Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Los Gokadoin han comenzado la Purificación. Serpientes gigantes atacan a lo largo y ancho del país, mientras que el monje Tenkai invade Kioto con su ejército de caracoles. Rikuo y sus aliados logran detenerlo y averiguan el escondite de sus enemigos: el Castillo Espiral de Aoi, en Tokio. Yokai y onmyoji Keikain se concentran en la capital para el contraataque, pero el líder de los Gokadoin no está dispuesto a concederles un momento de respiro.
Talento
Yura observó las ruinas con el ceño fruncido. Tal como les habían explicado los yokai de Tokio, en aquel lugar no había más que los cimientos demolidos del antiguo castillo de Aoi. O al menos eso era lo que parecía a simple vista. A menos que fuera todo una broma de Tenkai, en aquel lugar se encontraba la base secreta de los Gokadoin. Pero si no podían verla ni tocarla, era como si sus enemigos estuviesen en la Luna.
La joven líder de la familia Keikain se volvió hacia su hermano mayor.
—¡Ryuji! ¿Todavía no has terminado? Date prisa. Esas nubes en el cielo no me gustan nada. O mucho me equivoco, o los Gokadoin están preparando otro ataque.
Su hermano, concentrado en sus sellos espirituales, ni siquiera se dignó a mirarla.
—Silencio, Yura. Me estás incordiando —respondió él malhumorado—. A diferencia de ti, hay personas que sí necesitan un poco de tiempo para realizar sus técnicas.
Yura apretó los dientes. Tras la muerte de su abuelo, ella era ahora la cabeza de familia gracias a su talento y su capacidad de liderazgo, pero ello no había servido para mejorar sus relaciones con Ryuji. Su hermano mayor seguía siendo tan abrasivo como siempre, lo cual la dejaba en evidencia ante los demás miembros del clan. Incluso ante exorcistas de otras familias, lo cual la hacía morirse de vergüenza.
Sin embargo, siempre le perdonaba. Pese a su falta de tacto, su hermano era muy hábil y siempre tenía en mente el bien de los Keikain. Como ahora.
Habían estado hablando de ello durante el trayecto a Tokio. Por fortuna, habían viajado con ellos miembros de los Nura que conocían el lugar. Según los planos de la ciudad que se habían agenciado, así como testimonios de primera mano de los yokai, además del foso que rodeaba el castillo, había un gran número de túneles subterráneos en los alrededores. Bueno, Tokio, como cualquier otra gran ciudad, estaba llena de canales y túneles de ese tipo, pero en el caso del castillo Aoi estos pasadizos databan de tiempos de los Tokugawa. Muy misterioso.
Ryuji estaba convencido de que el agua que rodeaba al castillo era la clave de la barrera espiritual construida por Tenkai, la misma que ocultaba el Castillo Espiral de la vista de humanos y seres sobrenaturales.
—Pero los fosos no son suficientes para crear una barrera en forma de espiral —había señalado Yura.
—Eso es lo que parece —había replicado Ryuji—, ¿pero y si hay otro canal en la parte de atrás? ¿Uno que no podemos ver y que fluye por ese laberinto de túneles subterráneos? Entonces la barrera de Tenkai no sería sólo una espiral, sino una doble hélice.
—Increíble —había murmurado Masatsugu al ver el dibujo que les había hecho Ryuji de la posible disposición de la barrera.
—No hay que subestimar a Tenkai. Puedo encargarme de cancelar la barrera, pero necesitaré tiempo —había dicho Ryuji entonces.
Al final, se habían repartido las tareas de la siguiente manera: Ryuji se concentraría en encontrar el punto débil de la barrera de Tenkai y destruirla, mientras Masatsugu y Pato crearían barreras para reflejar cualquier hechizo lanzado por el enemigo para contrarrestar las acciones de Ryuji. Era un momento delicado. Normalmente, Mamiru se encargaba de proteger a Ryuji, pero esta vez el primero de los dos hermanos se había quedado en Kioto, aún convaleciente. Había sido electrocutado durante el combate contra Tenkai y necesitaba recuperarse. Por eso, la tarea de hacer de guardaespaldas de Ryuji había recaído en Yura.
Un papel que a la joven onmyoji no le hacía mucha gracia, pero qué se le iba a hacer. Sus exorcistas estaban bien en Kioto, bien congregándose con el resto de fuerzas sobrenaturales en la Casa Nura, para avanzar todos a la vez hacia el castillo de Aoi. Un avance que sería inútil si no lograban destruir la barrera antes. Habría deseado que Akifusa estuviera con ella, pero su primo estaba con los demás, ultimando sus últimas espadas exorcistas para el combate.
Los ojos de la chica se detuvieron de nuevo en Ryuji.
"Tú puedes, hermano", pensó Yura para sus adentros. "Confío en ti".
Por desgracia, había otros que también sentían que Ryuji podía destruir la barrera espiritual que protegía el Castillo Espiral. Y no estaban nada contentos.
Descendiendo de los cielos, como ángeles oscuros, el monje enmascarado Tenkai y sus acólitos Gokadoin habían acudido a dar la bienvenida a los intrusos. Eran lo menos una docena, muy superiores en número a los Keikain. El Sexto Líder de los Gokadoin observó a Ryuji con los brazos cruzados, sintiendo cierta admiración por el onmyoji Keikain.
—Vaya, vaya, nos volvemos a encontrar, joven aprendiz de barreras —dijo Tenkai, ignorando a Yura y sus primos y dirigiéndose a Ryuji—. Que estés aquí significa que has averiguado el secreto de mi barrera espiral, ¿no es así?
Ryuji no respondió. Le estaba costando todo su esfuerzo concentrarse en destruir la barrera de su enemigo. Él carecía de las inconmensurables cantidades de poder espiritual de su hermana. Necesitaba tiempo.
—¡Ja, ja, ja, bien hecho! —celebró Tenkai, para luego ponerse serio—. ¿O no? ¿Quizás te has equivocado en tus cálculos? No creas que es tan fácil llegar a mi altura, joven. ¡Venga, inténtalo! ¡Demuéstrame de lo que eres capaz!
—Tenkai... —masculló Ryuji entre dientes.
