidiaba que lo hicieran, ganándose una risa suave de parte de Elsa y sus padres, y una mirada enfadada de la menor de los Delle.

-Adiós -dijo escueta antes de regresar de donde vino. Elsa rió y negó.

El padre de Elsa extendió su brazo y Hans lo tomó, recibió un apretón en la mano y una palmada leve en la espalda.

-Buen viaje, Hans -deseó el hombre y el pelirrojo lo agradeció en voz baja, encaminándose tras de Elsa, que avanzaba hacia la salida. Recorrió por última vez el pasillo de los Delle; donde se veían las fotos de la familia, Elsa con un vestido azul, cantando durante un festival, con la tierna edad de seis; las dos hermanas abrazadas durante una nevada; los cuatro integrantes frente a una cabaña en el bosque; Anna saludando a la cámara vestida de exploradora.

Llegó hasta el umbral de la puerta, donde Elsa le esperaba, y por última vez enfocó su mirada en el porche, donde se dio cuenta de que se enamoró de aquella rubia.

Caminó en silencio hasta el automóvil azul de ella, y le abrió la puerta del conductor. Dio una vuelta al auto y, antes de ingresar al vehículo, miró la fachada blanca de la casa de dos plantas.

Observó el camino sin decir palabra.


Las voces en el aeropuerto pasaron de manera inadvertida para ambos o, por lo menos, para Elsa. Toda la semana había estado evitando la llegada de este momento, la despedida. Mientras esperaba a Hans asegurar su equipaje, pensó en lo extraño de toda la situación, decir adiós era difícil, pero cuando se mudó un año atrás no le dolió tanto.

Era cierto lo que dijo su padre, para ella eran pocas las personas que formaban parte de su vida. No dejaba que muchos se acercaran a ella, y a quienes les dejaba, eran muy importantes.

Tal vez por ello sentía una opresión en su pecho, que hacía se formara un nudo en su garganta, aun cuando su apariencia exterior demostrara firmeza, tal como lo vio en el espejo de la boutique por la entrada del establecimiento.

Miró en todas direcciones a la gente que estaba allí, algunas personas estaban ubicadas en los asientos, observando las pantallas con los vuelos o leyendo libros. Había algunos adormitados, seguramente porque viajaban a otro sitio en pocas horas y no podían ir hasta un hotel. Otros entraban y salían de las tiendas dentro del aeropuerto.

Unos pocos se despedían, llorando mientras abrazaban a sus seres queridos, aferrándolos con todas las fuerzas posibles.

Apartó la vista, sentía que violaba la poca privacidad que ellos tenían.

Alguien se colocó a su lado y de reojo reconoció a Hans, vestido con unos pantalones de mezclilla, camisa azul marino de botones y una gabardina negra en el brazo, pues en el norte hacía un poco de frío, contrario al sur. Él tenía su boleto de primera clase en el bolsillo de su camisa, y una de sus manos estaba dentro de la bolsa de su pantalón.

El pelirrojo le sonrió después de ver a los familiares despedir a su pariente, según creía ella, pues la similitud en los rasgos le hizo afirmarlo.

Elsa devolvió una débil sonrisa, observando el reloj de la pantalla, percatándose que sólo restaba media hora para que le pidieran abordar.

-Supongo que es tiempo de decirte que terminamos, Hans -expresó con voz calmada, mirando que la comisura de su boca se alzó al escucharla.

-¿Es difícil, verdad? -lo dijo de manera retórica, ella asintió de cualquier forma-. No sé qué decir, ni qué pensar, retrasé demasiado despedirme y ahora, no… sé, nada parece… adecuado.

-Todo saldrá bien -susurró, y le sorprendió que él escuchara pese a los sonidos en el aeropuerto. Aún más, le asombró la calma con la que pudo pronunciar las palabras, cuando su interior era un revoltijo de sentimientos.

-Sí, bien -repitió Hans, pasando una mano en sus cabellos rojizos. Sus ojos verdes buscaron los azules de ella-. Me gustaría poder haber… el tiempo contigo fue el mejor de estos tres años, Elsa. Es cierto eso de que el último año es el que vale la pena.

-Espero poder decir lo mismo -musitó ella de manera triste.

-Comoquiera que sea, disfrútalo -la voz de él sonó de aquella manera arrogante que lo caracterizaba.

Hans ladeó su rostro y dejó de mirar al frente.

