TERCERA PARTE

PARTE III

FANTASMAS

CLAUDE

Era tan frágil que no dejaba de preguntarse porque razón no había conocido aún la muerte, pequeño, delgado, incluso indefenso. Seguro, si llegaba a la edad adulta sería un hombre fuerte y atractivo, pero ahora, esa misma belleza constituía su maldición. Las personas amaban las cosas hermosas, más sin embargo su deseo de poseer la belleza casi siempre evolucionaba a un sentimiento de obsesión, destructivo en su gran mayoría.

El ama de casa que mataba a su esposo porque lo consideraba tan atractivo que era incapaz de entregarlo a otra mujer o los seres que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa por el dinero al que miraban igual que beldades perfectas a las que nada se les podía negar ni prohibir.

Las cosas bonitas existían para apreciarlas o para destruirlas y obligarnos a vivir con el recuerdo de su belleza.

Pero Alois no era bonito, al menos no de la forma convencional y esto le resultaba inquietante y atractivo a la vez.

—¿Quieres que te ame, Alois?— preguntó y el niño le miró, en sus ojos la incredulidad, el miedo y el afecto nadaban y se enzarzaban en curiosas danzas.

Le sorprendió que no respondiera al momento. Alois se encontraba tan deseoso de afecto que imaginó que aceptaría cualquier propuesta por muy repulsiva que fuera, por eso le atrapó al ver que no respondía al instante. Por un momento barajeó la posibilidad de que Alois había sobrepasado sus límites, el hecho de observar tan de cerca a una mujer tan próxima a ser asesinada y con la posibilidad de correr el mismo destino sacaría de quicios a cualquier adulto en su sano juicio y alguno que otro con problemas mentales con un fuerte instinto de supervivencia.

—Te amará si lo tengo a él— agregó y los ojos de Alois chispearon de reconocimiento—. Te amaré— repitió y el niño tragó saliva.

Más siguió sin responder.

Ni aceptación ni rechazo

Sus labios se movieron y parecieron a punto de decir algo, más sin embargo continuó en silencio.

Alois le dio un manotazo liberándose de su agarre, sus dedos largos quedaron remarcados sobre la pálida mejilla del adolescente y se sorprendió al descubrir que había aplicado tanta fuerza, se suponía que estaba siendo cuidadoso, incluso cariñoso.

Alois extendió los brazos y giró sobre su mismo, su mirada traviesa estudiaba la habitación, a la mujer desconocida, a Hannah, incluso a él mismo…en ningún momento rió, a pesar de que sus labios se torcían en una sonrisa que mediaba entre la locura y la cordura. Los dedos de Claude jugaron con la idea de asesinarlo, podía conseguir a ese otro chico por sus propios medios, no necesitaba de Alois. Hannah podía sacar a alguna otra mascota por ahí si es que en verdad ansiaba tanto un nuevo juguete.

—¿La matarás?— preguntó Alois cuando dejó de dar vueltas al tiempo que se inclinaba sobre la chica desnuda.

—Lo haré.

—¿Por qué?

—Porque quiero y puedo.

—Si quisieras, pero no pudieras, ¿buscarías a alguien que te ayudará?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no quiero.

Alois asintió satisfecho con las respuestas y no tardó en jugar con los cabellos de la joven, bajo el tinte rubio las raíces castañas empezaban a quedar expuestas.

—Entonces— prosiguió y arrancó un pequeño mechón —. La vida no es más que una serie de opciones equivocadas.

Claude asintió y dejó que siguiera curioseando el cuerpo.

Alois se llevó el mechón y lo olió intensamente, instantes después lo tiró al bote de basura con indiferencia.

—Tengo sueño— exclamó como si se encontrará en medio de cualquier otra conversación en alguna reunión social y se hubiera hastiado de fingir amabilidad—. Iré a dormir.

Subió las escaleras y durmió durante veinte horas seguidas.

Suspiró con resignación. No esperaba esa respuesta. Se suponía que Alois debería haberse arrojado a sus brazos, bañado en lágrimas, con la esperanza de recibir migajas de amor o cualquier cosa que se le pareciera.

—No lo vas a hacer— la tenue voz de Hannah lo sacó de su ensimismamiento y él quién se había olvidado momentáneamente de su presencia le prestó atención—. Ni siquiera lo pienses.

—Me conoces demasiado bien— contestó encogiéndose de hombros—. Aunque será difícil mantenerlo en silencio, es tan joven y puede decir algo en cualquier momento.

—No lo hará— dictaminó su compañera e incluso si él no lo decía, coincidía. —Él te ama, no te teme.

