"Por fin es lunes y otro capítulo de con ella. Lamento que sean mega gigantes pero es necesario XD. Muchas gracias por seguir este fic y un saludo a todos los que leen.

Gracias a Azrasel, a Eikou-chan, a Nieve Taisho y a AryAs por sus lindos comentarios tan to en FanFiction como en Face. Son todos demasiado lindos.

Como siempre, dudas, comentarios o lo que sean escríbanme, estoy a su disposición total.

Bueno, ya no les quito su tiempo. Que tengan una linda semana."


Con Ella
Por: Chris McRaven

Con sus Mentiras: Parte 2

"-Cando estés sola, y si me echas de menos, entierra tus manos en la arena.-

-¿Enterarlas?, ¿Para qué?-

-Para que sientas como mis dedos se entrelazan en los tuyos, sin importar la distancia.-"

Mi espíritu en ocasiones se sentía libre. Moviendo la espada, su voz en el aire, hacía que por momentos olvidara todo. Solo la técnica y la perfección existía, nada más. Mostré una a una las mis nuevas y viejas destrezas a mi maestro para que viese que el tiempo había sacado provecho en su alumno. En la plazoleta fui el espectáculo de Pian-Dao, el cual me daba algunos consejos ante los errores que iba notando con su ojo veterano.

Movimientos oriundos de la nación del Fuego, de los Nómadas Aire y del Reino Tierra se acuñaban en mi cuerpo, en la memoria de mis sentidos, los cuales se realizaba automáticamente ante la sola imaginación de hacerlos. Era preciso estar listo para lo que sea, que Kuruk lo evite siempre, pero era un hecho que el mal abunda en la tierra y somos los guerreros lo que debemos cuidar de los otros, como los otros cuidan siempre de nosotros.

El cielo se teñía con los colores clásicos de la Nación del Fuego por las mañanas y por las tardes, acompañado con el calor aquel inherente del lugar; solo superado por el corazón de su gente. Me gustaba el sitio, me encantaba pasar el tiempo con Pian-Dao, me fascinaba entrenar sin preocuparme de nada, y ni que decir de la comida. Mas lo único que no me gustaba era la falta de su aroma selvático y el peso de su cuerpo a mi lado. Extrañaba chocar mis ojos azules con los suyos profundos, contemplarla acurrucándose entre las sabanas y verla regresar furtiva por las noches. La echaba mucho de menos, lo admito, era mi mejor amiga.

Desde que las cosas se arreglaron en nuestra relación, los días con ella ya yo eran tortuosos; pero nunca lo noté hasta que no la tuve. Quizás lo mejor sería comprarle un recuerdo de este lugar para entregárselo cuando la volviera a ver, a ella le encantan esas cosas… si me pongo a remembrar, la emperatriz es fácil de complacer en ese aspecto.

Admito además que tenía unas grandes ganas de visitar a Zuko y a Iroh, pero a como estaban la situación mejor sería que el noble general pasara por alto mi presencia. Él era astuto como un zorro-mapache. Seguramente uniría cabos entre "lo que solo los dioses saben que él conoce de Toph" y mi estancia en la casa de mi maestro. Descubriría sagaz que mi viaje era para hallar los secretos de su gran amiga, la emperatriz, lo cual sería una desgracia para mí, debido a que era más que seguro que él contaría sus teorías conspiranoides a Toph… no quiero ni pensar el desenlace de esa hipotética historia.

Mejor esperar. De todos modos le había prometido a la dama del Reino Tierra que vendríamos a visitar a Pian-Dao; en ese futuro viaje aprovecharíamos para ver a los viejos amigos. Sería muy bueno, hasta podríamos avisar a Aang y a Katara para reunirnos como en las épocas de antaño… sí, sería sumamente bueno.

Aquel día la práctica terminó acompañada por esa tonalidad rubí del sol cayendo, coloreando el pueblo de un carmesí asombroso. Estaba cansado y sudoroso. Tome una toalla para secarme un poco, quitándome el equipo de entrenamiento que me ordenó mi maestro colocarme. Cuando hube terminado, Pian-Dao, el noble hombre, me invitó a tomar una taza de té. Y mientras disfrutábamos nuevamente de esa bebida sabrosa, me hacía acotaciones de mis movimientos. "El brazo más arriba", "la cabeza a la derecha ligeramente", detalles que hacían la diferencia entre convertirse en un hábil guerrero y un maestro respetado.

Con su rostro tranquilo, me comentaba su rutina y otras cosas. "No se siente solo en este lugar maestro?" pregunté indiscreto. Deseaba saberlo, si la respuesta era afirmativa, me lo llevaría a vivir con nosotros al Reino Tierra… si él así lo deseaba. Por la emperatriz no habría problema… a cómo eran esos dos, el que corría peligro con esa idea de unir el fuego y la tierra era yo.

Más la respuesta de mi maestro fue negativa. "Tengo todo lo que necesito para ser feliz", dijo con un aire de armonía insuperable. Su tranquilidad llenó mi espíritu del mismo sentir también. Quizá, si tenía suerte, algún día llegaría a ser como mi padre y como Pian-Dao.

Pero entre la taza "n" de té (y mi cuarta vez de regresar del baño), principió a desenvolver una conversación que poco tenía de casual. E igual que las miradas de mi señora, sus palabras me guiaban a una trampa que no tenía ni principio ni fin.

Alagando mis habilidades como guerrero, reconoció su fe de que quizá, algún día, formara yo parte del Loto Blanco. Llegó entonces a mi cabeza el recuerdo de cuando recibí esa pieza de pai-sho en una bolsita, sintiéndome algo tonto a la vez que lo hacía, puesto que en esos años no entendía el gran honor que se me estaban otorgando. Ahora siento esos tiempos lejanos, pero mi maestro los vive como si fueran ayer. Él siempre ha plantado sus esperanzas en las futuras generaciones, eso es bueno. He ahí su exigencia para con sus alumnos.

No obstante, también confesó que existía una característica entre todos los miembros de la horda aquella; ninguno de ellos había tenido hijos, se había casado o habían perdido a sus esposas o a sus herederos. "Es una pena", confesó, "…pero puede ser una coincidencia solamente".

