Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo y Tsurara se han casado. Al banquete invitan a todos sus amigos, desde los onmyoji Keikain hasta la familia Nura. Por desgracia, su felicidad se rompe cuando unos misteriosos exorcistas vestidos de negro atacan la mansión. Aunque el ataque es rechazado, su líder, Abe no Yoshihira, anuncia que es sólo el principio. Para sorpresa de Rikuo, también revela que él es hijo de Seimei.
Abe y Gokadoin
Después del ataque de Gokadoin Hiruko y sus dos asociados, los alrededores de la Mansión Abe se habían convertido en un hervidero de curiosos. Policías, paramédicos, vecinos preocupados y periodistas inquisitivos pululaban en torno a los terrenos como hormigas. Sin embargo, a muy pocos de ellos se les había permitido el paso. Especialmente no a los periodistas.
En una tienda de campaña habilitada como refugio improvisado, Hagoromo-Gitsune meditaba los pasos a seguir. Acababan de vendarle el hombro. La casa se le había caído encima y los escombros le habían causado heridas, aunque no era nada grave. No se podía decir lo mismo de varios de sus pobres sirvientes, que habían perecido en la destrucción de la mansión. Y aún así tenía que dar las gracias porque Tsuchigumo había desviado el grueso del ataque de Hiruko. Si el gigante de Kyushu no hubiese intervenido, la mitad de los invitados a la boda habrían muerto. Incluyendo a su propio nieto.
"¡Rayos! No soporto estar en deuda con nadie", pensó Hagoromo-Gitsune. "Especialmente con alguien como ese salvaje de Tsuchigumo".
Era una pena que no pudiesen utilizar su fuerza en los próximos días. Los Gokadoin atacarían de nuevo, de eso estaba muy segura, pero Tsuchigumo tenía la mitad de su cuerpo completamente chamuscada. No estaba en condiciones de pelear.
En cuanto al resto, las informaciones no eran buenas.
—63 muertos, la mayoría personal de limpieza y de las cocinas —le informó el Gran Tengu del monte Kurama. El anciano consejero del clan había acudido a la tienda de Hagoromo-Gitsune con el informe de bajas—. Es una cifra provisional. Es posible que haya más. Todavía estamos retirando los escombros de la casa.
—¿Qué hay de los invitados a la boda?
—Todos vivos, gracias a los dioses, aunque más de un centenar presentan quemaduras de mayor o menor gravedad —dijo el Gran Tengu—. Los humanos han sido conducidos a los paramédicos de fuera. Los doctores humanos están mejor dotados para tratar heridas humanas, después de todo.
Hagoromo-Gitsune frunció el ceño.
—¿Y quién se ocupa de nuestros heridos?
—Mis tengus, Señora de la Oscuridad —se apresuró a responder su consejero—. El señor Nura Rihan ha tenido también la gentileza de informarme que ha llamado a curanderos del grupo Zen de su clan. Se encuentran entre los mejores médicos del mundo sobrenatural.
La kitsune asintió distraída, pero estaba claro que tenía su mente en otra parte. El Gran Tengu sabía perfectamente en qué estaba pensando.
—Habrá que preparar una estrategia para hacer frente a los Gokadoin —dijo el consejero. No era una pregunta—. Era mucho esperar que se hubiesen olvidado de nosotros en todos estos siglos. Ahora han anunciado su intención alto y claro.
—¿Qué se comenta fuera de estos muros? —quiso saber Hagoromo-Gitsune.
—Por ahora, los medios humanos están diciendo que se trata de un ataque provocado por "extremistas anti-yokai". El nombre "Gokadoin" ha aparecido mencionado un par de veces, pero desconocen su auténtico significado. En cualquier caso, el hecho de que nos atacasen mientras estábamos celebrando una boda y que haya humanos entre los heridos nos hace quedar bien ante la opinión pública.
Hagoromo-Gitsune no dijo nada. No señaló, por ejemplo, que los humanos prefiriesen hablar de "extremistas" que de "terroristas". El adjetivo "terrorista", tan rápidamente utilizado en otras ocasiones, se reservaba únicamente para enemigos a los que se quería demonizar. Personas que odiaban a los seres sobrenaturales las había en muchas partes; llamarlas "terroristas" sería ofensivo.
"Panda de hipócritas", pensó la kitsune.
Era un castigo agridulce volver a las arenas movedizas de la política, tener que preocuparse de la imagen exterior y usar incluso las desgracias para ganarse las simpatías de los demás. Falta que hacía. Seimei había soñado mucho con la convivencia entre humanos y yokai, pero era un sueño que había que construir día a día.
El Gran Tengu del monte Kurama debió adivinar sus pensamientos, porque en ese momento añadió:
—Además de la policía y los médicos, los vecinos del barrio han traído material de socorro. Comida, ropa, medicina, mantas... Aunque comprenden nuestra reticencia a dejar entrar a personas ajenas al clan, muchos han expresado su deseo de ayudar en las tareas de rescate, aunque sólo sea para levantar los escombros.
Hagoromo-Gitsune se frotó la sien.
—Ugh... Supongo que tendré que mandar algún comunicado sobre lo "emocionada que me siento por la ayuda de mis convecinos de Kioto" después de esto —se quejó la kitsune—. Aún así, es una sorpresa agradable. Ingenua y patética, pero agradable. Ahora déjame, Sojobo. Tengo mucho en lo que pensar.
—Como digáis, señora Hagoromo-Gitsune —contestó el Gran Tengu, haciendo una reverencia.
