TERCERA PARTE
PARTE II
FANTASMAS
CLAUDE
Sebastián golpeó el hombro de Claude con fuerza, sonrió y le mostró una hoja.
—¿No te parece una buena idea?
La tomó entre sus manos y leyó, el nombre de aquella prestigiosa escuela a la que tanto deseaba asistir se leía en la parte superior, junto a su logotipo, el dibujo de una telaraña, bastante simple, pero representativo. Sin embargo la gloria y el prestigio venían acompañados de un precio exorbitante, imposible para su reducido bolsillo.
—Si logras entrar a esa escuela, también podrás ir a la Universidad.
—No bromees—el joven se ajustó los lentes y continuó con su trabajo de jardinería. Ese era su miserable destino, servir a personas como Sebastián quién parecía tenerlo todo en la vida.
—Tú padre tiene razón, eres un cobarde—se burló el otro muchacho quitándole la nota y comenzó a doblarla—un inútil que ni siquiera sirve para cuidar de las plantas—señaló hacia un par de flores marchitas, el frío viento de otoño carcomía su belleza primaveral, el esplendor del verano se perdía ante el inclemente cambio de estación, ambos lo sabían, pese a ello él Claude de once años no pudo evitar sentirse ofendido, menospreciado—. Aunque yo no soy nadie para criticar, podrías ser un jardinero toda tu vida, tal vez no uno bueno, pero si un jardinero. Si, eso sería fantástico, no tener que preocuparse por nada, toda tu vida serás "mi" jardinero…—y la pelea inició, inducida por el tono burlón de Sebastián quién cayó sobre el suave pasto al ser empujado por Claude, quién antes de ser vencido atinó a darle un golpe en el rostro, el segundo lo detuvo y cambiaron de posiciones, ahora Sebastián era quién estaba sobre Claude, sujetando sus manos para impedirle atacar—. ¡Demuéstrale a tú padre y a mi que puedes ser algo más que un jardinero!
Observó el gesto amistoso en el rostro de su amigo y dejo de luchar, sin ánimos para replicar.
—Pedirás una beca del 100% y la obtendrás—concluyó orgulloso el otro haciéndose a un lado para limpiarse las gotas de sangre qué le escurrían por el labio, mientras se tiraba a su lado escupió—. ¿Qué me dices?
—De acuerdo—contestó sin emoción en su voz, aunque por dentro ansiaba en lanzarle otro golpe a ese engreído. Eso tendría que esperar un poco más.
Cuando observó a Alois limpiando el lodo del rostro de Ciel recordó aquel día. La sensación de tener un amigo real, uno lo suficientemente estúpido como para dejarse golpear para que comprendiera su mensaje. Hacía mucho de eso.
Su amistad era tan disparatada como podría ser la relación entre esos niños.
—Su Madre no se encuentra bien—le comunicó a Sebastián quién veía por la ventana los truenos que amenazaban con estropear el defectuoso suministro de electricidad—. Me gustaría quedarme un momento más, pero Alois debe ir a dormir. Es tarde.
—Te escuchas igual que un padre preocupado. ¿Estás planeando algo?
—A diferencia de ti, yo trabajo. Tengo obligaciones que cumplir—pausó un momento pensando en su "actividad primordial" durante esos días antes de continuar—. El doctor Brenson podrá encargarse de todo.
Sebastián asintió. Se dirigió hasta donde Alois y Ciel, el último lanzaba pequeños y débiles manotazos en un intento porque Alois dejará de intentar curarle, sus ojos carecían de su habitual determinación e incluso su voz consistía en un hilillo demasiado delgado, pese a ello resonaba dentro de la habitación presa de un silencio hostil.
—Tú madre se encuentra bien por el momento. Tuvo una crisis nerviosa. Lo mejor para ella es…
—Internarla—completó el chiquillo girando hasta él.
—Así es.
—Le agradecería que más tarde me recomendará algunos hospitales que contarán con su aprobación. Ahora si me disculpa.
E inclinando la cabeza subió las escaleras, dobló a la izquierda del pasillo y se perdió en los oscuros rincones de la propiedad. Acompañado en sus movimientos por ese aire melancólico y taciturno se mostró tan atractivo para Claude como hacía meses atrás, antes de que le conociera y sólo fuera un pequeño solitario qué salía cada tarde a dar un paseo acompañado en ocasiones de la clandestinidad de la noche, sin nombre ni historia.
