Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Rikuo y sus aliados logran entrar en el Castillo Espiral, pero sus enemigos van reduciendo sus números hasta que sólo quedan Rikuo y Tsurara para enfrentarse al líder Gokadoin. Mientras tanto, las Fuerzas de Autodefensa japonesas intervienen en auxilio de los yokai. Pero cuando las cosas parecían ir a mejor, Abe no Yoshihira usa la temible Manipulación Astronómica.


Hermano contra hermano

En los viejos tiempos, cuando no había televisión ni Internet, la gente miraba al cielo en busca de consuelo. La bóveda nocturna era, particularmente, el escenario imaginado de odiseas y teogonías, así como una puerta al pasado y al futuro. Pues se decía que aquellos que pudiesen medir y calcular la trayectoria de las estrellas y los planetas podrían predecir el futuro. Así nació la astrología.

Abe no Seimei había sido el onmyoji más poderoso de todos los tiempos. La luz, la oscuridad, la vida, la muerte, nada tenía secretos para él. Y como responsable de la adivinación astrológica, había creado también una técnica capaz de manejar a su antojo las estrellas y los planetas. Una gran hazaña, digna de un semidiós, pero Seimei pronto se dio cuenta del potencial destructivo de aquel hechizo. En las manos equivocadas, la "Manipulación Astronómica" podía destruir el planeta. Por eso la rechazó y fingió que jamás la había inventado. Pero hubo alguien que la descubrió: su hijo Yoshihira.

Y ahora el Primer Líder de los Gokadoin había decidido utilizar la técnica suprema de su padre para enseñarle al mundo una lección que jamás olvidaría. Si habían decidido aliarse con los ayakashi, sufrirían el mismo destino que ellos.

—¡Aaaaah! ¡Socorro!

Los gritos de auxilio resonaban a lo largo y ancho del planeta. Nadie sabía cómo era posible, pero la gravedad estaba cambiando. La gente notaba que cada vez era más difícil moverse, los cristales se agrietaban, los cimientos cedían bajo el peso extra que tenían que soportar, y el suelo temblaba.

En el cielo nocturno, los planetas del Sistema Solar aparecieron justo al lado de la Tierra. ¿Imposible? Quizás era un efecto óptico. Pero en los observatorios astronómicos de medio mundo reinaba el terror. Los satélites se volvían locos o caían a la atmósfera como meteoros.

Los datos arrojaban una conclusión estremecedora: si aquel fenómeno continuaba un par de horas más, sería el fin de la civilización moderna. Otras dos horas más y el mismo planeta Tierra podía reventar.

En lo alto del Castillo Espiral, sin embargo, reinaba la calma. La fortaleza de los Gokadoin se mantenía incólume ante el cambio de gravedad. Abe no Yoshihira no quería destruir el planeta, sólo acabar con la podrida civilización actual y empezar de cero. Esta vez sin la presencia de los yokai.

"Todo ha sido por este día", pensó el Primero. "Después de todos los sacrificios que hemos hecho, la Humanidad sólo nos ha dejado una opción".

Fuera de su palacio personal, en lo más alto del Castillo Espiral, Yoshihira levantó la mano.

—¡Oh, nubes! —exclamó el onmyoji—. ¡Que caiga la lluvia! ¡Llorad por los muertos!

Dicho y hecho. Una fina llovizna empezó a caer sobre el jardín del palacio. El ambiente se volvió profundamente melancólico, reflejando el alma torturada del conjurador.

—Os recuerdo —dijo Yoshihira en voz alta—. Os recuerdo a todos...

El Primero regresó caminando lentamente hasta la puerta del palacio, sin dejar de hablar para sí mismo.

—Tenkai, sé lo que hiciste. Te convertiste en un gran líder gracias a tu trabajo y esfuerzo. Debió ser duro, ser a la vez viejo e inmortal. No te lo pusieron fácil —dijo Yoshihira, acordándose del Sexto—. Y tú, Hiruko, tú suprimiste a los ayakashi que trataron de aprovecharse del caos al final del shogunato. Una guerra en las sombras que ni humanos ni ayakashi quieren recordar, pero yo sí lo hago. Luego, dejaste tu puesto de líder para abrir paso a la nueva generación. Un comportamiento ejemplar.

Yoshihira se llevó una mano al pecho, a modo de saludo para los caídos.

—Nagachika, Arihiro, y ahora Orochi y Yasutada... Tantos muertos. Yo los relevaré. Destruiré este mundo y lo reharé de nuevo. ¡Desde aquí, Tenkai, desde tu castillo!

00000

Si la calma reinaba en la cima del castillo, alrededor de él era todo lo contrario.

A los onmyoji Keikain desplazados a Tokio no les había costado ni medio segundo descubrir que el Castillo Espiral era el epicentro de aquel extraño fenómeno gravitatorio. Ahora se estaban colocando a su alrededor, formando un círculo, para crear una barrera que lo contuviese.

—¿Ha llegado ya Akifusa? —preguntó Yura.

—¡Aquí estoy! —anunció su primo.

El pobre albino no paraba. Venía de derrotar a Taisei, su antiguo maestro, y ahora él y los suyos tenían que cargar hatillos de armas exorcistas hasta el castillo. Las necesitaban para conjurar la barrera espiritual. En teoría, aquellas lanzas y espadas, una vez clavadas en el suelo, potenciarían sus habilidades sobrenaturales innatas y frenarían la magia de los Gokadoin. Por desgracia, de la teoría a la práctica había un trecho.

Mientras los onmyoji se ponían en acción y repartían las armas forjadas por Akifusa, su hermano Ryuji se acercó a ella.

—¿Crees que funcionará, enana? —le preguntó él, muy serio.

—¿Sinceramente? No —confesó Yura—. Incluso con las armas de Akifusa, creo que como mucho podremos ralentizar este fenómeno. Sea cual sea la magia que los Gokadoin están utilizando, nos supera.

—Bien. Prefiero una respuesta honesta que falsas esperanzas —contestó Ryuji—. ¡Vamos allá!

—Vale —Yura asintió—. Por cierto, Ryuji, sé que es el fin del mundo y todo eso, ¡pero como me vuelvas a llamar enana, te la cargas! ¡No olvides que soy tu jefa!

Ryuji esbozó una sonrisa sardónica. Había cosas que nunca cambiaban.

Los onmyoji ocuparon sus sitios en el círculo de la barrera. Era un círculo muy grande, que abarcaba manzanas enteras de la ciudad, e incluso alguna colina. Los soldados de la JSDF habían tenido la gentileza de evacuar los alrededores, e incluso se habían ofrecido a entrar en el castillo, pero Yura les había disuadido de esto último inmediatamente. Por muy voluntariosos que fueran, unos soldados normales no tenían nada que hacer contra los Gokadoin en su terreno. Todo dependía de los yokai que habían entrado.

—¿Están todos listos? —quiso saber Yura. Cuando recibió respuesta afirmativa, ordenó—: ¡Ahora! ¡Recitad el hechizo al unísono!

Así lo hicieron. Pronto la energía crepitó en las espadas exorcistas, transmitiéndose a la tierra y con ella a la barrera espiritual que se estaba formando en torno al castillo. Cuando terminaron, hubo gritos de júbilo, ya que la gente notó que el peso que sentían sobre sus hombros había desaparecido, al menos en parte.

Pero Yura no sonrió. Todos sus sentidos estaban concentrados en la barrera, al igual que sus primos y compañeros. No podían moverse ni un milímetro. Si lo hacían, el sello se resquebrajaría. Incluso así, sus habilidades de onmyoji le permitieron detectar que la fuerza de la gravedad seguía filtrándose a través de la barrera. El tiempo corría en su contra.

"Ahora todo depende de ti, Rikuo", pensó Yura, poniendo sus esperanzas en su amigo de la infancia. "¡No nos falles!".

00000

"Fallar" no era una palabra en la que Rikuo quisiera pensar. No en aquel momento.

