Él suelta una carcajada burlona y ella forma una sonrisa tímida. El cabello rubio se mueve con el viento y las hebras rojizas terminan en unas patillas alargadas. Los ojos verdes tienen malicia, los azules encanto. ¿Qué se puede concluir? Siempre hay tiempo para Elsa... y también Hans.


Disclaimer: Por aquí o por allá, ni asomo de mí encontrarán. Si de casualidad llegan a reconocer algo, pues no es mío. Todo pertenece a sus respectivos creadores, aunque no me enojo si desean darme una mínima porción.


Aclaraciones/advertencias: Helsa-Hansla-Iceburns. Modern AU. OC. Puede que en algún momento llegue a tener OoC. Conjunto de historias sin orden aparente pero interconectadas entre sí. Los géneros se aclararán al comienzo de cada capítulo. Tal vez de lo que se carezca un poco sea de revisión. Me imagino que podrían haber momentos Fluff.


Genre: Family

Para todos ustedes, pero dirigido especialmente a Cristal de Neige. Quizá se viene algo típico, pero hecho con la mejor intención del mundo.


Un momento u otro

Llenos de gozo y alegría


Debían de terminar de alistar las maletas esta noche, o de lo contrario mañana se retrasarían y podrían perder su vuelo, y en temporadas navideñas lo último que querías era eso. Además de que las terminales de los aeropuertos estaban abarrotadas de viajeros que iban o venían, las reservas de vuelos eran preciadas y perderlas significaba que te quedabas estancado en la ciudad en que te encontraras, a menos que por alguna gracia divina pudieras hallar un medio de transporte que pudiera llevarte a tu destino en el mismo tiempo.

Por esa misma razón, Elsa se encontraba supervisando que sus maletas estuvieran listas, con las ropas de sus hijos debidamente dobladas y guardadas, los artículos personales en los compartimientos laterales, las etiquetas de identificación visibles en las correas. Tenía que asegurarse que llevaran la muñeca favorita de Emma, el peluche con el que Lilian dormía, el juego de video que Phillip utilizaba para entretenerse cuando viajaba. Los preparativos eran muchos para unos cuantos días, pero conocía a sus hijos y que faltaran ciertos objetos sería fatal —también podía incluir a Hans en esa lista, pero él no debía saberlo.

Finalmente palomeó el último punto de su lista y sonrió triunfal a las tres valijas colocadas sobre su cama, era un récord que las prendas y otros objetos de cinco personas hubieran entrado en tan reducido espacio, pero lo había hecho. El año antepasado —pues el anterior su familia no había viajado por su embarazo— no tenían la presencia del miembro más pequeño de todos los Westergaard y había sido distinta la organización; ahora debían de pensar que llevarían a dos niños tomados de las manos, un bebé en brazos y las maletas.

Tenían que ser prácticos.

Escuchó que el agua de la ducha dejó de correr y volteó cuando la puerta del baño fue abierta. Sonrió con altanería a su esposo y se sentó en el borde de la cama. —¿Y decías que no iba a lograrlo? —dijo con arrogancia y él sonrió de lado, mientras secaba su pecho con la toalla que se quitó del cabello.

Hans caminó hasta la cómoda y extrajo su ropa interior, así como la piyama que se veía obligado a ponerse desde que Emma les hacía visitas inesperadas por las noches, alegando un monstruo en el armario —tal como hizo Phillip a su debido tiempo—, la cual consistía en un adorable conjunto de pantalón y camisa azules con estampado de borreguitos, regalo de sus hijos en su cumpleaños treinta y tres.

—Sabes que me gusta retarte —respondió él desanudando la toalla que tenía en su cintura e inclinándose para colocarse su bóxer negro. —Yo había guardado mis cosas perfectamente en la cuarta maleta, pero tú la miraste con tanto desdén que no pude más que sugerirte que trataras de juntar nuestras pertenencias y repartir algunas prendas en las maletas de los niños —aseguró él pasando sus manos en el orificio de la camisa, tras haberse colocado los pantalones.

Elsa le dio una mirada reprobatoria al ver el rastro húmedo que quedó en la alfombra.

—No sé cómo he podido soportar que sigas saliendo mojado —musitó cuando Hans se dirigió al baño para dejar ambas toallas. —Ni porque he dicho que los niños pueden entrar improvisadamente.

La risa de Hans resonó en el dormitorio y ella bufó.

—Ya no lo hago todo el tiempo, sólo cuando quiero molestarte, te ves muy atractiva cuando te enojas —admitió Hans al salir de baño, encogiéndose de hombros. Se dirigió donde ella y tomó las maletas para sacarlas de la habitación y ubicarlas al pie de las escaleras. Elsa lo siguió y checó las habitaciones de los niños, donde ellos dormían apaciblemente. Phillip estaba arrebujado entre las sábanas verdes, Emma dormía boca abajo como su padre y tía, y Lilian reposaba en su cuna abrazaba a Olfie, donado por su hermana mayor en el cumpleaños número cuatro de ella, acontecido a principios de Diciembre.

Suspiró y cerró la última puerta antes de bajar las escaleras y dirigirse a la cocina, con toda la excitación del día necesitaría un buen vaso de leche tibia para adormecerse, aun sentía los efectos del café que tomó dos horas atrás.

Buscó el recipiente para calentar la leche y sacó el cartón del refrigerador, luego encendió la estufa y esperó sentada en una de las sillas de la cocina.

Así la encontró Hans, quien anunció su presencia presionando un muñeco parlante de Lilian. Elsa rió y él se ubicó en el asiento frente a ella, colocando sus codos encima de la mesa, acomodando el muñeco de Winnie Pooh entre ellos.

