Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
AVISO IMPORTANTE: Kitsune no Mago: Gokadoin es una miniserie de 6 capítulos que sirve de continuación y punto final al fic Kitsune no Mago, disponible también en Fanfiction. Aunque trataré de presentar la situación y los personajes de la manera más accesible posible para los nuevos lectores, es muy recomendable leer primero la historia original. Por supuesto, eso significa que hay SPOILERS masivos de Kitsune no Mago en esta historia.
El día de la boda
En el pasado, los humanos temían la oscuridad. Miraban al cielo en busca de signos y portentos, creían en las maldiciones y, sobre todo, tenían miedo de los seres sobrenaturales que poblaban sus mitos y leyendas: los yokai.
Sin embargo, con el paso de los siglos, la humanidad cambió. La oscuridad que tanto temían se volvió menos peligrosa. Si era necesario, llenaban la noche de luces, para sentirse más a salvo. Los yokai empezaron a ser considerados seres legendarios, productos de la imaginación de las personas. Con el tiempo, la mayoría empezó a pensar que no existían.
Estaban equivocados.
En Kioto, la antigua capital imperial, la ciudad de los mil templos, vivía el más poderoso de los clanes yokai de Japón. Se llamaban a sí mismos el Clan Abe, en honor a su fundador, Abe no Seimei, el exorcista más famoso de la historia. Seimei era un mestizo, el hijo del humano Abe no Yasuna y de la kitsune Kuzunoha. Cuando vivió, protegió la capital de los peligros del mundo, tanto de aquellos que provenían de la oscuridad como de aquellos que provenían de la luz. Él creía en el equilibrio y en que humanos y yokai pudiesen vivir en paz. Tan poderoso era que los demás seres sobrenaturales del país le reconocieron como el único y verdadero Señor del Pandemónium, el líder más poderoso del mundo yokai.
Por desgracia, aunque había descubierto los secretos de la eterna juventud, Seimei murió. Su madre, la kitsune Kuzunoha, más conocida como la terrible Hagoromo-Gitsune, cogió las riendas del clan en su lugar, a la espera de que algún día el hijo de Seimei pudiese hacerse cargo del clan.
Ese hijo era Rikuo.
Abe no Rikuo tenía más sangre humana que yokai, pues su padre se había casado con una joven animosa y risueña llamada Wakana. Muchos le consideraban demasiado débil para liderar el Clan Abe. Él mismo dudaba ante la idea, pues había presenciado de primera mano la crueldad del mundo yokai. Sin embargo, por las noches, o cuando sus seres queridos estaban en peligro, su sangre bullía y se convertía en un auténtico kitsune, un hombre-zorro de fuerza y agilidad extraordinarias, y con la determinación para proteger a los suyos.
Muchas cosas habían ocurrido desde entonces. Por culpa de oscuras conspiraciones, los yokai de Kioto habían tenido que luchar hasta la muerte con sus antiguos rivales, el Clan Nura de Tokio liderado por el famoso Nurarihyon. Luego, contra los yokai de Shikoku, que habían olido su debilidad. Y finalmente contra el villano que había manipulado a todos para hacerse con el poder de las tinieblas, el líder del Clan de las Cien Historias, Sanmoto Gorozaemon.
En todas aquellas crisis, Rikuo había demostrado una fortaleza y una capacidad de liderazgo excepcionales. Había visto muchas tragedias, sí, pero también había aprendido mucho. También había contado con importantes aliados. Yura, la heredera del clan de exorcistas Keikain y su amiga de la infancia; y Tsurara, una espía del Clan Nura que había acabado uniéndose a su Procesión Nocturna... y convirtiéndose en el amor de su vida. Por desgracia, también había visto cómo el secreto de su doble vida, cuidadosamente guardado durante años, había sido descubierto por todo el mundo.
El ataque final de Sanmoto Gorozaemon había sido tan devastador que ahora ya nadie dudaba de la existencia de los yokai. El Clan Abe de Kioto y sus aliados habían vencido al malvado, consiguiendo de paso el respaldo de las autoridades. Ahora, los yokai eran considerados oficialmente ciudadanos de Japón. Por desgracia, había personas que querían cambiar aquella situación. Olvidados o no, los yokai seguían representando la oscuridad y la barbarie para muchos.
Sin que nadie lo supiera, aquel 11 de noviembre se estaba poniendo en marcha un plan para borrar a los yokai de la faz de la tierra.
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Mansión Abe, Kioto
En un rincón de la antigua capital imperial había una enorme casona de estilo occidental, que a su vez contaba con un amplio y espléndido jardín. Era una arquitectura que chocaba bastante con el perfil tradicional de Kioto. Más aún cuando se tenía en cuenta que era la base de los yokai de la ciudad.
Desde aquella mansión, Hagoromo-Gitsune gobernaba a sus 10.000 vasallos. Bueno, ahora que los yokai eran ciudadanos legales de Japón, en teoría todos ellos eran libres de obedecer a quienes quisiesen. Sin embargo, el Clan Abe llevaba rigiendo las sombras de la capital durante mil años; semejante prestigio y poder no iban a desaparecer sólo porque su líder hubiese aceptado someterse a las leyes humanas.
Aquel día de otoño, vasallos y amigos de la familia estaban de celebración. ¿La razón? Que su joven heredero, Abe no Rikuo, se había casado esa mañana con Tsurara, su novia de toda la vida.
—¡A divertirse! —gritaron los yokai.
Los muros que rodeaban los terrenos de la mansión habían sido reforzados, e incluso habían aumentado su altura, pero hasta el más despistado viandante podía percibir el jolgorio que reinaba en la casa. Una legión de criados había llenado el jardín con mesas y sillas, manteles y cubiertos, y cantidades ingentes de comida y bebida. No era para menos. Aunque se trataba de un evento privado, la celebración nupcial iba a atraer a cientos, no, miles de invitados.
Cuando vio aquel despliegue, Rikuo se atragantó.
—No pensaba que serían tantos... —murmuró el muchacho, un tanto cohibido. Aunque había liderado los esfuerzos para derrotar a Sanmoto Gorozaemon y había forjado alianzas con importantes clanes de todo el país, todavía no estaba acostumbrado al ser el centro de atención. Cada vez que alguien le llamaba "Mesías", el apodo que había ganado al derrotar al Rey Demonio, le entraba un escalofrío de incomodidad.
Sintió que una mano fría aferraba la suya.
—Esto también es parte de ser un líder, Rikuo –le dijo Tsurara con una sonrisa reconfortante.
—Pareces muy tranquila —observó el chico.
—¡Por supuesto! Después de celebrar fiestas casi todas las semanas en la Casa Nura, una se acaba acostumbrando a todo —dijo la Yuki-onna—. Aunque he de reconocer que no había visto jamás a tanta gente junta...
