Él suelta una carcajada burlona y ella forma una sonrisa tímida. El cabello rubio se mueve con el viento y las hebras rojizas terminan en unas patillas alargadas. Los ojos verdes tienen malicia, los azules encanto. ¿Qué se puede concluir? Siempre hay tiempo para Elsa... y también Hans.


Disclaimer: Por aquí o por allá, ni asomo de mí encontrarán. Si de casualidad llegan a reconocer algo, pues no es mío. Todo pertenece a sus respectivos creadores, aunque no me enojo si desean darme una mínima porción.


Aclaraciones/advertencias: Helsa-Hansla-Iceburns. Modern AU. OC. Puede que en algún momento llegue a tener OoC. Conjunto de historias sin orden aparente pero interconectadas entre sí. Los géneros se aclararán al comienzo de cada capítulo. Tal vez de lo que se carezca un poco sea de revisión. Me imagino que podrían haber momentos Fluff.


Genre: Romance


Un momento u otro

Comenzando a echar raíces


-¿Dónde pasarás las fiestas decembrinas? -preguntó su novio Hans, en el momento en que ella volvió del sanitario y se ubicó junto a él en el querido sofá de su apartamento, para seguir viendo la película que pasaban en el televisor.

Elsa apoyó su cabeza en el brazo extendido del pelirrojo, pensando con detenimiento sobre el asunto. El año pasado ella y Anna habían estado en casa de sus tíos, debido a la reunión que hicieron por el regreso de Eugene y Rach de su luna de miel de dos semanas. El único contacto que pudo mantener con Hans fue por vía telefónico, ya que él se quedó en la ciudad, porque su familia se reuniría en la casa de su hermano Will, que residía allí con su propia familia.

¿Qué haría este año?, se preguntó mirando la pantalla. El año anterior la celebración había sido inmensa, por el comienzo del nuevo siglo y eso de que la humanidad se enfrentaría al "fin del mundo". Este año Anna estaba de intercambio en Inglaterra y sus tíos estaban en una segunda luna de miel, en un crucero cerca de Oceanía.

Apretó los labios en un mohín que reflejaba duda y Hans, que sabía esperaba su respuesta, rió en voz baja, seguramente adivinando sus pensamientos.

-¿Qué te pasaría reunirte conmigo y mi familia? -sugirió él, disminuyendo el volumen del televisor. Ella se incorporó para mirarlo mejor. Claro que conocía a su familia, lo había hecho hacía años en una fiesta de cumpleaños de su padre, pero le parecía que Hans no estaba diciéndolo todo. Él suspiró al sentir su mirada-. Este año papá tuvo algunos problemas de salud y no podrán viajar, así que la celebración será en la gran casa Westergaard, en mi ciudad natal.

El aire se atoró en su garganta, después de mudarse tras la muerte de sus padres, ella no había regresado. Sus tíos y su prima dejaron de vivir allí cuando Rach entró a la universidad, y como ellos se volvieron sus tutores legales, su hermana y ella habían partido sin mirar atrás. Con quince y dieciocho, respectivamente, lo único que pensaban era en su propio dolor, apartándose del lugar donde sus padres habían muerto. No habían tenido por qué regresar, las cenizas de sus padres estaban en alguna parte del mar.

-Estaré bien aquí -susurró, aunque sabía que sus pocos conocidos se reunirían en pareja, y ella no quería hacer de violinista-. Ve con tu familia -completó tomando el control remoto y aumentando el volumen del televisor, recostándose en el sillón.

-Elsa… -dijo él, cogiendo el control remoto y apretando el botón de silencio-. Me quedaré aquí contigo, entonces -anunció sonriéndole, pero ella negó con rapidez. -No dejaré que pases sola una semana, y no me harás cambiar de opinión.

