Lamento la demora. Estoy escribiendo una novela y esta me absorbe. Espero que les guste, no voy a abandonar la historia. Muchas gracias por los comentarios y espero me acompañen en lo que falta de este fanfic.
« Márchate de ese lugar tú y tu pueblo que saqué de Egipto; sube a la tierra que yo prometí...»
Tarareaba una melodía e iba contando las veces que repetía la misma estrofa. Era inútil tratar de llevar la cuenta del tiempo que iba pasando. La luz siempre encendida sobre su cabeza y encerrado como un perro rabioso, parecía esperar que lleguen a ponerlo a dormir. Se retorció sobre el suelo sin encontrar comodidad alguna, no la hallaba en la cama empotrada tampoco. Tenía el cabello sucio y la cara manchada de sangre seca. Los labios dolían, pero empezó a silbar ignorando el malestar.
A Heero le gustaba oírlo.
—¿Moonlight Sonata? No tenía idea.´Ro . No sé donde fue que la escuché, pero me gustó ese pedacito y...¿Qué haría sin ti?
Enredó los brazos alrededor de su cuello, los labios resbalándole por la garganta. Iba a silbar todo el día para él la misma melodía, si tanto le gustaba. Heero se desenvolvió de su cuerpo, porque empezaba a rodearlo como una planta trepadora. Duo aterrizó sobre el colchón oloroso a ellos dos. Se revolvió como un gato enorme, observando a Heero desplazarse desnudo por la habitación. La melodía empezó a sonar desde un parlante de la computadora y su compañero regresó a su lado.
—Ahora la puedes escuchar completa.
—Lo que sea, regresa a terminar lo que empezaste —recriminó divertido tumbado panza arriba, ondulando las piernas —Luego te quejas que yo hablo demasiado. ´Ro, estábamos en medio de algo aquí.
La habitación modesta, el piso sonando al compás de los pies desnudos que se acercaban al colchón chirriante. No era el lugar más cómodo del mundo, pero era lo que había. Heero se acercó apenas al colchón y las piernas largas de Duo lo atraparon veloces.
Un gemido compartido y cayó sobre la cama con las palmas a los lados del rostro de Duo.
La melodía seguía sonando y los gemidos de ambos acompasándola. Ya era de madrugada, pero la luna se rehusaba a dejar de alumbrar los cuerpos enredados sobre un colchón destartalado.
Heero escurría sus manos por su cuello, su pecho, su espalda mientras que dejaba que Duo entrara en su cuerpo y se balanceaba con la cadencia de un reloj. Sentado sobre los muslos de su compañero, dejaba que su propio cuerpo se hunda más y más. Duo gimió tan fuerte, que cualquiera diría que lo estaba lastimando. No, era lo contrario, el sonido agudo dentro de su voz honda era señal de puro placer. Heero lo estaba llevando al límite, a la orilla de la razón. Un paso más y perdían ambos el control.
Se pondrían a coger como animales en celo.
No era buena idea llegar a ese extremo. Sucedió con anterioridad, que ambos echaron por la borda las consideraciones y terminaron tan magullados como si acabasen de regresar del campo de batalla.
Más allá de los tirones de pelo, arañazos y mordiscos, era la necesidad de invadir el uno al otro. Rodar por el suelo, estrellarse contra los muros, Heero encima suyo sacudiéndolo contra el piso como si quisiera perforarlo. Entonces Duo le buscaba el punto flaco, cuando estaba por correrse, se lo quitaba de encima de un puñetazo, para subírsele y cancelarle las piernas con sus brazos. Montado encima de Heero, le sujetaba las manos, le mordía los dedos y se hundía dentro de su cuerpo sudoroso, como si no hubiese un mañana.
—Mierda. —masculló para sí mismo.
La memoria de días mejores, acababa de ponerlo tan duro como las paredes que lo encerraban.
