El silencio era total, no se escuchaba absolutamente. Ludwig estaba demasiado acostumbrado a los autos pasando por las calles frente a su casa, los gruñidos de sus perros, la voz de Gilbert ya que el prusiano tarareaba cuando dormía, los ruidos de los vecinos, etc. Aquí no, todo era tan pacífico que el crujido natural del techo de madera parecía demasiado ruidoso y espeluznante. Este silencio era tan aplastante que lo ponía tenso.

Justo en ese momento escuchó que las escaleras crujían, al parecer Feliciano estaba bajando al piso inferior. El alemán notó la luz que se acercaba, el italiano traía una vela y entró a la cocina. Lo escuchó buscando algo de comer por lo que se levantó del sillón, estirándose y entró a la cocina, era muy temprano, debían ser la de la mañana. El ojiazul notó que el castaño había encontrado pan y estaba comiendo mientras miraba nerviosamente por la ventana.

-Feliciano…-murmuró y el menor dio un pequeño sobresalto antes de lanzarle un cuchillo que Alemania esquivó y terminó impactándose contra la puerta de madera-lamento haberte asustado ¿no puedes dormir?

El castaño aun miraba al rubio con desconfianza y con los ojos entrecerrados por lo que trató de recobrar su postura firme.

-No necesito dormir mucho, debo estar pendiente-comentó firmemente-nos podrían atacar en cualquier momento- Justo en ese momento, la casa crujió y Ludwig pudo ver que el italiano se estremecía de pies a cabeza. Su rulo estaba torcido, lo que demostraba que estaba asustado aunque tratara de ocultarlo. Al parecer a Feliciano tampoco le gustaba tanto silencio.

-De acuerdo, en ese caso, regresaré a dormir-comentó el alemán y dio media vuelta para irse pero escuchó que el menor se acercaba, demostrando que no quería quedarse solo- ¿Quieres que platiquemos un rato?- Feliciano asintió por lo que ambos se sentaron en el sillón colocando la vela en el suelo.

-La verdad es que no puedo dormir-comentó el italiano sincerándose- Tengo pesadillas cada noche… y son realmente horribles…

-Leonardo me habló de lo que hacen y me dijo acerca de tu padre-comentó el alemán cuidadoso esperando no tocar un tema demasiado personal-¿Esa es una de las causas de tus pesadillas?-El menor lo observó con los ojos entrecerrados. Al parecer tenía una lucha interna entre decir la verdad o mentir. Para Ludwig siempre había sido tan fácil leer los sentimientos del castaño a través de sus ojos, incluso ahora podía verlo todo tan claro como el agua.

-Si…-cedió bajando la mirada- Es por eso… y sé que estas pesadillas no terminarán hasta que me haya vengado…-y dicho esto, apretó los puños con fuerza.

-¿Qué fue lo que pasó?-preguntó el germano con el alma en un hilo. Dante suspiró y comenzó a relatar lo que ocurrió esa terrible noche del 29 de mayo de 1453.

Llovía, llovía con mucha fuerza esa noche, Feliciano y Lovino, ambos de 14 años de edad se encontraban junto a una pequeña hoguera en el centro de la ciudad de Constantinopla mientras trataban de mantenerse calientes. El menor de los gemelos miraba por la ventana como la lluvia caía sin cesar pero sonrió. Ese tipo de días le recordaban a su abuelo, el Imperio Romano. Su abuelo disfrutaba de los días lluviosos pues decía que el sonido del agua lo relajaba bastante.

Lovino estornudó, estaba algo enfermo y eso era obvio pues debido a la situación en la que estaban, se encontraban más vulnerables que nunca. El Imperio Otomano había sitiado Constantinopla, se les estaba acabando la comida, el agua y la leña para mantenerse calientes en las noches. Llevaban 2 meses sin poder salir de la ciudad y todos los días sufrían un nuevo ataque por parte de los otomanos.

En ese momento se abrió la puerta de la casa y entró un hombre alto, algo fornido, vestido con una armadura romana. Su capa morada estaba enrollada para que no se mojara demasiado. Su cabello castaño caía en cascada hasta los hombros y un simpático rulo doble se alzaba por encima de su nuca. Su piel ligeramente bronceada contrastaba con sus ojos verde oliva. Una cicatriz cortaba su frente mientras unas suaves ojeras le daban un aire cansado. El hombre dejó su escudo mojado en el suelo, lo había usado como paraguas para llegar lo más seco posible a casa.

