SEGUNDA PARTE

MOUNSTROS

ALOIS

Alois detestaba la oscuridad, por lo cual también odiaba el dormir. En las penumbras todos los mounstros podían atacarte, te encontrabas solo y nadie acudía en tu ayuda. Aunque en su caso nunca alguien acudió a su rescate, sin importar lo mucho que grito o suplico, jamás llego alguien.

Se despertó de súbito en la cama sentándose en el acto, tenía dificultades para respirar y el sudor le escurría por el rostro, sentía frio, tanto frío…tosió un poco, se llevó las manos hasta la frente, ardía en fiebre, llevaba tanto tiempo con ella que había terminado por acostumbrarse. Volvió a la cama, se envolvió entre las colchas, necesitaba descansar, lo sabía, pero no quería cerrar los ojos. Si dormía los demonios aparecerían, le esperaban en la oscuridad. Sabía lo infantiles que sus pensamientos podían parecer, pero sólo jugaba con las palabras.

Estuvo un largo rato ahí, pensando…

Finalmente decidió levantarse, llegó hasta la cocina y encontró una nota de Claude en el comedor.

"Debo atender algunos asuntos, preparé el desayuno"

Alois observó el plato con hot–cakes, bien podrían estar envenenados, sin embargo era demasiado tarde para ponerse a pensar en las consecuencias, no cuando había entrado a la casa de desconocido sin pararse a pensar. Sin pensarlo más, los devoró junto con el jugo de naranja, hacía días que no comía nada sustancioso, además sabían tan deliciosos como se veían.

Se dio una ducha rápida y tomó prestada algunas prendas de Claude, prácticamente nadaba en ellas, le quedaban demasiado grandes, pero debía conformarse con eso por el momento. Se puso una bufanda y salió de la casa. No tenía a donde ir. De pie en la acera, en medio de una calle desierta lo descubrió y acepto.

Divisó a lo lejos un bosque, a simple vista podía parecer pequeño, pero si se adentraba tal vez descubriría algo interesante. Motivado por la curiosidad y ansiedad se introdujo dentro de esté, oscuro y frío, los árboles se levantaban como vigilantes severos, custodiando su territorio y susurrando amenazas en el aire. El otoño empezaba a apoderarse del lugar, las hojas comenzaban a perder su característico color verde, algunas caerían pronto anticipando la llegada del invierno. Pisó la tierra, disfrutando del olor a húmeda. Envuelto en la extraña pero atrayente atmósfera divisó a lo lejos un pequeño cuerpo de espaldas, pensó en un duendecillo, aquellas criaturas juguetonas que cumplían tu deseo y después te mataban.

Avanzó hasta él pequeño cuerpo confundido entre la niebla, quizás haría su sueño realidad y le mataría.

Se acercó al ser y puso su mano sobre el hombro del otro, el pequeño cuerpo dio un salto sobresaltado y giro a verlo. No era un duende, sino un niño.

–¿Estás llorando?–le preguntó pasando su rostro sobre sus mejillas, frías como la nieve.

–Por supuesto que no–replicó el otro apartando de un manotazo su muñeca–. No estoy llorando, pero tú si lo estas.

–Es cierto–forzó una sonrisa y apartó sus lágrimas. Observó con mayor detenimiento a su interlocutor, quizás no estuviera llorando, pero sus orbes azules brillaban y tenía el rostro sonrojado–. Pero tú si has llorado.

–No es cierto.

–Es verdad–le jaló la mejilla derecha–aquí tienes lágrimas secas. ¿Ves?

–¿Y qué te importa eso a ti?

–Nada. Creí que eres un duende.

–Los duendes no existen–replicó con la propiedad de un adulto.

–¿Y supongo que los mounstros tampoco?–preguntó acercando tanto su rostro al del otro niño que sus pestañas rozaron.

–Depende de cual sea tu definición de mounstros–respondió su acompañante retrocediendo un par de pasos.

–Un mounstro en un ser infernal–caminó hasta el pequeño divertido con la manera en que el otro retrocedía ante su avance–que te chupa la sangre hasta que no queda nada de ti, poco a poco, hasta que finalmente te asesina.

–¡Esas son tonterías!–replicó el otro muchacho topándose con un árbol–. Si ese fuera el caso, el mundo estaría lleno de mounstros, incluso nosotros lo seríamos.

–¿Nosotros?

–Nos aprovechamos de las personas todo el tiempo.