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Mansión Abe, Kioto
Los terrenos destrozados de la casa principal, incluido el jardín, seguían cubiertos de tiendas para atender a los heridos. El ataque de Gokadoin Hiruko había sido devastador, y ahora había que unir a los alcanzados por el ácido de los caracoles de Tenkai.
La noche prometía frío. Normalmente aquellas horas elevaban los ánimos de los yokai, criaturas nocturnas por excelencia, pero no ese día. Todos notaban que había algo raro en el ambiente. Hagoromo-Gitsune también lo sentía. De pie, mirando al cielo, ajena al viento que movía los bordes de su kimono negro, la Señora del Pandemónium esperaba en tensión la reanudación de las hostilidades.
Wakana, la madre de Rikuo, se aproximó a ella con un termo entre las manos.
—Hace frío, Kuzunoha. ¿Quieres un chocolate caliente?
Hagoromo-Gitsune enarcó una ceja. Como siempre, su nuera parecía vivir en un estado de optimismo permanente. Se había pasado la tarde ayudando y consolando a los heridos, pero parecía tener tantas energías como a la mañana, cuando sólo pensaban en la boda de Rikuo con Tsurara.
—No estoy ahora para chocolates —replicó la kitsune—. Los Gokadoin pronto atacarán de nuevo.
—¡Oh, no! —exclamó Wakana preocupada.
Hagoromo-Gitsune suspiró.
—Te lo he dicho antes, esa es la razón por la que Sojobo y yo nos hemos quedado aquí, mientras que Rikuo y las huestes del clan han marchado a la nueva capital.
—Pensaba que sólo era una posible amenaza, no que iban a atacar de verdad. ¿Estás segura de que va a ocurrir eso?
—Mira allí.
La dama de negro señaló un punto a lo lejos. Nubes de tormenta volvían a arremolinarse en el cielo, tapando las estrellas. Bajo sus tripas grises se movían formas alargadas y cilíndricas, serpenteando entre las sombras.
Wakana notó que su suegra le ponía una mano en el hombro.
—Di a los guardias tengus que empiecen a evacuar a los heridos. Ahora —ordenó Hagoromo-Gitsune.
La buena mujer corrió de inmediato a cumplir sus indicaciones. Cuando la señora de los yokai de Kioto se ponía imperiosa, todos debían obedecer. Sin excepción.
Varias cabezas de serpientes gigantes surgieron de entre las nubes con la vista clavada en la Mansión Abe. Al contrario que aquella tarde, esta vez parecían estar tomándose su tiempo. Obviamente, su guía pensaba que tenía a los yokai contra las cuerdas, así que no le corría prisa.
Sobre la cabeza de la serpiente más grande, su dueña sonrió. Abe no Orochi había experimentado tantas veces con su cuerpo que ahora parecía más un monstruo que un ser humano. Sin embargo, a pesar de que sus mismísimas manos eran más zarpas que otra cosa, la Segunda Líder de los Gokadoin tenía una habilidad extraordinaria para manejar shikigami. Aquel en concreto, Orochi, la serpiente de múltiples cabezas, era su orgullo y satisfacción.
¿Qué importaba que Tenkai hubiese fallado a la hora de completar la gran barrera espiral de Japón? Ella misma se encargaría de destruir a todos los ayakashi del país con sus mismas manos. La Purificación triunfaría.
—¡Adelante, mi insecto carroñero! ¡Devóralos a todos! —exclamó Orochi.
Las serpientes atacaron, pero pronto se vio que esta vez no iban a coger a sus enemigos por sorpresa. Colas de zorro se interpusieron en su camino, cortando cabezas de cuajo, mientras que una bandada de demonios cuervo las distraía en su avance.
—Siento el retraso, señora Hagoromo-Gitsune —se disculpó el Gran Tengu del monte Kurama—. He reunido a todos mis guerreros tan rápido como he podido.
—Lo importante es que has llegado, Sojobo —le contestó la kitsune—. Y si esta es la fuerza de nuestro enemigo, creo que hasta yo sola podría con estas culebras de tres al cuarto.
Para sorpresa de Hagoromo-Gitsune y el Gran Tengu, la Segunda Líder de los Gokadoin lanzó una carcajada.
—¿De qué te ríes, onmyoji? —Hagoromo-Gitsune entrecerró los ojos. Cuando un enemigo se mostraba así de confiado, es que había gato encerrado.
Abe no Orochi sonrió con maldad.
—No subestimes mi poder, oscura antepasada —le espetó la exorcista a Hagoromo-Gitsune—, pues las cabezas de mi Orochi son infinitas. ¿Ves? Con mi querido insecto, arrasar esta casa, esta ciudad, esta provincia entera es juego de niños. Sí... Incluso aquellos ayakashi que conspiran contra mi maestro en Edo no están a salvo de mi poder... ¿Lo sientes, kitsune?
Aunque su expresión no mostró ningún cambio, un escalofrío recorrió la espalda de Hagoromo-Gitsune.
"¡Rikuo, ten cuidado!", pensó la señora de los yokai de Kioto.
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Casa Nura, Ukiyoe
Tal y como había prometido Rihan, las fuerzas del Clan Nura se estaban congregando para el asalto contra el Castillo Espiral. Estaban casi listos para marchar contra sus enemigos... siempre que los Keikain cumpliesen su parte, claro. Muchos de los yokai de Kanto desconfiaban de los onmyoji. Aunque ahora los seres sobrenaturales eran parte de la sociedad japonesa, el Gobierno recurría a los exorcistas siempre que había problemas con los yokai.
—¡Bah! Si esos onmyoji fallan, ¡nosotros mismos nos encargaremos de derribar esa estúpida barrera! —decía más de un yokai.
Sus adláteres de Kioto se mantenían a una distancia prudencial, al igual que el puñado de onmyoji Keikain que se habían quedado en la casa. . Las viejas rivalidades eran difíciles de olvidar. Aún así, nadie podía negar que los allí reunidos formaban un ejército formidable.
Desde el porche de la casa, en su forma de kitsune, Rikuo esbozó una media sonrisa de satisfacción. A trancas y barrancas, el futuro con el que había soñado se estaba haciendo realidad. Si sólo los humanos fueran más receptivos, un mundo en el que el día y la noche conviviesen en armonía no estaba lejos de su alcance. Claro que primero debían derrotar a los Gokadoin para eso.