Elsa extendió su brazo y le dio un apretón a la mano de Hans, este año la reunión de su familia sería donde los Westergaard vivieron durante su infancia, el lugar en que su madre vivía sola con sus empleados tras la muerte de su esposo en junio pasado, a causa de un infarto. Todos sus hijos habían decidido que cambiarían los planes de visitar a Parker, y que irían al único lugar en que su madre y todos ellos tenían recuerdos de su padre.

Hans suspiró, ella sabía que a pesar de que su relación era más estrecha con su madre, había querido mucho a su padre y su pérdida aún era reciente y le dolía. Él estaba preocupado por lo difícil que sería volver y no tenerlo para recibirle.

—¿Quieres un vaso? —cuestionó Elsa levantándose para servirse su leche. Él asintió y ella les sirvió a los dos. —Anna habló mientras estabas duchándote, su avión llegará mucho antes del nuestro, Chris se equivocó con sus reservaciones y saldrán muy temprano —Hans rió llevando el vaso de leche a sus labios—. Dijo que Brandon le comentó que no habría necesidad de que ellos nos esperaran para ayudarnos, que Mark se ha adelantado y ya está instalado, por lo que podrá recogernos —explicó y Hans asintió. La presencia de su hermana y su familia no era nueva entre los Westergaard, desde que ellos se habían casado, sus suegros y los doce hermanos de Hans la habían adoptado como una más, y algunas veces se reunían con ellos, este año sería una de esas ocasiones.

—Creo que a mi madre le agradará tener la casa llena nuevamente en Navidad, la última vez fue el año en que nos comprometimos —comentó Hans acabando con el contenido de su vaso, tomando el de ella para lavarlos en el fregadero. —Ama la compañía de sus nietos.

—Parece que es de las pocas que puede reconocerlos a todos —bromeó ella y él soltó una carcajada.

—Tuvo doce hijos que le sirvieron como práctica —aseguró Hans secando sus manos, dándole la mano para regresar a su recámara—, es la única mujer que conozco que no se equivocaba con nuestros nombres al reprendernos cuando estábamos en una misma habitación —continuó él al comenzar a ascender los peldaños de la escalera—, por eso y otras cosas sé que le será difícil la fecha, recordará a mi padre en todo momento.

—Lo sé —manifestó en acuerdo—, pero también es muy fuerte, y encontrará la manera de afrontarlo por todos ustedes. Como todos sus hijos lo harán.

—Concuerdo contigo—. Hans besó su coronilla y entraron a lavarse los dientes antes de acostarse, el día de mañana sería ajetreado.


Conforme a lo esperado, el aeropuerto estaba repleto. Los pasajeros descendían e iban a la terminal y se congregaban para recoger sus maletas, provocando un pequeño caos por querer irse rápido y llegar con sus familiares, que los esperaban con letreros sostenidos en lo alto, o sentados en las mesas de los restaurantes y cafeterías que habían dentro del edificio.

Viendo todo esto, Elsa abrazó más a su pecho a Lilian, que se movía agitada, e indicó a Phillip que se sostuviera con fuerza de su brazo derecho, buscando atravesar el mar de gente reunido en el aeropuerto. Acababan de aterrizar una hora atrás y lo único que querían era encontrar al hermano de Hans y salir del sitio. Siempre era una complicación viajar dos días antes de Navidad, pero las responsabilidades en casa les impedían irse una semana antes.

Apretó el asa de la maleta que llevaba en su mano izquierda, sorprendentemente no tardaron en ubicar ésa y las otras, y levemente giró su cabeza para corroborar que Hans y Emma aún les seguían. Él llevaba a su niña en sus hombros y sostenía las dos maletas con sus manos, repitiéndole cada cinco segundos a Emma que se agarrara fuertemente para no caerse.

Era la primera vez que viajaban con mucho equipaje, pero ya para la próxima optarían por mochilas que les facilitaran el transporte. Siempre era bueno aprender de la experiencia.

—¡Ahí está el tío! —exclamó Emma y escuchó la advertencia de Hans de no soltarse para señalar. Si no hubiera estado preocupada por la seguridad de su hija, se habría reído al pensar en que Hans no estaba alterado porque su peinado estuviera arruinado. —¡Tiene un papel en sus manos con un dibujo! ¡Ya me vio! ¡Me está saludando!

—Emma, deja de moverte —masculló Hans en un intento de calmar a la pequeña castaña. —Está bien, papi.

De pronto Elsa divisó al castaño a unos metros, sosteniendo un letrero con un dibujo que le recordó a cierta ocasión en que pintaron su pared. Era una copia del que hizo Hans, un hombrecito de palitos con sus súbditos a sus pies. Se percató entonces que era una fotografía agrandada de su "obra de arte".

—Hijo de… payaso —profirió Hans ubicándose a su lado, modificando la mala palabra como muchas veces, sabiendo que cualquiera de los niños podría imitarle. Aprendió con Phillip, en realidad aprendieron mucho con el mayor de sus hijos. —Ese bast…ón… Sólo deja que le ponga las manos encima.

Elsa rió y llegaron hasta Mark, que chocó su palma con Phillip, recibió en sus brazos a Emma y se inclinó para darle un beso en la mejilla a Lilian y a ella. A su hermano sólo le dio una palmada en el hombro.

—¿Les gusta mi letrero? Recordé que le tomé una foto a sus obras de arte, y decidí utilizarlas para mi provecho, ¿quieren una copia? —dijo el castaño divertido, cogiendo el asa de la maleta que ella llevaba consigo, haciendo que Phillip pudiera tomar la mano que quedó libre. Mark siempre era de los más bromistas de los hermanos, Hans aseguraba que sus padres debieron ser payasos de circo y le heredaron ese rasgo, porque su nivel de gracia iba más allá de lo común. —¿Supongo mal al decir que tienen buenos recuerdos? —musitó Mark riendo encaminándose a la salida del aeropuerto.