—Debería.

—Sí, pero no lo hace y esa es la razón por la que permanece con vida. Cualquier otro habría…

Claude rió divertido ante el comentario.

—Ni siquiera pienses en "cualquier otro". Ahora te preguntó… ¿lo quieres?

Hannah asintió y él sonrió satisfecho de la respuesta.

Lo cierto es que no quería matarlo, había llegado a apreciarlo lo suficiente como auto imponerse limites. Tal vez un par de semanas atrás cuando recién llego. No, no tenía sentido engañarse a sí mismo, había tenido más que suficiente con las mentiras de sus pacientes. Desde el primer momento en que dejo que pusiera un pie dentro de su casa cayó víctima de su encanto. Se pregunta si esa necesidad de sentirlo cerca es lo que en las novelas llaman "amor". Quizás. No es que tuviera un particular interés en descubrirlo.

—Me lo llevaré— dijo Hannah y por algunos instantes sintió el deseo de negarse. Pero era lo correcto. Por mucho que lo apreciara, se conocía lo suficiente para reconocer que tarde o temprano terminaría por hastiarse del chiquillo y entonces no tendría otra opción que deshacerse de él.

—Más tarde, lo quiero un poco más. Te diré cuando puedes llevártelo.

—¡Lo quiero ahora!— el grito de la mujer fue particularmente fuerte y no puede evitar preguntarse si habrá llegado a oídos de Alois.

Claude se acercó hasta Hannah y deslizó una mano por su cabellera, larga y suave. Podría hacer tantas cosas con esas hebras plateadas.

—Es un regalo de mi para ti, pero yo decidiré cuando obsequiártelo.

Su anterior arrebato de furia lo había tomado por sorpresa, no era propio de Hannah, le había obsequiado una muestra de cuanto ansiaba a ese niño. Si antes lo quería, ahora se habrá convertido en una obsesión para ella y estará dispuesto a cualquier cosa para conseguirlo. Bien podría usar eso en su beneficio.

Hannah se le acercó y lo rodeó en un abrazo, recargó su cabeza sobre su hombro en un gesto que a ojos de cualquier otro podría pasar por cariñoso, pero él sabía que una araña le tendría más afecto a la mosca que sería su cena, que ella a él.

—¡Cuidado, Claude!— le susurró al oído—, recuerda que no estás jugando con ningún principiante. Tú y yo no somos muy diferentes y en eso reside tu principal debilidad.

—Queridísima mía, no esperaba menos de ti— respondió con burla, besó su cabeza y la abofeteó con tanta fuerza que la tiró al suelo.

No se sorprendió al descubrir que en los ojos de Hannah no había furia, odio o siquiera indignación. Hannah se limpió la sangre que le escurría entre los labios, pasó sus dedeos entre su sedosa cabellera y se subió el tirante que se le había deslizado por el hombro con aparente indiferencia. Subió las escaleras y a lo lejos Claude escuchó como empezaba a preparar el desayuno.

Era lo más cercano que había tenido a una amiga y sentía la necesidad de reconocer que nunca le decepcionaba, siempre cumplía con sus expectativas y un poco más…

CIEL

Despertó con los rayos de Sol rozándole el rostro, la cálida y suave caricia le hizo sentir seguro, un par de segundos, no muchos, tal vez los suficientes para no enloquecer. Ese era su momento favorito del día, cuando rondaba entre el mundo de los sueños y la realidad y ni uno y otro se peleaban por decirle cuan dulce eran las mentiras o lo cruda que podría ser la realidad.

Permaneció un par de minutos sobre la cama, recostado entre los almohadones y colchas. Pensando.

Si vendía la Compañía perdería su independencia económica, oficialmente su Tía Ann se convertiría en su tutor oficial, pero casada y con una bebé no dudaría ni cinco minutos en enviarlo a un internado en alguna parte perdida del mundo. Y entonces estaría rodeado de chicos y…sería un desastre; no sabría como desenvolverse, llevaba muchos años alejado del mundo exterior, sumergido en su apatía, atento a las necesidades de su Madre. No quería volver.

Se incorporó y pidió por teléfono que se le subiera su desayuno, tostadas, jugo de naranja, fruta, leche, huevos. No, nada de dulces, era muy temprano, tal vez al mediodía.

Mientras esperaba encendió la televisión y medio miro un noticiero, necesitaba el periódico, quizás debía mandarlo a pedir, podía conectarse a Internet, pero no le gustaban las versiones electrónicas, el tacto del papel sobre sus dedos le ayudaba a concentrarse.

