Él suelta una carcajada burlona y ella forma una sonrisa tímida. El cabello rubio se mueve con el viento y las hebras rojizas terminan en unas patillas alargadas. Los ojos verdes tienen malicia, los azules encanto. ¿Qué se puede concluir? Siempre hay tiempo para Elsa... y también Hans.


Disclaimer: Por aquí o por allá, ni asomo de mí encontrarán. Si de casualidad llegan a reconocer algo, pues no es mío. Todo pertenece a sus respectivos creadores, aunque no me enojo si desean darme una mínima porción.


Aclaraciones/advertencias: Helsa-Hansla-Iceburns. Modern AU. OC. Puede que en algún momento llegue a tener OoC. Conjunto de historias sin orden aparente pero interconectadas entre sí. Los géneros se aclararán al comienzo de cada capítulo. Tal vez de lo que se carezca un poco sea de revisión. Me imagino que podrían haber momentos Fluff.


Genre: General

Gracias nicole-thegirlwhowrites, por la sugerencia.


Un momento u otro

Tan sutil como una letra


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Tener la certeza de que hay un texto frente a ti y ver una línea es una situación en la que no quieres encontrarte. Levantarte a lavar tu rostro, volver y experimentar lo mismo es algo mucho peor.

Dormir ocho horas durante la noche e intentar leer cuando estás descansado, y descubrir que no puedes hacerlo supera con creces las dos veces anteriores en que tampoco pudiste.

Aceptar que tu vista no es la de antes es un proceso muy difícil por el cual debes pasar. Enfrentarte a que dependerás de un pequeño objeto que sostienes con un dedo no es sencillo.

Claro que no.

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—¿Hans, te ocurre algo? —preguntó Elsa preocupada mirando a Hans darse un masaje en la sien. Parecía estresado, pero él había asegurado que no tenía un caso pendiente —por lo menos uno muy importante—, sino que estaba en la espera de algo emocionante. Por ese motivo no entendía que desde días atrás lo viera molesto por alguna razón que se negaba a compartir. —¿Hay algo que…

—No, no es nada de qué preocuparte Elsa —musitó él levantándose del sillón en que se encontraba para ocupar el mismo que ella; pasó el brazo por su cintura y la pegó a su pecho. —Unos recién casados no deben preocuparse por cosas del trabajo, pero —agregó al ver que ella iba a abrir la boca— no hay nada del trabajo que me preocupe. Lo único en que tengo puesta mi mente es en ti, preciosa —dijo él recostándola en el sofá—. Y no creo que nada sea más importante que eso —completó mordisqueando su cuello.

Bastaba decir que la cuestión quedó olvidada, de momento.


Elsa observó detenidamente a Hans, sin que él se percatara. Lo veía ocupado en uno de los documentos de su trabajo, frunciendo el ceño, mientras alejaba los papeles de su rostro, haciendo esfuerzos con los ojos.

Algo ocurría allí.

Le parecía reconocer esos gestos.

Sonrió levemente. Ya sabía de dónde. Uno de sus alumnos había hecho lo mismo y ella lo había comentado a sus tutores, y como resultado el niño ahora utilizaba unos lentes de aumento.

Se acercó a él y colocó su mano en sus cabellos, acariciándolos lentamente, sintiéndolo relajar bajo su toque.

—¿Has pensado en hacerte una prueba de la vista? —cuestionó en tono suave, aunque quizá sin mucho tacto, porque notó que él se tensaba tras la pregunta.

—No necesito lentes, Elsa —masculló él acumulando los papeles en un fólder verde. —Sólo estoy agotado, el día de hoy mi jefe me mantuvo dando vueltas y no estoy como para pasar el resto de la tarde leyendo —manifestó guardando sus bolígrafos, computadora y papeles en el portafolio de cuero que ella le regaló unos meses atrás. —Ese hombre en verdad es un abusador.

Rió escuchándolo, "tragándose" su excusa.

Encontraría otra ocasión en la cual volver a hacer su sugerencia.