Alois rió divertido con el comentario, en los labios de un adulto se habría escuchado excelso, pero en boca de un adolescente delgado y pequeño se oía bastante gracioso.

–¿De qué te ríes?

–Nada en particular–. La porte de ese chico denotaba amargura y madurez, una mala combinación en alguien que no debía ser mayor que él–. Dime, ¿Cómo te llamas?

–Se acostumbra a decir primero el nombre, antes de preguntar.

–Eres muy amargado–se quejó dándole un golpecito en la frente–no es necesario ser todo el tiempo tan formal, pero ya que insistes tanto–extendió su mano hasta el niño–. Mi nombre es Alois Trancy.

El otro observó su mano con indiferencia, debatiéndose entre la idea de responder o no al saludo.

–Sabes no tengo todo el tiempo para esperarte.

El menor respondió al saludo mientras decía.

–Yo soy Ciel Phanthomhive, un placer Alois. Ahora si me disculpas, tengo cosas por hacer.

Alois lo observó y preguntó.

–Estas huyendo de mi, ¿verdad?

–No, en verdad tengo cosas que hacer.

El chico mentía, nadie estaba a gusto con su presencia y tenían razón. ¿Cómo podrían querer estar con alguien sucio y oscuro que no servía para nada?

–Esta bien, no tienes que mentirme–contestó enfadado soltándolo de inmediato.

El otro chico no dijo nada, pestañeó un par de veces y se marchó.

–No deberías venir aquí, es peligroso, los mounstros podrían atraparte–le gritó Alois con el fin de asustarlo.

Una pequeña y delicada mano lo sujetó del brazo, ese niño que respondía al nombre de Ciel le observó fijamente y con una frialdad similar a la de él le dijo:

–Los mounstros ya me han atrapado.

Instantes después se marchó perdiéndose entre la densa neblina.

Alois rió, tal vez su corta estancia en ese pueblo no sería del todo aburrida.

SEBASTIÁN

El despertador le arrancó del mundo de los sueños esa mañana, la muerte debía de ser igual, un sueño del que jamás podrías despertar o una terrible pesadilla sin esperanzas de terminar. Tosió un poco. Le quedaba poco tiempo y lo sabía, semanas o meses… ¿Acaso importaba?

Se encontraría con el pequeño heredero hasta en la tarde, mientras tanto tenía muchas cosas con las cuales entretenerse. La casa era un desastre, contratar a una persona para que se encargara de esto habría sido mucho más sencillo, pero no quería tener a nadie a su lado. Podía fingir ante todo el mundo, morderse la lengua o apretar los puños cuando el dolor fuese demasiado intenso, pero soportar la lástima o compasión de alguien más. Jamás. No se consideraba digno de ella.

Pero dos sombras de su pasado habían vuelto, el último lugar en el que espero encontrarlas fue aquel pequeño pueblo perdido en el mapa.

La mañana paso deprisa, limpió y arreglo todo. Se dirigió a pie a la mansión de los Phanthomhive.

La enorme propiedad destacaba sobre el resto de las residencias, la fachada era pequeña, pero se compensaba con la extensión al fondo. Tocó el timbre y una sirvienta acudió a abrirle, tras los saludos iniciales pregunto por Ciel, si sería su maestro, tendría que verlo.

El muchacho bajó las escaleras minutos después, envuelto en un grueso y elegante sweater negro que cubría su cuello. Estaba demasiado pálido, casi enfermo.

–Lamento la demora Señor Michaelis–se disculpó el chico sentándose con rectitud sobre un sillón, su expresión fastidiada denotaba lo mucho que necesitaba descansar–. Sino le molesta me gustaría empezar por practicar mis conocimientos con el violín, antes de entrar de lleno a las clases del piano; a decir verdad nunca se me ha dado bien ese otro instrumento.

El menor tosió un poco, se ajustó el chaleco y soltó un gemido doloroso.

–Sino le molesta podríamos empezar mañana, lo noto indispuesto.

Ciel le recriminó con la mirada mientras se ponía de pie.

–No tengo tiempo para estar indispuesto, mi madre no puede esperar. ¿Lo entiendes, Señor Michaelis? Lo he contratado por su experiencia, no espero ni deseo me trate como un niño. Estoy bien.

Se sorprendió de la manera por la que le hablaba, mantenía el respeto, pero le hacía saber quién llevaba las riendas ahí.