-Sé que no debería decirlo, pero te quiero -escucharlo nuevamente fue muy duro, mordió la parte interior de su mejilla para no llorar-. Y, aunque en un futuro nuestros sentimientos cambien, espero que nos veamos como amigos… si volvemos a encontrarnos.

-Yo también -su susurro se refirió a ambas frases. Sintió que si decía más se derrumbaría, perdía el control cuando los sentimientos le dominaban.

Pero, ¿no era correcto en este momento?

-También te quiero -confesó, mirándole y tomando su mano. Se escuchó el anuncio de que debían abordar en diez minutos.

Tragó saliva.

-Bonita, no cambies -pidió él tras el silencio que se prolongó. Su mano recibió un apretón y le recorrió un cosquilleo-. Eres perfecta tal cual eres.

-Gracias -respondió abochornada-. Demuestra allá lo valioso que eres, Hans. Conviértete en la persona de éxito que quieres sin olvidar tu importancia. Sé que triunfarás, confío en ti.

La voz de la mujer anunció los cinco minutos. Respiró y abrazó a Hans con fuerza, sintiendo que los brazos de él la envolvían con el mismo entusiasmo. Cuántas veces no había estado en el mismo sitio, acurrucada a su pecho, mientras sentía su respiración y escuchaba los latidos de su corazón, recibiendo una caricia en su espalda, disfrutando de un momento de tranquilidad.

-Adiós -susurró con la voz entrecortada.

-Adiós… Elsa -musitó él, de la misma manera.

Se separaron y se sonrieron, él se dispuso a coger la gabardina que cayó suelo en algún momento, pero antes de hacerlo alzó la vista para ver el reloj. Se irguió y suspiró.

Luego, con una expresión de disculpa, se inclinó, colocó sus manos sobre su rostro con delicadeza y la besó. La caricia en sus labios fue pausada, la boca de él presionaba suavemente sobre la suya, tomando los labios con ternura, separándose para intercalar cada beso, sin necesidad de profundizar. Los labios de ella se movieron siguiendo los suyos, envolviéndose en el sabor a vainilla de las galletas preparadas por su madre, y una pizca de menta del té compartido.

El beso terminó cuando él se apartó y posó sus labios sobre su frente. Se inclinó para tomar la gabardina olvidada y acarició su mejilla antes de dar vuelta rumbo a la terminal.

Levantó su mano cuando él agitó la suya.

Elsa giró y salió del aeropuerto sin mirar atrás.


Tras ubicarse en su asiento y abrochar su cinturón, Hans permaneció pensativo, reclamándose interiormente el impulso tomado minutos atrás. Era un tonto, ¿cómo podría haberla besado cuando le quedaban poco tiempo juntos?, ¿realmente había querido que ésa fuera la última escena que recordara con ella?

Al besarla, lo único que deseó fue disfrutar la sensación de tener los labios de ella entre los suyos.

Una última vez.

Como el egoísta que reconocía era, sólo había actuado sin detenerse a pensar en si ella lo hubiera querido. Pero… le correspondió.

Cerró los ojos mientras sentía el movimiento del avión al comenzar a avanzar en la pista de despegue, rompiendo el aire mientras la velocidad avanzaba con cada segundo; posteriormente llegó el tirón al apartarse de la superficie terrestre, para entrar en el espacio aéreo. Se aferró a los reposabrazos de su asiento y abrió sus ojos, para asomarse a la ventana a su izquierda.

Desde su posición, contempló cómo disminuía el tamaño de los edificios cerca del aeropuerto, el de la carretera donde transitaban los autos, que cada vez se distinguían menos, recibió en su campo de vista el verdor del bosque lejano a la ciudad.

Luego, el avión se rodeó de un manto blanco y se obstruyó su visión, apartó la mirada y decidió que, a partir de entonces, vería hacia el frente, el futuro.

Momentos más tarde, se concentró en una lectura.


Siempre responsable, Elsa evitó manejar en trance, pero el camino hasta su hogar careció de sonido alguno desde dentro de su automóvil. El silencio sólo fue roto por los sonidos exteriores, y -recién reparaba sí había sonido dentro- el tintinear del llavero de Mickey, recordatorio de que seguía en marcha.

Llegó hasta su casa y apagó el vehículo, descendió y caminó con calma hasta llegar al porche, donde introdujo su llave en el cerrojo. Abrió y la recibió la completa calma, que se traducía en que el lugar estaba vacío.