Alois le veía con fijeza, dirigió su atención hasta el rubio y se despidió de los presentes, mientras dentro de su mente se repetía qué no, no podía…iba en contra de sus normas, las mismas que él había estipulado, si lo descubrían, pero…
—¿Conoces a Ciel?—le preguntó Alois.
—Soy su Psiquiatra, ¿qué relación tienes con él?
—Soy su alma gemela—fue la simple y extraña respuesta por parte del niño y por primera vez desde que le conoció sintió el deseo de preguntar, averiguar algo tras el juego de palabras y respuestas confusas que el chico le otorgaba casi siempre.
Sacó las llaves, abrió la puerta y ambos se introdujeron dentro de la casa, envueltos en preguntas, recuerdos y en su caso, tentaciones.
ALOIS
Claude escribía sobre su escritorio, concentrado en revisar notas, frunciendo el ceño, su expresión concentrada y inmóvil parecía indicar que en ese preciso momento no había otra cosa más importante en el mundo para él, de vez en cuando se levantaba para tomar uno o varios libros y regresaba a su posición de hermetismo; Alois le observaba desde el pasillo…aburrido y distante.
Ciel era "su vecino", vaya sorpresa en realidad, iría a verlo, seguramente sería más entretenido que permanecer sentado sobre el pasillo observando a un hombre trabajar.
Salió de la casa en silencio, Claude no se molestó en preguntarle a donde se dirigía, él no lo dijo tampoco; avanzó un par de metros, en ese momento Sebastián salía de la Mansión.
—Hola—saludó al adulto.
—¿Piensas ir a verlo?—preguntó el otro sonriéndole con naturalidad.
—Algo así, no sabía que viviera tan cerca de Claude.
—No digas nada grosero—advirtió Sebastián, el mensaje traía implícito una amenaza, la ignoró.
—¿Piensas impedírmelo?—preguntó con intención de provocarlo y acercó su rostro al del adulto.
No hubo respuesta.
—Dime—llamó distanciándose un par de pasos y dándole la espalda—. Johan sufrió al morir.
—No lo sé, creo que no.
—Él estaba muy feliz cuando supo que te lo llevarías. ¿Por qué no lo cuidaste?
Y recordó el momento en que escuchó de uno de sus clientes un comentario relacionado con la muerte de Johan, era un buen chico, no merecía morir, realmente no lo merecía…aunque no podía evitar sentir cierta envidia hacia el ahora putrefacto cadáver, ahora él yacía libre de todo, mientras que él…
—Yo cumplí mi palabra. Él se suicido. Cuando quise sacarlo de la bañera ya era demasiado tarde.
Escuchó la confesión, tragó saliva, imaginando la escena y se preguntó si habría dolido.
—¿Se cortó las venas?
No escuchó una respuesta afirmativa por parte de Sebastián, pero tampoco una negación.
"Ahorcarse es demasiado estúpido, si no quieres sobrevivir disparate en la cabeza"
"Pero si no tenemos un arma"
"Entonces, asegúrate de que nadie vendrá y córtate las venas, perderás tanta sangre que en poco tiempo no recordarás ni tú nombre"
La conversación que mantuvieron poco antes de que se lo llevaran retumbó dentro de su cabeza, nunca nadie lo escuchaba y ese estúpido hasta había tomado en cuenta sus palabras.
Se marchó sin agregar nada más, en ocasiones la verdad no liberaba de los temores y culpas del pasado, sólo los atormentaba, acorralándolos en un círculo vicioso donde el "Si hubiera" se presentaba como la única respuesta.
CIEL
Obtener fuerzas de donde no había, convertir toda su calidez en frialdad y tragarse las abundantes lágrimas que amenazaban con brotar. Debería hacerlo una vez más.
Miró de soslayo al pasar la habitación donde su Madre continuaba durmiendo, perdida en su mundo de fantasías donde todo marchaba bien. No podía soportarlo más, iría a la tumba de su Padre y le pediría perdón, le suplicaría cuantas veces fueran necesarias, pero acabaría con una parte de su infierno.