–Sígame, Señor Michaelis. Por favor.

Asintió en silencio recuperándose de la impresión y siguió a Ciel quién guiándole hasta el segundo piso y recorriendo el pasillo lo llevo hasta una habitación habilitada con los instrumentos necesarios para impartir una clase de calidad.

–Aquí me impartirá clases. ¿Le parece bien?

–Por supuesto. Ahora, me gustaría escucharte tocar, quiero ver tú nivel.

Ciel asintió, abrió el estuche donde el hermoso instrumento aguardaba y lo saco, sus manos temblaban, debía estar ardiendo en fiebre, pero su orgullo impedía demostrarlo.

Asumió la posición propia de un violinista que tiene años de prácticas a sus espaldas y comenzó.

Cerró los ojos y se desvaneció en el acto.

E irónicamente esto fue lo menos sorprendente a los ojos de Sebastián, ya lo había visto venir. El grueso abrigo, los guantes dentro de la mansión, la pálida tez, los rojos labios…ese niño tenía un fuerte resfriado y casi podía jurar que también padecía asma, tenía experiencia en reconocer tales síntomas.

Se aproximo hasta el pequeño cuerpo y lo tomó en brazos, necesitaba un baño de agua fría y beber algo caliente. Asumir las responsabilidades de un Imperio no debía ser tarea sencilla y menos si tenías trece años.

"Se parece a Claude" pensó con nostalgia recordando los años en que atendía a su testarudo amigo.

–No se detienen hasta que literalmente están con un pie aquí y otro afuera.

Salió con Ciel de la habitación y llamó a una de las sirvientas solicitándole que llamará a un médico.

–¿Tiene a alguien qué pueda cuidar de él?

La mujer negó con la cabeza y le explicó que la mayoría de los sirvientes se iban apenas oscurecía, sólo se quedaban un par de guardias qué custodiaban la mansión e impedían la entrada de intrusos, así como la enfermera de la madre de Ciel quién estaba completamente entregada al cuidado de la Señora.

Él niño tendría suerte si podía levantarse al siguiente día. No tenía a nadie para hacerse cargo de su salud y él no tenía una razón por la cual volver a casa.

–Llamé al médico, yo me encargaré de él esta noche–exclamó entrando con el niño a su habitación.

CIEL

En ocasiones Ciel no tenía deseos de levantarse de la cama, habría preferido encerrarse dentro de su pequeño mundo donde nadie más tenía derecho a entrar y olvidarse de todo. Pero él era un adulto, en el momento en que se comportaba y exigía trataran como tal se convertía en uno y en el mundo real, aquel donde los "mounstros" se asesinaban entre sí debía de mantenerse siempre firme y fuerte.

Se colocó los guantes y una gruesa bufanda, el otoño era frío, no tanto como el invierno, pero si igual o incluso más molesto, impregnaba al ambiente de tristeza y melancolía. Observó el bosque cerca de su casa. No podía permanecer dentro de su pequeño mundo, pero si fingirlo por un par de horas. Salió de la mansión, no sin antes asegurarse de que su madre estaba bien.

Se introdujo en el bosque, demasiado profundo, era pequeño, no corría el riesgo de perderse y camino, también lloró. Estaba tan cansado de todo, derramó densas lágrimas mientras se abrazaba a si mismo, no necesitaba compasión de nadie, ni siquiera de si mismo, pero…regularizó su respiración, podía hacerlo, debía…

El arma yacía oculta en el bolsillo de su abrigo, sólo necesitaría de un disparo, tardaría un segundo, un disparo directo a la sien y todo habría terminado, no más dolor, ni soledad, ni miedo. Contaría hasta diez, cuando terminará sacaría el arma y lo haría, días después encontrarían su cadáver, quizás su tía llorara, pero pronto se recuperaría y volcaría sus atenciones en su bebé, su madre inmersa en su locura ni siquiera se enteraría de su muerte, el mundo seguiría su curso sin él, comenzó el conteo dentro de su cabeza…

Uno…

Dos…

Tres…

Cuatro…

Cinco…

Seis…

Siete…

Ocho…

Nueve…

–¿Estás llorando?

Contuvo el grito de miedo al sentir una mano sobre su hombro.

Era un chiquillo, rubio, sonriente…nada extraño, seguramente vivía en su mundo de fantasías donde los "mounstros" eran criaturas infernales a la vez que divertidas.

Se marchó maldiciéndolo dentro de sí, había arruinado su posibilidad de acabar con todo.