Elsa no pudo evitar mirar de reojo a Hans, que le sonrió rememorando también la ocasión a la que su hermano hacía referencia.

—¿Quieres una foto del castillo que pintó tu mamá, Emma? —preguntó Mark a su hija y ella asintió, le emocionaban mucho las princesas. Su cuñado giró y señaló con la cabeza a Lilian. —¿Y a esa princesa?, ¿le gustaría tener algo de mamá?

Su pequeña rubia repitió el "mamá" y volvió a agitarse, desde que gateaba no podía pasar mucho tiempo en brazos, en su afán de conocer el mundo, y ahora que llevaba una semana dando sus primeros pasos, era peor.

Los adultos rieron y se enfrascaron en una plática trivial.

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Al llegar a la mansión Westergaard, los empleados estaban transportando las mesas rentadas al enorme comedor familiar, que de no ser tantos los hermanos de Hans, habría sido utilizado como lo que realmente era, un salón de baile.

Era una verdadera proeza reunir a muchas personas en un solo lugar, pero hacían el esfuerzo siempre que podían, desde cuatro años atrás habían decidido que las reuniones navideñas debían ser divididas, o de lo contrario tendrían que comer en diversas habitaciones.

Elsa subió las escaleras de la entrada al mismo tiempo que su suegra aparecía al final del pasillo extendiendo sus brazos.

—Ya han llegado los últimos —dijo Kelly abrazando a Phillip, que corrió hasta ella emocionado, aunque no se veían muy seguido, él siempre hablaba por teléfono con su abuela y tenían una relación estrecha—. Mi pequeño Phil, has crecido mucho.

—¿Verdad que sí, abuelita? —corroboró su pequeño rubio midiéndose a lado de Kelly, cuyos ojos azules brillaron divertidos por la inocencia del niño. —¡Ya soy grande!

Hans rió a su lado y abandonó las maletas junto a la puerta, entrando finalmente a la casa. Mark ya había soltado a Emma, que también se aproximaba a su abuela, aunque un poco tímida.

—Kelly, no creo que… —manifestó Elsa al ver las intenciones de su suegra de cargar a su hija, podría lastimarse. Mark rió y salió de la casa.

—Querida, ¿para qué están los nietos sino para disfrutarlos? Además, esta linda niña no es muy pesada —respondió la mujer cogiendo en brazos a Emma, quien admiró el elaborado recogido en que estaba sujeto el cabello castaño grisáceo de su abuela. —Deberías ver cómo soy capaz de alzar al pequeño de Brandon, y él está próximo a los cinco. Emma es una simple muñequita en comparación.

Elsa sonrió y Hans negó divertido, ambos sabían que la obstinación había sido heredada de la mayor de los Westergaard y no del fenecido Ernest.

Emma volvió al suelo y se fue con Phillip al patio trasero, donde Mark les había dicho se encontraban reunidos sus hijos y, por lo menos, seis de sus sobrinos. Mejor que fueran a divertirse.

Kelly avanzó hasta ellos y abrazó a su hijo con fuerza, la última vez que se habían visto fue durante el funeral de su padre. —¿Cómo estás cariño? —preguntó entonces su suegra y no escuchó la respuesta de Hans, pero ella devolvió un "poco a poco mejoro".

Ellos se separaron y Kelly las abrazó a ella y a Lilian, que comenzó a removerse después de su pequeña siesta, a la que había caído durante el viaje desde el aeropuerto.

—Es una fortuna que mi hijo no te esté robando tu juventud, Elsa —musitó su suegra—, sigues luciendo tan bella como siempre —completó ocasionando que se sonrojara.

—Gracias, pero igualmente se ve espléndida, Kelly—. La mujer asintió con la misma arrogancia con la que lo habría hecho su hijo y luego le guiñó un ojo.

Lilian se desperezó definitivamente e hizo movimientos para ser dejada en el piso, empeñada en explorar el nuevo lugar en que se encontraban. Miró fijamente a su abuela cuando ésta le acarició su cabello rubio y volvió a removerse en sus brazos.

—Cariño… —susurró tratando de tranquilizarla, debía asegurarse primero que fuera seguro soltarla, pero era difícil, Phillip y Emma habían sido dos angelitos a su lado.

—¡Ma… ma! —protestó Lilian moviendo su cabeza en negación, sus ojitos verde agua viendo a su alrededor, como indicando que eso era lo que quería.

—Siéntete libre de dejarla en la alfombra, Elsa —intervino Kelly, señalando la sala a su derecha—. Me he asegurado que no haya algún objeto peligroso para ella, y podré tenerla a la vista mientras ustedes se instalan. Es la última de mis nietos y quiero pasar unos momentos con ella.

—¿Segura? —corroboró entrando a la sala, dejando a Lilian sentada en la alfombra, que rápido comenzó a gatear y trató unas cuantas veces de dar pasos más firmes. Kelly asintió.

—Ya los empleados conocen la distribución que debe haber en el comedor, así que no necesitan tenerme con ellos. Será un placer observar a Lily. Ahora, suban y dejen sus cosas, seguro que acomodan sus cosas más rápido que tu hermana.

—¿Anna se quedará aquí? —cuestionó asombrada—, ¿no que lo haría con… —olvidó completamente si con Brandon, Parker o Mark. No alcanzó a escuchar el susurro de Hans, que se alejó hasta donde estaba Lilian y la cogió para enseñarle la enorme fotografía de él y sus hermanos, colocada sobre la chimenea de piedra.