—¿Listo para ir a la guerra, chico? —dijo una voz a su espalda.
Rikuo se giró. A su lado había aparecido Nura Rihan, el líder de los yokai de Kanto. Sujetaba una katana en su mano derecha con cierto descuido, y le guiñó un ojo al joven señor de los Abe.
—Ha muerto gente por culpa de los Gokadoin, y tienen que pagar por sus fechorías, pero ojalá no fuera necesario derramar más sangre —contestó Rikuo.
Rihan le dio una palmada amistosa en la espalda.
—Si mi viejo estuviera vivo, te diría que los yokai no somos guerreros justicieros —comentó el Segundo General—. Los seres sobrenaturales son una panda de presumidos, malcriados y alborotadores. No hay héroes en la oscuridad. Y a pesar de todo, te han seguido hasta aquí. No me refiero a la batalla que se avecina, sino a todo esto de convertirnos en ciudadanos de Japón y vivir abiertamente con los humanos. Una hazaña digna del Mesías.
Rikuo hizo una mueca de desagrado.
—No soy el Mesías. Ese fue un invento de Sanmoto Gorozaemon.
—Ah, pero es un título que te has ganado, chico —Rihan le guiñó un ojo—. Ahora, sal ahí fuera. Aún falta gente por llegar, pero estos pesados se aburren enseguida si no hay nada que hacer. Necesitan que alguien les arengue, para mantener caldeados los ánimos.
—Creo que ese honor le corresponde al Segundo General de los Nura, ¿no? —replicó Rikuo entrecerrando los ojos—. A fin de cuentas, este es el territorio de los yokai de Kanto.
Rihan sacó su pipa favorita y la encendió.
—Por una día que me ahorre los discursos, no va a pasar nada. Además, me apetece fumar un poco antes de la pelea. Luego no tendré tiempo.
Rikuo se encogió de hombros. A veces Rihan le parecía más un kitsune que un Nurarihyon. O quizás era que los dos tipos de yokai estaban emparentados. En cualquier caso, sujetó con fuerza su espada exorcista, la Nenekirimaru, y se dispuso a hablar a los allí reunidos.
Al adelantarse Rikuo, Tsurara, que estaba ayudando a repartir viandas entre los hambrientos guerreros, corrió a situarse en primera fila. Lo mismo hicieron los yokai de Kioto, logrando que la atención de todos los presentes se concentrase en aquel kitsune de pelo blanco y ojos carmesíes, el nieto de Hagoromo-Gitsune, heredero del Clan Abe, Mesías y líder de aquella improvisada alianza.
—¡Escuchadme todos! —exclamó Rikuo—. La batalla decisiva está a punto de comenzar. Los Gokadoin nos amenazan a todos, ayakashi de las cuatro esquinas de Japón. Si no queremos ver a nuestros seres queridos destruidos, tenemos que vencer esta noche. ¡Y eso es lo que vamos a hacer!
Los yokai estallaron en aplausos. Entonces, sin aviso previo, el techo de la casa principal de los Nura se partió por la mitad.
¡CRASH!
Las vigas y las tejas cayeron en el jardín. Luego parte del muro que rodeaba la mansión se vio derruido, seguido de varios árboles.
—¿Qué demonios...? —masculló Rikuo.
Flechas. Flechas de energía del tamaño de una persona. Llovían sobre los terrenos de la mansión sin mucha precisión, pero con efectos devastadores. Lo que tocaban lo cortaban, fuera madera, piedra, metal o carne.
—¡Tengus! ¿Quién está haciendo esto? —preguntó Rihan en voz alta.
Al momento, tres tengus aterrizaron a sus pies. Eran dos chicos y una chica, los famosos Sanbagarasu, los mejores exploradores del Clan Nura.
—Hemos visto una figura humana hacia el este. Es tan alta como una casa, mi general, y está disparando esas flechas con sus manos desnudas. Viste ropas negras de onmyoji, así que creemos que se trata de un Gokadoin —informó el mayor y más serio de los tres hermanos.
En efecto, los Sanbagarasu habían acertado en sus observaciones. El atacante era Gokadoin Yasutada, el Séptimo Líder de la malvada familia de exorcistas. Había gobernado durante los tiempos del shogunato Tokugawa, uno de los periodos de paz y estabilidad más largos de la historia de Japón. Por esa razón, al haber tenido que enfrentarse con pocas crisis importantes, Yasutada solía ser ninguneado por sus camaradas más avezados.
A él no le importaba. Serio y silencioso, la única ambición de Yasutada era cumplir con sus obligaciones como miembro de los Gokadoin. Al igual que Orochi, había manipulado su propio cuerpo para lograr ese objetivo. Su cabeza, desproporcionadamente grande para su cuerpo, era prueba de ello. También podía cambiar de tamaño a voluntad. Ahora se erigía como un Coloso de Rodas por entre las casas de Ukiyoe, mientras lanzaba sus flechas destructivas para eliminar a los yokai de Kanto.
Y por si eso fuera poco, contaba con ayuda.
—¡Oh, no! ¡Señor, mire! —alertó Gashadokuro a Rikuo—. ¡Las serpientes han vuelto!
Rikuo comprobó que el esqueleto gigante tenía razón. Nubes de tormenta se habían arremolinado en torno a la Casa Nura y varias serpientes gigantes descendían en esos momentos para devorarlos.
Se desató el caos. Entre las flechas y las serpientes, la huida era imposible.
—¡Hay que detenerlas! —gritó Kurotabo, el monje vengador de los Nura, tratando de poner orden entre el pánico reinante.
—¡Maldita sea! —gruñó su compañero Aotabo—. ¡Si esto sigue así, ni siquiera podremos marcharnos de aquí!
Mientras tanto, Tsurara decidió cubrir la retirada de los yokai más débiles creando una gran telaraña de hielo que los escudase. Para su alegría, descubrió que su "miedo" era suficiente para bloquear la mayoría de las flechas... pero no tanto para detener la acometida de las sierpes gigantes de Orochi.
"No es suficiente", maldijo ella para sus adentros. "Esas serpientes son demasiado grandes".