–Los mounstros ya me han atrapado–retornó sólo para decir esa patética, pero cierta frase. Omitiendo el hecho de que los mounstros no sólo le habían encontrado, también asesinado…el muchacho qué caminaba no era más que el cascarón de Ciel Phanthomhive.

Trabajo durante toda la mañana y parte del día permitiéndose apenas un pequeño y corto descanso para almorzar. La cabeza le dolía y la temperatura iba en aumento, más tarde se encargaría de esos detalles, el mundo no esperaría por él y los accionistas tampoco, más tarde tendría tiempo para descansar.

Las horas pasaron y antes de que se diera cuenta ya estaba frente al Señor Michaelis sosteniendo su violín, envuelto en abrigos y luchando por mantener el porte y orgullo que de él se esperaba. Tomó la posición propia de un violinista y empezó…la oscuridad le envolvió y no supo nada más.

Lo asesinarían, lo sabía, por ello no se molestaban en siquiera vendarle los ojos e incluso se lo habían dicho. Cuando su familia pagara el rescate, le matarían, no vería nunca más a su madre, ni abrazaría a su perro…se reuniría con su padre. Empezó a toser y escupió sangre, dolía… La puerta se abrió de repente, se estremeció al escuchar el chirrido y observar la silueta de una hombre adulto de pie al margen de la puerta, comenzó a llorar, quiso suplicar, no quería qué le lastimaran más, pero las palabras se le atoraban en la garganta…tenía miedo.

Se acuclilló hasta el último rincón del diminuto cuarto y se abrazó a si mismo.

Basta…Por favor…–alcanzó a suplicar en medio de los sollozos, el rostro enterrado entre sus rodillas

¿Tienes hambre?–le pregunto el hombre colocando frente a él un plato de comida.

La observo con temor, incluso miedo y asintió con la cabeza, extendió lentamente el brazo hasta alcanzarlo y empezó a comer. Hacía días que no probaba alimento alguno, ni siquiera le importó el repugnante sabor que tenía o en lo que consistía, simplemente trago. En menos de tres minutos el plato estaba vacío.

Gracias, señor–dijo volviendo a su anterior posición.

Sintió como el sujeto le tomaba del brazo obligándole a poner de pie y le propinaba un brutal beso en los labios, el sabor a cigarro rancio y licor barato invadía su boca. Poco después le arrancaba la ropa una vez más, se resistía al igual que en ocasiones anteriores, pero sólo conseguía hacerse más daño.

Tranquilo cachorrito, sólo dolerá un poco y…

Pero mentía, lo cierto es que dolía muchísimo…

Ciel se levantó jadeando en la cama, su pecho subía y bajaba con fuerza, necesitaba respirar…sólo quería un poco de aire. Se sentó sobre la cama e intento pedir ayuda a base de manoteos y señas.

Sebastián dormía a su lado, su cabeza reposaba sobre la cama. De inmediato se despertó y tal como si esperara una reacción de este tipo saco un inhalador de su bolsillo. Con presteza lo colocó en su boca y lo sujeto de la espalda, ayudándole a mantener la posición correcta para inhalar.

–Eso es…Respira, lentamente…poco a poco.

Se asió fuertemente a la chaqueta de Sebastián mientras se decía a si mismo que todo había sido una pesadilla, era parte del pasado al igual que muchas otras cosas, no podían lastimarle más. Necesitaba creerlo o no se recuperaría, aspiro hondo permitiendo al aire fluir hasta sus pulmones.

–Un poco más, con lentitud…así esta bien.

Escuchaba de fondo la voz del adulto, sonaba bien, agradable…no quería que se fuera, se sujeto con fuerza del pantalón en un acto inconsciente; siquiera una vez podía permitirse un momento de debilidad.

Apartó lentamente el inhalador e intento hablar, pero se ahogo en el proceso.

–¿Quieres que me marche?–preguntó Sebastián de la misma manera que si adivinara sus pensamientos.

Ciel intento responder, pero se guardo sus palabras, inseguro de lo que realmente quería. Una parte de si deseaba mandarle lejos de la habitación, de su lado, no necesitaba ni quería la lástima de nadie, pero otra parte ansiaba suplicarle, si era necesario rogarle porque no le dejara solo o le permitiera dormir, en cualquier caso recordaría aquellas cosas que tanto le lastimaban y luchaba por olvidar sin éxito.

