-¿Dónde están los italianos?-gruñó el Rey Francés mirando al Imperio Español que se encontraba sentado frente a él.

-¡No me cambie el tema!-le respondió Antonio- Usted cometió una violación al Tratado de Barcelona, estaba prohibido atacar los feudos del Papa, por lo tanto, debe retirarse de Roma inmediatamente.

-Cuando tome el Reino de Nápoles y encierre a los italianos fugados, haré negociaciones con Fernando el Católico-dijo el rey con una expresión de desprecio. El español apretó los puños y los fulminó al igual que al francés que se encontraba detrás de su rey.

La campaña del Rey Carlos en Italia finalizó con su entrada en Nápoles el 20 de febrero de 1495. Ferrandino II consiguió salir a tiempo de Nápoles junto con Feliciano, Lovino y el resto, cruzaron el Estrecho de Mesina y se refugió en Sicilia, reino integrante de la Corona de Aragón. Antonio los recibió en la isla y se mostró deseoso de expulsar a los franceses del territorio italiano.

-Debemos hacer algo-dijo Feliciano quién tenía un brazo en cabestrillo- los únicos territorios libres de los franceses son Córcega, Venecia y Calabria… No podemos dejar que se apoderen de toda la península…- el menor de los italianos se sentía débil igual que su hermano.

-Ya he pensado en eso-dijo el Imperio Español-Crearemos una alianza para expulsar a Francia, reuniremos a Venecia, a Milán, lo que queda del Reino de Nápoles y al Sacro Imperio Romano…

El corazón de Ludwig se encogió al escuchar eso. No podía ser, no podía encontrarse con su "yo" del pasado porque se crearía una paradoja y podría alterarse gravemente el futuro. Esa ansiedad en la cara de Alemania no pasó desapercibida por el menor de los italianos

-Te ves muy preocupado… ¿estás bien?-le preguntó Dante cuando todos se disponían a dormir. El germano asintió, sin embargo, el menor ya lo conocía como la palma de su mano y pudo darse cuenta fácilmente de que mentía. El alemán siguió con su mentira pues a pesar de que Feliciano era el único que sabía que venía del pasado, nunca le había dicho que era una nación.

A los pocos meses llegó al sur de Italia el ejército español, siciliano y veneciano. Las tropas del Sacro Imperio Romano atacarían desde el norte para acorralar a los franceses y evitar que huyeran. Todo estaba listo, la caballería en los flancos, la arquería al frente y la armería en el centro, todos marcharon desde el sur hasta el norte.

Al poco tiempo de conocer el acuerdo fraguado en su contra, el rey Carlos vio peligrar su situación, por lo que quiso pedirle más tropas a Francia pero el camino estaba bloqueado por el ejército del Sacro Imperio Romano. Francis, que se encontraba en Roma con un pequeño destacamento, viajó al sur para detenerlos en la frontera de Nápoles.

La mañana, fría y gris, anunció la batalla. Los franceses marchaban desde el norte hacia la pradera donde se llevaría a cabo la batalla. Sus enemigos los estaban esperando. Ludwig sujetaba con fuerza su espada, listo para el asalto. Al sonido de la trompeta, todos comenzaron a correr hacia el lado enemigo.

El choque fue feroz, violento y letal. Muchos soldados cayeron heridos o muertos. Dante se mantenía cerca de sus amigos pues su brazo apenas acababa de terminar de recuperarse. Azelio defendió a su líder fácilmente mientras Stefano y Benedetto se movían a su alrededor. Vittoria se encontraba cerca de Ludwig ayudando a Antonio y a Lovino. Los franceses trataban de imponerse en vano, el ataque fiero de los italianos y sus aliados los obligó a retroceder.

- ¿Dónde están las tropas que solicité?- le preguntó el Rey Carlos desesperado a sus soldados

-El Sacro Imperio Romano los detuvo en la frontera-dijo uno de los mensajeros, todo había acabado.

Francis luchaba fieramente pero pronto se vio superado en número por lo que ordenó la retirada. Los pocos sobrevivientes salieron huyendo rumbo al norte. Un grito de júbilo recorrió a los soldados aliados. Habían recuperado Nápoles, pero Feliciano no estaba conforme por lo que ordenó que los persiguieran hacia el norte, quería asegurarse que los sacarían de la península de una vez por todas. Ludwig y los demás no dudaron en seguirlo al igual que el resto del ejército. Lovino también lo siguió para poder recuperar Roma.

-No puedo creer que estemos huyendo de los italianos-gruñó Francia mientras cabalgaba al lado de su rey

-Entonces regresa y pelea con ellos-le espetó el monarca, el galo negó con la cabeza y aceleró el paso.

Tardaron varios días pero finalmente llegaron a Roma donde descansaron y trataron de evitar que los italianos y sus aliados recuperaran la capital pero poco pudo hacer el ejército francés contra el Imperio Español. Antonio decidió tomar la iniciativa y se lanzó sobre el francés con su alabarda en alto. Francis levantó su espada para defenderse pero cayó. El Imperio Español levantó su arma para atacarlo cuando apareció el Rey Carlos y defendió a su nación con su escudo.