¿En qué momento se había vuelto tan independiente?

Sintió deseos de llorar. Estaba tan solo. Enterró el rostro en las almohadas y reprimió los sollozos.

De niño había sido un crío mimado que necesitaba ayuda hasta para bañarse, a veces su Madre le daba de comer en la boca y su Padre le obsequiaba chocolates a hurtadillas durante el desayuno.

Si nunca le hubieran secuestrado, ¿cómo sería su vida?

¿Seguiría temiéndole a la oscuridad? ¿Tartamudearía al hablar? ¿Lloraría cuando le doliera el estomago?

Sería un chico diferente y lo peor sería que no podía ni siquiera imaginarlo.

Comió el desayuno con desgana, quizás su Tía tenía razón, estaba demasiado delgado, pero no tenía apetito, había días en que ni siquiera los dulces se le antojaban y eso que de niño los adoraba. Había leído sobre el tema, tenía los síntomas de depresión crónica, leve, pero que le aturdía lo suficiente como para invitarlo a permanecer todo el día dentro de casa, ajeno a todo aquello que no le afectará.

Y ahora que su Madre se había ido de su vida.

El timbre de su celular lo saco de su ensoñación, no reconoció el número, más sin embargo decidió responder.

—Bueno.

Nadie contestó, se mordió el labio antes de responder.

—Hola…

—¿Cómo amaneciste?— reconoció la melodiosa voz de Alois y pensó en colgar.

—No lo hagas— le advirtió el rubio al otro lado de la línea.

—¿Hacer qué?

—Colgarme. Lo ibas a hacer, ¿cierto?

No respondió y escuchó como Alois suspiraba al otro lado, tenía el mismo tono desenfadado de siempre, pero había algo diferente, tristeza…

—¿Para qué me llamaste?

—Quería saludar a un amigo. Es todo…— titubeó un poco—. Ciel…— llamó y el nerviosismo se filtraba a través de la línea—. Tú y yo somos amigos, ¿verdad?

La pregunta lo tomó por sorpresa y se vio incapaz de responder. Tragó saliva y bebió un poco de jugo de naranja. ¿Amigos? ¿Cuándo había sido la última vez que había considerado a alguien su amigo? Un par de años por los menos. Desde que todos aquellos a los que un día considero como tales le dieron la espalda, lejos del oprobio y la vergüenza que acarreaba el apellido Phanthomhive. ¿Qué sabía de Alois? Además de que era un niño extraño que reía todo el tiempo y lo miraba como si fuera un grande y enorme oso de peluche tamaño natural al que podía abrazar en cualquier momento.

—Ciel…— llamó Alois con suavidad.

—Tú no sabes nada sobre mí.

—Sé qué tu madre está loca.

—Loca no es la palabra correcta.

—Sí lo es, pero es la que peor suena por eso nadie la dice.

Ciel se descubrió conteniendo una sonrisa. No era ni remotamente correcto considerar a su Madre loca, pero el cinismo y desfachatez de Alois le gustaban, no buscaba ser educado ni sarcástico como él. Simple y sencillamente decían las cosas según le venían a la mente.

—Además tú tampoco sabes nada sobre mí. Quizás sea un Duendecillo que roba el alma de los niños amargados como tú.

—Eso no tiene sentido…— replicó antes de echarle un vistazo a su reloj de cabecera, tenía menos de diez minutos para ducharse y vestirse si es que no quería llegar tarde—. Debo irme…

—¡Pero, Ciel!

—Tengo cosas que hacer, Alois.

—De acuerdo, pero te volveré a llamar en la noche, ¿de acuerdo?

—Eso es bastante acosador, ¿lo sabías?

—Es lo que hacen los amigos fastidiosos, ¿cierto?

Ciel sonrió antes de responder.

—Sí, eso es lo que hacen los amigos a los que nadie ha invitado.

—¡Eres un…!

Colgó antes de que Alois le reclamara. Aquello sería lo más cercano que estaría dispuesto a admitir que eran amigos y muy a su pesar debía confesar que la idea le gustaba.

SEBASTIÁN

No sentía dolor. Eso era algo bueno, ¿cierto? Incluso misericordioso. Había leído sobre personas que poco faltó para que fueran Santos en vida, sin embargo murieron en medio de terribles dolores e interminables sufrimientos. La vida no era justa ni en la muerte. Y el karma era una bonita idea que bien podía hacer felices a los desgraciados, pero en su opinión y observación constante no era más que una mentira, hermosa y sutil, pero falsa.

¿Cuánto tiempo dijo el médico que le quedaba de vida sin tratamiento?