–Yo…no se…que es lo…que quiero–murmuró apartando el inhalador y empezando a respirar por si mismo. La saliva le escurría por los labios, manchaba el pantalón de Sebastián, se sintió avergonzado.

–Nadie sabe lo que quiere. ¿Le gustan las canciones?–preguntó Sebastián acariciando sus cabellos.

–No, no me gusta la música–respondió débilmente.

–¿Y los cuentos?

–Mi padre me contaba…–tosió un poco antes de proseguir–mi padre me contaba cuentos.

–¿Quiere escuchar uno?

–No lo sé…simplemente no quiero dormir.

Se incorporó con evidente esfuerzo y observando fijamente el rostro de Sebastián ordeno con arrogancia.

–¡Sebastián, es una orden! No te marches hasta que despierte–sonrió con ironía al pensar en escaso valor de tales palabras y en lo sencillo que sería desobedecerle y se dejo caer sobre la cama, de vuelta al mundo de los sueños, donde los mounstros te perseguían sin descanso.

Sintió los brazos de alguien rodeándole, la calidez y confort que de ellos emanaba le hizo sonreír.

–¿Alejarás a los mounstros?–preguntó rozando la inconsciencia y sintiéndose estúpido por sus palabras, mismas que él solo entendería.

–Si, Mi Señor–murmuró el adulto a su oído y fue lo último que alcanzo a escuchar antes de admitir su derrota frente a Morfeo, seguro de que los mounstros no le atraparían esa noche, no mientras tuviera a alguien para protegerlo.

CLAUDE

Él no gustaba de atender a clientes sin un motivo práctico. Por regla general sus pacientes formaban casi siempre parte de un estudio con fines psicológicos o psiquiátricos, mentes deñadas por determinadas circunstancias, él las observaba, estudiaba y desechaba cuando dejaban de ser útiles; la gran mayoría jamás sanaría por completo. El cerebro era un órgano demasiado delicado y frágil al que no se valoraba ni protegía lo suficiente, los daños no podían ser reparados.

Observó su reloj, la mujer había acudido a él un tanto desesperada y él como todo buen caballero se presentaba en tiempo y forma a la cita, simplemente le diría que no y volvería a casa, no confiaba en la seguridad de su modesta casa mientras ese niño estuviera ahí.

–Buenos días, Señor Faustus, lamento la demora.

Una extravagante mujer vestida de rojo de los pies a la cabeza le saludo, sostenía en brazos a una niña de un par de meses.

–Esas cosas pasan, descuide. Comprendo–. Sacó la silla en un gesto de pura galantería.

Conversaron sobre temas intranscendentes, por regla general era bien sabido que el clima pertenecía a aquellos temas carentes de relevancia sobre los que siempre se podía comentar.

–Este invierno será especialmente frío, ¿no lo cree?–preguntó la mujer bebiendo su café.

–Madame Red–llamó cansado de perder el tiempo de aquella manera–. ¿Cuál es la razón exacta por la que me ha invitado a almorzar?

–Supongo que habrá recibido mi carta. Quiero que trate a mi sobrino, Ciel Phanthomhive, tiene 13 años.

–Esta enterada de que yo sólo atiendo a grupos o individuos con características sobresalientes.

Madame Red saco de su bolso una carpeta relativamente gruesa y colocó sobre la mesa.

–Aquí tiene el expediente de mi sobrino. Léalo y dígame en este mismo momento que mi querido sobrino no es un niño sobresaliente.

No necesitaba leerlo, había escuchado lo suficiente en los medios de comunicación como para hacerse un perfil del infante, además de sus millones no tenía ninguna otra característica digna de su atención. Un niño solitario, sin amigos, evadiendo la verdad, negando el pasado y todo lo que implicaba.

–No necesito leerlo en realidad. Su sobrino no es tan excepcional como usted insiste en creer–concluyo con desdén, haciendo hincapié en sus conocimientos y la veracidad de los mismos–. Incluso es mi vecino desde hace una semana y claramente puedo asegurarle que…

–¿Sabe que ese niño maneja una serie de empresas con más de cinco mil empleados en todo el mundo?

La pregunta le dejo perplejo por un segundo, ciertamente era un número considerable y la seguridad con que la mujer se expresaba confería al asunto seriedad.