Él y Tsurara habían dejado atrás a demasiadas personas. Ibaraki-Doji, Shokera y la mayor parte de los guerreros Abe y Nura habían sido bloqueados por la titiritera Gokadoin Yuiyui. Rihan, Kyokotsu, Tamazuki, Kurotabo e Itaku habían logrado escapar con ellos, pero Kyokotsu había dado media vuelta para rescatar a sus compañeros de las garras de la onmyoji, y luego los demás se habían quedado atrás para enfrentarse a Abe no Ariyuki, el Tercer Líder de los Gokadoin.

No, por todos ellos y por sus amigos y familiares que esperaban fuera del Castillo Espiral, no podían fallar.

El camino hasta el último palacio era duro. Parecía que las escaleras no acababan nunca, y tanto Tsurara como él acusaban el esfuerzo. Llevaban horas y horas de lucha, viaje, y más lucha.

—¿Estás bien, Tsurara? —le preguntó Rikuo.

—¡Claro que sí! ¡Subir escaleras no es nada! Puedo correr tan rápida como un tren, si me apuran, unos escalones de nada no me van a detener.

—Sí, lo sé, es sólo que... —Rikuo suspiró con abatimiento—. Lo siento. Esta no es la luna de miel que tenía pensada.

La dama de las nieves sonrió. Era increíble lo responsable que podía sentirse Rikuo a veces.

—No es culpa tuya —le recordó con dulzura a su marido—. Quiero decir, después de todas las aventuras que hemos vivido, casi me sorprendería si tuviéramos un matrimonio normal y corriente.

En vez de animarse, Rikuo frunció más el ceño.

—Ojalá no sea así. Yo puedo soportarlo, pero cuando pienso en mi familia, me duele. Especialmente si en el futuro tenemos... tenemos...

—¿...tenemos hijos? —terminó Tsurara por él—. ¡Claro que los vamos a tener! Una pareja, niño y niña, estoy segura. Y los cuidaremos bien, les premiaremos cuando les tengamos que premiar, les reñiremos cuando les tengamos que reñir, nos darán quebraderos de cabeza, nos harán reír y llorar, y al final vivirán felices y estaremos orgullosos de ellos.

A su pesar, el kitsune no pudo evitar sonreír.

—Qué claro lo tiene usted, señora Abe —se burló Rikuo—. Sólo espero que salgan a su madre. Si salen como yo, antes de cumplir diez años habrán pegado fuego a la casa e inundado el jardín lo menos cuatro veces.

Esta vez fue Tsurara la que se rió.

—Eso suena a los kitsunes de los que he oído hablar tanto. Ya decía yo que por algún lado tenía que salir esa sangre yokai.

Cogidos de la mano siguieron subiendo hasta que llegaron a la cima del Castillo Espiral. Las puertas estaban cerradas. Rikuo fue a abrirlas, pero dio un paso atrás cuando vio que una figura les aguardaba junto al palacio. Al principio pensó que podía tratarse de Yoshihira en persona, pero se llevó una sorpresa cuando por fin distinguió quién era.

—¡Encho! —gritaron Rikuo y Tsurara a la vez.

En efecto, era el narrador del antiguo Clan de las Cien Historias, ya desaparecido. Su expresión resabiada y sus ojos abiertos eran inconfundibles.

—Vaya, señor Abe no Rikuo, parece que haya visto a un fantasma —comentó Encho con ironía.

La sorpresa de Rikuo y su esposa era comprensible. La última vez que habían visto a Encho con vida, el malvado Sanmoto Gorozaemon lo había atravesado con su espada y había absorbido su "miedo". Más tarde, el Rey Demonio había sido exorcizado y sus restos habían sido desperdigados por el limbo. No debería haber quedado rastro de él.

Y sin embargo, allí estaba Encho, como si su muerte hubiese sido un mal recuerdo.

—¿Cómo... cómo es que estás aquí? —quiso saber Rikuo. Desenvainó la Nenekirimaru. No pensaba correr riesgos con aquel villano. Demasiado dolor había causado ya.

—Quería documentar la pelea final entre los dos hijos de Abe no Seimei, pero me temo que el Primero no será muy tolerante con mi presencia. Iba a observar los otros combates cuando nos hemos cruzado. Tan simple como eso —respondió Encho.

Rikuo, enfadado, acercó la punta de la katana a los ojos de su interlocutor.

—No te hagas el listo, Encho —le espetó el malhumorado kitsune—. Quiero saber cómo has sobrevivido. ¡Deberías estar muerto!

—Buena pregunta. Pero no es a mí a quien deberías preguntar, sino a Abe no Ariyuki —contestó Encho con una sonrisa enigmática.

—¿Ariyuki? —repitió Rikuo.

—¿El onmyoji que parece un niño? —intervino Tsurara.

Encho asintió lentamente, sin quitar ojo a la espada de Rikuo.

—Oh, sí, parece un niño, pero eso significa que llegó a líder de los Gokadoin a esa edad. Yo no lo subestimaría —explicó el narrador de las Cien Historias—. Por mis servicios prestados, el Tercero tuvo a bien convertirme en su shikigami. Sólo así he evitado el destino de las otras partes de Sanmoto Gorozaemon.

—Entonces, ¿eres el auténtico Encho?

El narrador se encogió de hombros.

—¡Quién sabe! Quizás sí, o quizás sólo soy una copia muy lograda del original. En el fondo, no importa. Mi único objetivo es contar las mejores historias del mundo. El resto da igual.

Rikuo no movió la espada. Examinó a Encho con ojos entrecerrados.

—¿Y cómo es que Ariyuki haría eso por ti?

—Aunque resulte difícil de creer, era fan mío cuando yo actuaba como narrador itinerante —respondió Encho con cierta nostalgia en su voz—. Luego, cuando nos conocimos mejor, descubrí pronto que había mejores maestros a los que servir que al gordo y estúpido Cerebro de Sanmoto. Fue un juego de niños manipularlo para que hiciera justo lo que los Gokadoin querían que hiciera.

A Rikuo le estaba costando toda su fuerza de voluntad contenerse para no cortarle la cabeza en ese mismo momento.

—¡Entonces eras tú, Encho! ¡Tú eras el que estabas tirando de los hilos! —le acusó Rikuo. Pensó en todas las desgracias que habían causado los planes de Sanmoto Gorozaemon. Si Encho decía la verdad, si el Rey Demonio había sido una marioneta en sus manos, aquello no tenía perdón.

—Sí, como la Boca quería crear una historia legendaria —confesó Encho—, pero el verdadero cerebro de la operación fue Ariyuki. Ese chico tiene una sonrisa inocente, pero su mente está llena de ideas retorcidas.

—Debería matarte ahora mismo —gruñó Rikuo.

—Es una opción —admitió Encho—. Sin embargo, nieto de Hagoromo-Gitsune, no sabes qué trucos puedo tener guardados en la manga. Y no es momento de perder el tiempo. Afuera, el mundo está a punto de caer ante la Manipulación Astronómica de Yoshihira. Yo que ustedes no me retrasaría más. Ahora, si me disculpan...

Encho empezó a caminar escaleras abajo, ignorando a Rikuo. El joven señor de los Abe sopesó la idea de atacarle por la espalda, pero en el fondo el villano tenía razón: no tenía tiempo que perder. Si era verdad que Encho era ahora un shikigami, bastaría acabar con su maestro para librarse de él. Tenía que confiar en que Rihan, Tamazuki e Itaku serían capaces de lidiar con ese Ariyuki.

—Podría lanzarle una estaca de hielo —sugirió Tsurara.

—No, déjalo.

—Una estaca muy, muy, muy afilada —insistió la dama de las nieves.

—Encho encontrará el final que se merece —predijo Rikuo—, pero nosotros tenemos una misión que cumplir. Vamos, el Primero nos espera.

00000

Rikuo y Tsurara se llevaron una sorpresa al abrir la puerta y contemplar el interior del palacio de Yoshihira. No era una casa. Era un cementerio.

Fuera llovía. Las gotas de agua repiqueteaban contra el techo de cristal, que ayudaba a convertir el palacio en un invernadero. Pues entre las columnas que sostenían la estructura crecía un jardín muy bien cuidado. Entre las flores, un sinfín de lápidas jalonaban el suelo. En su conjunto, aquel lugar respiraba quietud.