—¿Podrías ir al supermercado a comprarme los ingredientes que me faltan, Hans? —preguntó señalándole la hoja en que había apuntado lo que necesitaba ser comprado para el pastel de chocolate del cual una amiga de Anna le pasó la receta. Él dijo tener la mañana de ese sábado libre, así que mientras ella terminaba de hacer unas planeaciones, podría aprovechar el tiempo para adquirir los ingredientes y para la cena puede que tuviera ese rico postre.

Hans tomó el papel de la mesa de café de la sala y lo miró, pero después le vio hacer una breve mueca de fastidio, antes de alejar la lista de sus ojos, unos quince centímetros.

Claramente sí necesitaba lentes, pero era tan testarudo que no querría aceptarlo.

—Hans, ¿seguro que no quieres ir a hacerte una prue… —Con una mirada enojada, él cortó su discurso. Se encogió de hombros inocentemente, aunque sabía que el tono divertido en que lo dijo pudo haber sido molesto.

Pero sabía que con Hans debía de dejar de lado la sutileza y dulzura. Sino, pasarían treinta años y él no daría su brazo a torcr.

—No, Elsa. No seré un cuatro ojos —espetó él palpando su bolsillo trasero para sentir la billetera, para luego besar su coronilla y salir de la casa.

Suspiró.


—¿Cuál crees que sea la mejor letra de estos dos alumnos, Hans? —interrogó entrando al estudio de la casa, caminando hasta el escritorio, donde su esposo se encontraba "leyendo" unos archivos (lo cual había dicho que haría).

Apoyó su trasero en la superficie de caoba de la mesa y extendió dos hojas frente al rostro de Hans, que talló sus ojos inútilmente.

—¿Entonces? —Lo miró alzando sus cejas, esperando una respuesta. —¿O necesitas que los aleje? —sugirió inocentemente. No le gustaba jugar con la situación, pero ese esposo suyo era muy testarudo. —¿Hans?

Él negó. —El de la derecha, tiene mejores trazos en sus aes —musitó él apartando la vista rápidamente.

—O, perfecto, yo pensé exactamente lo mismo —se levantó con gracia dándole un casto beso en los labios. Llegó hasta la puerta y se apoyó en el marco— pero del de la izquierda. El de la derecha era una repetición del mo y del no.

—Me refería al que tenías en tu mano derecha, no el de mi derecha… —Trató de arreglar él, pero ella negó.

—¿Cuándo aceptarás que… —No, Elsa. Nadie en mi familia… —Eso no significa… —Mejor déjalo así.

Elsa se cruzó de brazos refunfuñando y salió de la habitación.


Elsa entró al baño del dormitorio y vio a Hans abriendo el botiquín tras el espejo del lavabo. —¿Qué tienes? —preguntó con preocupación, acercándose a él y olvidando la ducha que iba a darse. Él extrajo una caja de aspirinas y dejó un comprimido en su mano.

Ella llenó el vaso de agua mientras él devolvía la caja a su sitio.

Hans llevó la pastilla a su boca, bebió el agua y tragó molesto. A él le fastidiaba tener que consumir medicamentos.

—¿Me dirás qué tienes? —insistió nuevamente, tomándole la mano y sacándole del cuarto de baño, dirigiéndolo a la mullida cama de su habitación. Él puso sus dedos sobre su sien y realizó un masaje. —¿Hiciste algo hoy que provocara tu dolor de cabeza? —Él negó débilmente y se recostó en el colchón.

—Estos días he tenido terribles jaquecas —susurró antes de dar un profundo suspiro—, y estoy harto.

—Hans, cariño —sustituyó los dedos de él por los suyos y besó su frente—, ¿no se te ocurre que pueda deberse a ese problema de visión que has estado experimentando últimamente? —dijo en tono suave, sintiendo que él se rendía ante las caricias que le propinaba. —Es por tu bien. No cambiarás por llegar a utilizar lentes, amor. Al contrario, será beneficioso para ti. Si tienes que usarlos me sentiré orgullosa de que superes ese rechazo que les tienes, piensa además en la gran ayuda que serían para ti.

—Elsa… ¿y si no es la vista? —interrogó él, temeroso.

—No tenemos que pensar lo peor —aseguró—, y si fuera… otro… el motivo, yo estaría contigo. —Hans le hizo recostarse a su lado—. Pero tengo el presentimiento que sí se debe a que necesites lentes.