La dama de alabastro se quedó sola en la tienda, pero luego decidió salir. No era bueno quedarse a solas con sus pensamientos. Eran demasiado oscuros, incluso para ella.
Paseó por entre las tiendas, comprobando cómo estaban los demás. Había miedo, dolor, pena y, sobre todo, mucha ira. Les habían atacado en su propio hogar. Esos Gokadoin tenían que pagar cara su afrenta.
Sin embargo, Hagoromo-Gitsune sabía que no sería una tarea fácil. Para la mayoría, los Gokadoin eran un mal recuerdo o no habían sabido de su existencia hasta aquel día. Sólo la vieja guardia del Clan Abe tenía aún en mente el terror de la primera Purificación, cuando sus enemigos aún no habían cambiado de apellido. Por si acaso, los exorcistas habían demostrado aquella tarde que su poder no era para tomárselo a broma.
Como tantas otras veces aquel día, Hagoromo-Gitsune dirigió sus ojos negros hacia las ruinas de lo que una vez había sido la orgullosa mansión del Clan Abe. Del edificio, un auténtico palacio construido al estilo occidental, sólo quedaban escombros. Lo único que se había salvado eran los más profundos sótanos de la casa, donde estaban los almacenes, varias cajas fuertes, y las mazmorras. Muchos objetos valiosos (y algunos peligrosos) se habían salvado. Pero eso a Hagoromo-Gitsune le importaba bien poco. Su hogar había sido destruido.
En ese momento, notó que una mano se posaba en su hombro. La kitsune se volvió con cierto desagrado. No le gustaba que nadie se tomase demasiadas confianzas con ella.
—No pongas esa cara, Kuzunoha. Incluso en los malos momentos, hay que mantener la sonrisa. Así los demás no se sentirán tan tristes —dijo Wakana.
Hagoromo-Gitsune suspiró. Por supuesto, tenía que ser su nuera. Nadie más se habría atrevido a dirigirse a ella de ese modo. La risueña viuda de Seimei no lo hacía con malicia. Al contrario, sentía el mayor de los respetos por su suegra. Sin embargo, Wakana también creía que la seriedad tenía un límite, y que el cariño verdadero y la felicidad eran más importantes que cualquier tradición o protocolo. Rikuo se parecía a ella en eso.
—Descuida, Kuzunoha. Reconstruiremos la casa y quedará tan bonita como antes —le aseguró Wakana.
—No son los ladrillos lo que me importa, sino los recuerdos perdidos —declaró la kitsune con una mueca.
—¡Entonces crearemos otros nuevos! No podemos dejar que esos malvados Gokadoin rompan nuestro espíritu, ¿no es así? ¡El Clan Abe es el mejor! —proclamó Wakana con una sonrisa de confianza.
Hagoromo-Gitsune gruñó, pero por dentro estaba satisfecha. Humana ingenua o no, su nuera era una auténtica Abe.
Por desgracia, su humor se enturbió cuando vio quién venía detrás de Wakana. Pese a los consejos de su madre, Rikuo estaba mortalmente serio y un aire de irritada impaciencia se desprendía de su semblante.
—Abuela, ya he esperado demasiado. Los heridos están siendo atendidos, los muertos están siendo llorados y la seguridad se ha reforzado —declaró el joven señor de los Abe—. Es hora de que me cuentes la verdad sobre los Gokadoin.
Hagoromo-Gitsune clavó sus ojos en los de Rikuo, en silencio. El muchacho permaneció callado, retándola a dar el primer paso. Finalmente, la kitsune asintió imperceptiblemente.
—De acuerdo. Sígueme, Rikuo. Es mucho lo que te tengo que contar.
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De vuelta en la tienda de campaña, sentados en dos incómodas sillas (aunque Hagoromo-Gitsune lo hacía con mucha más clase que su nieto), la Señora del Pandemónium empezó su relato.
—Aunque Yasuna no pudo convertirse en onmyoji, Seimei siguió sus pasos y entro en la corte imperial de Heian-kyo, la antigua Kioto. Allí, gracias a sus contactos y a su habilidad, logró convertirse en el jefe de los exorcistas del Emperador. Mientras tanto, creó el clan sobrenatural más poderoso de Japón y se convirtió en el primer Señor del Pandemónium.
—Eso ya lo sé, abuela. He oído mil veces la historia de cómo derrotó al demonio Shuten-Doji y empezó a reunir seguidores. Así nació el Clan Abe —dijo Rikuo en tono cansino.
—El clan sobrenatural con ese nombre, sí —Hagoromo-Gitsune asintió—, ¿pero sabes cómo nació el Clan Abe de los humanos?
Rikuo cerró la boca. No, no había pensado en eso. Era irónico, pero el clan yokai recibía su nombre por Abe no Seimei. Rara vez se había preocupado de la rama humana de los Abe.
—La familia Abe original tiene sus raíces en la provincia de Iga —le explicó su abuela—. Eran descendientes del emperador Kogen, y por tanto apoyaron siempre a los Yamato en la unificación del país. Muchos recibieron puestos de importancia durante el periodo Heian. Sin embargo, cuando llegó a la corte, Seimei tuvo problemas para labrarse una reputación.
—¿Por qué? Acabas de decir que la familia Abe era importante —señaló Rikuo.