"Cuida a tu madre, Ciel" le decía su Padre siempre que salía de viaje y los dejaba solos, entonces su Madre besaba a su esposo y agregaba "Mi pequeño Príncipe seguro qué lo hará" Y él sonreía orgulloso, primero por que era muy pequeño y creía en que podría hacer grandes cosas y después cuando creció, dichoso de que conservarán una costumbre tan tonta. Si su Padre decía esas palabras es porque regresaría, pero antes de que le dispararan y su sangre le salpicará su rostro no tuvo tiempo de decir nada, por eso nunca volvió…
Sonrió divertido ante sus pensamientos, pensaba como un niño en ocasiones. Lo primero sería consultar con Claude y después con Sebastián, en un acto inconsciente, casi primario se pasó los dedos sobre el rostro, la dulzura y a la vez repugnancia del beso continuaban grabados en sus labios. Su primer beso voluntario fue más que repugnante, al principio ebrio de ansiedad y temor se asió a con fuerza a un placer desconocido, pero pronto conmemoró todos aquellos besos repulsivos y sucios que le antecedieron a este, los recuerdos del olor a cigarro barato y licor rancio entorpecieron el momento y terminó vomitando sobre el piso, liberando la tensión, avergonzado. Apenas alcanzó a despedirse, recogiendo las piezas regadas de orgullo y dignidad que aún conservaba.
Telefoneó a Claude, el adulto le proporcionó la información qué necesitaba; después hablo con un par de personas, realizó transferencias bancarias y centró la misma atención en ese asunto que sentía como si estuviera cerrando el negocio más importante de su corta vida. Finalmente cuando todo terminó, se reclinó sobre su asiento y bebió una taza de té, en silencio, aspirando la conocida fragancia, arrastrando viejos recuerdos. Fue cuando él llego.
Lo hizo pasar ocultando su pena tras una máscara de sobriedad y madurez, y hasta indiferencia.
—Señor Sebastián Michaelis—le llamó por primera vez en mucho tiempo por su nombre completo—. Tengo una propuesta que hacerle.
La sorpresa en el rostro de su Maestro se hizo evidente, tal vez esperaba alguna alusión a los sucesos de la noche anterior, precisamente el beso, pero prefería relegar tales detalles al pasado.
—He hecho los arreglos necesarios para que mi Madre sea internada en el mejor Hospital Psiquiátrico de la Capital, la trasladarán dentro de tres días. En ese momento sus servicios no serán requeridos, no se preocupe, me encargaré personalmente de qué la paguen incluso los meses qué no laborará. Le pido una disculpa por las molestias mostradas y espero acepté mi generosa liquidación.
—¿Eso significa qué también suspenderá sus clases de piano?
—Las tomé con la intención de complacer a mi Madre, pero ahora se que eso no es posible. No tiene sentido perder el tiempo en una actividad sin beneficio directo.
—¿Cuál es su propuesta Señor Phanthomhive?
—Acompáñeme al Hospital dentro de tres días, toque para mi Madre una vez más, por favor.
—Es todo—y divisó cierta brusquedad oculta en las palabras de Sebastián.
—Si. ¿Qué dice?
—Tómelo como una prolongación de nuestro Contrato—. Se levantó y se marchó, evidentemente molesto, pero sin demostrarlo, porque continuaba observándole con beneplácito.
"Estaba hecho", pensó Ciel inclinando el rostro sobre el escritorio. Permaneció un momento así, hasta que una Sirvienta vino a anunciar la presencia de un visitante.
—Hágalo pasar—respondió con desgano, no tenía idea de quién fuera, pero lo despediría en el menor tiempo posible.
Se inclinó sobre la silla y esperó. Alois no tardó en molestarlo picándole la cabeza.
—¿Qué haces aquí?—cuestionó enfadado arrebatándole de las manos un libro, llevaba menos de un minuto y había movido al menos diez objetos, no quería ni imaginar el resultado tras una hora.
—Te estoy visitando, ¿No seas malagradecido?—respondió Alois con aire ofendido.
—No necesito de tus visitas.
—Necesitas de un insecto—y con una sonrisa maliciosa le mostró una cucaracha, el otro rió ante su expresión de sorpresa y en un descuido se le escapó de las manos, saltando a algún rincón desconocido de la habitación.
—¿Qué demonios hacías con una cucaracha?—preguntó al borde de la histeria.
—La encontré en el camino. Te comportas como si hubiera sido un cocodrilo o león, sólo es un insecto.