Le dio un ataque de risa. Se iba a bajar los pantalones y buscar alivio, sólo para darle un espectáculo a Chang. Lo estaban vigilando en circuito cerrado, de acuerdo, les iba a dar algo con que entretenerse.
Sus manos sucias de sangre y mugre, buscaron su miembro, imposiblemente duro. Sus labios llamaron a Heero, su cuerpo entero reaccionaba ante su recuerdo. Hasta podía oler su piel, esa esencia a madera y pólvora traspasaba su memoria.
Repitió su nombre, mientras sus manos emulaban los movimientos de quien estaba ausente. Heero sabía como hacerle perder el sentido del tiempo, del espacio, de sí mismo. Al punto que no sabía como regresar a su vida cotidiana, luego de hacer el amor durante horas.
Sus manos se dieron prisa, su cuerpo entero temblaba, sudor chorreando por su frente, su cuello, la base de su miembro. Su mente en blanco, los labios entreabiertos recitando groserías, mientras que el recuerdo de Heero se hacía más claro. Heero debajo suyo, encima, montándolo, dejándose montar.
Gritó su nombre y le pidió que no se detenga, sus manos hicieron el resto, apretando su sexo con todas sus fuerzas, masajeándolo como si quisiese que se le desprenda. Pronto un chorro tibio se escurrió hacia el suelo. Jadeos de animal sediento, vista nublada y labios abiertos.
Sobre el suelo, todo contraído y sudoroso, pudo sentir la vibración de pisadas acercándose. No podían escoger un mejor momento para aparecer en su celda.
¿Era hora de que se deshicieran de él?
No, aún no, se lo prometieron mutuamente. No Heero, ni tú me puedes dejar, ni yo a ti. No tengo planeado rendirme ahora. Recuerda que soy el dios de la muerte.
La puerta abierta y él con los pantalones zafados, las manos erizadas sobre su entrepierna. Hecho un ovillo de suciedad y fluidos corporales, no se molestó en incorporarse para recibirlos.
Eran varios los intrusos, sus botas militares lo rodearon, desde su lugar sobre el suelo, los pudo contar.
—Levántate.—ordenaron.
Lo único que levantó fue ambos dedos medios y le escupió a quien tenía más cerca.
Duo abandonó el suelo a viva fuerza. Tenía la ropa pegada a la piel y su trenza era una cuerda grasosa y hedionda. Lo sacaron de la celda entre dos soldados, con el mismo asco con que levantan un animal muerto de un lado de la carretera.
Camino a quien sabe donde, se les unió Wu Fei. La nariz se le arrugó tanto como el resto de su cara. Musitó algo en chino y les ladró un par de ordenes.
El cuarto de baño. Duo en el suelo de nuevo, demasiado necio para colaborar con ellos. Le soltaron las esposas y Chang le ordenó que se desvistiera. Duo quiso bromear al respecto, pero se abstuvo. De nuevo lo esposaron contra el muro y el chorro de agua tibia cayó sobre él.
— Te voy a soltar una mano para que te asees. ¡No intentes nada raro Maxwell!
—No Wu-chan. ¿Cómo crees?
El agua tibia sobre su cuerpo y con una mano le bastaba. El recuerdo de Heero llegó a la velocidad de un cometa.
—¿Así o más tibia, para mi pequeña princesa?—Duo tuvo que esquivar el jabón que llegó volando a su rostro. —¡Hey! Ro' casi me cae en la nariz, ten más cuidado.
—Lo haré, a la próxima no fallaré.— le respondió mientras se metía bajo él chorro de agua.
Heero se aseguraba de acortar el espacio entre ambos, sus cuerpos húmedos y tibios. Sentía el miembro de Heero frotarse sobre sus nalgas, buscando abrirse paso.
—Ro' que pervertido eres. Yo sólo quería bañarme y quedar limpiecito y tú sólo piensas en sexo.