–¿Esta consciente que ese niño jamás ha derramado una sola lágrima en público?, ¿Conoce la madurez con que se comporta y manera en que ha decidido cuidar de su madre quién lo confunde todo el tiempo con su padre?–. Madame Red se puso de pie, su esbelta y grácil figura le sobrecogió, pero el podía ver a través de esos ademanes y gestos orgullosos, una insegura y tímida mujer que fingía ser fuerte antes qué demostrar su verdadera personalidad–. Ese niño en el que yo me empeño en creer habla tres idiomas y hasta hace poco era un entusiasta estudiante rodeado de amigos y personas qué le amaban. ¡Mírelo ahora! No me puede decir que es un chico común y corriente. Como colega respeto su trabajo Señor Faustus, pero me veo en la necesidad de decirle que usted se encuentra equivocado.

Claude limpió sus lentes ignorando la agitada respiración de Madame Red, el bebé de la misma demando su atención amparado en un profundo y escandaloso llanto.

–Está bien, si tanto desea iré a verlo. No le aseguro nada en realidad–. Se puso de pie indiferente a la escena entre madre e hija, llamo al camarero y pago la cuenta.

Y con la misma tranquilidad con que hubo llegado se marcho, fijando la hora del siguiente encuentro.

–Le espero mañana a las ocho de la mañana frente a mi casa. Después de estudiarlo le comunicaré mi decisión.

No importaba lo mucho que insistieran, Ciel Phanthomhive no era un chico capaz de llamar su atención, pero nada perdía yendo a comprobarlo personalmente; le había observado durante días, ahora vería si era un muchacho digno de su atención y de las molestias que en un futuro tal vez se tomaría. Acomodó su cabello y regresó a Hope City.

ALOIS

Estaba aburrido, tal vez debería marcharse de esa casa y pueblo, pero tenía la sensación de que sin importar a donde fuera el pasado le perseguiría, el destino se lo había demostrado una vez más al encontrarse en medio de la nada con Sebastián.

Se sirvió un vaso de naranjada, la fiebre había disminuido y ahora mismo se sentía muy bien, la tele no ofrecía atracción alguna, uno que otro programa basura o documental barato, y la gran mayoría de los libros dentro de la casa trataban temas relacionados con la salud mental o al menos eso creía, había leído un par de párrafos al azar, ni siquiera recordaba el título de los mismos.

Recordó el cuarto donde Claude guardaba sus pinturas, allí estaba el cuadro que tanto le recordaba a Luka. Forjó la cerradura y tras un corto esfuerzo consiguió entrar, la pintura estaba ahí, esperando por él…lo tomó entre sus manos y observó con una sonrisa en los labios. Alguna vez alguien le había dicho que los niños al morir iban al Cielo y el Cielo era un lugar donde tenías todo lo necesario para ser feliz…Luka debía estar en un lugar así, igual al del cuadro.

Sintió deseos de llorar, pero no tenías más lágrimas que derramar, sus ojos estaban secos.

Esculco un poco más entre los cuadros, había muchos, tal vez cientos. Algunos eran bonitos, otros grotescos e incluso estaban aquello abstractos idóneos para diversas interpretaciones.

Nuevamente estaba aburrido, detestaba los lugares cerrados, le asfixiaban.

Se tiró sobre el suelo decidido a ver el techo y las bonitas manchas…

–Ni siquiera tiene manchas–declaró decepcionado.

Se sentó sobre el suelo y observó una pequeña palanca perdida en un rincón de la habitación, había movido muchos cuadros y puesto al descubierto, hasta ahora le veía. Motivado por la curiosidad se acercó al pequeño cuadro gateando y jalo la pequeña palanca.

–¡Bingo!–exclamó comprobando que se trataba de un sótano, las escaleras largas y oscuras se mostraban atemorizantes, pero debía bajar, lo sentía y ansiaba.

La madera no crujió como en las películas setenteras de terror, pese a ello tuvo miedo, descubriría algo importante y si tuviera un poco de sentido común huiría de ese lugar, pero como más tarde comprobaría, él no era el único a quién este le había abandonado.

Buscó a tientas un interruptor, la oscuridad era demasiado densa y profunda, sus manos temblorosas finalmente le alcanzaron y el secreto de Claude se figuró frente a él.

–Los mounstros pueden adoptar muchas formas–dijo recordando la conversación que había mantenido con el niño en la mañana y cayo de rodillas al suelo.