—Sí, lo era —concedió Hagoromo-Gitsune—, pero por entonces los asuntos de onmyodo estaban bajo el control de la familia Kamo. Mi querido Yasuna estudió a las órdenes de Kamo no Tadayuki, pero cayó en desgracia cuando su prometida se suicidó y él huyó al bosque. Demasiados años fuera de la corte como para que su hijo fuera recibido con los brazos abiertos. Más aún cuando era el fruto de su relación con una campesina. Y eso fue antes de que el imbécil de Ashiya Doman empezase a hacer circular rumores sobre mi verdadera naturaleza...
La kitsune chasqueó la lengua disgustada.
—Abuela... —musitó Rikuo.
—Sí, lo sé, ya continúo. El caso es que Seimei lo pasó mal. Aunque su talento era innegable, los demás miembros de la familia Abe lo veían como a un bastardo, y sus colegas se reían de él a sus espaldas. Piojos idiotas y envidiosos. Tuvo que tragar mucha quina para adaptarse al mundo de la corte, y aún así siempre tuvo fama de excéntrico. Pero él quería estudiar, quería dominar los secretos del Yin y el Yang. Por eso aceptó los sacrificios que hiciesen falta para congraciarse con sus inferiores. Una estupidez, a mi parecer.
—¿Qué clase de sacrificios? —preguntó Rikuo.
—Oh, ya sabes, seguir el protocolo, ir a las fiestas de los personajes importantes, aprender las palabras que uno debía decir y las que uno debía olvidar, hacer trabajos por debajo de su categoría, casarse...
Aquello último disparó la atención del muchacho.
—¿Casarse? —repitió Rikuo asombrado.
—¿Tan extraño es? Estamos hablando de la nobleza, Rikuo. La mejor manera de subir en el escalafón es pactar un matrimonio de conveniencia con la persona adecuada.
Rikuo sacudió la cabeza, aún sorprendido.
—¡Pero el abuelo Yasuna se casó por amor! —señaló el joven señor de los Abe—. ¡Contigo!
—Y doy gracias a Inari por ello —respondió su abuela—. Pero antes de eso, mi Yasuna estuvo prometido con la protegida de Kamo no Tadayuki. Era normal que los aprendices se casasen con las hijas de sus maestros; así todo quedaba en familia. Que Yasuna y esa... mujer sintiesen algo parecido al amor el uno por el otro fue una feliz coincidencia.
—Una coincidencia que no se produjo con mi padre, ¿me equivoco? —apostilló Rikuo.
Hagoromo-Gitsune asintió en tono sombrío.
—Así es. La mujer con la que mi querido Seimei tuvo la desgracia de casarse era una mosquita muerta sin cerebro que sólo pensaba en las modas de la corte y que siempre le tuvo un pavor irracional al mundo sobrenatural. ¿Te puedes creer que incluso le obligó a dejar sus shikigami fuera de la casa porque le daban asco? Y mi Seimei siempre le dijo que sí, porque no quería problemas.
—¿Se enteró alguna vez de que mi padre también era amo de un clan de yokai? —preguntó Rikuo.
—Oh, sí. No fue bonito. Desde entonces durmieron en edificios separados.
—Eso significa que antes durmieron juntos.
Hagoromo-Gitsune enarcó una ceja en un gesto cargado de ironía.
—Claro que durmieron juntos. ¿O cómo crees si no que nació Yoshihira? Rikuo, ahora eres un hombre casado. Si de verdad necesitas que tu abuela te explique lo que debes hacer con esa Yuki-onna en la noche de bodas...
Rikuo se puso rojo como un tomate.
—Ya soy mayor para esa clase de burlas, abuela. Y mi mujer se llama "Tsurara", no "Yuki-onna", muchas gracias —le amonestó el muchacho—. Además, mi noche de bodas se ha visto arruinada por esos Gokadoin. Por eso necesito saber qué les mueve.
—Esa pregunta tiene fácil respuesta —dijo Hagoromo-Gitsune—. Les mueve un rencor de generaciones.
La kitsune se acomodó en su asiento antes de proseguir.
—Seimei tuvo muchos alumnos, especialmente cuando consiguió el puesto de astrólogo y adivino de la corte (y aún así esos estúpidos le condieron la responsabilidad de mantener el calendario al hijo de Kamo no Yasunori, porque ser un Kamo era más importante que tener talento). Algunos venían de familias humildes y fueron adoptados por la familia Abe, que iba desplazando a los Kamo dentro del onmyodo imperial. Sin embargo, sólo a Yoshihira le reveló todos los secretos de su arte.
—Entonces, ¿se llevaban bien?
Hagoromo-Gitsune hizo una mueca.
—No exactamente. Yoshihira creció al cuidado de su madre y esa pérfida mujer le llenó la cabeza de ideas malignas. Se lo advertí a Seimei, pero, como siempre, no me hizo caso. Para él, Yoshihira era su hijo. Su único hijo. Entonces el muy desagradecido le traicionó.
—¿Qué ocurrió? —quiso saber Rikuo.
Un destelló asesino asomó en los oscuros ojos de Hagoromo-Gitsune.
—Durante décadas, Seimei trató de descubrir el secreto de la inmortalidad. Taizan Fukunsai, así la llamó. Consiguió perfeccionarla cuando las arrugas ya surcaban su rostro, pero lo logró. Luego se la enseñó a su hijo y heredero. Su objetivo era gobernar como un rey inmortal el mundo de las tinieblas, mientras Yoshihira dirigía a los exorcistas del mundo humano. El equilibrio perfecto, Yin y Yang. Al menos en teoría.
No hacía falta ser un genio para saber que algo se torció en aquel plan, pensó Rikuo.
—Algo me dice que Yoshihira no estuvo de acuerdo —señaló el muchacho.