Nunca entendí porque un gran y buen hombre como Pian-Dao no había tenido hijos, no obstante la vida es así. A modo de broma le comenté que probablemente una hermosa dama andaba merodeando por el pueblo, que solo sería cuestión de emplear sus habilidades de galanteo para confeccionar una historia feliz. Ante mi sugerencia, el espadachín rió complacido, con felicidad pura, propia de un espíritu libre y bondadoso. Movió un poco la cabeza para luego servir más te en su taza.

-No lo creo Sokka. Yo solo una vez amé en mi vida y fue todo lo que necesité para ser una persona completa.- La confesión de mi mentor me sacó de mis casillas. ¿Amado?, al parecer todos los guerreros conocen ese sentimiento. Mi curiosidad es grande, y ya que estábamos tocando el tema, atrevido pregunte quien fue esa hermosa joven digna del corazón del más grande soldado de la Nación del Fuego. Nostálgico siguió su relato… mostrando en su rostro facetas felices y lúgubres.

–Era la más bella mujer de la Nación del Fuego, – inicio, - eclipsaba al mismo sol, haciendo que los maestros fuego perdieran sus poderes con solo verla. Tenía una voz cálida como estas tierra y unos ojos amarillos como ámbar. Era hermosa Sokka, la más hermosa de todas. No podrías imaginarla ni aunque lo intentaras con todo tu ahínco.

Nunca he temido a nadie… pero si ella se acercaba y me hablaba, era todo. Sucumbía ante sus encantos y no valía nada, ni como guerrero ni como persona. Ella era la única con la capacidad de vencerme y jamás se dio cuenta.-. Ante sus palabras, la sorpresa junto con las ansias de saber más se apoderaron de mí. Siendo ahora yo el que servía él te para no cortar el relato de Pian-Dao. –Pensé miles de cosas… todas con ella… y me forjé castillos en el aire con las palabras amables que decía. Yo escuchaba salir de su boca frases de amor eterno para mí, más lo que emitía realmente eran simples "holas" cordiales, pero tú entiendes cómo es uno cuando está enamorado, ve lo que quiere ver y oye lo que quiere oír. Tuve miedo entonces de caer en su lindeza, de lastimar mi corazón y ser vencido sin siquiera dar pelea. La amaba tanto Sokka, no hay palabras en este mundo para describirlo.

Entonces, un día, me armé de valor. ¿Cómo era posible que luchara contra cualquier enemigo sin sentir siquiera remordimiento y ella, solo con una sonrisa, me obligada a ejercer retirada como un vil cobarde?. Eso no podía ser. Por eso la busqué. Ahora cuando lo rememoro me lleno de vergüenza ante la poca experiencia y lo inmaduro que era, pero bueno… era un proceso, como todo. Me arreglé lo mejor que pude, como si a la guerra fuese, y me dirigí a su casa, toque la puerta y ella salió. Con la cara enrojecida le confesé mi amor, lo que sentía por ella, lo inútil que era a su lado y lo mucho que la necesitaba…- y silenció, viendo hacia la taza de té, mientras yo estaba al filo de la mesa aguantando la respiración con los ojos clavados en él… ¡y a él se le ocurre callarse!.

-¡¿Y luego que y luego qué?!- suplicaba como si mi vida dependiera de eso. Quería saber el final de la historia de Pian-Dao…. Aunque… si lo pensaba mejor… el desenlace era evidente. Por algo aún vivía solo…

-¿Sabes qué me dijo Sokka?-, con los ojos abiertos como platos agite la cabeza en negación, deteniendo el tiempo suficiente ese paro cardiaco que estaba a punto de darme por la intriga, solo para escuchar la conclusión de la historia, - … Me dijo algo que me cambio totalmente… me dijo que me amaba tanto como yo a ella. Nos casamos y fuimos muy felices por muchos años, años maravillosos y divinos que solo hayo explicación en la benevolencia de Agni por otorgármelos… hasta que ella enfermo… y Agní me la arrebato.

Ese día me sentí inútil, perdí a la mujer que adoraba con mi espíritu entero, perdí la luz de mi vida y perdí tantos hermosos recuerdos que pudimos haber construido. No tienes idea de cómo la extraño. Esto no me lo vas a creer, suena loco y hasta obsesivo, pero de alguna manera extraña, me había entrenado a mí mismo para despertar antes que ella, para verla abrir sus bellos ojos ámbar todos los días. Para verla salir de su sueño pacifico, hacer una careta tan dulce como la miel y ser el primero en oírla decir "buenos días" al despertar. Por eso, el peor día de mi vida no fue cuando partió… fue el día después… cuando al regresar a la casa, al recostarme en mi lecho, caí en cuenta que ella nunca volvería a estar ahí, como siempre lo hacía, y yo nunca volvería a verla abrir sus ojos ámbar o a oírla decir "buenos días".

Con ella me sentía feliz, con ella a veces me sentía miserable, pero sobre todo con ella me sentía vivo. La ame como no tienes idea Sokka y aun la amo. Después de ella ninguna mujer toco mi alma. La extraño, extraño su peso en la almohada, su silueta entre los pasillos, su risa obstruida por sus manos. Pero… no me arrepiento de nada. Si no hubiese confesado mi amor, todos esos castillos en el aire que confeccione se hubiesen caído uno a uno poco a poco. Pasé tantos momentos felices que los tristes eran insignificantes. Ahora la recuerdo con alegría y vivo con total plenitud puesto que los dioses me dieron el milagro de conocerla… al igual que me darán el milagro de reunirme con ella en el más allá… pero aún no.-

Tuve que hacer un esfuerzo titánico para no llorar… porque los hombres también lloran. Aclaré mi garganta y tomé rápidamente un poco de té. Espíritus del cielo, era la historia de amor más trágica que había oído junto con la de Iroh, Jeon-Jeon, Bummy y Pakku (aunque Pakku no cuenta tanto porque al final se reunió con su gran amor). ¿Qué clase de destino les toca a los de esa prestigiosa orden?. Y cuando pude hablar, con dejos quebradizos de mi voz, di mi pésame al noble caballero, diciéndole que era un hombre admirable y de los más fuertes que había conocido… no obstante, tuve que ser honesto con él en otro aspecto.

