TITULO: El Fin Absoluto del Mundo.

AUTORA: clumsykitty.

GENERO: Pos yaoi, que otra.

PAREJAS: Puf, muchas.

SERIE: Yu-Gi-Oh.

DISCLAIMERS: Que cosas no, los personajes de YGO no son míos.

WARNINGS: Que conste, difícil el asunto, si no gusta no lean, pues. Que raro que estén leyendo esto si ya saben que encontrarán por aquí.

SUMMARY: Cuando la esperanza muere al último y el amor se marchita, el fin de todo se avecina. ¿Quién puede detener la catástrofe?

NOTA CLUMSY: Para la pequeña Goth que hace de las suyas también. Para Arashi que me ha dejado conocer una triste historia de amor verdadero.


How can you see into my eyes

Like open doors?

Leading you down into my core

Where I've become so numb

Without a soul

My spirit sleeping somewhere cold

Until you find it and

Lead it back home

(Bring me to Life, Evanescence)

CAPITULO I. EL DESPERTAR (parte 1 de 3)

"… noticia de último momento, hemos recibido una imagen satelital de parte de la NASA donde puede apreciarse una tormenta gigante en las inmediaciones del Océano Pacífico. Los científicos de todo el mundo están consternados con esta llamada macro célula que sigue estacionada en el mismo sitio por más de 24 horas sin cambio alguno más que la aún más extraña migración de las especies marinas fuera de su campo. Seguiremos monitoreando este acontecimiento… "


Mokuba bailoteaba sumamente ansioso sus pies en el aire, suplicando a cuanto sortilegio mágico se le vino a la mente que Roland condujese más aprisa hacia la mansión. Primero, su sensei de música con su ensayo extra al terminar las clases, luego su amigo Kuno con sus problemas -usuales- en el laboratorio de química, sin contar con la media hora de salmodia que el conserje les dio por el desastre con los tubos de ensaye, y ahora el tráfico entre él y su hermano.

-Amo Mokuba, tamborilear la portezuela no hará que los autos avancen y si alterará mis nervios -le dijo Roland al volante, mirándole por el espejo retrovisor.

-¿No podemos tomar otro camino?

-En cuanto pueda salir a la lateral, con gusto.

-¿Por qué yo en este día?

-¿Qué quiere decir?

-Nada.

El pelinegro giró su rostro hacia el tráfico. Tenía que llegar cuanto antes y enterarse de la noticia. Seto no le había llamado, aunque no tenía por qué. El chico se moría de nervios por saber. Era el Día "K" como él le había nombrado con gran expectación, así que deseaba ser el primero en tener la exclusiva de lo ocurrido.

Por fin el tráfico comenzó a disiparse y Roland pudo tomar un atajo que los llevó rápidamente a la mansión. En cuanto el auto se estacionó frente a las puertas, Mokuba bajó como rayo para correr presuroso y entrar. Como era costumbre, la mansión estaba quieta y en orden.

/Bueno, no es que tampoco Seto sea la persona más festiva del mundo/

-Bienvenido amito -le saludó su mayordomo.

-Hola, Johannes -respondió el chico por automático.

Con la vista clavada en las escaleras, se dio un nuevo impulso para correr y subir los escalones de dos en dos hasta llegar a la siguiente escalera y terminar en sus habitaciones. Mokuba prestó atención. Nada. Con más calma se dirigió a la recámara de su hermano.

-¿Ni sama? -tocó débilmente antes de abrir.

No había nadie dentro. El pelinegro decidió buscar en el estudio contiguo. Las puertas de caoba estaban abiertas, dejando ver su interior. En el amplio escritorio no había tampoco alguien ocupándolo. El chico caminó un poco más, descubriendo a su hermano de frente al enorme ventanal cuya luz vespertina le bañaba, haciendo de su figura aún vestida con el uniforme azul de la preparatoria una imagen casi surreal con una mano apoyada apenas en el vidrio y sus ojos azules perdidos en su reflejo. Algo andaba mal. Mokuba se acercó, preocupado, dejando su mochila en su sillón.

-Seto…

-Era una pena pero desafortunadamente tenía que rechazarme -dijo el castaño sin moverse.

El pequeño Kaiba sintió sus ojos rozarse. Su mano tomó la de Seto.

-Oh, Ni sama…

-Está con Yugi, después me di cuenta de eso. Qué estúpido fui.

-Pero…

-Sólo me dejé llevar por una tonta e inmadura impresión mía. Lo curioso es que el Campeón de Duelo de Monstruos me ha ganado una vez más. Ja.

Mokuba reprimió un sollozo, tomando aquella mano entre las dos suyas.

-¿Sabes, Moki? Hay algo que me… molestó… me dijo "bueno, de cualquier forma no podría fijarme en ti"… ¿qué significa eso?

-Seto, yo…

-En fin -el ojiazul dio un suspiro, volviéndose a su hermano para revolver sus cabellos- Ya pasó, ¿por qué llegaste tan tarde?

El chico no pudo reprimir un par de lágrimas al notar la tristeza en los ojos de su hermano mayor. Para nadie más que él quien le conocía a fondo podía darse cuenta del drástico cambio en esa mirada. El mundo le observaría sin alguna alteración en su expresión, pero para Mokuba era como una flama extinguida. Seto se arrodilló frente a él con el fin de limpiar sus lágrimas.

-Hey –le susurró- Sólo fue una pregunta que debe hacer un hermano mayor.

-Lo siento, Ni sama; yo creí que Joey…

-Shh, está bien, no pasa nada. Dime, ¿qué te parece si hoy dejamos la tarea para mañana y jugamos con uno de tus locos videojuegos, eh? Te concedo un poco de golosinas, pero solo un poco.

