Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo ha descubierto que los Gokadoin son los descendientes de Seimei y su líder, Yoshihira, es realmente su medio-hermano. La siniestra orden de onmyoji planea destruir a todos los yokai de Japón en un evento conocido como "la Purificación". Un evento que, por desgracia, acaba de empezar.
La Purificación
En una tienda de campaña levantada para atender provisionalmente a los yokai que se habían quedado sin casa tras la destrucción de la Mansión Abe, una voluntariosa mujer ponía todo su empeño en atender las necesidades de los heridos. A los más graves ya los estaban atendiendo los doctores, pero los que habían sido vendados y atendidos aún tenían dolores y problemas que una mano amable podía solucionar. O sólo necesitaban algo de cariño, un recordatorio de que no estaban solos. Wakana, viuda de Seimei y madre de Rikuo, se afanaba en visitar a todos, traerles agua, avisar a los médicos o, simplemente, intercambiar unas palabras con ellos.
Tan atareada estaba que no había prestado atención a lo que ocurría en el exterior, pero los ruidos y los gritos que venían de fuera eran demasiado fuertes para ignorarlos.
—¿Qué... está... pasando? ¿Señora Wakana? —murmuró Hakuzozu. El yokai volador de la larga lanza, buen guerrero (pero pésimo poeta), había sufrido graves quemaduras al tratar de detener infructuosamente a Gokadoin Hiruko. Kyokotsu había estado montando guardia junto a él hasta cerciorarse de que su amigo estaba fuera de peligro, y ahora era Wakana la que se encargaba de hacerle algo de compañía.
—No lo sé —musitó la mujer.
No quería apartarse del lado de Hakuzozu, pero una mirada comprensiva del yokai la animó a asomarse por la rendija abierta de la tienda de campaña. Lo que vio la dejó horrorizada.
Los cielos de Japón se habían oscurecido con nubes tan negras como el carbón. Pero lo que caía de ellas no era lluvia torrencial, ni siquiera nieve o granizo, sino una avalancha de serpientes gigantes, animales voraces cuya única misión era destruir a los enemigos de los Gokadoin. A dentellada precisa, si era necesario.
Sus fauces serpentinas se abalanzaban sobre varios puntos del archipiélago. Guaridas de yokai, sobre todo, desde casas en ruinas hasta escondites camuflados. Ni siquiera aquellos que vivían en profundas cuevas bajo las montañas se libraban del peligro, ya que las serpientes masticaban la tierra y la roca como si fueran de papel. Aunque tardasen horas, encontrarían a sus presas y las devorarían.
Sin embargo, por alguna extraña razón, las enormes culebras no estaban atacando Kioto directamente, y se conformaban con arrasar los alrededores. Aún así, los presentes tenían claro que tarde o temprano vendrían a por ellos.
—¡Aaah! ¿De dónde salen esas monstruosidades? —exclamó Wakana.
Sus ojos se dirigieron de inmediato hacia Rikuo. Comprobó con un suspiro que su hijo estaba sano y salvo, aunque contemplaba el cielo con expresión preocupada. Su nueva y flamante esposa estaba a su lado, con una lanza de hielo en ristre. Tsurara desconfiaba de su propia capacidad para enfrentarse a aquellas terribles serpientes, pero si uno de esos bichos antediluvianos trataba de hacer daño a Rikuo, recibiría una estaca de hielo en todo el ojo.
El Gran Tengu del monte Kurama, apoyado en su sempiterno bastón, observó el cielo encapotado con una mirada penetrante.
—No son "monstruosidades", señora Wakana, sino deidades ceremoniales. Mejor dicho, una sola deidad ceremonial. Un shikigami con múltiples cabezas —declaró el anciano consejero.
—¿Hay alguna forma de pararlo? —quiso saber Rikuo de inmediato. Había muerto gente en el ataque de los Gokadoin aquella tarde; no pensaba permitir que la noche se convirtiese también en una carnicería.
—Destruyendo todas sus cabezas o, en su defecto, matando al conjurador —sentenció Sojobo—. No será fácil.
Todas las cabezas se volvieron hacia la Señora del Pandemónium, líder de los yokai de Kioto y anfitriona de una boda que había terminado de manera tan aciaga. Hagoromo-Gitsune, imperturbable, asistía con parsimonia al ataque de las serpientes.
—¡Hay que atacar! —dijeron varios de los invitados, que presentían que sus clanes se estaban llevando el grueso del ataque más allá de los límites de Kioto.
—¡Sí, sí, eso! ¿Por qué la Señora del Pandemónium no hace nada? ¿Es que se ha acobardado ante esos onmyoji?
Las voces de los más impacientes subieron de tono, pero Hagoromo-Gitsune los ignoró deliberadamente. Como kitsune que era, la dama de negro era más amiga de las maquinaciones que de los movimientos bruscos, especialmente cuando su clan aún estaba en estado de shock después de que Gokadoin Hiruko destruyese la mansión. Que otros ayakashi muriesen mientras tanto no la alteraba demasiado. Si sus muertes servían para distraer a las serpientes gigantes por unos minutos, era un tiempo que había que aprovechar.
Aún así, había algo de razón en las quejas. Si se quedaban de brazos cruzados demasiado tiempo, el enemigo se haría más fuerte y concentraría todas sus fuerzas sobre ellos. Para ganar a los Gokadoin, había que golpearles donde más les doliera.
Por desgracia, tenían un grave problema.
—¿Sabe alguien desde dónde nos están atacando? —preguntó Hagoromo-Gitsune en voz alta.
A continuación, las voces de protesta callaron y todos los presentes se miraron los unos a los otros con incomodidad. No, nadie sabía dónde se escondían los malditos Gokadoin. Los exorcistas podían atacar cuándo quisieran, y para los yokai no quedaba otra que reaccionar y defenderse. Nada más.
Era cuestión de tiempo que perdieran. Tenían que elaborar un plan para volver las tornas contra sus enemigos. Por desgracia, los Gokadoin no estaban dispuestos a concederles ese tiempo.
—¡Cuidado! —gritó alguien—. ¡Aquí vienen!
En efecto, varias de las serpientes estaban inclinando sus gigantescas cabezas para acercarse a los terrenos de la mansión. Sin embargo, para sorpresa de propios y extraños, no atacaron. Pronto descubrieron la razón: su cometido era servir de medio de transporte para un grupo de exorcistas envueltos en túnicas negras que los identificaban como Gokadoin.
—¿Quién es ese? —murmuró Rikuo, más para sí mismo que para los demás.
A la cabeza de aquel grupo de onmyoji venía un personaje misterioso, que además de su túnica negra vestía una máscara que le tapaba el rostro por completo. No contento con eso, cubría su cabeza con un amplísimo sombrero ceremonial del que colgaba una ristra de flecos.
Aunque el recién llegado fue recibido con abiertas manifestaciones de hostilidades, parecía más divertido que preocupado.
—Yokai de Kioto... Exorcistas Keikain... y un sinfín de demonios de todas las formas y tamaños... Mm —comentó el Gokadoin, observando con detenimiento las fuerzas sobrenaturales allí reunidas—. Sí, creo que es el escenario perfecto para la puesta a punto de mi barrera.
Rikuo se concentró, dejando que sus ojos se volviesen carmesíes y su melena blanca de kitsune cubriese su espalda. A su lado, Tsurara se puso en guardia y Yura empezó a sacar talismanes de papel. Por todo el jardín, yokai y exorcistas les imitaban. Después de lo ocurrido con Hiruko, nadie iba a permitirse el lujo de subestimar el poder de un Gokadoin.
—Percibo hostilidad —dijo el onmyoji enmascarado, que seguía tranquilamente sentado sobre la serpiente gigante—. Y eso que no me han enviado a mataros, sólo a hacer una prueba y, de paso, ablandaros un poco. En fin, qué se le va a hacer.