Un gruñido en el oído, fue su respuesta. Las manos nudosas de Heero sobre sus caderas, su miembro inflado ingresando en su cuerpo. Una punzada ligera, en la base de su espalda, su cuerpo cediendo a la invasión. Heero se movía despacio, al ritmo ondulante de un caracol.
Hundió la mano sobre su cabello mojado y tiró con fuerza, haciendo que arquee la espalda. No le daba tregua, ni para apoyar las manos y sostenerse contra la pared. De pie, en medio de la ducha, con el agua caliente humedeciéndolos, Heero lo penetraba.
Un buen mordisco en la garganta, otro bien puesto en un hombro. Buscó venganza arañando los muslos duros de Heero. Tan arqueado como se encontraba, hasta alcanzó a rasgarle la carne de las nalgas. Escuchó a Heero gruñir más fuerte, como un felino nada menos. Aumentó el ritmo de las penetraciones y su intensidad. Podía sentir que se acercaba al orgasmo, con cada una de la estocadas que le asestaba.
—¡Maxwell, ten un poco de decencia!
La voz de Wu Fei sonaba tan abochornada como furiosa. Giró para regalarle una sonrisa y una buena vista de su miembro erecto. Al hacerlo, Chang giró avergonzado, evitando mirarlo.
—Wu-chan. No sabía que te gustaba mirar. ¡El indecente eres tú! Yo sólo me estoy bañando y lavando bien por todos lados. No pongas esa cara. ¿Acaso no has visto uno de estos antes? ¡No me digas que tú no te tocas cuando te bañas! ¡Eso explicaría lo amargado que eres siempre! ¡Te falta sexo Wu...
—¡No sólo indecente sino impertinente!—interrumpió Wu-fei más avergonzado que antes.—¡Termina de bañarte y deja de decir disparates 02!
—Mi nombre es Duo Maxwell, no 02. Wu-Fei... Si no quieres verme jalándomelo, te aconsejo que te largues. Un poco de privacidad no va a cambiar las cosas. Claro que si quieres quedarte a ver como me corro pensando en cosas lindas, eres bienvenido. Pero cierra el pico, tu voz interrumpe mis recuerdos. Hazte un favor. ¿Quieres? Mira y aprende.
Tres pensamientos antes fue cuando debió callarse. Pero era Duo Maxwell de L2, él no tenía idea de cuando rendirse o callarse. A Wu-Fei el rostro se le descompuso y por un momento se quedó tieso como el barrote de la pared al cual estaba atado. Al segundo siguiente, le vio una expresión que recordaba bien. De nuevo Wu-Fei estaba en control de sus emociones y hasta lo vio esbozar una sonrisa triunfante.
—No voy a recibir consejos de alguien como tú, Maxwell. No necesito recordarte el porque. Termina de earte y te recomiendo que cierres la boca para no perder más. No voy a repetirlo.
Diciendo esto salió del cuarto de baño, pero estaba seguro que no fue muy lejos. Maldición. Apretó el jabón con rabia y continuó con el baño que buena falta le hacía.
Bañado, vestido y con el cabello preso en una trenza húmeda, fue escoltado hacia una sala de interrogatorios. Chang no se le despegaba, cual perro guardián. Lo depositaron sobre una silla y lo esposaron a esta. Dos soldados se quedaron a su lado y al tenerlos tan cerca, sin poder defenderse, tuvo ganas de agarrarlos a mordiscos.
Nadie dijo nada, sólo la puerta se abrió e hizo su ingreso Quatre. Al verlo tuvo sentimientos encontrados y se odió a sí mismo por ello. Ahí venía el rubio, con el brazo en un cabestrillo, pero con la misma sonrisa amable de siempre. Trowa en cambio, tenía la misma expresión indescifrable de siempre, pero tenía una mano sobre el hombro sano de Quatre.
Sí, Trowa le dedicó una mirada amenazadora. Era quizá una de las poquísimas veces cuando podía ver a 03 demostrando una pizca de emoción. Debería sentirse halagado por conseguir que el señor inexpresivo, lo mirara con odio.
