Disclaimer: El Potterverso no me pertenece. Maeve sí.

Vengo a actualizar esto con mucha vergüenza sobre mi vaca. ¿Cómo es posible que lleve más de un año sin actualizar? Disculpas a todos los lectores y en particular a Cris Snape, que el fic es un regalo para ella y soy la peor AI de la vida por dejarlo de lado.

En fin, más disculpas al final del capítulo.

Un lugar llamado mañana

Capítulo 3

¿Y ahora?

¿Por qué lo había hecho? Ese idiota la había insultado —aunque ella no sabía exactamente cómo—, y la había empujado. Debería haberlo dejado en la cárcel o algo así. Pero desde el día anterior, ninguna de sus acciones había tenido mucha lógica.

—¿Quieres té? —preguntó sin pensarlo mucho.

Llevaban los últimos quince minutos sentados en el living de su pequeña cabaña. Maeve no sabía qué decir, porque la situación era simplemente demasiado extraña. Era algo que pertenecía en los libros, no en la vida real.

—¿Té? —inquirió él, a su vez, alzando una ceja, como si no entendiera de qué hablaba ella.

—Sí, . Una infusión de hierbas, ya sabes —bufó la chica a modo de respuesta, bastante más agresiva de lo que le hubiera gustado. Pero es que la situación era más que suficiente para poner a cualquiera de los nervios; incluso a alguien tan

—No, gracias.

Al menos ya no estaba hecho un energúmeno como esa mañana. Parecía que el encontrón con la policía lo había cambiado un poco. A lo mejor en un rato ya se sentía mejor y podía recordar quién era de verdad. Porque Maeve no iba a creerse ni por un momento que era un mago. Eso no podía ser más absurdo.

Se levantó del sofá en el que llevaba media tarde sentada sin decir nada. Necesitaba una taza de té con urgencia. Era lo que siempre hacía cuando sentía la cabeza espesa y lenta. Había algo en el ritual de preparar el té que la calmaba.

Intentó pensar con claridad. A lo mejor necesitaba poner carteles anunciando que lo había encontrado. Porque alguien tenía que estar buscándolo. No era posible que hubiera desaparecido sin que nadie se diera cuenta.

Esas cosas simplemente no pasaban.

Suspiró mientras echaba la bolsita al agua hirviendo. Si el día anterior hubiera sabido en qué lío se metería por recoger a ese hombre del camino, no lo habría hecho.

O quizás sí.

Según el temporizador de té que le habían regalado para su cumpleaños, ya podía quitar la bolsita. Respirando el aroma del té blanco, se dirigió de nuevo a la salita, donde su invitado (a falta de un término mejor) no se había movido.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó la chica al tiempo que se sentaba de nuevo en su sillón preferido. Él la miró como sin comprender, a lo que ella respondió alzando las cejas—. Vamos, si tenemos que buscar a tu familia, necesitamos empezar por algún lado. ¿Tu nombre?

—Salazar Slytherin —respondió él—. Fundador de Hogwarts y jefe de la casa de Slytherin.

Maeve puso los ojos en blanco. ¿Acaso él creía que ella era tonta? Por supuesto que no se llamaba así. Y esos títulos seguramente eran inventados.

—Tu nombre real —bufó. Estaba hasta más arriba de la coronilla

—Así me llamo —replicó él, juntando las cejas.

—Mierda, lo siento —se apresuró en decir ella—. No pretendía ofenderte.

¿Qué clase de persona llamaba Salazar a su hijo? ¿Y de dónde había salido ese apellido? Maeve había conocido a muchas personas con nombres extraños a lo largo de su vida, pero ese era uno de los que se llevaba la palma.

Lo vio apretar los labios.

—¿Dónde vives? —decidió preguntarle. A lo mejor, podía llevarlo al barrio y eso le recordaría dónde estaba su casa.

—En Hogwarts.

—Okay —dijo ella, arrugando la nariz. En su vida había escuchado de ese lugar—. ¿Dónde se supone que queda eso?

—El reino de Alba (1).

Maeve volvió a suspirar. Este hombre definitivamente se había dado un buen golpe en la cabeza. O quizás estaba loco de atar. ¿Por qué hablaba de lugares que no existían? Si de verdad estaba así, Maeve había hecho una completa estupidez al recogerlo y llevarlo a casa.

—¿Qué año es? —preguntó, recordando que en muchas series de televisión le preguntaban eso a las víctimas de algún tipo de trauma craneal.

—El año 1002 de Nuestro Señor —contestó el hombre, con absoluta seguridad.

Definitivamente estaba loco.

—Estamos en el año 2013… —musitó ella, bajito. Pero el hombre pareció escucharla a pesar de eso y abrió los ojos como platos.