Ahogó un grito justo cuando el cuerpo de uno de los ofidios rompió su barrera de hielo y amenazó con aplastarla. Afortunadamente, justo en el último momento, una nueva telaraña helada, más grande y fuerte que la anterior, detuvo a la serpiente.
—Has mejorado mucho, Tsurara, pero aún te queda mucho por aprender —la recriminó su madre. Setsura, orgullosa como sólo podía serlo una genuina Yuki-onna de Toono, se irguió ante la barrera de hielo que acababa de crear—. Sin embargo, sigues siendo mi hija, y no toleraré que estos gusanos hipertrofiados te aplasten.
—Ah, Setsura-nee-san, tan terrorífica como siempre —Rihan sonrió. Luego se puso serio—. Pero me temo que necesitamos algo más que eso para cambiar las tornas.
Rihan tenía más razón de la que él creía, porque justo en ese momento un escuadrón de onmyoji envueltos en ropas negras subía por la calle en dirección a la mansión de los Nura. Por su aspecto, no se trataba de los grandes maestros de la familia, sino de los acólitos y aprendices, aquellos que soñaban con conseguir el don de la inmortalidad. Habían acudido a la llamada del Primero en la esperanza de que en aquella batalla su valía quedase probada.
Muchos yokai de Kanto, poco acostumbrados a los onmyoji, temblaron al ver cómo sus enemigos sacaban talismanes y espadas exorcistas, pero entonces un nuevo grupo de onmyoji se puso de su lado. Eran los refuerzos Keikain, inconfundibles en sus ropas blancas.
—¡Adelante, camaradas! —animó Akifusa a los suyos. Había acabado de repartir sus espadas, forjadas a mano por él mismo, y estaban dispuestos a hacer su parte aquel día—. ¡Demostrémosles a los Gokadoin qué significa el auténtico onmyodo!
—¿Tú me vas a enseñar, Keikain Akifusa? —le espetó el líder de aquel escuadrón de Gokadoin.
Akifusa se quedó helado. Conocía a aquel personaje. Pelo largo, gabardina negra y guantes de fina costura lo hacían destacar entre sus compañeros, más tradicionales incluso en sus oscuras vestimentas de Gokadoin.
—¿Maestro Taisei? —balbució el joven albino.
—¡Akifusa! —le llamó Rikuo desde el otro lado—. ¿Conoces a ese tipo?
El onmyoji tragó saliva. Claro que lo conocía. Había trabajado durante semanas con él, codo a codo, en las forjas del monte Osore, en el norte de Japón. De él había aprendido las más refinadas técnicas de fabricar espadas, incluidos conocimientos que se creían perdidos desde hacía siglos. Gracias a él había logrado volver a forjar la Nenekirimaru, rota durante la guerra contra Sanmoto Gorozaemon.
Taisei había sido un maestro muy estricto, pero justo. Akifusa sabía que se apellidaba Gokadoin, pero no había creído que se volvería su enemigo. Hasta ahora.
—Akifusa, ¿cuánto tiempo hace desde que me suplicaste que te enseñara los secretos de la forja? —le dijo Taisei con un odio profundo en su voz—. Porque compartíamos la voluntad de hierro de destruir toda la maldad de esta tierra, te enseñé muchas cosas, aunque eras un Keikain. ¡Pero veo que todo fue un error!
—¡Por favor, maestro Taisei! ¡No quiero luchar contra ti! —trató de apaciguarlo Akifusa.
—Es demasiado tarde para eso... Al colaborar con los yokai, tú y todos los Keikain habéis deshonrado el onmyodo. Ahora debéis desaparecer.
Taisei sacó su arma, una terrorífica espada exorcista. No, llamarla "espada" era un error, aunque estaba construida con los mismos principios. El arma de Taisei era una guadaña, pero una guadaña especial: en lugar de una hoja continua, tenía varias ruedas dentadas. Estas giraban con un chirrido siniestro y eran capaces de pulverizar la roca si hacía falta.
Era Hagurugama, el arma exorcista definitiva. Sólo la Nenekirimaru se le podía comparar, pero a diferencia de la espada creada por Hidemoto Decimotercero, la guadaña de Gokadoin Taisei también podía matar a los humanos. Era un instrumento digno de un ángel de la muerte.
—Señor Akifusa... —murmuraron varios Keikain asustados.
El albino tomó aire. Como heredero de la rama Yaso de la familia, tenía que dar ejemplo.
—Quedaos atrás. Yo me encargaré de él —Akifusa se volvió hacia Rikuo—. ¡Diles a los tuyos que se vayan ya! ¡Los Gokadoin tratan de encerrarnos aquí!
Rihan le dirigió una mirada significativa a Rikuo. A su lado, el joven señor de los Abe asintió. Su corazón quería ayudar, pero su cabeza le decía que no podían seguir perdiendo el tiempo.
—Tenemos que dividirnos —dijo Rikuo.
En ese momento, una nueva serpiente se abalanzó sobre ellos con las fauces abiertas, pero una red de cuerdas y cabellos la ató en corto.
—¡Señor Rihan! —exclamó Kubinashi, el asesino de las cuerdas, que mantenía sujeta a la serpiente con la ayuda de su esposa Kejoro, la mujer cabellera—. ¡Nosotros nos encargamos! ¡Vaya al Castillo de Aoi con los demás, por favor, o todo nuestro esfuerzo habrá sido en vano!
—No estaréis solos —añadió Gyuki. El demonio-toro del monte Nejireme y guardián de las fronteras del Clan Nura había sacado su espada—. Cubriremos la retirada. ¿Verdad, Hitotsume?
—Tú lo has dicho —confirmó el cíclope de la familia Nura, cargando sus pistolones—. ¡Es hora de exterminar unas cuantas alimañas!
Las fuerzas del Clan Nura empezaron a dividirse entre los que acompañarían a Rikuo y a Rihan y los que se quedarían a combatir la nueva amenaza. Tsurara se sintió dividida al ver que su madre permanecía en la mansión, pero fue la misma Setsura la que resolvió sus dudas:
—¿Qué estás haciendo, Tsurara? Escúchame, ahora eres la esposa del heredero del Clan Abe. Es tu deber estar junto a él en todo momento.
—Pero... pero... —balbució a su hija. En el fondo, le daba miedo dejar a su madre sola ante aquel peligro.