Por curiosidad, Rikuo echó un vistazo a las lápidas. Había fechas de nacimiento y defunción que abarcaban siglos. Los nombres eran tan variados que Rikuo se veía incapaz de recordarlos, pero todos llevaban el apellido Abe o Gokadoin.

—¿Qué es esto? ¿Un cementerio de los onmyoji? —se preguntó en voz alta Tsurara.

—Así es, Abe no Tsurara. Este es el último lugar de descanso de mi familia.

La joven pareja se puso en guardia. Por el pasillo principal venía Abe no Yoshihira, el Primero. Sus ojos dorados reflejaban tensión, su pelo negro estaba alborotado y en las comisuras de los labios, rodeados de una barba rala, se leía preocupación. Tanto Rikuo como él sabían que aquella pelea lo decidiría todo. Sin embargo, ni el joven señor de los Abe ni el líder de los Gokadoin parecían tener prisa por iniciar las hostilidades.

—Aquí reposan los restos de todos los que sirvieron nuestra causa, tanto los mortales como los inmortales. Tras el día de hoy, me temo que tendré que añadir nuevas lápidas —continuó explicando Yoshihira con pesar en su voz—. Hablando de lo cual, ¿qué ha sido de Yuiyui y Ariyuki?

Rikuo se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió con sinceridad—. Mis compañeros se han quedado atrás para luchar con ellos. Por eso estoy ahora aquí.

—Entiendo —Yoshihira asintió lentamente—. Supongo que es lógico. Eres tú quien tiene que matarme.

En ese momento, Rikuo dio un paso adelante, pero sin levantar su espada todavía.

—¡Esto es estúpido! ¡No tenemos por qué luchar! ¡Somos hermanos! La abuela Kuzunoha me lo contó todo. Me dijo cómo tu madre fue ninguneada. Eso estuvo mal, y no voy a negar que hay muchos yokai que son malvados, ¡pero de ahí a exterminarlos a todos hay un abismo! Podemos hacer un mundo mejor, entre todos. ¿No fue ese el sueño de nuestro padre?

Por desgracia, las palabras de Rikuo caían en oídos sordos. Yoshihira alzó la mano.

—Ayakashi —dijo el Primero, arrastrando las sílabas como si le diera asco pronunciarlas—, no has entendido nada. Seimei soñó con un equilibrio entre el yin y el yang donde todo sería hermoso. Pero era mentira. La oscuridad sólo trae dolor, y yo soy un siervo de la luz.

Tsurara se puso al lado de su esposo, preparada para conjurar su hielo.

—¡Rikuo, va a intentar algo! —le advirtió la Yuki-onna.

Sí, el joven kitsune podía sentir la energía espiritual fluyendo de Yoshihira. Comparada con él, hasta Yura parecía débil. Sólo había visto algo parecido en su propio padre, el Nue.

—¡Mi nombre es Abe no Yoshihira! —exclamó el Primero, concentrándose—. Yo soy el primogénito de Abe no Seimei. Durante cientos de años he protegido este país de las amenazas de la oscuridad. ¡Por eso no puedo echarme atrás ahora! ¡Tengo que destruiros!

Un relámpago primero, luego el trueno. La vidriera del techo se partió en miles de trozos de cristal que cayeron sobre unos desprevenidos Rikuo y Tsurara. Era aparatoso, y los vidrios cortaban, pero era un ataque bastante ridículo. Yoshihira ni siquiera se había movido de su sitio.

—¿A qué espera? —masculló Rikuo.

Tsurara también se preguntó lo mismo. Entonces sus sentidos de Yuki-onna notaron que algo cambiaba en el aire. Miró hacia arriba. A través de los ventanales rotos distinguió un cúmulo de nubes negras que se amontonaban justo encima de sus cabezas.

—¡RIKUO! —gritó Tsurara, lanzándose sobre su marido.

—¡Oh, cielos! ¡Oh, nubes! ¡Liberad vuestras flechas! —recitó Yoshihira—. ¡Técnica onmyodo, Control Climático!

—¡Ugh! —gruñó la dama de las nieves—. ¡Ventisca maldita, Huevo de Hielo!

A un gesto de Yoshihira, un rayo cayó sobre ellos. Y luego otro, y otro, y otro. El aire olía a ozono. Era un torrente de electricidad contra el que no había nadas que hacer. El Primero notó que algo trataba de resistirse, probablemente alguna barrera de hielo creada por la Yuki-onna, así que siguió convocando más rayos sobre sus enemigos. Esquirlas de hielo rebotaban entre sus pies, pero no cejó en su empeño. Tenía que asegurarse de que estaban muertos.

"Este es el poder de un onmyoji", se dijo Yoshihira, recordando el pasado.

00000

Heian-kyo, hace más de 1.000 años

Abe no Yoshihira entró como una exhalación en la casa, ignorando las miradas sorprendidas del resto de onmyoji. Eran acólitos y estudiantes de su padre, al que admiraban como si fuera un dios. Unos lameculos incapaces de pensar por sí mismos.

¡Señor Yoshihira! ¡No puede entrar ahí!

Uno de ellos trató de interponerse en su camino, tratándole de hacer ver con grandes aspavientos que el gran Seimei no deseaba ser molestado. Pero a Yoshihira le daba igual. Tenías que hablar con su padre.

Abrió la puerta de la habitación sin miramientos. Allí estaba Seimei, ya envejecido, concentrado en las adivinaciones para el emperador. A su alrededor había talismanes, libros y objetos para la observación astronómica. Era su particular sanctasanctórum, un lugar apartado de las injerencias de la corte.

¿Yoshihira? —musitó Seimei al ver al recién llegado. No se molestó en disimular lo contrariado que estaba por la interrupción—. Creía haber dicho que...

Tenemos que hablar, padre —dijo Yoshihira.

Seguro que puede esperar a...

Ahora —insistió su hijo con una mirada de absoluta seriedad.

Seimei suspiró. Suponía a qué se debía la visita, pero no tenía ganas de discutir sobre el asunto. Con un gesto, ordenó a sus acólitos que cerrasen la puerta y les dejasen a solas. Intuía que aquella conversación no iba a ser apta para oídos indiscretos.

Sé breve —ordenó Seimei—. Llevo retraso con las adivinaciones, y nadie hace contrariar a Su Majestad Imperial.

¿Por qué les proteges? —preguntó Yoshihira a bocajarro.

Hijo, tendrás que ser un poco más específico. Yo protejo a muchas personas.

¡Sabes de quiénes hablo! ¡De los ayakashi! —explotó el joven onmyoji—. He hablado con el señor Minamoto no Yorimitsu. Dice que te has vuelto a negar a acabar con ese nido de demonios que infestan las cuevas del norte. ¿Por qué?

Mi amigo Yorimitsu habla demasiado —Seimei suspiró con cansancio—. Esos ayakashi nunca han salido de su territorio. Sólo han atacado a personas que se aventuraban por donde no debían. Aunque no nos guste, eso también es parte del ciclo del yin y el yang.

Entre las víctimas había niños, padre.

Seimei miró a su hijo con gravedad. Era idealista. Demasiado idealista, incluso.

Los humanos también matan niños, Yoshihira. Lo hacen todos los días. Sin embargo, nadie exige la destrucción de la raza humana por eso. Es más, hay algunos a los que se les da tan bien que se convierten en héroes nacionales y componen poemas en su honor —dijo el maestro onmyoji. Salvo contadas excepciones, como el mentado Yorimitsu, Seimei no tenía demasiado aprecio por la cada vez más popular casta de los samurai.

Es diferente. Los humanos pueden cambiar. Los ayakashi no. Son pura oscuridad —replicó su hijo—. Si no pasaras tanto tiempo con esa zorra, tú también lo verías, padre.

La expresión de Seimei se endureció.

Esa zorra de la que hablas es tu abuela, Yoshihira. Muestra un poco más de respeto.

¿Me habla de respeto el hombre que ninguneó a mi madre? —contraatacó su hijo.

Seimei meneó la cabeza. Como siempre, todas sus discusiones acababan en el mismo punto. Instintivamente, sus ojos regresaron a la tabla de adivinaciones. Su interés por los asuntos mundanos tenía un límite.