—Duo.
Fue lo único que dijo Quatre y pudo ver como Trowa lo detenía. El rubio se paró en seco y desaceleró sus pasos. Quizá se estaba vengando, sí, Quatre no se le quería acercar demasiado, como si Duo fuera un perro rabioso listo para saltarle encima. Trowa en cambio pasó delante de su pareja y se detuvo frente a Duo.
Sí, Trowa estaba furioso, lo sabía por la rigidez de su mandíbula, la fina línea de sus labios apretados, sus fosas nasales dilatadas y el brillo opaco de sus ojos. Siempre fue un hombre de pocas palabras y ya saben lo que dicen de los ¨calladitos.¨ Esos que no nunca dicen nada, pero cuando disparan, matan.
Lo único que sintió fue un profundo dolor en la boca del estómago. El oxígeno abandonó sus pulmones y se dobló sobre el cuerpo encorvado de Trowa. No, él no necesitaba decirle nada, lo acababa de hacer con el golpe que le dio y lo dejó tosiendo como un perro enfermo. Escuchó la voz de Quatre protestando y sólo pudo ver los ojos de Trowa, llenos de odio.
03 se incorporó y se alejó de su lado como si nada hubiera pasado. Volvió al lado de Quatre, a pararse a su lado, con un brazo rodeándole la cintura y la misma expresión de ira acababa de tener enfrente.
—Lo sé, lo sé, me lo merezco.—exclamó Duo apenas recobró el aliento.—¿Para eso han venido? Tu turno Quatre, aunque no puedas usar ese brazo, tienes el otro y ...
—¡Duo! No digas eso, por favor. Vinimos a conversar contigo civilizadamente.
—Winner, no se puede hablar civilizadamente con Maxwell. Tiene los modales de un primate, no seas ingenuo.
Ahí estaba, otra de las miradas de odio de Trowa. Duo estaba fascinado de verlo reaccionar de ese modo. Debía estar enamorado del rubio hasta los zapatos, porque jamás se imaginó verlo actuar de ese modo. Claro, para 03 esas eran acciones, una mirada, un resoplido.
Sí, cuando uno está enamorado hace toda clase de locuras, toma decisiones apresuradas, estúpidas.
—Duo, tenemos que hablarte acerca de Heero. Me gustaría tener cierta privacidad, por favor.
El silencio que se hizo en la sala, duró tan poco. A Duo le tomó un par de segundos luego de escuchar a Quatre, para retorcerse y casi zafarse las coyunturas para liberarse. El estado de agitación fue tal que los soldados saltaron encima para retenerlo.
—¡Olvídalo Winner!—sentenció Wu-Fei apretando los puños.
—De acuerdo. —respondió Quatre con su mejor sonrisa.—Sólo que pensé ahorrarte detalles íntimos acerca de la relación de ellos dos. Es parte de la conversación que tendré con Duo. Pero bueno, si gustas quedarte no tengo ningún inconveniente.
Duo no necesitaba ver el rostro de Chang para saber que no iba a insistir en quedarse. Quatre acababa de ganar y se acercó a Duo, a donde aún los soldados lo sujetaban implacables.
—Duo, tenemos que hablarte acerca de Heero, de todo el tiempo que estuvieron juntos. Primero quiero que sepas que él está estable, está en un hospital privado y está recibiendo la mejor atención. Sé de la relación que tienen ustedes dos y tú sabes de que Trowa y yo tenemos, por eso quiero que sepas que entiendo tu manera de actuar. Pero...¿De verdad no te incomoda que hable de los detalles Wu-Fei? Te ves algo incomodo...
No, el rubio no tuvo que insistir, Wu-Fei carraspeó y le ordenó a los soldados dejarlos solos.
—Si sucede algo, cualquier cosa, te haré responsable Winnner. —Dijo Chang antes de salir.—Voy a estar afuera, tienen diez minutos.