Setsura le puso las manos sobre los hombros.
—¿Es que acaso has perdido la fe en tu madre, Tsurara? Yo me encargo de la casa principal. Ahora, ¡ve!
Tsurara asintió y corrió a ponerse a la altura de Rikuo.
—¿Estás bien, Tsurara? —le preguntó su marido con cierta ansiedad.
—¡Sí! —asintió la Yuki-onna—. ¡Estoy lista para enfrentarme a esos Gokadoin!
A escasos metros de ellos, Tamazuki puso los ojos en blanco. Por alguna razón, el príncipe tanuki de Shikoku había decidido acompañarlos hasta allí, al igual que otros miembros de otros clanes, incluidos los ninja de Toono. "Algún día conquistaré Japón con mi Partido para el Cambio Político, pero hasta entonces lo quiero intacto. De nada serviría ganar las elecciones si no estás vivo para ver mi victoria", habían sido las palabras que le había dirigido a Rikuo.
En opinión de Dassai, representante de los borrachos de Yamaguchi, Tamazuki simplemente estaba siendo tsundere.
—Qué optimismo —se burló el tanuki—. ¿Son todos en Tokio así de simples?
Pero ni Tsurara ni Rikuo le hicieron caso. Junto a Kyokotsu, Gashadokuro, Ibaraki-Doji, Shokera, Rihan y más yokai, pusieron rumbo al Castillo de Aoi a la vez que seguían esquivando las flechas que lanzaba Gokadoin Yasutada. Iban con ellos los otros onmyoji que se habían quedado en la casa principal mientras Yura y su comando trataban de destruir el sello que protegía el Castillo Espiral, salvo Akifusa, que seguía ocupado en su duelo con Taisei.
"¡Yura, contamos con vosotros!", pensó Rikuo. Ahora todo dependía de que los Keikain retiraran la barrera a tiempo.
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Castillo Aoi, Tokio
En los alrededores de la fortaleza derruida, Yura adoptó posición de combate y arengó a los suyos:
—¡Masatsugu, mantén la barrera! ¡Pato, convoca a tu shikigami! ¡Hay que proteger a Ryuji cueste lo que cueste!
—Estamos contigo, Yura —dijo Pato, convocando a su deidad ceremonial.
Tenkai examinó aquel despliegue con aire divertido.
—Si no me equivoco, tú debes de ser la famosa Keikain Yura de la que tanto he oído hablar. Es un honor conocer a la líder de la familia Keikain —Tenkai amagó una reverencia, pero sin terminarla del todo—. Sin embargo, creo que ha habido un pequeño malentendido. No es mi intención atacar a aquel que está intentando deshacer mi sello, ¿sabes? Si lo hiciera, no sería una victoria justa, ja, ja, ja.
Yura parpadeó confundida. Vaya, no se esperaba aquella caballerosidad por parte del enemigo. Quizás era porque ambos eran onmyoji. Respeto entre profesionales.
—¿En serio? —preguntó Yura.
Tenkai adoptó una postura pensativa.
—Bueno, eso es lo que estaba pensando, pero visto que necesita protección mientras trabaja en su técnica... En fin, digamos que mis expectativas han sido demasiado altas. ¡Toma esto! ¡Espiral de mocos de lombrices intestinales!
De las manos de Tenkai brotó una nauseabunda espiral hecha, literalmente, de mocos. A Yura le entraron ganas de vomitar. Además, el muy tramposo había apuntado directamente a Ryuji.
—¡Agh! ¡Maldito mentiroso! —protestó Yura—. ¡Cubríos!
Demasiado tarde. El moco les alcanzó en varios puntos, quemando la ropa... y la piel. Pero aunque el ataque les había cogido por sorpresa, los Keikain habían vivido el ataque de los caracoles en Kioto. Un poco de ácido no les iba a detener. El shikigami de Pato, un gigante articulado, se apresuró a cubrirles.
—Pato, Masatsugu, echaos a un lado —ordenó Yura—. Yo me ocupo de esto.
Con una rapidez fruto de años de experiencia, Yura se transformó con la ayuda de Hagun. Había vuelto a ser la arquera arcana, capaz de lanzar proyectiles de energía espiritual pura.
"Ten cuidado, Yura-chan", le advirtió el espíritu de su antepasado Hidemoto Decimotercero en su cabeza. "Tenkai es más astuto de lo que crees".
Sin perder tiempo en responder, Yura tensó el arco.
—Yomi Okuri, Yura Max Revisado —recitó la onmyoji—. ¡Flecha Divina!
Todo el proceso de transformación y disparo le había llevado menos de tres segundos. Sin embargo, para su sorpresa, su poderosa flecha se vio detenida en el aire a pocos centímetros de Tenkai. ¿La razón? Los acólitos de Tenkai, exorcistas como él, se habían puesto en disposición de combate, creando una barrera que protegía a su maestro de los ataques.
—Huy, huy, qué miedo —dijo Tenkai—. Pero me temo que he venido preparado. He creado un grupo de élite sólo para detenerte, señorita Keikain. A eso se le llama ser previsor.
—¿Ah, sí? Bueno, pues a esto se le llama usar la fuerza bruta —replicó Yura malhumorada—. ¡Bukyoku! ¡Kyomon! ¡Venid a mí! ¡Aplastad a mis enemigos!
A su lado aparecieron dos shikigami: un samurai con la cara tapada y un elefante. Sorprendidos por aquellos refuerzos, los acólitos de Tenkai no pudieron reaccionar a tiempo. Los que no huyeron, fueron aplastados por las patas de Kyomon o cortados por la lanza de Bukyoku.
Yura sonrió. Tras años de entrenamiento, sus reservas espirituales habían crecido tanto que ahora era capaz de invocar a más shikigami incluso con su Fusión A Tres activada. El día en que lo consiguió por primera vez, su hermano había meneado la cabeza y había dicho "mi hermana se ha convertido en un monstruo. Tanta energía espiritual en un cuerpo tan canijo debería ser imposible".
Aprovechando aquel momento de distracción, Yura volvió a disparar. Esta vez Tenkai no tenía una barrera que lo protegiese.
—¡Flecha Divina! —exclamó Yura, apuntando a la cabeza. No era momento para ser compasivos con el enemigo.
