Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Los Gokadoin golpean a los yokai en todas partes de Japón. Sin embargo, ahora Rikuo y compañía tienen un plan. Los Keikain logran derrotar a Tenkai y destruir la barrera que protege el Castillo Espiral de Aoi, la base secreta de los Gokadoin. La batalla final acaba de comenzar.
El Castillo Espiral
Las escaleras parecían no acabarse nunca. Rikuo no sabía a qué altura podía encontrarse la cima del Castillo Espiral, pero sí intuía que aún quedaban muchos escalones entre él y el líder supremo de los Gokadoin. Gracias a Ryuji y al resto de los Keikain, por fin tenían una oportunidad de pararles los pies a esos onmyoji genocidas. No podían desaprovecharla.
Antes de entrar en el Castillo Espiral, Rikuo y sus aliados habían repasado el plan.
—Pase lo que pase, tenemos que dar con Abe no Yoshihira, el Primero —había dicho Rikuo—. Si lo detenemos, podremos evitar la Purificación.
—Tal vez. O tal vez no —había replicado Rihan, el líder del Clan Nura—. Hay otros Gokadoin. Después de lo que hemos visto en Kioto, yo no me fiaría de ninguno de ellos. Si escapan, podrán empezar sus planes de nuevo.
—Entonces hay que cazarlos a todos —había musitado Itaku, el kamaitachi, en representación de los yokai de la aldea oculta de Toono—. Sencillo.
Tsurara, siempre al lado de su esposo, meneó la cabeza al oír aquello.
—¿Sencillo? Ay, ya me gustaría tener la confianza de los yokai de Toono. Esos onmyoji son siniestros, y muy peligrosos.
—Tsurara tiene razón. No hay que subestimarlos —les advirtió Rikuo, para luego añadir—: Pero tampoco podemos retrasarnos. En estos mismos momentos, nuestros camaradas y otros muchos yokai luchan por sus vidas a lo largo y ancho de Japón. Cada segundo cuenta.
Los presentes asintieron con seriedad. Todos se jugaban mucho.
—¿A qué estamos esperando entonces? ¡Vamos, que esos Gokadoin no se van a derrotar solos! —exclamó Awashima de los Toono con una carcajada, liderando la marcha.
Cientos de escalones después, aún quedaban escaleras por subir.
En un momento de respiro, Rikuo se permitió mirar a los lados. A lo lejos se veía el horizonte luminoso de Tokio, una joya de luces artificiales en medio de la noche. El cielo estaba encapotado, y el chico habría jurado que podía distinguir oscuras siluetas que serpenteaban entre las nubes. Era el shikigami Orochi, la serpiente gigante de cabezas infinitas, que seguía atacando a los yokai mientras ellos corrían en busca de los Gokadoin.
"Aguantad un poco más", se dijo Rikuo, pensando en todos los que estaban sufriendo los embates de Orochi en esos mismos momentos. "Con un poco de suerte, encontraremos al onmyoji que está invocando esa monstruosidad".
Rikuo se equivocaba. Abe no Orochi estaba en aquellos momentos en Kioto, enfrentándose a Hagoromo-Gitsune. Pero eso el joven kitsune no podía saberlo.
La marcha del ejército yokai se interrumpió de repente cuando aquel tramo de escaleras acabó en un palacio. Era un edificio de madera construido al estilo favorito de los señores de la guerra del periodo Sengoku, bello y sencillo a la vez. A su alrededor, varias rocas cubiertas de talismanes de papel flotaban en el aire. Estaban atadas a la base del palacio por sogas gruesas y recias.
No era la primera vez que se habían topado con edificaciones en mitad de las escaleras del Castillo Espiral. Sin embargo, en todas las ocasiones anteriores se habían encontrado con las puertas abiertas de par en par. Que aquel palacio en particular estuviera cerrado a cal y canto no presagiaba nada bueno.
—Es una trampa —dijo Rikuo.
—¿Acaso podría ser más obvio? —comentó Tamazuki con la displicencia que lo caracterizaba.
—Ya, pero para pasar al otro lado, tendremos que entrar —señaló Rihan—. No me gusta nada. A saber qué encontraremos.
Aotabo, el forzudo monje budista y lugarteniente del Clan Nura, dio un paso adelante.
—Bueno, sólo hay una manera de averiguarlo. ¡Abrid paso! —exclamó mientras empujaba las puertas con todas sus fuerzas.
Cedieron al instante. Quien quiera que hubiese cerrado el palacio por dentro, no había puesto ninguna trampa en la entrada.
Entraron con cuidado. Por dentro el edificio era de lo más curioso, pues el suelo estaba cubierto de agua. Sobre la superficie líquida se elevaba una plataforma de madera, sostenida por pilones. La plataforma dibujaba dos pasillos perpendiculares, en cuyo cruce se había levantado un lindo pabellón de madera. Quien quisiera pasar de un lado a otro del palacio, tenía que atravesar ese templete sí o sí.
Obviamente, allí era donde les estaba esperando el enemigo.
—¿Es una Gokadoin? —se preguntaron muchos en voz alta.
Sí, era una Gokadoin. Concretamente, se trataba de Gokadoin Yuiyui, la Quinta Líder de la familia. Había dirigido los destinos del clan de exorcistas durante los caóticos años del periodo Sengoku, la era del país en guerra, aunque nadie lo hubiera dicho, pues su aspecto era el de una muchacha joven con un gusto desmedido por la ropa negra y el estilo de lolita gótica. Sus pelo castaño cuajado de tirabuzones reforzaba esta falsa imagen de inocencia, al igual que el oso de peluche que sostenía entre sus brazos.
Ibaraki-Doji, el irascible espadachín oni, se adelantó junto a su compañero Shokera.
—Vaya, esos mastuerzos deben estar esperándonos en lugares así para detenernos —aventuró el demonio.
—Un efecto "cuello de botella" —señaló Shokera—. Clásico.
—Por supuesto, les mataremos igualmente. ¿Verdad, santurrón?
—En eso estamos de acuerdo, diablo.
En un segundo, los dos lugartenientes del Clan Abe pasaron de estar charlando a lanzarse como balas contra Gokadoin Yuiyui. Sabían que su enemiga tendría preparada alguna defensa, pero confiaban en que su velocidad y fuerza bastase para superar a la onmyoji. A fin de cuentas, ellos también tenían siglos de experiencia en batallas de todo tipo.
Ni siquiera prestaron atención a la voz alarmada de su joven señor.
—¡Esperad! ¡Es peligroso! —gritó Rikuo.
—¡No os preocupéis, señor Rikuo! —respondió Shokera sin apartar la vista de su objetivo—. Le llevaremos con Yoshihira en un santiamén.
Según se aproximaron, Ibaraki-Doji y Shokera distinguieron una barrera espiritual en torno al pabellón, probablemente colocada para proteger a la invocadora. Les estorbaría unos segundos, pero no era ni de lejos tan fuerte como la barrera espiritual de Tenkai que había protegido el Castillo Espiral hasta que Ryuji la destruyó.
"Esto es por el señor Nue, por la señora Hagoromo-Gitsune y por el futuro del clan que me dio cobijo y me aceptó tal como soy", pensó Shokera tras encomendar su lanza al Señor.
"¿La yugular? No, demasiado obvio. El corazón, tal vez, pero si se aparta puede que no acierte en uno de los órganos vitales. Claro que si me giro y consigo empalarla contra ese poste...". Ibaraki-Doji, por su parte, sólo pensaba en la mejor manera de matar a su contrincante.
Pendientes de los movimientos de las manos de Yuiyui, claves para prever las acciones de un onmyoji, ninguno de los dos lugartenientes se dio cuenta de que la Gokadoin había esbozado una sutil sonrisa.
¡Zas! Las afiladas armas de Ibaraki-Doji y Shokera atravesaron limpiamente la piel y la carne de su objetivo. Pero para sorpresa de ambos, su objetivo había cambiado.
—¿Eh? —murmuraron los dos guerreros.