De seis a doce meses aproximadamente.

Lo extraño es que más allá de un ligero cansancio y escalofríos por las noches y de vez en cuando, también por las mañanas, se sentía bien. Fuerte, saludable. Si su vida fuera una mala comedia se volvería a hacer de nuevo los estudios y descubriría que estaba sano, habían confundido los estudios y había por allí algún pobre desgraciado –que por supuesto sería alguien malvado, un tipo bueno, jamás— que se creía sano sin saber que su cuerpo era una bomba de tiempo. Y él aprendería una hermosa lección de vida que le enseñaría a vivir cada día como si fuera el último. Ja ja. Final feliz.

Sin embargo la vida no era una película y si lo fuera, sería una bastante mala, con momentos de intensa tensión, seguida de escenas soporíferas. Y él iba a morir. En su excentricismo y negación mandó a repetir sus estudios en cinco clínicas diferentes y los resultados fueron positivos en todos. Cosa del destino, supuso.

Pero ahora se sentía bien y por eso día era lo único que le importaba, oh sí, eso y el pequeño que dormía a unos metros de él, aquel que se llamaba Ciel.

Seducirlo sería sencillo. Demasiado. Era un chiquillo asustado, temeroso y solitario. Más sin embargo, ese era el problema. Era un niño. Atractivo, pero demasiado joven. Tanto como Johan y aquel otro terminó bastante mal, muerto para variar.

Y Alois tenía razón, fue su culpa.

Tal vez pudiera redimir algunos actos pecaminosos ayudando al pequeño, reintegrándolo a la sociedad, mostrándole un mundo de caramelos y arcoíris. Negó con la cabeza y salió de la habitación, dirigiéndose hacia el vestíbulo del Hotel.

Su determinación de no entrometerse con el niño, se hizo añicos apenas lo vio entrar, con ese andar pausado y casi seductor y el curioso flequillo que le caía sobre la frente. Tan dulce e inocente como el más perverso de los Demonios.

—Buenos días— saludó el niño y casi de inmediato percibió su incomodidad, era un chico tímido, luchaba por ocultarlo, pero para un observador este detalle no podía pasar desapercibido—. ¿Qué haremos hoy?

Sebastián sonrió y le observó detenidamente, camisas de manga larga y pantalones de vestir, un reloj de muñeca y un cinturón negro que entonaba con el resto de los colores sobrios.

—Supongo que lo primero será ir de compras.

—¿Compras? ¿Eso que tiene que ver con…?

Sebastián se inclinó sobre Ciel y le puso el dedo meñique sobre los labios obligándolo a callar.

—Viste como si tuviera cincuenta años, hubiera pasado por tres divorcios y tuviera once hijos.

—¿Hi…jos…?

Sebastián rió al ver la expresión sorprendida y algo asqueada de Ciel.

—Lo primero será actualizar su guardarropa, necesita algo de estilo. Boinas, bufandas, guantes…ropa que le haga parecer un adolescente interesante que disfruta de la vida en lugar del adolescente malhumorado que desprecia a todo el mundo.

—Yo no desprecio a todo el mundo.

—Su ropa lo dice. ¡Vamos!

Pasaron las siguientes seis horas yendo de un lado para otro.

Ciel podía ser un hábil negociante y un genial mentiroso, pero como cliente potencial no valía mucho. Gruñía con las vendedoras que le hablaban con dulzura y manoteaba a cualquiera que intentará piñizcar sus mejillas, que en honor a la verdad, eran bastante atractivas. Se quejaba después de cada cambio de ropa y exigía a voz de gritos que se dirigieran a él, no a Sebastián, era su cliente.

—¿Cómo le hacía para comprar su ropa?— le preguntó Sebastián cuando según su cálculo iban por las decima quinta tienda y el vigésimo segundo cambio de ropa.

—La ordenaba por Internet.

—Bien, supongo que ya tenemos cofias, chaquetas, camisas, zapatos, guantes, accesorios, orejeras. Sólo nos falta un par de smoking. Hoy mismo en la noche tenemos que ir a una recepción, habría preferido encárgaselo a un sastre para que se lo hiciera justo a su medida, pero tendremos que conformarnos con uno ya hecho. Sólo resta elegir el color que mejor le quede y enseñarle la manera en que un adolescente debe comportarse en un fiesta donde todos le sacan más de treinta centímetros.

—¿De qué diablos hablas, Sebastián?— refunfuño Ciel quitándose la playera estampada y volviéndose a poner su camisa.