—¿Quién demonios eres? —masculló Rikuo, enarbolando su espada y apuntando con ella a su enemigo.
El otro asintió, como si apreciase que le hiciesen aquella pregunta.
—Sí, sí, es hora de hacer mi presentación —dijo el exorcista. Se aclaró la garganta y con una voz frívola y extrañamente alegre exclamó—: ¡Hola a todos! Soy el Sexto Líder de los Gokadoin. Mi nombre es Tenkai. Mucho gusto en conoceros.
Aquel nombre decía poco a la mayoría de los presentes, pero hubo algunos cuya memoria despertó al escucharlo. Entre ellos Ryuji, el hermano de Yura.
"¿Tenkai?", repitió la mente de Ryuji como un eco. Eran malas noticias. Muy malas.
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Casa ancestral de los Keikain, 15 años atrás
Los niños de la familia Keikain, especialmente aquellos que iban a heredar el liderazgo de las distintas ramas del clan, empezaban muy pronto con sus estudios de onmyodo. La lenta y paciente labor de navegar entre siglos de historia del exorcismo, aprender la teoría de los libros y ponerla luego en práctica en la vida real no era algo que se pudiese saltar a la torera, a menos que uno fuese uno de esos raros genios de los que aparecen una vez cada siglo.
Ryuji, a su pesar, no era uno de esos genios. Se esforzaba con ahínco en sus estudios, pero era dolorosamente claro para el niño que jamás tendría ese talento único. Todo el mundo hablaba de la genialidad de Hidemoto Decimotercero, el famoso antepasado que había insuflado nueva vida a la familia Keikain. O sin ir más lejos, Akifusa, su primo, que a los tres años había causado el asombro general al forjar su primera espada exorcista. Incluso había una regla no escrita que decía que quien dominase la dificilísima técnica del Hagun se convertiría en el nuevo cabeza de familia.
Ryuji veía muy claro que la gente valoraba más el talento que el esfuerzo. Y eso no le gustaba. Para él, quien ponía todas sus ganas y dedicación en algo hasta dominarlo tenía mucho más mérito que los genios que habían recibido su don de los dioses.
Aunque no tan conocidos, los campeones del esfuerzo tenían sus propios héroes. Incluido Ryuji.
Un día, al acabar la clase de onmyodo, Ryuji y sus primos se pusieron a discutir sobre lo que habían aprendido. En aquella jornada les habían explicado muchas cosas sobre las barreras espirituales, que protegían ciertos lugares y ahuyentaban a los yokai. Hidemoto Decimotercero había sido mencionado, por supuesto, al igual que el temido Abe no Seimei. Jefe de los yokai o no, nadie podía negarle al hijo de Hagoromo-Gitsune su talento para el onmyodo.
En medio de una acalorada discusión sobre quién era mejor, si Hidemoto Decimotercero o Seimei, Ryuji sorprendió a todos al afirmar:
—¡Bah! ¿Habláis de barreras espirituales? Para eso hay gente mejor.
—¿Mejor que Hidemoto Decimotercero? ¿Mejor que Abe no Seimei? —preguntó Akifusa anonadado. Había oído mencionar esos dos nombres con tal temor reverencial que era incapaz de imaginar alguien mejor que los dos famosos exorcistas del pasado—. La barrera espiritual que rodea Kioto...
—Sí, sí, esos dos fueron genios —concedió el pequeño Ryuji con aire de sabiondo—. Pero Tenkai hizo algo parecido sin talento natural.
El nombre despertó la curiosidad de sus primos. Era normal. Pocos conocían a Tenkai.
Nacido en 1536, Tenkai había sido monje y luego abad budista. Entró en la corte de Tokugawa Ieyasu, futuro shogun de Japón, y sirvió de enlace con la corte imperial. Tan cercano era al shogun que Ieyasu le dio plenos poderes para organizar su funeral cuando muriese. Después de Ieyasu, Tenkai sirvió a otros dos shogunes Tokugawa antes de retirarse. También se decía que había creado la barrera espiritual que protegía el castillo de Edo.
Jamás había sido un genio, pero con esfuerzo y tesón había llegado a lo más alto en el mundo de los exorcistas. Ryuji lo admiraba.
El niño desplegó un mapa de Tokio sobre el suelo. Sus primos se acercaron a mirar. Conocían el trazado de las calles de Kioto casi de memoria, pero la capital era un mundo desconocido para ellos. Ryuji se permitió una sonrisa de satisfacción.
—Mirad —les señaló un punto en el mapa—. La barrera de Tenkai es de una escala enorme. Es una espiral, claro. Pero esta espiral puede llegar a todo el país. El castillo Aoi está en el centro. Es justo como el monte Sumeru, el centro del mundo. Tiene hasta cierto gusto estético.
—Oooh —murmuró Akifusa impresionado.
La sonrisa de Ryuji se ensanchó.
—¿Sabes? Una barrera necesita algo más que talento —dijo el muchacho con aire de suficiencia—. No basta con imaginarla y, ¡puf!, la creas y ya está. Necesitas inspiración, ideas y un montón de conocimiento. Los shikigami son espectaculares, no digo yo que no, pero yo admiro a esta clase de personas. La Historia los recuerda.
Akifusa miró a su primo con asombro. Ryuji era normalmente serio y reservado, pero aquel día parecía explotar de alegría.
—Ryuji... —musitó el albino heredero de los Yaso.
—Este es mi sueño —proclamó el niño—. Ser el cabeza de familia no me importa, ¿pero esto? Algún día crearé una barrera espiritual así.
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Era irónico comprobar cómo el universo podía reírse de los sueños de uno, pensó Ryuji. Él había admirado una vez a Tenkai. Ahora luchaba contra él.
"Quién iba a pensar que los Gokadoin tuviesen a un peso pesado como él entre sus filas", se dijo Ryuji. "Y que estaría tan chalado".
—¡Adelante, mis ammonites! —exclamó Tenkai con una risa de sádica alegría—. ¡Oh, capital de Kioto, conviértete en mi laboratorio de experimentos!
Entonces los vieron. Por las calles de la ciudad subía un auténtico ejército de caracoles gigantes, asquerosamente babosos y de vivos colores. A más de uno le parecieron inofensivos en un principio, pero esa ilusión se desvaneció pronto cuando comprobaron que aquellos caracoles despedían una baba corrosiva que cavaba surcos en la piedra, el asfalto y el metal.
—¡Un puñado de caracoles no me van a asustar! —proclamó Kyokotsu, liderando a los yokai de Kioto en la carga contra los shikigami de Tenkai.
Pero no era tarea fácil. Los caracoles escupían ácido desde sus conchas, y explotaban si morían, causando terribles quemaduras a los guerreros que les rodeaban. Lo peor de todo era que su número no dejaba de aumentar. Era evidente que la estrategia de Tenkai era justo la contraria a la de Hiruko; en lugar de destruirlos de un solo golpe mortal, pensaba ahogarlos con una marabunta hasta doblegarlos por desgaste.
Ni Rikuo se veía libre de aquella amenaza.
—¡Kyokotsu, espera! ¡Agh! —gruñó el joven señor de los Abe cuando un caracol le roció de ácido las ropas.
—¡Rikuo! ¡Ten cuidado! —le advirtió su esposa. Tsurara creó una barrera de hielo protectora para suavizar la quemadura que Rikuo había sufrido en el brazo. Sin embargo, ella misma se tuvo que proteger la cara con un escudo de hielo cuando uno de esos odiosos caracoles reventó en una nube de ácido a pocos metros de donde se encontraban.
—¡No se acaban nunca! —protestó Kyokotsu, sintiéndose impotente.