Rikuo y sus aliados se quedaron de piedra. Por alguna razón que no acababan de entender, Ibaraki-Doji y Shokera se habían ensartado el uno al otro. Un charco con la sangre de ambos se extendió sobre el suelo.
—¿Pero qué... has...? —masculló Ibaraki-Doji.
—¿Tú? ¿Cómo...? —murmuró Shokera.
Los dos lugartenientes del Clan Abe trataron de sacar su espada y lanza, respectivamente, pero sólo consiguieron clavárselas con más saña todavía. Sus miembros no les respondían.
—¿Se han vuelto locos? —exclamó Awashima de los Toono—. Venga, hay que separarlos antes de que se maten.
—Sí, vamos... ¡Eh! ¿Qué está pasando?
Amezo, compañero de Awashima, se vio impelido de repente a darle una patada a su camarada, que cayó rodando por el suelo.
—¡Amezo! ¿Pero qué c- estás haciendo? —protestó Awashima.
Un sudor frío recorrió a la amanojaku cuando su compañero, habitualmente tan jovial, le pidió con voz queda:
—Awashima, por favor, tienes que detenerme. Algo me está obligando a intentar matarte.
No era el único. Una oleada de locura se extendió a través de las filas de los yokai. Amigos y camaradas empezaban a atacarse entre ellos sin motivo aparente. No importaba si eran del mismo clan o no, si eran grandes o pequeños, fuertes o débiles; había algo en su interior que los forzaba a hacer daño a los demás.
Rikuo, que aún no se veía afectado por aquella demencia, clavó sus ojos en la figura oscura y solitaria de Gokadoin Yuiyui.
"Es ella", pensó Rikuo con ira mal contenida. "Ella está haciendo esto".
En esta cuestión, el joven kitsune tenía razón. Pues aparte del que sujetaba entre sus brazos, a los pies de Yuiyui se extendía todo un ejército de osos de peluche. Parecían dulces e inocentes, pero todos y cada uno de ellos estaban atravesados por agujas de acupuntura. De algún modo, canalizaban el poder de la Gokadoin para controlar a las personas como si fueran marionetas. Y la clave de su magia era el peluche que llevaba en las manos.
El oso de juguete de Yuiyui se llamaba Katashiro, al igual que los emblemas usados en onmyodo y otros rituales para albergar el espíritu objeto del hechizo. Un exorcista podía utilizar estos emblemas para purificar un lugar, pero también para maldecir a una persona. En el caso de la Gokadoin, su Katashiro estaba unido a un biberón con manguera. Yuiyui lo "alimentaba" con una espantosa mezcla de color morado que almacenaba en un contenedor a su espalda.
Era el arte favorito de Yuiyui, una "maldición líquida" con la que no necesitaba conjurar con las manos ni recitar hechizos. Un efecto que se veía aumentado en aquel lugar, su palacio y sede de poder. Desde que habían entrado por la puerta, aquellos repugnantes ayakashi habían estado a su merced sin saberlo.
Con una sonrisa de satisfacción, Yuiyui siguió dando de beber a su Katashiro mientras el caos y la confusión se apoderaban de sus enemigos.
—Mis muñecos sufren —dijo la Gokadoin—, pero en su sufrimiento no distinguen entre amigos y enemigo. Ahora, morid para que el sueño del Primero se cumpla.
Ella detendría a los invasores y llevaría a cabo la Purificación por sí sola, si hacía falta. Eso era lo que se había prometido a sí misma muchos años atrás...
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Año 1477, en algún lugar de Japón
Eran tiempos confusos, incluso para la familia de onmyoji más antigua de Japón. Por aquel entonces, aún eran los "Abe", nombre que compartían con el clan de ayakashi que habitaba Kioto. Era una vergüenza y un insulto, pero desde que Seimei había muerto, el Primer Líder parecía haber perdido el fuego interior. La Purificación, incompleta, había sido abandonada.
Luego, otros abandonaron el clan.
Unos volvieron al seno de la familia Abe original, que seguía sirviendo en la corte imperial. Otros se retiraron a las esquinas más apartadas del país, donde prosiguieron su labor de onmyoji sin interferencias. Pero la escisión más importante se produjo cuando en el año 1393 el Cuarto Líder hizo las maletas y se retiró con un gran número de seguidores. Incluso se había cambiado de nombre. "Gokadoin", se hacía llamar ahora.
Cuando Ariyuki, el Tercero, se encaró con él, el Cuarto respondió:
"Para hacer algo nuevo, a veces hay que romper con el pasado. Y nuestra familia nunca progresará si nos quedamos anclados en los fantasmas de la era Heian".
Desde entonces habían pasado décadas. Mientras los seguidores de los Tres Líderes originales se veían perdidos en un estancamiento y una falta de objetivos de los que no sabían cómo salir, el país cambiaba, pero no para bien.
Una sangrienta guerra civil había asolado Heian-kyo y había dejado en entredicho el poder de los shogunes Ashikaga, cuya estabilidad había apoyado Ariyuki en sus años mozos. Aunque los combates en la capital habían terminado, por todo Japón se extendían los conflictos. Si el shogun era incapaz de proteger su propia ciudad, ¿quién iba a respetarlo? Los poderosos fomentaban rebeliones en los territorios de sus rivales, los vasallos se levantaban en armas contra sus señores feudales, monjes fanáticos sublevaban a los campesinos, y la oscuridad se adueñaba de los corazones de los hombres.
Era en momentos así cuando los seres sobrenaturales campaban a sus anchas y causaban el terror entre los humanos. Era tarea de los onmyoji detenerlos. Pero el corazón del Primero estaba lejos de esos problemas. En opinión de muchos, aún pesaba sobre él el crimen de haber matado a su propio padre.
Entonces, un día una joven exorcista se presentó a las puertas de su cuartel general en compañía de un nutrido grupo de onmyoji vestidos de negro.
Ariyuki la conocía y le pidió al Primero que le concediese una audiencia. Pues la recién llegada no era otra que Yuiyui, la hija del Cuarto.
En el gran salón del palacio escondido de los Abe, Yuiyui se postró a los pies de Abe no Yoshihira.
—¿A qué has venido, hija del Cuarto Líder? —le preguntó el Primero.
Yuiyui levantó la cabeza y sonrió con aparente inocencia.
—He venido a lideraros, mi señor Yoshihira. El clan necesita una Quinta Líder con urgencia.
Al otro lado del salón, Abe no Orochi se rió.
—¿Acaso crees que es tan fácil convertirse en una Líder de los Abe? La sangre de tu padre no es suficiente, niña. Se necesita poder —dijo la Segunda.
La sonrisa de Yuiyui se mantuvo intacta.
—Si es poder lo que buscáis, yo lo tengo. Sé lo que mi padre me enseñó, y lo que el maestro Ariyuki tuvo a bien explicarme. Y también he dominado los secretos del Taizan Fukunsai.
Aquello sí despertó la atención de los Líderes de la familia. Si Yuiyui decía la verdad, había alcanzado la inmortalidad a una edad relativamente temprana. Eso significaba que la muchacha tenía un talento excepcional. Vale, quizás no tan excepcional como el de Ariyuki, que se había vuelto inmortal nada más entrar en la pubertad, pero Yuiyui parecía más joven que Orochi o el propio Yoshihira.
El Primero intercambió una mirada silenciosa con el Tercero.
—¿Ves? ¡Te dije que tenía talento! —exclamó Ariyuki risueño.
Yoshihira se volvió entonces hacia su invitada.
—Tu padre no quiso seguir con nosotros. ¿Por qué deberíamos admitir ahora a su hija? —le preguntó a Yuiyui con una mirada severa.
—Mi padre se equivocaba —afirmó ella con rotundidad—. Somos necesarios. Sólo hace falta echar un vistazo a la situación actual del país para saberlo. Mientras los humanos se matan en guerras estúpidas, los ayakashi proliferan como una plaga. Muchos clanes de monstruos fueron purificados, pero ahora nuevas criaturas nacen de la oscuridad para ocupar su lugar. Mientras quede un solo ayakashi con vida, nuestra tarea no habrá terminado.