-Hans -realizó un suspiro sonoro y se acomodó en el sillón, de manera que quedó sentada sobre sus piernas, mirándole. Sabía que cuando a él se le ocurría algo, era muy difícil poder llevarle la contraria. -Disfruta con tu familia, sabes que es su costumbre reunirse en estas épocas, cuando la larga línea puede verse y comentar acerca de sus vidas -colocó una mano sobre la pierna de Hans, dándole unas palmadas animadas-. Me sentiré mal si no vas -expresó con sinceridad.

-Estaré incómodo sabiendo que estás aquí sola, Elsa -masculló él, posando su mano gruesa sobre su rostro-. Así que no iré -se inclinó hasta ella y besó sus labios castamente. -El próximo año es turno de celebrar con Brandon, y podrás ir conmigo, ¿de acuerdo?

-No -respondió con firmeza, él enarcó una ceja, conociendo ese tono que obligaba a los otros a hacer su voluntad. Exhaló y pasó su mano por su cabello rubio, deshaciendo la coleta que tenía hecha. -Iré contigo a casa de tus padres, este año -aseveró, no provocaría que él se apartara de su familia en una época especial para ellos-. Ya es tiempo de volver, los recuerdos de allá son más gratos que los de otra parte -aseguró, con la certeza de que no mentía. Si bien sus padres murieron en las afueras durante un accidente automovilístico, allí su familia pudo disfrutar momentos muy buenos, incluso ella los tuvo por su cuenta. Fue donde conoció a Hans.

-No es necesario que lo hagas Elsa, sé que se te ha ocurrido que sería tu culpa que no estuviera con ellos, pero no me estás obligando, yo tomé la decisión, comprendo perfectamente tu reticencia a volver -con una agilidad envidiable, la tomó en sus brazos colocándole sobre su regazo, de manera que sus ojos se encontraran-. En verdad, si no deseas ir, no te obligaré…

-Voy a ir -declaró rotundamente, y por la risa de él, supo que captó el mensaje, al igual que él, era muy difícil hacerle cambiar de opinión cuando mostraba una gran determinación.

-Muy bien, compraré los boletos para el vuelo del próximo viernes -manifestó Hans, dándole la vuelta para que ambos tuvieran la vista fija en el televisor. Él subió el volumen nuevamente, y los sonidos de Home Alone llenaron nuevamente su pequeña sala. Era común que transmitieran la película con lo cercano que estaba la Navidad.

-Espera -musitó en voz baja, y él apretó su mano dándole a entender que le escuchaba-. ¿Estás seguro que puedes llevar a alguien más?, ¿le preguntaste a tu madre? -se giró para verlo.

Él soltó una carcajada.

-Serás una sorpresa -dijo y la besó antes de que pudiera seguir hablando, haciéndole olvidar por completo la conversación.


Escuchó a Elsa suspirar cuando salieron del aeropuerto y tomaron un taxi para llegar a la casa de sus padres. Él sabía lo mucho que a ella le costaba estar de nuevo en la ciudad, lo que le dolía la ausencia de sus padres, pero también conocía su fortaleza para afrontar un gran número de circunstancias; aunque no de la manera más sana posible, ya que el año en que murieron sus padres, y que coincidió con su ingreso a la universidad, provocaron que se enfrascara tanto en sus responsabilidades, que olvidó tomarse mayor importancia.

Pero ahora él estaba con ella y se encargaba que ella lo hiciera. Colocó su brazo sobre su hombro y la acercó a él para besar su cabeza. Esta mujer sería siempre su debilidad más grande, llevaba mucho tiempo siéndolo.

Sintió a Elsa estremecerse cuando pasaron por su antigua casa, que quedaba en el camino de regreso, acarició su brazo con lentitud, para brindarle soporte. El abrigo azul no permitía gran contacto entre su mano y su brazo, pero lo esencial era demostrarle que estaba con ella.

-¿Estás seguro que no habrá problema con mi presencia? -cuestionó ella por enésima vez, haciéndole reprimir una sonrisa. Claro que no habría problema, aunque su madre era la única conocedora de su visita, a los demás les tomaría por sorpresa, principalmente después de lo que le preguntaron por ella en la navidad después de su rompimiento.