—Tiene microbios.
—Tú también.
—Eres un… ¡Largo!—y señaló la puerta. Alois se encogió de hombros, le sacó la lengua y se dispuso a marcharse cuando las pequeñas manos de Ciel lo tomaron de la camisa, con expresión enfadada dijo—. Espera un momento, ese insecto continúa aquí, me ayudarás a encontrarlo y después te marcharás con él.
—Oblígame—retó el rubio escapando de sus manos.
—No me hagas…
—Suenas igual a una vieja amargada—se quejó su amigo, jugando con un globo terráqueo—. Nunca has jugado a darle vuelta, cerrar los ojos e imaginar que vives donde tu dedo se detiene…
—¡Alois!
—Si, si…encontrar al insecto e irme con él. Amargado.
—Infantil.
—Sólo cállate y empieza a mover las cosas.
Y tras una larga hora de búsqueda donde todos los muebles se movieron, cada libro fue revisado y ni siquiera la más insignificante hoja se quedó sin revisión encontraron al consabido insecto, oculto, detrás de una maceta…atraparlo les llevó cinco minutos más. Lo encerraron dentro de un pequeño bote y respiraron, cansados y sudorosos, como niños.
Sentados de espaldas sobre el suelo se permitieron un minuto de seriedad.
—¿Cómo esta tú madre?—preguntó Alois jugando con el pequeño insecto quién le miraba a través del utensilio de plástico.
—Mal—se limitó a responder Ciel—ella…esta…mal…
—¿Sientes deseos de llorar, pero no puedes? Las lágrimas siguen ahí, llenando el río y amenazando con desbordarlo, pero sabes qué no servirá de nada llorar. Yo prefiero dejarlo desbordarse…
—De vez en cuando dices cosas interesantes—opinó recargando su cabeza sobre la espalda del rubio.
—De vez en cuando te comportas como alguien "normal"—respondió Alois y agregó algo más, pero no tuvo tiempo de escucharlo porque sin desearlo se durmió recargado sobre la espalda del adolescente. Olvidar las responsabilidades y obligaciones no estaba del todo mal, no sería el fin del mundo, a lo mucho el fin de su mundo, pero ya no quedaba mucho de esté y lo que restos qué conservaba no le gustaban.
SEBASTIÁN
Abrió la carta de su abuela, le pedía que fuera a verlo; dentro de un par de días se llevaría a cabo la reunión anual de los Michaelis, su prima tenía un especial interés en que conociera a sus sobrinos; después de todo alguien debía heredar su fortuna y ya que él no había mostrado ni el más mínimo interés en tomar una esposa o algo similar, su heredero continuaba siendo una incógnita para su familiares, lo suficientemente importante como para mostrarse amables mientras respirará.
Rompió la carta y empezó a escribir la respuesta, una negativa pulcra, elegante e hipócrita, no le extrañarían más de lo qué él a ellos.
La imprimió y metió dentro de un sobre, sólo entonces pudo entregarse al rostro de Johan y la mirada compungida de Alois quién le acusaba de su muerte y aun sin serlo, la sentía como propia. Prometió protegerlo y así lo hizo, a excepción de una cosa, su pasado.
Maldecía el día en que aceptó ir a aquella casa de citas, pero un conocedor de placeres mundanos y carnales como él no podía negarse. Acompañó a un amigo, hermosas y sensuales mujeres los recibieron con la misma atención y esmero que si fueran Príncipes o Reyes de un país lejano, él olor a tabaco impregnaba la elegante y luminosa decoración donde los colores suaves le impregnaban al ambiente un toque de erotismo único, el alcohol fluía con la misma soltura que el agua y los más elegantes manjares eran servidos. Todo a cambio de exorbitantes cifras qué los distinguidos clientes del lugar derrochaban sin remordimientos, políticos, artistas, empresarios, intelectuales…todo aquel con un nombre medianamente conocido y con la soltura económica para dilapidar euros era bien recibido en ese lugar. Agasajado como reyes. Por algo era la casa de citas más importante del país, ubicada a varios kilómetros fuera de la capital. Había escuchado de ella incontable cantidad de veces, sin embargo nunca había mostrado un interés real en ir; un hombre como él no necesitaba pagar para obtener sexo, pero comenzaba a cansarse de las mujeres y su idea de establecer cabeza. Comprar un impulso tan primario como lo eran las relaciones sexuales, posiblemente también tuviera su dosis de libertinaje…así que accedió.