Tenkai trató de esquivarlo, pero no lo consiguió completamente.
—¡Aaaaagh! —gritó el monje oscuro. Su máscara se cayó a pedazos, y su sangre empapó el suelo.
Yura pudo entonces vislumbrar la cara que se escondía debajo de aquella máscara. Y se quedó muy sorprendida.
—¿Pero qué...?
Era una cara vieja, muy vieja, llena de arrugas. Parecía más la de un hombre al borde de la muerte que la de un poderoso inmortal. Era, sin lugar a dudas, el hombre más feo que Yura había visto jamás, como un zombi.
—Maldita seas... Maldita seas... —gimió Tenkai—. Has visto mi cara... Todos la habéis visto...
—¡Cómo es posible! —exclamaron sus aprendices al verlo—. ¿Nuestro maestro es un anciano? ¿De verdad puede un líder de los Gokadoin ser así?
Había asco y repugnancia en aquellas palabras, lo que hirió profundamente a Tenkai. Avergonzado y dolido, el exorcista explotó de ira.
—Oooooh... Ooooooh... —Tenkai tomó aire ruidosamente—. ¡Malditos todos! ¡No os lo perdonaré! Por mi falta de habilidad, me hice viejo tratando de aprender el Tanzai Fukunsai, al contrario que Ariyuki, el niño prodigio, o la bella Yuiyui. Por eso, todos los que han visto esta cara arrugada deben morir.
A un gesto de Tenkai, todos los mocos que había lanzado se concentraron en torno a él, como planetas orbitando una estrella. Y para sorpresa de sus propios aprendices, dijo:
—Desapareced en el olvido.
Hubo una explosión. La onda explosiva arrasó la acera. Los aprendices de Tenkai, los más cercanos al onmyoji, se desintegraron. Yura y sus primos tuvieron un segundo para levantar sus barreras, pero la fuerza de aquel estallido era demasiado para ellos.
Cuando el polvo se dispersó, el único que quedaba en pie era Ryuji. A lo largo de toda la pelea, el hermano de Yura no se había movido ni un milímetro, pues su tarea era concentrarse en destruir el sello de Tenkai. Por desgracia, ahora todos sus defensores yacían en el suelo, inconscientes. Estaba solo ante el peligro.
Tenkai, más tranquilo ahora que la mayoría de los testigos de su horrenda faz habían sido aniquilados, descendió al nivel del suelo.
—Así que tus parientes te han protegido hasta el final, ¿eh? Por desgracia, no has podido terminar tu tarea a tiempo —le dijo a Ryuji. Este no le respondió, así que el monje siguió con su monólogo—. Entiendo perfectamente el dolor de tus esfuerzos. Para aquellos de nosotros que no hemos sido bendecidos con talento, todo se convierte en una competición para ver quién se ha preparado mejor. Y en este caso, por desgracia para ti, yo soy el ganador.
Ryuji vio cómo Tenkai se dirigía hacia él, a paso tranquilo. No tenía prisa para matarlo. Sabía que Ryuji estaba en una tesitura imposible: o bien echaba por la borda todos sus esfuerzos para eliminar el sello del Castillo Espiral y se defendía, o bien trataba de ganar unos últimos y patéticos segundos que no servirían para nada.
"La clave es el agua", había dicho Ryuji en el viaje de ida. Tenkai no había dibujado su barrera espiral con pintura, sino con agua corriente. Pero no se había contentado con el agua superficial que fluía por el foso del castillo, sino que el secreto del sello estaba en el agua subterránea. Si quería destruir la barrera, tenía que sacar todo ese líquido de su sitio.
Como especialista en barreras y en manipulación de líquidos, Ryuji era el más indicado para encargarse de ese trabajo. Lo sabía. Sin embargo, le faltaba poder. "Sacar el agua del castillo" sonaba fácil en principio, pero estaba hablando de miles de litros por fuera y por dentro de las ruinas.
"Como siempre, me falta poder", pensó Ryuji, apretando los dientes. Estaba llegando a su límite. El sudor le recorría la cara. Por una vez, se le habían agotado las respuestas.
En ese momento, una figura se levantó en mitad del camino de Tenkai.
—No dejaré... que te acerques... a mi hermano... —murmuró Yura.
Era evidente que la chica apenas se podía sostener en pie, pero estaba empeñada en apuntar con su arco a Tenkai una última vez. Pero el líder Gokadoin también se había preparado para reventarla con su ácido.
Yura se volvió hacia su hermano por un segundo.
—Hazlo, Ryuji. Confío en ti.
Ryuji se quedó helado. Pensó en su abuelo. Pensó en sus padres. Pensó en todo lo que había perdido.
"¡No, no, no, no, no, mi hermana no!", pensó Ryuji. "¡Poder! ¡Necesito poder! ¡Ya!"
Lo que ocurrió a continuación, Ryuji lo vio en cámara lenta. Yura tensó el arco para disparar, pero Tenkai fue más rápido y una capa de ácido corrosivo se abalanzó sobre ella. Las primeras gotas cayeron sobre el pelo de Yura. Sin embargo, Tenkai se llevó una sorpresa mayúscula cuando, de repente, torrentes de agua brotaron del suelo. El pavimento desapareció bajo una ola que barrió también la masa de ácido. Tenkai se pudo a cubierto, pero aún le dio tiempo a vislumbrar una figura que navegaba entre el agua.
Yura abrió los ojos. ¿Estaba muerta? No, pero estaba en los brazos de alguien. ¿Su hermano? ¡Pero no le había dicho que se centrase en destruir la barrera? Qué extraño. ¿Y por qué estaban encima de un dragón de agua?
—Es mi shikigami Suiryuu —explicó Ryuji—. Y ahora no digas nada. Ni una palabra.
Yura se quedó a cuadros. Porque aquel enorme shikigami de agua en forma de dragón no era la única sorpresa que Ryuji tenía guardada bajo la manga. El pelo de su hermano había cambiado de color, incluso sus ojos tenían un brillo diferente. Si no estaba equivocada, Ryuji había hecho algo más que invocar un nuevo shikigami: se había fusionado con él.
—¿Qué? —balbució Tenkai, observando a su rival mientras ponía a salvo a Yura—. ¿Un shikigami? ¿Ha convertido el agua del foso en un shikigami?