-Ninguno, deja de preocuparte -murmuró sobre su cabello, mirando el exterior, donde comenzaba a nevar. -Mira afuero, pareciera que estaba esperando a que llegara nuestro vuelo -ella rió y asintió, emocionada por su estación favorita.

Transcurrieron veinte minutos hasta llegar a su hogar, cuando la nieve apenas y cubría unos milímetros del suelo. Observó su casa de la infancia, que tampoco había visto nuevamente tras partir cuando entró a la universidad, seis años y medio atrás. Qué rápido había pasado el tiempo.

Abrió la puerta del taxi y descendió, después de pagar al conductor, que bajó para sacar sus cosas del maletero. Ayudó a Elsa a salir del vehículo, mientras ella fijaba su mirada en su casa. Lo único que había cambiado era el color, ya no era un tono marfil como hacía algunos años, sino de una tonalidad amarillenta, no muy llamativa. Las columnas que enmarcaban las escaleras de la entrada tenían enredaderas de rosas rojas con sus capullos cerrados, en la parte alta del segundo nivel caían unas luces de colores en cascada, acordes a la temporada navideña. En la parte alta había un adorno de Papá Noel, que Karl y él le exigieron a su padre.

En el porche estaba la mecedora de madera, y apreció a Fido, el gato anaranjado de su madre, recostado sobre ella. El pobre ya estaba en sus últimos años, pues se lo regaló a su madre mucho tiempo atrás, en su cumpleaños cuarenta y cinco, hacía doce años. Le impresionó ver que con el frío estaba fuera, pero seguramente Sitron estaba haciendo mucho ruido por los preparativos para el día de mañana, Nochebuena.

Apartó sus ojos de su casa y cogió las maletas para llevarlas dentro, instándole a Elsa a avanzar, con la bolsa de viaje que llevaba pequeñas cajas de regalo para sus sobrinos. Los demás obsequios él los compró unas semanas atrás, y los había enviado al espantoso árbol que ocupaba la habitación contigua a la sala. En fechas como ésta, se cuestionaba la salud mental de sus padres, que como hijos únicos no quisieron una familia pequeña (su única familia fue ese primo lejano que falleció dejando a Will y Leo a su cargo).

Subió las escaleras que llevaban a la puerta delantera y le hizo una señal a Elsa para abrir, sabía que si el gato estaba fuera, había personas en casa. Ella siguió su instrucción y escuchó el ladrido de Sitron, que continuamente estaba en compañía de su padre, ambos unidos con su vejez.

Rió soltando las maletas, mientras su querido perro olisqueaba a Elsa un momento, antes de saltar emocionado hasta él. Acarició su hocico dorado, maravillándose por la energía que mostraba tener a pesar de sus once años.

-¿Qué ocurre Sitron? -escuchó una voz familiar, y el perro ladró para atraer a su padre. Sonrió al ver a su progenitor, que andaba apoyado en un bastón. Con sus sesenta y seis, se desesperaba por tener que recurrir a él, pero la amenaza de infarto le tenía un poco desvariado.

Los ojos verdes de Ernest Westergaard se abrieron con alegría al verlo, mucho más cuando repararon en la rubia que le hacía compañía, la cual se desprendía de su abrigo y dejaba al descubierto su suéter blanco de cuello alto, en combinación con el pantalón gris.

-¿Elsa Delle? -interrogó Ernest en reconocimiento, caminando hasta la joven. Su madre había cumplido con no decir a nadie más de su relación con Elsa desde un año atrás, de lo contrario había sido acorralado por las llamadas en todo el tiempo transcurrido. -¿La misma jovencita adorable que fue novia de mi hijo? -inquirió, llegando hasta una sonrojada Elsa-. ¡Qué agradable tenerte con nosotros! -abrazó a su estupefacta novia, y desde la cortina que hacía su cabello rubio, pudo ver a su padre dirigiéndole una mirada indagadora.