—Hoy iremos a una recepción, será una magnífica oportunidad para programar un par de desayunos, almuerzos, días de campo.

—¿Ni siquiera me preguntaste si quería ir a esa fiesta?

Sebastián se encogió de hombros, divertido de hacer que el siempre serio y pragmático muchacho perdiera su perfecta compostura. Le guiñó el ojo derecho a las vendedoras que encantadas observaban la discusión, debían de tomarlo por un padre y su hijo malcriado.

Al ver que las pupilas de Ciel se dilataban por la furia le volvió a prestar atención.

—Me contrato para que le enseñará a desenvolverse en Sociedad. Ciertamente recluyéndose en su habitación no logará mucho. Ha pasado años fuera del escenario, necesita empezar a ser visto y reconocido como el Heredero Phanthomhive y establecer relaciones, así como recobrar las anteriores con su familia. ¿Se le ocurre alguna otra mejor manera de hacerlo?

—No necesito soportar esto. Me largo.

Ciel le arrojó el resto de las prendas que le había dado para probarse y salió de la tienda.

Sebastián suspiro con pesar y bastante divertido. Probablemente se había extralimitado, pero sólo había conocido a Ciel como alumno y por lo poco que sabía era dedicado y responsable. Tenía miedo. Era natural y hasta saludable. Pero si no salía de su caparazón, tarde o temprano, alguna criatura desagradable se lo llevaría con todo y caparazón y ese alguien podía no ser tan amable como él.

Le ayudo a las chicas a recoger el resto de las prendas y al igual que en otras tiendas les pidió que se las enviaran a la habitación de Hotel de Ciel. Más tarde seguro se lo agradecía.

Lo siguiente en su itinerario sería almorzar, una lástima que Ciel estuviera ausente, pensaba enseñarle como mantener a los comensales entretenidos y de paso defenderse de algún comentario desagradable. Lo buscaría en la tarde.

Sabría donde buscar porque después de todo Ciel seguía siendo un niño y le recordaba a cierto amigo de su infancia que siempre quería ser encontrado, pese a que decía lo contrario.

ALOIS

No le gustaba esa mujer, la manera en que lo miraba, el tono con que le hablaba, la dulzura con que se le dirigía…le molestaba. Lo irritaba. Incluso lo sacaba de quicios. Cada vez que lo veía sentía ganas de vomitar o golpear a alguien o romper algo, cualquier cosa…

La verdad es que ella lo miraba como lo había hecho su Madre, como si él fuera la cosa más bonita y pura en todo el Universo, como si estuviera por encima de todos los otros seres con los que compartía espacio, como si le importará a alguien.

Por eso la odiaba. Porque ella lo engañaba y le mentía y le hacía volver a creer en las personas.

Se metió bajo las sábanas y se sorprendió al descubrir lo bien que se sentía el poder permanecer en una cama limpia y caliente sin ningún cuerpo encima, sin nadie obligándolo a ponerse en cuatro patas y gemir como una perra en celo y sin desear con cada segundo que pasaba más la muerte.

Tragó saliva y se cubrió más. Tenía miedo.

Claude se cansaría de él, en realidad ya estaba empezando a fastidiarlo, él mismo Claude se lo había dicho por la tarde. Tenía que ser un buen chico si quería continuar a su lado. Y no importaba lo mucho que lo intentaba ni cuan duro se esforzaba, ni siquiera a ojos de sus Padres él había sido alguna vez un buen chico, ser malo era parte de su naturaleza.

Se preguntó porque no sentía pena por la joven que esperaba abajo, atada, como un cerdo en el matadero y no supo que responder. En realidad ella tenía suerte, no mucha ni la mejor, pero la tenía. Sufriría un poco antes y entonces moriría, se vería libre del miedo, el dolor y la angustia. No tendría que vivir ni enfrentarse ante un mundo en que no había esperanza. Desde su punto de vista ella era afortunada y no sabía cuánto y por eso la envidiaba casi con la misma pasión con que odiaba a esa otra mujer que insistía en mirarle con afecto.

Odiaba a todos, a Claude, al mundo, a sí mismo.

Se levantó de la cama y flexionó los músculos con agilidad femenina, lanzó un bostezo y se talló los ojos. Tenía hambre.

Salió de la habitación y se dirigió al estudio de Claude, el hombre trabajaba en su computadora de escritorio y a lo lejos se podía escuchar el trajine de Hannah en la cocina. No saludó ni dio muestras de su presencia, se sentó encima del escritorio y apagó el monitor.

—Quiero que me ames— le dijo en respuesta a las preguntas de días atrás—. Pero no me importa sino lo haces.