-De repente maestro… como que ya no tengo tantas ganas de entrar en el Loto Blanco-. Pian-Dao no hizo más que soltar una carcajada ante mi comentario. Era bueno verlo reír después de ese momento agridulce. Luego pregunto el porqué de mi comentario. Yo no lo hice esperar con mi respuesta. –No sé… es un gran honor pertenecer a la orden, de eso no hay duda, pero ¿A cambio de que le destruyan a uno el alma, el corazón y la vida?... No lo sé. Creo que es por esos momentos terribles que ustedes pasaron por lo cual son tan sabios… no obstante, si solo de esa forma puedo llegar a ser tan erudito, prefiero vivir en la ignorancia.-

-Pero para ti sería fácil,- continuo el espadachín con un aire "azulesco" de maldad, - Todo es cuestión de que la emperatriz fallezca, como no la amas no tendrás nada que perder. Se contaría una historia de amor dramática e increíble. La historia de dos dirigentes unidos por situaciones políticas que llegaron a enamorarse para luego ser separados por la mano de la muerte. Tu serías su eterno enamorado, su viudo sufrido, un muerto en vida. Dirán por siglos que tu corazón era de la única dueña de los ojos profundos, pero sabrás que esa parte es mentira. Dirás que ese golpe fue el que originó tu sabiduría y paciencia. Quedarías como un mártir, admirado por todos a causa de tu trágica vivencia, aunque sea una fachada. ¿No te parece conveniente?-

-¡Maestro Pian-Dao!, ¡Calle que los dioses lo escuchan!. ¡Que la diosa muerte no lo quiera!. ¡Ni en broma llegaría a decir tal cosa!. Si ese es el requisito para ser parte del Loto Blanco creo que pasaría sin ver. ¡¿Qué clase de monstruo sería al desearle ese destino a la emperatriz solo por mi prestigio?!-. Nuevamente la risa de el moreno intentaba escapar por la casa. Le parecía de lo más cómico verme sudar frio, poniendo una cara de espanto y rezando para que los dioses hicieran caso omiso de sus palabras.

A mí el estómago casi se me sale por la boca cuando ese comentario fúnebre de Pian-Dao apareció. Ni en mis más locas pesadillas querría eso para Toph. Es cierto que en ocasiones deseo como estrangularla, pero es en sentido figurado, nunca literal. Ella… es así, es de esas personas que lo sacan de quicio a uno… pero eso puede llegar a ser divertido… cuando uno lo cuenta años después en esas fiestas de amigos, porque de momento no da gracia.

-Pero si no la amas, entonces ¿Qué importa?-, justifico mi mentor la razón de su broma cruel, puesto, según lo que el entendía, la ausencia de cariño entre nosotros era razón suficiente para que se ejecutara su macabro plan… evidentemente estaba muy equivocado.

-¡Sí pero no!-, le dije muy seguro de mí mismo, con cara de total indignación, volteando el rostro y tomando un poco de té.

-…aunque, con respecto a eso último… yo tengo mis dudas-

-¿Con respecto a qué?-

-A lo que sientes por la emperatriz. No se Sokka, llámame loco, pero hay algo que no termina de encajarme. Mis años tengo y me han costado, por ello, en base a mi experiencia, creo que hay algo que ocultas. Aun no termino de asimilar el repentino interés por la vida secreta de tu señora, de la emperatriz, porque si ustedes se casaron por razones políticas ¿eso no implicaría una ausencia total de relaciones más allá de las profesionales?. ¿Porque tanto atractivo ahora por la condición y estado de la dirigente del Reino Tierra?. Eso que importa si tu objetivo único es mantener la estabilidad de sus naciones, no conocer los misterios que ella encierra.-

-Maestro Pian-Dao, le está preguntando a la persona menos indicada. Ni yo mismo entiendo lo que está pasando. A veces siento que la necesito desesperadamente y a veces no soporto ni verla, pero no sé si es porque ella es complicada, si es porque con su ayuda puedo hacer grandes cosas para el Reino Tierra o para la Tribu Agua, o bien por otros motivos. No entiendo nada y con estos silencios, estos secretos, me encuentro aún más confundido… Estoy seguro que no la amo… pero cuando casi la perdí… tuve miedo, un miedo que nunca había experimentado en mi vida y no sé porque … y eso me atormenta…. Además, persivo que ella oculta algo tan grave que no me va a ser posible perdonarla. Estoy consciente que si nos casamos fue por nuestros reinos, pero eso no implica que ella pueda hacer conmigo lo que quiera, que pueda jugar con lo que es sagrado para mí. Espero, maestro, equivocarme y ser el que le tenga que pedir perdón de rodillas a la emperatriz. Porque si la corazonada que tengo es veraz (aunque no sé a ciencia cierta que sea), tenga presente que hay cosas que no podré pasar por alto.-

Nuevamente el silencio tomo el espacio como suyo. Mis palabras directas y sinceras habían calado en las ideas de Pian-Dao. El sabio maestro ya había expuesto su punto de vista, no le quedaba más que aceptar el mío. Sin embargo eso no lo iba a forzar jamás a renunciar a sus hipótesis locas. Asintió la cabeza, expresando la tolerancia que sentía ante mi decisión. Luego me pidió que lo excusará por unos segundos. Se levantó, alegando que traería algo especial.

Lo vi acercarse a uno de los muebles del sitio, para luego abrir las puertecillas de madera de ese armario. Tomó con sus manos una botella, la contemplo como si fuese el regalo más maravilloso de Agni para los mortales, luego regresó a su sitio. Acomodando sus ropas, sentándose elegantemente, puso, solo cuando él estuvo listo, la botella en la mesita del té. Y aunque era un acto sacrílego el mezclar el té con el alcohol tan repentinamente, ese día (seguramente) mi maestro se sentía rebelde, con ganas de romper algunas reglar.

Inmediatamente reconocí la botella. Los colores de la Nación del Fuego reclamaron mi rostro una vez más. No era posible que aquella botella estuviese ahí. ¿Acaso era otra broma del señor del Karma?. ¿Algún día podría escaparme de la amenaza de del bosque y el recuerdo de su señora?.

Mis ojos tomaron el tamaño del mar, y de repente percibí helado el ambiente. Sí bien era un honor que Pian-Dao tuviese una botella del vino de cuya producción yo mismo me encargaba de dirigir, no cabía duda que los recuerdos de la emperatriz proponiéndome la empresa aquella o ilustrando el nombre del vino en el aire me azotaban.

-Compré hace algún tiempo uno de esos vinos "La Doncella de Hierro"…- inicio su conversación. Alegando que los comentarios sobre su buen sabor y cuerpo le llamaron la atención. Opinando que, en efecto, era muy bueno. Sin embargo, aunque él no era un amante de las bebidas alcohólicas, puesto que su desvelo era el té, muy de vez en cuando tomaba una copa, solo para cambiar la rutina.

