El viaje al Imperio Otomano era un gran reto. Gilbert y el Sacro Imperio Romano los acompañaron al norte. Pasaron por Florencia donde se encontraron a Miguel Ángel.

-¡Dante! ¡Ludwig!-gritó el pintor al reconocerlo- ¡Tanto tiempo! Te vi en Roma pero estaba dirigiendo una obra así que no pude saludarte.

-¡Miguel Ángel!-el italiano lo abrazó efusivamente. Ya no era un adolescente, ya era todo un hombre y un gran artista- lamento no haberte visto, tenía asuntos urgentes ¿Qué ha sido de tu vida en estos años que no nos hemos visto?

-He hecho varios retratos y el Papa me ofreció pintar la Capilla Sixtina- respondió el artista con una sonrisa- pero me rehusé y ahora quiere excomulgarme…

-¿Qué? ¡¿Por qué lo rechazaste?!-preguntó confundido mientras el pintor abrazaba a Ludwig con una sonrisa en los labios, emocionado por el reencuentro.

-Es que quiere controlar y dirigir lo que pinto y así yo no puedo trabajar-gruñó molesto y se cruzó de brazos- por eso vine a Florencia para escapar un poco de él, pero me pidió una entrevista en Bologna… ¿Ustedes se van a quedar o van a seguir viajando?

-¡Vaya, qué coincidencia! Estamos viajando al norte y pasaremos por Bologna-dijo Dante pensativo- podrías venir con nosotros.

-Sí, sería genial, pero… ¿dónde están Azelio, Vittoria y los demás?-preguntó mirando a los germanos.

-Ellos nos alcanzarán en Milán-mintió Feliciano en parte pues realmente esperaba que sus amigos los alcanzaran antes de entrar al Imperio Otomano.

-Bien, en ese caso, pueden quedarse en la posada en la que me hospedo- dijo Miguel Ángel y dicho esto, los guió por las calles al centro de Florencia. Mientras platicaba alegremente con Feli, Alemania caminaba detrás de ellos, pensativo. Hasta ahora no había visto ninguna alteración en el pasado. Quizás la paradoja no había sido tan grande como él había temido.

Entraron a la posada y pagaron una noche. Una vez que les otorgaron las habitaciones, Gilbert y El Sacro Imperio se fueron a dormir mientras Feliciano y Ludwig se quedaban en la otra. El alemán miró su reloj, las manecillas giraban como locas. Trató de arreglarlo pero fue inútil.

-Vamos a dormir-comentó el italiano y se acostó en la cama matrimonial. No podía dormir y tampoco podía verlo a los ojos pues aún se sentía traicionado porque el rubio no le había dicho que él era el Sacro Imperio Romano.

-Ya voy-Alemania tomó las llaves para cerrar bien la puerta cuando algo extraño pasó. La llave rústica, de un metal oxidado y desgastado, brilló por un momento antes de volverse una tarjeta electrónica como las de los hoteles modernos y lujosos- ¡¿Qué demonios?!-la soltó y retrocedió. Dante se levantó de golpe y miró la reluciente tarjeta en el suelo. La tomó y la examinó con curiosidad

-¿Qué es esto?-preguntó confundido pues era un objeto demasiado avanzado para la época. Ludwig estaba muy pálido, tanto que parecía que se iba a desmayar en cualquier momento. Sin poder evitarlo, tuvo que recargarse en la mesa de madera de un rincón del salón.

Entonces la mesa, toscamente tallada, brilló por un instante antes de volverse una fina mesa de caoba con las patas bellamente esculpidas y una superficie brillante e impecable. El alemán la soltó, horrorizado. Todo lo que tocaba se volvía un objeto de su época.

-¡Mamma mía!-exclamó Feliciano admirando la hermosa mesa. Esto era un problema, un problema muy serio. No podían dejar objetos del futuro regados por todo Florencia- Tenemos que quemarla… yo pagaré el costo, pero no podemos dejarla aquí- y dicho esto, tomó el hacha del germano y comenzó a romperla. Lanzaba las patas a la chimenea apagada junto con la tarjeta-Aiutami, Ludwig!

El alemán estaba en shock, pero aún así, se obligó a sí mismo a encender la chimenea para quemar la mesa y la tarjeta que, al ser de plástico, comenzó a derretirse. Una vez que toda la mesa estuvo alimentando el fuego, se miraron sin saber qué hacer.

-Tengo una idea-dijo el italiano de pronto mientras miraba las manos del germano- ¡Espera aquí y no toques nada!-y dicho esto, salió de la habitación. El calor en recinto era sofocante pues la mesa ardía alegremente en el fuego. El germano se obligó a esperar sin abrir la puerta o las ventanas pero después de un rato decidió tomar un vaso de madera con agua que había en la mesita de noche. Inmediatamente el vaso comenzó a brillar y se volvió un vaso de cristal ornamentado. Una vez que acabó de beber, lanzó el vaso a la chimenea, rompiéndolo en pedazos.

El italiano regresó una eternidad después y abrió las ventanas para que el calor escapara. Entonces le mostró lo que había conseguido. Eran unos guantes de piel, unidos toscamente con un hilo. Rápidamente los deslizó en las manos de Alemania. Le quedaban un poco apretados, pero justo en ese momento, los guantes brillaron y se volvieron unos hermosos guantes de piel negra, muy modernos.