Yoshihira asintió con aprobación. Aquella joven comprendía cuál era la misión del clan. Si tenía tanto talento como decía, entonces era la persona que andaban buscando. Sin embargo, Yuiyui sorprendió a todos cuando añadió:
—Tengo una condición.
El Primero frunció el ceño. ¿Es que acaso pretendía negociar con ellos, los Líderes inmortales de los Abe?
—No soy una Abe. Yo soy Gokadoin, como mi padre antes que yo —dijo Yuiyui. Por un momento, el Primero creyó ver un atisbo de emoción en sus ojos—. Y ese es el nombre que tomaré a partir de ahora.
Era una petición audaz. Cuando el Cuarto se había cambiado de nombre, todos creyeron que lo había hecho para fundar su propia rama de la familia. Pero lo que Yuiyui pedía ahora era renombrar la familia original.
El Primero reflexionó antes de responder. Sí, el Cuarto se había equivocado en muchas cosas, pero tal vez tenía razón en otras. Su clan de onmyoji inmortales se había quedado atrasado con el paso de los siglos. Quizás era necesaria savia nueva que diera fuerzas al árbol de los Abe.
—Está bien. Levántate, Gokadoin Yuiyui —le ordenó Abe no Yoshihira—. A partir de ahora, eres la Quinta Líder de nuestra familia.
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De vuelta al presente, la situación se estaba volviendo peligrosa para Rikuo y compañía. No sólo se habían quedado atascados en aquel palacio, sino que Gokadoin Yuiyui los estaba manipulando a su antojo. De seguir así, morirían a manos de sus propios camaradas.
—¡Joven señor, cuidado! —gritó Kyokotsu.
La huesuda mano de Gashadokuro estuvo a punto de llevárselo por delante.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —exclamó el pobre esqueleto gigante, al borde del llanto.
—¡Oh, no, Gasha! ¿Tú también? —se lamentó Kyokotsu.
—¿Qué hacemos, Rikuo? A este paso, yo podría... yo podría... —Tsurara sintió que no le salían las palabras. La simple idea de que aquella malvada Gokadoin la usara para tratar de asesinar a su marido la llenaba de congoja.
Rikuo no sabía qué hacer. Él también tenía miedo de convertirse en una marioneta.
De repente, sintió un instinto asesino detrás de él. Un yokai de los Nura venía hacia él lanza en ristre. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, sintió cómo una mano gigante lo levantaba por los aires.
—¡Disculpadme, joven señor, pero sólo puedo salvaros de esta manera! —dijo Gashadokuro en tono de arrepentimiento.
La mano huesuda de Gashadokuro lanzó a Rikuo al otro lado del palacio. El joven señor se estrelló contra la puerta, haciendo añicos la madera. Aunque le dolía el cuerpo entero, había que reconocer que la idea de Gashadokuro no había sido tan mala. Además de evitar que aquel otro yokai lo matase, el esqueleto gigante lo había puesto fuera del alcance de la Gokadoin.
—Ah, ya veo —dijo Rihan con una sonrisa de confianza recuperada—. Podemos usar nuestros ataques para poner a resguardo a los nuestros.
—Siempre que no hayan sido controlados ya —puntualizó Kurotabo—. También significa que alguien tiene que quedarse atrás.
Aotabo, con cara de circunstancias, sujetó a su general y a su compañero por los hombros.
—Señor Rihan, Kuro, buena suerte —les dijo a sus camaradas.
—¿Ao? ¿Qué...? ¡Oh! ¡Oh! ¡Aaaaaah! —exclamó Rihan cuando el forzudo monje budista los arrojó a él y a Kurotabo al otro lado del palacio.
Aterrizaron a poca distancia de Rikuo, aunque el muchacho no pudo hacer nada por amortiguar su caída.
—¡Ese estúpido! —bramó Kurotabo—. ¡Sabe que si se queda ahí atrás, es muy posible que lo maten!
—Por eso lo ha hecho —replicó Rihan—. Se ha sacrificado por nosotros.
Mientras tanto, Gashadokuro trataba de repetir su hazaña de antes, esta vez para poner a salvo a Tsurara y Kyokotsu.
—Me temo que esto va a doler un poco —se disculpó el esqueleto gigante, agarrando a las dos mujeres.
—¡Gasha, ven tú también! —lo conminó Kyokotsu.
—Yo... no puedo —sollozó el pobre esqueleto.
A Kyokotsu se le rompió el corazón al ver a su tonto amigo de esa guida. Pero no tuvo tiempo de entretenerse con sus pensamientos, porque al segundo siguiente se vio impelida por los aires.
—¡Rikuo, aquí vamos! —exclamó Tsurara.
El joven señor estuvo al tanto de recoger a su esposa antes de que se estrellase contra el suelo. Sabía que la Yuki-onna podía sobrevivir incluso a golpes más fuertes, pero mejor no correr riesgos. Milagrosamente, también logró pescar a Kyokotsu.
Los yokai de Toono no tuvieron ninguna duda. Awashima y Amezo ya habían caído bajo el influjo de Yuiyui, así que sólo quedaba Itaku.
—¡Dales una paliza a esos Gokadoin! —le dijo Awashima, tomándolo de un brazo.
—Y no te preocupes por nosotros. Somos tipos duros. Aguantaremos —trató de tranquilizarlo Amezo.
Itaku asintió. No hacían falta palabras.
—Volveré —les aseguró a los suyos.
Un segundo después, el kamaitachi volaba hacia la salida del palacio.
Más allá, Dassai se disponía a hacer lo mismo con Tamazuki.
—¡Quítame las manos de encima, bebedor de sake! —le espetó el tanuki.
—¡Eh, encima de que trato de hacerte un favor! Hoy no tienes a tus vasallos para que te ayuden, ¿verdad? —le recordó Dassai risueño—. Además, entre tú y yo, sabes perfectamente que nadie más en este lugar estaría dispuesto a mover un dedo para salvar a un granuja como tú.
Era un golpe bajo. Tamazuki trató de encontrar una respuesta hiriente, pero Dassai aprovechó ese momento de pausa para agarrarlo por detrás y arrojarlo por el aire.
—¡Dale recuerdos al nieto de Hagoromo-Gitsune de mi parte! —le gritó Dassai antes de perderse en el maremágnum de yokai enloquecidos.
Por desgracia, aquellos movimientos no pasaron desapercibidos para Gokadoin Yuiyui. La onmyoji reforzó el control que ejercía sobre sus marionetas y se dispuso a seguir los pasos de Rikuo y compañía antes de que se alejasen demasiado. Aunque había logrado bloquear a la inmensa mayoría de los invasores, dejar escapar al nieto de Hagoromo-Gitsune era demasiado peligroso.
Por desgracia para ella, dos filos se interpusieron en su camino.
—¿Te habías olvidado de nosotros, bruja? —le espetó Ibaraki-Doji. Tanto él como Shokera estaban heridos, y sentían cómo su cerebro daba órdenes contradictorias. Pero su honor y su deber como lugartenientes del Clan Abe demandaban que protegiesen la retirada de su joven señor, a riesgo de sus propias vidas.
Yuiyui se sorprendió un poco al ver que aquellos dos intentaban luchar contra los impulsos asesinos con los que les estaba manipulando. Sin embargo, recordaba perfectamente sus lecciones: el demonio de Rashomon y el recolector de pecados eran ayakashi que no había que tomar a la ligera.
—De acuerdo, acabaré con vosotros primero —respondió Yuiyui con una sonrisa confiada—. Además, esos que han huido no llegarán lejos. El Tercero les espera.
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Era un grupo muy reducido el que había logrado escapar de las garras de Gokadoin Yuiyui. Rikuo, Tsurara, Kyokotsu, Rihan, Kurotabo, Tamazuki e Itaku subían las escaleras del Castillo Espiral con aire sombrío. Sus caras reflejaban claramente la preocupación que compartían: si una sola Gokadoin, que ni siquiera era la líder, había conseguido detener a la mayor parte de su ejército, ¿podrían vencer ellos solos a los demás?
También pensaron en sus camaradas. En aquellos momentos, la maldita onmyoji les estaría obligando a matarse los unos a los otros, sin importar si fueran familia o amigos. Era horrible.
De repente, Kyokotsu detuvo su marcha.
Rikuo, confundido, la animó a seguir. Sabía que la joven yokai lo estaba pasando mal, pero no podían detenerse ahora.
—¡No mires atrás, Kyokotsu! —le ordenó Rikuo—. Si no llegamos a la cima, todos sus sacrificios no habrán servido de nada.
—¡Lo sé! —gritó Kyokotsu abatida, para repetir luego en voz más queda—: Lo sé. ¡Pero van a morir! ¡Nuestros amigos van a morir allí, incluso si ganamos! Yo... quiero regresar. Tengo que detenerlos. Por Gasha, por Shokera, por Ibaraki-Doji, por todos... Tengo que hacerlo.
Tamazuki bufó con desprecio.
—¿Una cría contra una onmyoji centenaria? Asúmelo, no tienes ninguna oportunidad. Pero si vas a estar quejándote todo el rato, quizás sería mejor que...
—Silencio, Tamazuki —le cortó Rikuo de inmediato. Luego se volvió hacia Kyokotsu—. ¿Estás segura?
—Lo estoy. Lo juro por la señora Hagoromo-Gitsune.
Rikuo miró a Kyokotsu. Los ojos serpentinos de la muchacha reflejaban duda y miedo, sí, pero también decisión. La joven líder de la facción cadáver del Clan Abe había cambiado mucho en aquellos años. Ya no era una niña, sino una adulta, y había aprendido muy bien las responsabilidades de su cargo. Seguía siendo alegremente siniestra, y la favorita de Hagoromo-Gitsune, pero nadie podría discutirle sus habilidades.
En el fondo, Rikuo no creía que su amiga fuese capaz de detener a la Gokadoin, pero tenía que confiar en sus subordinados.
—Vale, Kyokotsu —aceptó Rikuo finalmente—. Puedes volver. Salva a nuestra gente.
—¡Lo haré! —le aseguró Kyokotsu, antes de perderse escaleras abajo.
Tras aquella pausa, el pequeño grupo reanudó su marcha.
—Tienes buenos camaradas, chico —dijo Rihan con aprobación—. Gente capaz de darlo todo por sus compañeros, esa es la clase de clan que me gusta.
Rikuo asintió, pero no tenía ganas de hablar. Seguía preocupado por Kyokotsu y los demás. En cuanto a Tamazuki, el tanuki rumió en silencio las palabras del Segundo General de los Nura. La mancha de haber asesinado a sus seguidores para obtener más poder seguía lastrando su honor.
Sus pasos les condujeron hasta otro palacio cerrado, más cerca de la cima del Castillo Espiral. Rikuo y sus compañeros se armaron de valor y abrieron las puertas de par en par. No podían entretenerse más.
Se quedaron de piedra al ver el interior del edificio: espejos, pedazos de cristal reflectante de todos los tamaños colgaban del techo y de las paredes, devolviendo las imágenes multiplicadas por el infinito. El único espacio que quedaba libre de espejos era el suelo de tatami. La disposición del lugar era muy sencilla, pues un único pasillo conducía desde la entrada hasta la salida del palacio.
El problema era que un onmyoji venía hacia ellos por dicho pasillo. El espacio era tan estrecho que la única manera de sobrepasarlo era enfrentarse a él.
—Preparaos —les dijo Rikuo a sus compañeros.
El exorcista en cuestión parecía la mar de feliz. Era joven, muy joven, casi un niño. Además, aunque llevaba ropas tradicionales de onmyoji, estaba ridículo con su sombrero caído, y a la espalda cargaba con un espejo casi tan grande como él. Sin embargo, Rikuo sabía que no debía fiarse de las apariencias. Ya se lo había advertido su padre: los inmortales de aspecto más joven eran los que habían dominado el Taizan Fukunsai a una edad muy temprana. "Genios con talento y poder", había dicho Seimei. "Los más peligrosos".
Indiferente a las miradas de hostilidad que los yokai le estaban dirigiendo, el Gokadoin levantó la mano y les saludó.
—¡Hola a todos! —dijo con una sonrisa amistosa—. Vaya, estoy impresionado de que hayáis logrado llegar tan lejos. ¡Incluso derrotasteis a Hiruko! Y él no era fácil de derrotar, no señor. ¡Ah, por cierto, me llamo Abe no Ariyuki! Soy el Tercer Líder de los Gokadoin.
Rikuo y sus aliados se pusieron en guardia, pero Ariyuki no parecía interesado en atacar. Se quedó tranquilamente en mitad del pasillo, esperando a que ellos dieran el primer movimiento.
Tras unos minutos de tensión silenciosa, Rihan habló:
—Rikuo, yo me encargo de él. A la de tres, nos separaremos en dos grupos. Yo iré por la izquierda con Kurotabo. Tú ve por la derecha y llévate a Tsurara, al señor de ceño fruncido de Toono y al tanuki quejica.
—¡Señor Rihan! —se sorprendió Tsurara. ¿Acaso el Segundo General de los Nura iba a sacrificarse también?
Rikuo intercambió una mirada con Rihan y asintió.
—De acuerdo, lo haremos así.
—Uno... —empezó a contar Rihan—. Dos... ¡Y tres! ¡Adelante!
Ariyuki, que seguía en una posición relajada, no pudo reaccionar a tiempo. Tenía que defenderse de la carga de Rihan y Kurotabo, que venían hacia él dispuestos a ensartarlo con sus espadas, pero tampoco era cuestión de dejar escapar a sus otros enemigos.
—¡Eh! ¿Adónde creéis que vais? —les espetó a Rikuo y su grupo.
Trató de detenerlos, pero Rihan le gritó:
—¡Tu oponente soy yo!
—Oh, bueno —Ariyuki se encogió de hombros. Al mismo tiempo, conjuró una barrera que bloqueó los golpes de Rihan y Kurotabo—. Se los puedo dejar a ella.
Rihan parpadeó confuso.
—¿Qué estás diciendo? —masculló el Segundo General, temiéndose una encerrona.
Por su parte, Rikuo, Tsurara, Itaku y Tamazuki estaban a punto de llegar al otro extremo del pasillo. Era confuso moverse entre tantos espejos, pero al menos Rihan había cumplido su palabra y Ariyuki no les estaba persiguiendo. Sin embargo, Itaku permanecía con una expresión sombría.
—Está siendo demasiado fácil —dijo el kamaitachi.
—¿Esto te parece fácil? —exclamó Tsurara.
De repente, los cuatro sintieron una voluntad asesina. El problema era que no podían localizarla, pues parecía venir de todas las esquinas a la vez. A Rikuo le bastó una fracción de segundo para comprender que la razón eran los espejos. De alguna manera, los reflejos infinitos enmascaraban la presencia del enemigo oculto.
O más bien, eran un medio para su ataque. Pues al instante siguiente, una lanza brotó de repente de uno de los espejos y atravesó a un desprevenido Itaku de lado a lado.
—¡Agh! —gruñó el yokai de Toono, cayendo de rodillas sobre el suelo.
Cuando Tamazuki vio a la persona responsable de aquel ataque a traición, sus ojos brillaron al reconocer a una vieja conocida suya.
—Pensé que jamás volvería a verte, Yosuzume —dijo el tanuki, arrastrando las palabras con una cólera fría.
En efecto, se trataba de la mujer pájaro de alas negras y labios silenciosos que una vez había servido en las filas de la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de Shikoku. Tamazuki nunca olvidaría cómo en su momento de mayor necesidad la traidora Yosuzume le había quitado la espada y se la había entregado a los malditos bastardos del Clan de las Cien Historias.
Vale, si era honesto consigo mismo, la espada en cuestión había sido un regalo de Sanmoto Gorozaemon, un detalle que debía haberle hecho sospechar. Además, como le había recordado Dassai, él no era el más indicado para protestar por una traición de sus subordinados. Sin embargo, recordaba que en aquella espada había acumulado las energías de todos sus seguidores, que habían pasado íntegras a Sanmoto. Un error garrafal que había causado mucho daño después.