Sonrió de lado y se apartó de Sitron, acercándose para saludar al hombre de cabellos grisáceos.

-Hijo, tienes mucho que explicar -aseveró su padre abrazándole y palmándole el hombro. Esas muestras de cariño a veces se le hacían extrañas, pero era lo que había provocado el estatus de abuelo de Ernest. -¿Cómo va el trabajo? -interrogó al momento en que su querida madre aparecía al final del pasillo, saliendo de la cocina.

-¡Hans! ¡Elsa! -exclamó animada, girándose para instruir a un empleado para llevar sus pertenencias a sus habitaciones. Llegó hasta ellos y los hizo entrar a la sala lateral después de darles dos abrazos fuertes. Los obligó a sentarse en los sillones. -Se supone que avisarías, hijo -reprendió su madre, enfocando sus azules en los de él. -Parker los habría recibido en el aeropuerto -completó, en referencia al primogénito de los Westergaard, que vivía muy cerca.

Rió y negó.

Su madre volvió a abrazar a Elsa.

-Tenía tantas ganas de verte de nuevo, querida. Desde que Hans me dijo que estaban juntos, contaba los días para que nos visitaras. -Elsa rió sonrojada, pero no pudo responder por la siguiente acusación de su padre:

-¿Lo sabías, Kelly? -sus ojos verdes se mostraron indignados, mientras negaba profusamente con la cabeza-. Cuántas cosas no me habrás dicho. Se supone que yo soy el jefe de la familia.

Escuchó la pequeña risa de Elsa y le guiñó un ojo.

-No seas gruñón, Ernest -su madre contenía las ganas de reír. Él sonrió viendo el árbol de navidad de la habitación contraria, con una montaña de obsequios a sus pies. Su altura rondaría los tres metros, las luces y esferas rojas brillaban haciendo contraste con el verde de las hojas, las tarjetas y figurillas realizadas por sus sobrinos hacían que perdiera la elegancia del árbol de una familia prominente, para dar paso a uno más hogareño (a pesar de la monstruosa altura). -Recuerda que hoy vamos a hacer la entrega de regalos al orfanato.

Sonrió escuchando el bufido de su padre, él prefería el anonimato después de adoptar a muchos niños de ahí, pero su madre aseguraba que si no todos eran sus hijos, allí los que sí lo eran pasaron algunos años y merecían agradecer por los cuidados provistos.

Complementando sus palabras, la puerta principal se abrió, y las voces provenientes de Mark, Paul, Richard, Henry, Bill y Ben -los seis con que no compartía lazo sanguíneo- llenaron la casa. Cerró los ojos esperando lo inevitable, mientras llevaba dos dedos de su mano izquierda al puente de su nariz.

-Mamá, papá -saludó Mark, el número tres-. Hans y… ¡Elsa! -voceó soltando una risa, que le hacía dudar de sus treinta y ocho años… y sus tres hijos.

-¡Elsa! -exclamó Richard, el número cinco, o quizá fue su gemelo Henry, el número seis, al ser idénticos hasta su voz era similar.

Abrió sus ojos y vio a su pobre novia recibiendo los abrazos afectuosos de todos sus hermanos, que enfocaron su mirada en él. Todos portando expresiones que presagiaban una semana nada pacífica.

Sin embargo, amó más a su madre, porque interrumpió en el momento perfecto:

-Se nos hará tarde -señaló el reloj en su muñeca-, después podrán fastidiar a su hermano todo lo que quieran -pensó muy rápido lo de amar más a su madre-. Hans, Elsa, nosotros debemos de irnos, los dejaremos descansar esta tarde -les sonrió e hizo salir a todos los hombres que le harían compañía.

La rubia rió cambiándose de sillón, pues antes estuvo en el mismo que sus padres.

-Siempre pensé que Anna igualaba a tres de tus hermanos, pero veo que me he equivocado -aseveró, mientras él asentía desanimado. Ella se encogió de hombros y cogió el control remoto, mirando con alegría la bandeja con galletas de chocolate que dejó una empleada en ese momento, antes de partir. La casa quedó para ellos solos.


Pasada la primera hora de escuchar villancicos en el televisor, cambió el canal, y se deleitó al oír que Elsa comenzó a narrar los aspectos del programa que estaba mostrando, y la relación con los hechos que leyó en una revista científica. La verdad que poco le importaba el tema, pero le fascinaba percibir la pasión de ella al hablar, así como la suavidad de su voz.

Después de unos momentos su plática se modificó, ahora era sobre la conversación que tuvo con su hermana el día anterior -que él conocía porque habló con Anna por la noche-, por lo que decidió poner su plan en acción. Tomó el control remoto y casualmente elevó el volumen del televisor, como si no tuviera interés en su plática. Sabía que por tratarse de su hermana Elsa se molestaría, principalmente porque le compartía los sentimientos que tenía por la lejanía con ella, cuando le era muy difícil hablar de ellos en voz alta.

Esperaba que le perdonara más tarde, pero el fin justificaba los medios. Volvió a ascender el volumen y tamborileó sus dedos en su pierna izquierda.

-¿Hans? -llamó ella en voz baja, y él sonrió para sus adentros. Elsa se había percatado que no le estaba oyendo del todo.

-¿Sí? -dijo con voz interesada, a lo cual ella suspiró y habló sobre que estaba nevando con más fuerza, lo hermoso que se vería la siguiente mañana.

-Creo que estoy hablando a la nada -musitó ella en voz baja. Sonrió con malicia, apagando el televisor y salió rumbo a la cocina.

-¿¡Decías algo!? -cuestionó, esperando que Elsa también fuera donde él. Y así lo hizo.

-No, Hans -respondió su novia, encogiéndose de hombros, seguramente ni se había percatado que esa indiferencia de su parte no era común. Cuando Elsa comenzaba a hablar de sus sentimientos, se enfocaba tanto en decir las palabras correctas para no herir a nadie, que no pensaba más allá de que la persona fuera herida.

-Muy bien, ¿quieres algo? -interrogó-. ¿O por qué me seguiste? -agregó, y se sintió un patán por la manera en que hizo su pregunta, como si le importara muy poco ella. Suspiró e ignoró brevemente la mirada triste de Elsa, que seguramente estaría pensando que se arrepentía de haberla llevado a su hogar, cuando era todo lo contrario. Por todos los cielos, amaba a esa mujer como era, pero a veces le frustraba lo insegura que la habían hecho conforme crecía. Ella era una persona maravillosa y la única que no se percataba de ello era la rubia.

-Ya me voy -anunció su novia, y él rió encogiéndose de hombros. Ganándose una mirada enfadada de la rubia, que salió al pasillo.

-¿Sabes cuál es la habitación que ocupas? -inquirió apoyándose en la pared del pasillo, mientras la veía lejos. -¿Quieres mi ayuda? -completó aunque Elsa no le hubiera respondido.

-¿Por qué te comportas así?

-¿Así cómo? -la indiferencia en su tono fue de lo más convincente para ella, que masculló un "saldré un rato". La vio abrir la puerta sin tomar sus abrigos.

Ya era suficiente.

La siguió y gritó lo que no se había animado a decir de forma convencional:

-¡Cásate conmigo! -sus palabras coincidieron con sus pasos en las escalerillas, y ella giró voceando un "¡¿Qué?!" antes de resbalar. Corrió escuchando su exclamación de sorpresa.


-¡¿Qué?! -exclamó al tiempo que perdió el escalón, cayendo sobre la nieve suave, que ya se había acumulado en el suelo.

-¡Elsa! -escuchó que le llamaba Hans, mientras sus brazos le ayudaban a incorporarse para sentarse-. ¿Estás bien? -él palpó su cuerpo buscando alguna herida, mientras lo escuchaba blasfemar en voz apenas audible.