SEBASTIÁN

"Los niños siempre serán niños" le decía su Maestro mientras le golpeaba. Había sido un hombre duro e inflexible, no dado a sentimentalismos ni a muestras de afectos, incluso agresivo, pero tenía mucho que agradecerle; es decir a base de golpes y agresiones verbales había desarrollado su pasión por el arte, si se detenía a pensarlo era una manera bastante retorcida de aprender, pero efectiva hasta cierto punto.

Observó el pecho de Ciel subiendo y bajando, lentamente.

El médico lo había revisado, su diagnóstico: un resfriado intensificado por el estrés, intensificado por el asma. Sólo necesitaba descansar un poco y estaría bien.

Se acercó hasta el muchacho y colocó otra compensa fría sobre su frente con el fin de disminuir la fiebre, no podía evitar pensar en Claude al verlo y esbozar una leve sonrisa con la idea, ni siquiera se parecían física o mentalmente, a excepción de que ambos perdían todo el orgullo y la dignidad que les caracterizaba al caer en cama…se veían como eran: frágiles y débiles…

–No es cierto…–murmuró refiriéndose hacia la nada, Claude, aquel que vivía en sus recuerdos y en el que ambos eran niños no era el actual, distaba mucho de ser frágil o débil. Lo sabía.

–Suéltame…–el leve murmullo de Ciel lo atrajo a la realidad, el chiquillo intentó apartar su mano, pero apenas y consiguió rozarla, sonrió divertido ante el intento.

–¿Cómo te sientes?–preguntó ignorando el detalle.

Ayudó al pequeño a reacomodarse contra el respaldo de la cama, sorprendiéndose una vez más con su peso, tan pequeño y delgado.

–Estoy bien…no es necesario que te quedes, puedes irte.

Arrastraba las palabras al hablar, aún tenía dificultades para respirar.

–Necesitas de alguien que cuide de ti –comentó recargándose sobre una pared.

–¿Por qué?, ¿Por qué soy un niño?

–No, porque eres un importante heredero…

Ciel sonrió con la respuesta cobijándose entre las sábanas, tal y como suponía, tratarlo como un niño no serviría de nada.

–Nadie quiere mi dinero–replicó el menor cubriéndose casi por completo–. Mi tía tiene su propia fortuna y está casada con un importante político, no necesita ni siquiera de eso.

Aquel era un secreto a voces dentro de Sociedad, Angelina conocida como Madame Red había preferido a su matrimonio perfecto y hermoso hija antes de su sobrino, su esposo, un eminente político cuyo carrera estaba en ascenso no quería relacionarse con los escándalos relacionados con la familia Phanthomhive y le había exigido cortará todo contacto.

Había dolor en sus palabras, similar al de cualquier niño qué es rechazado por aquellos a quienes ama. Lo conocía y comprendía, en sus años de juventud el mismo lo había experimentado, se superaba con el tiempo, pero siempre estaría ahí.

Se había equivocado, quizás Ciel no fuera un chico tan especial como había creído.

–Me marcharé, tengo cosas que hacer. Vendré mañana para darte la lección.

Se acomodó la camisa, pasó las manos por su cabello y dispuso a salir de la habitación cuando la grave y delicada voz de Ciel lo llamo.

–Por favor, quédate conmigo esta noche.

Sonrió al escuchar tales palabras, después de todo continuaba siendo un niño.

Repaso algunos de los títulos que descansaban en el librero y escogió uno.

–¿Te parece bien que te lea este?–preguntó mostrándole el título.

Observó a Ciel descubrirse parcialmente la cabeza y leer el título en voz alta.

–Los miserables.

–No tienes que leerme nada.

–Si tuvieras alguna obra de estilo juvenil la habría elegido, así que tendrás que conformarte.

–De acuerdo–aceptó el chiquillo de mala gana recostándose y Sebastián comenzó a leer en voz alta

"Los niños siempre serán niños" le dijo muchas veces su Maestro "pero eso no significa que no deban ser tratados con la dureza propia de un adulto".

Bien, él nunca estuvo de acuerdo con cada palabra expuesta por su Maestro y aquella frase era un buen ejemplo de esto. Sentir piedad no iba con su personalidad, pero a veces no estaba del todo mal ser "amable"…Pedir ayuda en un momento de desesperación, Ciel si era un niño bastante interesante…capaz de hacer lo que él jamás podría, pedir ayuda.

CLAUDE

Claude entró a la casa, la encontró vacía, los platos sucios sobre el fregadero, un par de libros fuera de lugar, la televisión encendida, llamó a gritos a Alois.