Si ya te has desfogado, ¿podrías dejarme volver a mis tareas? Sigo siendo el jefe de onmyodo del emperador.

Yoshihira hizo una reverencia forzada y se fue sin volver a dirigirle la palabra a su padre. Estaba claro que era imposible hablar con él de temas que no le agradaban. Su posición en la corte y su arrogante título de "Señor del Pandemónium" entre los seres sobrenaturales lo habían vuelto frío y desapegado. Qué forma de malgastar el talento que le habían concedido los dioses.

"Yo no seré así", se prometió Yoshihira. "Yo salvaré a los que de verdad merecen ser salvados. Seré el campeón de la Humanidad".

Quizás así también su madre dejaría de mirarlo como le miraba. La mujer de Seimei no odiaba a su hijo; de hecho, lo quería. Pero también tenía miedo de él. Quizás porque sabía mejor que nadie qué sangre corría por sus venas.

00000

En la cima del Castillo Espiral, Yoshihira dejó de vagar entre sus recuerdos y se concentró en su objetivo. Si había hecho los cálculos bien, sus rayos habían conseguido superar las defensas de la Yuki-onna, pero iba a asegurarse. Así que siguió descargando su poder.

—La electricidad no existe en el onmyodo —dijo Yoshihira—, pero el control climático está en la raíz de nuestras técnicas. A fin de cuentas, ¿para qué predecir las cosechas y el tiempo si puedes manejarlos a tu antojo? El agua se convierte en vapor, el vapor forma nubes, de las nubes sale la lluvia, el granizo y los relámpagos. Y una vez tienes electricidad, puedes alterar los campos magnéticos, incluso provocar erupciones. Esta habilidad no es extraordinaria, sino una acumulación de técnicas básicas. Pero pocos han llegado tan lejos como yo...

Yoshihira dejó de atacar. Quedó a la vista el esqueleto destrozado de la barrera de hielo de Tsurara. Tal como había supuesto el Primero, la dama de las nieves no había sido rival para su técnica.

¿O quizás sí? Porque por mucho que se fijara, no había ni rastro de la pareja. No creía haberlos carbonizado, así que tenían que estar en algún lado.

—¿Has terminado ya con tu monólogo? —dijo una voz burlona a su espalda.

Yoshihira se dio la vuelta despacio. Allí estaba Rikuo, con Tsurara entre los brazos. La Yuki-onna parecía agotada, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa de satisfacción. Había logrado resistir los embates de los rayos el tiempo suficiente para que Rikuo les pusiera a salvo.

"La he subestimado", pensó Yoshihira.

—Rikuo... ah... ¿estás bien? —preguntó Tsurara a duras penas.

—No hables, Tsurara —le conminó Rikuo. Apoyó a su joven esposa junto a una de las columnas del palacio—. Descansa. Yo me ocupo de esto.

—Oh... v-vale... —respondió ella. No le quedaban energías ni para protestar.

Yoshihira no interfirió. Tampoco parecía excesivamente preocupado. Podía tomarse el tiempo que necesitase. El reloj sólo corría en contra de los pobres desgraciados fuera del Castillo Espiral, atenazados por la Manipulación Astronómica.

Esta vez Rikuo se lo tomó en serio. Además de la Nenekirimaru, blandió también la Ichibi no Tachi. Al contrario que la hoja exorcista de los Keikain, la Espada de Una Cola sí podía herir a los humanos.

—Eres tenaz, lo admito —dijo Rikuo—. Mil años de cruzada son muchos años. Pero necesitarás algo más que eso para acabar conmigo. Es mi misión ser el puente entre humanos y yokai.

—¿El puente entre humanos y ayakashi? ¿Lo dices por tu sangre?

Para sorpresa de Rikuo, Yoshihira soltó una carcajada.

—Estás muy equivocado si crees que un cuarto de sangre de kitsune te va a salvar. Por favor, permíteme demostrarte mi verdadera fuerza.

Rikuo se puso en guardia. La silueta de Yoshihira se desdibujó, como si de repente una sombra lo hubiese ocultado. Luego hubo un fogonazo. Cuando el resplandor desapareció, Rikuo pudo ver por fin de nuevo a su enemigo.

Y se quedó de piedra.

Yoshihira se había convertido en un kitsune, exactamente igual que él. El pelo se le había vuelto de color castaño y le caía largo sobre su espalda y sus hombros. Hasta le habían salido orejas de zorro. Pero lo más importante eran sus colas. Rikuo las contó: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... ocho colas de zorro. Sólo una menos que Hagoromo-Gitsune. Era un hachibi, un kitsune de ocho colas.

Por si fuera poco, ahora Yoshihira también blandía una espada, y una armadura protegía sus extremidades.

—¿Sorprendido? Yo también soy nieto de Hagoromo-Gitsune —le recordó Yoshihira—. Vamos, hermano, terminemos ya con esto.

00000

Varios pisos más abajo, las cosas no pintaban bien para el ejército aliado de yokai que había invadido el Castillo Espiral.

Gokadoin Yuiyui llevaba jugando con ellos mucho tiempo, haciendo que se hiriesen los unos a los otros, pero deteniendo el golpe de gracia en el último momento. Disfrutaba con su poder, el placer sádico de controlar a otros como si fueran marionetas. Ya le habían dicho más de una vez que era mejor matar rápido y bien que entretenerse con aquellos crueles pasatiempos, pero Yuiyui todavía no había conocido a nadie que le supusiera un esfuerzo derrotar.

Bueno, con excepción de esos dos.

—¡No... te saldrás... con la tuya... bruja! —exclamó un malherido Ibaraki-Doji.

El jefe de los demonios del Clan Abe había estado luchando sin cuartel contra su camarada Shokera. Sin embargo, los dos se las habían arreglado para intentar atacar a Yuiyui. Lo hacían a través de "accidentes", una estocada demasiado larga, una ola de energía que fallaba el objetivo, el caos de la pelea que se acercaba peligrosamente a ella... Pero Yuiyui siempre había salido indemne. En el fondo, le hacía gracia la resistencia de esos dos.

—Qué monos —dijo la onmyoji—. Es una lástima que pronto vayáis a morir desangrados. ¿Cuánto "miedo" os queda?

—El suficiente... para hacer que pagues por tus pecados —contestó Shokera a duras penas. El yokai insecto se había transformado en su forma artrópoda, pero no podía ni con su alma.

Gokadoin Yuiyui sonrió. Si esos dos eran los únicos que quedaban con voluntad para resistirse, la partida estaba vista para sentencia. Acabaría con todos y luego subiría las escaleras. Dudaba de que el Tercero o el Primero necesitasen su asistencia, pero era mejor prevenir que curar.

En ese momento oyó una canción que venía del otro lado del palacio:

Maru take ebisu ni oshi oike
Ane san rokkaku tako nishiki
Shi aya buttaka matsu man gojō
Setta chara-chara uo-no-tana

Gokadoin Yuiyui se dio la vuelta. Por la puerta por la que habían huido Rikuo y compañía venía una joven de largo cabello negro y ojos dorados, sujetando una calavera entre sus manos. Caminaba despacio, prudente pero con seguridad en sí misma.

—Kyokotsu, hija de Kyokotsu, líder de los cadáveres vivientes de los ayakashi de Kioto —la reconoció Yuiyui—. ¿Vienes a unirte a mi fiesta?

—No; he venido a detenerte —aseguró la chica de ojos de serpiente.

La sonrisa de Yuiyui se ensanchó. Sin siquiera hacer nada, varios yokai se interpusieron entre Kyokotsu y ella, cerrando el paso a la intrusa. Muchos conocían a Kyokotsu y le tenían cariño, pero no podían oponerse a la voluntad de quién tiraba de sus hilos. Entre ellos, Gashadokuro, el esqueleto gigante, se puso a llorar. Sus huesos estaban astillados en muchos puntos, pero con su fuerza aún podía aplastar a su amiga.

—¡Lo siento, Kyokotsu! ¡No quiero, no quiero, no quiero! —se lamentó Gashadokuro.