—Eso es imposible. Ayer salí del Castillo de Hogwarts y era… el año 1002 de Nuestro Señor —repitió el hombre, más para sí que para ella. Ya no mostraba la seguridad y altanería que había ostentado anteriormente—. Moza, ¿estáis segura de la fecha?

—Segurísima.

Pudo ver que el hombre estaba visiblemente descolocado. Si de verdad creía que estaban en el año 1002, no creía que ella pudiera hacer mucho por él. Pero tampoco podía echarlo a la calle. No cuando el clima empezaba a enfriarse cada día más. Aunque siempre podía dejarlo a cargo de la policía.

Maldito dilema en el que estaba metida.

—No puedo ayudarte a volver a casa con esos datos —dijo finalmente—. Necesito algo más si quieres que te ayude.

—Soy un mago —dijo él de repente—. ¿Eso servirá para que me creáis? Porque veo que nada os parece real.

La joven frunció el ceño. Parecía que el hombre podía leer sus pensamientos o algo por el estilo. O quizás su tono había revelado su incredulidad.

—¿Y cómo vas a demostrármelo?

Salazar frunció las cejas.

—No tengo mi varita.

—Qué conveniente —espetó ella. Empezaba a estar podrida de todo el asunto y quería poder olvidarse de todo lo antes posible.

—Puedo hacer magia sin ella, sólo que no será tan… poderosa.

Maeve no contestó a eso, sino que se limitó a alzar una ceja. Por primera vez, vio que el hombre se ponía nervioso. Como si fuera algo que no manejaba particularmente bien. Pero le dio igual, quizás eso era lo que él necesitaba para darse cuenta de que estaba loco. O fuera el shock necesario para que despertara de su locura.

Lo vio extender la mano hacia la mesita de centro, sobre la cual lucían un par de ceniceros —para cuando sus amigos fueran a casa— y algunos libros de fotografía. Lo típico.

Lo que no tenía nada de típico fue la forma en la que el mueble empezó a levitar. No demasiado, sólo unos cuantos centímetros sobre el suelo, pero lo suficiente para hacer que la chica abriera los ojos, sorprendida. No podía ser un truco.

Eso era verdad.

La mesa volvió al suelo con un ruido sordo, amortiguado por la alfombra. Los ceniceros vibraron por unos momentos.

Ninguno de los dos dijo nada.

El cerebro de Maeve estaba funcionando a todo lo que daba, intentando procesar toda esa nueva información. Porque en las últimas horas, le parecía que el mundo completo había cambiado y ella necesitaba ponerse al día.

Si era verdad que él era un mago, quizás lo que decía era también. Si existía la magia, ¿por qué no creer que se pudiera bajar en el tiempo?

Tenía a un hombre de más de mil años sentado en su living. A un mago de más de mil años, por añadidura.

Lo volvió a mirar, aunque no sabía exactamente por qué. Aunque esa mañana había actuado como un estúpido cretino, en esos momentos parecía perdido.

—¿Eso quiere decir que vienes del pasado? —dijo, a pesar de que a juzgar por los acontecimientos, no había otra forma de interpretarlos.

—Acabáis de verme levantar esta mesa —replicó él, con un tono que parecía haber recobrado su arrogancia anterior—. ¿Acaso mi viaje a través del tiempo es más increíble?

La joven tuvo que conceder que tenía toda la razón. Pero aún no explicaba cómo era que precisamente había acabado ahí, en su casa. ¿De todos los años a su disposición había elegido justo ese?

—Bueno, ¿y cómo se supone que vas a volver a tu tiempo?

—No lo sé —admitió él—. Ni siquiera sé cómo llegué aquí. En un momento estaba en el bosque y de repente aparecí en este lugar.

—¿Cómo?

—Moza, si lo supiera, no estaría aquí —bufó él.

Maeve arrugó el ceño. Por un lado, quería ayudarlo. Después de todo, no era todos los días que un hombre del Medioevo aparecía en su casa. Ya se había involucrado con él y no iba a quedarse sin saber el final de esa historia.

Pero, por otra parte, el hombre era un arrogante de lo peor. Si iba a ayudarlo, tenía que empezar por cambiar su actitud, porque dudaba mucho que fuera a soportarlo mucho más si continuaba así.

—¿Quieres ayuda? —preguntó, pero antes de dejarlo continuar agregó—: Porque si quieres que te eche una mano, no puedes tratarme como esta mañana.

El hombre le dirigió una mirada hosca.

—Si no te parece —continuó ella, ignorando la expresión de su invitado—, siempre puedes largarte. No estoy dispuesta a que me traten como tú lo hiciste esta mañana —añadió, con su mejor tono de maestra enfadada.