Era verdad. Los cien lugartenientes principales del Clan Abe habían sido invitados, así como la mayoría de sus seguidores. Aparte de Kyokotsu, Hakuzozu y Gashadokuro, que prácticamente vivían en la casa principal, habían venido el Gran Tengu del monte Kurama, el líder oni Ibaraki-Doji, Shokera del clan insecto, y muchos, muchos más.
—Que los ángeles del cielo bendigan vuestro matrimonio, joven señor —dijo Shokera, inconfundible con su sotana negra.
—Mis demonios han traído un carro lleno de regalos —comentó Ibaraki-Doji—. Si a tu chica le disgusta alguno, les diré a los cazurros de mis sirvientes que se lo cambien.
Rikuo los fue saludando al pasar, contento de ver a los suyos disfrutar de un día tan bueno. Aunque los primeros fríos de otoño se hacían notar en Kioto, los sirvientes de la casa habían colocado hogueras y braseros a lo largo del jardín.
Pero no sólo de Kioto habían llegado los invitados. El segundo grupo más numeroso lo componían los miembros del Clan Nura, recién venidos de Ukiyoe, en la prefectura de Tokio. Eran también los más ruidosos.
—¡YUKI-ONNA! —bramó el forzudo Aotabo, con lágrimas en los ojos—. ¡Te has casado! Quién iba a decirme que vería a la chiquilla de Setsura convertida en una mujer.
—Aunque ya podrías haber elegido otro lugar para casarte —comentó Kubinashi, el asesino de las cuerdas, mirando de reojo a los anfitriones—. ¿Es que no había en Ukiyoe buenos candidatos?
—No le hagas caso a este tontorrón, Tsurara —intervino Kejoro, la mujer-cabellera y esposa de Kubinashi—. Estamos todos muy contentos por ti. Además, chica, casarse en Kioto tiene pedigrí. Un día nos tienes que contar cómo es eso de tener a Hagoromo-Gitsune como suegra.
—Discreción, Kejoro —le recomendó el sombrío Kurotabo. Su amigo Kappa asintió detrás de él—. Somos huéspedes en esta casa. Cotillear sobre nuestros anfitriones es de mala educación.
Tsurara se moría de ganas de correr a abrazar a sus amigos, pero la etiqueta imponía que la novia siguiese los pasos del novio en el recibimiento a los invitados. Rikuo, dándose cuenta de su deseo, le dio un pequeño empujoncito para animarla a ir con ellos.
—Son tus amigos —justificó su marido.
Tsurara sonrió encantada y fue a charlar con ellos.
Mientras tanto, Rikuo aprovechó el momento para intercambiar saludos con el líder del Clan Nura. Rihan, hijo del Nurarihyon y Segundo General de los yokai de Kanto, había venido a la cabeza de su comitiva.
—Sé que te lo digo siempre que nos encontramos, hijo de Seimei, pero gracias. Gracias por rescatarme de esa pesadilla —le dijo Rihan a Rikuo con su característica sonrisa de complicidad.
Rihan tenía sus razones para expresar su gratitud. Durante largos y horribles meses, el malvado Sanmoto Gorozaemon se había hecho con el control de su cuerpo. Rihan, atrapado en su propia mente, tuvo que ver cómo el Rey Demonio utilizaba sus propias manos para matar y herir a miles de inocentes. Incluido su propio padre, el Nurarihyon. Había sido una experiencia traumática de la que aún no estaba totalmente recuperado. Sin embargo, con la ayuda de su familia y sus amigos, el Segundo General estaba devolviendo el orden al Clan Nura.
Nura Rihan había sido también uno de los pilares de la inclusión de los yokai en el mundo humano. Él mismo era hijo de un yokai y una humana, así que comprendía perfectamente el dilema de vivir a caballo entre la luz y la oscuridad. La posibilidad de alcanzar un entendimiento mutuo era un sueño que había compartido con Abe no Seimei, antes de que las manipulaciones de Sanmoto Gorozaemon les separasen. Ahora, libre por fin de la influencia del Rey Demonio y queriendo resarcir el daño que involuntariamente había causado, Rihan era uno de los adalides de la convivencia.
—¿Qué tal van las cosas en Tokio? —le preguntó Rikuo.
—Como siempre. Peleas, juergas, más peleas y más juergas... —Rihan se encogió de hombros—. Si te refieres a los temas políticos, esos que le gustan tanto a tu abuela, van tirando. El Partido Sobrenatural de Kanto está casi formado, pero no sé que clase de idiotas me votarían a mí en unas elecciones.
Rihan se rió de su propio chiste. Entonces Rikuo aprovechó para decir:
—Te aviso con antelación, mi abuela quiere hablarte sobre el proyecto de la Confederación de Partidos Sobrenaturales de Japón.
—Supongo que la Señora del Pandemónium quiere ser la presidenta oficial de los partidos yokai de Japón, ¿me equivoco? —comentó Rihan con los ojos entrecerrados—. Bueno, supongo que tiene razones para exigir ese puesto. Hablaré con ella, aunque no me hace mucha gracia...
La mirada de Rihan se ensombreció. Rikuo sabía que no eran los tejemanejes políticos lo que incomodaba a Rihan. Eso sólo lo aburría, como mucho. No, lo que de verdad enturbiaba su humor era tener que lidiar con Hagoromo-Gitsune en persona.
A causa de los planes de Sanmoto Gorozaemon para enfrentar a los Abe contra los Nura, Hagoromo-Gitsune se había reencarnado en la hija de Nura Rihan. A tenor de lo que decían otros miembros del Clan Nura, la ya crecida Hagoromo-Gitsune era la viva imagen de Yamabuki Otome, una hermosa ayakashi que había sido la esposa de Rihan siglos atrás y que había muerto en trágicas circunstancias. Aunque Rihan había aceptado que todo era culpa del Rey Demonio, para él seguía siendo difícil mirar cara a cara a la kitsune.
Para cambiar de tema, Rihan dijo:
—Te has llevado una de nuestras joyas más valiosas, Abe no Rikuo. Cuídala bien.
—Eso haré. Lo prometo —afirmó el chico.
—Más te vale. Setsura me ha pasado un mensaje de su parte. Dice que como hagas llorar a su hija, te matará.
Al ver que Rikuo palidecía, Rihan le dio una palmada en la espalda.
—Vamos, vamos, no te lo tomes tan en serio. Dioses, está claro que eso lo has heredado de tu padre. Ya sabes cómo son las Yuki-onna cuando se ponen temperamentales; seguro que hasta la linda Tsurara-chan se pone como una fiera en esas ocasiones —Rihan le guiñó un ojo con complicidad. Luego, en tono más bajo, añadió—: Pero en serio, si haces daño a esa chiquilla, si no te mata Setsura, lo haré yo.
Rikuo no sabía si aquello último había sido en broma o en serio, y casi que prefería no saberlo.
La gira entre los invitados continuó. Hagoromo-Gitsune se les unió, ya que ahora tocaba encontrarse con otros clanes de fuera con los que no compartían tanta historia como con los Nura de Ukiyoe. Habían venido jefes, herederos y oficiales desde Tohoku hasta Kyushu. Rikuo vio a varios yokai de la aldea de Toono, incluidos el estoico kamaitachi Itaku y sus amigos, que les invitaron a pasarse después para celebrar un concurso de beber sake.
Cuando llegaron a la altura de la delegación de Kyushu, Rikuo se quedó atónito.
—¿Has invitado también a Tsuchigumo? —exclamó el joven señor de los Abe alarmado.
En efecto, el gigante de seis brazos de Kyushu (había ido perdiendo brazos a lo largo de las batallas, pero después de una cura de varios años, volvía a tener sus miembros originales) estaba tumbado sobre la hierba del jardín, rodeado de toneles de alcohol y carros enteros de viandas; por esa razón Rikuo no lo había distinguido hasta entonces.
Rikuo tenía buenas razones para alarmarse. Tsuchigumo era un yokai guerrero que vivía sólo para combatir a los rivales más fuertes. En las leyendas era descrito como una fuerza de la naturaleza, más parecido a un terremoto o un tifón. Rikuo había sufrido en sus propias carnes los brutales golpes de Tsuchigumo, y no estaba dispuesto a repetir la experiencia, incluso si el gigante había colaborado en la lucha contra Sanmoto Gorozaemon.
—Como dicen los sabios, hay que tener a los amigos cerca, y a los enemigos aún más cerca —dijo Hagoromo-Gitsune.
—¿Y cuál de ellos es Tsuchigumo? —preguntó Rikuo, enarcando la ceja.
—Eso depende de él —respondió su abuela. Como el muchacho no parecía convencido, la kitsune añadió—: Su hermano está aquí y ha prometido que se comportará, al menos por hoy.
Más adelante se toparon con otro invitado no del todo deseado.
—Nos volvemos a encontrar, Abe no Rikuo —dijo Tamazuki, heredero de los yokai de Shikoku, arrastrando las palabras.
Rikuo frunció el ceño. Aunque siempre trataba de ver el lado positivo de los demás, Tamazuki no le caía bien. El ambicioso tanuki había asesinado a sus hermanos y se había hecho con el control de Shikoku. Luego había atacado Kioto, convencido de que su alianza con el Clan de las Cien Historias sería suficiente para darle la victoria. Por supuesto, los sirvientes de Sanmoto Gorozaemon lo traicionaron y abandonaron. En la lucha, Tamazuki perdió uno de sus brazos, recibió una fea herida en la cara, y tuvo que soportar la vergüenza de arrodillarse ante Hagoromo-Gitsune y declararse vasallo del Clan Abe. Desde entonces, Shikoku estaba bajo la égida de Kioto.
Además, había otra razón personal por la que Rikuo se llevaba mal con Tamazuki. Durante su campaña de terror en Kioto, el líder tanuki había asesinado al padre de Kyokotsu. La pobre niña había sufrido mucho por su culpa. Aunque los que lo conocían decían que Tamazuki había cambiado mucho desde su dolorosa derrota en Kioto, Rikuo no confiaba en él.
Fingiendo indiferencia ante la hostilidad de sus anfitriones, Tamazuki acarició al perro que le acompañaba y que era su mascota más querida.
—Mi padre expresa su profunda lástima por no poder asistir a la boda. Los achaques de la vejez lo tienen casi postrado. Por eso me ha enviado a mí —explicó Tamazuki en tono monótono—. Por cierto, enhorabuena por tu matrimonio, Abe no Rikuo. Cumples el deber de prolongar tu linaje más rápido que tu padre.
—No me he casado porque quiera tener herederos cuanto antes —masculló Rikuo.
—Ah, entonces es para reforzar la alianza con el Clan Nura, supongo. Porque resultaría francamente extraño que el heredero de una familia tan antigua y honorable como el Clan Abe se case por amor.
Rikuo hizo caso omiso de las palabras de Tamazuki y, tras excusarse, siguió adelante.
—Que no se acerque a Kyokotsu —le susurró a su abuela.
—Descuida —respondió Hagoromo-Gitsune—. No pienso permitir que ese tanuki de provincias le amargue el día a Kyokotsu. Ni tampoco a ti.
Rikuo esbozó una media sonrisa.
—Quien quiera estropearme un día tan feliz como este, tiene que esforzarse mucho.
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Unas mesas más allá, Yura, la líder de la familia Keikain, los exorcistas más famosos de Kioto, observó a la feliz pareja de recién casados con ojos apagados.
—Deja de suspirar, canija. Me estás amargando la comida —dijo una voz a su lado.
Yura le lanzó una mirada asesina a su hermano, que por desgracia estaba sentado justo al lado de ella. El muy pesado seguía metiéndose con ella a pesar de que Yura se había convertido en la cabeza de familia. Además, sabía por dónde atacar. La amiga de la infancia de Rikuo había cambiado en muchas cosas, incluso se había dejado el pelo largo, pero su estatura apenas había variado.
Era irónico, sin embargo, que Ryuji se metiese con ella por eso. Su hermano mayor también era bajito para su edad, y era conocido por todos que gustaba de llevar el pelo en punta y usar zapatos con suelas altas, para disimular.
—No estoy suspirando —se defendió Yura.
—Lo que sea. Si tanta pena te da no ser la actual señora Abe, haberte declarado antes.
—¿Es así como le hablas a la líder de la familia? —le espetó la onmyoji malhumorada.
—Prerrogativas de hermano mayor —respondió Ryuji sin pizca de vergüenza—. Además, alguien debe mantenerte los pies en el suelo. De otro modo, te creerías todos esos halagos que dicen sobre ti. Que si "la exorcista más talentosa en 400 años", que si "la portavoz del entendimiento entre humanos y yokai, que si "la defensora de Japón", que si "qué pelo más bonito tiene, ¿qué champú utiliza?", etc.
Yura no sabía si sonrojarse o estrangular a Ryuji. Por fortuna, su primo Akifusa acudió al rescate.
—Vamos, Ryuji, no estropeemos una velada tan agradable. Como representantes de los onmyoji, tenemos que dar ejemplo. Esta invitación no es sólo una manera de reconocer nuestros esfuerzos para salvar Kioto; también es un ejercicio de responsabilidad.
—Bueno, cuando te cases, tú decidirás cómo y por qué invitas a la gente. Yo no he venido a dar ejemplo. Yo he venido por la comida.
A su lado, su primo Mamiru asintió con su perenne cara inexpresiva.
—Comida —repitió Mamiru, observando los platos que tenían frente a ellos.
Estaban en una mesa extraoficialmente reservada a los invitados humanos. No era una degradación, ojo; después de los yokai del Clan Nura, que formaban parte de la familia de la esposa, ellos tenían la mesa más cercana a la de los anfitriones. Muy probablemente porque Yura era la mejor amiga de Rikuo.
Un poco más allá, varios políticos locales y sus parejas observaban con ojos muy abiertos la multitud de yokai reunidos en el jardín de la mansión. Para muchos humanos, la visión de aquellas criaturas seguía causando asombro y extrañeza.
—Creo que la esposa de ese empresario gordo se ha desmayado —observó Ryuji—. Si no iba a aguantar el panorama, mejor que no hubiera venido.
—¿Por eso no has traído a Asumi? La pobre debe estar muy decepcionada —atacó Yura.
Ryuji frunció el ceño.
—Agh, no me hables. He intentado hacerle comprender que salir con un onmyoji no es buena idea, pero cada vez que le cuento historias de terror, sólo consigo que se interese más en mí.
—¿Y eso no es bueno? —le pinchó su hermana.
—A saber. Tengo miedo de que a este paso me casaré antes que Akifusa.
Su primo le dirigió una mirada de advertencia.
—Mi vida sentimental es privada y, en todo caso, no debería condicionar la tuya.
—Entonces, ¿estás saliendo ya con Momoishi? —preguntó Yura llena de curiosidad—. Has estado pidiendo muchos permisos para viajar al monte Osore...
—Ejem —Akifusa carraspeó—. Atengámonos al banquete, ¿os parece?
Los dos hermanos dejaron de atosigar a su primo y se concentraron en la comida.
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Después de probar decenas de platos distintos, algunos hechos con recetas de la época Heian, los comensales empezaron a pedir copas para beber y a juntarse en grupos para charlar. Hagoromo-Gitsune se disculpó y fue a buscar a Nura Rihan. Tenían que hablar de cosas serias. Rikuo vio a los dos grandes líderes yokai entrar en la mansión, pero no les siguió. La política era, por ahora, responsabilidad de su abuela. Sus muchas reencarnaciones en el pasado la hacían una experta en esos temas.
—Kuzunoha siempre se queja, pero creo que en el fondo le gusta la política —comentó Wakana, un poco achispada por el licor de arroz.
—Sí. Padre quería que su última reencarnación fuese tranquila y feliz, pero me temo que es imposible —dijo Rikuo, un poco apesadumbrado.
—Bueno, pero ahora tiene más tiempo para hacer lo que quiera, ¿no? —intervino Tsurara—. Según lo que dijo el señor Sojobo, es posible que la señora Hagoromo-Gitsune pueda vivir más tiempo en su cuerpo humano gracias a haber despertado la sangre del Nurarihyon que hay en él.
—Eso no lo sabemos con seguridad —repuso su marido—. En cualquier caso, me alegro de que los problemas con los que tiene que lidiar ahora sean sólo políticos y periodistas.
—¡Por la paz y la felicidad! —exclamó Hakuzozu, pidiendo un brindis.
—¡Por la paz y la felicidad! —se apuntó Kyokotsu—. ¡Y por la hermana mayor, y por el hermano mayor, y por Tsurara-nee-san!
Todos los asistentes de la mesa se unieron al brindis.
Y entonces se desencadenó el infierno.
Fuego. No, bolas de fuego. Proyectiles ígneos cayeron como granizo sobre las cabezas de los invitados a la boda. Cada vez que tocaban tela o madera, explotaban y causaban daños en los alrededores. Los invitados corrieron despavoridos, pero cuando algunos trataron de buscar refugio en la mansión, una barrera de fuego se interpuso en su camino.
—¿QUÉ ESTÁ PASANDO? —gritaron todos.
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Desde las alturas, una figura flotante contemplaba con deleite a los aterrorizados asistentes al banquete. De vez en cuando, lanzaba más bolas de fuego para causar el terror entre sus víctimas.
Era una persona extraña, eso desde luego. Alguien podría haberlo confundido con un chico joven, tal vez un estudiante de instituto o de universidad, de aspecto fiero y constitución atlética. Nada fuera de lo normal, salvo por su túnica negra que parecía anacrónica en aquella época moderna. Sin embargo, aquel personaje había realizado una drástica cirugía en su propio cuerpo. Su brazo izquierdo estaba hecho de fuego. Su brazo derecho, de agua. Su pierna derecha era de arcilla, y su pierna izquierda de metal. Lo más normal en él era su pelo, recogido en varias coletas con cuentas de madera entrelazadas.
—¡Escuchadme, gusanos! —gritó el atacante desde el aire—. ¡Soy Gokadoin Hiruko! ¡Recordadlo cuando os vayáis al infierno! ¡Es el nombre del onmyoji más fuerte del mundo!
Pocos comprendieron sus palabras. Sin embargo, hubo algunos que reaccionaron con sorpresa.
—¿Gokadoin? —murmuró Ryuji para sí mismo. Los onmyoji conocían aquel nombre, susurrado en lugares oscuros. Eran exorcistas de alta categoría, con contactos en las altas esferas, pero rara vez se mezclaban con otros onmyoji. Su aparición allí no podía significar nada bueno.
—Gokadoin... —repitió el Gran Tengu del monte Kurama entre susurros. Aquel nombre le traía recuerdos amargos de siglos atrás.
Hiruko se dispuso a lanzar una nueva lluvia de fuego sobre los invitados, pero para su sorpresa descubrió que una barrera mágica bloqueaba la mayor parte de sus proyectiles.
—¿Qué es esto? —masculló el Gokadoin enfadado—. Ah, ya... Malditos Keikain.
Los onmyoji de la familia Keikain se habían incorporado y habían trazado sus sellos de protección. Era una medida temporal, pero de momento era suficiente para interrumpir el ataque enemigo.
—¡No vamos a permitir que conviertas este lugar en una masacre! —proclamó Yura.
—¡Ja! ¡Cómo si vosotros, onmyoji de pacotilla, pudieseis detener al Octavo Líder de la gloriosa casa Gokadoin! —se burló Hiruko desde las alturas.
Un grupo de yokai voladores, liderados por Hakuzozu, se dispuso a interceptar al Gokadoin, pero su oponente no pareció impresionado en lo más mínimo, a pesar de que se enfrentaba a más de cien monstruos y demonios con alas.
—¡Por la señora Hagoromo-Gitsune! ¡Por Kioto! —exclamó Hakuzozu, enarbolando su enorme lanza.
—Apartad, mosquitas muertas. No tengo ganas de jugar con vosotros —dijo Hiruko.
Al momento, un torrente de energía arrasó las filas de la patrulla aérea de los yokai de Kioto. El mismo Hakuzozu se precipitó contra el suelo, con un lado de su cara completamente achicharrado.
—¡Hakuzozu! —gritó Rikuo.
Se transformó. El muchacho de cabello castaño y ojos amables dio paso a un atrevido kitsune de dos colas, cabello blanco y decididos ojos carmesíes. De un salto, se plantó al lado de su fiel camarada. Estaba vivo, más de lo que se podía decir de otros desdichados de la patrulla aérea, pero la quemadura le causaba un dolor infernal.
—Joven... señor... —murmuró Hakuzozu.
—¡Tsurara! ¡Necesito tu ayuda! —exclamó Rikuo.
—¡Voy! —respondió su esposa.
Por desgracia, Hiruko no estaba dispuesto a concederles ni un minuto de respiro. La barrera de los Keikain era un problema, pero podía superarla fácilmente si aplicaba suficiente fuerza bruta.
Con un gesto de sus manos, empezó a acumular energía de los cinco elementos que componían su cuerpo, los cinco elementos del Wu Xing, la base del onmyodo.
—¡Ja, ja, ja! Sólo yo, que he dedicado mi vida y mi cuerpo al Wu Xing, soy capaz de realizar esta técnica suprema. ¡Alegraos! ¡Vais a contemplar de qué es capaz el más fuerte de los Gokadoin!
Yura y el resto de los exorcistas Keikain se quedaron alelados. Estaba combinando... ¿agua y fuego? ¿Elementos opuestos? ¡Imposible! ¡Eso iba contra todas las reglas de los Cinco Elementos! Y sin embargo lo estaba haciendo, justo delante de sus ojos. Como si de una reacción nuclear se tratase, aquella técnica estaba liberando una cantidad indescriptible de energía.
—¡Corred! —les gritó Yura a los demás, incluido un asombrado Rikuo—. ¡Hay que salir de aquí cuanto antes! ¡Nuestra barrera no puede detener eso!
Hiruko no paraba de reírse.
—¡Ja, ja, ja! ¡Como si os fuera a dejar escapar! Vais a morir, bastardos miserables. ¡No quedará de vosotros ni una mota de polvo!
El Octavo Líder de los Gokadoin sostuvo sobre su cabeza una inmensa bola de energía. Hasta el más torpe de los asistentes entendió que aquella cosa podía volatilizar el terreno entero de la mansión.
—¡Esfera de los Cinco Skandhas! ¡GOUKAIKYU!
La barrera de los Keikain lo debilitó un poco, pero no fue suficiente. Era imparable. Iban a morir.
Entonces, una sombra colosal se interpuso entre la bola de energía y su objetivo.
—¡Y yo que creía que no encontraría a un rival interesante! —bramó un borracho Tsuchigumo—. ¡Gracias, chaval! ¡Quiero probar esa "técnica suprema" de la que hablas!
—¡Hermano, no seas estúpido! —exclamó el líder del Clan Kumaso.
Tsuchigumo no hizo ni caso a su hermano. Se plantó con los pies en la tierra, tal como enseñaban en su clan. No era tonto. Pese a su bravata, comprendía que aquel ataque podía matarlo. Pero él era un miembro del clan araña de Tsukumo. Era uno con la tierra y pedía prestado su poder. Del mismo modo que la tierra recibía cualquier tipo de castigo y se recuperaba después, él haría lo mismo.
—¡Desapareced! —exclamó Hiruko.
—Ugh... ¡Vamos! —dijo Tsuchigumo, extendiendo sus brazos.
Hubo un fogonazo de energía, calor y dolor.
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Tsurara se incorporó, con dolor en todas las articulaciones.
—Rikuo... ¡Rikuo! ¿Dónde está Rikuo? —exclamó la Yuki-onna, mirando en todas direcciones.
Era un paisaje aterrador. Buena parte del jardín se había chamuscado. Había heridos por doquier. El peor de ellos, Tsuchigumo. El gigante de Kyushu estaba tendido en el suelo, respirando con dificultad. El ataque de Hiruko había destruido la mitad de su cuerpo. Aún así, era increíble, pero los había salvado.
—Hermano... —murmuró el líder del clan araña.
—Je, ahora ya no me volverás a decir que soy débil, ¿eh? —dijo Tsuchigumo, tratando de sonreír.
Tsurara buscó con la mirada hasta que encontró a Rikuo. El joven señor de los Abe había protegido con su cuerpo al malherido Hakuzozu.
—¡Rikuo! ¡Estás bien! —exclamó la Yuki-onna alborozada.
Por desgracia, su marido parecía estar en estado de shock. Aunque Hakuzozu seguía vivo, su mirada ahora estaba perdida en un punto a las espaldas de Tsurara. La dama de las nieves se dio la vuelta, extrañada, y entonces comprendió lo que horrorizaba a Rikuo.
La Mansión Abe había sido arrasada por la explosión. Más que bloquearla, lo que Tsuchigumo había conseguido había sido desviar la bola de energía destructiva lanzada por Hiruko. El resultado había sido que la centenaria casona, el hogar de los yokai de Kioto, se había desintegrado. Todos los cuadros, los muebles, las estanterías llenas de libros, la vajilla, los objetos de valor... y también algunos de los sirvientes que no habían salido al jardín. Muchas vidas perdidas.
Y entre las víctimas, algunos se acordaron de quiénes habían sido vistos por última vez entrando en la mansión.
—¡Señora Hagoromo-Gitsune! —exclamó el esqueleto gigante Gashadokuro, horrorizado.
—¡Rihan! —exclamó por su parte Setsura, al borde de las lágrimas.
En ese momento, hubo un pico de energía espiritual y nueve colas blancas de zorro brotaron de los escombros, limpiando la zona y abriendo camino a dos figuras cubiertas de polvo de arriba abajo. Eran Hagoromo-Gitsune y Nura Rihan. Eran demasiado poderosos para morir tan fácilmente, pero estaban muy enfadados.
—¿QUIÉN SE ATREVE A ATACAR MI HOGAR? —gritó Hagoromo-Gitsune con ira asesina.
A pesar de la amenaza implícita en el tono de la kitsune, Hiruko, flotando en las alturas, parecía más decepcionado que preocupado.
—¿No están muertos? —comentó con una mueca de desagrado—. Vaya, parece que resisten como cucarachas.
—Haces mal en subestimarlos, Octavo —dijo una voz a su espalda—. Aquí está reunida la flor y nata del mundo yokai, después de todo.
Hiruko se volvió con expresión irritada. Montados sobre una bandada de halcones negros, dos onmyoji vestidos con túnicas oscuras habían acudido a ayudarlo. En los labios de Hiruko se dibujó una mueca de desagrado. Arihiro y Nagachika eran, respectivamente, el Noveno y el Décimo Líder de la familia Gokadoin. Sin embargo, aunque se las daban de sabios sobre el onmyodo, lo cierto era que no estaban a su altura.
Arihiro había gobernado en tiempos de la Restauración Meiji, cuando la luz fue poderosa en Japón. Nagachika, por su parte, había vivido los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero esa era una destrucción causada por la mano del hombre, no por los yokai. Hiruko, por el contrario, había dirigido la familia durante los caóticos tiempos del Bakumatsu, con la llegada de los barcos extranjeros, las guerras civiles y el fin del shogunato Tokugawa. Había sido un periodo corto, pero de gran oscuridad, y había sido tarea suya evitar que muchos yokai ambiciosos tratasen de aprovecharse de esa oportunidad para crear más caos.
Él sólo se bastaba para acabar con sus enemigos. No necesitaba carabinas.
—No me gusta que me estropeen la diversión —les dijo a sus camaradas.
—De acuerdo, de acuerdo —concedió Nagachika con diplomacia—. Pero termina ya, ¿quieres? El Primero quiere empezar cuanto antes con el siguiente paso de la Purificación.
—¡Cadena del Cielo, Luna Cortante! ¡TENSA ZANGETSU!
Los tres Gokadoin esquivaron sin mucho problema una ola de energía cortante dirigida hacia ellos, aunque varios de los halcones-shikigami de Arihiro desaparecieron.
—Vaya, el nieto de la kitsune tiene garras —comentó Nagachika.
En el suelo, con una mirada inquietante, Rikuo empuñaba la espada exorcista Nenekirimaru y la espada larga Ichibi no Tachi, nacida de su propio "miedo".
No era el único que se preparaba para el combate. Pasado el efecto sorpresa, y a pesar del horror del ataque, en aquel lugar habían una legión de yokai y onmyoji que habían vivido muchas batallas. No iban a rendirse tan fácilmente.
—Oh, qué miedo —se burló Nagachika—. No obstante, creo que podrían causar problemas.
—¡Bah! ¡Haré otra Esfera de los Cinco Skandhas y los arrasaré! —proclamó Hiruko.
—Sí, pero sería la primera vez que utilizas esa técnica dos veces seguidas en un mismo día, ¿no? —señaló Arihiro—. Necesitas concentrarte. Nosotros podemos ganar tiempo para que puedas matar a estos monstruos y sus amigos, de una vez y para siempre.
Hiruko aceptó su oferta a regañadientes. Aborrecía mostrar cualquier signo de debilidad, pero era verdad que aquellos yokai podían ser una distracción demasiado molesta.
—Adelante —dijo Hiruko—. Pero más vale que os apartéis cuando lance mi ataque, o vosotros también quedaréis hechos papilla.
—No te preocupes —le dijo Nagachika—. ¡Vamos, Arihiro!
El Noveno Líder de los Gokadoin se concentró, transmitiendo su energía espiritual a sus halcones.
—¡Múltiples shikigami! ¡Volad rectos y floreced, oh, descendientes de los halcones! ¡Incrementad vuestro número, oscureced su visión, estorbad sus movimientos y picad su carne muerta!
El cielo entero se llenó de aves negras, tapando el sol y cercenando el campo de visión de los presentes. Luego se abalanzaron sobre los invitados de la boda. Por separado eran poco más que una molestia, pero aquella bandada infinita podía matar poco a poco incluso al más fuerte de los yokai.
—¡Malditos bichos! ¡Ay! ¡Eso duele! —exclamó Aotabo enfadado. Dio manotazos sin cesar, pero por muchos halcones que matase, otros tantos ocupaban su lugar.
—¡Ao! ¡Por aquí! Sigue mi voz! —le llamó su amigo Kubinashi—. ¡Tenemos que crear un perímetro alrededor del señor Rihan!
—¡Voy!
Era una idea sensata. No sólo porque unidos podrían defenderse mejor, sino porque Kubinashi, como asesino experimentado que era, temía que el enemigo aprovechase esa oportunidad para atacar.
Y eso estaba haciendo Nagachika, de hecho. El Décimo Líder de los Gokadoin no quería quedarse de brazos cruzados. Su objetivo era Hagoromo-Gitsune, la Señora del Pandemónium. Aunque confiaba en la capacidad destructiva de Hiruko, no quería correr riesgos. Cuanto antes se desembarazasen de la yokai más poderosa de Japón, mejor para todos.
Por desgracia para él, Hagoromo-Gitsune tenía sus propios protectores.
—¡No pasarás! —le gritó Kyokotsu. La líder de la facción cadáver del Clan Abe estaba más acostumbrada aún que sus compañeros a la oscuridad, y había visto acercarse a aquel siniestro onmyoji—. ¡Te mataré antes de que le toques un solo pelo a la hermana mayor!
A un gesto, liberó un torrente de serpientes venenosas sobre Nagachika. El onmyoji sonrió.
Un segundo después, las serpientes se habían convertido en un amasijo de carne muerta a los pies del Gokadoin.
—¿Pero qué...?
—Tú debes de ser Kyokotsu del Clan Abe, ¿verdad? Permíteme que te ilustre —le dijo Nagachika con fingida amabilidad—. Verás, mi vista siempre fue muy mala. Apenas puedo ver lo que se encuentra a más de dos metros y medio de mí. Muchos dijeron que jamás llegaría a ser un líder de la familia. Sin embargo, dentro de ese rango, mi visión es perfecta. Más que perfecta. Combinada con mi técnica de espada, he creado mi Kekkaigan, una "barrera ocular". Todo lo que entra dentro de mi barrera, lo reduzco a pedazos. Ni las balas de una ametralladora podrían tocarme.
—¿Y qué tal unas hojas? Poder divino, hojas de otoño arrojadas como piedras, Kureha Tsubute.
Un torbellino de hojas envolvió a Nagachika. Sin embargo, el Décimo las destruyó con la misma facilidad con la que había matado a las serpientes de Kyokotsu.
—Ah, y tú debes de ser el joven señor de Shikoku, Inugamigyobu Tanuki Tamazuki —saludó Nagachika al recién llegado—. ¿No mataste tú al padre de esta ayakashi? ¿Por qué querrías protegerla ahora?
—Tengo mis razones —se limitó a responder Tamazuki.
—Entiendo. Sin embargo, ahora morirás con ella —declaró el onmyoji—. Tus hojas no pueden tocarme... pero yo a ti sí. Un paso más, y estás dentro de mi barrera ocular. ¡Nada puede escapar de mi espada dentro de este radio de dos metros y medio! ¡Estás atrapado, tanuki! ¿Lo ves? ¡Estos son tus últimos momentos!
Pero Tamazuki ni siquiera se inmutó. Parecía más interesado en contener a su perro, que ladraba sin parar.
—¿Estás seguro de eso, exorcista?
Apenas dijo eso, cuando la piel de Gokadoin Nagachika empezó a llenarse de hemorragias sangrantes y pústulas infectas que deformaron su cara y sus brazos. La espada se le cayó de las manos.
—¡AAAAAAAH! —gritó el arrogante onmyoji, loco de dolor—. ¿Qué es esto? ¿QUÉ ES ESTO?
—Gracias por haber pulverizado esas hojas antes —le dijo Tamazuki con una sonrisa maliciosa—. Verás, estas hojas se suelen utilizar como medicamento. Sin embargo, si aplico un poco de mi energía espiritual, se convierten en un veneno mortal. Al pulverizarlas, sólo has conseguido acelerar su efecto. Mira, tu sangre está cambiando el color de las hojas. ¿No es hermoso?
El agonizante onmyoji sintió cómo la vida se le escapaba.
—Un simple tanuki... Me ha matado un simple tanuki... Yo... que he vivido más de cien años... voy a morir así...
—No sé con qué clase de enemigos has luchado, onmyoji, pero yo tengo mi ambición. No voy a dejar que un "Gokadoin" o como os llaméis se interponga en mi camino.
Probablemente Gokadoin Nagachika no oyó sus últimas palabras, porque con un último estertor cayó muerto sobre el suelo cubierto de hojas.
Kyokotsu se lo quedó mirando con ojos asombrados. Sin embargo, luego apartó la mirada.
—No pienso agradecerte esto —le espetó a Tamazuki—. Te odio y te odiaré siempre.
—No esperaba otra cosa —repuso el tanuki sin darle importancia—. En cualquier caso, ahora hay un enemigo menos.
Sí, había un enemigo menos, pero los dos restantes eran muy problemáticos. Arihiro seguía mandando sus halcones contra los congregados y Hiruko estaba a punto de culminar su segunda Esfera de los Cinco Skandhas. El tiempo corría en su contra.
—Meapilas, ¿te están aburriendo estos pajarracos tanto como a mí? —le dijo Ibaraki-Doji a su camarada Shokera.
—Así es, Ibaraki-Doji. ¿No crees que deberíamos hacer algo?
—Me has leído la mente, santurrón. ¿Empiezas tú o empiezo yo?
—Por favor, permíteme.
Shokera alzó su lanza en forma de crucifijo y exclamó:
—¡Que se haga la luz!
Un brillo cegador brotó del líder de la facción insecto del Clan Abe. Mientras de él brotaban alas y aguijones, deformando su aspecto hasta convertirlo en un monstruo artrópodo, su energía aumentaba hasta el punto que los halcones-shikigami tenían que apartarse.
—Y la luz se hizo —declaró Shokera.
Un rayo de energía espiritual en forma de cruz cayó desde las alturas, abriendo un boquete en la bandada de halcones negros de Arihiro. El Noveno Líder de los Gokadoin quedó entonces a la vista de todos. Un blanco perfecto.
—¡Más halcones! ¡Más halcones! —intentó invocar Arihiro, pero era demasiado tarde.
—¡Tambor del demonio! ¡Ondeko! —exclamó Ibaraki-Doji.
El líder de los oni, tan aterrador como siempre (ni siquiera los halcones habían podido romper la lápida que tapaba medio lado de su cara) dibujó un círculo de energía sobre su cabeza. Un instante después, varios rayos partieron como flechas en dirección a su enemigo.
—¡Aaaagh! —gritó Gokadoin Arihiro.
Una vez alcanzado, Ibaraki-Doji no paró de mandar descargas eléctricas contra él. Electrocutado hasta límites más allá de la resistencia humana, el cuerpo carbonizado de Arihiro cayó sobre el suelo desde una altura de varios metros. Al instante, su bandada de halcones negros desapareció.
—¡Otro menos! ¡Ya son nuestros! —celebró Ibaraki-Doji.
—¡Corrección, demonio! ¡Ya sois míos! —exclamó Hiruko.
Los rostros de muchos de los presentes palidecieron de terror. La bola de energía que el Octavo Líder de los Gokadoin sostenía sobre su cabeza era aún más grande que la anterior. Aquella cosa era comparable a una bomba nuclear. Si impactaba contra el suelo, no sólo los terrenos de la mansión, sino toda la ciudad de Kioto sería borrada del mapa.
Hiruko parecía más enfadado que nunca.
—¡Ya estoy harto! ¡Os voy a mandar al infierno con un bang!
—¡No si puedo evitarlo! ¡No eres el único onmyoji en este lugar! —declaró Yura—. ¡Invoco tu poder, Hagun! ¡Fusión humano-shikigami! ¡FUSIÓN A TRES!
Yura liberó una cantidad espiritual abrumadora, que hizo que incluso Hiruko se fijase en ella. Su traje de gala para la boda había desaparecido, y en su lugar mostraba ahora el atuendo de una sacerdotisa. Además, sostenía en las manos un arco de aspecto amenazador.
—¡Yomi Okuri, Yura Max Revised! —exclamó la joven onmyoji—. ¡FLECHA DIVINA!
Hiruko tenía las manos ocupadas, así que no pudo evitar que la flecha de energía de Yura le golpease en el centro del torso. Sin embargo, no explotó. Hiruko era demasiado poderoso.
—Ja... Buen golpe, cucaracha... pero no es suficiente para acabar conmigo... —dijo Hiruko entre jadeos.
—¡Tal vez no, pero he cortocircuitado tu ciclo de Cinco Elementos! —afirmó Yura.
"¡Maldición! ¡Es verdad!", pensó Hiruko. No podía conectar sus extremidades. Por fortuna, era una situación temporal. Si se concentraba, podía purificar su cuerpo de la energía intrusa que le había clavado esa maldita Keikain en el pecho.
Por desgracia para él, sus enemigos no estaban dispuestos a darle esa oportunidad.
—¡Gashadokuro! —llamó Rikuo al esqueleto gigante—. ¡Te necesito!
—¡Estoy a vuestras órdenes, joven señor! —dijo su fiel vasallo.
—¡Lánzame! —le pidió Rikuo.
El esqueleto gigante se quedó confundido.
—¿Qué?
—¡Lánzame contra Hiruko! —repitió Rikuo—. ¡Rápido, antes de que se recupere! ¡Eres el único que puede hacerlo!
Consciente de la gravedad de la situación, Gashadokuro no perdió tiempo en sujetar a Rikuo en sus huesudas manos y en lanzarlo por los aires, directo hacia Gokadoin Hiruko.
—¡Maldito bastardo! —bramó el onmyoji.
Rikuo preparó sus dos espadas. Había entrenado con Ibaraki-Doji para aprender a manejar dos katanas a la vez. No podía fallar ese golpe.
—¡Estás acabado, Hiruko! —exclamó Rikuo.
Un segundo, los dos chocaron. Al segundo siguiente, Rikuo cayó. Shokera zumbó raudo y veloz para evitar que se estrellase contra el suelo. Todos se quedaron mirando a Hiruko. ¿Había conseguido Rikuo acabar con él, o había fallado?
—Infiernos... ¿Perder, yo? No es posible... —dijo Hiruko. Su voz se quebró, a punto de llorar—. Esto no está pasando... ¡No! No quiero morir...