Kelly rió al ver su imposibilidad de precisar cuál hermano. —Me pareció más adecuado tener a mis dos hijas favoritas juntas.

Elsa asintió y sonrió antes de salir de la habitación. Volvió al recibidor y tomó el asa de una maleta, siendo interrumpida por Hans cuando iba a hacer lo mismo con otra.

—¿Cómo la notas? —interrogó él cuando comenzaron a ascender las escaleras que llevaban al segundo nivel de la casa.

—Parece que está asimilándolo bien, es el primer año en que no estará con el hombre con quien compartió cuarenta y siete años. Su mayor fortaleza es tenerlos a todos ustedes —respondió con sinceridad entrando a la habitación que tenía sus nombres en la puerta.

—Todos nosotros, Elsa. Mi madre te ama tanto como a sus hijos y sus nietos. Sólo Dios sabe por qué —bromeó él cuando ella abrió la puerta, recibiendo una mirada ceñuda en respuesta.

Dentro les recibió la cama matrimonial en que dormirían ellos dos junto a Lilian y el pequeño, pero cómodo, sofá-cama que compartirían Phillip y Emma. Los colores verde y turquesa abundaban en el dormitorio "azul" de la mansión, destinado para ellos porque alguna vez perteneció a Hans, como indicaban los trofeos de esgrima expuestos en la repisa de la derecha, que no habían sido trasladados ni siquiera cuando se hizo una renovación a la habitación.

Se dispusieron a abrir las maletas para extraer lo indispensable. —¿Te unirás a los cantos navideños esta vez? —preguntó Hans de pronto y ella soltó el vestido rojo y verde que Emma utilizaría mañana en Nochebuena.

—Conoces la respuesta, Hans —dijo en voz baja, le apenaba ser el centro de atención en cualquier lugar, no cantaba mal, pero que todos le escucharan le incomodaba. Hans decía que merecía que le escucharan, pero nunca había logrado convencerla de hacerlo para otros que no fueran él o sus hijos (y contadas veces con sus alumnos). —¿Por qué sigues haciendo la pregunta?

—Porque sé lo mucho que disfrutarías unirte a las interpretaciones de los demás, todos los años tarareas animada. Te aseguro que ninguno te dedicará tanta atención como yo, ellos estarán concentrados en sus propios hijos y en que sus voces no suenen muy agudas. —Hans llegó hasta ella y pasó su brazo alrededor de su cintura—. Te divertirás, ya lo verás. Quiero que este año sea diferente a los otros. Tenemos a Phillip, a Emma, a Lilian, estamos juntos, sanos y contentos. Estás en familia —susurró él en su oído, provocándole un estremecimiento—, además… sabes que lo quieres.

Rió y le dio un beso en la mejilla, ganándose una mirada indignada de Hans. Volvió a besarlo, pero en la comisura de sus labios. Él trató de capturar su boca, pero fueron interrumpidos por unos toques en la puerta.

—¡¿Elsa?! ¡¿Hans?!

—Anna —murmuró besando castamente los labios de su esposo, con él farfullando por lo bajo un "hermanos".


Para regocijo de Anna, Emma —que compartía el mismo amor que ellas por la temporada— y Elsa, en Nochebuena amanecieron con un blanco panorama. Al ver a través de la ventana, pudieron apreciar los copos de nieve cayendo sobre las calles, automóviles y casas, y unos cuantos niños en sus patios realizando ángeles y muñecos de nieve, o haciendo guerras.

Elsa sonrió y como reflejo cerró más el batín rosa que le cubría, a pesar de que la calefacción de la casa no les hacía sentir el frío. Acarició el cabello rojizo de Emma, que brincaba a su lado pidiéndole salir para jugar y volteó al escuchar un gruñido de Hans, que aún estaba recostado junto a Lilian, la cual se divertía colocando a Olfie en la cabeza de su padre.

Hans y Phillip siempre habían sido dormilones, en comparación con ellas tres. Era una lástima que así fuera.

Sonrió a Emma. —Cambiémonos de ropa para salir después de tomar el desayuno, ¿te parece? —Su pequeña aplaudió emocionada y rió en voz baja al escuchar otra réplica de su padre.

Fueron hasta la cómoda y ella extrajo para Emma unas medias blancas, pantalones deportivos negros, una blusa rosa y un abrigo del mismo color, así como un pequeño gorro, guantes y bufanda púrpuras. Con rapidez ayudó a colocárselos a su hija, que estaba apurada por salir.

Dejó preparada la ropa de Phillip y vistió a Lilian de una manera similar a la de su hermana, pero de una combinación amarilla y azul, colocándole las pequeñas botas que compró dos semanas atrás. Finalmente ella se puso pantalones de chándal grises y un abrigo azul de cuello alto, utilizando los guantes y gorro del mismo color.

Estando las tres listas, cogió a Lilian en brazos y junto con Emma salieron en silencio de la habitación, con sus botas en mano.

.

La brisa fresca golpeó en su cara y sonrió, amaba el invierno, disfrutaría si todo el año tuvieran las mismas temperaturas que en esa estación. La nieve era una parte importante de ella desde su infancia, y siempre contaba los días hasta que llegaba diciembre.

Lilian se abrazó a ella buscando su calor y salieron al patio trasero de la casa, sus sobrinos más pequeños ya estaban despiertos y se organizaban para tener una guerra de nieve, eran los suficientes como para mantener una batalla justa. Sintió un copo de nieve caer en su nariz y notó que la nevada era sumamente ligera, quizá más tarde aumentara, pero por el momento era agradable para que los pequeños se divirtieran.