—¿Qué vas a hacer? Si quieres llegar hasta mí, tendrás que matar a tus amigos —la pinchó Yuiyui. La onmyoji podría haber usado su poder para controlar también a Kyokotsu, pero le divertía manipular a sus enemigos también a la antigua usanza. Qué dulce sería la desesperación de la yokai si era ella misma la que tomaba la decisión de hacer daño a sus camaradas.

La mirada de Kyokotsu se endureció.

—Sí, es una buena idea.

De repente, cientos de calaveras alfombraron el suelo. Yuiyui se puso en guardia. Por lo que había estudiado, ese era el ataque favorito de Kyokotsu. En cualquier momento, de las calaveras surgirían serpientes venenosas que la atacarían. Era una forma inteligente de llegar hasta ella sin necesidad de luchar.

Sin embargo, para su sorpresa, las serpientes de Kyokotsu no la atacaron a ella, sino a sus propios camaradas. Uno tras otro, todos los yokai del ejército aliado fueron mordidos y cayeron al suelo, envenenados.

Gokadoin Yuiyui se quedó de piedra. Una de las pocas, poquísimas, virtudes de los yokai era precisamente su apego a la Procesión Nocturna. ¿Había decidido esa chica, casi una niña, matar a todos sus compañeros con tal de acabar con ella?

—He sido entrenada personalmente por la señora Hagoromo-Gitsune —explicó Kyokotsu con voz fría—. Sé que a veces hay que hacer sacrificios. ¡No voy a permitir que sigas usando a mis amigos!

—¿Incluso si eso significa matarlos? —comentó Yuiyui, entrecerrando los ojos. No debía subestimar a su nueva adversaria.

—No están muertos. Aún no —precisó Kyokotsu—. Si les administro el antídoto a tiempo, se salvarán.

—Oh —musitó la Gokadoin impresionada—. ¿Pero lo has calculado bien? Aquí hay ayakashi de todas las formas y tamaños. Una misma dosis de veneno puede ser letal en un caso e inofensiva en otro. Y aunque pudieras controlar cada serpiente para inyectarles la cantidad adecuada, tendrás que derrotarme a mí primero. ¿Podrás hacerlo?

—Claro que sí —respondió Kyokotsu sin dudar.

Yuiyui dio unos pasos hacia atrás. No tenía miedo, sólo se estaba colocando en posición. Tenía más osos de peluche a mano con los que controlar a sus víctimas. Pronto, aquella insufrible ayakashi se convertiría en otra más de sus marionetas. Sería divertido obligarla a ver cómo sus camaradas morían envenenados mientras ella no podía hacer nada por salvarlos.

Tan concentrada estaba en Kyokotsu que no se dio cuenta de que una hoja afilada la apuntaba por detrás.

—¡AAAAAGH! —gritó Yuiyui de dolor cuando una espada la atravesó de lado a lado.

—¿Te habías... olvidado... de nosotros? —jadeó Ibaraki-Doji. A su lado, Shokera hacía esfuerzos por mantener a su compañero en pie para que pudiese atacar, aunque estaba claro que los dos estaban a punto de caer rendidos por sus heridas y el veneno de Kyokotsu.

"¡Imposible!", pensó Yuiyui. ¿Cómo es que esos demonios tenían tanta fuerza de voluntad?

Ni siquiera recordaba la última vez que había sufrido una herida. El dolor era terrible. Se palpó, para averiguar si la hoja de Ibaraki-Doji había tocado algún órgano vital. Entonces, con un espasmo, recordó que esos dos mentecatos no eran sus únicos enemigos en pie.

—¿La fea onmyoji tiene miedo de morir? —Kyokotsu sonrió—. Oh, sí, sientes miedo...

Yuiyui iba a protestar, diciendo que no tenía miedo de ella. A fin de cuentas, sabía que el terror era el arma favorita de los ayakashi. Por desgracia, entonces notó que su campo de visión se reducía. No veía nada por el lado derecho.

"¿Se ha esfumado?", aventuró Yuiyui.

Pero no. Kyokotsu seguía ahí delante, sonriente, con la calavera en las manos. Una calavera en la que había aparecido un ojo.

Su ojo derecho.

Yuiyui se llevó las manos a la cara. ¡Dioses, la maldita zombi le había sacado el ojo derecho con su magia! ¡Por eso no podía ver bien! La Quinta Líder de los Gokadoin sintió que hervía de rabia por dentro. Haber caído en aquella trampa era una vergüenza. Había sufrido dos golpes duros, pero se repondría y acabaría con esa ayakashi de la manera más dolorosa posible.

—¿Quién te has creído que eres? ¡Te mataré! ¡Te mataré! ¡Te mataré! —bramó Yuiyui.

—¿Ah, sí? —Kyokotsu meneó la cabeza—. Eso ya lo veremos.

00000

Unos pisos por encima del palacio de Gokadoin Yuiyui, Rihan también pasaba por dificultades.

En teoría, entre él, Kurotabo, Tamazuki e Itaku superaban en número a Abe no Ariyuki y su misteriosa ayudante, que el tanuki había llamado "Yosuzume". Pero el kamaitachi de Toono estaba gravemente herido y Tamazuki tenía que hacerle de niñera. Además, el onmyoji era fuerte y tenía técnicas increíbles.

Al poco de empezar la batalla, los espejos que jalonaban el techo y las paredes del palacio se les habían caído encima. Rihan pensó que sería una forma de camuflar el ataque de Ariyuki, y se puso en guardia, pero en su lugar se vio arrojado a un mundo vacío y sin luz. El Segundo General de los Nura miró a un lado y al otro, pero no había ni rastro de sus compañeros. Sobre su cabeza brillaban algunos espejos, pero en cantidad mucho menor que antes.

—¡Kurotabo! —exclamó Rihan—. ¡Kamaitachi de Toono! ¡Tanuki de Shikoku! ¿Estáis ahí?

—No te esfuerces, hijo del Nurarihyon. No pueden oírte —dijo Ariyuki.

Rihan se encaró con su enemigo. Ahí estaba el Tercer Líder de los Gokadoin, relajado y sonriente, como si estuviese jugando en vez de librando una batalla.

—¿Dónde estamos? —exigió saber Rihan, preparando su espada para cualquier tipo de ataque.

—Yo fui el líder de la familia durante el periodo Nanboku-cho. Después de la caída del shogunato Kamakura, la corte imperial vio la oportunidad de recuperar su poder. Sin embargo, un nuevo clan de guerreros, los Ashikaga, se convirtieron en shogunes y nombraron a sus propios emperadores. Así que durante décadas hubo dos capitales, la del Sur y la del Norte. Yo yo defendí ambas gracias a este Espejo Oscuro —explicó Ariyuki—. Con esta técnica, puedo enviar reflejos de mí mismo a varios lugares a la vez. ¿A que es chula?

—Entonces, los otros... —murmuró Rihan.

—Oh, sí, ahora mismo estoy jugando con ellos. Tamazuki es especialmente divertido —Ariyuki se rió—. A ese tanuki no le ha gustado nada descubrir que Yosuzume es mi shikigami.

Rihan esbozó una media sonrisa.

—¿Una shikigami, eh? Ya me parecía raro que uno de vosotros, onmyoji genocidas, colaborase con una yokai.

—¡Oh, no, no, yo sé apreciar el talento! —repuso Ariyuki, aparentemente ofendido—. Pregúntaselo si no al Clan de las Cien Historias. A Encho le encantaron mis ideas para conseguir que el Nue y tú os mataseis mutuamente. Aunque, bueno, es evidente que no todo salió como estaba previsto.

Un humor frío se adueñó del corazón de Rihan. ¿Qué había dicho ese onmyoji?

—Repite eso —le espetó al Tercero.

Abe no Ariyuki notó el cambio en el estado de ánimo de Rihan. Empezaba a crecer en él un aura asesina.

—Para que los Gokadoin triunfasen, era necesario librarse de los obstáculos más importantes. Tú y el Nue, para empezar. Hiciste tu papel perfectamente, eso sí. ¡Mira que ir a asesinar a tu amigo sólo por lo de Hagoromo-Gitsune! Ni siquiera trataste de escuchar su explicación. Quizás entonces habrías sospechado un poco, ¿no? Que Sanmoto Gorozaemon te poseyese fue un extra no calculado, pero bienvenido. Si le dejábamos correr un poco, la gente recordaría el miedo a los ayakashi y pediría a gritos que alguien la salvase.

Los dientes de Rihan rechinaron.

—¿No os parasteis a pensar que Sanmoto podía haber destruido el mundo?

—¡Descuida! Yo conocía los riesgos. De ahí la profecía de Encho, ¿ves? Se suponía que Yoshihira volvería al mundo entonces, castigaría a Sanmoto Gorozaemon, lo mataría (y a ti con él, por supuesto), y luego purgaría Japón. ¡Qué gran final! Pero entonces el nieto de Hagoromo-Gitsune resucitó y se quedó con la profecía para él mismo. Abe no Rikuo no tenía que ser el Mesías. Y tú... tú deberías haber muerto hace tiempo.

—Es una desgracia... ¡para ti!

Rihan cargó contra Ariyuki. En cada golpe de su espada resonaba la ira homicida que lo embargaba. Pensó en su segunda mujer, una muñeca rota creada por Sanmoto para engañarlo. Pensó en la desesperación que había sentido al notar que su hija era Hagoromo-Gitsune y pensar que todo había sido un plan de Seimei para aprovecharse de él. Recordó cómo el Rey Demonio lo había manipulado y luego se había quedado con su cuerpo. Sus manos aún estaban manchadas con la sangre de su propio padre, así como la sangre de muchas personas inocentes. Y ese maldito Gokadoin se reía de su sufrimiento.

Sin embargo, pese a toda la rabia que concentraba en cada golpe, estos no tocaban al Tercero. El onmyoji convocaba barrera tras barrera, haciendo inútiles sus ataques. Probó con sus técnicas favoritas, las mismas que había aprendido del Nurarihyon, pero en vano. La invisibilidad no servía de nada en un mundo donde el enemigo controlaba todo lo que veía.

—¡Ahora es mi turno! —canturreó Ariyuki.

Rihan sintió cómo una ola de energía lo golpeaba con la fuerza de un martillo pilón. Una y otra vez. No podía esquivar los ataques del onmyoji, ni tampoco contenerlos. Estaba a su merced.

Tirado sobre aquel mundo sin formas ni colores, los ojos de Rihan vagaron a los espejos que flotaban en el aire. A través de ellos veía otra batalla, con Tamazuki protegiendo a Itaku de los ataques combinados de Ariyuki y Yosuzume. Pero no veía a Kurotabo.

"¿Lo habrá matado?", pensó Rihan. Lo había fallado a él también.

—¡Señor Rihan!

De repente, el monje vengador apareció a su lado. Kurotabo miró con desconfianza a Ariyuki, pero el onmyoji parecía más divertido que molesto por su interrupción.

—¿Kuro? —se asombró Rihan.

—¡Menos mal que os encuentro, general! Me ha costado muchísimo encontrar una manera de salir de ese reflejo. La solución era saltar de un espejo a otro, en lugar de tratar de regresar al palacio —explicó Kurotabo—. Señor Rihan, ese enemigo es demasiado fuerte para nosotros por separado. Si queremos salir de aquí, tenemos que romper el Espejo Oscuro en su totalidad. ¡Tenemos que hacer el Matoi!

Pero Rihan se mordió el labio.

—Yo... no puedo. Desde que Sanmoto me manipuló, he perdido la confianza en mí mismo. No puedo hacer el Matoi...

—¡Tonterías, señor Rihan! —le recriminó Kurotabo—. ¿Recordáis lo que dijisteis la primera vez que intercambiamos las copas de sake? Usted me dijo que quería proteger Edo. Que el Clan Nura era un grupo dispuesto a arriesgar sus vidas por las personas que amaban. Y que me daba usted permiso para cortarle la cabeza si alguna vez fallaba a su promesa. ¿Es que ha llegado hoy ese día?

Rihan miró a Kurotabo a los ojos. En ellos se leía la esperanza. Recordó que el monje también había sido engañado por Sanmoto y su mente había sido igualmente manipulada. Ahora entendía qué fe había tenido entonces Kurotabo para poner su confianza en él. Ahora, era su turno de devolver el favor.

—¡Tienes razón, Kuro! —exclamó Rihan, poniéndose en pie de un salto—. ¡Vamos allá! ¡Hora de equipar tu temor! ¡Matoi!

—¡Eh, eh! ¿Qué es esto? —dijo Ariyuki intrigado.

Rihan y Kurotabo se habían fusionado, multiplicando su poder. Ahora, el esbelto y aguerrido Segundo General estaba flanqueado por una infinidad de armas de diversas formas y tamaños: espadas largas, espadas cortas, lanzas, hachas, guadañas... Era la viva imagen de un dios de la guerra.

"Echaba de menos esto", pensó Kurotabo desde la mente de Rihan.

—Yo también —reconoció el hijo del Nurarihyon—. ¡Hyakka ryou ran!

Al momento, las puntas de las armas se vieron envueltas en fuegos fantasmagóricos, aumentando aún más el "miedo" que causaba. Abe no Ariyuki comenzó a pensar que quizás debería haberse tomado la pelea más en serio y haber matado a Rihan antes.

—¡Mis espadas son infinitas! —proclamó Rihan—. ¡Romperé todos tus reflejos, Tercero! ¡Un millar de espadas que descienden del cielo! ¡Izutsu ryuusei tenge!

Lo último que vio Ariyuki antes de que su mundo de cristal se rompiese fue una infinidad de filos acerados ardiendo y dirigiéndose contra él.

00000

—¡A mí, Zorro de Nueve Colas! ¡Shikigami permutado! ¡Fusión deidad-persona! ¡KITSUNE NO MAGO! —exclamó Rikuo.

Con la experiencia de años de lucha, Rikuo convocó a su shikigami Kyubi y se fusionó con él. Enseguida sintió como la energía espiritual de su deidad ceremonial se añadía a sus reservas naturales. Ahora parecía un zorro de nueve colas. El reflejo perfecto para enfrentarse a su hermano.

Curiosamente, Yoshihira pareció decepcionado.

—¿Eso es todo? ¿No vas a usar el Hagun de los Keikain? Sé que puedes utilizarlo.

—No lo necesito —respondió Rikuo con confianza—. No he estado cruzado de brazos estos siete años. ¡Vencí a Sanmoto Gorozaemon en el pasado y te venceré a ti, Abe no Yoshihira!

Yoshihira y Rikuo chocaron espada contra espada. El sonido del acero repiqueteando fue durante varios segundos lo único que se oyó en el palacio. Yoshihira tenía más fuerza al blandir su filo con las dos manos, pero Rikuo podía hacer fintas y requiebros gracias a sus dos hojas. A su pesar, el líder de los Gokadoin tuvo que reconocer que su hermano era más fuerte y hábil de lo que había pensado. Quizás era verdad que había entrenado.

Sin embargo, él era un maestro onmyoji y un hachibi. El resultado estaba claro desde el principio.

—¿Crees que tu sangre te salvará? —Yoshihira le dio una patada y arrojó a Rikuo contra una de las columnas, que se partió en pedazos. Rikuo aterrizó unos metros más atrás ante la mirada impotente de Tsurara—. ¡Creía que tú me comprenderías! ¡Que entenderías lo desafortunados que somos! ¡Esta sangre, ni humana ni ayakashi, está maldita!

Pese a la paliza que estaba recibiendo, Rikuo tuvo energías para sonreír.

—Eso suena bastante hipócrita cuando estás luchando en esa forma, ¿no crees? —señaló el joven kitsune.

—También puedo usar esto —Yoshihira alzó la mano.

De inmediato, Rikuo dio un salto. Justo a tiempo. Un rayo cayó a pocos centímetros de él. A pesar de su duelo de esgrima, las nubes de tormenta convocadas por Yoshihira seguían en el cielo. Estaba claro que su enemigo utilizaría todos los trucos que tenía a su disposición.

—Por mil años, he tenido que sufrir la vergüenza de esta sangre. El dolor de no saber si eres humano o sólo un monstruo. De no saber a dónde perteneces. ¡Seguro que hasta un mocoso como tú tiene idea de lo que significa esta maldición!

El Primero abatió su espada sobre Rikuo. El joven señor de los Abe escapó del golpe mortal, pero no pudo evitar que le abriese una herida en el pecho. Se dio la vuelta y recompuso su guardia.

—Sí, lo entiendo —admitió Rikuo por fin—. Yo también estuve igual de confuso, hace tiempo. Quería a mi familia, pero odiaba mi sangre. No era humano, no era yokai. Pero luego aprendí.

Yoshihira se quedó callado. No hizo ademán de moverse. Quería escuchar.

—Te lo he dicho, soy un puente entre ambos mundos. Tú también, Yoshihira —afirmó Rikuo con seriedad. A ojos del Primero, parecía como si el Rikuo kitsune y el Rikuo humano estuvieran hablando al mismo tiempo—. Eso significa que no estaremos jamás en ninguna de las dos orillas, porque ese es nuestro sino. Más allá de clanes o causas, ese es nuestro deber. ¡Yo cargo con la voluntad de humanos y yokai en estas katanas! ¡Esa fue mi decisión! ¡Y la defenderé, cueste lo que cueste!

Los dos hermanos volvieron a la carga. Era una escena salida de otro mundo: dos poderosos kitsunes intercambiando golpes y fintas en un cementerio en lo alto del cielo, en mitad de una lluvia de relámpagos.

Yoshihira comprendió de pronto que la fuerza de su oponente no menguaba, sino que no paraba de aumentar.

"Es como si estuviera luchando contra una Procesión Nocturna de los Cien Demonios", pensó el Primero. Podía notarla, la energía de Hagoromo-Gitsune, de los oni de Rashomon, de los cadáveres de los pozos, de los insectos buscadores de pecados, de los zorros y los dragones... Se decía que una Procesión Nocturna se hacía más fuerte por partida doble: los vasallos hacían fuerte el "miedo" de sus líderes, y los líderes hacían fuerte el "miedo" de sus vasallos. ¿Se refería a eso? ¿O acaso era el "miedo" de su hermano que lo estaba afectando a él?

Mientras tanto, apoyada en la columna, Tsurara observaba la pelea y trataba de recuperar fuerzas. Su amor la necesitaba.

Había prestado atención a las palabras de Yoshihira y de Rikuo. La dama de las nieves había sido testigo de las inseguridades de su esposo años atrás. Entonces, ella tampoco lo había comprendido. Como yokai, era ajena a la sensación de no sentirse parte de ningún sitio. Pero la Yuki-onna aprendió, y en su comprensión su amor por Rikuo aumentó todavía más si cabe.

"Rikuo siempre fue el mismo, tanto por el día como por la noche", recordó la dama de las nieves. "Él sufrió, y luchó, pero al final aceptó quién es en verdad. ¡Por favor, Rikuo, tienes que ganar! ¡No sólo por ti! ¡Ese Primero se parece demasiado!"

Perdiendo la paciencia, Yoshihira se decidió a utilizar su última técnica. Era un riesgo, que podía significar perder el control de su energía espiritual, pero ya estaba harto. Se suponía que aquel duelo tenía que ser un ejemplo de su superioridad sobre su equivocado hermano menor. Y ahora, sin embargo, una parte de él se veía aceptando los argumentos de Rikuo. Dudando de sí mismo. Volviéndolo vulnerable.

Tenía que callarlo cuanto antes.

—¡La Manipulación Astronómica causa graves cambios en el espacio-tiempo! ¡Te devolveré a la nada de la que naciste, hermano! —exclamó Yoshihira. En sus manos apareció un extraño círculo de manos enlazadas que giraba cada vez a más velocidad. Rikuo no sabía lo que podía hacer, pero no estaba dispuesto a darle la oportunidad de ponerlo en práctica.

—¡Quieto ahí! ¡Cadena del Cielo, Luna cortante! ¡TENSA ZANGETSU!

—¡RENACIMIENTO ETERNO!

Dos oleadas de energía salieron disparadas en rumbo de colisión. El estallido fue descomunal y pulverizó los últimos cristales que seguían intactos. Cuando el polvo se disipó, dos figuras quedaron en pie.

Rikuo estaba sudando y sentía escalofríos. Se había librado por milímetros. Mientras lanzaba su filo cortante de energía, había esquivado el ataque de Yoshihira. Tal como había prometido, ese "Renacimiento Eterno" había hecho desaparecer todo a su paso: madera, piedra, metal. Y carne también. Varias de sus colas se habían volatilizado. Pero al menos estaba vivo.

En cuanto a Yoshihira, el líder de los Gokadoin tosió sangre. Él no había sido tan rápido a la hora de esquivar.

—¿Tú no maldices... a tu sangre? —murmuró el onmyoji.

Rikuo envainó sus espadas.

—No —respondió simplemente el joven señor de los Abe.

—Ya veo.

Yoshihira cayó derrumbado sobre el suelo del palacio, mientras la sangre manaba a borbotones de la herida que le había infligido el ataque de Rikuo. El duelo había terminado.

La atención de Rikuo se dirigió automáticamente hacia su esposa.

—¡Tsurara! ¿Estás bien?

—¡Rikuo! —exclamó la Yuki-onna, renqueando hasta arrojarse en sus brazos. Lágrimas de hielo corrían por sus mejillas—. ¡Lo has logrado! Sabía que lo conseguirías, lo sabía, lo sabía...

—Entonces, ¿por qué lloras? —señaló Rikuo con una sonrisa.

—Porque estuve observando. Ah...

Rikuo quería calmar y reconfortar a su esposa, pero las circunstancias se volvieron en su contra. De repente, el suelo tembló y notó cómo su cuerpo pesaba más de la cuenta. Literalmente. Vio cómo las paredes del palacio empezaban a agrietarse.

—¿Qué está ocurriendo? —se preguntó en voz alta.

Desde el suelo, Yoshihira gruñó.

—¿Te has dado cuenta ahora? —dijo el Primero. Volvió a toser sangre—. Había convocado la Manipulación Astronómica para arrasar la civilización y crear un mundo nuevo. Pero ahora... he sido... derrotado. El poder que he desencadenado se vuelve... contra el castillo... de Tenkai...

—¡Tenemos que salir de aquí! —exclamó Tsurara alarmada.

—Sí, tenemos —Rikuo asintió.

El joven señor de los Abe se acercó a Yoshihira. Pese a todo lo que había pasado, era su hermano. Tenía que intentar salvarlo, por lo menos. Pero cuando lo tocó, Yoshihira se revolvió contra él.

—¡Déjame! Yo me quedo aquí... Con todos los Gokadoin...

—¡Eso es una tontería!

—¿Lo es? Sólo yo puedo tratar de contener la Manipulación Astronómica... Si no lo hago, colapsará demasiado rápido... el mundo se salvará de todos modos... ugh... pero esos ayakashi de ahí abajo... puede que Tokio... desaparecerán. ¿Eso es... lo que quieres?

Rikuo apretó los puños. Eran los dos tan parecidos. En circunstancias diferentes, podían haber estado en el lugar del otro.

—¿Por qué? —quiso saber Rikuo.

—Porque... el Cuarto tenía razón. El mundo... ya no nos necesita. Es hora... de algo nuevo. Rezo para que tú puedas triunfar donde yo... donde yo he fracasado... hermano.

Rikuo asintió. Se levantó y cogió a Tsurara de la mano.

—Tenemos que llegar abajo antes de que el castillo entero se nos caiga encima.

—Pero, ¿qué hay del Gokadoin? —preguntó la Yuki-onna.

Rikuo meneó la cabeza en gesto negativo.

—Ya le has oído. Él también tiene su deber —contestó el joven señor. No obstante, antes de marcharse con una atribulada Tsurara, se volvió una vez más hacia Yoshihira—: Adiós, hermano.

—Corre... salva a tu familia —le dijo el Primero.

Y eso hizo Rikuo.

Cuando se fue, Yoshihira reunió toda su fuerza de voluntad para incorporarse. Por su mente pasó la idea de hacer desaparecer el fenómeno gravitatorio, pero ya era demasiado tarde. Tal como había temido, estaba fuera de control. Sin embargo, había hecho una promesa. Utilizó la poca energía que le quedaba para calmar un poco la marea gravitatoria que hacía temblar los cimientos del Castillo Espiral.

La vida se le escapaba, pero por alguna razón se sentía más tranquilo que nunca. Como si por primera vez en mil años ya no tuviera ninguna duda de que estaba haciendo lo correcto.

Hasta que, al final, ya no pudo más. Volvió a caer sobre el suelo. Esta vez para no levantarse.

—¿He hecho bien, padre? —murmuró antes de cerrar los ojos para siempre.

00000

El Castillo Espiral se caía a pedazos. No iban a llegar abajo a tiempo.

—Rikuo... —gimió Tsurara.

—¡Lo sé!

Ya no corrían, saltaban, mientras los escalones desaparecían bajo sus pies. Pero el peligro real venía de por encima de sus cabezas. Pedazos enteros de los palacios flotantes caían sobre ellos.

—¡Aaaaaah! —gritaron los dos cuando el impacto de una pared los arrojó al vacío. Ahora estaban en plena caída libre, junto a los escombros.

Rikuo y Tsurara se cogieron de la mano, entrelazando los dedos.

—Te quiero, Rikuo.

—Yo también te quiero, Tsurara.

Un minuto después, donde antes se erguía orgulloso el Castillo Espiral de Tenkai, ya sólo quedó una montaña de restos. La Manipulación Astronómica cesó. El mundo se había salvado.

00000

Las tareas de rescate empezaron de inmediato. Aunque el enfrentamiento con Yuiyui había dado lugar a centenares de heridos, muchos de ellos se incorporaron para ayudar en la labor de apartar los detritos del Castillo Espiral.

Kyokotsu había logrado sacar a sus compañeros. Rihan había logrado bajar justo a tiempo en compañía de un satisfecho Kurotabo y unos malheridos Itaku y Tamazuki. Pero de Rikuo y su joven esposa no había ni rastro. Todos se temían lo peor. Ahora, hasta los soldados de la JSDF estaban ayudando en el rescate.

De repente, Yura, que había permanecido en un estado de concentración absoluta en el centro mismo de los escombros, gritó:

—¡Siento algo! ¡Por aquí, en esta dirección!

La líder de la familia Keikain condujo a todos hasta un rincón. Por desgracia, lo que fuera que estaba sintiendo se encontraba enterrado bajo varios metros de rocas y madera. Los soldados hicieron cálculos y dijeron que necesitarían traer excavadoras y otros equipos. Pero entonces una voz imperiosa ordenó:

—Apartaos.

Un momento después, varias colas blancas de zorro perforaron el terreno, apartando escombros y abriéndose paso. Hagoromo-Gitsune acababa de llegar desde su victoria en Kioto y no estaba dispuesta a esperar mientras la vida de su nieto corría peligro.

—Esto... ¿qué es esto? —se preguntó la kitsune cuando sus colas tocaron un objeto frío.

Era una bola de hielo. Ante la mirada atónita de los presentes, el hielo se apartó y aparecieron Rikuo y Tsurara, magullados y cansados, pero vivos.

—¡Rikuo! ¡Tsurara! ¡Estáis vivos! —gritaron cientos de voces.

La alegría fue indescriptible. Los dos esposos pasaron por cientos de manos que querían tocarles, abrazarles, darles la enhorabuena. El peligro de los Gokadoin había sido conjurado, y se lo debían a ellos.

Rikuo llegó por fin hasta donde se encontraba su abuela.

—¿Y Yoshihira? —preguntó Hagoromo-Gitsune.

Rikuo meneó la cabeza. El líder de los Gokadoin había caído con su castillo. Ya no quedaba nada más que decir.

Enseguida, el joven señor de los Abe se preocupó por la suerte que habían corrido sus otros compañeros. Le alegró saber que nadie más había muerto en Kioto, y que tanto el señor Rihan como Kyokotsu habían logrado proteger a los suyos. De hecho, se llevó una sorpresa cuando le dijeron que Kyokotsu había hecho una prisionera.

—Sé que a ti te gusta capturarlos con vida, hermano mayor —se excusó la chica—. Aquí tienes, la última Gokadoin.

En efecto, allí estaba Gokadoin Yuiyui. No exactamente la última Gokadoin; pese a las palabras de Kyokotsu, la JSDF había arrestado a muchos otros en Tokio. Pero aquellos eran soldados de infantería, carne de cañón. Yuiyui era la última inmortal que quedaba con vida.

La onmyoji estaba en un estado lamentable. Herida, derrotada y ciega, pues Kyokotsu había conseguido sacarle los dos ojos.

Muchos pidieron a gritos la cabeza de la Gokadoin. Cientos habían sufrido por su culpa. Pero a pesar de que Rikuo comprendía sus razones, por el rabillo del ojo vio que los soldados de la JSDF se ponían en guardia. Una cosa era matar al enemigo en el fragor del combate, y otra muy distinta una ejecución sumaria sin juicio. No creía que los soldados fueran a detenerles, pero también sabía que estaba en el aire una cuestión: ¿podían los humanos confiar en los yokai?

—No la mataremos —dijo Rikuo con aplomo—. El Primero tenía razón: es hora de algo nuevo. Ahora somos ciudadanos de Japón. La entregaremos a las autoridades y ellas decidirán qué hacer con ella.

Rikuo miró hacia su abuela, que asintió. La Señora del Pandemónium también quería venganza, pero como representante política de los yokai en el nuevo Japón, había que guardar las formas. Y qué mejor manera de transmitir ese mensaje que entregar a una líder terrorista a las Fuerzas de Autodefensa.

En ese momento, Rihan tomó la palabra.

—Se suponía que hoy íbamos a celebrar una boda. Ahora que el enemigo ha sido vencido, ¿qué os parece continuar la fiesta en mi casa? ¡Prometo comida y bebida para todos hasta reventar!

El ofrecimiento de Rihan fue acogido con exclamaciones de júbilo y se pusieron en marcha. Al día siguiente tendrían que dar muchas explicaciones y hacer frente a las consecuencias de sus actos, pero la noche aún no había acabado y se merecían un premio.

Rikuo, siempre cogido de la mano de Tsurara, sonrió. Quizás sí era posible otro futuro, uno en que humanos y yokai pudiesen vivir en armonía. Ese había sido el sueño de generaciones antes que él. No sabía si podría conseguirlo, pero desde luego lo intentaría. Esa era su promesa.

A su lado, Yura se le adelantó.

—¡Eh, recién casados! ¡No os quedéis atrás! —les dijo la onmyoji con una sonrisa.

—¡Ni pensarlo! ¿Vamos, Tsurara?

—¡Vamos, Rikuo!


Notas adicionales:

Vale, no he actualizado en la fecha habitual, pero como la última vez que lo hice fue a mediados de febrero, aún sigo manteniendo lo de "una actualización por mes".

Gracias como siempre a mis lectores y muy especialmente a mis maravillosos reseñadores, que se toman la molestia de alimentar el ego de este humilde escritor. Venga, un par de capítulos más y ya podréis dejar de tener que aguantarme XD

* En el canon, Yoshihira era algo reacio a luchar con Rikuo porque en realidad sólo quería cumplir los deseos de su padre... aun siendo plenamente consciente de que Seimei lo despreciaba. También parecía ser el único que apreciaba de verdad a sus camaradas Gokadoin. Y sí, su palacio era un cementerio de Gokadoin también en el manga. No sabemos si sobrevivió o no en el canon.

* Minamoto no Yorimitsu fue mencionado anteriormente en Kitsune no Mago. En la vida real fue un samurai contemporáneo de Seimei, muy famoso, y al igual que Seimei su vida ha formado parte de muchas leyendas. Entre ellas, se cuenta que dio muerte a Shuten Doji y luchó contra Tsuchigumo. Sí, ese Tsuchigumo.

* El Matoi de Rihan con Kurotabo se vio en el flashback del Clan de las Cien Historias, concretamente en el capítulo 158 del manga.

Próximo capítulo: "Epílogo". Veinte años después, las cosas han cambiado mucho para nuestros héroes.