El cuerpo de Gokadoin Hiruko se desintegró. La bola de energía que había conseguido reunir se disipó a los cuatro vientos.
Habían ganado.
Sonaron los hurras a lo largo y ancho del jardín. Sin embargo, Rikuo parecía ensimismado.
Yura se acercó a él, aún con el uniforme de su Fusión a Tres. Gracias a los años de entrenamiento, ahora podía mantener aquella forma durante más tiempo.
—Es el primer humano que has matado en tu vida, ¿verdad? —comentó Yura. Había entendido antes que nadie qué era lo que reconcomía a su amigo de la infancia—. Por muchos discursos sobre la igualdad que hagas, hasta ahora sólo has matado yokai.
—Sí.
Yura suspiró y le dio una palmada amistosa en el hombro.
—No te tortures por eso. Has hecho lo que debías. Humano o yokai, nos habría matado a todos.
—¡Rikuo! —exclamó entonces Tsurara, lanzándose a los brazos de su esposo—. ¡Has estado fantástico! Venga, ahora que el peligro ha pasado, tenemos que ayudar a quitar los escombros y... y...
La dama de las nieves no pudo continuar. Porque ante la puerta destrozada del muro que rodeaba los terrenos de la mansión, una nueva figura vestida en una túnica negra había aparecido. Era un hombre joven, de barba rala, y ojos dorados que indicaban la presencia de sangre sobrenatural.
—Veo que habéis matado al Octavo, el Noveno y el Décimo —señaló el recién llegado en tono de censura—. Pero esto acaba de empezar.
Rikuo se encaró con él, aunque guardando las distancias. No sabía de lo que era capaz este nuevo onmyoji.
—¡Tú! ¿Eres tú el responsable de esta destrucción? ¿Quién eres? ¡Por qué nos atacas? —exigió saber el joven señor de los Abe.
—¿Que quién soy yo? ¿Es que acaso tu padre y tu abuela no te hablaron de mí? —dijo su interlocutor con extrañeza.
Hagoromo-Gitsune se adelantó.
—Rikuo, no hagas caso a lo que ese indeseable... —empezó a decir la kitsune, pero el onmyoji la interrumpió.
—¿Así llamas a la sangre de tu sangre, abuela Kuzunoha? Para que lo sepas, Abe no Rikuo, yo soy Abe no Yoshihira, el Primer Líder de los Gokadoin, la última barrera de defensa de Japón contra los peligros del mundo sobrenatural. Pero lo más importante es que soy el primogénito de Abe no Seimei. Sí, lo has oído bien. Yo soy tu hermano, Rikuo.
Rikuo estaba anonadado, al igual que muchos otros de los presentes.
—¿Mi hermano? —repitió el muchacho con incredulidad.
—Pregúntale a nuestra abuela, si no me crees —dijo Yoshihira—. Ahora, tendrás que disculparme. Habéis obtenido una victoria, sí, pero es una victoria temporal. La Purificación acaba de empezar. Cuando termine, habremos limpiado este país, no, el mundo entero de las criaturas de la oscuridad como vosotros. Los humanos que ayuden a los yokai, traidores a la raza, serán purificados también. El Primero ha hablado.
De repente, la figura se esfumó y en su lugar apareció en el suelo un monigote de papel.
—Debí suponerlo —masculló Ryuji—. El muy cerdo ha estado hablando con nosotros a través de un shikigami.
Pero Rikuo no tenía ganas de pensar en los medios de comunicación usados por Yoshihira. Ni Yura ni Tsurara lograron que les hiciera caso. Sus ojos estaban clavados en una sola persona: su abuela, Hagoromo-Gitsune. La señora de los yokai de Kioto había adoptado una expresión compungida que era extremadamente rara en ella, tan orgullosa habitualmente.
—Abuela, tenemos que hablar —dijo Rikuo.
La kitsune asintió con aire sombrío.
—Sí, tenemos que hablar.
Notas adicionales:
Bienvenidos, mis viejos lectores, y bienvenidos los nuevos también (si hay alguno), al Gran Final de la saga de Kitsune no Mago. Como podéis comprobar desde el título mismo, los villanos de esta particular historia son los miembros de la familia Gokadoin, un clan de poderosos exorcistas que aparecieron en el manga de Nurarihyon no Mago en el capítulo 182 (por desgracia, no serán conocidos por los fans que sólo siguieron el anime).
Para mayor comodidad de los interesados, a continuación dejo una tabla con los líderes de la familia Gokadoin y sus años de "reinado". Así, sólo necesitaréis consultar este primer capítulo si os perdéis con el baile de nombres y años.
Primero: Abe no Yoshihira (1005-1185, fin de la era Heian y la guerra Genpei)
Segunda: Abe no Orochi (1185-1333, shogunato Kamakura)
Tercero: Abe no Ariyuki (1334-1392, periodo Nanboku-cho)
Cuarto: ? (1393-1476, shogunato Ashikaga y guerra Onin)
Quinta: Gokadoin Yuiyui (1477-1568, el Sengoku jidai)
Sexto: Gokadoin Tenkai (1569-1643, periodo Azuchi-Momoyama)
Séptimo: Gokadoin Yasutada (1644-1852, shogunato Tokugawa)
Octavo: Gokadoin Hiruko (1853-1867, el Bakumatsu)
Noveno: Gokadoin Arihiro (1868-1926, Restauración Meiji y periodo Taisho)
Décimo: Gokadoin Nagachika (1927-1945, periodo Showa hasta el final de la Segunda Guerra Mundial)
(Los fans del manga notarán que el orden tiene algo distinto respecto al del canon; la explicación es sencilla y será revelada en el próximo capítulo).
Como hice con el pasado fic, prometo actualizaciones regulares (al menos una vez al mes) y la no inclusión de OCs. La saga de los Gokadoin en el manga original ya tiene bastantes personajes nuevos, como para añadir más.
Otras notas varias:
* Los lectores más atentos del fic anterior recordarán que varios de los Gokadoin han sido mencionados o han aparecido en capítulos anteriores de Kitsune no Mago; también Taisei, aunque él no es uno de los líderes de los Gokadoin.
* Asumi es una compañera de clase de Ryuji en el manga. Aparece en mi fic en el capítulo "Complot para un magnicidio". Momoishi es una médium del monte Osore que acompañó a Akifusa mientras este reforjaba la espada Nenekirimaru. Apareció en el capítulo del fic "El monte del miedo".
* Los "cinco skandhas" que menciona Hiruko en su ataque no son los cinco elementos del Wu Xing, sino los cinco agregados que en budismo definen la experiencia vital de una persona. Son cuerpo, sentimiento, memoria, voluntad y conciencia (dependiendo de la traducción). Bastante espiritual para una explosión nuclear, pero es que los Gokadoin son ante todo exorcistas.
Próximo capítulo: "Abe y Gokadoin".
