Disclaimer: No soy Rowling, así que nada de este universo me pertenece.
Un lugar llamado mañana
Capítulo 2
Duro despertar
Le costó unos momentos identificar el lugar en que estaba. Para empezar, estaba absoluta y totalmente seguro de que nunca en su vida había estado ahí. Parpadeó un par de veces para acomodar su visión y miró a su alrededor. Jamás había visto un habitación así, con el techo bajo y llena de muebles rarísimos. No eran como nada que Salazar hubiera visto en toda su vida, incluso con sus viajes alrededor del mundo.
No, definitivamente no era un lugar en que hubiera estado alguna vez en su vida.
Salazar arrugó la nariz. Algo estaba muy mal.
Empezando por el dolor de cabeza que lo atenazaba.
Se llevó las manos a la cabeza, intentando que dejara de darle vueltas sin resultado. Necesitaba una de las pociones de Helga. Era casi como si se hubiera bebido un barril completo de hidromiel. Lo último que podía recordar era estar caminando en el bosque. ¿Qué había pasado después de eso?
Un par de imágenes acudieron a su mente: una chica pelirroja vestida con ropas rarísimas que lo ayudaba a andar por un camino desconocido. ¿Quién era ella? El fundador de Hogwarts nunca se había sentido tan confundido en su vida. El no saber cómo había llegado ahí lo iba a volver loco.
—Oh, veo que estás despierto —la chica pelirroja apareció en la habitación. Se estaba restregando el cabello con un paño y estaba vestida de una forma muy extraña. Salazar arrugó la nariz y la miró, sin acabar de entender lo que acababa de decirle.
La moza tuvo que repetírselo para que el hombre reaccionara. Pero antes de que él pudiera decir nada, se dio cuenta de algo importantísimo: la chica era muggle. No tenía ni una gota de sangre mágica en sus venas.
Salazar siempre sabía cuando se encontraba frente a alguien mágico. Podía sentir el poder que emanaba de ellos, eso que ellos podían controlar y que los hacía diferentes a las personas normales. Mejores que el resto.
Esa chica era una muggle. Una asquerosa muggle.
Buscó su varita en los pliegues de su capa, pero no estaba ahí. Esa moza debía habérsela quitado mientras estaba inconsciente. Seguro que la muy ingenua pensaba que tener una varita sería lo mismo que poseer magia. Típico de una muggle estúpida.
Pero no importaba. Salazar era uno de los magos más poderosos del mundo. No necesitaba de un palito para hacerse cargo de una chiquilla que seguramente no daría mucha guerra. No, no sería complicado atacarla.
—Disculpa, ¿estás bien? Todavía te ves confundido—la joven se acercó un par de pasos hacia él y extendió la mano para tocar su hombro.
Salazar se apartó de ella con un movimiento brusco.
—¿¡Qué crees que estás haciendo, asquerosa sangresucia!? —le gritó. La muchacha dio un par de pasos hacia atrás, con los ojos muy abiertos—. ¿¡Dónde está mi varita!? —añadió el mago furioso—. Te la has robado, cerda mugrienta.
El desconcierto desapareció de los ojos de la joven para dar paso a algo más bien parecido a la furia.
—¿Perdón? ¿¡Qué te crees para tratarme así!? —exclamó a su vez—. Ayer estabas tirado como un idiota en la mitad del bosque y yo te traje a mi casa, lo mínimo que puedes hacer es darme las gracias y compórtate como un ser humano —añadió cruzándose de brazos.
Salazar estuvo a punto de tener un ataque de indignación. ¿Y esa muggle insolente? ¿Qué demonios se creía ella? Seguro que no sabía con quién estaba hablando.
—¿No sabes quién soy, muchacha? —le preguntó levantándose del sofá y acercándose a ella. Pudo ver cómo la joven caminaba hacia atrás, obviamente asustada—. Yo soy el más grande hechicero de los últimos tiempos. Soy el azote de la escoria como tú. Y. Quiero. Mi. Varita —dijo las últimas palabras lentamente, esperando que la pelirroja lo comprendiera. La cogió de los hombros (tendría que lavarse después) y la zarandeó para obligarla a responder—. ¿Me entiendes?
—No… yo no sé… no sé de qué me habla —logró decir ella luego de unos momentos.
