"hola amigos, siglos sin escribir verdad. Bueno, pues por dicha ya hay un poquito mas de tiempo para dedicarme a esto que me encanta, así que no voy a desaprovechar la oportunidad. De paso, como siempre, mil gracias por leer y espero en serio que disfruten tanto leyendo esta historia como yo al escribirla.
A los amigos que me mandaron un review, que de paso mil gracias, les conteste por MP. Solo no pude hacerlo con el mensaje de Eikou-chan porque, amiga, tienes la opción de MP desactivada, así que con los perdones del caso te contesto por acá.
Eikou-chan: jajaja, simplemente gracias por tus tan realmente lindas palabras. En serio que dicha que te gusto. De hecho, este fan llevaba como un año detenido pero por suerte ya va avanzando y tengo planes de terminarlo este año, así que te queda bastante por leer. Gracias por agregarme a tus fav's y espero que te guste este capítulo también. Mil gracias una vez mas.
No les quito más tiempo. Nos vemos."
Con Ella
Por Chris
Con sus Juegos
"´¿Cómo me veo?´, me preguntaba expectante mientras tomaba yo el té. Giraba en sí misma para luego detenerse frente a mí y poner una cara seria, la cual cambiaba inmediatamente a una sonrisa. Se veía muy bien, no hay que ser mentirosos. A modo de broma, tomaba un sorbo más de aquella humeante infusión, tocaba mi barbilla y decía ´no sé…´ con un tono de duda.
Ella sabía que estaba mintiendo, claramente, pero a como es ella… siempre me seguía el juego. Luego me preguntaba ´¿Cómo que "no sé"?´ aguantándose la risa. Poniéndose las manos en la cintura, colocaba todo el peso de su cuerpo en un pie y levantaba una ceja.
´Sí… no sé´, y de nuevo volvía esa risa contagiosa en ella. A veces el té sabía así, a pequeñas bromas, ella sabía cómo darle ese sabor.
Después se sentó a mi lado un con la parka puesta, y tomo la taza de té entre sus dedos. Ella lo sabía, sabía que se veía bien, pero también le gustaba seguirme la corriente. ´Lo único que me gusta de ir a la Tribu Agua es este traje. Es muy calientito, aquí no lo puedo usar, pero allá es muy acogedor´, me comentaba mientras se ponía el gorro de la parca y lo estrujaba en sus mejillas con fuerza, con ese rostro infantil en medio.
´¿Aunque no veas nada?´. ´Aunque no vea nada… siempre que me vea bien, claro está…´. Y como no se iba a ver bien, aunque el verde le sentaba perfecto, el azul también lograba combinar perfectamente con sus ojos de esmeralda.
´… te ves bien… aunque ya lo sabias, ¿Verdad?´.
´… sí.´"
No sé lo que ha estado pasando últimamente… y me tiene sin cuidado. La vida por fin comienza a sonreírme, por ello es mejor que no haga preguntas… después de todo, siempre que interrogo el primero en responder es el Señor del Karma… y sus respuestas no me gustan a veces.
La vida se respira más tranquila, incluso ella se le ve más tranquila. Trabaja mucho, es verdad, pero he comenzado a notar como su cutis se ve más lozano y como duerme más profundamente, su cuerpo incluso aspira una calma total que antes no la había percibido. Es increíble cómo cambian las cosas de un día para otro.
Ahora paso más tiempo entrenando en mi "mi refugio blanco" que en los jardines del palacio de la emperatriz. El color nieve me da confort, me recuerda a mi hogar y me recuerda el poder que tiene ella para crear lo que sea con solo u chasquido de sus dedos. Desde mi santuario azul y plata puedo ver toda la ciudad, puedo ver también la inmensidad del palacio y la extensión infinita de los jardines de la soberana del Reino Tierra. También veo el agua de del estanque centellar como una espada blandiéndose ante el sol y el pasto danzando a su ritmo. Los arboles me saludan vigorosamente a mí, el foráneo de la Tribu Agua, y creo que estoy comenzando a entender lo que dicen… pero probablemente ha de ser que ella que les está enseñando a entenderme.
La vida es… rara. Sube y baja como el hielo en el mar. Y ella es… simplemente maravillosa; una bruja cuando quiere, una diosa si se lo propone. Las tertulias, las pláticas y los momentos en silencio con ella siempre son distintos, no solo por ese aroma a bosque que expele, sino por la manera tan especial con la que manipula todo para que se dé el momento. Un pequeño movimiento de cabeza, solo un guiño, una taza de más y confecciona situaciones difíciles de arrancarse de los sentidos. Por eso tengo miedo, tengo mucho miedo que venga el Señor del Karma y arruine todo lo bueno que ha estado pasando. Por ello le prendo todos los días inciensos de varios aromas… con la única esperanza de que se apiade de nosotros.
Dentro de la casa blanca que hay en la terraza más alta, coloqué el altar a los dioses, a los míos y a los suyos, para que ellos alejen a la mala suerte de nosotros y, sobre todo, la protejan a ella… porque aunque se vea dura como el granito, sé que guarda en el pecho ese corazón puro de niña que se puede lacerar con heridas que no sanan… si no es que ya lo está.
Benditos los dioses por haberla creado. Por haberla dotado de esa intuición para hacerlo todo bien.
Ahora contemplo sereno la obra que ella misma mandó a hacer para mí. Desde las paredes hasta los techos tienen su marca de obstinación y dedicación. No puedo creerlo… piensa en mí… piensa en mí después de todo. Le importo aunque sea un poquito… y si no es cierto, por lo menos eso es lo que quiero creer ahora.
Y ya es hora de comer… ¿y cómo lo sé?, pues desde la altura la veo salir a buscarme.
Y desde ese día descubrí que cada pequeño momento se volvió… suave… eso era… suave. Hablar era lo más maravilloso, ir a los tediosos bailes era lo más horrible… pero era bueno, y discutir pasó de ser una tortura a solo un "gaje del oficio".
No obstante, y definitivamente, lo mejor era cuando llovía. Aunque a veces el frio la obligaba buscar su cama para a arroparse entre las cobijas, a veces la obligaba a buscarme. Me tomaba de la mano y corriendo me llevaba a su verde refugio, a su santuario. "Lo sientes?", claro que no, no puedo sentir como ella, no puedo ver como ella, pero podía intentarlo. "pones los pies así, en el piso y lo ves todo" me contaba, como si yo fuera capaz de percibir la vida como ella lo hace, pero… como la iba a contradecir. Cerraba los ojos y me describía lo que había a kilómetros a la redonda, al parecer las miles de ondas provocadas por las gotas ampliaban su margen de visión. Y era cuando yo también colocaba los pies descalzos en la tierra mojada e intentaba capturar la imagen del mundo en mi cabeza como solo ella lo había logrado, era imposible lo sé, pero no me importaba. Las gotas salpicaban nuestras piernas y el viendo golpeaba nuestro rostro, pronto los ruedos de nuestros trajes eran reclamados por el barro y el agua… ¿y eso que?, ensuciarme era el menor de mis preocupaciones en ese momento. "Es como… ver desde una montaña. Amo la lluvia… ¿Tu no?". Claro que sí.
Y cuando llovía era simplemente la mejor excusa. Aunque a veces suspendíamos la rutina de tomar el té, la tomaba de la mano y salíamos de la casa de mármol, del regalo que ella me hizo, a sentir las gotas caer sobre nosotros solamente. Se negaba a mojarse al principio, usando su cuerpo como contrapeso para que yo no la sacara de mi santuario, una réplica de la Tribu Agua. La arrastraba entonces hacia la explanada fuera de mi refugio, pero todo era un juego de su parte. De haber querido, con un solo movimiento de tierra-control, se hubiese anclado al piso, pero nunca lo hizo.
A empujones o arrastrando la sacaba de ahí, "Lo sientes?" le decía. Le preguntaba si podía sentir el agua correr por su ser, como si fueran uno con ella. Si podía sentir la frescura de la vida y lo efímero del momento. "¡Pruébala!, solo pon tu boca abierta en dirección al cielo", y ella lo hacía, entre risas y confusiones hacia lo que yo decía. Parecía que no entendía muchas cosas sobre el agua, como mi felicidad al sentirla o al oírla azotar la tierra con fuerza… peor no le importaba mucho.
Al principio ella se movía un poco torpe por lo mojado del piso, pero después de yo arrojarle lodo en la cara, su fluidez era impresionante. Esa era la mejor manera de obligarla a jugar conmigo sin que ella se diera cuenta. Pronto nos veíamos correr por las terrazas blancas una y otra vez, mientras que la panorámica del Reino Tierra revelaba a los pobladores huir de lo que yo amaba: La lluvia.
Sin embargo ella no era del todo justa, hacia trampa. Con su tierra-control formaba lodo y me lo arrojaba en el rostro, pero yo no necesitaba de habilidades tales para devolverle el ataque… y divertirme con ella. "Para mi… es como estar en casa nuevamente", le comentaba al mismo tiempo que ella sentía la lluvia a mi lado. Se quedaba quieta, con una sonrisa en los labios y con su rostro limpio y blanco lleno de paz.
La lluvia era una de las pocas cosas que estaban de mi lado, porque el bosque y la vida entera estaban del suyo. La lluvia me revelaba a veces algunos pequeños secretos de la emperatriz, como que no le gustaba usar maquillaje y solo lo hacía en ciertas situaciones, como que su cabello era naturalmente lizo… y el tatuaje que tenía en el brazo.
No fue mi intención, pero la prenda de seda que usaba para cubrirse los hombros, y que combinara con su vestido, se volvió casi transparente ese día en que estuvimos bajo la lluvia. Solo en esos días de lluvia lo podía ver. Era un tatuaje que iba desde la parte inferior de su antebrazo hasta una sección de su espalda. Era el escudo de su familia, el cerdo dorado alado de los Bei Fong. ¿Para que ella querría eso si no podía ver?. ¿A caso para ella adornarse el cuerpo con dibujos o pinturas no era irrelevante?.
La lluvia era lo único en común que nos gustaba y, ante el momento, me resultaba inevitable pensar que nosotros éramos como los elementos que nuestra nación representaba. Ella como la tierra: reservada, sólida y obstinada. Yo como el agua: insistente, flexible, cambiante… creo.
"Sí… lo entiendo…" comentó mi señora bajo la lluvia… justo a mi lado.