Claude no contesto, alzó una ceja con escepticismo antes de tomarlo de la cintura y atraerlo hacia sí.

—No lo entregaré, ni te ayudaré. No lo tocarás a él.

Se refería a Ciel. Claude le había dicho días atrás que quería "jugar" un poco con el niño y que necesitaría su ayuda y agregó que si en verdad lo amaba, lo ayudaría.

—No permitiré que lo hagas— susurró antes de empujarlo y alejarse un par de centímetros—. Te ayudaré con otros, ellos no me importan. Pero él no. Porque Ciel es igual a mí. No sé cómo, pero lo sé.

Trago saliva y hurgo entre sus bolsillos en búsqueda de la navaja que guardaba desde hacía días.

—Si quieres puedes matarme ahora mismo— le dijo extendiéndola hasta colocarla en mano de Claude—. No es que me importe. Puedes hacerlo ahora o comenzar a torturarme. Pero si no lo haces ahora será como admitir que me necesitas y como no hay ninguna razón para que tú requieras de mi persona, significará que es porque me amas y eso me basta.

Claude tomó la navaja de su mano con ojos impasibles, casi indiferencia. Jugueteó con la misma y zarandeó la hoja de un lado a otro, él observo la siniestra danza, con la garganta reseca y el estomago dolorido. Si Claude elegía matarlo significaría que se había equivocado y que realmente merecía morir. Si no podía ser correspondido en su amor significaría que su vida no tendría ningún sentido ni razón para continuar.

A ojos de cualquier otra persona sería una locura, lo sabía.

Pero era su locura.

Los finos labios de Claude se curvaron en una sonrisa, el silencio le oprimía más que el más escandaloso de los gritos. Era igual a permanecer desnudo en medio de la nieve, a merced de los elementos, preguntándose en que minuto el cuerpo terminaría por rendirse y se hundiría en el dulce, dulce mundo de los sueños que irónicamente era la muerte.

Claude alzó su manga derecha y deslizó la hoja de la navaja por la palma de su mano, un corte largo, pero superficial. El dolor fue lacerante, parecido a una picadura de abeja, intenso al principio, vacuo después. Y por unos momento creyó que se había equivocado, realmente lo mataría.

Más sin embargo cuando los labios de Claude se pagaron a su palma y lamieron la abundante sangre que empezaba a manar de la herida supo que había acertado.

Claude lo amaba. Su amor era correspondido.

Y el intercambio de sangre era toda la prueba que necesitaba.

Recargó su cabeza sobre el hombro derecho de Claude y espero, no había prisa.

Quizás vivir valdría la pena si había alguien que te amaba…

CIEL

Tenía frío, le había arrojado su chaqueta a Sebastián junto con el montón de ropa que le obligo a probarse en la tienda. Podía regresar al hotel o refugiarse en algún restaurante o cafetería cercana, pero estaba de mal humor y no le apetecía sentarse en una mesa donde atraería la atención de todo el mundo y no dejarían de preguntarle si quería chocolate caliente mientras esperaba a sus Padre.

¡Él quería té! ¡El chocolate caliente ni siquiera le gustaba! ¡No podía distinguir la diferencia de sabores entre la leche y el chocolate! ¡Lo desesperaba!

Tras su pequeño estallido de cólera interna compró una chamarra de segunda mano en una tienda sucia, la tela estaba deslavada y era áspera, pero le serviría.

Vagó por la ciudad el resto de la tarde. No tenía ningún lugar a donde ir ni tampoco uno al que regresar, aunque la cama calientita del hotel le parecía atrayente, no se sentiría cómodo en medio de aquella enorme suite reservada para los altos ejecutivos y sus amantes de turno.

La ciudad no había cambiado mucho desde la última vez que anduvo por ahí.

¿Cuánto de eso? Un año, dos…no había pasado tanto tiempo como para perder la cuenta, sin embargo olvidó la fecha, no era más que un borrón confuso en su mente, uno que no tenía intenciones de aclarar.

Pasó por el parque y dejo que un perro le lamiera la mano, camino junto a la costa y la brisa marina le golpeó en el rostro, compró caramelos a un vendedor ambulante y durmió debajo de un árbol. Nadie lo reconocía. En otros tiempos la presencia del Heredero del Imperio Phanthomhive era todo un acontecimiento y un festín para los paparazzi, primero el niñito de piel de porcelana y ojos de rubí que se escondía tras las faldas de su madre, después el descendiente que casi había llevado a la quiebra a El Imperio. No fue su culpa, él nunca pidió que lo secuestrarán y tampoco quiso que su Padre muriera, pero…

Dejar a su Madre en el Hospital supuso un golpe más fuerte de lo que un principio supuso.