Tanto los yokai de Kioto como sus invitados combatían con furor y aplastaban caracoles a diestro y siniestro, pero siempre aparecían más. Desde la seguridad de las alturas, sentado sobre la cabeza de una de las serpientes gigantes de Orochi, Tenkai contemplaba con orgullo su obra y se regodeaba de su futuro éxito.
—¿Para qué experimentar, Primero, cuando puedo acabar el trabajo yo mismo? Allí donde el joven Hiruko falló, yo triunfaré —proclamó el Gokadoin.
Sólo había un puñado de personas que no hacían nada. Una de ellas era el propio Ryuji. El hermano de Yura observaba la batalla con ojos calculadores. Había estudiado mucho sobre Tenkai. Puede que su carácter fuese más excéntrico y malvado de lo que había imaginado, pero conocía su obra. Aunque parecía que el Gokadoin estaba representando el papel de supervillano borracho de poder, Ryuji sospechaba que había un plan oculto detrás de sus acciones.
Y tenía razón.
—¡Ryuji! —le gritó Yura—. ¿Qué haces ahí parado? ¡Ven! ¡Tenemos que ayudar!
—Eso estoy haciendo, canija —respondió su hermano—. Observa.
Ryuji lanzó varios talismanes, pronunció unas palabras y, de inmediato, los caracoles de Tenkai dejaron de moverse. Decir que el Gokadoin quedó sorprendido es quedarse corto.
—¡M-maldita sea! —masculló Tenkai—. ¡Eh, venga, moveos! ¡No os quedéis parados!
—Es inútil.
Ryuji dio un paso al frente, convirtiéndose en el centro de atención de todos los presentes. Nadie, ni siquiera Yura, sabía cómo lo había hecho para detener el avance inexorable de los caracoles, que ahora semejaban estatuas. Eso sí, más valía no rematarlos; aunque quietos, todavía podía explotar y abrasar con ácido a las personas que tenían cerca.
—Tenkai, el experto en barreras en espiral, ¿verdad? —comentó Ryuji con su característica mueca de suficiencia—. Me he dado cuenta de que tus caracoles no se movían simplemente para atacarnos. No, estaban dibujando una figura en el suelo. Una espiral. Lo sé porque yo también las utilizo para mis barreras. Descubrir el secreto e interrumpirla es un juego de niños.
—Ugh —gruñó Tenkai, aunque el enmascarado se quedó mirando a Ryuji con cierto aprecio.
—Igual que la famosa barrera del castillo Aoi. Soy un admirador de tu trabajo, ¿sabes? Esa barrera fue tu obra maestra —Ryuji frunció el ceño—. Por eso me pregunto si el castillo Aoi será el cuartel secreto de los Gokadoin...
Ahora Tenkai se quedó completamente callado. La astucia de aquel Keikain le había dejado descolocado.
—¿El castillo Aoi? ¿Dónde está eso? —preguntó Rikuo.
—En Tokio —le respondió Rihan. El Segundo General de los Nura había estado luchando codo con codo con Rikuo durante los últimos y frenéticos minutos—. Está justo en el límite de nuestro territorio. Nadie se acerca por ahí. Es... raro. Sin embargo, hace décadas que el castillo está en ruinas. Allí no hay nada.
Ryuji se encogió de hombros.
—Puede que haya alguna pista allí. En cualquier caso, si le echamos mano a ese Gokadoin, podremos interrogarle todo el tiempo que haga falta.
Intercambió una mirada de complicidad con Rikuo, que sonrió.
—Es una buena idea —dijo el kitsune—. ¡Vamos, a por él, antes de que se escape!
Tenkai entró en pánico. La serpiente en la que estaba montado había bajado demasiado la cabeza y ahora una horda de yokai enfurecidos se cernía sobre él.
—¡AAAAAH! —gritó Tenkai como una gallina acobardada. Hasta Ryuji tuvo que admitir que era patético en su falta de agallas—. ¡Que alguien me ayude!
Entonces, justo cuando Shokera en su forma de insecto estaba a punto de echarle el guante, Tenkai dejó de temblar.
—¿Os ha gustado mi numerito? Estaba bromeando, por supuesto.
A un gesto del Gokadoin, espasmos de dolor empezaron a recorrer a todos los yokai de la zona, tanto grandes como pequeños. Acababan paralizados, tirados en el suelo, sin poder ponerse de pie.
—¿Qué... es... esto...? —jadeó Rikuo. Jamás había sentido algo así. Era como si se hubiese puesto enfermo a una velocidad de vértigo, y ahora su cuerpo le traicionaba. A su lado, Tsurara estaba igual, así como Kyokotsu, Gashadokuro, y otros muchos yokai.
Pero los seres sobrenaturales no eran las únicos en sufrir el castigo de Tenkai. Los onmyoji Keikain vieron horrorizados como sus shikigami escapaban de su control, desaparecían o gemían de dolor. El que peor lo llevaba era Mamiru. El primo de Yura y Ryuji había sido el conejillo de indias de un terrible experimento que lo había fusionado con un shikigami para alcanzar el poder del rayo, un tabú fuera del alcance del onmyodo normal. Ahora ese poder se volvía contra él, electrocutando sus entrañas.
Mamiru había perdido sus emociones por culpa del experimento, pero aún podía sentir dolor.
—¡MAMIRU! —exclamó Yura, muerta de preocupación por su primo. Sin embargo, ni siquiera su Hagun podía superar aquella barrera.
Porque era una barrera espiritual, de eso no cabía la menor duda. Una barrera como la creada por Seimei cuatro siglos atrás y que había protegido Kioto de las amenazas externas. Los efectos eran devastadores.
Mientras los demás sufrían, Ryuji se quedó de piedra. No lo entendía. ¿En qué había fallado?
—¿No te has dado cuenta, señor exorcista Keikain? —le picó Tenkai—. Celebro que te percataras de la espiral (me encantan las espirales, sí), pero has cometido un pequeño error de cálculo. Verás, lo que mis ammonites han hecho aquí no es más que el contorno de una parte de una barrera muuuucho más extensa. ¿Por qué crees que he venido aquí a Kioto si no, sabiendo como sé que es un nido de monstruitos y onmyoji traidores? Al contrario que Hiruko, la valentía suicida no es lo mío.
Ryuji empezó a trazar líneas imaginarias en su mente. Si Kioto no era más que una parte de una espiral más grande, ¿qué tamaño tenía?
—Mi barrera... Mi barrera cubre todo el país, con el castillo Aoi en el centro —reveló Tenkai.
Ryuji sintió que su sangre se helaba. Todos los que entendían de barreras sintieron lo mismo, desde Yura hasta el Gran Tengu del monte Kurama. Si lo que Tenkai decía era verdad, estaban atrapados en la barrera espiritual más grande jamás conocida. Debía haber sido un trabajo hercúleo, imposible de completar en una sola vida. Pero los Gokadoin eran inmortales, así que el tiempo no era más que otro recurso para ellos.
Por eso había venido Tenkai a Kioto, incluso tras la derrota de Hiruko. No estaba interesado en pelear; sólo quería terminar su barrera. Una vez construida, todos los seres sobrenaturales de Japón estarían a su merced. Una Purificación rápida y limpia. ¿Habían sido las serpientes gigantes una distracción, un plan B, o es que cada Gokadoin intentaba competir con las ideas más audaces para conseguir el exterminio de los yokai?
La respuesta daba igual. Lo importante era que el enmascarado Tenkai tenía el control de la situación.
—Ahora que lo pienso, no es el único error que has cometido, señor Keikain —le dijo el Gokadoin a Ryuji en tono burlón—. Mi verdadera obra maestra no es el castillo de Aoi, sino "el Castillo Espiral" de Aoi. ¿Suenan igual? Oh, no, para nada. Es un castillo y una barrera a la vez, una fortaleza espiritual que se eleva hasta el cielo por encima del castillo Aoi. Ni los humanos ni los ayakashi lo pueden ver. Es la barrera espiritual perfecta, desde donde los Gokadoin regiremos los destinos del mundo.
Rikuo intentó levantarse por enésima vez, pero no pudo. Sus articulaciones gemían a cada esfuerzo que hacía. En cuanto a los Keikain, sin sus shikigami no eran más que humanos corrientes. Estaban indefensos.
—¡Ja, ja, ja! ¡La capital caerá ante los Gokadoin! ¡Y aunque sobrevivierais, jamás lograréis entrar en mi Castillo Espiral! ¡Estáis perdidos! —se vanaglorió Tenkai, mientras volvía a poner en marcha a sus corrosivos ammonites.
—Oh, ¿de verdad? —dijo una voz fría como el hielo.
Nueve colas de zorro blancas se alargaron hasta tocar el cielo y luego regresaron a la tierra, arrasando el pavimento entero. Los caracoles de Tenkai se rompieron en pedazos, liberando su ácido, pero las colas siguieron avanzando. Tal fue el estropicio que causaron que cualquier dibujo que hubiese en el suelo, aunque hubiese sido grabado sobre la piedra o el acero, fue borrado hasta no dejar más que una masa informe de asfalto y cascotes.
—¡Tú! ¿Cómo...? —murmuró Tenkai.
Hagoromo-Gitsune estaba enfadada. Y cuando Hagoromo-Gitsune estaba enfadada, el mundo entero temblaba.
Se suponía que aquel iba a ser un día feliz. Aunque seguía sin aprobar demasiado la elección de su nieto (siempre recordaría que Tsurara entró en sus vidas como una espía a sueldo del Nurarihyon, por mucho que Rikuo y Wakana lo olvidasen), quería que su boda fuese memorable, un evento para recordar con alegría. Pero en menos de veinticuatro horas había visto la casa que había levantado Seimei destruida por un Gokadoin, junto con varios de sus fieles servidores, que no se merecían una muerte tan absurda. Ahora, aquel payaso enmascarado quería terminar el trabajo empezado por su odioso colega.
Bueno, eso no iba a pasar. Lo juraba por Inari. Como Ryuji, había observado las acciones de Tenkai con detenimiento. Oh, sí, ella también había oído hablar de él. Durante su reencarnación como Lady Yodo, durante el asedio de Osaka, Tenkai había conspirado con los Tokugawa para deshacerse de ella. Por entonces ya sospechaba que servía a los Gokadoin, pero la irrupción del Nurarihyon había alterado los planes de ambos.
El Nurarihyon había muerto. Ahora le tocaba el turno a Tenkai, aunque sólo después de haber exprimido todos sus secretos.
—Tu barrera es posible que detenga a otros ayakashi, pero yo soy la Hagoromo-Gitsune de Kioto, líder del Clan Abe, Señora del Pandemónium —proclamó la kitsune, amenazadora y elegante a la vez en su kimono negro—. No estás a mi altura.
La fuerza espiritual de Hagoromo-Gitsune era tan apabullante que Tenkai estuvo a punto de caerse de la serpiente. Rikuo sintió que sus esperanzas renacían. De hecho, gracias al estropicio causado por su abuela, notó que sus músculos volvían a responderle. A lo largo y ancho del jardín, el resto de los yokai empezó a recuperarse de los efectos de la barrera.
Tenkai se dio cuenta de este detalle, y ordenó al shikigami de Orochi que se alejase lentamente del campo de batalla. Mejor no correr riesgos. Sus adláteres, igualmente discretos, y que no habían hecho prácticamente nada durante la batalla salvo ayudar a su maestro con los ammonites, también se apartaron.
—¡Vaya, menudo "miedo"! —exclamó el Gokadoin impresionado—. Es indudablemente el "miedo" de la muy estimada abuela del Primer Líder. Diría que incluso se ha hecho más fuerte desde que los yokai aparecen en las noticias de televisión todos los días. Excelente, excelente. Temo no poder quedarme a charlar más tiempo, pero antes de irme me gustaría entregarle un pequeño regalo...
—¿Oh? —Hagoromo-Gitsune enarcó una ceja.
Tenkai se sacó de la manga (literalmente, porque las mangas de su túnica eran muy amplias) una jarra de barro de aspecto misterioso. Sin más ceremonia, arrojó el recipiente a los pies de Hagoromo-Gitsune.
—¡Te presento las serpientes que he estado criando! ¡Espero que te gusten, maldita zorra!
Víboras, culebras y ciempiés venenosos brotaron de la jarra como por arte de magia y se enroscaron en torno a la kitsune.
—¡Hermana mayor! —exclamó Kyokotsu asustada.
—¡Abuela! —gritó Rikuo.
Hagoromo-Gitsune ni se inmutó. No había nada de qué preocuparse. Antes de que aquellos bichos inmundos pudiesen clavarle sus colmillos, usó sus colas de zorro para convertirlos en picadillo. Fue tan rápida que Tenkai ni siquiera había podido ponerse a cubierto antes de que la kitsune sacase de la nada un abanico de metal oscuro. Era el Abanico de Dos Colas, Nibi no Tessen, una de las armas favoritas de Hagoromo-Gitsune.
—¿Qué crees que estás haciendo, Tenkai? —le preguntó la Señora del Pandemónium a su contrincante—. Si eres descendiente de Yoshihira, también tienes mi sangre, ¿no es así? Entonces, ¿cómo es que no comprendes tu lugar? Empecemos por lo primero: ¡arrodíllate ante mí!
El abanico en sus manos creció hasta extremos imposibles. Luego, de un solo tajo, Hagoromo-Gitsune cortó el cuello de la serpiente. La cabeza del gigantesco ofidio se estrelló contra el suelo con un ruido sordo, mientras surtidores de sangre empapaban los alrededores. Incluso el vestido negro de Hagoromo-Gitsune recibió alguna que otra salpicadura roja. En cuanto a Tenkai, el malvado exorcista cayó de culo en el suelo.
—¡Ay, ay, ay, esto duele! Este "miedo" es tal como decían los rumores. No, es aún mayor —Tenkai se llevó las manos a la cara. Notó cómo su máscara se agrietaba—. Pero no es suficiente para detener la Purificación. Si de verdad queréis enfrentaros a nosotros, venid al Castillo Espiral. Os prometo que tendré preparada una calurosa bienvenida para vosotros.
Hagoromo-Gitsune frunció el ceño.
—¿De veras crees que te voy a dejar escapar?
La kitsune lanzó sus colas de zorro hacia delante para atraparlo, pero cuando parecía que lo tenía bien sujeto, el cuerpo de Tenkai se deshizo en una masa de veneno puro. Insuficiente para acabar con la vida de Hagoromo-Gitsune, pero aún así escocía una barbaridad. Iba a tener calvas en las colas durante meses.
—Parece que no soy el único experto en usar líquidos para engañar al oponente —musitó Ryuji.
—Lo he visto. Es tan cobarde y mentiroso como tú, Keikain Ryuji —observó Hagoromo-Gitsune.
—Lo tomaré como un cumplido, kitsune.
Rikuo se interpuso entre los dos. El joven señor de los Abe quería hacerse con el control de la situación antes de que las pequeñas rencillas de siempre lo echasen todo a perder. Tenkai se había retirado, sí, y con él parte de las serpientes gigantes. Por desgracia, era sólo un respiro momentáneo. En otras partes del país, los yokai estaban muriendo a manos de los Gokadoin. Además, si sus enemigos seguían la misma tónica, estaba seguro de que aparecerían más exorcistas para tratar de acabar con ellos. Quizás ese era el plan, asediarlos sin descanso hasta borrarlos del mapa.
—¿Podríamos dejar esas comparaciones a un lado y centrarnos en lo importante? Aunque este ataque nos ha hecho daño, ahora sabemos dónde se ocultan los Gokadoin —señaló Rikuo—. Tenemos que ir a ese castillo Aoi.
—¡Pero eso está en Edo! —señaló Gashadokuro—. ¿Cómo vamos a ir hasta allí? ¡Esas serpientes nos comerán a todos antes! ¡Tengo miedo!
—¡Gasha! ¿Dónde está tu orgullo de ayakashi? —le echó la bronca Kyokotsu—. ¡Esas cosas no son más que gusanos grandes! ¡Aunque nos lleve un año entero, las aplastaremos a todas!
—¿Pero a ti no te gustaban las serpientes?
—¡Claro que sí! Pero ya oíste al Gran Tengu: no son serpientes de verdad, sino un estúpido shikigami —le recordó ella.
En ese momento, Rihan dio un paso al frente. Al igual que Hagoromo-Gitsune, más que luchar, el Segundo General de los Nura había estado observando la situación. De hecho, había aprovechado para encender una pipa y fumar a gusto en medio de la batalla con los caracoles de Tenkai. Así de despreocupado podía llegar a ser. O mejor dicho, así de despreocupado podía parecer. Pues mientras los demás discutían o se recuperaban de las heridas, él estaba esperando la llegada de un aviso importante. Un aviso que ahora podía compartir con los demás.
—Si es transporte a Tokio lo que se necesita, el Clan Nura estará encantado de ofrecer una solución —anunció Rihan. Se quitó la pipa de la boca y señaló con ella al cielo.
Rikuo levantó la mirada. El cielo frío y oscuro estaba tapizado de estrellas, cuya luz dibujaba la silueta de varias formas indeterminadas que se movían por el aire. Cuando se acercaron más, el muchacho pudo comprobar que se trataba nada más y nada menos que de una flota de barcos voladores. No estaba muy claro cómo podían mantenerse en el aire, pero algo debían tener que ver los brazos que les salían de los lados. Cada mano sujetaba un abanico con los que, al parecer, hacían flotar los barcos. La nave más grande desplegaba orgullosa una vela cuadrada en la que había sido pintado el símbolo del Clan Nura, el kanji del "auténtico temor".
—Nuestro particular barco del tesoro, Takarabune, y las barcas de recreo —informó Rihan a los presentes—. No hay nada mejor para hacer largos recorridos de una forma rápida y cómoda. Después del ataque del primer Gokadoin los he llamado y han venido en un abrir y cerrar de ojos.
El Gran Tengu frunció el ceño.
—Si mal no recuerdo, fueron los mismos barcos voladores que utilizó el Nurarihyon para invadir Kioto.
Rihan le guiñó un ojo.
—Y funcionaron muy bien, ¿verdad? —comentó el líder de los Nura. Pero como algunos ponían mala cara al recordar la guerra de ocho años atrás, Rihan tuvo que añadir—: Venga, venga, no es momento de recordar viejas rencillas. Tenemos un enemigo común.
—El general Rihan tiene razón —dijo Rikuo, alzando su espada para atraer la atención de todos—. Sólo por lo que han hecho el día de mi boda, los Gokadoin deberían pagar. Pero también sabemos que no se detendrán sólo con esto, que su objetivo es el exterminio de todos los seres sobrenaturales de Japón, puede incluso que del mundo entero. ¿Nos vamos a quedar de brazos cruzados mientras nos atacan una y otra vez! ¡Jamás! ¡Yo me voy a Tokio! ¿Quién se viene conmigo?
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Kantei, Tokio
En el 2-3-1 de Nagatacho, Chiyodaku, Tokio 100-8968, es decir, en la residencia oficial del Primer Ministro de Japón, se estaba celebrando una reunión urgente. En el centro de emergencias del Sōri Daijin Kantei , el jefe del gobierno nipón consultaba con el ceño fruncido los datos que le iban llegando.
Este Primer Ministro no era el mismo que había gobernado durante la crisis causada por Sanmoto Gorozaemon. El anterior había dimitido años atrás, y ahora una nueva cara se encargaba de dirigir los destinos del país. Habían sido unas legislaturas muy complicadas. Japón estaba viviendo una tensión racial nunca vista antes, ni siquiera en los tiempos en que la mayoría de la etnia Yamato había oprimido al pueblo Emishi del este o a los Ainu de Hokkaido. Pues todos ellos eran humanos, mientras que ahora los ciudadanos de Japón tenían que aprender a convivir con unos seres que de humanos no tenían nada.
Los yokai (o mejor dicho, "seres sobrenaturales", pues se entendía que la palabra "yokai" tenía connotaciones negativas y no era políticamente correcta) habían poblado los cuentos de terror del país del Sol Naciente desde tiempos inmemoriales. Ahora, sin embargo, se les decía que eran ciudadanos de pleno derecho, que podían ser sus vecinos, sus compañeros de trabajo o incluso sus cargos electos. Por si fuera poco, aunque la mayoría de los yokai habían decidido unirse al cambio o, simplemente, recluirse en un discreto mutismo en guaridas lejos de los humanos, había demasiados ejemplos de seres sobrenaturales causando maldades. Estas maldades podían ir desde pequeñas bromas y sustos, que en el fondo no hacían daño a nadie, hasta crímenes espantosos como el secuestro y asesinato de niños.
No, no era una buena época para ser el Primer Ministro de Japón. El jefe de gobierno además sentía clavados en él los ojos de todo el mundo. La salida a la luz del mundo sobrenatural en el archipiélago nipón había levantado una polvareda. Si los yokai eran reales, ¿acaso no podría ocurrir lo mismo con seres legendarios de otras partes del globo? Ahora ya nadie se burlaba de las historias de vampiros, hombres lobo o duendes.
Todos tenían preguntas, y esperaban que Japón les diese las respuestas. Los científicos querían estudiar a los yokai, pues sus poderes violaban todo el conocimiento aceptado sobre las leyes naturales. Los políticos querían saber cómo organizar un país para dar cabida a ciudadanos tan "especiales". Y las personas de a pie sólo querían tener la certeza de que se podía vivir a salvo en un mundo que había cambiado de la noche a la mañana.
Aquel día en concreto, el Primer Ministro odiaba su trabajo.
—¿Es un ataque sobrenatural? ¿Es otro yokai como Sanmoto Gorozaemon? —quiso saber el jefe de gobierno después de ver las imágenes tomadas por sus servicios de información. Las serpientes en el cielo eran algo de dominio público (¿cómo podían ocultar algo así, si cualquiera podía verlo desde la ventana de su casa?), pero todavía no habían trascendido los hechos acaecidos en Kioto.
Unas horas antes, el Primer Ministro había llamado a Abe Kuzunoha para transmitirle su pésame por el atentado terrorista que habían sufrido el día de la boda de su nieto, así como para prometerle que su gabinete haría todo lo posible para encontrar a los culpables. Ahora, sin embargo, empezaba a sospechar que los yokai estaban involucrados.
Antes de que llegase a conclusiones precipitadas, el Ministro de Interior le informó:
—Nuestros contactos dentro de los onmyoji aseguran que se trata de un ataque sobrenatural, sí, pero no está tan claro que los culpables sean yokai. De hecho, desde Kioto nos han llegado rumores inquietantes.
El Ministro de Interior le pasó un sobre con el sello "Alto Secreto". Su identificador era un número anónimo, pero en cuanto el Primer Ministro empezó a leer su contenido, un nombre apareció destacado sobre los demás: GOKADOIN.
—¿Quiénes son estos Gokadoin y qué tienen que ver con lo que está ocurriendo? —preguntó el jefe de gobierno.