Examinando la botella ahora entre sus manos, expresaba que otra cosa lo atrapó fue el nombre de la casa productora del vino, que evidentemente yo conocía también. Y mientras contaba otras pequeñeces sobre aquella botella, yo me limité a poner los brazos sobre la mesa y esconder la cara en entre ellos.

Él continuaba prendido de la imagen de la etiqueta, moviendo el recipiente un poco, solo para apreciar mejor la estampa, ignorando mi vergüenza por completo. Internamente me retorcía entre la pena y mi fallida misión de olvidarla, mas Pian-Dao continuó con su monologo.

-Bueno, entiendo perfectamente tu situación. Mas debes tener presente que será difícil y muy duro mantener la postura junto a una mujer tan hermosa, con ojos tan bellos y profundos, con todo respeto. Y ya que estamos hablando de ella, se me permites, ¿sabes lo que me parece más lindo que posee la emperatriz a parte de sus ojos esmeralda?. Su pálida piel de marmol. Es perfecta, resalta el color de sus iris y su cabello negro enmarca su rostro de una forma que solo los dioses hubiesen imaginado. He escuchado personas envidiosas que le dicen que tiene la tonalidad de un muerto, Iroh enfurece al oír tales cosas, pero… si he de compararla… creo que ella es como… como un loto blanco… llena de vida y de esa bondad extraña que solo el que la conoce la aprecia. Quien iba a decir que esa niñita tan poco preocupada por su apariencia sería el orgullo del Reino Tierra y la envidia de las otras naciones.- Y en lugar de hablar del clima, del blandir de mi espada o de su obsesión con el pai-sho, hablaba de ella sin soltar jamás esa dichosa botella… bendito el tiempo y la distancia.

-Maestro…-, comenté, con mi cara oculta, lo que obligaba a mi voz sonar encerrada y obstruida, -le suplico que me diga que es la mujer más horrible y espantosa que jamás haya visto… porque con cada segundo que pasa la veo más linda… y eso es un problema.-

Murió entonces el tema por ese día… entre el rostro enternecido de mi comprensivo mentor y la imagen de la emperatriz, que yo mismo había pintado, estampada en la etiqueta de la botella.

Los días de mi estancia en la casa de Pian-Dao habían llegado a su fin. Entre cavilaciones, conversaciones y análisis el espíritu había recobrado fuerzas, y las decisiones se habían tomado. Iría directamente al Reino Tierra, pero no a la casa de la emperatriz, la dueña de todo y nada, sino al Estruendo Tierra para conversar seriamente con Xin-Fu.

En mi pecho el acogimiento y la duda reinaba, ¿Estará bien?, ¿Estará mal mi acción?, más que mal puede estar la búsqueda de la verdad, ¿No es al final lo que todos buscamos?.

No podría describir la nostalgia que me atacaba inmisericorde cuando recogía mis cosas de la habitación roja, pero sabía que la causa de ese sentimiento yacía en la seguridad que me daba el espacio. En ese sitio "nada" ocurría, no existía ella, no existían los problemas del Reino Tierra, no existían los burócratas y tampoco el emperador, solo yo, Sokka de la Tribu Agua del Sur. Pero debía enfrentar mis espectros, quisiera o no… y el mar sabía que no quería.

El mismísimo Pian-Dao me dejó hasta la puerta de su casa, ¡qué gran honor!. El sol apenas se alzaba, anunciando la hora de mi partida. Con un abrazo cálido y lleno de emociones me despidió el espadachín, aconsejándome que cuidara de mí mismo, confesándome que estaba orgulloso de mi y advirtiéndome que el velar por otros era una gran responsabilidad. Finalmente mandó miles de saludos y bendiciones a su amiga de ojos pardos, lo cual activo un recuerdo en mí cabeza.

Inmediatamente rebusqué entre mi mochila el objeto que me encargaron entregar y que casi olvido (que la emperatriz jamás se entere de eso último). Presto saqué el regalo verde que ella había enviado, entregárselo en las manos al maestro espadachín.

Arrugando un poco el semblante por la sorpresa Pian-Dao tomó el objeto, y al escuchar que era parte de mi señora lo abrió de inmediato. Soltó los hilos, quitó la envoltura, emergiendo de ella una moneda dorada con el escudo de la familia Bei-Fong (¿Mi familia?).

Evidentemente yo no entendía el porqué del objeto. Lo último que necesitaba Pian-Dao era dinero de otros, además, con una moneda no se compran muchas cosas, menos si tiene el símbolo de los Bei-Fong… porque ese no es el diseño de las monedas del Reino Tierra. Mas el noble hombre aplano el rostro, era lógico que el pequeño objeto tenía otro significado, y aunque por unos segundos el sabio señor dudo en hablar al respecto, seguro pensó que era imperativo que yo supiese lo que aquella moneda trataba de comunicar.

Explicóseme primero lo lógico a manera de introducción; que aquello era una moneda con el escudo de la familia de mi emperatriz, para luego seguir con lo que realmente me incumbía y lo que a él le incomodaba.

- Los oriundos del Reino Tierra-, dijo, - tienen la costumbre de enviar el emblema de su familia a sus aliados cuando presienten una traición. Es el mensaje que recuerda el pacto que existe y lo que implicaría un fallo a el. Por ende, sea lo que sea que ocurra con la emperatriz, lo prevé como una deslealtad… no sospecha de ti, si no de mí… pero ignoro la causa o el motivo de los delirios de la dama del Reino Tierra. Esta moneda me alude sobre nuestra comunidad silenciosa, refrescándome el acto de nuestra mutua lealtad, de la cual tú no eres parte Sokka. Mas es un acto ilógico su aviso, tan fiel soy a ella como lo soy a ti. Pero no me detendré en el análisis del discurso, dale esto de mi parte a la emperatriz, así sus dudas sobre mi devoción hacia ella se disiparán.-, habló, para luego entregarme una ficha de pai-sho que guardaba en su manga, envolviéndola en el pañuelo verde, amarrándola con el dorado hilo. Y luego prosiguió, - Creo que lo que estás haciendo incomoda a la emperatriz, la hace dudar. La irrita el hecho de no saber con exactitud tus intenciones…. Tu decisión te puede traer desgracias… deberías pensar mejor si tus objetivos valen el precio…-

Pero no me daría por vencido, y si bien acaté el consejo de mi maestro ya era tarde para retroceder. Gracias a Agni que mi mentor era juicioso, puesto que comprendió y respetó mi decisión.

