Disclaimer: El mundo de Harry Potter no me pertenece. Yo sólo lo tomo prestado por un ratito.
Un lugar llamado mañana
Capítulo 1
El hombre del bosque
Watford, Reino Unido, fines de octubre de 2013.
Maeve respiró profundamente y cogió su abrigo de la percha tras la puerta. El otoño se estaba manifestando con inusual intensidad y la joven maestra estaba añorando volver al verano. Nunca se le había dado muy bien eso del frío. En su familia solían bromear con que ella había nacido en el país equivocado; su lugar estaba en un país caribeño.
Aunque claro, estaba el problema de su piel. Por mucho que la muchacha tuviera el termostato más idóneo para un país tropical que para la Rubia Albión, había heredado la piel pálida de toda su familia, con la misma tendencia a llenarse de pecas bajo el sol. Si alguna vez terminaba por irse a vivir a Jamaica, tendría que pasarse la vida embetunándose en protector solar factor mil. Aunque eso era un precio pequeño a pagar por disfrutar del sol y olvidarse de la nieve.
—Maeve, ¿ya te vas? —la joven se vio obligada a bajar de sus fantasías tropicales. William Turner, uno de sus colegas estaba asomado a la puerta de su salón. Ya se había puesto el abrigo y la vieja bufanda estampada que Maeve tendía a asociar con él.
—Sí, por fin —respondió, señalando la torre de papeles que coronaba su escritorio: los exámenes de literatura de sus alumnos, corregidos y con las notas puestas (con las consiguientes caritas contentas para los que lo habían hecho particularmente bien, claro está). El otro profesor le sonrió.
—¿Cómo estuvieron?
—Bastante bien, creo que me podré dar por satisfecha. Leyeron Otelo, lo disfrutaron y lo entendieron—respondió la joven tomando su abrigo y poniéndoselo rápidamente. Su espesa melena de rizos pelirrojos fue adecuadamente cubierta con un gorro de lana—. Bastante más de lo que pueden decir la mayoría de los adolescentes de dieciséis años, ¿no?
—Pues sí, tiene bastante mérito —William se encogió de hombros—. ¿Lista?
—Vamos.
Maeve no pudo evitar una sonrisa. William vivía hacia el mismo lado que ella, a las afueras de Watford, y desde que lo habían descubierto, solían caminar juntos hasta donde sus caminos se separaban. Y si tenía que ser sincera consigo misma, William le gustaba un poco. No era sólo que fuera guapo —lo era, y mucho—, sino que también era simpático y siempre estaba dispuesto a ayudar a todo el mundo. Más de una vez la joven se había encontrado con alguno de sus estudiantes afuera de su oficina, esperándolo para hablarle de sus problemas o para pedirle que les explicara la materia que no entendían. Will siempre estaba dispuesto a escucharlos y ayudarlos en lo posible. Y sus alumnos lo admiraban, algo bastante raro en un profesor de matemáticas.
—¿Vas a ver a tu familia por Navidad? —le preguntó la joven mientras los dos caminaban entre los árboles deshojados. A pesar del frío típico de la estación, siempre le habían gustados los colores de los árboles al deshojarse. Eso y rodar por las hojas, aunque eso no iba a hacerlo frente a William. Tenía una imagen que mantener.
—Sí, claro. Me muero de ganas de ver a mis sobrinos —dijo él con una sonrisa. Sus padres y su hermano mayor vivían en Dublín y él sólo podía visitarlos cada cierto tiempo—. Pero aún falta bastante para eso.
—Pues sí, pero en el supermercado ya pusieron todos los adornos de Navidad.
—Cada año los ponen antes, ¿no? Está empezando a verse ridículo. No acaba Halloween y ya tenemos a Santa Claus saliendo hasta en la sopa —bromeó William—. Por cierto, ¿ya tienes todo listo para Halloween?
—Sí, ya compré dulces para evitar que mi casa sea bombardeada con huevos y eso. —Habían llegado al punto donde solían separarse, aunque siempre se quedaban unos minutos conversando de cosas insustanciales. Maeve metió las manos en sus bolsillos para calentarlas. No podía esperar a llegar a su casa y prepararse una enorme taza de té caliente.