—No lo sabemos con certeza —confesó el Ministro de Interior—. En teoría, se trata de una orden de exorcistas, como los famosos Keikain de Kioto o los Tsuchimikado, pero mucho más secreta. Tenemos informes de que en momentos puntuales han colaborado con el gobierno japonés en la resolución de varios casos difíciles relacionados con el mundo sobrenatural.
—Estas fechas... Son anteriores a la Era Meiji —observó el Primer Ministro—. Vaya, así que todos los gobiernos desde tiempos de los Tokugawa han sabido que los yokai existían, pero soy yo el que tiene que lidiar ahora con el problema de la convivencia. Genial. ¿Y encima me estáis diciendo que estos Gokadoin han estado ayudando al país durante siglos, pero ahora quieren acabar con él? ¡Esto no tiene ningún sentido!
Una voz femenina interrumpió entonces su discusión
—Al contrario, lo tiene, señor Primer Ministro. Los Gokadoin jamás han traicionado a su país. Es Japón quien ha traicionado a los Gokadoin.
En el centro de emergencias, un lugar supuestamente seguro y libre de toda interferencia, había entrado una hermosa joven con el pelo recogido en impresionantes tirabuzones y unos labios finos y seductores. Sus ropas chocaban como la noche y el día con los serios trajes de los políticos allí presentes, pues era una lolita gótica de guantes y falda de encaje negro, lazos y medias de seda, y tacones de escándalo. Pero lo más raro era que llevaba consigo un oso de peluche lleno de vendas.
Una vez superada la sorpresa inicial, el Primer Ministro se enfadó. ¿Qué hacía una intrusa en aquella reunión de emergencia? Especialmente una tan estrafalaria como ella. ¿Es que los guardias se habían quedado dormidos o qué?
Antes de que pudiera avisar a seguridad, sin embargo, la recién llegada lo interrumpió:
—No se moleste, señor Primer Ministro. Ahora mismo todos los presentes en esta residencia están bajo mi control. Si no me cree, intente levantarse de la silla.
Un sudor frío recorrió al jefe de gobierno cuando se dio cuenta de que no podía moverse. Su cerebro mandaba señales a sus piernas, pero éstas se negaban a responder. Un rápido vistazo le confirmó que el resto de su gabinete, así como ayudantes y secretarios, se encontraban en la misma situación. Estaban a merced de la intrusa.
—¿Qué es lo que quiere usted de mí? ¿Es una Gokadoin? ¿Son ustedes responsables de lo que está ocurriendo? —preguntó el Primer Ministro.
La linda lolita de negro sonrió, aparentemente complacida.
—No se preocupe, señor Primer Ministro. No me han ordenado matarlo —le explicó al político, que sintió cierto alivio al oír aquello—. Soy Gokadoin Yuiyui. El objetivo de mi familia no es destruir Japón; al contrario, queremos salvarlo.
—¿Salvarlo? —repitió el jefe de gobierno, confundido.
—Sí, salvarlo —Yuiyui asintió—. Durante demasiados años los ayakashi han sido una amenaza para la paz de Japón. Ustedes mismos fueron testigos de ello con Sanmoto Gorozaemon. Sin embargo, en vez de acabar con esos malvados seres sobrenaturales, los han protegido, ¡incluso los han llamado "ciudadanos"!
—Fue la decisión del Tribunal... —quiso explicar el Primer Ministro, pero la exorcista gótica continuó sin hacerle caso.
—Nuestra familia no podía quedarse de brazos cruzados. Por eso hemos iniciado esta Purificación. Todos los seres sobrenaturales de Japón serán aniquilados. Aquellos que les ayuden compartirán la misma suerte que ellos —sentenció Yuiyui con seriedad. Luego la Gokadoin dulcificó su expresión para añadir—: Se lo ruego, señor Primer Ministro. Aún no es tarde para cambiar el rumbo del país. Ayúdenos a acabar con la amenaza de los ayakashi. Los Gokadoin hemos colaborado con el gobierno durante siglos. Nos gustaría mantener esa tradición.
El jefe de gobierno se calló. Tenía demasiadas cuestiones en mente como para dar una respuesta. Yuiyui asintió de manera comprensiva.
—Lo entiendo, tiene mucho en que pensar. Me despido por ahora, señor Primer Ministro. Los Gokadoin estaremos esperando con ansia su respuesta. Pero no se demore. Una vez empezada, la Purificación es imposible de detener.
La joven de negro se marchó. Minutos más tarde, el Primer Ministro y su gabinete sintieron que la movilidad volvía a sus miembros. Varios miembros de los cuerpos de seguridad corrieron a la sala de reuniones, después de que ellos mismos hubiesen sido paralizados por la intrusa. Se temían lo peor, pero se tranquilizaron al ver que la plana mayor del gobierno estaba sana y salva.
—Qué poder tan terrible —comentó el Ministro de Interior—. Parecíamos marionetas en sus manos.
—Y según parece, hay más como ella. Esos Gokadoin están atacando Japón —añadió el Ministro de Defensa.
—No, no están atacando Japón. Están atacando a los yokai de Japón. Existe una diferencia —dijo su colega de Interior.
—No por mucho tiempo —repuso el responsable de la cartera de Defensa—. Señor Primer Ministro, las palabras de esa mujer han sonado ha amenaza. ¿Cómo tenemos que responder? ¿Accedemos a las peticiones de los Gokadoin o defendemos a los yokai?
Por desgracia, el Primer Ministro estaba sumido en una angustiante desazón.
—No lo sé —reconoció con desaliento.
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Casa Nura, Ukiyoe
Tal como había prometido Rihan, la flota voladora de los Nura les había llevado en unas pocas horas hasta el pueblo de Ukiyoe, en el área metropolitana de Tokio, donde los yokai yakuza de Kanto tenían su base. La casa principal era una mansión de estilo tradicional, de madera, muy avejentada, pero que aún conservaba el sabor auténtico del estilo Edo. Además, estaba plagada de yokai de todos los tamaños, alegres y vivarachos incluso en aquel momento de crisis.
—¡Señor Rihan! ¡Habéis vuelto! —saludaron a su general—. ¿Habéis visto lo que está ocurriendo en el cielo?
—Sí, lo he visto. ¿Os han atacado esas serpientes? —preguntó Rihan.
Un cíclope con aspecto de gángster respondió con aire de suficiencia:
—¡Lo han intentado! Pero aquí estaba yo con mis dos pistolas para ocuparme de la situación. ¿Verdad, chicos?
—Oh, sí, el señor Hitotsume Nyudo ha sido muy valiente —contestó uno.
—Sí, ha atraído la atención de las serpientes gigantes y así el señor Gyuki ha podido cortarles el cuello sin problemas —añadió otro.
—Es el cebo perfecto —concluyó un tercero.
El cíclope empezó a echar humo de las orejas, pero se tranquilizó cuando Rihan le dio unas palmadas amistosas en la espalda y le agradeció su dedicación al clan. Sin embargo, el humor de todos se agrió un poco más cuando vieron quién acompañaba a Rihan. Porque aparte de Setsura, Kubinashi y el resto de lugartenientes, habían venido también muchos yokai de Kioto y onmyoji Keikain.
—¡Eh! ¿No es ese el nieto de Hagoromo-Gitsune? ¿Qué hace aquí? —preguntaron muchas voces en voz alta—. Y ese es el tipo de las dos espadas que siempre está enfadado, y ese de allí el cura pesado, y esa niña de la calavera me está dando miedo, ¿y no es ese un esqueleto gigante? ¡Un momento! ¡Y allí hay onmyoji! ¡Señor Rihan! ¿Qué está pasando aquí?
Rihan le hizo un gesto de disculpa a Rikuo. El muchacho asintió. Entendía perfectamente la situación. Aunque siete años atrás había visitado la casa principal de los Nura, lo había hecho en compañía únicamente de Yura, Tsurara, Ibaraki-Doji, Shokera, Ryuji y Mamiru. Ahora, en cambio, venía a la cabeza de un pequeño ejército. Además, habían llegado prácticamente sin avisar.