-¡No puede estar pasándome esto!-exclamó Francis horrorizado al ver a sus hombres caer. El rey le ofreció un pañuelo para que llorara pero el rubio lo mordió con frustración.

-No nos rendiremos… ¡Retirada!-sonaron las trompetas y los franceses salieron corriendo de Roma.

-¡Están huyendo de Roma!-gritó Benedetto divertido al verlos huir-¡Ganamos!

-No, no podemos cantar victoria hasta que hayan salido del territorio-dijo Dante secando el sudor de su frente- Andiamo! ¡Los perseguiremos!-estaba a punto de salir corriendo de Roma cuando vio que solo su clan lo seguía- ¿Qué les pasa? ¡Debemos alcanzarlos! Entre más nos tardemos, más pronto llegarán a Bolonia- pero nadie se movió.

-Feliciano… los Estados Pontificios están a salvo-dijo Antonio cruzándose de brazos- Ya no tengo ningún pretexto para perseguir a Francis, podría declararme la guerra y mis hombres están muy cansados…

-El bastardo español tiene razón-coincidió Lovino y se cruzó de brazos demostrando que ya no se movería- Venimos persiguiendo a esos bastardos desde Nápoles, necesitamos descansar…

-¡No puedo creer que me hagas esto, fratello!-gritó Feliciano indignado-Ahora que tu territorio está asegurado, ¡¿no me ayudarás a recuperar el mío?! ¡Yo no te importo y nunca lo hice! ¡Solo quieres que desaparezca, por eso eliminaste a Dante!-el mayor de los italianos lo veía inexpresivo- Maldito cazzo!-y dicho esto, salió caminando de la ciudad- No los necesito…

Azelio, Ludwig y el resto lo siguieron, sin embargo, no se habían alejado ni 100 metros de la capital cuando escucharon muchos pasos que se acercaban a gran velocidad.

-¡¿Qué es eso?!-preguntó Stefano confundido y todos prepararon sus armas cuando, a lo lejos, vieron una multitud que se acercaba.

-Parece que los franceses quieren otra lección-dijo Vittoria con una sonrisa de superioridad, sin embargo, pronto pudieron darse cuenta de que los galos no los iban a atacar pues el pánico se reflejaba en sus facciones. Parecía que estaban huyendo de algo o alguien. Detrás del cansado y herido ejército galo se acercaba un ejército firme y bien ordenado. Eran los soldados del Sacro Imperio Romano.

El corazón de Ludwig se encogió cuando vio quién dirigía el ejército. Era una copia exacta de él. Realmente esperaba ver al Sacro Imperio Romano como ese pequeño niño rubio de ojos azules que Austria solía describir. Sin embargo algo había cambiado pues ese niño ahora era un joven de 20 años, alto y firme.

-¿Qué he hecho?-era evidente que había pasado tanto tiempo en el pasado que había alterado el tiempo. Al lado del Sacro Imperio se encontraba Gilbert. El prusiano lucía ropa blanca pues aún seguía vistiéndose como un caballero teutónico. Era obvio que todos se daban cuenta de las similitudes entre ambos.

Los franceses se rindieron y los germanos los tomaron prisioneros. Para celebrar la victoria, se hizo una gran fiesta en el centro de Roma. El Sacro Imperio observaba la fiesta a lo lejos rechazando las bebidas que le ofrecía Gilbert. Azelio y Stefano bebían y cantaban alegremente mientras Benedetto y Vittoria bailaban al son de la música. Dante se acercó a Ludwig, que se encontraba en un rincón.

-¿Lud? ¿Qué ocurre? ¿Por qué no te unes a la fiesta?-preguntó Feliciano preocupado- te pasa algo-el italiano ya podía saber si algo le ocurría al mayor con solo verlo.

-Feliciano…-dijo el alemán-debo irme… debo regresar a mi época, ya me he quedado mucho tiempo.

-¡No!-exclamó el menor sujetando su mano- ¡No te vayas!... quédate…

-No puedo, de verdad… he cambiado el pasado y debo remediarlo…

-¿Qué has cambiado? Lo que sea, no importa, debes quedarte o… yo me quedaré… solo…-la mirada de tristeza del castaño hizo que el alemán se replanteara el irse o no…

-Es que… de verdad… debo regresar al futuro…-dijo aunque ya no estaba tan convencido

-Oh lala~-se escuchó

una voz. Francis había escapado de su celda y los había escuchado- Sabía que eras diferente. Eres el Sacro Imperio Romano en el futuro ¿no es cierto?

El corazón de Ludwig se contrajo dolorosamente cuando vio la mirada de pánico que le dio el italiano.

-Tu… ¿eres el Sacro Imperio Romano?


Espero que les haya gustado y gracias por sus comentarios

isabelchan56: Sip y las cosas se van a poner intensas ahora que Francis sabe que Lud es del futuro

Guest: Gracias por comentar

Gracias por leer y no olviden comentar