En el sillón, el hombre no se había movido un milímetro, aunque ella no sabía muy bien por qué era eso. La joven tenía la ligera impresión de que él no estaba acostumbrado a que le hablaran de esa forma. Por lo que había escuchado esa mañana, parecía que su huésped era una persona importante en sus tiempos.

Lo que no le daba derecho a tratarla como lo había hecho antes, por supuesto.

—¿Sabéis dónde vive el mago de esta villa? —dijo él, obviamente esquivando su pregunta. Maeve apretó los labios. No iba a dejar que se saliera con la suya tan fácilmente.

—No hay un mago.

—¡Imposible! ¿Cómo se pueden arreglar los muggles sin un mago? —exclamó Salazar, que parecía genuinamente sorprendido—. Toda aldea debe tener uno, sin él, los muggles no sobrevivirían ni un día.

—Eres el primer mago que conozco en toda mi vida y creo que me las he arreglado bastante bien —respondió Maeve, cortante. Se había cruzado de brazos, su postura defensiva preferida—. ¿Y qué significa muggle, por cierto? ¿Es alguna clase de insulto? Porque francamente, no me ha…

—No es un insulto —bufó él con un tono que hizo que sonara como una grosería—. Es sólo una forma que tenemos de llamar a los que no pueden hacer magia.

—Ya. Bueno, cómo te digo, aquí no hay ningún mago. Y no se me ocurre cómo se supone que puedo ayudarte a encontrar uno.

El hombre pareció confundido de nuevo. Era evidente que su mundo era completamente diferente al moderno. Y Maeve no pudo evitar sentir un poco de lástima por él. Estaba lejos de casa y todo lo que conocía. Si ella estuviera en esa situación, no sería siquiera capaz de reaccionar.

Miró su reloj de pulsera.

Ya habían pasado la medianoche y empezaba a notar el efecto de tantas horas despierta. Nunca había sido un ave nocturna y su reloj interior le estaba diciendo que esas no eran horas de estar despierta, que eran horas de estar metida en la cama y cubierta con el edredón de plumas que le había regalado su abuela.

—Por hoy puedes dormir aquí, supongo —le dijo al hombre, señalando el sofá en que estaba sentado—. Espera un segundo, que te traigo una manta.

Al levantarse, se dio cuenta de que el hombre no se había quitado la capa ribeteada de piel. A lo mejor era un compañero pies fríos, como ella misma. O quizás estaba aferrándose a ella porque era lo único conocido que tenía.

A pesar de todo lo que le había hecho esa mañana, sentía lástima por él.

Era una completa estupidez, porque se notaba que ese hombre era perfectamente capaz de hacerse cargo de sí mismo.

—Toma —le dijo al volver al living con una manta de cuadros escoceses en la mano. Salazar seguía ahí, sin quitarse la capa ni haberse movido un centímetro de cómo estaba cuando ella había salido—. Buenas noches.

Él la miró, como si no supiera cómo contestar a eso. En lugar de decir algo, sólo asintió con la cabeza y se quitó la capa.

Tendrían que conseguirle algo de ropa si pretendía ir con él a alguna parte. No podía salir a la calle vestido así.

Volvió a suspirar, por enésima vez en lo que llevaba de noche.

La esperaba un día muy largo.


(1) Nombre que se le dio al reino de Escocia entre los reinados de Donald II (900) y Alexander III (1286). Es obvio que Salazar lo conocería bajo ese nombre. (Información cortesía de Wikipedia).


Este capítulo se me hizo muy complicado de escribir y aún me parece que Salazar me ha quedado un poco muy corderito, más que el bestia que se supone que era. Bueno, se lo podemos achacar al shock que le supuso darse cuenta de todo el pastel. Y sí, Maeve lo acepta todo muy fácilmente, pero es que... ¿a esas alturas había mucho espacio para la duda? Además, es profesora de literatura y todos sabemos que los literatos estamos un poco locos.

Además, en el capítulo que vine (PoV de Salazar) van a ver que no todo es lo que parece y Salazar sigue siendo él.

Una cosa que me detuvo de escribir este capítulo fue el idioma. Salazar, viviendo en el siglo XI, debería hablar gaélico o Middle English (o ambos, además de latín). La cosa es que todos esos idiomas son muy diferentes al inglés moderno y que lo más seguro es que Maeve no le hubiera entendido nada. Así que digamos que el viaje en el tiempo también hace de hechizo traductor y todos contentos, ¿les parece?

Aparte de eso, quiero agradecer a todos los que han leído y en especial a quienes han dejado reviews: Mitsuky092, Nalnyatrix Black y .Baggins. ¡Muchas gracias!

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina