Muchos, muchos años después….
Estaba sentado, en una mecedora junto a la ventana de su habitación. Se sentía muy cansado, y los parpados le pesaban. Sus respiraciones eran largas y audibles, pesadas. Una cobija estaba en sus piernas, cubriéndolo del frio. Se lo había puesto una de sus nietas, una hermosa niña de cabello castaño de su abuela materna y ojos miel de su abuela paterna.
Llevaba solo muchas horas, mirando al sol moverse lentamente, hasta que se perdió en la distancia. Ahora observaba con asombro la luna y las estrellas. No había ninguna nube, el clima era perfecto.
Una sensación de cosquilleo en su garganta lo hizo toser violentamente. Levantó con dolor su mano y cubrió sus labios. La tos lo embistió, como una forzada visita. Después de que el ataque cesara, dejó caer su mano pesadamente sobre su pierna y se dedicó a observarla.
Estaba arrugada. Habían manchas en sus manos debido al paso del tiempo. Sus dedos, habían sufrido los estragos de sus actividades de joven, y ahora estaba chuecos y huesudos. Pero lo que mas le llamaba la atención eran las arrugas. Finos relieves que se alzaban en su piel, indicándole que ya no tenía veinte años. Tal vez los tenia, pero multiplicados por otro numero mas grande. Sus brazos, estaban en el mismo estado. Las cicatrices que alguna vez habían surcado la piel de sus miembros, estaban difuminadas por el paso de los años. Las manchas también cubrían la superficie.
Llevaba ya un tiempo enfermo, casi un año. Los doctores de san Mungo, le habían dicho que le quedaba poco de vida. El lo sabía, desde el primer momento que comenzó a toser. Lo supo, por que el gran Sirius Black no se enfermaba. Pero no le asustaba. No le daba miedo. Había tenido una hermosa y feliz vida con sus amigos y con su adorada hija Helena, la cual le había dado los nietos mas hermosos del mundo. Un hijo mayor llamado Regulus Orion Longbottom, y obviamente los regañó por su falta de originalidad, y dos mellizas, Alice Jean e Isadora Jean Longbottom, nuevamente, viva la originalidad, que definitivamente sacaron los genes merodeadores, para pesar de todos a sus alrededores. Sonrió al recordar a las niñas.
Una tos ascendió por su garganta una vez mas, haciéndolo toser salvajemente. Sus pulmones le ardían y ya estaba cansado de eso. Cada agitación era un poco de dolor. Su mano, con la que nuevamente cubrió sus labios, se llenó de un liquido. Sin mirar que fue, se limpió en la cobija. Sonrió con un destello de malicia. A pesar de su gran edad, aun hacia desastres.
Giró su cuello para poder apreciar su rostro en el espejo que estaba en el armario. El hermoso cabello que enmarcaba su rostro, se deslavó al pasar los años. De negro como la noche, pasó a ser blanco como la nieve. Pero podía decir con orgullo, que seguía viéndose estupendo. Sus cejas, también se tornaron blancas.
Su rostro, estaba tan diferente. Las arrugas surcaban su frente, el alrededor de los ojos y en los dobleces de piel alrededor de su boca. Fuera de eso, seguía siendo guapo. Habían un par de manchas en sus mejillas, muy parecidas a las que estaban en sus manos y brazos. La cicatriz, que cruzaba su ojo izquierdo hasta la barbilla, ya se había difuminado ligeramente, y se le veía torcida debido a los desniveles de su piel, y las arrugas. Los ojos que alguna vez habían estado llenos de vida y juventud, se encontraban apagados y cansados. Eran la prueba viviente de la larga vida que había tenido.
Sonrió al saber, que pronto todo terminaría. Su hija, tenía su vida. A su esposo y a sus hijos, ya no lo necesitaba. El podía partir ese mundo en paz, sabiendo que ella estaría bien y asegurada. Protegida y a salvo. Consideraba que había hecho un gran trabajo. Mejor que el que jamás soñó hacer. Creció pareciéndose mucho a su madre, pero también a el, debido a su gran desarrollada y cercana relación de padre e hija. Ahora el podía partir.
James fue el primero en irse. Hace un par de años, enfermó de gravedad y no terminó el invierno. Extrañaba a su compañero, pero pronto lo vería, y los hermanos se reunirían en el cielo, para hacer de las suyas. Soltó unas risitas y miró melancólicamente a la nada. Recordó lo devastada que había estado la mujer canosa que una vez fue pelirroja. Pero el le aseguró que lo superaría, estaba familiarizado con la experiencia. Después, se fue ella. Como padrino de Harry tuvo que consolarlo, pero le aseguró que se fue, por que amaba demasiado a su padre como para estar sin el, y que ahora estaban juntos, cuidándolo desde arriba. Su ahijado entendió y suspiró tranquilamente. En ese momento, vio al niño pequeño que cuidó demasiadas veces, en vez de al hombre adulto que era. Después, enfermó Remus, aunque ahora se encontraba estable, al menos, mejor que el.
Su pecho subía y bajaba lentamente, cansado. Y ahí fue cuando todo empezó.
Comenzó como un sentimiento
Y creció a ser una esperanza
Después cambió y era un pensamiento mudo
Y terminó siendo una palabra silenciosa
Su corazón comenzó a latir con súbita rapidez. Un fuerte dolor de pecho lo invadió. Subió su mano y la colocó sobre el área, apresando la tela. Jadeó ligeramente y cerró los ojos con fuerza cuando la punzada se extendió un poco. Sintió como si estuviera sangrando por dentro. El liquido invadía sus entrañas. Sentía como la sangre era bombeada con repentina velocidad fuera de su órgano latiente. Su respiración se agitó un poco, e intentó no hacer ningún ruido. No quería molestar a nadie. Aunque sabía que no había nadie a esas horas. Un sonido ronco y áspero salió desde su garganta, cuando en un segundo, el dolor pareció cesar. Pero el sabía que regresaría. Solo una palabra surcó su mente. Una que estaba rodeada de tantas posibilidades. Muerte.
Y esa palabra, se hizo fuerte, mas fuerte
Hasta ser una lucha de llanto
Yo regresaré
Cuando me llames
No hay necesidad de decir adiós
Sus ojos se humedecieron cuando al realidad lo golpeó. Estaba por morir. Estaba a punto de dejar de existir en esa vida. Se iba, y se encontraba solo en la obscura habitación. Pero no entró en pánico. Entendía que iba a suceder. Su corazón simplemente dejaría de latir en unos minutos, y sus ojos se cerraría para siempre, y nunca volvería a mostrar los ojos grises que tanto le habían gustado a su esposa. La luz se iría de ellos definitivamente. Después, su cabeza se quedaría colgando, no sabía si hacia adelante o hacia atrás, pero concluyentemente colgando. Por falta de fuerza, simplemente. Sus brazos, caerían a su lado, seguramente una a la orilla de la silla. Sus dedos, se moverían una ultima vez y se comenzarían a poner duros después de que pase un tiempo. Sus labios se comenzarían a secar, y después su cuerpo comenzaría a descomponerse. A oler. Alguien lo encontraría, seguramente su hija o su yerno, que venían una vez a la semana a visitarlo. Pero el ya se habría ido.
Solo por que todo está cambiando
no significa que nunca
haya sido de esta manera antes
Sonrió con felicidad, pero sus ojos mostraban miedo. Las emociones encontradas dentro de el, lo hacían entrar en conflicto. Supuestamente ya sabía lo que debía de sentir. Alegría. Miedo. Cosas opuestas. Pero algo lo estaba tranquilizando. Como si una mano, sobara el lugar donde antes había sentido dolor. Le alejaba los vestigios del sufrimiento, lo calmaba. Le indicaba que todo estaría bien. Sus ojos grises, se prendieron una vez mas en la luna.
Lo único que puedes hacer
Es intentar saber quienes son tus amigos
Mientras te marchas a la guerra
Un alarido se escapó de su boca y trató de extinguir el sonido apretando los dientes, pero fue inútil. Los dedos de su mano derecha se separaron, tiesos, y subió su rígida mano a la ubicación del repentino dolor. El sonido de ahogo salía de sus labios. El corazón, estaba latiendo una vez mas con demasiada rapidez. Tensó la quijada y cerró los ojos con fuerza. La cabeza comenzó a dolerle. Trató ponerse de pie.
Elige una estrella en el obscuro horizonte
Y sigue su luz
El sonido de su cuerpo cayendo pesadamente sobre la madera del piso se alcanzó a escuchar sordamente. El chillido de dolor del hombre moribundo era agonizante. Sus pies estaban enredados en la cobija que le había dado su nieta, sus manos desparramadas a sus lados y su mejilla estampada con el suelo. Débilmente, se apoyó en las palmas de sus manos e intentó empujarse para poder levantarse. El intento fue inútil.