-Estoy bien, caí sobre la nieve -rió un poco-. ¿Qué… dijiste? -preguntó haciendo a un lado el enojo que sintió cuando él la ignoró deliberadamente, ¿era posible qué… lo hiciera para eso? -Me pareció que… dijiste… -recuperó el aire perdido por la impresión.

Él sonrió, mientras la nieve se acumulaba en su cabello rojizo, sin importale que el frío parecía aumentar.

-Sí, sé que no soy un romántico, y llevo tiempo planeando cómo preguntarte, pero sí. No fue la forma indicada, pero, demonios, sí. Me gustaría saber si quieres convertirte en mi esposa, si te gustaría pasar el resto de tu vida a mi lado -su mano izquierda se posó en su cara, acariciándole con lentitud, la derecha se introdujo en su bolsillo-. Si me permitirías ser el padre de tus hijos, si soportarías mi fastidiosa presencia junto a la tuya -sonrió y parpadeó sintiendo una conocida molestia en sus ojos, a causa de las lágrimas. Él extrajo una caja de terciopelo azul y la colocó en su regazo. -¿Aceptarías casarte conmigo?

Con discreción tomó un poco de nieve y la estampó en su cara, riendo y contagiándolo a él.

-Claro que sí -murmuró abrazándolo, sintiendo la nieve caer sobre sus cuerpos. -Te amo -dijo en su oído.

-Yo también te amo, Elsa -manifestó él acariciando su espalda, antes de separarle de sí, tomando su mano izquierda.

Abrió la caja de terciopelo y extrajo un bonito anillo con un pequeño diamante blanco y una banda dorada con pequeños espirales, nada ostentoso, como a ella le gustaba. Se lo colocó con delicadeza, sonriéndole con arrogancia.

-Vamos dentro, que me estoy helando -pidió él levantándose y sujetándola en brazos. Rió mientras negaba, y Fido maulló siguiéndolos.


¡Hola!

¡Es un día muy feliz! ¿El motivo? No lo sé, y no me importa.

Este OS lo tenía planeado desde hace mucho, por lo menos la parte final, y hasta ahora he podido escribirlo. Hasta ahora recuerdo que nadie pidió cómo inició su compromiso (sino me corrigen), por lo tanto no es dedicado a nadie. Quise introducir un poco a la extensa familia de Hans, más tarde se mezclarán un poco y me pareció que debía haber algo que los hilara.

Para ahorrarme confusiones con ellos (tuve que corregir algo en el OS anterior), aquí quedan plasmadas sus nombres y edades en este (y de lo que me guiaré después): 13. Hans, 25; 12. Karl, 29; 11. Brandon, 32 (hermanos biológicos de padre y madre); 10. Leo, 32 (primo); 9. Ben, 32; 8. Will, 34 (primo); 7. Bill, 35; 6. Henry, 36; 5. Richard, 36 (gemelo con Henry); 4. Paul, 37; 3. Mark, 38 (todos ellos adoptivos); 2. Austin, 40; 1. Parker, 43 (medios hermanos). ¡Listo! Lo publico porque después pierdo dónde lo dejé jajajja.

Bueno, espero que sepan aceptar la ausencia después de éste (no les doy una fecha precisa), pero les dejo una opción, tengo todos estos planeados, y me pueden decir cuál les gustaría que fuera el siguiente: el primer encuentro después de que se vuelven a ver; él comenzando a usar lentes; la boda de ellos dos; una idea de campamento, que se me ocurrió después de la otra; su primer beso; se enteran del primer embarazo; en el parque con Emma y Phillip; la fecha en que comenzaron a salir; la fiesta de cumpleaños donde Elsa conoció a la familia de Hans; algo antes de que ocurra el accidente de Hans. Lo único que sí tengo asegurado es una escena navideña, pero cuando llegue la fecha :3

Creo que ya basta de tonterías de mi parte, ¡qué disfruten lo que queda de la semana!

Un enorme abrazo,

HoeLittleDuck