El sol brillaba con fuerza sobre el camino, el viaje a Roma era largo y pesado, llevaban varias horas caminando y estaban agotados. Feliciano caminaba al frente de la comitiva al lado de Ludwig. El alemán observaba como el castaño retorcía las manos y su mandíbula estaba tensa.
-¿Feliciano?-preguntó Ludwig en un murmullo-¿Estás bien? ¿Qué te preocupa?
-A mi no me preocupa nada- gruñó el italiano cortante, cruzándose de brazos y evitando su mirada, lo que demostró fácilmente que mentía
-Sabes que no puedes mentirme-dijo el rubio con calma-sabes que puedes decirme lo que quieras ¿verdad?- pero el menor no dijo nada y siguió caminando en silencio un tramo más hasta que llegaron a la cima de una colina donde pudieron observar Roma a la distancia.
-Yo… no he visto a mi hermano en siglos… no sé cómo me va a recibir…-confesó el menor mirando a Alemania
-Lovino puede ser algo… directo, pero sé que te quiere- comentó el ojiazul dándole palmadas de ánimo en la espalda. Dante suspiró y siguió caminando hacía la entrada de la capital de los Estados Pontificios.
Roma se mostró ante ellos con esplendor, obviamente al ser una de las ciudades más importantes, era de las más pobladas, el coliseo estaba lleno de espectadores, lindos carruajes y carretas iban de un lado al otro. Un sonido de campanas les dio la bienvenida. La gente en las calles vio a Feliciano y rápidamente confundieron con su hermano.
-Su excelencia ¿dará el servicio hoy?-le preguntó una de las cortesanas pero Dante se limitó a negar con la cabeza.
Pronto comenzaron a correr los cotilleos desde las vestimentas del castaño hasta lo raros que eran sus nuevos acompañantes. Stefano y Vittoria miraban a su alrededor con curiosidad demostrando que nunca habían estado en Roma. Azelio, como buen inventor, observaba el coliseo a distancia con interés mientras Benedetto caminaba detrás de Ludwig con una mueca de aburrimiento. El germano observaba a Feliciano se veía sumamente tenso y parecía que quería salir huyendo en cualquier momento, sin embargo, su expresión denotaba un total desagrado a la ciudad.
Siguieron caminando hasta la residencia del Papa donde obviamente estaría Lovino. Los guardias de la entrada de la Basílica Constantina confundieron al recién llegado y les extendieron la alfombra roja para que entraran, anunciando su llegada con trompetas.
Una vez en el interior, entre exclamaciones de asombro por parte de la comitiva, el italiano los dirigió a la puerta principal. Entraron sin tocar por lo que el Papa Nicolás II dio un salto asustado. El recinto era hermoso, ricamente decorado, con lo mejor que Roma podía ofrecer, sin duda un lugar digno para reyes, o césares en este caso.
El Sumo Pontífice observó a Feliciano completamente anonadado pero éste tenía los ojos puestos en alguien más. Lovino se encontraba de pie detrás de la silla papal. Ambos se dedicaron una mirada de rencor antes de que el Papa rompiera el incómodo silencio.
-Lovino, nunca me dijiste que tenías un gemelo- dijo él. El aludido se limitó a encogerse de hombros y se acercó a los recién llegados para darles la bienvenida. Vestía una hermosa sotana completamente blanca bordada con hilo de oro al igual que el alto sombrero blanco llamado mitra que tenía sobre la cabeza. Tenía una cruz bordada en oro. Una elegante estola dorada caía desde sus hombros hasta sus rodillas. Su apariencia era la de un chico de 17 años. Esta imagen de vanidad le daba nauseas a Feliciano.
-No se preocupe, su excelencia, después de tanto de no vernos, probablemente ya se olvidó de mi-contestó el menor y Lovino entrecerró los ojos con molestia.
-¡Qué falta de respeto, Feliciano!-gruñó el mayor cruzándose de brazos- ¿Cómo es que no se arrodillan ante el Sumo Pontífice? ¿Será que te has vuelto un hereje en los últimos siglos? El ambiente era tan tenso que podía cortarse con un cuchillo.
-Eso quisieras, pero mi fe sigue puesta en nuestro Señor Todopoderoso y en la iglesia católica- respondió con seguridad fulminando al mayor, sin embargo, temo decir que el propósito de nuestra visita no es para limar viejas asperezas, venimos aquí para alertar a Roma acerca de Francia. El ejército francés ha tomado Milán, Florencia, Boloña y se dirige hacia acá
-Tu información llega tarde, Fratello, hemos estado esperando el ataque francés desde hace mucho…
-¿Quién te dijo acerca de esto?-pero Lovino no contestó, tan solo miró detrás de los recién llegados. La puerta principal se abrió y un par de trompetas anunciaron la llegada de alguien
-Con ustedes… ¡El Imperio Español!
Un par de pasos los hicieron voltear y ahí estaba Antonio de 20 años. Su largo cabello castaño estaba atado en una coleta que le caía sobre el hombro izquierdo, vestía una túnica pirata con cadenas de oro y había varias joyas bordadas a su sombrero lleno de plumas. Sus pasos era firmes y su mirada profunda. No había ni rastro de la sonrisa a la que Ludwig estada acostumbrado cada vez que veía al ibérico. El castaño se acercó a ellos con pasos firmes.