Saludó a las únicas gemelas de la familia, que construían un muñeco y llegó hasta ellas, Anna les ayudaba a ultimar detalles en su creación. Siempre le asombraba lo bien que se llevaba su hermana con la familia de su esposo, pero la habían aceptado como una Westergaard más y, además, Annalise era demasiado agradable como para no quererla.

Las gemelas de Richard, Melody y Melanie, sonrieron antes de ir a buscar ramas para hacer los brazos, y ella se quedó con Anna.

—No hay nada como una buena nevada —musitó recibiendo un poco de nieve de Anna, mostrándoselo a Lilian, que lo tocó titubeante.

—Ni que lo digas, Elsa, parezco una niña cada vez que hay una, nadie pensaría que estoy próxima a cumplir treinta —dijo su hermana tocándose unas inexistentes arrugas junto a sus ojos. —Y que tengo dos hijos.

Rió recordando cómo ella se arrepintió de tener seis una vez que tuvo a su primer bebé.

—¿Ya Chris despertó? —cuestionó viendo a las niñas volver con ramitas y piedras. Edgar y Diane, los hijos de Anna, estaban jugando con sus otros sobrinos.

Anna asintió. —Debe estar por allí disfrutando del hielo, se me perdió una vez que salimos. Supongo que Hans y Phillip siguen arriba, ¿o me equivoco?

—No —señaló al muñeco de nieve, al que agregaron una bufanda roja y un sombrero negro. —Seguramente lo harán dentro de unos minutos, no entiendo cómo es que pueden dormir tanto.

—No sabes de lo que te pierdes al no dormir hasta tarde, Elsa —contrarrestó Anna, extendiendo los brazos para sujetar a Lilian, que los aceptó gustosa. —Lo único que me hizo despertarme hoy fue escuchar a los niños exclamar "nieve". De lo contrario seguiría entre las sábanas. ¿Y tú lindura —alzó a su hija, que rió moviéndose—, apoyas a tu tía favorita?

—Mamá —dijo Lilian de vuelta, sin comprender. Pero era la única palabra que repetía. Anna suspiró cómicamente, mirando a los ojos a la bebé, de la misma tonalidad que los de ella.

—Parece que sigues siendo su favorita, Elsa.

—¡Listo! —exclamaron las gemelas y les aplaudió entusiasta. El muñeco alcanzó a medir un metro y medio con el sombrero que le colocaron, la zanahoria que hacía de nariz era larga y su sonrisa hecha de piedras muy amplia. Las dos niñas de diez años habían hecho un buen trabajo.

—¿Cómo le llamarán? —preguntó y ellas miraron al muñeco con un mohín idéntico en sus bocas. Secretearon entre ellas.

—¡Kevin! —soltaron en unísono.

—¿Kevin? —cuestionaron Anna y ella al mismo tiempo. Las dos asintieron ruborizadas, pero algo le dijo que no era por el frío. Su hermana y ella negaron divertidas, adivinando que algún niño que conocían se llamaba así.

Volvieron al porche y se sentaron en los escalones, observando la nieve.

—¿Recuerdas cómo disfrutábamos haciendo muñecos todo el tiempo? —Anna habló después de unos minutos. Elsa agitó su cabeza, había estado concentrada observando a los niños jugar lanzándose bolas de nieve.

—Sí, cómo pasan los años. Nos pasábamos toda la mañana llenando el jardín trasero de muñecos y mamá se fingía molesta cuando aplastábamos unas cuantas margaritas —susurró sonriendo levemente, ya no le dolía como antes hablar de sus padres, más cuando ellos cumplirían quince años muertos el próximo año.

—Y papá decía que tendría que comprar nuevas corbatas porque todas se las arruinábamos —continuó Anna meciendo a Lilian en sus piernas.

—Luego pasábamos la mañana viendo películas y disfrutando de un buen chocolate, porque mamá iba a encargarse de la comida más tarde. —Extendió sus brazos al ver que su bebé quería volver con ella. —Se sentirían muy orgullosos de vernos ahora, con nuestra propia familia…

—Sí —Anna sonrió con maldad al ver a su rubio esposo regresar contento. —Debo hacer algo —dijo y se acercó a tomar un poco de nieve para comenzarla a hacer una bola.

Elsa rió al ver que la nieve en su rostro cogió desprevenido a su cuñado, para después ver correr a su hermana hasta él. Se sobresaltó al sentir unos bracitos alrededor de su cuello, pero reconoció al dueño con rapidez.

—¿Descansaste, amor?, ¿has desayunado? —cuestionó a Phillip cuando él se colocó frente a ella y Lilian y les besó las mejillas.

Él asintió. —Papi y yo acabamos de terminar. ¿Puedo jugar con mis primos?

—Claro, pero recuerda tener cuidado—. Phillip volvió a asentir y fue con los otros.

Lilian agitó sus brazos hacia la puerta, lo que significaba que Hans estaba saliendo de la casa.

—Buenos días —saludó su esposo con voz somnolienta. Sus pasos resonaron en las tablas y lo vio sentarse con cuidado junto a ella. En su mano tenía una taza que desprendía vapor. Él se inclinó y las besó a ambas, dejó la taza en el escalón inferior y cargó a Lilian, que celebró abrazando su cuello.

—Buen día —devolvió con una sonrisa. Aspiró el olor que llegó a sus fosas nasales, era chocolate.

Fijó su mirada en la taza y vio el humeante líquido marrón, y los pequeños malvaviscos que flotaban en él.

—Es para ti, Kei acaba de terminar de prepararlo. Cuando los demás entren podrán disfrutarlo.

Hizo un sonido de agrado y cogió la taza, inhalando profundamente el olor del chocolate. —Gracias.