Un hombro vestido como Mayordomo se les acercó, haciéndoles una invitación. Su amigo sonrió extasiado dejando al descubierto sus verdaderas intenciones, porque sólo los clientes selectos e increíblemente ricos eran dignos de vislumbrar las maravillas qué se escondían en la parte subterránea de la Mansión y le había costado mucho dinero y tiempo él que lo considerará dentro del grupo selecto.
Lo arrastró consigo, un artista de su calibre no tuvo complicaciones al pasar.
Y fueron conducidos por una red de túneles, alumbrados únicamente por lámparas, carentes de la vulgar decoración del piso superior y de la estruendosa música. Subieron a un elevador y bajaron un par de pisos, tal vez dos o tres, no lo recordaba del todo bien. Recorrieron un pequeño camino y llegaron hasta una amplia sala, amueblada en forma similar a la del piso superior, sólo que aquí predominaban los colores oscuros y la música suave, no obstante sin lugar a dudas la más grande diferencia la representaban los suplentes de las bien desarrolladas chicas de la parte de arriba: niños de ambos sexos. De muy diversas edades y diferente aspecto, había pequeños desde tres años hasta muchachos que rozaban los diecisiete o dieciocho años, morenos, rubios, castaños, pelirrojos, algunos lloraban, otros tenían la mirada perdida, otros más estaban demasiado ebrios como para tener conciencia de donde se encontraban.
—La mejor mercancía del país—les dijo el hombre extendiendo la mano para mostrarle a los pequeños.
Un par de chicos llamó su atención, debían de tener la misma edad, entre diez y once años. Una cabeza castaña se escondía dentro del pequeño y delgado pecho de un chico rubio cuya primera impresión hacía pensar en una niña; el muchacho lo vio, le sostuvo la mirada, retándolo…
—No te dije qué no te arrepentirías de venir—comentó su amigo yendo directo a una niña quién extendió los brazos para ser cargada.
No respondió, estaba asqueado ante la escena… ¡Eran sólo niños! Se disponía a marcharse del lugar cuando un hombre arrancó de los brazos del rubio al chico de cabello castaño, el segundo lloraba desesperado mientras el primero intentaba aparentemente tomar su lugar.
—¡No, esté no me gusta!—se quejó el hombre antes de lanzarle una bofetada al niño de ojos azules con intención de hacerlo callar, lo consiguió. Estaba a punto de cargar al otro infante cuando lo detuvo.
—Disculpe, yo le había elegido previamente—uso un tono coloquial, como si refiriera a un artículo de supermercado y no un ser humano. Después de esto lo golpeó con tal fuerza que lo dejo inconsciente. Tomó al muchacho quién temblaba cual brizna en verano y se dirigió hasta uno de los hombros vestido como Mayordomo—. Lo quiero por toda la noche—extendió su tarjeta de crédito y miró de reojo al chico guiñándole el ojo derecho.
No le había salvado en ese momento, ni en ningún otro.
Ciel le recordaba de alguna manera a Johan, aunque el chico nunca fue una belleza apabullante ni tenía el orgullo y arrogancia del pequeño Phanthomhive, tal vez fuera los casi invisibles lazos los que establecían la relación: arrancados de las manos de su propia familia, su mundo destruido. Si un consuelo le quedaba, si podía llamase así a un sentimiento más dulce que amargo, era que Johan no estuvo mucho tiempo en ese lugar, debía de llevar a lo mucho un mes cuando pagó por primera vez por él; después de ese día no permitió que nadie más le tocará.
Escribió la dirección sobre el sobre y cerró, las cartas tenían parte del romanticismo que el mundo estaba perdiendo.
CIEL
Había pensando en acompañar a su Madre dentro de la ambulancia qué le trasladaría, pero desistió pronto de la idea, sino podía darse el valor suficiente para algo tan insignificante, el resto de los pasos le resultarían imposibles.
Metió su cepillo de dientes y cerró la maleta, hacía tiempo que no viajaba en avión.