Era sábado por la tarde, tal vez los tres habrían salido a dar una vuelta, con la intención de dejarle la casa para ella sola, como mucho lo había deseado. Elsa no les dijo una palabra de su sentir, pero ellos la conocían y aceptaron darle su espacio. Soltó sus llaves en la pequeña mesa en el recibidor y se despojó de su calzado deportivo, sólo quedando en calcetines. Recorrió el pasillo alfombrado hasta detenerse frente a la escalera.

Uno a uno, comenzó a ascender los escalones que le llevaban al nivel superior. Estando arriba, de manera automática, dobló hacia la izquierda y sus pasos concluyeron en la puerta blanca de su habitación.

Giró el pomo, entró y cerró tras de sí.

Allí, con una lentitud nada característica de ella, se tomó su tiempo para posarse sobre su cama con sábanas de color lila. De pie, fijó su mirada en la mesa de noche, apreciando que había olvidado retirar la foto de ella y Hans.

Elsa extendió su mano y tomó el marco con diseños de enredaderas de rosas; sin detenerse a pensarlo, le dio vuelta, desprendió la protección y extrajo la foto. Abrió el cajón y dejó caer la imagen, donde otro día podría buscarla y guardarla en un álbum del instituto. El marco quedó boca abajo sobre la superficie de madera, para no recordarle lo que antes hubo ahí.

Suspiró y finalmente cayó en la cama, recostando su cabeza sobre la almohada y envolviendo sus manos alrededor de su cuerpo, palpando su blusa blanca de tiras. El aire acondicionado le provocó un estremecimiento, pero no buscó acomodarse bajo las sábanas, sino que apretó con más fuerza para darse calor.

Después de andar como autómata, se rindió a lo inevitable.

Pensó en la despedida con Hans, dolida por la partida que se dio de manera amarga. Había querido prepararse para una situación así y no logró evitarla, besarse no había sido un buen proceder. Ahora sólo le hacía sentir… peor. Antes se había aferrado a la idea que de manera madura podría decir adiós sin agitarse, pero no lo estaba haciendo.

Tenía un nudo en la garganta, cada respiración se volvía dificultosa, sus ojos se mantenían en lo alto, mientras mordía sus labios con fuerza.

Recordó la expresión de disculpa y el diminuto brilló en los ojos esmeralda de Hans.

Y no pudo más.

De su boca brotó un sollozo quebrado, y la humedad que tanto resistió en sus ojos, salió. Era una tonta, no tenía por qué llorar, pero sus lágrimas humedecían su almohada, compañera silenciosa en esos momentos. Inspiró con fuerza y rememoró los meses desde que ella y él se habían conocido, desde sus fastidiosos encuentros hasta el surgimiento de la confianza y la posterior relación sentimental. Sus peleas y sus citas, sus sueños y anhelos del futuro.

Necesitaba desahogar ese año ahora, para después comenzar a sanar.

Su pecho y sus hombros se movieron, como si se estuviera riendo y no llorando. Sus sollozos plagaron en la habitación, en sintonía con el reloj en la pared, cuyo tic toc le robaba la calma.

Cada segundo punzaba en sus sienes, le daba puñaladas invisibles en el pecho.

Lento, el tiempo transcurría lento.

Tic toc, tic toc, tic toc.

-Tic toc -susurró, debía de pasar página.

Y por muy fácil de decir que fuera, hacerlo no sería sencillo.


¡Hola!

Bueno, realmente no sé ni qué decir con este OS. Al hacerlo, traté de darle mil vueltas a la manera en que podía agregar el drama, y al final, no lo dejé en todo xD... pero es que no encontraba la forma de mantener lo más posible las personalidades de los dos (más bien, Elsa). Lo gracioso fue que pensé el OS de manera distinta y terminó siendo de otra forma T-T, no, no... lo gracioso es que sí he visto buenas relaciones a distancia y creo en algunas de ellas, pero aquí le doy varios argumentos en contra. Ahí juzgan el cap, y ahí se consiguen a un treintañero que se acuerde de sus años 90, yo no confío mucho en mi fuente jajaja

En fin, aunque como se lo dije JDayC, tenía pensado hacer la separación, va dedicado a ella, porque le interesaba ;)

Debo de irme, me extrañan ;), en un par de días comenzaré a devolver reviews, perfil o PM, así que no crean que los ignoraré.

Se cuidan, bonita semana :D

HoeLittleDuck