Yura, que empezaba a comprender el alcance de lo realizado por Ryuji, murmuró:
—Hermano... Es increíble.
—Soy bastante normalito para ser un onmyoji, pero cuando me presionan, puedo superar mis límites —dijo Ryuji. Con su mano derecha dirigía al dragón de agua, mientras que con su mano izquierda seguía sujetando con fuerza a su hermana—. Je, ahora que lo digo en voz alta, parece una estupidez.
—¿Pero tú no estabas siempre en contra de las técnicas para fusionarse con shikigami? —preguntó Yura.
—Hay que aprender de todos, incluso de los que te caen mal —respondió Ryuji. Entonces el joven se volvió hacia su enemigo—. Maestro Tenkai, espero que te guste esto. Es el fruto de todo lo que he aprendido de ti. ¡Corre, Suiryuu! ¡Revela el castillo invisible!
—¡Noooo! ¡Espera! —gritó Tenkai al comprender lo que tramaba su rival.
El dragón de agua se sumergió y recorrió todos los túneles y canales del castillo, desde los superficiales a los más profundos. Según avanzaba, iba absorbiendo toda el agua que encontraba. Ryuji lo guiaba, pues al fusionarse con él, los ojos del dragón eran los suyos también. Veía lo que el shikigami veía. Incluido al estúpido de Tenkai, que estaba intentando detenerlo en un último esfuerzo desesperado.
—¡Maldito! ¡Para! ¡PARA! ¡Aaaaagh!
Suiryuu brotó como un dragón celestial, acumulando toda el agua consigo y deshaciendo por fin el sello de Tenkai. El monje loco se vio arrastrado por aquel torrente imparable y encontró su fin entre aquellas aguas que él había manipulado para crear su barrera espiral definitiva. Por fin, el Castillo Espiral de los Gokadoin quedaba a la vista de todos.
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Unos minutos después, Rikuo y compañía llegaron a las inmediaciones del castillo. Solo que ellos no vieron ruinas, sino la más impresionante fortaleza jamás construida por el hombre.
El Castillo Espiral hacía honor a su fama. De hecho, se trataba de varios castillos dispuestos a diferentes niveles de altura, diez en total, uno por cada líder de los Gokadoin. Eran de estilos y disposiciones diferentes, desde fortalezas inexpugnables hasta mansiones elegantes con jardines. Flotaban en el aire por algún medio mágico que ni Rikuo ni sus acompañantes podían discernir. La única manera de acceder a ellos era a través de unas empinadas escaleras que daban al conjunto la forma de una espiral. De ahí su nombre.
—Es... muy grande —musitó Gashadokuro.
—Y tanto —Kurotabo inclinó la cabeza hacia atrás, tratando de vislumbrar la cima del castillo—. No me puedo creer que lo haya construido un humano.
—Una estructura tan enorme, y justo en el límite de nuestro territorio. Que no lo hayamos podido ver hasta ahora nos deja en evidencia al Clan Nura.
—El poder de los Gokadoin es... terrible —musitó Tsurara con cierto nerviosismo.
—Y es gracias a los Keikain que ahora podemos contraatacar —señaló Rikuo—. Hablando de lo cual, espero que estén bien.
Rikuo y los demás se apresuraron hasta llegar a la entrada del Castillo Espiral. Sin embargo, antes de que pudieran cruzar la puerta, Yura, Ryuji y sus primos les dieron el alto. Los cuatro Keikain estaban en un estado lamentable, sucios, heridos y agotados. Sin embargo, sonreían con la satisfacción del deber cumplido.
—Como prometimos, la barrera está destruida —dijo Ryuji con voz entrecortada. Le costaba respirar—. Y ahora muéstranos un poco de gratitud, yokai.
Rikuo sonrió.
—Tienes razón. No esperaba menos de Keikain Ryuji —dijo el kitsune. Luego sus ojos se desviaron hacia su amiga de la infancia—. Yura, ¿estás bien? ¿Y vuestros primos?
—Todos estamos hechos polvo, pero viviremos —le aseguró ella—. Por cierto, ¿dónde está Akifusa? No lo veo por ninguna parte.
Rikuo puso mala cara.
—Está luchando en la casa principal del Clan Nura. Los Gokadoin han atacado y entre los atacantes estaba un viejo conocido suyo. Lo siento, hemos tenido que dejar a muchos cubriendo nuestra retaguardia para llegar hasta aquí —se disculpó su amigo.
Yura asintió con seriedad. Eran los gajes del oficio, la responsabilidad del líder.
En ese momento, Rikuo reparó en un cuerpo tirado junto a la calle. Tenía la mandíbula destrozada y los ojos se le habían salido de las órbitas, literalmente. Estaban colgando fuera de su cráneo. Una visión repulsiva.
—¿Y ese? —quiso saber Rikuo.
—Tenkai —contestó Ryuji secamente—. Ya era feo antes, pero supongo que una caída desde varios metros de altura tiene ese efecto. Ya lo limpiaremos después. Ahora id adentro. Estoy hasta las narices de tener que hacer favores a los malditos kitsunes de Kioto, pero se ve que el universo conspira en mi contra.
—Ryuji... —le llamó la atención Yura.
—Que sí, que sí, que os vayáis. En cuanto descansemos un poco, trataremos de echaros una mano. Otra vez. ¿Está bien así, oh, líder de la familia?
—Supongo que por esta vez pase —contestó Yura—. ¡Ánimo, Rikuo! ¡Ve a por ellos!
—¡Por supuesto! —dijo el joven señor de los Abe con una espléndida sonrisa de confianza. Luego se puso en marcha, seguido de una Procesión Nocturna como no se había visto desde la lucha contra el malvado Sanmoto Gorozaemon. El mundo de la noche, unido contra aquellos que querían exterminarlos.
—Así que aquí estamos... Qué ganas de cortar cabezas de exorcistas —dijo Ibaraki-Doji.
—Siempre tan sanguinario. Yo sólo espero que encuentren el perdón de Dios antes de morir —replicó Shokera.
—¡Vosotros dos, dejad de discutir! —les amonestó Kyokotsu—. Le prometisteis a la señora Hagoromo-Gitsune que os portaríais bien.