-Va bene… hagamos la prueba de fuego-dijo Dante- Toca la cama…-el germano dudó por un momento antes de poner una mano en la cama toscamente tallada. Para su sorpresa, en lugar de volverse una moderna y hermosa cama de caoba, se mantuvo igual-¡Excelente! Ahora, por ningún motivo debes quitarte los guantes ¿capisci?-El alemán asintió y ambos se acostaron dispuestos a dormir. Les esperaba un largo día de viaje rumbo a Bologna.

Al día siguiente, todos se despertaron al alba para partir de Florencia. Miguel Ángel arregló fácilmente el problema de la mesa quemada mientras el italiano y el alemán decían que ayer habían peleado por una tontería y la mesa había terminado en el fuego.

-Vaya, que raro-dijo Gilbert pensativo al escuchar semejante excusa- Mein bruder y yo no los escuchamos gritarse o golpearse y eso que nuestra habitación estaba al lado de la suya.

-Que que si vimos fue al italiano salir corriendo anoche y regresar con un extraño bulto en las manos-dijo el Sacro Imperio inexpresivo- y después, la temperatura del pasillo ascendió y parecía provenir de su habitación…-el escuchar esa declaración de su propia voz hizo que Ludwig se sintiera acalorado

-Fue la chimenea-dijo el italiano encogiéndose de hombros y tratando de restarle importancia a eso. Pero notó la sonrisa cómplice de Miguel Ángel quién desde adolescente se había dado cuenta de que había algo entre el italiano y el alemán- Se hace tarde, andiamo…

Se subieron a los caballos que habían traído desde Roma, Miguel Ángel tenía también un hermoso caballo blanco y emprendieron el viaje rumbo a Bologna. En el camino, Ludwig miraba a Feliciano. Era obvio que su yo del pasado había malinterpretado su amistad con el menor, sin embargo también sonaba celoso ¿por qué?

Trató de forzar su memoria a los tiempos en los que había vivido en casa de Austria, pero no lograba recordar nada. Su primer recuerdo fue de cuando logró despertar de un extraño coma en el que había caído y Gilbert lo encontró. Sabía que él era el Sacro Imperio Romano porque el prusiano se lo había dicho, pero no lograba recordar nada de aquella época.

Ahora, haciendo conjeturas, quizás él se había vuelto amigo del italiano en su infancia y lo consideraba como un hermano, por eso es que estaba celoso de que el castaño le prestara atención a alguien que no era él. Aunque esa explicación no tenía mucho sentido si la comparaba con el sentimiento de hermanos que tenía por Prusia, pues el Gilbert del pasado pasaba más tiempo con su yo del pasado que con él, y no se sentía celoso. Debía ser algo más, ¿pero qué?


El sol se estaba poniendo cuando llegaron a la ciudad de Bologna. Estaban muy cansados por lo que se hospedaron en un hostal y, a la mañana siguiente, se dirigieron al punto de encuentro donde el Papa había citado a Miguel Ángel, y para buena suerte de Feliciano, Lovino no estaba ahí. Mientras el pintor y el Sumo Pontífice se ponían de acuerdo, Dante decidió entrenar un poco con Alemania para distraerse. Era obvio que el italiano no quería que Ludwig se fuera, pero era inevitable. Una vez que Miguel Ángel y el Papa llegaron a un acuerdo, ambos se partieron rumbo a Roma.

-¡Espero solo lo mejor para la Capilla Sixtina!-se despidió el italiano abrazando al artista con una leve sonrisa esperando volverlo a ver en el futuro

-Y lo tendrás, lo garantizo-dijo el pintor muy seguro de sí antes de despedirse de Ludwig- Cuida mucho a Dante, es un buen chico… les deseo felicidad-y dicho esto, subió a su caballo y ambos se marcharon. El castaño los vio hasta que se perdieron de vista y anunció que debían seguir.

Alemania había perdido la noción del tiempo, no sabía si había pasado una semana, un mes o un año cuando finalmente entraron al territorio del Sacro Imperio. Fue bueno estar rodeado de gente que hablaba una versión más antigua de su alemán.

Todos estaban cansados por lo que Gilbert propuso que descansaran en una de sus residencias cercanas a la frontera con el Imperio Otomano. El alemán y el italiano aceptaron con gusto, estaban esperando poder asearse y descansar antes de empezar con la parte más pesada del trayecto.

Era más de media noche, todos estaban durmiendo, Ludwig y Feliciano dormían en habitaciones separadas, algo raro pues ya se habían acostumbrado a dormir juntos, sin embargo estaban tan cansados que se quedaron dormidos de inmediato.

Lo único que se escuchaba en la habitación era la respiración acompasada del alemán cuando de pronto, una sombra se coló en la habitación. Se vio el filo de un cuchillo y Ludwig quedó inmovilizado contra la cama por la sombra.

-Kesesese~ Ahora que ya estamos en mi territorio, no dejaré que te vayas hasta que me digas algunas cosas del futuro. Quiero saber si la Orden Teutónica se volverá un imperio… ¡Contesta!


Ese Gilbert no ayuda sin recibir nada a cambio

Gracias por leer y por sus comentarios

Chiara: Fue confuso el cap anterior? Lo siento, pero me alegro que te haya gustado la acción

Piero: Sip, y le costará caro ser la gallina de los huevos de oro... VIVA EL GERITA!

Espero que les haya gustado y no olviden comentar.