—En efecto. Yoshihira quería que la luz gobernase sin oposición. Que Seimei fingiese su propia muerte para vivir entre los ayakashi le parecía una traición a todo lo que representaba el onmyodo. Por eso, aunque durante un tiempo dirigió a los onmyoji del Emperador, luego fundó su propia facción. Una facción de exorcistas tan fanáticos como él, dispuestos a declarar una guerra santa contra las tinieblas.
—Los Gokadoin —dijo Rikuo.
—Bueno, entonces no se llamaban "Gokadoin", sino "Abe". De hecho, se consideraban a sí mismos el "verdadero" Clan Abe —dijo Hagoromo-Gitsune en tono venenoso—. No sé cuándo ni por qué se cambiaron el nombre, o por qué prefieren ahora esas ropas negras, ni me importa. Lo que sé es que el propio Yoshihira tuvo hijos y nietos, a los que les fue enseñando los secretos del onmyodo que había aprendido de Seimei. Aquellos que tenían talento dominaron la técnica de la inmortalidad y se convirtieron en los nuevos cabezas de su familia de extremistas. Al final, decidieron que eran lo suficientemente poderosos para implementar la Purificación.
Rikuo sintió un escalofrío. Su instinto le decía que aquel nombre no podía significar nada bueno.
—¿Qué es la Purificación, abuela?
Para su sorpresa, Hagoromo-Gitsune respondió con una pregunta:
—¿Cuál es el clan ayakashi más antiguo de Japón, Rikuo?
Rikuo tuvo que pensar su respuesta. Estaba seguro de que había gato encerrado.
—Eh... Pues nosotros, ¿no? El Clan Abe.
—Exacto. ¿Sabes cuál es la razón de eso?
—¿Que fuimos el primer clan yokai que se creó? —sugirió Rikuo dubitativamente.
—No. Seimei fue el primer Señor del Pandemónium, pero no el primer líder de una Procesión Nocturna. Antes de él estuvo Shuten-Doji, y antes que ese demonio hubo otros. No, la razón de que el Clan Abe sea el más viejo de los grupos sobrenaturales de Japón es que el resto fueron destruidos —explicó Hagoromo-Gitsune con voz gélida—. En eso consiste la Purificación, Rikuo: el exterminio de todos los seres sobrenaturales de Japón. Hace siglos, Yoshihira lo intentó. Sólo unos pocos clanes se salvaron, entre ellos nosotros y el clan araña de Kyushu. Ellos tenían la suerte de contar con una distracción tan grande como Tsuchigumo, por lo que...
—¡Espera, espera! —le pidió su nieto—. ¿Me estás diciendo que los Gokadoin, o los Abe, o como quiera que se llamasen entonces, estuvieron a punto de acabar con todos los yokai? ¿En serio?
Su abuela asintió con gravedad.
—Así es —confirmó la Señora del Pandemónium—. En aquel momento, la historia del mundo sobrenatural se interrumpió. Dejó de existir. Tanto los bárbaros yakuzas de Edo como los arrogantes ninjas de Toono son posteriores a nosotros. Ahora entiendes a lo que nos enfrentamos.
Rikuo se frotó la frente. Dioses, ya había sido bastante sorpresa el ataque de los Gokadoin y el descubrimiento de que tenía un hermano. Ahora, además, había averiguado que se enfrentaba a un clan compuesto de onmyoji inmortales y rencorosos que querían cometer un genocidio a gran escala. Sin embargo, que su abuela estuviese en aquel momento delante de él probaba que los Gokadoin habían sido detenidos antes en el pasado.
—¿Quién detuvo a Yoshihira? —quiso saber Rikuo.
—Tu padre, por supuesto. Aunque al principio fue muy reticente. No quería enfrentarse a su propio hijo. Sin embargo, él había jurado mantener el equilibrio entre la luz y la oscuridad. Así que, cuando Yoshihira marchaba sobre Kioto, salió a su encuentro. Solo. Quería resolver todo con un duelo honorable. Para mi sorpresa y la de otros, el traidor aceptó.
—Y mi padre ganó, claro —dijo Rikuo. Aquello lo explicaba todo.
Sin embargo, Hagoromo-Gitsune negó con la cabeza.
—Al contrario, perdió. Mi pobre hijo se dejó matar antes que hacer daño a sangre de su sangre. Una estupidez. Esa fue su primera muerte. Por eso después me pasé siglos tratando de resucitarlo.
—¿QUÉ? —exclamó Rikuo anonadado—. Pero... pero... ¿Entonces por qué Yoshihira no destruyó el Clan Abe?
Su abuela se cruzó de brazos.
—No lo sé. Nadie lo sabe, salvo tal vez el propio Yoshihira. Quizás su verdadero deseo había sido siempre matar a su padre, y la Purificación era sólo una excusa para ello. En cualquier caso, también había perdido a muchos de los suyos. Los exorcistas restantes se disolvieron. Algunos volvieron al redil, asqueados, y con el tiempo se congraciaron de nuevo con el emperador. Uno de sus descendientes, Abe no Arinaga, se decidió cambiar el apellido a Tsuchimikado para dejar ese pasado atrás.
—Pero los Gokadoin aún existen...
—Como he dicho, al principio utilizaban el nombre de Abe. No logramos establecer la conexión entre el grupo de Yoshihira y los Gokadoin hasta mucho tiempo después. En vez de guerras, los Gokadoin parecían contentos con moverse entre las sombras y ser discretos.
—Hasta hoy —puntualizó Rikuo.
