Cuenta la leyenda que una vez hubo tres hermanos que poseyeron tres reliquias regaladas por la mismísima muerte. Esas, eran conocidas como las reliquias de la muerte y quien poseía las tres juntas era conocido como la única persona que podía vencer y burlarse de ella. Las tres reliquias eran: la varita de saúco, la cuál era también conocida como el bastón de la muerte, la piedra de la resurrección y la capa de la invisibilidad. Cada uno de los hermanos poseía una de las tres reliquias.

El hermano mayor, Antioch Peverell, fue el primer dueño de la varita de saúco. Una varita que para cambiar de amo se debía matar a su dueño. Esa era la única forma de poder conseguir ser el señor del bastón de la muerte. Antioch, por eso, fue asesinado una noche.

El hermano mediano, Cadmus Peverell, fue el amo de la piedra de la resurrección. Esa piedra, quien la tuviera en las manos podría ver y hablar con las personas que quería, sin embargo, ellas jamás regresarían al mundo de los vivos y la persona poseyente de la piedra solo vería espectros.

Y el hermano pequeño, Ignotus Peverell, el más inteligente y astuto de los tres hermanos, fue el único que consiguió burlar realmente la muerte porque le pidió una capa de invisibilidad para poder esconderse de ella y la muerte resignada, le regalo su propia capa.

Gracias a la capa, el hermano menor pudo vivir toda su vida y cuando llegó la vejez, se quitó la capa y se entrego gustosamente a la muerte.

Esa es la historia de cómo llegaron a nuestro mundo las reliquias de la muerte.

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