-Papá…-Feliciano se levantó de su silla para saludarlo con un abrazo. Él era el Imperio Bizantino, hijo y heredero del Imperio Romano. Basil Argyros abrazó a su hijo menor y se acercó a Lovino poniendo una mano en su frente.

-Creo que te va a dar fiebre, Lovino-comentó el hombre quitándose su capa morada para cubrir al italiano-Les dije que no vinieran, debieron quedarse en su casa…

-Nosotros queremos estar contigo en esta guerra, papá-comentó Feliciano abrazando de nuevo a su progenitor-Nos hemos visto tan pocas veces a lo largo de los siglos…

-Feli, sabes que no quise dejarlos en la península solos, pero tenía demasiados territorios que vigilar-comentó Basil con un suspiro- debía mantener con vida el honor de su abuelo…

El menor de los castaños estuvo a punto de decir algo cuando se escuchó un gran estruendo. Basil corrió hacia la puerta solo para ver que una de las murallas que rodeaban Constantinopla había sido derrumbada. El Imperio Bizantino tomó su espada y, ordenándoles a los adolecentes que se quedaran a salvo, salió corriendo rumbo a la brecha. Feliciano no hizo caso por lo que tomó su arco y salió tras su padre.

En el muro se estaba librando una batalla encarnizada, los otomanos finalmente habían derrumbado la férrea defensa bizantina. El menor de los italianos no pudo evitar levantar la mirada notando un eclipse lunar. Los peores presagios se habían cumplido pues una antigua profecía decía que el imperio solo resistiría mientras la luna brillase en el cielo. Esa noche, la luna no brillaba.

Basil coordinó una cadena humana de defensa para mantener a los turcos ocupados mientras reparaban la muralla. Feliciano corrió a colocarse entre los arqueros y dirigió la lluvia de flechas contra los invasores. Fue en ese momento que vio a Lovino correr hacia la brecha con la capa de su padre sobre los hombros. El mayor de los italianos, a pesar de estar enfermo, atacó sin piedad.

Sin embargo, ocurrió lo peor. En el momento cumbre de la lucha, Constantino XI murió. El emperador luchó hasta su muerte en las murallas y fue decapitado, cosa que consternó al Imperio Bizantino. Sin un líder, los romanos emprendieron la retirada. Feliciano bajó de la torre donde se encontraba para sacar su espada y correr hacia su padre y su hermano. Todo estaba perdido, el sol nunca volvería a salir para el Imperio Bizantino. Basil lo sabía por lo que les ordenó la retirada a sus hijos.

-¡Váyanse! ¡Esto se acabó!-les gritó empujándolos hacia la puerta oeste de Constantinopla- ¡Ya no pueden hacer nada! ¡Regresen a Italia y nunca vuelvan!

-¡Padre! ¡No te dejaremos!-gritó Lovino atacando a otro otomano con su espada

-¡Estaremos juntos hasta el final!-gritó Feliciano defendiéndose con un escudo

-¡Este es el final! ¡LARGO!-Solo tomó un segundo en el que Basil los miró a los ojos cuando una espada atravesó su cuerpo. El Imperio Bizantino había caído. Sadiq sonrió ante los gritos de ambos italianos quienes trataron de llegar al cuerpo de su padre pero fueron empujados por la ola de romanos que huían…

-Desde ese día he planeado mi venganza-dijo Dante-vengaré al Imperio Bizantino


Gracias por leer y por sus comentarios. Lamento no haber actualizado en un buen rato, pero los trabajos, las tareas y los exámenes ocuparon todo mi tiempo.

Kayra: Sí, esto es lo peor que le pudo pasar a Feli. Jejeje ahora ya sabes quien, en mi opinión, es el padre de Feli y de Lovino. Aquí hay un poco de GerIta, parece que Dante comienza a confiar un poco más en nuestro querido alemán.

Piero: Jejeje hazte a la idea, Feli es épico. Awww Vittoria es un amor, sin duda. Gracias por tu comentario.

Espero que les haya gustado y no olviden comentar