Prácticamente todos los guerreros del Clan Abe se habían unido a la expedición, o al menos todos los que no estaban heridos. La única que se había quedado atrás era Hagoromo-Gitsune.
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Unas horas atrás
Estaban culminando los preparativos. Los barcos voladores de los Nura se estaban llenando hasta casi reventar, lo cual causaba no pocas fricciones entre los yokai de los diferentes clanes, por no hablar de los onmyoji. En cuento a Rikuo, se estaba enfundando una armadura encargada a medida, al estilo de los samurai de la era Heian. Si iba a ir a la guerra otra vez, lo haría preparado.
Le había sugerido a Tsurara comprarle otra, pero la dama de las nieves se había negado. Ella necesitaba sentir las corrientes de aire frío y tener libertad para bailar con el hielo. Así combatían las Yuki-Onna.
Para sorpresa de Rikuo, Hagoromo-Gitsune le dijo:
—Tú te vas con los Nura. Yo me quedo aquí.
—Abuela, ¿es que sigues teniendo un problema con la gente de Rihan? —quiso saber el muchacho.
—Por supuesto que sí —rezongó la kitsune, como si aquella fuese la pregunta más tonta del mundo—, pero esa no es la razón. Nuestro baluarte se ha vaciado de guerreros. ¿Qué ocurriría si los Gokadoin vuelven a atacar Kioto? Aquí tenemos cientos de heridos. Estarían indefensos. Alguien tiene que defenderlos.
Era una preocupación lógica, pero Rikuo no entendía por qué era ella la que tenía que quedarse.
—En ese caso, quizás es mejor que nos quedemos aquí y que vayas tú en nuestro lugar.
—Como bien sabes, Rikuo, no soy la más indicada para jugar en equipo —le señaló su abuela—. Además, Yoshihira me conoce. Sabe de lo que soy capaz. Tendrá preparada alguna trampa para mí. No, Rikuo, tienes que ir tú. Sorpréndele. Los Gokadoin han tenido siglos para prepararse, pero esa es su debilidad; están demasiado acostumbrados a trazar planes. Recuérdales que la sangre de un kitsune sirve para algo más que para lanzar hechizos.
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En honor a la verdad, Hagoromo-Gitsune no se había quedado completamente sola. Algunos tengus la acompañaban, y varios heridos podrían reincorporarse pronto a las filas del clan. Sin embargo, Rikuo sabía perfectamente que tenían que detener a los Gokadoin antes de que fuera demasiado tarde. Las serpientes gigantes parecían haberse retirado, pero sólo momentáneamente. Aquel respiro había permitido que les llegasen informaciones de otros clanes yokai. Las cifras de muertos y desaparecidos eran espeluznantes.
Rikuo notó que una mano fría se apoyaba en su mejilla.
—Tsurara...
—¿En qué piensas? —le preguntó su esposa. Sus caleidoscópicos ojos amarillos mostraban signos de cansancio y preocupación. Estaba siendo un día muy largo para todos.
—Pensaba en todos los que han muerto por culpa de los Gokadoin. Y en todos los que morirán si no los paramos cuanto antes.
Para su sorpresa, Tsurara sonrió.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Rikuo extrañado.
—Nada, nada. Es sólo que en momentos como este recuerdo qué fue lo primero que me atrajo de ti —contestó la dama de las nieves, mientras un leve sonrojo coloreaba sus mejillas—. Eres un héroe, ¿lo sabes?
—Oh, por favor, Tsurara, no empieces tú también con lo del "Mesías". Qué poco me gusta ese título.
La dama de las nieves ahogó una risita y le dio un beso lleno de cariño. Luego, los recién casados siguieron al resto de los jerarcas que en ese momento estaban tomado asiento en la sala de reuniones del Clan Nura. Allí, Rihan estaba poniendo a los suyos al corriente de las novedades, así como el plan para atacar a los Gokadoin en el castillo de Aoi.
—Me temo que nuestro asalto que esperar un poco —reconoció Rihan al final de su charla—. He dado un aviso general para que los guerreros de nuestro clan se concentren aquí, pero tardarán un rato.
—Qué pésima organización tienen los ayakashi de Edo —comentó Ibaraki-Doji con displicencia. El irascible yokai con media cara tapada por una lápida seguía siendo tan abrupto como siempre. Claro que el líder de los oni de Kioto era un espadachín sin par, así que pocos se lo tenían en cuenta o se atrevían a criticarle a la cara.
—Mis disculpas, señor oni, pero en Ukiyoe no estábamos celebrando una boda que reuniese a los jefes de la familia —intervino Gyuki, el demonio que custodiaba el monte Nejireme en nombre de los Nura—. Además, tenemos que pensar nuestros movimientos detenidamente. Si ese Tenkai es tan hábil como dicen, nos enfrentamos a una barrera espiritual de gran calibre. Si no somos prudentes, seremos nosotros los que acabaremos muertos a manos de nuestros enemigos.
Hubo un silencio incómodo. Los yokai podían ser grandes luchadores, y no tenían miedo de enfrentarse a un ejército de shikigami si hacía falta, pero las barreras espirituales eran otro cantar. Había que ser muy poderoso para resistir una de ellas.
En ese momento, Yura tomó la palabra.
—Nosotros nos encargaremos de localizar y destruir el sello que protege el castillo de Aoi.
Hubo un revuelo generalizado en la sala de reuniones, especialmente entre los yokai de Ukiyoe y de otros clanes amigos. A diferencia de los yokai de Kioto, ellos no estaban acostumbrados a relacionarse con onmyoji en su día a día, ni siquiera después de que el mundo sobrenatural hubiese pasado a formar parte de la sociedad japonesa. Para muchos, los exorcistas eran el coco, un cuento de terror para asustar a los niños yokai. No les hacía gracia tener que trabajar con ellos. Afortunadamente, Rihan les llamó al orden.
Rikuo intercambió una mirada de confianza con Yura.
—Contamos con vosotros —le dijo a su amiga de la infancia.
—Por supuesto —Yura asintió—. Mientras vosotros reunís vuestras fuerzas, los onmyoji de la familia Keikain se encargarán del resto. Para cuando lleguéis, la barrera que protege el Castillo Espiral de los Gokadoin estará destruida.
—¿No sería mejor esperar a que estemos todos juntos? —sugirió Rikuo.
Sin embargo, esta vez Ryuji fue el que respondió. Desde su encuentro con Tenkai, parecía más irritado que nunca, lo cual ya era decir.
—Cállate, kitsune —le espetó a Rikuo—. Este es una cuestión de orgullo para los Keikain. Tenkai y los Gokadoin se han reído de nuestras habilidades. Prácticamente nos han retado. Pero no dejaremos que acabe así. Utilizaremos el poder de la familia Keikain para demostrarles quiénes son los mejores onmyoji de Japón. ¿Verdad que sí?
Sus primos asintieron. Incluso los yokai presentes parecieron impresionados por sus palabras. Sólo Yura hizo una mueca de desagrado.
—¿Alguien recuerda que soy yo la líder de la familia Keikain? Ay, da igual. ¡A por el castillo de Aoi!
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El Castillo Espiral
Sobre las ruinas del viejo castillo Aoi se levantaba una estructura extraordinaria. Por desgracia, era completamente invisible e intocable para aquellos que no perteneciesen a la familia Gokadoin. Era la obra maestra de Tenkai, un conjunto de escaleras que conectaban hasta nueve pisos, cada uno por encima del otro. Cada piso era una pequeña fortaleza, hasta llegar al último, un templo-palacio construido al estilo de la era Heian. Allí, en lo más alto del Castillo Espiral, el Primer Líder de los Gokadoin tenía su trono.