Sintió el suspiro de Hans cuando se apoyó en su pecho.

—Y si llegaras a utilizarlos, para mí serías el mismo Hans que amo. Además… —agregó en tono coqueto—…creo que te verías muy sexy con ellos.

Él rió con grandes carcajadas.


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Verte en el espejo utilizando el objeto al que tanto rehuiste es una imagen que tomas tiempo en procesar, a la que poco a poco te deberás acostumbrar.

Saber que gran parte de las cosas que haces es tu vida diaria dependen de ellos no es fácil de digerir.

Pero encontrarte con que las molestias se han ido y que puedes continuar con tus actividades es un alivio.

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Hans observó su rostro en el retrovisor de su automóvil, viendo con extrañeza la barrera que tendrían sus orbes verdes desde ese día.

No, debía asimilar que no eran una barrera, porque esa palabra tenía una connotación negativa más que positiva, sino una ayuda.

Los había ido a buscar hoy, antes de pasar por Elsa al colegio para comer juntos, y acababa de probarlos. Finalmente —y con alegría, aunque fuera difícil de admitir— había podido leer con normalidad las palabras que decían sus papeles.

Y él que tanto se había negado, qué iluso.

Al principio se sintió extraño y un poco mareado, pero minutos después comenzó a tener mayor soltura con ellos, al grado de querer ponerse al día con su trabajo atrasado, allí en el coche. Pero ya tendría tiempo después.

Volvió a mirarse en el espejo, notando que no se veía tan ridículo como pensó que lo haría. Tardaría semanas en acostumbrarse —puede que con su vanidad fueran meses—, pero sabía que era necesario. Además, sólo eran para leer.

Reprimió una sonrisa, se quitó los lentes y los guardó en su estuche, que fue a parar al bolsillo interior de su traje. Tenía que ir por Elsa.

Descendió de su BMW plateado, decidiendo que ya no le agradaba tanto como antes y accionó la alarma. Fue hasta el aula donde ella impartía clases —para alumnos de segundo—, pensando en que era un poco temprano para recogerla, pero ya estaba allí. Caminó disfrutando de la paz que suponía que no hubiera muchos niños fuera del aula y llegó al edificio en que Elsa se encontraba, decidiendo que esperaría en las jardineras hasta que pudieran retirarse.

Pero, al pasar junto al salón donde estaba Elsa, se detuvo.

Era la primera vez que lo podría ver impartiendo una clase, y no desaprovecharía la oportunidad.

Ella estaba de espaldas a él, y no se percataba de su presencia, por lo que pudo permitirse admirarla unos minutos.

Elsa estaba señalando unos números en la pizarra, repitiendo a los niños las tablas de multiplicar que perfeccionarían en el próximo curso. Ellos le veían atentos y repetían cuando ella se los pedía, recibiendo aplausos de su esposa por su buen trabajo. Ella los dejó practicarlas por su cuenta en casa y les pidió que guardaran sus útiles, en espera del timbre que anunciara el final del día.

Se dispuso a apartarse para no ser descubierto, pero le atrajo la escena que se presentó entonces: un niño rubio se acercó a ella y con felicidad exclamó que uno de sus dientes se habían caído, y que podría dejarlo bajo la almohada para recibir una moneda de parte del hada de los dientes.

Rió divertido por el cuento que les hacían creer, pero sonrió con ternura al ver a su esposa tocar la punta de la nariz del menor con cariño y decirle unas palabras en un susurro.

Algo en la escena le hizo remover sentimientos en él. Cuando comenzó a salir con ella, se la imaginó como su pareja y la felicidad que tendrían juntos; al proponerle matrimonio, continuó aquel pensamiento, pero se aunó la idea de que en algún momento no sólo serían ellos dos; al casarse, estaba completamente seguro que quería disfrutar de lo que tenían los dos solos —y acordaron que el tema de los bebés podrían hablarlo más adelante, aunque estaban decididos en que fueran tres; pero ahora, verla con ese niño rubio le instó a dejar volar su imaginación.

La pensó embarazada con un hijo, radiante, ilusionada; la imaginó con un pequeño o pequeña rubia entre sus brazos, ensimismada, acariciando el pequeño rostro con todo el amor que ella era capaz de dar.