—¿Tienes planes? Digo, además de evitar que tu casa sea cubierta de huevos y todo eso —preguntó de repente él. Maeve se quedó helada por un segundo. No podía ser, no podía ser. Él nunca se había dado cuenta de que ella estaba ahí, ni nada por el estilo. Pero al parecer, se había equivocado. Sí la notaba.
—No, creo que no.
—Pues… podríamos hacer una maratón de películas de terror en mi casa —sugirió él, deteniéndose en la mitad del camino. Ya estaban cerca del lugar en que solían separarse para ir a sus respectivas casas—. Ya sabes, con muchas palomitas y eso. Será divertido.
Maeve estuvo a punto de decir que a ella no le gustaban las películas de terror, porque le daban pesadillas. Pero antes de que pudiera abrir la boca, se dio cuenta de que nunca en su vida tendría una mejor excusa para sentarse muy pegada a William. Sí, era una tontería completamente adolescente, pero no podía evitar pensarlo. Eso era una especie de cita, ¿no?
—Claro, pero tú las eliges. No sé mucho de películas de terror.
—Vale, entonces. Es una cita, Mae —dijo William. Maeve se quedó helada por un instante, casi sin dar crédito a sus oídos.
—Esto… sí, claro —aunque interiormente estaba que saltaba en un pie, la muchacha se obligó a mantener la calma. No quería parecer una loca obsesionada con su amigo y colega. Nada de eso. Tenía que parecer cool.
—Estupendo, entonces. Te espero el jueves —William se despidió de ella con la mano y se alejó por el camino que llevaba a su casa.
Maeve no podía creer lo que acababa de escuchar. Se sentía como cuando tenía quince años y el chico que le gustaba la había invitado a salir. Con una enorme sonrisa en los labios, se alejó por el camino del bosque. Mientras andaba, no pudo evitar empezar a silbar una tonadilla alegre. ¿Significaba eso que a William le gustaba ella?
La joven maestra sentía que podía flotar en esos minutos. Incluso le parecía que la tarde otoñal se veía más luminosa y agradable y hasta le parecía que hacía menos frío. Como si el mundo entero estuviera de acuerdo con su ánimo.
Al llegar a casa tendría que llamar a Cathy, su mejor amiga. Ella sabía de todas las veces que Maeve había suspirado por su colega y solía preguntarle si ya se había decidido a invitarlo a salir. Seguro que su amiga se emocionaría tanto como ella misma.
De repente, sintió que algo se movía en el bosque. ¿Un ciervo u otro animal de por ahí? Maeve aguzó el oído, mientras el movimiento en los arbustos que rodeaban el camino se hacía más fuerte. Definitivamente era demasiado pequeño para ser un ciervo. Maeve sintió que los músculos se le tensaban. Cuando se había ido a vivir sola, su padre había insistido en que tomara clases de defensa personal y en esos momentos su cerebro estaba funcionando a toda velocidad para recordar los movimientos que había aprendido.
Aunque nada hubiera podido prepararla para lo que salió de entre los arbustos.
Por un momento, la joven pensó que era una broma. El hombre que acababa de aparecer ante sus ojos estaba vestido con una gruesa capa con bordes de piel, que bien podría haber sido de algún personaje de Juego de Tronos, la serie a la que su hermano la había enganchado unos meses antes. ¿Habría habido una convención de fanáticos cerca de Watford? ¿O una feria renacentista? ¿O cualquier otro tipo de evento que requiriera que los asistentes fueran disfrazados de medievales? Maeve no podía recordar haber leído nada de eso en el periódico local.
En fin, fuera lo que fuese, obviamente el hombre que tenía frente a ella estaba en mal estado. Parecía desconcertado y fuera de lugar, además de que su atuendo estaba destrozado en algunas partes y su rostro se veía magullado.
¿Qué le habría pasado a ese hombre?
—¡Señor! —gritó Maeve, acercándose a él a paso rápido—. No se mueva, por favor. Espere que ya voy a ayudarlo —intentó decirle, pero él sólo le devolvió una mirada extrañada. Parecía que iba a decir algo, pero antes de que pudiera decir algo, se desplomó en el suelo—. Mierda —fue lo único que atinó a pensar la muchacha.