—No tienes por qué. ¿Cuánto tiempo llevan despiertas? Recuerdo sentir algo peludo en mi nariz, supongo que esto fue obra tuya, ¿no, Lily? —Él se dirigió a la pequeña, que negó al escuchar el "no" de su papá.

—Una hora, más o menos, creo. No me fijé en el reloj—. Sorbió un poco más de chocolate y apoyó su cabeza en el hombro de su esposo, sintiendo que Lilian empezaba a jugar con su gorro.

—Necesitaba ese sueño reparador —Lo sintió moverse bajo su cabeza, como indicación de su risa. —Aunque no me gustó despertarme sin compañía, la nieve siempre me roba protagonismo.

—Eres un celoso.

—Claro que sí, querida —Hans acomodó a Lily y pasó un brazo hasta su cintura—, claro que sí.

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Las risas llenaban el nivel inferior de la casa, ya habían llegado los Westergaard que faltaban, y el lugar estaba repleto de niños, adolescentes y adultos. La más feliz era su suegra, por supuesto, tenía a sus retoños con ella, sus treinta nietos (contando a los hijos de su hermana) y sus padres.

Elsa se preguntaba si en el siglo veintiuno había otras familias así de grandes, tratándose de tres generaciones —los dos hijos mayores de Parker aún no se habían casado, así que no había bisnietos. Tal vez sí las había, pero no se había cruzado con otra, había quienes le rehuían.

De ser sensata ella lo habría hecho, pero una vez que conoció a los Westergaard se convenció de los buenos que eran unos con otros a pesar del gran número de miembros.

Kei, el empleado principal, anunció que la mesa estaba servida y todos se dirigieron al comedor. Ella buscó con la mirada a Emma y Phillip; encontró a su pequeño en compañía del hijo menor de Will, de ocho años, y a Emma con su sobrina Diane, de su misma edad.

Esbozó una sonrisa y acompañó a la esposa de Will hasta la mesa, separándose para ubicarse en sus respectivos asientos, en el orden de edad de edad de sus esposos, como se acostumbró en la casa conforme crecían.

Recibió a Lilian de brazos de Hans y corroboró que los niños se ubicaran en la mesa para todos los menores.

Con ayuda de Hans se sentó y él ocupó su asiento junto a ella, cada uno de sus hermanos haciendo lo mismo con su respectiva esposa, como les había inculcado Kelly, quien ya se encontraba ubicada en el sitio que le correspondía, en la cabecera de la mesa.

—¿Parece que no falta nadie, o sí? —bromeó Kelly, quizá incómoda por estar en el sitio que su esposo había ocupado un año atrás. Los demás sonrieron y su suegra hizo una señal a los empleados, que sirvieron las bebidas y abandonaron el salón, para tener su propia cena ellos solos. —Antes que nada, perdonen que no me coloque en pie, pero así estamos todos a mi altura —rieron brevemente—, así que procederé a dar mi discurso.

Kelly sonrió a cada uno de sus hijos.

—Quiero agradecerle a todos por estar aquí y querer compartir este día en este lugar, donde guardamos muchos recuerdos de Ernest… Él habría estado muy feliz de estar con nosotros, pero ya no tuvo la oportunidad —hizo una ligera pausa—, ver a nuestros hijos y a nuestros nietos reunidos en una fecha muy especial. Sé que todos están preocupados por mí, y lo comprendo, pero quiero pedirles que no lo hagan, la posibilidad de que Ernest no estuviera con nosotros para estas fechas, pues, la veníamos temiendo desde años atrás —sonrió melancólicamente—. Sufrir su pérdida fue muy triste para mí, mas nuestros cuarenta y siete años juntos fueron maravillosos y compartimos experiencias que a los dos nos marcaron de por vida. Ustedes son las mejores de ellas —Elsa se encontró asintiendo como los demás—. Gracias por estar aquí, por formar parte de mi vida y la de mi esposo, ser grandes hijos e hijas, hermanos y hermanas, esposos y esposas, padres y madres, tíos y tías. Hoy, uno de los miembros habituales está ausente y no volverá, pero hay un rostro nuevo —las miradas se volvieron a Lilian, que ajena a ellas introducía una mano a su boca, luciendo adorable con el traje de duende de Santa que Anna le había regalado— …y en los años por venir habrán más. Quiero que estemos felices por todos ellos, porque nos encontramos aquí. Así espero que lo quieran ustedes. Así lo habría querido Ernest —Kelly concluyó con una sonrisa y Parker y Austin, los dos más cercanos a ella, apretaron sus manos en señal de apoyo. Ningún lazo sanguíneo los unía a su suegra, pero para ellos siempre iba a ser su madre, y lo demostraban estando con ella.

Kelly asintió en dirección a Parker y él sonrió antes de hablar: —Creo que lo mejor es que sigamos el ejemplo de los niños, que no nos esperaron, y comamos. Buen provecho—. Todos rieron y las conversaciones surgieron en la mesa, mientras compartían los diferentes tipos de pavo, ensaladas, purés, pasteles de carne, y demás alimentos servidos.

En tanto, los niños disfrutaban en la propia.

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Tarareó la canción navideña que sus cuñados, sus esposas y sus sobrinos entonaban en medio de la sala y sonrió con ternura a Emma, que pidió unirse como "ángel navideño" que era (en referencia a su vestido rojo y verde). Por su parte, ataviado en un pantalón de vestir gris y camisa azul de botones, en imitación a su padre, Phil aplaudía animado sentado en el suelo, con Lilian sobre sus rodillas, que también lo hacía.

Se estremeció cuando un aire caliente le llegó cerca de su oído. —¿Sabías que mi esposa estaría celosa de la atención que le doy a una hermosa rubia vestida de azul? —Sintió un brazo en su cintura y volteó a ver a Hans, que señaló con sus ojos la mano que tenía sobre sus cabezas, que sostenía una ramita de muérdago. Soltó una carcajada y rió cuando él se inclinó para reclamar su beso.