En aquel momento, el creador del Castillo Espiral estaba arrodillado delante de Abe no Yoshihira, el Primero. A su lado, una imperturbable Orochi descansaba para recuperar su concentración. Había utilizado sus serpientes gigantes durante horas y necesitaba unos minutos de respiro antes de continuar. Al otro lado, Abe no Ariyuki y Gokadoin Yasutada esperaban su turno.
—¡Lo siento muchísimo, Primero! —se disculpó Tenkai con la cara pegada al suelo—. ¡He dejado que esos pazguatos me derrotasen! ¡No tengo perdón! ¡Y ahora vienen hacia aquí!
—Levántate, Sexto —le ordenó Yoshihira—. Tú misión nunca fue derrotarlos, sólo comprobar si se podía terminar la barrera espiritual. Ahora sabemos que es así. Una vez acabemos con los ayakashi que se resisten, podremos terminar la barrera espiritual y acabar de un plumazo con todos los seres sobrenaturales de Japón. Si sólo Hiruko hubiese triunfado...
—No merece la pena lamentarse por lo que no fue —dijo una mujer de negro, entrando por la puerta—. Hiruko lo intentó. Ahora tenemos que terminar nosotros lo que él empezó.
Yoshihira se volvió hacia la recién llegada.
—Bienvenida de nuevo, Yuiyui. Has sido muy rápida. ¿Qué dicen los gobernantes del Japón moderno?
Yuiyui sonrió.
—Se lo están pensando —dijo la lolita gótica—. Creo que necesitan un "empujón" en la dirección correcta. ¿Tal vez una demostración de fuerza? Si los principales clanes cayesen del todo, ya no tendrían razones para dudar. El nido de Kioto sigue en pie, y muchos ayakashi se están reuniendo aquí mismo, en Edo.
Yoshihira asintió. Sí, Yuiyui tenía razón. Siempre podían esperar a que sus enemigos se estrellasen contra las defensas del Castillo Espiral, pero era mejor mantener la iniciativa y cortar de raíz cualquier intento de contraataque. Por eso apreciaba los consejos de la Quinta; Yuiyui había luchado durante el periodo Sengoku contra las fuerzas de la oscuridad y sabía planear buenas estrategias.
—Estoy de acuerdo. Que no tengan un momento de respiro —dijo Yoshihira.
Para sorpresa de todos, Orochi proclamó:
—Yo me encargo de Kioto. Siento que Hagoromo-Gitsune está allí.
Aquel anuncio dejó descolocada a Yuiyui.
—¿Señora Orochi? ¡No! —exclamó la Quinta Líder de los Gokadoin—. ¡No es necesario que vaya a ninguna parte! Yo misma puedo usar mi poder para...
—Le han cortado varias cabezas a mi pequeño y lindo insecto. Lo sabes, ¿verdad, Yuiyui? Oh, ya he dado un paso... ahora otro... ¿Me vais a detener? Es mejor callar y dejar que los demás hagan lo que tienen que hacer...
Yuiyui miró de reojo a Ariyuki. El jovencísimo (al menos en apariencia) Tercer Líder se encogió de hombros. Orochi siempre había sido bastante rarita. Era mejor no interponerse en su camino.
—Queda decidido, entonces —dijo Yoshihira en voz alta—. Orochi se ocupará de Kioto. Ten cuidado, siento que el "miedo" de Hagoromo-Gitsune sigue protegiendo el lugar. Yasutada, tú te encargarás de bombardear el nido de ayakashi de Ukiyoe. Hay que recordarles que no están a salvo. Tenkai, tú protegerás la barrera del Castillo Espiral.
Tenkai y Yasutada asintieron y corrieron a sus puestos.
—¿Y nosotros? —preguntó Ariyuki, señalándose a sí mismo y a Yuiyui.
—Vosotros os quedaréis aquí. Si el destino está en nuestra contra, si el país nos traiciona y se vende a los seres de la oscuridad, entonces seréis la última línea de defensa del Castillo Espiral. Necesitaré ese tiempo si quiero completar la Manipulación Astronómica.
Tanto Ariyuki como Yuiyui pusieron caras de gravedad.
—Entonces, ¿está decidido? —preguntó Yuiyui.
—Así es —respondió Yoshihira, más serio que nunca—. Si no podemos salvar este mundo de la corrupción, lo destruiremos y lo reconstruiremos desde cero. Sólo los elegidos del Castillo Espiral sobrevivirán. El resto sufrirá el castigo de los cielos. Así lo jura el Primero.
Notas adicionales:
¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz 2015 para todos mis lectores y para mis reseñadores, entre los que se encuentran personas tan fantásticas como Suki90, Nayrael, RAYHACHIBI, OsoreKitsune, poisonousgolem, RIAS y Mahou Kijutsu, que se toman la molestia de escribirme unos bonitos comentarios! Gracias de corazón.
He de pedir disculpas por no haber actualizado en diciembre. Vale, que actualizar justo el 1 de enero no está mal y que en estas fechas todos andamos distraídos, pero lo cierto es que me estoy tomando esta miniserie con más relax. Con Kitsune no Mago cumplí mis plazos a rajatabla, todos los meses, pasase lo que me pasase. Estoy orgulloso de ello. Este retraso, aunque sea de un día, aunque no sea en la serie original, es romper una promesa. Lo siento.
Y ahora, ¡al lío!
* En este capítulo Ryuji y Tenkai tienen un gran protagonismo. Es natural, puesto que Tenkai fue probablemente el Gokadoin más desarrollado durante la saga y es presentado como el reverso tenebroso de Ryuji.
* Las ruinas del castillo Aoi fueron mostradas por primera vez en el capítulo 184 del manga, aunque no se descubrió su secreto hasta el capítulo 201. Pese a la información que podéis ver en la wiki de Nuramago, el castillo se encuentra en Tokio, no en Kioto.
* Al volver a leer los capítulos de la saga de los Gokadoin, me doy cuenta de que el plan de Tenkai era uno de los más ambiciosos de todos. Lo que habéis leído aquí, lo de una barrera gigante capaz de abarcar todo Japón, no es un invento mío, sino que Tenkai lo estaba poniendo en práctica en el manga hasta que el inesperado regreso de Hagoromo-Gitsune evitó que concluyera su trazado en Kioto.
* También me ha sorprendido Yuiyui. Las pocas veces que aparece es prácticamente como consejera de Yoshihira y sus avisos suelen ser de lo más juiciosos. Fue la primera en avisar a los suyos de que no subestimasen a los yokai de Nuramago, tomó la iniciativa de informar a Seimei de la localización del ejército aliado de Rikuo para aplastarlos cuanto antes y puso objeciones a la iniciativa de Orochi de combatir en primera línea del frente. Aprecio a villanos que han leído la Evil Overlord List.
* Muchas técnicas de los Gokadoin tienen nombres o referencias budistas, por lo que no es tan extraño que Tenkai (un personaje histórico real, como Seimei) se encuentre entre sus filas.
* El monte Sumeru, Meru o Sineru es una montaña mítica que representa el centro del universo físico, metafísico y espiritual en varias cosmogonías asiáticas, incluido el Hinduismo, el Budismo y el Jainismo. Según Ryuji, es el modelo de la barrera espiritual de Tenkai.
* Hagoromo-Gitsune tiene razones para desconfiar. En el manga, su intervención fue imprescindible para derrotar a Seimei, pero la razón fue que nadie había previsto su resurrección, por lo que nadie había preparado ninguna defensa contra ella. Por supuesto, Seimei se bastaba a sí solo para derrotar a su madre, pero no para el Matoi de Rikuo con Hagoromo-Gitsune. Aquí, en cambio, Yoshihira sabe perfectamente que su abuela está viva.
Próximo capítulo: "Talento".