Sebastián acudió a recogerlo puntualmente, listo para llevarlo al aeropuerto a la hora indicada. Había decidido hacerse pasar por un turista, aunque ciertamente lo era. Por otro lado gran parte de sus clientes deseaban conocer la imagen actual del Consorcio Phanthomhive, si algún medio lo reconocía podría afectar sus negocios, la gran mayoría de personas con las que trabajaba creían que escribían y negociaban vía email con un experimentado negociante cuyo excentrismo le impedía mostrar la cara. Pero era casi imposible que alguien sospecharía quién era , hacía más de dos años del escándalo, seguramente ahora los periodistas amarillistas tendrían alguna otra desgracia en la que centrarse, además de que había sido extremadamente cuidadoso ocultando su residencia actual.
Miraba por la ventana, había hecho de Hope City su refugio…dejarlo, aunque sólo fuera por un par de días le provocaba extrañeza. Un cambio en su rutinaria vida.
—¿Se encuentra bien?—preguntó Sebastián dándole a beber un refresco.
—¿Por qué no habría de estarlo?
—Nada en especial.
—Después de esto, no nos volveremos a ver.
—Si no lo conociera casi diría que lo lamenta.
—Déjate de bromas—replicó ahogándose con el gas de refresco y teniendo un ataque de tos, siempre le pasaba.
Desafortunadamente Sebastián no le conocía del todo aún.
El viaje transcurrió sin contratiempos, llegaron al aeropuerto, tomaron el avión y aterrizaron antes de que la ambulancia arribara Hospital Psiquiátrico. Ciel revisó minuciosamente el contrato y las instalaciones, satisfecho con el lugar. Iría a visitarla dos veces al mes, no lo abandonaría, sólo aceptaba y asumía la realidad cual adulto responsable: No podía cuidarla más.
—Señor Director—llamó al Médico y estrechó sus manos—. Podría pedirle un último favor antes de marcharme.
El hombro de aspecto bonachón y gran sonrisa accedió ante la petición, motivado en parte por la precaria situación del niño y claro esta por la cuantiosa suma de dinero qué ese mismo pequeño le daría. Al menos eso pensó Ciel, no todas las personas eran seres viles que arderían en el infierno, sólo amaban el dinero.
—Haz tu trabajo, Sebastián—dijo sin intención de entrar a la habitación, la interrogante no formulada en los labios del adulto fue respondida de su parte—. Me marchó al hotel, la transferencia se realizará mañana por la mañana. Adiós.
Y observó cerrarse la Puerta del cuarto donde su Madre estaría recluida durante un tiempo incalculable por el momento. Salió de la institución con paso firme, sin mirar atrás…ajeno a todo sonido o imagen, tomó el taxi que fuera le esperaba.
Llegó al hotel y sólo cuando se hubo asegurado qué nadie entraría a la habitación se permitió llorar, ahogando sus gemidos contra la almohada y se prometió nunca más volver a derramar una lágrima más por esa situación después de ese día. Lloró toda la noche…hasta quedarse sin lágrimas.
Cuando amaneció tenía el rostro húmedo y sucio. Sin duda alguna había enterrado al niño y todo rastro que un día hubo de esté, junto con sus sueños y esperanzas.
Tomó su celular y llamó a Sebastián.
—Tengo un nuevo trabajo para usted—exclamó con la modulación indiferente con que llevaba a cabo sus negocios.
CLAUDE
Esperaba dentro de la cafetería, para cualquier persona parecería un hombre común y corriente en espera de alguien, y esto sería una verdad a medias.
—Buenas tardes, Claude.
Una mujer de aspecto atractivo le saludo, él le sonrió, se sentía atraído por el aire triste y melancólica que siempre le rodeaba, se sentó frente a él y extendió una pequeña caja.
—¿Es él Flunitrazepam que te pedí?—preguntó él tomando la pequeña caja y metiéndola en la bolsa de su pantalón.
Ella asintió.
—¿Quién será la próxima chica?
—Una joven, se llama Mina.
—Es un lindo nombre.
—Si, la he estado observando. Lo haré esta noche.
Y sonrió emocionado con la idea, casi podía oír sus gritos, lamer su sangre, fotografiar su cuerpo…ninguna obra maestra imitaría de una forma tan perfecta al cuerpo humano; pero debía contenerse hasta que anocheciera.