—¿Por qué no lo intentas? —sugirió él en su oído cuando despegó sus labios de los de ella. —Te mueres por hacerlo, sino, ¿por qué tarareas Silent Night junto al árbol mientras observas a los demás? —continuó Hans, y ella se sintió tentada. —Todos los años los miras con anhelo, atrévete. No pierdes nada.

—Perfectamente podrías ser el diablo en las obras navideñas, Hans —masculló dándole una palmada en el hombro. —Pero lo haré.

Él rió y le dio un casto beso en los labios. —Para que compruebes que no soy mal esposo, los dos nos uniremos.

—¿Y eso? —Hans esbozó una sonrisa de lado. —Tú nunca lo haces, aunque no cantas mal.

—¿Y dejar a mi esposa sola mientras ella me ve? No lo creo—. Él la sujetó de la mano y se colocaron con los que cantaban.

Aspiró cerrando sus ojos. —Jingle bells, jingle bells. Jingle all the way! Oh what fun it is to ride in a one horse open sleigh. —Escuchó a Hans a su lado decir lo mismo que ella y abrió sus ojos. Él estaba en lo cierto, nadie le miraba. Lo miró y juntos rieron.


Las risas de Lilian, acompañadas de un temblor en la cama, le hicieron salir de su sueño. A su lado escuchó un gruñido de Hans de dejarle seguir durmiendo, y se encontró queriendo decir lo mismo que él.

—¡Mami! ¡Papi! —esa era la voz de Emma. —¡Es Navidad! —gritó entonces Phillip—. ¡Despierten! ¡Hay que abrir los regalos!

Sus voces se escuchaban agitadas, y seguramente lo estaban, principalmente por sus saltos en la cama.

—Ya estoy despierto —musitó Hans a su lado—, pero ya no salten, por favor. Mamá también lo está. —Los niños se detuvieron al instante.

—¡Vamos entonces!

Elsa abrió sus ojos, se incorporó y vio a sus dos hijos mayores cerca de sus pies, parados sobre el colchón, sonrientes, ya vestidos para bajar. Notó que las piyamas estaban sobre el sofá-cama. Suspiró y les sonrió. Luego giró el rostro y se encontró con Lilian sobre el pecho de su padre, riendo.

Los niños eran los únicos divertidos con todo el movimiento.

—Buenos días —murmuró dando un bostezo.

—¡Buenos días! —Los dos menores se abalanzaron sobre ella y le llenaron de besos y abrazos. —¡Feliz Navidad!

—Feliz Navidad —dijo ya más despierta, abrazándolos con fuerza. Se separó y cogió a Lilian, dándole un beso en la frente que ocasionó mayores risas de ella.

Emma y Phillip se mantenían felicitando a su padre, pero recordaron el regalo que recibirían y se apartaron entusiastas. —Ya pueden bajar —permitió regalándoles una sonrisa, ellos asintieron y se tomaron de las manos antes de salir por la puerta.

Hans se inclinó hasta ella y le dio un beso en los labios. —Feliz Navidad, amor.

—Feliz Navidad —devolvió y exhaló lentamente—. Vamos.

Se cambiaron de ropa y se dirigieron al piso inferior. Allí, todo era un desastre, había, por lo menos, quince niños menores de catorce emocionados por las cajas bajo el árbol de navidad de casi tres metros, exclamando "yo" cuando escuchaban su nombre.

Los padres, mayormente somnolientos, estaban en la sala con tazas de café, y les sonrieron al verlos llegar. Los únicos allí eran Anna, Karl, Will, Leo, Richard y Paul, junto con sus respectivos esposo y esposas. Kelly entró a la habitación y les indicó que en la cocina la cafetera acababa de llenarse por si requerían de la cafeína para despertar definitivamente antes del desayuno.

Hans se fue por sus bebidas y ella se quedó con los demás, manteniendo un ojo en Lilian, a la que acababa de dejar en la alfombra.

Phillip brincó al escuchar el nombre su hermanita y cogió la caja por ella, así que Elsa se vio obligada a acercarse para ayudarle a abrir su obsequio. Se sentó en el suelo y sus otros dos hijos se acercaron.

Emma le presumió su nuevo juego de té y Phillip los patines de ruedas que le dieron por los que ya estaban muy desgastados e inservibles.

Ellos dos se sentaron junto con ella mientras veían a su hermana rompiendo el papel de Pooh y sus amigos, hasta que quedó al descubierto el elefantito bebé que era halado por una correa, que le serviría ahora que estaba aprendiendo a caminar.

Lilian aplaudió cuando lo abrieron y el peluche quedó libre, justo cuando Hans volvía con dos tazas en la mano.

—¿Les gustaron sus regalos, niños? —cuestionó él, Emma y Phillip asintieron y se fueron a explorar los regalos, Elsa sabía que faltaban la Barbie veterinaria y el juego de Lego para ellos, así como el muñeco que cantaba para Lily.

Hans le entregó su taza y asintió en agradecimiento, él se propuso sentarse a su lado, pero el "Elsa" de Albert le hizo desistir e ir por su obsequio, aprovechando para esperar por el suyo. Ella había investigado y encontrado un lugar cerca de casa donde podía practicar esgrima, sabiendo lo mucho que él quería volver a hacerlo, así como un reloj, pero eso último era porque ya no le agradaba el viejo que tenía.

Al regresar le dio una pequeña caja cuadrada y se sentó bebiendo su café. Escuchó el rasgar del papel y la carcajada que soltó al leer.

—Gracias —dijo Hans besando su mejilla. —Hasta es un sitio donde van viejos como yo.

Le miró enarcando una ceja y abrió con delicadeza la pequeña caja, aprovechando que Lilian se alejaba entretenida con su obsequio. Dentro había una tarjeta dorada y una caja de terciopelo.

—Tarjeta de regalo de la librería de Oak —leyó con emoción, era su lugar favorito. Abrió la caja de terciopelo y halló unos aretes en forma de copo de nieve. —Gracias a ti también, cariño —susurró abrazándolo.

.

Volvió la cabeza al sentir que alguien se sentaba en el espacio junto a ella del sillón.

—¿En qué piensas que no escuchaste que te hablaba? —expresó Hans dándole la mano. Parpadeó asombrada, había estado tan concentrada con el fuego de la chimenea que seguramente no notó su llamado. Lilian estaba dormida y los demás disfrutaban de los regalos.

—En nada, disfrutaba de un momento de paz.

—¿Y está bien que yo lo interrumpa? —quiso saber su esposo, asintió sin problema. —Bien.

Se apoyó a él y cerró los ojos, tenía como fondo el sonido de las voces de los niños fuera de la casa. Permaneció así unos cuantos minutos hasta que él habló:

—Me estaba acordando de papá y la fiesta de su cumpleaños sesenta a la que asististe cuando fuimos novios durante el instituto.

—¿Ah, sí?, ¿qué recordabas exactamente?

—De todo, y también algo que había olvidado, ahora que mi padre murió me puse a pensar sobre lo que perdiste ese día, que te dio tu madre, lo tomaste muy bien aunque sabía que te dolió hacerlo, más cuando lo mencionaste años atrás, como uno de los recuerdos de tu madre que lamentabas haber perdido.

Sonrió con tristeza al pensar en el brazalete de plata al que él se refería, su madre se lo dio antes de que sus padres se separaran temporalmente.

—A mí me sobreviven muchas cosas que papá me dio, y perder alguna de ellas suena, no sé, terrible, aun cuando soy adulto. Lamento que se perdiera en la fiesta.

—No te preocupes, incluso yo lo había olvidado sino hasta ahora que lo mencionas. ¿Por qué lo haces? —Abrió los ojos y miró sus orbes verdes.

Hans sonrió y colocó una caja rectangular en su mano. No podía ser.

—Ábrela, no tengas miedo. —Asintió e hizo lo que le dijo.

Sintió que sus ojos se humedecieron y al parpadear unas lágrimas cayeron. Era el brazalete que le regaló su madre.

Lo extrajo con cuidado.

—¿Cómo? —susurró mirándolo con detenimiento, era un poco distinto, pero el mismo que su mamá le dio. No tenía mucho grosor, pero sí el suficiente para los dijes que tenía, un copo de nieve y una rosa, así como las cuatro letras de su nombre.

Pero allí estaba el cambio, sólo habían mantenido la E y la L, ahora tenía una P y dos dijes en forma de libro y estrella.

—Hace dos meses mamá me dijo que revisó todas las cosas de papá, buscando qué mantener y que no. Lo encontró en una caja de ese día, piensa que llegó hasta allí por uno de los empleados, tal vez lo recogieron y lo guardaron, no lo sabemos. Tú pensaste que lo perdiste en el pequeño bosque atrás de la casa, quizá no fue así. Eso no importa. Me lo hizo saber, pero me dijo que estaba roto del broche, así que busqué que lo arreglaran, pero me tomé el atrevimiento de pedir que quitaran la S y la A y le agregaran la P, para completar el Phillip, Emma y Lilian. No te lo di antes porque quería que fuera tu regalo de navidad, mío y de los niños.

Asintió débilmente y se lo entregó para que se lo colocara.

Lo abrazó con fuerza. —Yo… gracias, gracias —musitó en su pecho, con la voz entrecortada por el llanto. —Te amo —dijo separándose de él, dándole un beso corto.

—También te amo, Elsa. Feliz Navidad.

—Feliz Navidad —devolvió juntando sus labios nuevamente.


Jo jo jo. ¡Hola!

Extrañaba los OS muy largos, pero ¡lo hice! Mi primer OS navideño :3, creo que valía la pena incluir a la familia completa. Es triste lo del papá de Hans, pero, por un giro del destino, una de mis abuelas falleción este 25 de noviembre pasado, así que cumple el mes en Navidad, por lo que quería incluir ese momento especial en la cena de la familia.

Y otro momento especial quería que fuera el último. El mejor regalo es aquél pensado por la persona querida, lo de menos es si es comprado o hecho (aunque generalmente el hecho es un poco más especial). Así que quise culminar el OS con una escena Helsa que espero les gustara.

Aprovecho ahorita para dejar este OS y no mañana, esperando que lo disfruten todos los que pasan a leer la historia. Quiero desearles, por sobre todo, una bonita Navidad, disfrútenla con las personas que quieren, papá, mamá, amigos, pareja, mascota, quien sea. Los buenos y malos momentos rondan en todas partes, pero un sólo preciado momento vale la pena. Hay que recordar lo más preciado que tenemos, nada de objetos materiales, sino el cariño, el aprecio, el amor de los otros. Con tristeza el espíritu navideño se pierde (sé que es una celebración mayormente cristiana), pero como jóvenes está en nosotros que siga haciéndolo o no.

Les deseo entonces todo lo mejor. Un abrazo grande de mi parte. ¡Feliz Navidad!

F: Jajaja, según las estadísticas las mujeres somos quienes optamos más por lentes de contacto, así que le hice a un lado su vanidad y utiliza los de armazón XD

Cuídense mucho.

Felices fiestas,

HoeLittleDuck