—Hasta hoy —concedió su abuela—. Ahora tenemos que prepararnos para la batalla.
Rikuo agachó la cabeza apesadumbrado.
—¿En qué piensas, Rikuo? —le preguntó su abuela con cierta preocupación en su voz.
—Yo tampoco sé si seré capaz de enfrentarme a mi propio hermano —respondió él.
Entonces Hagoromo-Gitsune se agachó junto a su nieto y le tomó la cara entre sus manos pálidas.
—Por las venas de Yoshihira y los suyos corre sangre de kitsune. Mi sangre. Sin embargo, prefieren darle la espalda y asesinar a los que se interponen en su camino. Ellos no son tu familia, Rikuo —le dijo su abuela—. Tu verdadera familia está aquí, contigo. No lo olvides nunca.
El muchacho asintió.
—Lo sé, abuela. Nadie hará daño a mi familia. No si puedo evitarlo.
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Fuera de la tienda, dos damas esperaban a Rikuo con expresión preocupada y cierta incomodidad. Eran Tsurara y Yura, por supuesto. La dama de las nieves había estado ayudando sin parar en las tareas de rescate, mientras que Yura se había puesto en contacto con las autoridades y había ordenado a los suyos que buscasen toda la información disponible sobre los Gokadoin. Si esos malnacidos querían guerra, pronto aprenderían que no eran los únicos onmyoji de élite de Japón.
Ahora, sin embargo, las dos aguardaban en silencio el retorno de Rikuo.
Después de tantos años compartiendo aventuras, eran amigas. No las mejores amigas del mundo, ojo, pero al menos podían conversar y reír con naturalidad. Lejos quedaban los días en que Tsurara había sido una espía tratando de hacerse pasar por una estudiante normal. Yura también había superado su recelo después de descubrir el engaño de la Yuki-onna. Había otros motivos para el roce, claro. Ni a Yura le gustaban los yokai, ni a Tsurara le gustaban los exorcistas. Pero confiaban la una en la otra. Aunque los celos nunca se apagaban del todo, Yura entendía que el corazón de Rikuo había elegido a la dama de las nieves, y Tsurara comprendía que Yura era una amiga importante para Rikuo.
—Siento lo que ha pasado, Tsurara —le dijo Yura entre susurros—. No puedo imaginar una forma peor de arruinar lo que debía ser vuestro momento más feliz.
Pero Tsurara meneó la cabeza.
—No. Yo puedo imaginar algo peor. Me alegro de que estemos vivos. Eso es lo que cuenta —dijo la Yuki-onna.
—Oh —musitó Yura—. Tienes razón.
Otra pausa.
—¿Te ha dicho Rikuo algo sobre esos Gokadoin? —le preguntó Tsurara a su compañera.
—No, no me ha dicho nada. ¿Aunque por qué me preguntas a mí? Tú eres su novia. No, mejor dicho, eres su esposa. Seguro que a ti te cuenta las cosas antes que a mí.
—No siempre —contestó Tsurara—. A veces las necesidades del clan son otras.
Yura frunció el ceño.
—Supongo que sí. Pero repito que no me ha dicho nada. Será mejor que le preguntemos a él en... ¡Ah! Hablando del rey de Roma...
Rikuo acababa de salir de la tienda con expresión abatida. Tsurara corrió a abrazarlo y su marido la sujetó entre los brazos con cierta desesperación, como si temiera que su amor pudiese desaparecer. La Yuki-onna lo notó y divinó que algo andaba mal.
—¿Qué ocurre, Rikuo? —le preguntó Tsurara.
—Sí, Rikuo, ¿qué te ha dicho tu abuela? —quiso saber también Yura.
—Que nos enfrentamos al pasado más oscuro del Clan Abe —respondió el chico.
Rikuo se lo contó todo, sin omitir detalles. No era un secreto que confiaba ciegamente en ellas, pese a las protestas de su abuela. Hagoromo-Gitsune pensaba que revelar secretos del clan a una antigua espía de los Nura y a la jefa de la familia exorcista más importante de Kioto era una temeridad, aunque comprendía que era una batalla perdida.
Una vez terminó su relato, las dos chicas se quedaron de piedra.
—O sea, que lo que dijo ese Yoshihira era verdad. Es tu hermano —dijo Yura.
—¡Que sea su hermano o no es lo de menos! —exclamó Tsurara—. ¡Esos malvados quieren matar a todos los yokai de Japón! ¡Hay que pararlos!
—Y eso haremos —aseguró Rikuo—. La abuela ha dado orden ya de reunir a todas las fuerzas del Clan Abe, y en estos momentos va a ver a Rihan y a los otros líderes que han acudido a la boda para ponerles sobre aviso. Yura, me da reparo preguntar, ¿pero podemos contar con...?
—No hace falta que lo preguntes —le cortó de inmediato su amiga—. ¡La familia Keikain se opondrá a todos aquellos que intenten romper la paz que tanto nos ha costado lograr!
Rikuo sonrió.
—Gracias, Yura. Ahora, si me disculpáis, tengo que ir a ver a una persona muy importante para discutir sobre este asunto.
—¿Quién es? —preguntó Tsurara sorprendida.
—Mi padre.
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Necesitaba silencio y concentración. Sobre todo mucha concentración.
Durante su breve estancia en el limbo entre la vida y la muerte, había aprendido de Hidemoto Decimotercero la técnica secreta de los Keikain para convocar a los antepasados de la familia: Hagun. Los muertos del pasado regresaban como shikigami, no como guerreros; pero podían prestar su poder a los vivos para luchar.