La chica no lo imaginaba, tampoco esperaba, pero él había observado sus movimientos, daba clases de aerobics hasta muy tarde, de día dormía, reía con las series y lloraba con las películas, le gustaba la comida chatarra, aunque se obligaba a seguir una dieta estrictamente vegetariana, tenía un hermano mayor y uno menos, su casa estaba sucia y le había sonreído…sólo una vez, por eso la eligió, otra mujer que sucumbiría ante su encanto natural. Todo se encontraba perfectamente calculado, él tiempo que tardaría en dejarla inconsciente, la cantidad de días que disfrutaría con su dolor y por supuesto el momento en que cortaría su cuello y la forma en que eliminaría al cadáver y todo rastro de su presencia.
—¿Pareces divertido?—advirtió su compañera sorbiendo de su jugo de naranja con lentitud.
—Tal vez. Te enviaré las fotografías más tarde.
Hannah era su nombre, le había conocido durante la Universidad mientras estudiaban la carrera de Medicina, él eligió la psiquiatría como especialidad, mientras que ella optó por la cirugía, ahora mismo se especializaba en pediatría, le gustaban los niños. Le suministraba las drogas necesarias para drogar a sus víctimas que él no podía conseguir sin levantar sospechas y a cambio él le enviaba fotografías. A ella no parecía importarla otra cosa más allá de los niños.
—¿Hay alguien qué me gustaría presentarte?—y sonrió, satisfecho por la impresión de sorpresa en el rostro moreno de Hannah.
—No me interesan los hombres ni las mujeres—. No mentía, nunca en los más de ocho años desde qué la conocía le había visto con una pareja o siquiera entablar una relación.
—Es un niño.
—¿Un niño?
—Si, es especial…podría ser uno más de tus "niños"—. Y con ello se refería a los trillizos que ella recogió de la calle cuando eran muy pequeños, en ese entonces debía de ser una adolescente. Ahora esos niños, convertidos en jóvenes le seguían con la fidelidad de un perro.
—No tengo tiempo para otro más—replicó pasivamente.
—No te arrepentirás.
Y es qué Alois no le entretenía más, hasta comenzaba a ser un estorbo en su vida y actividades. Sobretodo porque después de una profunda y larga meditación había decidido ir tras ese pequeño de cabellos oscuros, tomaría tiempo y corría un riesgo enorme, pero no importaba. Lo quería. Sería su obra maestra, digna de ser recordada y quién sabe, si le atrapaban, compartida con los demás.
En un primer momento había pensado en eliminarlo, pero sería demasiado sospechoso. Se lo daría a Hannah, sin lugar a dudas a ella le gustaría, un joven como él era grato a los ojos de muchos, pero él pronto se aburría de las cosas y las personas no eran inmunes a esta regla.
—No me interesa—replicó ella.
Él la sujetó de las manos y exclamó dulcemente.
—Insisto.
SEBASTIÁN
Se dirigía hasta donde Ciel, sorprendido de que le hubiera llamado.
Ciel le esperaba en el restaurant del hotel, discutía con un mesero que insistía en ofrecerle jugo de naranja en lugar de té.
Sonrió, burlándose de la situación.
Él niño le indico con una seña que se acercará, así lo hizo.
Pensar que un hombre de su calibre le servía a un chico de esa edad.
—Le he llamado porque necesito de sus servicios nuevamente, Señor Michaelis.
—Debo creer qué ahora no se refiere a su madre; a menos que deseé continuar con sus clases de piano.
Ciel hizo una mueca de desagrado, al parecer no se trataba de eso.
—No es así exactamente, Señor Michaelis. Lo que yo quiero es…es…—y se sonrojó levemente, extendió una hoja. La tomó entre sus manos y leyó, se trataba de un contrato y uno bastante raro.
—Habría esperado muchas cosas de su parte, pero nunca algo como esto. ¿Por qué no consulta con un profesional?
Ciel sorbió de su té, evidentemente nervioso y limpiándose la garganta aclaró.
—En el mundo actual de los negocios, no sólo se necesita ser inteligente o astuto; la imagen es también muy importante. Planeo mostrarme públicamente dentro de dos años, sino estoy preparado para situaciones de este tipo fracasaré. El legado de los Phanthomhive recae sobre mis hombros y no pienso deshonrarlo.