Rikuo y Tsurara también reconocieron a Yosuzume.
—¡Un momento! ¿No era una yokai de Shikoku? —se preguntó Tsurara en voz alta.
—No, en realidad servía al Clan de las Cien Historias —puntualizó Rikuo.
—¡Pero Sanmoto fue derrotado! —recordó la Yuki-onna—. ¿Qué hace aquí?
Sí, era una buena pregunta, una que requería respuesta, pensó Tamazuki. Así que, en vez de continuar corriendo hacia la salida, se dio la vuelta para encararse con Yosuzume. La mujer pájaro acababa de sacar su lanza del cuerpo de Itaku y dudaba entre rematar al yokai de Toono o defenderse de su antiguo jefe.
—Sigue corriendo, nieto de Hagoromo-Gitsune —le dijo Tamazuki a Rikuo—. Yo me encargo de salvarle el pellejo al kamaitachi.
—No necesito... la ayuda... de un tanuki... —protestó Itaku, aunque estaba claro que la herida de lanza le dolía horrores y le impedía moverse con soltura.
Tsurara le dirigió una mirada de desconfianza a Tamazuki.
—¿Qué estás tramando? —le preguntó al tanuki—. Rikuo, yo no me fiaría de él. Seguro que deja que maten al pobre Itaku.
—Usted no me conoce, señora Abe —replicó Tamazuki—. Le fallé a mis seguidores hace siete años, pero no pienso hacerlo hoy. Además, aún tengo asuntos que resolver con mi pasado, y creo que Yosuzume y ese exorcista tienen las respuestas.
Tsurara iba a poner más objeciones, pero Rikuo apoyó una mano en su hombro.
—Déjalo, Tsurara. Confío en Tamazuki —dijo el joven señor. Jamás habría creído que pronunciaría aquellas palabras, pero la necesidad creaba extraños compañeros de cama. El ofrecimiento de Tamazuki resolvía el dilema de elegir entre acudir en rescate de Itaku o seguir avanzando.
La Yuki-onna suspiró resignada. Tampoco podían entretenerse más, pues Yosuzume hacía amago de bloquearles el paso. Afortunadamente, Tamazuki estuvo al tanto y creó una pantalla de hojas de árbol secas que cubrieron la retirada de la pareja.
Yosuzume apartó las hojas a golpe de lanza, pero para cuando terminó, Rikuo y Tsurara habían desaparecido de su vista.
Itaku se incorporó a duras penas, chorreando sangre, pero no por eso dejó de asir con fuerza las hoces que le habían convertido en uno de los guerreros más prometedores de la aldea de Toono.
—Espero que... no me estorbes, tanuki —masculló Itaku.
—Iba a decirte lo mismo, kamaitachi —replicó Tamazuki, mientras veía a Yosuzume acercarse a ellos con aire amenazador.
Eran cuatro yokai contra dos, pero visto lo sucedido con Gokadoin Yuiyui, era muy posible que estuviesen en completa inferioridad contra Ariyuki. Sin embargo, tenían que aguantar y confiar en que Rikuo lograse detener al líder de los Gokadoin.
"Confiar", pensó Tamazuki. "Qué palabra tan complicada".
En aquel momento, se alegró de haber dejado a su perro en Shikoku. El pequeño cachorro había crecido mucho en aquellos siete años, así que ya no podía llevarlo en brazos. Al menos estaría a salvo... siempre que los Gokadoin no atacasen.
Mientras ellos luchaban en el Castillo Espiral, el resto de Japón seguía temblando bajo la égida de los Gokadoin.
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Mansión Abe, Kioto
Las cosas pintaban mal para los defensores de la antigua capital. Aunque las serpientes gigantes no eran rivales para el poder aterrador de Hagoromo-Gitsune, la Señora del Pandemónium se las veía y las deseaba para mantener apartadas a aquellas sierpes de los heridos que aún no habían huido de la mansión. Abe no Orochi, la maldita Gokadoin que lideraba el ataque, lo sabía y apuntaba hacia los blancos más vulnerables, sabedora de que la kitsune trataría de defenderlos.
Las serpientes de Orochi también destrozaban parte del vecindario que rodeaba la mansión, pero eso a Hagoromo-Gitsune le importaba mucho menos.
"Maldita onmyoji, si sólo se acercara un poco más al suelo...", deseó la dueña de las tinieblas de Kioto.
Pese a sus aires excéntricos, Orochi había aprendido del error de Tenkai. Se mantenía a muchos metros de distancia del suelo, sentada sobre la cabeza de una de las serpientes, lejos del alcance de las armas de Hagoromo-Gitsune. La dama de negro había probado a arrojarle su Lanza de Cuatro Colas, Tora Taiji, "Cazadora de Tigres", pero la onmyoji había sacrificado a una de sus serpientes para bloquear el golpe. Dado que su shikigami tenía cabezas infinitas, podía repetir aquella defensa cuantas veces desease... incluso si gruñía decepcionada cada vez que su querido "bicho" sufría un rasguño.
—¡Por aquí, rápido! —exclamó Wakana mientras tanto, tratando de organizar la evacuación.
Fue un segundo, nada más, pero suficiente para que Orochi se percatase de que había encontrado otro blanco fácil.
—¿Una humana con los ayakashi? Feo, feo... ¡Que sirva de comida a mi escarabajo!
Una serpiente salió disparada hacia Wakana. Hagoromo-Gitsune iba a intervenir, mascullando para sus adentros que en buena hora se había casado Seimei con una humana tan frágil, pero entonces apareció el Gran Tengu del monte Kurama. El viejo consejero detuvo al voraz shikigami con su fiel bastón.
—¡Nadie le tocará un pelo a la viuda del maestro Nue! —exclamó el Gran Tengu.
—¡Sojobo, no! ¡Es un ardid de esa arpía! —trató de avisarlo Hagoromo-Gitsune.
—¿Qué?
Demasiado tarde.
Mientras el Gran Tengu estaba ocupado defendiéndose, otras dos cabezas aparecieron por detrás de él y le mordieron los brazos, para después levantarlo en el aire como un muñeco roto. Varios tengus, vasallos del anciano consejero, trataron de acudir en su ayuda, pero fueron presas fáciles del resto de las serpientes. El desánimo pronto cundió en sus filas.
—Me he hecho demasiado viejo... Quién me hubiera dicho hace mil años que caería en una trampa tan burda —Sojobo, sangrando, intentó girar su cabeza hacia su ama y señora—. ¡Señora Hagoromo-Gitsune! ¡Olvidaos de mí! ¡Seguid atacando! ¡Usadme de escudo si hace falta!
Era fácil decirlo, y la kitsune no era de las reacias a sacrificar a uno de los suyos para alcanzar la victoria final. El problema era que sus vasallos caían uno tras otro y se le agotaban las opciones. Empezó a temer que la única forma de ganar sería dejar que Orochi matase a todos los heridos y los civiles para llegar a ella, lo cual era un precio muy alto. Demasiado alto.
"Inari, necesito un milagro", pensó Hagoromo-Gitsune.
¡BOOOM! Súbitamente, un estampido interrumpió sus cavilaciones.
Para sorpresa de todos, un misil acaba de explotar en plena cara de una de las serpientes gigantes. Después vino otro, y otro, hasta una decena de proyectiles que causaron la confusión entre las cabezas del shikigami. El Gran Tengu vio que uno de sus brazos quedaba libre. Ni corto ni perezoso, se cortó el otro con su espada. Antes manco que ser usado como rehén por el enemigo.
Los ojos semicerrados de Abe no Orochi buscaron con ansia a los culpables de tan inoportuna interrupción. Aquello era armamento moderno, fuera del alcance de los yokai de Kioto. Entonces los vio.
Aviones de combate. Concretamente, cazas multiusos Mitsubishi F-2 de las Fuerzas Aéreas de Autodefensa. Con el ruido de la batalla, pocos les habían oído llegar, pero ahora atronaban los cielos con sus potentes motores a reacción. En aquellos momentos habían parado de atacar y daban vueltas en torno al escenario de combate.