-¿Qué haces aquí, Antonio?-preguntó el menor de los italianos cruzándose de brazos mientras todos observaban la escena en silencio - ¿No te basta con tener Cerdeña? ¿También quieres Roma?
-Feliciano, mira cuanto has crecido-comentó con una leve sonrisa, ignorando completamente los reclamos del menor
-He crecido y no gracias a tu ayuda-murmuró el italiano con rencor pues el español le había quitado Cerdeña hacía varios años-Pero no me has respondido ¿qué haces aquí?
-¿Por qué tardaste tanto?-gruñó Lovino a su vez
-Estaba vigilando la llegada de mis tropas a la ciudad, dado que no puedo ayudarte personalmente por el Tratado de Barcelona, mis hombres se quedarán como guardias personales del Papa-se excusó Antonio.
-¡¿Entonces si ya sabían, por qué no ayudaron a Milán?!-saltó Ludwig y fue en ese momento en el que Antonio lo miró y retrocedió. Dado que España ya estaba consolidado como país, pudo sentir que el rubio era diferente.
-Tu… ¡¿Sacro Imperio Romano?!-exclamó sorprendido-¿Ya eres una nación? ¡¿Esto cuando ocurrió?!-el corazón del alemán se encogió, eso era lo que tanto temía.
-Él no es el Sacro Imperio-lo defendió Feliciano- Y no trates de salirte por la tangente, Carriedo. ¡¿Si ya sabían lo que estaba pasando, por qué no me ayudaron?!
-Francis fue muy inteligente en realidad-comentó el español- El año pasado hizo tratados de amistad conmigo y con Inglaterra para que no pudiéramos ayudarte. Yo no sabía para qué, pero me di cuenta cuando ya era muy tarde, es por eso que traje varios hombres para ayudar a defender Roma, el Imperio Español no dejará que Francia tome los Estados Pontificios tan fácilmente.
Lovino se sonrojó levemente al escucharlo y murmuró suavemente "Cállate, bastardo". El Papa había estado observando la escena en silencio y le agradeció al español su valiosa ayuda.
-Nosotros también ayudaremos a defender la ciudad- dijo Dante solemnemente y todo el clan aceptó levantando sus armas. El Sumo Pontífice anunció que era el momento del servicio por lo que debían retirarse. Antonio hizo una leve reverencia antes de dar media vuelta para salir con su túnica ondeando tras él. El menor de los italianos también les hizo una señal para que salieran del recinto. Un guardia los escoltó a los cuarteles del ejército papal a las afueras de la Basílica.
Las carpas de los soldados estaban bien divididas entre los arqueros, la caballería y la armería además de los dormitorios. Ellos recibieron una carpa para prepararse para el ataque. Mientras preparaban sus armas y descansaban un poco del largo viaje, Ludwig se acercó a Dante, quien se encontraba afilando sus armas afuera de la carpa
-Uhm… ¿Feliciano?-preguntó algo dudoso- ¿Por qué te llevas tan mal con tu hermano?-eso lo había confundido pues en su futuro, ambos hermanos eran bastante unidos, incluso Lovino lo había retado en más de una ocasión para proteger a su hermano menor, pero ahora eran tan distantes y fríos, llenos de rencor y no entendía el por qué.
-Nos separamos a inicios de la Edad Media-comenzó el menor sin dejar de afilar su arma para no mirar al rubio- Sin embargo, seguimos enviándonos cartas, al parecer a él no le agradaba que yo estuviera con Dante, era muy celoso y… -Feliciano apretó los puños- él estaba ahí cuando mi padre habló con el Papa que quería adueñarse de Florencia, él sabía que era una trampa y no me avisó… y además… no hizo nada ¡NADA! Para evitar que me separaran de Dante y me regresaran a Florencia.
-¿Él estaba ahí? –preguntó Alemania sorprendido, era obvio que el mayor de los italianos no iba a mover un dedo por el poeta si es que no quería que estuviera con Feliciano- ¿Crees que él le haya hecho algo en el tiempo que estuvo atrapado en Roma?
-No lo sé… pero debió ayudarme-gruñó el castaño apretando tanto los puños que parecía que se hacía daño- ¡Soy su hermano y me dejó solo! ¡Los Estados Pontificios tomaron Florencia y no lo evitó! ¡Yo tuve que expulsarlos por mis propios medios! ¡LO ODIO! Y espero que no crea ni por un segundo que voy a pelear por él, claro que no, voy a pelear por la ciudad de Roma, de mi abuelo- Ludwig observó la rabia en sus facciones y no lo reconoció ¿Dónde está el amable y gentil Feliciano?
Gracias por leer y por sus comentarios
isabelchan56- Ahora ya sabes que solo los que ya son nación practicamente consolidada pueden sentir a otras naciones.
Kayra isis- Lovino no lo reconoce porque practicamente nunca ha salido de su mitad del territorio.
Espero que les haya gustado y no olviden comentar