—Claro que lo sabes, sucia muggle —siseó Salazar, sintiendo cómo la ira lo invadía cada vez más.
—De verdad… ni siquiera sé qué quiere decir eso que estás diciendo —respondió ella intentando alejarse de su agarre. Él la aferró con más fuerza.
—Mi varita, pedazo de escoria —le dijo entre dientes—. Y más vale que te apresures en dármela —añadió—. ¿Dónde está?
—No sé de qué me hablas —repitió la joven con expresión aterrorizada. Salazar la miró fijamente, intentando leer su mente. Por supuesto, nada complicado de hacer. La chica era muggle y débil, para más inri. Nada en su mente estaba protegido.
Y estaba diciendo la verdad. No había visto su varita.
Salazar la empujó hacia una pared y la chica se quedó junto pegada a ella mirándolo con terror. Eso le gustaba a Salazar. Que la muy asquerosa supiera quién era Salazar Slytherin. Y que temblara de miedo ante él.
—Debería matarte, escoria —masculló entre dientes—, debería matarte por osar ponerme las manos encima y traerme a este lugar. Pero hoy me estoy sintiendo generoso, así que te dejaré vivir —dijo antes de salir.
La muchacha ni siquiera osó moverse para impedirle la salida o atacarlo de vuelta. Estupendo, que tuviera muy claro cuál era su lugar. Salazar salió de la casa con un gruñido de irritación. Seguro que había perdido la varita en el bosque y tendría que buscar una forma de recuperarla.
-o-
Había decidido seguir el camino, suponiendo que lo llevaría a algún poblado cercano. Donde hubiera gente, seguro que habría algún mago —¿qué aldea podía arreglárselas sin un buen curandero por ahí?— al que podría pedirle ayuda. Seguro que, quienquiera que fuese, se sentiría más que honrado de poder ayudar al grandioso Salazar Slytherin. Podría volver a Londinium y conseguir una nueva varita con Ollivander. Y después de eso empezaría su propia escuela de magia para magos de renombrado talento e impecable linajes. Ese interludio en la casa de esa muggle asquerosa se quedaría en lo que había sido, una insignificancia.
No se demoró mucho en llegar a lo que parecía ser un poblado. Pero no era como ningún pueblo que Salazar conociera. Para empezar, no tenía ni idea de qué se suponía que eran esos palos instalados en línea y conectados con cuerdas en su parte superior. Ni esas cosas que se parecían a un carruaje, pero cerca de las cuales no había caballos.
Y no sólo eso, todo se veía tan diferente a los lugares que conocía. El suelo de las calles era diferente, la forma en la que la gente que veía estaba vestida y todo. El dolor de cabeza volvió a atacarlo.
—¡Maldita sea! —exclamó tirándose a la calle de rodillas y afirmándose la cabeza con las manos—. ¡Maldita sea!
—¿Está bien, joven? —una mujer se acercó a él y trató de ponerle una mano en el hombro. Salazar se la quitó de encima con un manotazo.
—¡No me toque, muggle del demonio! —vociferó el hombre, repelido por la obvia falta de magia de la mujer. Ella lo miró con sorpresa y se alejó murmurando algo para sus adentros.
Salazar intentó mantener la cabeza en frío. Sí, estaba en un lugar absolutamente desconocido —tal vez ni siquiera estaba en Britania—, pero seguro que por ahí tenía que haber un mago. Cualquier persona sabía que los brujos eran indispensables para los muggles. ¿Cómo iban a solucionar sus problemas? Los muy inútiles siempre necesitaban a alguien más poderoso que ellos para las cosas más nimias.
Todo lo que tenía que hacer era acercarse a un muggle —por horrible que sonara la sola idea— y preguntarle dónde estaba la cabaña del brujo o bruja local. Fácil y rápido. Salazar respiró hondo y decidió acabar con tan desagradable acción lo antes posible.
—Señor —le preguntó a un hombre que venía en su dirección, vestido de forma rarísima—, ¿le importaría decirme dónde vive el mago del pueblo?
Aunque no le encantaba, decidió usar un tono respetuoso con el cerdo muggle. Quería que le respondieran y en ese extraño lugar no parecían tener ningún tipo de respeto hacia los magos poderosos como él. Una pena.
—¿Mago? ¿De qué está hablando? —el desconocido lo miró extrañado—. Aquí no hay ningún mago.