—Déjalos, Kyokotsu. Dicen que discutir libera energía —intervino Gashadokuro.
—Gasha, no creo que con ellos funcione mucho...
Por su parte, los yokai de Toono estaban que reventaban de alegría. La posibilidad de una muerte violenta no les preocupaba en lo más mínimo.
—¡Ja, ja, ja, esto es genial! ¡Qué pedazo de castillo! —se asombró Amezo, el kappa de pantano.
—Pues a mí me da muy mala espina. Quiero decir, los onmyoji ya son siniestros de por sí, ¿pero unos onmyoji inmortales descendientes de Abe no Seimei? Eso es raro de narices —señaló Awashima, en su nocturna forma femenina.
—Son humanos. Si los cortas, sangran —dijo Itaku, el sombrío kamaitachi.
—¡Alegra esa cara, hombre! —Awashima le dio una palmada en la espalda—. ¿O sigues preocupado porque Reira y Dojiko se han quedado en la casa de los Nura con Yukari?
—Mm, más bien creo que le preocupa que Dojiko pueda hacer alguna heroicidad que conquiste el corazón de Reira... No sé si me entiendes —comentó Amezo en tono confidencial.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Esto promete! ¡Itaku! ¿Te estás poniendo rojo? —le preguntó Awashima, pero su camarada no respondió.
Más allá, Tamazuki meneó la cabeza.
—Vamos camino a la batalla, y siguen igual. En mi Procesión Nocturna no toleraba esa indisciplina —dijo el tanuki.
—Son de Toono —Dassai se encogió de hombros, como si aquello lo explicara todo—. Además, no sé si me fiaría de ti a la hora de dirigir una Procesión Nocturna. ¿No mataste a la tuya?
—Fue sólo una vez. Ahora he aprendido a controlarme —repuso el tanuki.
Curiosamente, el más taciturno parecía Rihan. El Segundo General trataba de mostrar entereza, pero sus más allegados sabían que algo lo preocupaba. Aotabo no sabía el qué, pero Kurotabo tenía algunas sospechas.
—Matoi —susurró el monje de negro para sí mismo.
En cuanto a Rikuo, fue el primero en poner un pie en el recinto del Castillo Espiral. Nada más hacerlo, sintió una oleada de energía espiritual. En aquel lugar estaba concentrado el poder de los Gokadoin. Por alguna razón, le resultó extrañamente familiar.
"Los Gokadoin tienen la sangre de mi abuela y de mi padre", recordó Rikuo. "Ellos también son mi familia".
A su vera, Tsurara sintió también aquel poder y se vio momentáneamente abrumada por él. Rikuo abrió la boca, pero antes de que pudiera decir nada, la dama de las nieves le cortó al instante.
—¡Ah, no, no pienses que me puedes dejar atrás! ¿Acaso no me oíste esta mañana? Te protegeré ahora y en el futuro, para toda la eternidad. Esta es mi promesa —exclamó Tsurara.
Rikuo tomó las manos de su esposa entre las suyas. Estaban frías, claro, pero era un frío amable.
—Tienes razón. Ahora, a subir esas escaleras. Yoshihira nos espera.
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Kantei, Tokio
En la sala de emergencias de la residencia oficial del Primer Ministro de Japón los ánimos estaban a flor de piel. Tras mucho meditarlo, el jefe de gobierno había llamado al Emperador y le había transmitido su decisión. Después había dado órdenes a los ministros de Defensa e Interior. Era hora de que los Gokadoin supiesen su respuesta.
—¿De verdad es lo más acertado? —había murmurado más de uno cuando el Primer Ministro dio a conocer su decisión—. Me parece una traición...
—Es lo que hay que hacer —había contestado el Primer Ministro—. Este gobierno tiene que pensar en el bienestar de todos los ciudadanos de Japón. Para eso se crearon las Fuerzas de Autodefensa. Por cierto, hay que avisar a los estadounidenses también. Cualquier cosa con la que nos puedan ayudar será bienvenida.
—Pero...
—He dado las órdenes pertinentes. Ahora espero que se cumplan.
Los miembros del gabinete se habían retirado entonces, pero luego habían venido otros con noticias de los últimos acontecimientos. Aquel día estaba siendo el más estresante que había vivido el Primer Ministro. Sólo deseaba haber tomado la decisión correcta. El futuro de Japón estaba en juego.
Notas adicionales:
Y otra vez justo, como siempre, incluso si la fecha ha cambiado al 1 de cada mes. Ugh. Pero bueno, bienvenidos a la tortura de soportarme un capítulo más. Los más despiertos se habrán fijado en que el título es distinto al que anuncié el capítulo pasado. ¿La razón? Que después de revisitar el manga original, me he dado cuenta de que hay tanto material que tengo que dividir un capítulo entero en dos. Eso significa que esta miniserie se alargará un capítulo más.
Por cierto, sigo abierto a ideas para omakes o sugerencias que queráis para el capítulo final de extras de esta historia. La idea de "¿Qué hubiera pasado si Rikuo se hubiese casado con Yura?" entra fijo, pero hay espacio para más.
Antes de continuar con las notas del capítulo, sin embargo, quiero dar las gracias como siempre a mis lectores y, en especial, a mis reseñadores, gente fantástica como Suki90, Nayrael, RAYHACHIBI y OsoreKitsune. Por cierto, OsoreKitsune, muchos recuerdos a tus sobrinos, espero que les guste el final de esta saga también. ¡Muchas gracias por vuestro apoyo!
* Taisei fue quien enseñó a Akifusa a reforjar la Nenekirimaru. Apareció en el manga en el capítulo 187, y también le hemos visto en Kitsune no Mago en el capítulo "El monte del miedo".
* Yura es más fuerte que hace ocho años, por eso puede convocar el Hagun, la Fusión a Tres y más shikigami para la batalla, pero no es invencible.
* La transformación de Ryuji tiene lugar en el capítulo 206 del manga. Curiosamente, Ryuji siempre tuvo aversión a las técnicas de fusión. Que desarrollase una en caso de emergencia es hipócrita, pero Ryuji siempre ha sido el exorcista mentiroso y embaucador por excelencia. Mentirse a sí mismo forma parte de su arsenal.
Próximo capítulo: "El Castillo Espiral".