Rikuo sabía perfectamente que era un exorcista mediocre. Había estudiado, siguiendo los pasos de su padre, y sabía hacer talismanes y convocar a sus propios shikigami. Gracias a eso podía usar Hagun. Sin embargo, estaba a años luz de lo que genios como Yura y su propio padre podían hacer. A él le costaba horrores simplemente convocar a su único antepasado exorcista.
Es decir, Abe no Seimei.
Respiró hondo y recitó el mantra de convocación.
—¡Ejército Desgarrador! ¡Hagun!
La energía espiritual se sintió por toda la zona. Sin embargo, antes de entrar en aquella tienda apartada, Rikuo había dado órdenes expresas de que nadie lo molestara. Lo que tenía que hacer, tenía que hacerlo solo.
Frente a él había aparecido la figura fantasmagórica de su padre, Abe no Seimei. El poder de Hagun era asombroso para convocar a alguien de ese modo, aunque se cobraba su precio. Rikuo respiraba con dificultad, y lo único que estaba haciendo era tratar de mantener el hechizo en pie.
—Rikuo, hace mucho que no nos veíamos —le dijo el fantasma de su padre—. ¿Qué necesidad es tan grande que te hayas arriesgado a utilizar Hagun otra vez?
—La necesidad de respuestas —dijo su hijo con dificultad—. Nos han atacado, padre. Aquí, en nuestra propia casa, en el día de mi boda.
—¿Quién se ha atrevido a hacer algo así? —preguntó Seimei lleno de indignación.
—Yoshihira y sus Gokadoin.
De inmediato, el rostro de Seimei se ensombreció.
—Entiendo.
—La abuela me ha contado varias cosas. No dudo de ella, pero quería preguntarte a ti —le dijo Rikuo.
—¿Qué te ha dicho mi madre?
Por segunda vez aquel día, Rikuo volvió a relatar el gran secreto de la familia Abe, aunque en este caso no revelaba ningún secreto, pues Seimei había sido uno de sus protagonistas. Cuando acabó, su padre asintió con expresión grave.
—Lo que ha dicho tu abuela es verdad —reconoció Seimei—. Es todo culpa mía. Me casé con una mujer que no amaba y que no compartía mi visión del mundo, todo por un deseo egoísta de ascender en la corte. Fui indiferente a sus deseos, la aliené, y Yoshihira jamás me perdonó por ello. Me llamaron el mejor exorcista de todos los tiempos, el Señor del Pandemónium, el salvador de Japón, pero le fallé a mi propia familia.
—¿Por eso te dejaste matar? ¿Creías que con tu muerte pagarías ese error? —preguntó Rikuo con tono acusatorio. Parecía a punto de gritar de enfado.
—Primero intenté dialogar, pero Yoshihira no quiso escuchar. Aunque su causa es la de la luz, su corazón está emponzoñado por la oscuridad. Pensé que mi muerte podría liberar parte de esas tinieblas que lo atenazan. Pensé que lo había conseguido... aunque está claro que fue una solución transitoria.
Rikuo apartó la mirada.
—Siempre ocurre lo mismo, ¿no es así, padre? Te sacrificas para salvar al mundo, sólo para descubrir después que los enemigos vuelven más fuertes que antes. Y esta vez el mundo no tiene un héroe que lo salve —dijo el muchacho con agria acritud.
Seimei no se molestó. Comprendía el dolor de su hijo.
—Hay un momento decisivo en la vida de todo hijo, cuando descubre que su padre no es el gigante que creía, sino un hombre imperfecto. Es un momento que llega tarde o temprano. Lo siento, Rikuo. —se disculpó el compungido fantasma—. Pero debes saber también que durante siglos renuncié a casarme y tener herederos, porque no quería volver a repetir el mismo error. Un matrimonio forzado sólo traerá frutos de amargura. Sin embargo, cuando conocí a tu madre, descubrí lo que era el amor de verdad. No hay nada ni nadie de quien me sienta más orgulloso que de ti, Rikuo. Eres mi legado.
—¿Y Yoshihira? —apostilló Rikuo.
—Tu hermano sigue una senda terrible que sólo le llevará a la autodestrucción si no se corrige. Odia a los ayakashi, pero él mismo es en parte ayakashi, como tú. Ni siquiera un inmortal puede pasar la eternidad odiándose a sí mismo. Pero temo lo que puede hacer por el camino. La Purificación de hace siglos fue un crimen terrible, pero ahora ha tenido más tiempo para reflexionar y hacer planes.
—Hay que detenerlo.
Seimei asintió con pesar.
—A él y a los suyos —admitió el viejo onmyoji—. Pero ten cuidado. Hasta un Mesías puede caer si el mundo entero se pone del revés.
—¿Qué quieres dec...? ¡Argh! —gruñó Rikuo.
Le estaba costando muchísimo mantener la concentración. Tenía que cancelar Hagun.
—Descansa, Rikuo. Necesitas tus fuerzas para el conflicto que se avecina —le aconsejó su padre—. Una última advertencia: desconfía de los inmortales que parezcan más jóvenes. Significa que lograron alcanzar el Taizan Fukunsai a una edad muy temprana. Genios con talento y poder. Los más peligrosos.
El espíritu de Seimei se desvaneció por fin. Y Rikuo se quedó a solas con sus pensamientos.
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En algún lugar entre el espacio y el tiempo
Encho estaba vivo. Debía estar muerto, pero estaba vivo. Una paradoja, pero el cuentacuentos había aprendido tiempo atrás que los Gokadoin estaban por encima de minucias como la vida y la muerte.