—¿Qué están haciendo? —se preguntó Hagoromo-Gitsune en voz alta.
—Están esperando —aventuró Sojobo, mientras dejaba que dos de sus servidores tengus vendasen su brazo cortado.
—¿A quién?
—A ellos —dijo el Gran Tengu, señalando un punto a lo lejos.
Por el horizonte venían helicópteros militares, en una situación no muy distinta de aquella vez hace siete años en que la JSDF había asediado la Mansión Abe. Sin embargo, esta vez no venían a por los yokai. De hecho, viejos UH-1J de transporte comenzaron a descargar soldados de la 3ª División para ayudar en la evacuación de los heridos, mientras los pequeños pero ágiles OH-6D armados con ametralladoras comenzaron a rodear a Abe no Orochi.
—¡Somos las Fuerzas de Autodefensa de Japón! —gritó alguien a través de un altavoz, dirigiéndose a Orochi—. ¡Ríndase y arroje las armas ahora mismo, o nos veremos obligados a disparar!
Hagoromo-Gitsune se estaba llevando la sorpresa más grande de su vida.
"¿Los humanos nos están ayudando? ¿Cómo es posible?".
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Kantei, Tokio, unas horas antes
—He dado las órdenes pertinentes. Ahora espero que se cumplan —dijo el Primer Ministro.
Cuando los miembros de su gabinete se retiraron, el jefe de gobierno de Japón pudo respirar por fin. Había sido difícil convencer a los suyos, y muchos seguían dudando de la idoneidad de aquella decisión, pero ya no había vuelta atrás.
Siete años antes, su predecesor había cometido el error de perseguir a los yokai inocentes, mientras su auténtico enemigo provocaba un auténtico caos en el país. Ahora era su turno. Aunque muchos estaban enfadados, el Tribunal Supremo había declarado a los yokai ciudadanos de pleno derecho de Japón. ¿Y acaso no era su obligación, como Primer Ministro, garantizar la seguridad y la estabilidad de todos los japoneses? Que los Gokadoin hubiesen sido de gran ayuda en el pasado no les eximía de sus crímenes de ahora.
Una rápida llamada a la Casa Blanca había servido para averiguar que, por el momento, los estadounidenses compartían su opinión y le darían su apoyo en las acciones de defensa.
Era hora de que la JSDF actuase.
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En los cielos de Kioto, Abe no Orochi parecía más irritada que preocupada por la irrupción de las Fuerzas de Autodefensa.
—Devoradlos, mis insectos. Que aprendan a no estorbar.
Una serpiente aplastó uno de los helicópteros entre sus fauces. Los otros aparatos maniobraron enseguida para apartarse, mientras su capitán ordenaba:
—¡Fuego!
Las ametralladoras dispararon sin cuartel, pero la piel de las serpientes era demasiado gruesa. Afortunadamente, uno de los pilotos se percató de que tal vez los ojos fueran un blanco más delicado. Pronto, una de las serpientes chilló de dolor cuando sus dos ojos reventaron por culpa de las balas.
—¡Mi Orochi! —exclamó la onmyoji al notar el dolor de su shikigami.
Hagoromo-Gitsune aprovechó ese milagroso momento de pausa (desde que ocho años atrás volviera a rezar a Inari, parecía que sus súplicas estaban siendo atendidas con más frecuencia de lo normal) para acercarse a uno de los oficiales que estaban al cargo de la ayuda terrestre.
—¡Usted debe ser Abe Kuzunoha! ¡Por favor, acuda rápidamente a uno de los helicópteros de transporte! La JSDF se encargará de sacarlos a todos de aquí —dijo el soldado.
—¿Evacuación? Lo que necesitamos es acabar con esa hechicera —replicó Hagoromo-Gitsune—. Tú, soldado, dile a quien quiera que esté al mando que necesito uno de esos helicópteros.
—Discúlpeme, señora Abe, pero las ordenanzas de las Fuerzas de Autodefensa prohíben que los civiles...
La kitsune taladró al cada vez más atemorizado soldado con sus ojos negros como el carbón.
—¿Osas contradecirme? —dijo Hagoromo-Gitsune en tono amenazante—. ¡Ponme en contacto tu superior! ¡Ahora!
El soldado se apresuró a obedecer.
A Orochi se le acababa la paciencia. Tendría que traer más cabezas para devorar a aquellos insensatos, porque los soldados de la JSDF estaban siendo más irritantes de lo que había pensado en un principio. De hecho, había tenido que mandar a una de sus serpientes a tragarse a un francotirador especialmente peligroso que había intentado abatirla desde lejos.
Tan ocupada estaba con esas maniobras, que no se dio cuenta de que un aparentemente inofensivo helicóptero de transporte se había detenido a unos cuantos metros sobre su cabeza.
—¿A esta altura está bien, señora Abe? —preguntó el piloto.
—Sí —respondió Hagoromo-Gitsune, sacando su espada Sanbi no Tachi—. Yo me ocupo de lo demás.
A continuación, la dama de negro saltó al vacío.
Por supuesto, Orochi detectó de inmediato aquella poderosa fuerza sobrenatural que venía a matarla. No era la Segunda Líder de los Gokadoin por casualidad, después de todo. A un gesto suyo, varias serpientes acudieron a interceptar a la kitsune en el aire. Sin embargo, cuando creían que habían mordido carne, la figura de Hagoromo-Gitsune se desvaneció.
"¡Un espejismo!", se dio cuenta Orochi enseguida.
Instintivamente, se apartó. Fue sólo un puñado de centímetros, pero justo lo suficiente para evitar que el filo de la Sanbi no Tachi le cortase la cabeza.
—¿Sorprendida? ¿Acaso esperabas que sólo iba a usar mi magia de kitsune? —sonrió Hagoromo-Gitsune con malicia—. Esto es Kyoka Suigetsu. Mi última reencarnación ha resultado estar cargada de sorpresas.
Aunque la Señora del Pandemónium no había logrado abatir a su enemiga, sí había conseguido matar a la serpiente en la que estaba montada. Tanto la kitsune como la onmyoji se precipitaron contra el suelo.
La caída de Orochi fue más aparatosa, por desgracia para ella. Por el contrario, Hagoromo-Gitsune se posó con la gracia de una bailarina.
—Ha sido una buena pelea —reconoció la kitsune—, pero se acabó. Ahora que los humanos no nos ven, pienso cortarte la cabeza, Orochi.
—Je, je, je... La vieja zorra... Siempre hablando como si fueras mejor que los demás —masculló la dolorida onmyoji—. Pero no pienso morir sin luchar. ¿Acaso has olvidado que soy la mayor experta en shikigami de la historia?
La mandíbula de la mujer se desencajó. Una extraña forma verdosa empezó a brotar de sus entrañas, pugnando por abrirse paso desde su esófago hasta la boca. Parecía un insecto tratando de salir de su crisálida.
—Esta es... Bluargh... Mi técnica definitiva... Tú, Hagoromo-Gitsune... Tú me has obligado a esto...
Abe no Orochi dejó de hablar. No podía pronunciar más palabras. Aquel ser que estaba convocando estaba rompiendo su mandíbula. También estaba chupando hasta la última gota de energía espiritual que le quedaba. No le importaba. Aquel shikigami era su venganza, una bestia de violencia desatada que no pararía hasta destruir todo lo que estaba ante su vista.
"¡Ven a mí, shikigami primigenio! ¡Ábrete paso a mordiscos a través de mi cuerpo y manifiéstate!", recitó Orochi mentalmente. "¡Leviatán Primigenio! ¡AKURU!"
Una bestia de tiempos antediluvianos brotó por fin del cuerpo de Orochi. Se trataba de un colosal monstruo marino de dientes serrados y afilados como cuchillas. Por su naturaleza de shikigami, podía moverse tanto por mar como por tierra, y devoraba todo a su paso.
—¡A cubierto! ¡A cubierto todos! —gritaron los soldados.
Hagoromo-Gitsune, en cambio, ni siquiera se inmutó.