—¡Claro que debe haber uno! —vociferó Salazar aferrando la camisa del hombre y sacudiéndolo con todas sus fuerzas—. Y necesito verlo. ¡Llévame con él!
—No… no sé de qué habla —dijo el hombre con la voz débil. También estaba diciendo la verdad. Salazar podía verlo en sus pupilas.
Lo soltó y el hombre cayó al suelo. Por el rabillo del ojo, Salazar pudo ver que a su alrededor se había formado un corrillo de curiosos, que lo miraban y lo señalaban con el dedo, murmurando entre ellos.
—¡¿Dónde está el mago?! —gritó Salazar en dirección a la mujer que tenía más cerca—. ¿Dónde está? Necesito que alguno de ustedes me lleve con el mago lo antes posible.
Escuchó a alguien gritar, aunque no entendió qué decía. Supuso que alguien estaba diciendo que lo ayudaría a encontrar al mago. Pero los que se acercaron a él no tenían pinta de estar dispuesto a ayudarle. Lo agarraron y lo llevaron a una casa no muy lejos de donde estaban. Por un momento, Salazar pensó que se trataba de la casa del mago, pero cuando lo metieron en una habitación vacía, supo que no era así.
Por más que Salazar golpeó las paredes con todas sus fuerzas, no pasó nada. No logró derrumbar las paredes o las barras que lo comunicaban con la habitación principal. Era como si su magia se hubiera bloqueado por alguna razón que el mago no podía comprender. El mago más poderoso de todos los tiempos estaba preso de un montón de muggles idiotas.
—Este tío está loco —gruñó uno de los hombres que lo habían arrastrado ahí—. Supongo que tenemos que esperar a que alguien lo venga a reclamar.
—¿Tú crees que vendrán?
—Pues, el manicomio no ha llamado para decir que se ha escapado un interno. No sé de dónde habrá venido.
—Si me preguntas a mí, este tío viene de una convención de frikis. Sólo mira cómo está vestido. Parece que lo hubieran sacado de esa serie. Juego de tronos. Aunque nunca en mi vida había visto un friki borracho como una cuba.
Salazar soltó una maldición. Ni siquiera podía entender del todo lo que decían esos dos hombres. Muchas de esas palabras se le hacían extrañísimas. Pero no podía hacer nada. Sin su varita, se sentía completamente inútil. Y por más que había intentado hacer magia sin ella, nada había dado resultado.
Menudo fracasado que estaba hecho.
Se dejó caer en el suelo con la cabeza entre los brazos. Ni siquiera sabía dónde estaba.
Y todo por haber salido del castillo.
-o-
—Disculpen, ¿han visto a un hombre vestido con una capa?
Salazar no sabía cuántas horas llevaba en ese lugar tan raro. Muchas, seguro. Había intentado dormir, pero el camastro que ahí había era incomodísimo. Pero no iban a dejarlo ahí para siempre. Ese lugar no se parecía a una cárcel como las que él conocía. Seguro que no podía ser permanente. En lugar de dormir, se quedó mirando a la pared, acostado en el camastro.
—Sí, señorita. ¿Podría decirnos cómo se llama?
La voz de la joven le sonó conocida a Salazar, pero no se movió de su posición.
—Este… se llama… Philip. Es un… primo mío —musitó la joven—. Estuvo en una convención hace uno días. Mi tía dice que no debería habérselo permitido. No está… —la voz de la chica se hizo más suave—. No está muy bien de la cabeza.
—¡Oye tú, Philip! —escuchó Salazar. Obviamente no le estaban hablando a él, pero no había nadie más en la celda. ¿Quién habría llegado para sacarlo con un nombre falso?
Se dio media vuelta con desgana para ver a quien lo estaba sacando de ahí.
Una chica pelirroja.
Y vaya que la conocía.
Salazar no tiene ni varita, ni poderes (supongo que siendo un gran mago, podría hacer magia sin varita, pero parece que para los magos ingleses la varita es muy esencial a la hora de hacer magia. Tal vez lo poderes del señor Slytherin estan algo atrofiados). Y sí, lo dejan salir ridículamente fácil de la detención, pero es un pueblo pequeño, conocen bien a Maeve y tampoco tienen muchas ganas de mantenerlo ahí encerrado. Más papeleo que hacer). En fin, hasta aquí lo dejo.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