Y así deje la nación del fuego, con una luz en mi búsqueda y la preocupación de las acciones meticulosamente silenciosa de mi emperatriz.

De la misma forma en que arribé a la Nación del Fuego la abandoné, como un común, como yo mismo. Esa era la única y verdadera forma de viajar. En todos esos días que habían transcurrido no me atrevía a escribirle a Toph. No deseaba recibir una respuesta en donde sus palabras suaves con dejos de manipulación se metieran en mi cabeza. Solo cuando Pian-Dao me explicó el significado de la moneda, entendí porque su insistencia en que se la entregara apenas lo viese. Era prácticamente una intimidación no verbal, ella no quería que el noble maestro hablara de más… ¿De más?, ¿Sobre qué?... ¡Maldita sea!.

Ya no sabía ni que era cierto ni que no. ¿Cómo era posible que ella me ocultara tantas cosas sobre su cultura?, ¿Por qué no me dijo que mi nombre en el Reino Tierra sería Sokka Bei-Fong?, ¿Por qué darse la titánica labor de alterar los escritos de historia para ocultar los detalles de su elección como emperatriz?.

Igual miente el que formula la intriga como el que calla la vedad, mas no deseaba usar esa palabra para caracterizar al orgullo del imperio del bosque. No obstante la pregunta de "¿Por qué lo hizo?" no silenciaba en mi cabeza… y honestamente, no sabía si quería encontrar la respuesta.

Y entre más le hacía mente a las circunstancias previas y a las palabras de mi maestro, más pequeños detalles salían a la luz. Seguramente a ella le importaba un bledo ver a Pian-Dao, lo más probable era que quería controlar cualquier posible conversación que pudiese afectarla. He ahí la insistencia de traer al viejo sabio desde la Nación del Fuego hasta el Reino Tierra o de viajar conmigo hasta la casa del experto espadachín. No le interesaba el bienestar de mi maestro, le importaba salvaguardar sus secretos. Y con certeza si ella hubiese estado ahí, en la casa de mi mentor, hubiese controlado las conversaciones a su voluntad, reteniendo detalles de la historia, maquillando los hechos ocurridos con discretos comentarios o desviando el tema para callar al caballero aquel. ¿Con que clase de ser me había casado?, está no era la Toph que conocía. Mi Toph era dulce, intrépida, decidida, honesta, sincera, bondadosa, comprensiva, vivaz y amable… la emperatriz era calculadora, fría, mentirosa, analítica, cautelosa, sínica, falsa, astuta, manipuladora, cruel.

No… Toph no era una persona distinta a la emperatriz… está Toph y la emperatriz eran la misma persona… desgraciadamente.

De repente los recuerdos de las discusiones donde me decían que yo no entendería nada de lo que le pasaba en su vida venían a mí. En efecto, no entendería porque para poder lograr eso debía saber lo que ella, con tanto afán, escondía. Capté entonces que su amabilidad, que sus disculpas y su entrega no eran otra cosa que la táctica de un guerrero experto para mantener su feudo y sus sirvientes. Lo que hacía en mi era nutrir un estado de perpetua felicidad enfermiza para que yo ignorase todo, para que ella pudiese hacer lo que solo Kioshy sabe que quiere lograr… para poder concluir su juego de pai-sho.

Era yo eso, una pieza más en el juego de la emperatriz… ¿Pero cuál pieza era?. Si tan solo tuviese esa información podría revertir las circunstancias. Si era una simple chivo expiatorio estaría en total desventaja ante sus maquinaciones, pero, si yo resultaba ser el loto blanco, la pieza fundamental, aquella que si es eliminada termina el juego, la que caería en desgracia sería ella.

Lo que más me entristecía era que al final parecía que Suki tenía razón… pero no había que cantar victoria. Cabía la posibilidad de que todo fueran delirios míos a causa de la ira que sentía por la intimidación tan vil que ella hizo a Pian-Dao… debía esperar… debía ser paciente… como la madre naturaleza.

Te lo imploro señor del Karma, has que me equivoque y permíteme arrastrarme a pedirle absolución a la emperatriz por dudar de ella.

Vistiendo ropajes verdes, crecido un poco mi cabello, era imposible que cualquiera me reconociese como el emperador. El emperador anda en excelsos carruajes, con pomposas ropas y finas joyas, no con vestimentas baratas, casi sin dinero en las bolsas y viajando en una carreta repleta de jarrones. Ese era el objetivo, no ser el emperador, esa figura de autoridad con el cual nunca me sentí identificado, y aunque me presentaba con un nombre falso de Wang Fuego para poder transitar con tranquilidad, en el fondo siempre sería Sokka, el campesino de la Tribu Agua del Sur.

Varias revoluciones solares saludaron antes de llegar a mi destino, y fue necesario esperar el manto de la noche para ser partícipe del evento que, admito, amaba: El Estruendo Tierra.

Pagué el boleto con monedas del Reino Tierra y algunas de la Nación del Fuego, seguí el paso designado hacía las graderías, esperando ver la lucha aquella que tanto nos hacía estremecer. Nuevamente los luchadores se presentaron, se designaron los combates y se dio espacio a las peleas; siendo, como era de costumbre últimamente, El Arenero y La Piedra los favoritos. Mas yo no hice acto de presencia ese día a ver los encuentros. Iba a hablar con Xin-Fu.

Luego de las peleas me dirigí a los camerinos, que si bien eran restringidos para el público yo no era del tipo "publico común". Algunos luchadores me detuvieron, más les alegué que era amigo de su maestro de ceremonias y pronto llamaron al noble guerrero para corroborar mi historia. Xin-Fu apareció de la pared, con cara de pocos amigos por interrumpir su rutina posterior al espectáculo, maldiciendo por lo bajo al infame que pretendía ser tan importante como para molestarlo.

Pobre hombre, su rostro palideció al chocar sus ojos verdes con los míos azules, pidiendo mil disculpas por el acto inicuo que acababa de hacer, excusando que siempre venían a buscarlo farsantes o pobres diablos sin dinero.