—Gracias Wu-Fei.—replicó Quatre sonriéndole mientras se alejaba.
Por fin a solas, Duo tenía ganas de abrazar al rubio y luego sacudirlo hasta que le de toda la información que necesitaba. Quería ver a Heero, tenía que estar a su lado, él lo necesitaba. Necesitaba saber que iba a estar bien, que no iban a seguir con el plan inicial de usarlo como conejillo de indias para su nuevo experimento. Demasiadas preguntas, demasiada ansiedad y Quatre no decía nada.
—Heero sigue inconsciente, pero está estable. Hiciste un buen trabajo con él Duo. Lo cuidaste muy bien, mejor de lo que ellos pensaron...
—Por supuesto que lo hice Quatre. ¿Acaso crees que lo iba a dejar en el estado como lo encontré? Creíste que iba a dejar que lo congelaran como si fuera un Waffle y lo guardaran en una maldita capsula para despertarlo cuando sea necesario. Heero no es una maldito instrumento de guerra, es un ser humano. No iba a dejar que lo usaran de nuevo, ya basta con eso. Ha tenido suficiente. ¿Acaso hice mal? ¿Acaso tenía otra opción? Lo que hice fue rescatarlo de despertar quien sabe cuando y yo no iba a estar a su lado para cuidarlo. ¿No hubieras hecho lo mismo Quatre?
—No te estoy culpando por lo sucedido. Duo, sólo quiero saber que fue lo que sucedió. Tengo una versión de los hechos y quiero la tuya. Por favor, te prometo que voy a intentar todo lo posible para que puedas ver a Heero de nuevo, pero...
—Nada de peros. Tengo que ver a Heero, tengo que estar a su lado. Si lo dejo solo esos médicos, esos científicos van a querer encerrarlo en esa cápsula y continuar ese experimento. ¡No entiendes! Sí lo dejo solo... Heero me necesita. Él vino a mi, la noche antes de partir a esa famosa misión. Llegó a mis brazos, estuvimos juntos, tuvimos el mejor sexo que nadie en todas las malditas colonias jamás van a poder tener. Heero partió en la madrugada, nunca me dijo nada. No me dijo que volvería, sólo que quería que fuera feliz. Me dio de beber algo, de sus labios. Me dio algo para que no lo siguiera, porque cuando desperté fue dos días después.
—¿Te dio de beber algo?
—Sí, un líquido morado, bromeamos al respecto, porque era del color de mis ojos, dijo. Yo no quería tomarlo, así que me hizo beberlo de sus labios. Eso es algo que hacíamos él y yo. Mira, esas cosas personales no te interesan Quatre, yo no te pregunto las cochinadas que haces con tu amante acá presente así que no...
—Ese líquido que te dio era un suero que él debía tomar. Duo, tú no sabías. —el rostro de Quatre se tornó en angustia pura.—No, no había modo que supieras, no hubo tampoco tiempo, porque luego de que secuestraste a Heero partieron de esa colonia.
—¿De qué hablas Quatre? No entiendo... ¿Qué suero? ¿Qué?
—Heero está enfermo. No lo supiste nunca, claro. Es una enfermedad que él te debió contagiar. Nunca te dijo nada, sólo te dio el antídoto. Es muy difícil de conseguir, casi imposible. Él la obtuvo porque decidió someterse a ese experimento y...Necesitaban que estuviera en óptimas condiciones.
—¿Qué enfermedad? ¿De qué estás hablando Quatre?
—Heero está muriendo, Duo.—Intervino Trowa.—Ese es el destino que tú ibas a tener si no la tomabas a tiempo.
Trowa y Quatre retrocedieron a tiempo. La fuerza que poseyó a Duo lo hizo retorcerse y gritar como un animal herido. Perdió todo control, toda compostura. Si 03 buscaba venganza, la consiguió. Nunca antes nada dolió tanto como lo que Trowa le dijo. En medio del ataque de desesperación que tuvo, las palabras que acababa de oír eran una sentencia a muerte.