Su cerebro estaba funcionando a todo lo que daba. Tenía que pedir ayuda, por supuesto. Ese hombre no estaba bien, se notaba a simple vista. Pero la ambulancia se demoraría un siglo en llegar. Y no parecía estar demasiado herido. Sólo… confundido.
Recordó una de las reglas básica del curso de primeros auxilios que todos los maestros de la secundaria habían sido obligados a tomar unos meses antes: Nunca, bajo ninguna circunstancia, mover al herido en un accidente.
Pero el punto era que no había ningún accidente a la vista. Estaban en la mitad de un camino rural, lejos de cualquier vía importante. De hecho, Maeve estaba por minutos más convencida de que ese hombre se había alejado de alguna feria renacentista cercana y estaba tan borracho que no había podido encontrar el camino de vuelta. Y claro, se había tropezado un par de veces en el camino y por esto estaba tan lleno de moretones. Sí, esa era la única explicación lógica.
La prudencia más elemental le decía que lo dejara ahí tirado y siguiera su camino. Desentenderse de él era lo más inteligente que podía hacer en esos momentos. Total, se trataba de un adulto, perfectamente capaz de hacerse cargo de sí mismo, ¿no? Pero no podía hacerlo. ¿Qué pasaba si el hombre no podía encontrar el camino de vuelta? Podía pasarle cualquier cosa en el bosque. Con un suspiro, Maeve se armó de valor y se acercó al hombre.
Con mucho cuidado, pasó un brazo del hombre sobre sus propios hombros y lo levantó. Por suerte siempre le había gustado hacer deportes y se mantenía en buena forma, aunque el hombre era pesado, podría llevarlo a su casa sin demasiados problemas. No obstante, lo mejor sería intentar despertarlo y sólo ser su apoyo para caminar.
—Oye, despierta —musitó dándole una palmadita en la mejilla. El hombre pareció despabilar un poco. Aunque Maeve no sentía el olor típico del alcohol, parecía estar mareado y atontado. ¿Qué habría bebido?—. Necesito que camines un poco, vamos. En mi casa podrás dormir y descansar, y mañana verás cómo volver a tu casa. Ahora no estás en condiciones de nada.
No estaba muy segura de que el hombre le hubiera entendido del todo, pero al menos el desconocido empezó a caminar torpemente apoyado en ella. A ratos volvía a desmayarse, pero ella lograba mantenerse en pie y lo despertaba nuevamente. Nunca parecía consciente o inconsciente del todo, pero podía caminar y seguirla de algún modo. Menos mal, porque cargarlo era difícil incluso para ella, que tenía muy buena forma física. Maeve no pudo evitar mirarlo de reojo mientras caminaban. A pesar de los rasmillones y heridas que le surcaban el rostro, se podía ver que era guapo. No guapo como Brad Pitt, claro. Más bien como esos personajes que aparecían en las películas de caballeros que tanto le gustaban a su hermano. Además, había algo extraño en él. Algo que no terminaba de encajar.
Era como si no perteneciera a este mundo.
«Estás leyendo demasiadas novelas fantásticas, Maeve —se regañó mentalmente mientras llegaban a la cerca blanca que rodeaba su cabaña—. Es sólo un tipo que bebió demasiado en alguna fiesta de disfraces y terminó metido en el bosque. Nada más».
El hombre gimió y la muchacha se volvió hacia él.
—Ya está, ya llegamos —musitó abriendo la puerta de la cabañita. Era pequeña, con el suficiente espacio para ella y Romeo, su gato. Con cuidado lo guió hacia el sofá de la salita y lo dejó caer pesadamente ahí. Definitivamente el tipo era guapo, aunque parecía algo sucio. A saber por cuánto rato había estado en el bosque dándose contra los árboles —¿cómo explicar todos esos moretones y heridas si no?—. Pobre hombre, la verdad. Había un chal en la banquita del lado y lo cogió para echárselo encima.
Nadie podía decir que no era hospitalaria.
En un principio, pensé que la reacción de Maeve no era la más lógica (y no lo es). Pero después pensé que las historias no son sobre los personajes que hacen lo lógico. Los personajes tienen que hacer locuras para que sus historias valgan la pena. Así que Maeve no hará lo obvio, que sería llamar a una ambulancia y se llevará al misterioso hombre a su cabaña.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