Nunca había tenido una imagen tan nítida de ella como madre, sabía que en el futuro llegaría el momento en que ellos lo serían, pero no tenía idea cómo sabrían cuando fuera el momento adecuado.

La miró recorrer el salón cerciorándose de que todo estuviera en orden, y anexó a sus pensamientos él compartiendo ese rol de padres.

Antes, hacerlo le daba temor, un niño era una responsabilidad inmensa, pero… ¿en algún momento se tendría la preparación necesaria para tener un hijo? No lo creía, la vida del pequeño estaría colmada de tantas experiencias que no podían alistarse para cada una de ellas.

Él, ahora, estaba dispuesto a intentarlo, junto con ella, la única mujer con la que se creía capaz de afrontar una de las tareas más arduas de su vida, pero que tenía la certeza que sería maravillosa.

Salió de su letargo y sonrió en dirección de Elsa, que aún no se había percatado de él, interesada únicamente en los niños. Necesitarían conversarlo, no sólo valía lo que él quisiera.

Y si ella aún no lo quería, él esperaría cuanto fuera necesario.


Horas más tarde, recostado en la cama, leía los últimos papeles de ese día, agradeciendo que sólo restaran unos cuantos, que no precisaban que conociera la información para el día siguiente.

Llegó al pie de la página y cerró el fólder, dejándolo en la mesa de noche del lado izquierdo de la cama.

La puerta del baño se abrió y apareció Elsa vistiendo su bata, lista para acostarse. La vio sonreír ampliamente y caminar hasta su lado para quitarle los lentes y dejarlos sobre el fólder.

—Te dije que te verías sexy, Hans —susurró ella y rió cuando él la tomó de la cintura y la alzó para depositarla en su regazo. —No me podía equivocar cuando tengo un esposo… —La interrumpió depositando un beso dulce en sus labios—…muy apuesto.

—Hoy te vi mientras dabas clases —murmuró mientras besaba su cuello y la sentía estremecer —era su punto sensible.

—¿Qué dirías de mi desempeño? —dijo ella enlazando sus manos tras su cuello. Él sonrió y elevó su boca hasta su oído.

—¿Recuerdas cuando mencionamos que nos gustaría tener tres hijos? —expresó con lentitud y la caricia que ella había comenzado en su cabello se detuvo.

—Sí, ¿por qué? —interrogó Elsa separándose levemente de él.

—¿En qué momento te gustaría tenerlos?

—Pues me gustaría que fuera mientras estamos jóvenes, para poder tener las energías que creo podrían ser necesarias, ¿y tú? —Los ojos azules de ella se veían brillantes, ilusionada quizá por alguna imagen que hubiera creado en su cabeza.

—¿Qué opinarías si te dijera que ahora? —Acarició los cabellos que pertenecieron a su flequillo antes de que crecieran. Elsa sonrió ampliamente.

—Te diría que me agrada la idea. —¿En verdad? —Sí.

Unieron sus labios en un beso lleno de promesas.


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Tal vez, más allá de lo bueno del uso de los lentes —que han dejado de ser el objeto—…Descubrir que hay cosas que no veías antes, quizá es lo mejor que puede haberte pasado.

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¡Hola! (como se nota que no tengo qué hacer)

Acabo de hacerlo hace una hora, por lo que me perdonarán que haya alguna incoherencia :D

Primero, aclaro que no tengo nada en contra de los lentes o quienes los usan, cómo se ven o cualquier cosa que diera a entender el OS (sería hipócrita, yo lo hago, y estoy más salada, cerca y lejos), pero ya tenía pensado hacer a Elsa un poco "fastidiosa" con Hans (Frozen, más o menos esa era la idea que te dije de molestarlo, pero luego me decidí por la mimo). E iba a quedarse hasta ahí, pero me gustó la sugerencia de nicole, así que la anexé aquí, ¿qué tal quedó, chica? A mí me satisfizo, ¿y a ti?

Ahora, me dedicaré a continuar el capítulo 3 de "Siempre presente" y a empezar a hacer el OS navideño de este fic :3

Nos vemos a la próxima.

Felices fiestas, un gran abrazo.

HoeLittleDuck