El narrador había sido una parte de Sanmoto Gorozaemon, el Rey Demonio que había amenazado al mundo entero. Concretamente, su boca. Y de hecho las palabras eran su fuerte. Había vivido por y para contar historias, y su lealtad a su maestro había sido endeble cuanto menos. Por desgracia, había compartido el mismo destino que el resto de los miembros del Clan de las Cien Historias: la muerte y el olvido.
¿O no?
El yokai de ojos pintados se sentía bastante vivo en aquellos momentos, gozando del panorama. Por lo que había entendido, se encontraba en una dimensión paralela, escondida de la vista del mundo gracias a la magia de los Gokadoin. Ante sus ojos se desplegaba un paisaje perfecto y ordenado, lleno de flores primorosas, árboles recortados al milímetro, arroyos cantarines y piedras de mil colores.
"Qué jardín tan magnífico", pensó Encho. "Es inspirador".
Se podría haber pasado horas enteras admirando aquella maravilla de la jardinería. Tenía tiempo de sobra. A fin de cuentas, su nuevo patrón no parecía tener prisa por hacer nada.
Sobre la hierba, durmiendo plácidamente, había un muchacho, prácticamente un niño, de piel suave y pelo sedoso. Estaba vestido en unas incongruentes ropas blancas y un gorro torcido de onmyoji, pero por lo demás parecía la viva imagen de la inocencia.
Por supuesto, Encho sabía que aquella imagen era una fachada, una mentira. Aunque su patrón era de natural alegre y un buen amigo de sus amigos, también era artero y calculador. Que sus enemigos ignorasen que había estado detrás de muchos de sus sufrimientos era una prueba más de su inteligencia. Pues él era Abe no Ariyuki, el Tercer Líder de los Gokadoin.
También era fan de Encho, pero eso no venía a cuento.
—Señor Ariyuki, ¿de verdad es buena idea quedarse dormido en este sitio? —le preguntó Encho en voz alta.
Al oír su nombre, el Gokadoin abrió los ojos y bostezó.
—¡Aaaaah! Estoy aburrido, Encho. Ya no me necesitan para hacer planes, y Hiruko se ha ido a Kioto a jugar. Sin él, las cosas aquí son un tostón.
—El señor Hiruko no parecía encontrarle la gracia a sus bromas —señaló Encho.
—¡Eso es lo divertido! —se rió Ariyuki—. Siempre va muy serio, pero a nada que presiones algunos botones, se enfada enseguida. ¡Es genial! Me habría gustado ir con él, pero sólo han mandado a los de las ropas negras. En fin, ya esperaré a que vuelva.
—Hiruko no volverá, Ariyuki —dijo una voz húmeda y fría por detrás.
Encho se dio la vuelta y Ariyuki se incorporó para ver mejor a la recién llegada. Se trataba de una mujer, pero una mujer altísima, que le sacaba varias cabezas a Encho. Tampoco era una mujer del todo humana. Sus ojos medio cerrados estaban casi tapados por pestañas muy pobladas, y de la cabeza le salían cuernos de carnero. Sus manos no eran manos de verdad, sino zarpas bestiales y oscuras.
Ella era la Segunda Líder de los Gokadoin, Abe no Orochi. Su especialidad eran los shikigami.
—Hiruko ha muerto —le dijo a Ariyuki—. Arihiro y Nagachika también han caído.
—Oh, vaya —murmuró Ariyuki. Parecía apesadumbrado—. ¿Qué hay de los ayakashi?
—Aún viven, pero no por mucho tiempo. Vamos, deja de dormir y ven conmigo. El Primero ha convocado a todos los líderes de la familia.
Ariyuki siguió mansamente a Orochi, que lo condujo a un extremo del jardín. Allí se levantaba un espléndido palacio de estilo Heian, cómodo y acogedor. Más allá, sólo existía la nada. En aquella dimensión no había nada más.
En una sala del palacio, cinco rostros adustos esperaban a los dos onmyoji. Bueno, no todos estaban adustos. Ariyuki saludó con alegría a la más joven del grupo, una chica con un traje de lolita gótica de negro inmaculado. Respondía al nombre de Gokadoin Yuiyui y había manejado las riendas del clan durante el Sengoku Jidai. Una hazaña digna de respeto. Era la única que sonreía.
En el centro, Abe no Yoshihira, el Primero, miró largo y tendido a los otros líderes.
—Hiruko. Arihiro. Nagachika. ¿Qué ha pasado?
—¿No estabas allí, Primero? Seguro que tú puedes... ¡Ay! ¡No me pegues, Orochi! —se quejó Ariyuki.
—Háblale con el debido respeto al Primero, o atente a las consecuencias —le reconvino la mujer.
Yoshihira alzó una mano, pidiendo paz. No le importaban las irreverencias de Ariyuki. Pese a sus bromas, sabía que se tomaba su labor muy en serio.
Entonces Yuiyui tomó la palabra. Sin dejar de sonreír, la lolita gótica, que además tenía un oso de peluche entre las manos (por si no llamaba la atención entre tan tradicional concurrencia), dijo:
—Arihiro y Nagachika eran débiles. En estos últimos cien años, la oscuridad ha decrecido. Gente como Tenkai y yo, que mantuvimos a raya las tinieblas durante el periodo del país en guerra, somos diferentes.
—Pero Hiruko... —musitó Yoshihira.