Fue necesario tranquilizarlo un poco antes de preguntar algo de lo que me interesaba. Comprendía perfectamente al luchador, él era un hombre de negocios, seguramente la primera opción para pedir un préstamo rápido y sin preguntas. Por ello yo estaba consciente de que los improperios no eran para mí o para alguien específico, eran mecanismo para expulsar el estrés por la ira de aquella acción recurrente e incómoda.

Con un Xin-Fu más calmado, le dije que necesitaba hablar urgentemente con él y a solas, evidentemente en la más estricta confidencialidad. Y como a buen entendedor pocas palabras, el luchador de ojos de bosque amenazo a todo aquel presente que si habría la boca para contar sobre mi visita, pues que se preparara para perder la cabeza… y todo aquel presente respiró grueso, asegurando que el secreto moriría con ellos.

Abriendo un hoyo en la pared me guió hasta una oficina en alguna parte de la estructura del Estruendo Tierra. Simple pero sencilla, la habitación poseía algunos muebles para archivar papeles, un gabinete para el licor, un escritorio con su silla y dos sillas más para las visitas.

Me ofreció entonces asiento, el cual yo acepté, y un trago, el cual tuve que rechazar. Me era imperativo estar en mis cinco sentidos para formular las preguntas adecuadas, para guiar la conversación por donde yo quería. En cambio Xin-Fu sí se sirvió un poco de ese licor, un líquido de color miel, fuerte como él, tradicional como su gente.

Sentándose en el escritorio frente a mi inicio la conversación, contándome que por las tierras verdes se sabía que yo no estaba presente, sin embargo las cosas iban muy bien. La emperatriz guiaba todo con maestría suprema, como debía ser. Grandes proyectos se estaban llevando a cabo y otros habían concluido beneficiando a muchos.

Su comentario me alegró… pero me preocupaba que la emperatriz se estuviese esforzando de más. Con lo necia que era seguro había pasado por alto las indicaciones del médico, empleando hasta el mínimo de tiempo en trabajar.

No obstante, las palabras del maestro de ceremonias, por el momento, no me eran de completo interés, había llegado ahí con un propósito, el cual estaba dispuesto a cumplir. Entonces, cuando vi que el momento era el apropiado, hice mi jugada. Le pregunté al guerrero de roca si era fiel a mi como lo era a sus sueños, a su tierra y a su señora. Sorprendido respondió positivamente a mi interrogación, sumando que si algún día traicionaba a los suyos o a sus emperadores él mismo se exiliaría en la Nación del Fuego (que le parecía el peor lugar del planeta entero). Pregunté a continuación si sus expresiones eran veraces, y hasta el cansancio el luchador dijo que sí. Posteriormente, cuando sentí en el corazón de Xin-Fu la verdad absoluta de sus palabras… comencé con mi elaborada treta.

-Noble Xin-Fu, -, di principio, - me has demostrado tu nobleza en más de una ocasión, por ello te considero como uno de los hombres más magnánimos que he tenido la dicha de conocer en mi mandato. Acudo a ti puesto que confío plenamente en tu discreción, en tu palabra, en tu sentido de responsabilidad y en tu habilidad de entender las repercusiones de actos indiscretos. Por ello, te digo antes que nada el contexto general de mi búsqueda, y entenderé si quieres negarte o no a responder, mas debes tener en cuenta que tu silencio afectará a la nación entera y a tus emperadores también-. Los ojos verdes de Xin-Fu destellaron como jemas, interrumpió el consumo de su bebida con solo escuchar lo que había dicho. No lo culpo, impuse una esencia dramática en mi hablar, ese era el plan. La atención de maestro de ceremonias fue mi presa inmediatamente. Solo cuando noté que él había caído en mi red, proseguí tan dramático como antes.

-He de preguntarte sobre la vida de la emperatriz,- dije, - más ella ni nadie debe enterarse de nuestra conversación, como te comenté, necesito esos detalles, me es imperativo, pero igualmente me es vital tu silencio. Lo que deseo saber de la señora más noble del Reino Tierra no me lo puede decir ella misma, puesto que, como todo protagonista, no es capaz de darme los testimonios que busco. Sé que tu honradez está con ella, pero te recuerdo también que me debes el mismo respeto y la misma lealtad a mí que soy tu emperador. ¿Me ayudarás o piensas faltar a mis órdenes?-

-No, jamás emperador.-, afirmó con el rostro plano, completamente serio, tomando lo último de su bebida para que nada lo distrajera. Luego prosiguió, -Como su humilde sirviente no creo serle de ayuda, pero si usted dice que es importante la información que le puedo dar, no solo por el bien del imperio sino por el bien de la familia imperial, puede jurar que a usted le diré todo, a usted y solamente a usted. Y ni a la emperatriz misma se enterará de nuestra platica. ¡Que Kyoshi tenga la gracia de perdonarme!. Aunque me arranquen la vida o me sometan a mil torturas para ello-

-Sabía qué hacía bien al apostar a tu favor como uno de mis leales hombres. Iniciaré pues con lo que me trajo a ti. Hace poco la emperatriz sufrió un percance en su salud. Casi la perdemos, fue un evento terrible que no deseo que se repita, pero para que eso no suceda necesito encontrar una cura a sus males, y para encontrar una cura a sus males necesito encontrar la raíz de estos. A nuestra señora la atacó un terrible desmayo que casi le cuesta la vida, pero, en los últimos años, e incluso meses, también ha padecido de desvanecimientos, leves, pero le ocurren.

Ella no sabe o no recuerda cuando estos percances iniciaron, más estoy seguro que caya porque no quiere preocuparme. Por ello me he dado a la labor de encontrar la fecha en la cual iniciaron estas dolencias, y la más lejana me llegó en forma de un rumor.

Dicen las malas lenguas que ella sufrió un atroz desmayo en la arena del Estruendo Tierra, mientras luchaba. No sé si es cierto, no sé si es mentira, es solo una hablilla que quiero confirmar… por ello vine aquí, porque el que me puede dar la respuesta eres tú, él que todo lo controla aquí, él que conoce a la emperatriz desde niña.

Si me dieras esa información, podría darla a los médicos que trabajan en el caso de nuestra señora del Reino Tierra y así curarían su mal. Tu sabes cómo son esas cosas de la salud y las medicinas. Diagnósticos, predicciones, sanaciones… parece más bien cosa de magia-

Mi explicación fue suficiente para hacer soltar la lengua de Xin-Fu, que si bien es un hombre brillante aun es un ser humano y los sentimientos lo mueven. Solo el bienestar de la emperatriz pasaba por la cabeza del maestro de ceremonias, por ese motivo no cuestionó jamás mis palabras, diciendo todo lo que yo quería oír.