—¡Duo!
El rubio trató de acercarse, pero su amante lo detuvo. Hizo bien, le iba a a caer a dentelladas. No podían darle semejante noticia y esperar que la tomara con tranquilidad. Cuando por fin pudo recobrar el habla y dejar de gruñir como una bestia espetó.
—¡Quiero ver a Heero! ¡Quiero verlo ahora!
—Negativo.—respondió 03.
—Duo, estamos haciendo lo posible por conseguir que lo veas. Te prometo que haré lo posible para...
—¡Quiero verlo! ¡Tengo que ir a su lado! Necesito verlo. Heero no puede estar muriendo, ustedes están mal. Heero estaba bien conmigo, no puede ser cierto.
—Lo es. Guarda silencio Maxwell.
—Duo, escúchame. Ahora no puedes verlo. La condición de Heero es delicada y además estás en una situación poco favorable. Releena presentó cargos en tu contra, lo sé, ella hizo mal, pero entiende que ella no sabía de la relación de ustedes dos.
—¡Quiero verlo! Lo exijo, Quatre. No me pueden tener encerrado mientras Heero está... no... Él no puede.
—Haré lo posible, sólo quería que supieras que Heero está recibiendo la mejor atención posible. Por ahora no puedo hacer nada más por ti, Duo, pero no me voy a rendir. Si conseguimos que Releena retire los cargos tendremos la mitad de la batalla legal ganada. Eso es muy difícil porque ella está convencida de que fue tu culpa lo que sucedió con Heero. Duo, necesito saber exactamente lo que sucedió esa noche cuando estuvieron juntos y la noche cuando huyeron. Si él te dijo algo más, si te mencionó algún síntoma.
—Heero siempre fue muy saludable. Nunca mencionó nada. Al contrario, decía que yo debía cuidarme y... ¿De qué estás hablando Quatre? Heero nunca me decía nada. Me enteré lo del experimento porque tuve que hackear y hacer un par de cosas de las que no me arrepiento. Nunca me dijo nada. De su enfermedad, él nunca presentó síntomas. Jamás.
—Es asintomática.—intervino Trowa.—Y si es tratada a tiempo, no es mortal.
—¡Maldita sea! si vas a decir algo que sea bueno. Siempre que abres el hocico es para dar alguna mala noticia. No puede estar sucediendo esto. Quiero ver a Heero. Tengo que estar a su lado, hicimos una promesa, tengo que estar a su lado. Íbamos a ir juntos, yo se lo prometí. le dije que iríamos juntos y no lo voy a abandonar.
—Haré todo lo posible Duo, te lo prometo, pero necesito que me des la información que te pido. Es importante, por favor.
—Te diré lo que quieras Quatre, pero quiero que sepas que hice lo que era mejor para él, para Heero. Hicimos una promesa, que luego de esa misión de la que le ofrecieron y yo no sabía cual era, ni donde, ni de que se trataba, iríamos juntos a buscar un lugar para ambos. Nuestra tierra prometida...
—¿Tierra Prometida?—a Quatre se le iluminó el rostro.—¿Qué te dijo al respecto? Duo, necesito saberlo todo, por favor, es importante. No sabes cuán importante. ¿Recuerdas a que se refería? ¿Te dijo algo al respecto? Por favor, Duo...
Nunca antes vio a Quatre tan ansioso, los ojos le brillaban e incluso Trowa tenía cierta expresión de alivio en el rostro. No sabía que tramaban esos dos, pero en ese momento su mente era un nudo gordiano. No podía pensar ni en su propio nombre, la noticia de la enfermedad de Heero le quitó toda capacidad de razonamiento.
—¡Necesito mi Biblia!—anunció Duo sacudiéndose sobre la silla.—Estaba entre mis cosas, siempre la llevo conmigo.
Por favor no te olvides de dejarme un comentario. Hasta la próxima.