Ahora estaba solo, completamente solo en el mundo.

Y la idea le aterrorizaba, pero en el pasado ya había tenido miedo y siempre lo superaba. Se le pasaría. Era la mezcla de viejos recuerdos y pensamientos amargos. Lo superaría. Siempre lo hacía.

Si no lo conseguía el apellido de su familia desaparecería y sería como si sus Padres nunca se hubieran casado y formado un hogar, como si nunca hubiera tenido una Familia.

Pero se encontraba tan perdido.

Sus pasos le dirigieron hasta el cementerio donde los restos de su Padre descansaban. Empezaba a olvidar su rostro y la idea le producía gracia, un dolor irónico que casi adormecía sus otras emociones.

La tumba de su Padre tenía flores frescas, camelias, él mismo se encargaba de expedir el cheque cada seis meses para que alguien fuera y las cambiara a diario. Su padre siempre tendría flores frescas mientras él viviera.

¿En qué momento las cosas se torcieron?

Si él no hubiera nacido.

Ese día se sentía extraño, no era propio de él inclinarse a sentimentalismos propios de un infante, los creía ridículos. ¿Qué arreglaría llorando? Ellos no estarían más vivos ni él más muerto, así que…

Pero en ocasiones continuar se le hacía tan difícil y cansado que…se envolvió en la vieja chaqueta y se acostó frente a la tumba, dormiría un momento, sólo unos instantes, cerraría los ojos y para cuando despertará se levantaría y fingiría que nada de eso había pasado, que ese momento de debilidad nunca había tenido lugar y que él era tan excéntrico, frío y orgulloso como decían esas revistas de chismes que intentaban hacerse las intelectuales usando siempre portadas con fondo blanco y enfrente una fotografía gigante de alguien que parecía interesante, aunque seguramente sería un idiota en búsqueda de fama.

Ahora entendía porque a la gente le gustaba tanto desvariar, de esta manera no pensabas en los asuntos importantes que pasaban a ser meros detalles.

Tía Ann cuidaría de su Madre, al menos pagaría sus facturas y ella, su Mamá ni siquiera sabría que se había marchado, no lo notaba ahora que estaba vivo, ¿qué importaría después?

Cerró los ojos y espero que el sueño viniera.

—Para ser un niño que maneja una Compañía millonaria con maestría, suele cometer actos bastantes imprudentes.

Abrió los ojos al sentir los brazos que le cobijaban, le bastaba con escuchar su voz para reconocerle.

—¿Otra vez tú?— preguntó sin intentar alejarse.

—¿Realmente no espera que deje de morir a mi cliente de neumonía? ¿Qué clase de prestador de servicios sería si eso sucediera? Uno bastante malo por cierto.

—¡Cállate!

Antes no había sentido el frío, pero cuando Sebastián comenzó a envolverlo en capas y capas de ropa descubrió cuan helado y cerca de la muerte se habría encontrado.

—Hay formas mucho más ingeniosas de morir, si lo desea podría recomendarle algunas.

—No deberías darme algún discurso positivista sobre el privilegio de respirar y…todo eso— comenzaba a arrastrar las palabras y sentir el cuerpo entumecido, quizás se resfriaría.

—A nadie se le debería ordenar vivir, es demasiado cruel.

Ciel creyó percibir dolor tras sus palabras; vago, lejano, pero existente.

—¿Y qué me dices de matar a alguien?

Sebastián sonrió y comenzó a frotar sus manos para calentarlas, el hormigueo le indico que le estaba regresando la sensibilidad a sus extremidades. ¡Cuánto odiaba el invierno!

—En mi opinión terminar con la vida de un hombre es algo casi tan terrible como impedir que acabe con la misma.

—¿Por qué sigues conmigo?

—¿Qué quiere decir?

—Te investigue a fondo. Tienes tanto o incluso más dinero que yo. No necesitas trabajar.

—Es muy joven, tal vez cuando crezca comprenda que a veces los adultos guardamos secretos y tomamos decisiones que a ojos de los demás pueden parecer estúpidas.

—¿Y lo son?

—Casi siempre.

Sebastián pasó su brazo sobre su hombro para que se sujetara antes de ponerse de pie, le dio un par de golpecitos en su cabeza y dejo que recostará su cabeza sobre su pecho.

—Ahora descanse o enfermará.

Ciel cerró los ojos y durmió.