-¡Por la Madre Tierra!. Había escuchado que la emperatriz sufrió un grave desvanecimiento hace poco pero no tenía idea que venía sufriendo de otros previos. Es necesario encontrar una cura, no vaya a ser que algo malo pase…

Bueno mi señor, lamento decirle que los murmullos que le contó el viento son mentiras, burdas mentiras. La emperatriz nunca se ha desmayado en la arena, mucho menos durante la lucha… pero si se ha desmayado en este lugar.

No sé qué ocurrió exactamente, pero… cuando ella luchaba aquí, y antes de que se desvaneciera en el Estruendo, ella no se veía bien. No sé cómo explicarlo. Yo la conozco, con forme han pasado los años dejé de verla como una fuente de dinero, pasó a ser una luchadora, luego a una compañera y luego comencé a tomarle cariño. Cariño que podría compararse con aquel que tiene un guardián para su protegido. Ella era el orgullo de todos aquí, y a como fueron pasando las conversaciones, la confianza entre nosotros crecía. Sin darme cuenta las bromas y las confesiones se hicieron presentes, y ella robó mi corazón como lo hace con todos los que la conocen. Por eso sé cuándo está mal, física o emocionalmente. No importa que tan duro intente ocultarlo, yo lo sé.

Y como le dije, en esos años algo la estaba agobiando. Comprenda, eran muchas cosas en su vida las que estaban cambiando. Estaba en edad casadera, la habían elegido emperatriz, había una gran presión de parte de sus padres para que escogiera un pretendiente, sin mencionar los caballeros de insistentemente la buscaban para exhibirse a sí mismos como la mejor opción de marido. Todo eso me lo contaba como para dejar salir un poco el estrés del momento. Venía aquí y peleaba como nunca lo había hecho para olvidarlo todo. Los gritos aclamando a la "Bandida Ciega" eran tan fuertes que necesitabas cubrirte los oídos para no quedar sordo.

…Creo que en parte eso fue lo que provocó su desmayo, y creo que eso era el "algo" que le provocaba el malestar. Estaba bajo mucha presión, sin mencionar que con forme su fama subía los mejores maestros tierra de todo el reino venían a retarla. Hombres del doble de su tamaño y el triple de su masa muscular. Guerreros experimentados, con más edad que ella, eran brutales e inmisericordes en sus ataques. Toph apenas se estaba convirtiendo en mujer, estaba en ese límite entre la adolescencia y la adultez, su cuerpo aún no estaba desarrollado por completo, no tenía la fuerza que ahora posee, y sin embargo peleaba como el más bravo soldado.

Un día de tantos, después de terminar el espectáculo, me quedé aquí arreglando algunas cosas. Todos los luchadores se habían ido, solo ella y yo estábamos. Toph, con los años, se hizo a la costumbre de ayudarme a recoger o arreglar algunas cosas antes de ir a su casa a descansar, por ello siempre la última en irse era ella.

Como ya nos habíamos acostumbrado a esa rutina, no era normal que ella se fuera a hacer sus cosas por ahí y yo las mías por acá. Este lugar es grande, si no se sabe quién se encuentra en el edificio no hay manera de saber lo contrario.

Esa noche, cuando hube terminado todos mis asuntos pendientes, fui a buscar a Toph. Sabía que no se había ido aun, puesto que siempre se despedía de mi antes de marchar. Ella era rápida en sus labores y ya había pasado mucho tiempo, así que pensé que el desastre en el lugar era tal que se requerían manos extra para terminar ese mismo día. Por ello la fui a buscarla, para ayudarla a concluir lo que fuese que estuviese haciendo.

Salí de mi oficina, la llamé pero no me contestó. Ella siempre contesta, tiene un oído privilegiado, y fue por eso que me confundí mucho. Toph tampoco suele hacer bromas de ese tipo, de quedarse en silencio o similar. He ahí la causa por la cual la extrañeza me atacó levemente al en un inicio. Seguí buscando y llamando pero nada, fue cuando de extrañeza pasé a confusión. Vi en la arena, y en los camerinos y no, incluso en algunos pasillos, pero igual, nada. Y de confusión pasé a miedo.

Emperador, revisé todo de pies a cabeza, incluso en los pasadizos secretos que solo ella conoce por su excelsa habilidad, pero nada. Finalmente solo quedaban las bodegas, ella nunca va ahí, no le gusta, pero cuando hay que acomodar algo… pues… no le queda de otra.

Fui al lugar, baje las escaleras de roca, que son bastantes si me permite decir, y no vi nada más que lo que iluminaban los cristales de luz. Ese espacio está lleno de cajas acumuladas, una encima de la otra. También guardamos pesas y cosas para entrenar, por eso se desordena, porque subimos equipo y luego lo dejamos ahí… así pues hay que acomodarlo de vez en cuando. Pero una corazonada me indicaba hiciera un escrutinio profundo en la zona, y lo hice.

Fue espantoso mi señor, cuando menos lo pensé vi salir por detrás de unas cajas un pie. "¿un pie?", me dije, y asomé la cabeza un poco más… entonces las ropas verdes de Toph se hicieron claras, era ella totalmente inconsciente.

No sé qué hacía entre de las cajas, pero fue lo último que me importó. Rápidamente me dejé caer al lado de Toph y la tomé entre los brazos. Estaba pálida y respiraba levemente. Mas no era tiempo para entrar en pánico, eso no la salvaría en la emergencia y ya tendría otros momentos para enloquecer de la presión. Conservé la calma, me percaté de lo inútil que resultaba ser en ese justo instante, concluyendo entonces que la opción más lógica era llevarla donde sus padres.

Prácticamente rompiendo montaña la llevé a su casa… yo no le agradó mucho a sus padres… y como podrá imaginarse me echaron la culpa de todo, pero eso es otra historia que no compete a este asunto.

Destruí toda la entrada principal de la casa de Toph, de pasó desperté a todos en ella. Los primeros en salir fueron los señores Bei-Fong… y su guarda… a como pude les explique lo que había pasado, alegando que no sabía cómo proceder ante la desgracia. Ellos de inmediato llamaron a un médico, uno que supuestamente la había visto desde niña. Luego de unas horas recuperó la conciencia, dándole a Toph un regaño que creo es digno ser cantado por los bardos… pero ya estaba bien. Eso era lo importante.

Ese día vine a trabajar totalmente desvelado… tenía una cara de muerto…. Pero bueno, volviendo, cuando ella se recuperó totalmente regresó a las luchas, más tiempo después dijo que se retiraría del Estruendo Tierra y no la volví a ver a la "Bandida Ciega" peleando en la arena. Fue una lástima… era la mejor. Después de ella solo amateurs se han unido a este negocio…-

Las palabras de Xin-Fu eran reales, lo podía ver en su cara. Él amaba su trabajo, pero más amaba ver nuevos talentos en su arena… mas… creo que lo que le dolía era el recuerdo de Toph. Tan rápido como algún dejo de sentimiento apareció en su rostro pronto lo borró, colocando de nuevo ese semblante duro como roca tan propio en él, marcado por los años y por las luchas.

Al finalizar su historia pregunté si había vuelto a ver a la señora del Reino Tierra por el Estruendo, a lo que respondió que ocasionalmente lo visitaba, lo saludaba, conversaban y se iba. Seguían siendo amigos después de todo. No había razón para no serlo más. Ella había dejado de ser La Bandida Ciega, pero no Toph. No obstante dijo que en los últimos años sus visitas eran raras, no obstante se lo atribuyó a las responsabilidades que ella debía tener como emperatriz.

Agradecí entonces la información que me había dado, recordándole el pacto que habíamos armonizado, ordenándole que si por algún motivo alguien se enteraba de mi estadía ahí dijera que el emperador estaba planeando una sorpresa para la emperatriz, por lo cual necesitaba ayuda de algunos amigos cercanos a la dueña de los ojos profundos.

Agregué además que gracias a su testimonió seguramente los doctores harían un gran avance en cuanto a la salud de nuestra señora, y que de inmediato contactaría con el médico de cabecera de los Bei-Fong el cual, según el inocente Xin-Fu, yo ignoraba que había estado envuelto en todo el embrollo.

Ese último comentario fue para despistar. La historia que había obtenido fue gracias a mis mentiras, era la única forma de que el no sospechara lo contrario… por ello era mi deber mantener la farsa.

Era hora de partir y así pretendía hacerlo, más el maestro de ceremonias agrego algo a nuestra platica, algo que sin duda me ayudaría en mi búsqueda.

-Señor, creo que si su deseo es saber sobre la emperatriz es mejor que le pregunte a los señores Bei-Fong, Lao y Poppin. Ellos están más empapados que yo de esta situación y debe apostar que son los que conocen todo, después de la emperatriz claro. Son buenas personas, algo sobreprotectores, pero buenas personas al fin de cuentas. Seguramente si usted les explica el motivo por el cual no quiere que la emperatriz se entere de su investigación, ellos lo comprenderán como yo lo he hecho. Es solo el consejo de un humilde servidor… nada que tomar en serio-

Pero lo tomaría en serio, si Xin-Fu me aseguraba que ellos sabían del tema, allá iría sin chistar. Agradecí nuevamente todas sus atenciones y con una reverencia se despidió el hombre de mí, abriendo la pared de roca de su oficina y llevándome hasta el pasillo donde nos habíamos encontrado.

Indicome entonces la salía trasera del edificio, para que nadie me viese salir por la entrada principal y así mantener el perfil más bajo posible. Como él tenía cosa que hacer no le fue posible acompañarme hasta la salida, pero no había problema. Yo no era un inútil o "un niño de papi y mami" que necesitaba que lo asistieran por todo y estaba orgulloso de ello.

Entonces nos separamos, y de la presencia de Xin-Fu solo quedó el polvo suelto en el aire al levantar la pared de piedra. Emprendí la partida, era tarde y debía viajar al estado Gaoling. Aun no sabía la mentira que formularía para sacarle la verdad a los papás de Toph… pero bueno, ya era experto en crear planes con forme a la situación. Como siempre digo "algo se me ocurrirá".

Y mientras caminaba por los pasillos silenciosos del Estruendo, noté que alguien se aproximaba. A lo mejor se trataba de algún luchador que buscaba a Xin-Fu o solo Kuruk sabe qué otra cosa. Pero no estaba intranquilo si me veían o no. El maestro de ceremonias del Estruendo Tierra probablemente hablaría con los luchadores por la mañana, salvaguardando mi identidad y mi visita. Era bueno tener un hombre de confianza de vez en cuando… ya que ella los tenía a todos, incluyendo al bosque mismo.

En efecto, la silueta aquella era un luchador, era el Arenero para ser exactos, conozco bien ese traje que llegue a odiar una vez en el desierto. Sin más, me hice a un lado para no molestarlo, no era mi casa después de todo, debía tener conciencia de mi lugar en el Estruendo Tierra. Y como era natural, pasamos uno al lado del otro, sin detenernos, sin mirarnos, sin saludarnos. Su turbante, sus anteojos y sus otros accesorios bien puestos se disiparon con forme la distancia se fue obligándonos a darnos la espalda. A él no le afectó en lo mínimo nuestro encuentro, pero a mí sí.

Después de unos pasos, no pude evitar detenerme instintivamente para voltear a verlo. Al notar como se alejaba, percatándome de que el jamás se iba a dignar a darme una mirada (lo cual era señal de que no notó quien era yo realmente), continúe con mi caminata. Más un sentimiento de molestia e ira me llenó en el pecho, trayéndome inmisericorde el recuerdo de la dueña de los ojos profundo a la mente después de sus llegadas furtivas.

Maldita sea mi suerte. Ese hombre, ese sujeto insolente que no le temía ni a dioses ni a espíritus, tenía el privilegio de tocar el cielo con las manos cuando él quisiera. Tal vez él no estaba consciente de ello, pero él era el ser más afortunado en el Reino Tierra… y probablemente el más odiado también.

Cuando pasó a mi lado lo sentí, sentí como salía de él ese aroma asqueroso que tanto odio y me repugna. Ese aroma que conozco bien y que solo hasta ese preciso instante comprendí cómo llegaba a impregnarse en la piel de mármol de la emperatriz, matando su perfume selvático, ese olor a bosque que solo ella despide y que amo.

Ese tipo arrogante, profano e impío, ese que se hace llamar el Arenero, era el único dueño del olor a tierra mojada.

Maldita sea la suerte del aquel que nació en bajo el arrullo del desierto.


"Nos vemos el próximo lunes. Gracias por leer."