Tu regresaras
Cuando todo termine
No hay necesidad de decir adiós
Sus brazos temblaron, el dolor del pecho era inaguantable. Sus piernas se comenzaron a dormir y finalmente, sus brazos se rindieron ante el peso de su cuerpo y cayó torpemente. Un gemido ahogado se pudo escuchar. Una lagrima derramándose del lagrimal, escurriéndose lentamente hasta deslizarse sobre la madera. El dolor era terrible. Cerró los ojos con fuerza. Jadeo. Lloró. Y finalmente, su corazón se rindió.
Ahora estamos de vuelta al principio
Es solo un sentimiento, y nadie lo sabe todavía
Pero solo por que ellos no puedan sentirlo también
No significa que tengas que olvidar
No lo entendía muy bien. Era como si pasaran las cosas mas rápidas. Miró a sus manos. Estaban lisas, piel perfecta. Subió lánguidamente sus ojos por la piel de sus brazos, y se encontraban igual. Sus palmas, fueron a estrellarse a sus mejillas. Las sentía rasposas por la barba que recordaba no tener, pero estaban lisas. Las arrugas no se sentían. Miró a su alrededor desconcertado. Estaba en la misma habitación que recordaba, pero la mecedora estaba ausente, como si nunca hubiera estado ahí. Caminó rápidamente al espejo del armario. Exclamó con sorpresa. No recordaba haber estado vestido así. Estaba descalzo, con pantalones blancos, y una camisa de lino del mismo color, abierta en el cuello, dejando a vista el collar de las reliquias de la muerte que jamás se quitó. Hacían años que no se vestía de manera similar. Subió su mirada y emitió un sonido de emoción una vez mas. Su piel, estaba bronceada, como la había tenido en su tiempo de juventud. Ninguna arruga que mostrara su edad. Ninguna mancha, ni siquiera una cicatriz. Como si nunca hubiera existido. Sus ojos, estaban brillosos e inyectados con vivacidad. Sus cejas, volvieron a ser del color del ébano. Su cabello, un poco arriba del ras de su quijada, estaba negro como la noche, brilloso como las estrellas. Dejó salir un aliento de incredulidad. Algo se reflejó en el espejo, detrás de el. Y ahí la vio.
Deja que tus memorias se hagan fuertes, mas fuertes
Hasta que estén detrás de tus parpados
Estaba hermosa. Llevaba un vestido blanco de tirantes. La tela se ceñía debajo de su busto y caía libremente hasta debajo de las rodillas. Seda blanca. Suave como su piel. Estaba descalza como el. Sus rizos despeinados, caían libremente por sus hombros desnudos. Había una enorme sonrisa en sus labios. Pero lo que el apreciaba mas que a nada en este mundo, fue el ver sus ojos. Esos hermosos ojos que lo volvieron loco y que lo hicieron perder la cordura, la razón, y el mundo, lo estaban viendo como hace muchísimos años no lo hacían. Había tanto amor en las profundidades, tanto cariño y tanta ternura. Había emoción, felicidad, y añoro. Y la conocía tan bien, que sabía que hasta un poco de tristeza.
Giró rápidamente para poder verla bien. Estaban separados por varios metros. El, de espaldas al espejo, al final de la habitación, y ella frente a la puerta, la cual estaba abierta de par en par. Del otro lado, solo había obscuridad. Su corazón dio un vuelco, la estaba viendo después de tanto tiempo. Sintió sus ojos llenarse de lagrimas. La estaba volviendo a ver, simplemente no se lo podía creer.
Tu regresaras
Cuando yo te llame
No hay necesidad de decir adiós
"¿Hermione?" se sorprendió al escuchar su voz. Sonaba joven, y no la cansada y ronca que se había acostumbrado a escuchar.
La mujer, ladeó ligeramente la cabeza, agrandó su sonrisa y extendió su brazo derecho, manteniendo la palma viendo al techo. Lo estaba invitando a tomarla. Sirius, sin pensarlo, comenzó a caminar. Por fin volverían a estar juntos, para siempre, repetir su historia de amor por toda la eternidad.
Había esperado este momento, tantos años. Quería decirle tantas cosas, tantos pensamientos. Decirle, que no había habido un día que no pensara en ella. Quería preguntarle por que había tardado tanto, pero eso ya no importaba. Ya estaba ahí. Detuvo su andar a unos centímetros de la mano, y lentamente levantó la suya. El mar de plata nunca se despegó de los chocolates.
"Te extrañé mucho, Mione" susurró con una sonrisa mientras tomaba su mano. La castaña, aumentó mas su sonrisa.
"Nunca me fui"
Fin.