Había hablado casi sin respirar, Sebastián se inclinó sobre la mesa y pasó las manos por el rostro de Ciel, incrédulo del contrato. Este establecía que él se comprometía a enseñarle todas las artes de "seducción y etiqueta" vigentes entre las damas y caballeros, las pequeñas clausulas ocultas resultaban terriblemente atrayentes también.
—Querido, yo no soy quién debe de enseñarte estas cosas. Consigue a una señora de sociedad especializada en esto.
—No, debe de ser usted.
—Ese no es mi trabajo y esta lejos de serlo. Se ha dado cuenta de que me ha ofendido con tal petición.
—He dicho que sea usted, nadie más. Es una or…
Suspiró cansado, en muchos aspectos era igual a tratar con un niño mimado al qué no se le puede negar una petición por muy absurda que sea.
—Hagamos esto, pasaré con usted un mes. Lo llevaré a tantas fiestas y reuniones sociales como me sea posible, le enseñaré como tratar con damas y caballeros adultos y será todo. No me pagará, ni habrá contrato de por medio.
—Pero entonces sería un…
—¿Favor?—la palabra parecía horrorizar al pequeño quién le vio como si amenazará con quemarlo vivo.
—Descuide, yo siempre me ocupo de cobrar mis favores.
Por mucho qué lo deseará no podía sucumbir ante sus instintos, ya cargaba con suficientes pecados como para asegurarse una eternidad bien ganada en el infierno. El tiempo se terminaba…rompió el contrato en cuatro partes frente a la mirada inusitada de Ciel, disfrutaría del presente.
ALOIS
Claude no llegó a dormir esa noche, cada vez faltaba más, se levantó de la cama.
Le tomó un par de minutos desperezarse, se sirvió un vaso de leche con intención de pasar la mañana viendo televisión. Pero ahí estaba nuevamente esa punzada, la misma que le orilló aquel día a entrar dentro de ese terrible cuarto, una sensación tan atrayente como un imán…No encontraría nada nuevo ahí, no había razones para ir, pero…una sonrisa traviesa curvó sus labios, era curioso…él pensar en las consecuencias a largo plazo no lo había detenido antes, ¿por qué habría de hacerlo ahora?
Abrió la puerta, bajó hasta el sótano y se encontró con una mujer desnuda, atada de pies y manos, amordazada a la mesa, inconsciente…
—No deberías estar aquí, pequeño—le llamó una voz femenina tomándolo por los hombros consiguiendo sacarlo, primero del sótano y después de la recamara.
—¿Quién es esa mujer?—preguntó cuando se encontró fuera de la habitación—. ¿Quién es?—preguntó a gritos empujando a la mujer quién intentaba abrazarla—. ¡Dímelo, dímelo!
—No es nadie qué te interese—Claude salió del baño, envuelto en una bata blanca. La expresión de su rostro y severidad en su voz denotaban una autoridad qué Alois nunca le hubo conocido.
—¿Ella va a morir?—preguntó inseguro de cual debería ser su reacción, debía llorar o fingir indiferencia, no le conocía, era una completa y total extraña, no tenía porque preocuparse.
—Eso no importa ahora—le respondió la mujer arrodillándose para quedar a su nivel, acariciando sus mejillas. Él la abofeteo. No le gustaba que le tocaran.
Claude se le acercó, tomó su rostro entre sus manos con delicadeza y explicó.
—Escucha bien, Alois. Por que no volveré a repetirlo—. Se acerco hasta su oído y le preguntó a forma de susurro—. ¿Quieres qué te ame, verdad?
CONTINUARÁ…
Un capi más, una migraña más… ¿? Capitulo lento, sin mucha acción, como de intercesión más que nada. Manía mía por desarrollar las cosas. Si, lo sé…suena súper raro que nuestro Ciel haga una propuesta de ese tipo, pero el niño sólo esta buscando pretextos para compartir con Sebastián y utiliza los recursos que tiene. Todo sería más fácil si fuera su demonio, XD. Hannah, no me cae bien…pero la necesito para el desarrollo de la trama, crep. Hum, Johan…el único personaje de mi autoría, bastante X, pero es el enlace entre Sebas y Alois.
MUCHISIMAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS! Me alegra saber que aunque sea a pocas personas la historia les gusta, pese a que siento que es un poquito "rara", significa mucho qué continúen leyendo, gracias.
Cualquier duda, comentario, crítica, queja, sugerencia será bien recibida.
Gracias por leer.