—¿Y se supone que este es tu shikigami definitivo? Puedo ocuparme de algo así con una sola mano. ¡Ven a mí, Nibi no Tessen! ¡Que esa bestia pruebe el regalo de los Taira!
De una de sus colas, la kitsune sacó un enorme abanico de metal. Ni corta ni perezosa, se interpuso en el camino del Leviatán. Varios soldados cerraron los ojos, temiéndose lo peor, pero los que permanecieron con la vista clavada en la escena pudieron contemplar patidifusos como la dama de negro partía el monstruo en dos con un elegante golpe de su abanico.
Los dos trozos del Leviatán se estrellaron contra el muro de la mansión, causando muchos destrozos. Además, empezó a caer sobre los presentes una lluvia de sangre y entrañas. Pero eso era lo de menos. El enemigo había muerto. Habían vencido.
—¿Por qué...? Demasiado fuerte... demasiado fuerte... —murmuró Orochi antes de que la vida escapase por fin de su cuerpo.
En los terrenos de la mansión, se oyeron aplausos y vítores en honor de Hagoromo-Gitsune, algunos provenientes de los propios soldados de la JSDF. No todos los días podían ver a uno de los Grandes Yokai en la cumbre de su poder. En su fuero interno, la kitsune sonrió con satisfacción. Recordaba los viejos tiempos en que había sido una onna-bugeisha en las antiguas guerras de los samurais.
Pero aún quedaba mucho trabajo por hacer.
—¿Podría alguien llevarme hasta Tokio? —quiso saber Hagoromo-Gitsune.
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Casa principal de los Nura, Ukiyoe
—¡Maestro Taisei! ¡Por favor! ¡Estas acciones no son propias de usted! —exclamó Akifusa por enésima vez.
Era inútil. El joven onmyoji se desgañitaba tratando de hacer entrar en razón a su antiguo maestro en el arte de la forja de espadas, pero lo único que conseguía era que este se enfureciera más. Su guadaña de ruedas giratorias era peligrosísima, y Akifusa se las veía y se las deseaba simplemente para desviar los golpes con su lanza.
En el resto del patio la situación no era mejor. Las flechas de Gokadoin Yasutada seguían lloviendo sobre ellos, las serpientes gigantes de Orochi seguían destruyendo la casa principal de los Nura, y los exorcistas Gokadoin avanzaban sin que los Keikain o sus aliados yokai lograsen detenerlos. Para Akifusa era una pequeña victoria el simple hecho de hacer que Taisei concentrase toda su atención sobre él. Sabía que Hagurugama, el arma exorcista de su oponente, era capaz de cortar otras hojas como si fuesen de papel. No quería que nadie se enfrentase a ellas.
—¡Silencio! No tengo paciencia para los impuros o los traidores —ladró Taisei con una mirada de absoluto desprecio—. ¿Por qué te alías con los ayakashi, Akifusa? ¿Acaso has vendido tu alma a la oscuridad?
—¡Eso no es...! —trató de justificarse el albino, pero su rival no le dejó continuar.
—¡No permitiré que los monstruos vivan en este país a su antojo! —proclamó Taisei, empujando a Akifusa hacia atrás con la fuerza de su guadaña—. ¡Mírame bien, Akifusa! ¡Protegeré este mundo, cueste lo que cueste! ¡Esta es mi justicia!
—Maestro Taisei... —murmuró el primo de Yura dolorido.
Entonces, en ese momento, ocurrió algo inesperado.
Las serpientes gigantes, que desde el cielo arrasaban el suelo que tenían debajo, chillaron y se retiraron. Un instante después, desaparecieron. Ni Akifusa ni ninguno de los presentes supo qué había pasado, pero una cosa estaba clara: ahora tenían un enemigo menos del que preocuparse.
—¡Esta es nuestra oportunidad! —dijo en voz alta Gyuki, el líder del clan de arañas-toro del monte Nejireme. El maestro espadachín llamó a sus dos protegidos—. ¡Gozumaru, Mezumaru, venid conmigo! ¡Vamos a acabar con ese Gokadoin gigante del horizonte!
—¡Sí, señor! —respondieron a una los otros dos.
—Hitotsume, Setsura, por favor, cuidad de la casa del señor Rihan en mi ausencia —pidió Gyuki a los dos lugartenientes del clan.
Hitotsume-Nyudo bufó con aire despectivo.
—Eso no hace falta ni que decirlo —masculló el cíclope.
—Más luchar y menos farfullar, Hitotsume —le echó en cara Setsura, mientras hacía una pantalla de hielo con la que desviar más flechas.
La desaparición de las serpientes había cogido a los Gokadoin por sorpresa. Y si ese Gyuki y sus acólitos tenían éxito, era posible que las fuerzas de los exorcistas negros quedasen rodeadas por un mar de enemigos yokai.
Taisei lo sabía. Por primera vez, su cara reflejó una cierta preocupación.
—Es una lástima que no haya un cementerio cerca —se lamentó el onmyoji—. Pero esto bastará.
A un gesto de Taisei, las hojas giratorias de la guadaña se separaron y empezaron a volar en todas direcciones, cortando y rasgando carne y metal. No eran muchas, pero eran suficientes para causar más de una avería mortal.
Akifusa se agachó para evitar que una de aquellas ruedas dentadas le cortase la cabeza.
"¿Se mueven aleatoriamente? ¿O las está controlando a distancia?", se preguntó Akifusa. La situación era algo mejor que antes, pero Gyuki y los suyos aún no habían conseguido detener a Yasutada, y Gokadoin Taisei parecía muy capaz de terminar por sí solo el trabajo.
Sin embargo, al observar a su antiguo maestro, una bombilla se encendió en la mente de Akifusa.
"El maestro Taisei está... indefenso".
Así era. El exorcista estaba ocupado dirigiendo sus ruedas voladoras y en sus manos sólo había una guadaña sin hoja. Si querían derrotarlo, tenía que ser en ese preciso momento.
Akifusa agarró con fuerza su lanza. Una vez, años atrás, había pensado que su habilidad en la forja de espadas exorcistas no tenía parangón. Que su talento era superior al de los genios de la antigüedad. Que su lanza sobrenatural Kioku era invencible.
Entonces Tsuchigumo lo había aplastado.
Akifusa había aprendido entonces humildad, auténtica humildad, no falsa modestia. Había aprendido del fantasma de Hidemoto Decimotercero y de su maestro, Gokadoin Taisei, secretos que jamás había soñado que existieran. Había aprendido de su primo Ryuji el valor del esfuerzo. Y de Yura había aprendido que lo importante no eran las apariencias externas o lo que mandase la tradición, sino la voluntad de hacer el bien por encima de todo.
El albino se concentró, ignorando el frenesí de la batalla. Empezó a recitar el mantra aprendido de sus antepasados Yaso, la técnica prohibida de fusión. Sintió cómo el poder de la lanza se fundía con el suyo propio, hasta que ya no hubo diferencia entre el arma y el onmyoji. Eran uno.
—Técnica onmyoji de la estirpe Yaso de los Keikain —murmuró Akifusa—. Lanza demoníaca de posesión. ¡Hyokiso!
En ese momento, los ojos de Taisei se posaron en él. El Gokadoin hizo una mueca de desagrado. Tenía sus razones. La técnica Hyokiso confería un poder enorme al que la utilizaba, pero a costa de deformar su cuerpo de manera horrible. La mitad derecha de Akifusa parecía ahora más propia de un yokai que de un ser humano. Por fortuna, los efectos eran reversibles una vez se rompía la fusión, pero al cuerpo le costaba mucho esfuerzo mantener aquella forma.
—Akifusa... —musitó Taisei.
—Yo... no puedo perdonar a los Gokadoin —dijo Akifusa con calma—. ¡Sembráis la destrucción en el país! ¡Nos atacáis cuando no os hemos hecho nada! Habéis hablado de justicia, maestro, ¡y por la justicia, por mi ciudad, por el mundo entero, mancillaré mi cuerpo si hace falta para deteneros!
Akifusa se lanzó contra Taisei, lanza en ristre. El Gokadoin lo vio y a un gesto suyo las ruedas voladoras cambiaron de rumbo para converger todas sobre Akifusa.
El albino no se arredró. Su lanza, mejorada tras años de práctica, ahora no tenía nada que envidiar a la Nenekirimaru. Tras haber aparcado su orgullo, ahora sí podía decir que era un herrero de verdad. Sin nada que detuviera la carga de la lanza Kioku, Akifusa embistió a Gokadoin Taisei.
—¡Aaaaagh! —gritó el exorcista de negro.
Taisei se derrumbó en un charco de sangre. Las ruedas dentadas de su guadaña se detuvieron y cayeron al suelo. Al ver a su comandante derrotado y a las serpientes desaparecidas, muchos Gokadoin empezaron a retirarse en un ataque de pánico.
—¿No estoy... muerto? —murmuró Taisei, medio inconsciente en el suelo.
—Como la Nenekirimaru, he reforjado mi lanza para que no pueda causar heridas mortales a los humanos —explicó Akifusa—. Aún así, le ruego que no se levante, maestro. Necesita ayuda médica.
Pese a las palabras de Akifusa, Taisei trató de levantarse del suelo, sin mucho éxito.
—Señor Yoshihira... perdóneme, por favor. He fracasado —murmuró el Gokadoin. Luego señaló a Akifusa—. No importa cuan fuerte ondeéis la bandera de la justicia, la Purificación no será detenida. Humanos y ayakashi no pueden vivir en paz... Antes o después, la guerra volverá...
Akifusa meneó la cabeza. A decir verdad, de vez en cuando le venían a la cabeza pensamientos parecidos. Pero entonces recordaba a Yura y a Rikuo, los adalides del cambio. El mundo se enfrentaba a una situación sin precedentes. Las viejas soluciones sólo conducirían a los viejos problemas de siempre. Era hora de intentar algo nuevo.
Como si el universo quisiera darle la razón, un sonido de motores y hélices se acercó a los terrenos de la casa principal de los Nura. Para sorpresa de todos, un pelotón de soldados entró en escena.
—¡Alto! ¡Somos las Fuerzas de Autodefensa! ¡Quedan ustedes detenidos! —exclamaron los soldados.
Hasta los miembros del Clan Nura se quedaron de piedra cuando vieron que la JSDF estaba arrestando a los Gokadoin. Muchos de los exorcistas enemigos se estaban entregando pacíficamente, aunque sus expresiones de ofuscación y abatimiento dejaban muy claro que no se esperaban aquello.
Akifusa notó también que las flechas de energía habían dejado de caer sobre ellos. Gyuki y los suyos debían de haber conseguido derrotar a Yasutada.
—¡Sí! ¡Victoria! ¡Fiesta! ¡Que corra el sake! —celebraron los yokai del Clan Nura, aunque Setsura y otros lugartenientes trataban de llamarlos al orden. Los soldados de la JSDF tampoco parecían muy contentos. Seguían con los nervios a flor de piel por haber intervenido en el escenario de una batalla sobrenatural, y tener a unos cuantos demonios tratando de emborracharlos no era bueno para el trabajo.
—Bien está lo que bien acaba —musitó Kejoro. La mujer cabellera se apoyó en el hombro de su marido, pero Kubinashi seguía con una expresión sombría.
—Aún no ha acabado —le recordó el asesino de las cuerdas—. El señor Rihan y los demás siguen en el Castillo Aoi.
Aunque el yokai tenía razón, Akifusa se permitió un suspiro de alivio. Había conseguido mantener con vida a los suyos. Eso era lo que contaba.
Entonces, en un nuevo giro de los acontecimientos, el onmyoji sintió cómo la tierra temblaba. Yokai, exorcistas y soldados cayeron de rodillas, tratando de aguantar el terremoto. Pero no era un terremoto normal y corriente. Akifusa podía sentirlo en sus huesos. Era la Tierra, el planeta entero, el que estaba temblando. Quien quiera que fuera capaz de hacer algo así tenía que tener un poder casi ilimitado.
"¿Qué está pasando?", se preguntó Akifusa.
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Castillo Espiral
El cielo giraba. Desde la cima del Castillo Espiral, el Primer Líder de los Gokadoin podía contemplar el país entero a sus pies. Y lo que veía no le estaba gustando.
Orochi había caído. Peor aún, los gobernantes del Japón moderno habían optado por unirse al bando de los ayakashi. Qué decepción. La humanidad había dado la espalda a sus defensores. Ahora, los Gokadoin luchaban solos contra el mundo entero.
Bueno, si el mundo se volvía en su contra, entonces tendría que destruirlo y empezar la reconstrucción desde cero. A veces hacía falta cortar por lo sano para evitar que la corrupción se extendiese al resto del cuerpo.
—Los movimientos de las estrellas hoy no son muy diferentes de cómo eran hace mil años —musitó el Primero para sí mismo—. Y tanto entonces como ahora, todas obedecen mis designios.
A un gesto suyo, el cielo cambió. Las estrellas se alinearon en torno a la Vía Láctea, tan brillantes que ni siquiera la contaminación lumínica de la ciudad de Tokio podía diluir su resplandor. Los planetas aparecieron en la bóveda celeste, tan cerca que parecía que iban a chocar contra la Tierra.
Y tal vez fuera así, porque la gravedad empezó a aumentar a lo largo y ancho del planeta azul. El suelo tembló, los cimientos de los edificios empezaron a agrietarse, y las personas de a pie notaban cómo les estaba costando dar un paso, o incluso respirar.
Era la técnica definitiva del onmyodo. Pues antes que magos o exorcistas, los onmyoji eran astrólogos. Los cuerpos celestes no tenían misterios para ellos. De ahí a controlarlos, sólo mediaba un paso. Un paso que los Gokadoin habían dado.
"Manipulación Astronómica", pensó Yoshihira.
Por el rabillo del ojo, distinguió unas figuras subiendo a todo correr las escaleras que llevaban al último palacio del Castillo Espiral, es decir, el suyo. No le sorprendió distinguir entre los intrusos a Rikuo. Al fin y al cabo, su medio hermano también era hijo de Seimei.
—Ven a mí, hermano —susurró Yoshihira—. Cerremos el telón de este drama milenario.
Notas adicionales:
¿Sorprendidos? Normalmente actualizo al mes, pero esta vez tenía más material preparado, ya que, como expliqué anteriormente, tuve que dividir el capítulo inicial que tenía pensado en dos.
Gracias como siempre a los lectores y reseñadores que me han acompañado hasta aquí. Y de paso aprovecho para responder lo que no he podido responder vía Fanfiction:
OsoreKitsune: Sí, me temo que se acerca el fin. Ya sólo quedan dos capítulos de historia y un capítulo de omakes.
OsoreGitsune: Oh, sí, me encantan las salidas de Ryuji. Es, después de todo, uno de mis personajes favoritos de Nurarihyon no Mago.
OsoreKiuby: Espero que aquí haya suficiente acción. En cuanto a la apuesta, creo que este capítulo deja claro quién tenía razón. Que conste que estaba previsto con meses de antelación.
Y ahora las notas extras:
* No está clara la relación entre los miembros de la familia Gokadoin. En un omake, se reveló que el exorcista que cambió su apellido a Gokadoin era el hijo de Ariyuki. Aquí, por razones dramáticas, he aceptado que Yuiyui sea su hija.
* Taisei echa en falta un cementerio por razones que los lectores del manga conocerán: uno de sus poderes es crear un ejército de zombis con los cuerpos de los muertos. Menos mal que en este caso no ha tenido esa oportunidad.
* Para los que lo hayan olvidado, Hagoromo-Gitsune puede utilizar las técnicas de un Nurarihyon porque en este universo es la hija de Rihan.
* Las onna-bugeisha (erróneamente llamadas onna-bushi) eran las mujeres guerreras de Japón. Tomoe Gozen es la más famosa, y en Nuramago se ha especulado con que fuera una de las reencarnaciones de Hagoromo-Gitsune (aunque la kitsune dice que estuvo en el clan Taira, que fue enemigo de Tomoe).
Próximo capítulo: "Hermano contra hermano".