CLAUDE

Claude había leído mucho sobre la sangre y sus simbolismos. Desde la manera en que el mítico vampirismo se nutrió de está en la época victoriana, pasando por el tabú que Freud aseguraba estaba grabado en la psique humana hasta el cómo diversas tribus en el mundo creían que tenía poderes mágicos y curativos.

Durante su época de estudiante de Medicina había estado en contacto con ella a casi diario, su precisión y frialdad al cortar, cercenar y hurgar dentro de un cuerpo era tal que más de un Profesor se sorprendió cuando decidió especializarse en Psiquiatría, en lugar de cirugía.

Nunca le había repelido ni atraído, ni siquiera como simbolismo sexual.

Cuando asesinaba a sus víctimas lo hacía con eficacia, evitando escurrimientos cuyas evidencia sería difícil de borrar por mucho que matará.

Al menos en teoría, la sangre nunca le atrajo especialmente. Era algo tan natural como la necesidad de comer o las secreciones corporales.

Pero cuando Alois se sentó sobre sus piernas y le ofreció la navaja, su cuerpo reaccionó antes de que su cerebro fuera consciente y antes de que se diera cuenta se encontraba bebiendo de su sangre, el sabor metálico no le satisfizo, ni le produjo una experiencia que pudiera calificar de "divina"; quizás se debía a la vulnerabilidad del acto, a la entrega.

—Tú bebes de mí porque yo lo aceptó. ¿Verdad, Claude?

La voz de Alois a su oído lo retrajo de su mundo de placeres desconocidos, no obstante siguió bebiendo, quizás con mayor fuerza… ¿Cuánta sangre se podía extraer de una herida tan pequeña?

Se detuvo, dejo de chupar…no había sido una gran herida, fue cuidadoso, pero necesitaría revisarla para evitar alguna infección, además de pensar en los aspectos higiénicos del mismo. ¿Cuántos virus, bacterias o enfermedades podían transmitirse a través de vía sanguínea?

Su parte racional le continuaba gritando acciones, más sus labios, todo su cuerpo en si continuaba entregado a la persona de Alois y esa dulce, fragante y tersa piel.

¿Qué tenía ese maldito niño que lo obligaba a olvidarse de todo en cuanto creía, hasta de sí mismo?

—No dejaré que tengas a Ciel, Claude. No quiero. Te amo. Y te quiero sólo para mí. Te dejaré tener a cualquier otro, menos a él.

No era una petición, ni siquiera un ruego. Era un hecho. Claude podría tener cuanto quisiera de Alois mientras dejará en paz a Ciel.

Los lentes se le escurrieron hasta la punta de la nariz y fue igual de despertar de un sueño, uno extraño y surrealista, pero un sueño. Bastó el suave movimiento de su muñeca intentando acomodarlos para conseguirse separarse de Alois.

El niño sonreía.

Si. Eso debía ser.

Alois no le temía, lo aceptaba sin pedir nada a cambio. Su rostro brillaba con la confianza de un bebé. Le veía como si fuera Dios.

Y lo hacía sentir "él mismo". No un personaje que debía interpretar o un ser superior que nadie podría entender. Sólo él mismo.

—Una vez leí de un hombre que decidió entregarse a otro para que se comiera su carne. Era su más grande fantasía, ser comido por otro ser humano. ¿Tú serías capaz de devorarme Claude si yo te me entregará?

Se quitó los lentes y talló los ojos, de repente se sentía cansado.

Ese niño rompía con cuantos patrones se había encontrado en el pasado. Aparentemente no padecía ninguna enfermedad mental, pero…

—Muñeca— preguntó tomándolo del rostro y viéndolo directamente a los ojos para que comprendiera que se refería a él—. ¿Te rompieron en el pasado?

Alois rió y negó con la cabeza.

—No, Claude. Ellos no me rompieron. Ellos me quemaron hasta los huesos y entonces creyeron que sería divertido ver que podían crear con las cenizas…

Comenzó a reír y después a llorar…

Y Claude lo cobijó en su pecho, acarició sus cabellos y fingió que todo eso tenía sentido.

Mientras Alois reía y lloraba.

CONTINUARÁ…

Me gusta esta historia MUCHOOOOOOOOOOOOO, no sé porque, pero me gusta, es una mezcla de añoranza y recuerdos "empalagosos".

Hum, escribí esto hace meses, pero no estaba seguro de continuarla, jejeje…No sé, me pregunto si a alguien le interesaría seguir leyendo, XDDDDDD.

No es amenaza ni advertencia, ¿de acuerdo?

Seguro que algún día la termino, XDDDD.