—Sí, Hiruko gobernó durante el Bakumatsu. De todos los Gokadoin de ropas negras, siempre fue el que tenía mayor potencial —Yuiyui hizo un mohín encantador—. Hum, parece que los yokai de esta era son más formidables de lo que pensábamos. Habrá que estar preparados. ¿Quizás algún cambio de plan sería oportuno? Puedo infiltrarme entre sus líneas y...
El Primero la mandó callar.
—Sé que te gusta ir por tu cuenta, Yuiyui, y no te lo reprocho, pero la Purificación debe proseguir sin ningún retraso. Es hora de golpear a todos los demonios. Primero, Japón. Y si la humanidad no entiende nuestro mensaje, entonces el mundo entero —Yoshihira se volvió hacia la Segunda—. Orochi, ¿puedo confiar en tus preparativos?
—Por supuesto, Primero. Será un honor para mí comenzar con la ceremonia.
Abe no Orochi dibujó una estrella de siete puntas sobre el suelo. Al momento, el dibujo empezó a brillar. Con pausada elegancia, la Segunda Líder de los Gokadoin se sentó en el centro de la estrella y empezó a manipular una informe masa de poder espiritual.
—Venid a mí, mis buenos niños... Venid a mí, mis pequeñas y adorables orugas...
La masa de sus manos empezó a expandirse con regueros de energía que causaban un estremecimiento de inquietud incluso a los exorcistas más avezados.
—Deseos de los seis gunas, de los que hay muchos, partid todos. ¡Venid a mí, escarabajos de la carroña! ¡Shikigami Orochi!
La energía brotó de sus manos como un manantial, se expandió y buscó la salida más cercana a través de la dimensión, para luego esparcirse por los cuatro vientos.
—Está hecho —anunció la Segunda.
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Kioto
A lo largo y ancho de Japón, tanto los seres sobrenaturales como las personas con poder espiritual notaron que algo iba mal. Giraron sus cabezas al cielo, donde espesos nubarrones taparon la luz de los astros celestes.
—Algo anda mal —murmuró Yura. Sentía que alguien había hecho una convocación. ¿Pero quién? ¿Desde dónde? Y más importante, ¿qué?
Su última pregunta pronto recibió respuesta cuando cientos de brazos señalaron al cielo.
—¿Qué es eso? —gritaron todos alarmados.
Porque de entre las nubes de tormenta que ahora cubrían el archipiélago nipón entero no bajaba lluvia o granizo, sino serpientes. Serpientes gigantes, enormes, colosales, capaces de arrancar la roca a mordiscos. Y ahora se abalanzaban sobre ellos, dispuestas a devorar a todos los yokai sobre la faz de Japón.
La Purificación había comenzado.
Notas adicionales:
¡Gracias, gracias como siempre a todos mis lectores, y a mis reseñadores también! ¡Os quiero!
En cuanto a este capítulo, necesita algo de explicación.
En el altar de Seimei de Kioto (que como en su día dije, existe de verdad) hay varias estatuas de shikigami aparentemente marginadas junto al pequeño puente que hay en el jardín de la casa. Cuenta la leyenda que están ahí porque a la esposa de Seimei le daban miedo, así que su marido no tuvo más remedio que echarlos fuera. Y eran sólo shikigami, no yokai (pensad en Kana, pero en exagerado).
Eso me hizo pensar que si el verdadero Seimei hubiese sido como el de Nuramago, su esposa se habría muerto de miedo de saber que también era el jefe de los yokai de Japón. De ahí nació esta idea para Kitsune no Mago, incluso antes de ver la aparición de los Gokadoin en el manga.
No sé si el verdadero Seimei se casó por conveniencia o no, pero dado que pertenecía a la nobleza, es muy probable que así fuera. Incluso en las obras de teatro, su padre estaba prometido en principio con una dama noble antes de conocer a Kuzunoha, así que no es descabellado suponer que así ocurriera. Cualquiera que juegue a Crusader Kings II sabrá que en tiempos medievales el amor era un lujo reservado a los poetas. Eso también explicaría por qué Seimei se casó con Kana... esto, con una mujer que le tenía tanto pavor al mundo sobrenatural.
Y esto sólo es un desahogo. Aquí vienen más notas sobre el capítulo:
* Muchos en la tradición onmyoji proclaman descender de Abe no Seimei. Sin embargo, no está claro que fueran hijos biológicos suyos. De hecho, hay fuentes que declaran que Seimei no tuvo hijos en su vida. Sin embargo, la adopción era frecuente en las familias de la época; al igual que los Keikain, mantener la reputación del apellido es más importante que la sangre en sí.
* La técnica de inmortalidad de los Gokadoin, Taizan Fukunsai, es mencionada en el capítulo 186 del manga. Es el nombre de una práctica taoísta de adoración a los dioses.
* Es irónico, pero el ultraseguro de sí mismo Seimei del canon, un malvado integral, logró la fidelidad absoluta de un Yoshihira que sólo quería que se sintiese orgulloso de él. En cambio, este Seimei, más tranquilo y bueno, logró crear a su enemigo más acérrimo. "Más vale ser temido que ser amado", diría el Seimei del canon. No obstante, lo que se mantiene en los dos es que Yoshihira considera que su sangre, en parte yokai, es una maldición y una vergüenza.
* La Purificación, explicada en el capítulo 190 del manga, fue obra de Seimei en el canon, en su intento de crear un orden absoluto en el mundo yokai.
* Sobre la presencia de Encho entre los Gokadoin, hablaré más en el futuro.
Próximo capítulo: "La Purificación".