–¡Alois!

Nadie respondió, imagino a donde hubo ido; lo esperaba de alguna manera, incluso lo quería. Se dirigió hasta el cuarto donde guardaba sus secretos; todo mundo coleccionada algo, algunos estampas de correos, otros muñecas e incluso escucho de alguien que coleccionaba uñas, la sola idea le repugnaba en realidad, así que después de todo, ¿Qué tenía de malo él que gustará de coleccionar vidas humanas? Nada en absoluto si lo pensaba con detenimiento.

Entró al cuarto y tal como lo esperaba la luz estaba encendida y las escaleras que conducían al sótano quedaban al descubierto. Las bajo lentamente y lo encontró, Alois estaba sentado en el suelo, abrazaba sus rodillas con sus brazos y con la mirada indiferente.

–¿Lo has visto?–preguntó sin mostrar su enfado y tomando con cierta dureza el rostro del niño.

–Si.

Su respuesta no denotaba miedo, ni siquiera temor…simplemente había respondido a la pregunta.

–¿Harás mi deseo realidad?–preguntó Alois viéndolo fijamente.

–¿Cuál es tu deseo?

–Mi deseo es morir.

El silencio fue profundo y el frío penetro dentro de la habitación, Alois temblaba y no sólo por el frío, lo podía ver, tenía miedo, conocía a la perfección tal reacción.

–Lo harás, ¿me matarás?–cuestionó el niño una vez más y había algo en su voz que podía escucharse seductor, demasiado atrayente como para destruirlo–. ¿Lo harás?–volvió a preguntar en espera de una respuesta.

Orbes azules similares al cielo se encontraron con aquellos ojos dorados iguales al sol…una común, pero intensa combinación.

CIEL

Le dolía la cabeza, demasiado, no quería atender a nadie, ni hoy ni nunca.

Abrió los ojos recordando los sucesos del día anterior, Sebastián se había ido, estaba solo en la habitación una vez más.

–Señor, su tía ha venido a visitarle–anunció una de las empleadas abriendo la puerta, casi salta de la cama al ver entrar a su tía junto a su extraño vecino.

–¿Cómo está mi lindo sobrino?–gritó su tía corriendo hasta él y cubriéndole de besos y abrazos.

–Madame Red, ¿qué haces aquí?–preguntó intentando no asfixiarse.

–Quiero presentarte a alguien.

Y al escuchar tales palabras supo que nada bueno podía traer su inesperada visita.

–¡Me niego rotundamente!–exclamó tras saber la razón por la que su tía venía a verle.

–¡Pero Ciel, esto es por tu propio bien!

–No necesito de un psicólogo, psiquiatra o como quiera de llamarse. ¡No necesito de nadie!–. No podían hacerlo eso, él no necesitaba ayuda, estaba bien viviendo solo y lo había demostrado infinidad de veces.

–Me temo que sino aceptas me veré obligada a inscribirte en un internado y hospitalizar a mi hermana en un hospital psiquiátrico–contestó su Tía, estaba segura de que era sincera, pero no podía permitirle que se introdujera en su vida cuando ella había sido la primera en sacarlo de la suya.

–No te atreverías…

La idea de alejarse de su madre le parecía insoportable, no los dejaría.

–Ciel…

–¡Sal de mi habitación!–ordenó con dureza señalando la puerta–. Por favor, hazlo. Saldré cuando me encontré presentable.

–Ciel…–llamó una vez más su tía.

–Sal…por favor.

Al verlos fuera de la habitación rompió al fin en un profundo llanto.

CONTINUARÁ…

¿Cómo llora este Ciel, no? Bueno, recordemos que aquí Ciel no tiene a un sexi demonio en el que apoyarse, es fuerte, pero no tanto, sin agregar todo lo que le paso.

Perdonen el retraso, pero entre el huracán, la escuela, los problemas y demás no había podido sacar el capi.

Saben este fic me encanta, no se porque…es muy psicológico y yo soy malísima en este aspecto, pero me agrada intentarlo…Igual y más y es una idea un poquito retorcida, XD.

MUCHAS GRACIAS A TODAS Y TODOS por sus comentarios, son muy lindos y siempre me animan a seguir, así sea 1 o 30 comentarios siempre se aprecian.

Ya saben cualquier comentario, duda, crítica, queja, sugerencia, etc., será bien recibida.

Gracias por leer.