-Sí –musitó apenas el chico.

-Anda, yo tengo que quitarme el uniforme al igual que tú. Le diré a Johannes que nos prepare uno de tus postres favoritos. Me hará bien descansar este fin de semana.

-Está bien, Ni sama.

Mokuba le dio un abrazo fuerte pero silencioso antes de besar su mejilla y salir con mochila en mano. Al cruzar las puertas del estudio se giró un poco para ver a su hermano que ya de pie volvía a mirar hacia el enorme ventanal. El pelinegro sabía que aunque su hermano no lo demostrara, estaba profundamente herido pues sus ojos azules habían perdido su feroz brillo.

Quizá no llorara, era lo más seguro; pero esa herida no sanaría. Seto había pasado por muchas divagaciones y conflictos internos para aceptar que Joey Wheeler le gustaba, con todo lo que eso implicaba. Este rechazo daba al traste con los sueños de Seto. Era algo que no comprendía Mokuba, si llegó a atener la certera impresión de que Joey aceptaría gustoso a su hermano.

Entrando a su recámara, el pelinegro se dejó caer en su cama muy pensativo, sin saber como animar a su Ni sama. Sus ojos se abrieron de par en par al recordar algo y se levantó veloz a buscar en el mar de desorden de su pequeño escritorio. Después de arrojar al suelo revistas, libros, apuntes deshojados y bolsas vacías de frituras encontró lo que buscaba.

-¡Eureka! –exclamó, alzando un cupón especial para helado.

Sin perder tiempo bajó corriendo hasta llegar al almacén de jardinería para llamar a su cómplice en esa clase de aventuras –y travesuras- que solía tener a menudo.

-¡Makyo! ¡Makyo!

De entre atiborrados estantes, el viejo jardinero salió con el ceño fruncido y blandiendo un azadón.

-¡Oh, no, no señor! ¡No más! El amo Seto me despedirá si vuelve a enterarse de que te ayudé a salir de la mansión sin su permiso… otra vez.

-Esta ocasión es especial.

-Como la vez pasada y la anterior a ésa y…

-Es por mi hermano, Makyo, por favor.

Éste se paró frente a él con un puño en la cadera. Iba a reprocharle pero notó que Mokuba había llorado.

-Está bien. Anda, con Mary Sue.

El chico se apresuró a subir al asiento trasero de una vieja camioneta que gritaba por pintura y reparación. Makyo dejó su azadón contra la pared y tomó las llaves colgadas de una imitación en plástico de un pez globo para trepar en la camioneta y encenderla, saliendo del almacén con rumbo a la avenida al tiempo que el pelinegro se escondía debajo de unas polvorientas mantas.

-Makyo, ¿a dónde tan tarde, viejo? –preguntó el guardia de la puerta.

-Olvidé el fertilizante y me lo darán más rápido su voy en persona por él.

-De acuerdo, conduce con cuidado.

-Gracias.

La anticuada camioneta salió a la avenida privada y luego entró a la autopista. Mokuba, experto en la rutina, salió de las mantas para sentarse al lado de su amigo.

-Tendré que darle un regalo al guardia. No me creyó ni jota de palabra.

-No te preocupes, Makyo, yo te ayudaré con eso.

-Bah –el jardinero bailoteó su mano arrugada- Con mis canas y aún en asuntos de adolescentes. Pero lo hago por el amo Seto. Está mal.

-¿Por qué lo dices? –Mokuba le miró atento.

-Él siempre me saluda al llegar; pero hoy no solo no me saludó sino hasta me dijo que las rosas estaban hermosas. Eso sí es raro.

-Lo sé, Ni sama está un poco triste.

-¿Un poco? Mi niño, se está muriendo de tristeza. ¿Qué le hicieron?

-Es algo… complicado.

-Complicado el abono para plantas. El joven amo no está bien, no señor. A todo esto, ¿qué planeas esta vez?

-Ah, le compraré su helado favorito para animarlo.

El anciano parpadeó asombrado.

-¿Helado favorito?

-Mi hermano es un ser humano como todos, ¿sabes?

-No lo digo por eso sino porque la semana pasada eran pasteles, y si mal no recuerdo, de cereza.

Mokuba se sonrojó con fuerza, haciendo reír a Makyo.

-Ay, amito…

El desvío hacia el Centro Comercial apareció al frente y la camioneta se orilló para tomarlo.

-Gracias, Makyo. Te juro que esta vez es importante.

-Ya lo sé, mi niño. Mientras este viejo y Mary Sue puedan andar, siempre te ayudaremos.

-Pues espero que Mary Sue no se desbarate en plena carretera.

-¿Qué insinúas? Mi camioneta ha servido a tres generaciones de Makyos; es más resistente que tu atolondrado control de videojuegos.

-¡No la tomes en contra de mis pasatiempos! ¡Tú lo rompiste!

-¡Kami sama, ahora es mi culpa!

-¡Claro! Es un control, no una pala para cavar.

-Pues al menos una pala te hace desarrollar músculos, no atrofiarlos como tu cerebro.

-¡Makyo!

Los dos se echaron a reír al tiempo que arribaban al Centro Comercial. Mokuba abrió la pesada portezuela.

-No tardo.

-Yo iré por el fertilizante. En serio lo necesito. Espera aquí, ¿de acuerdo? Todo sale bien si jugamos con las reglas.

-De acuerdo, Makyo.

El anciano esperó a que el chico entrara al edificio antes de conducir de nuevo hacia la carretera. Mokuba buscó el local que obsequiaba el cupón. Afortunadamente, no había fila alguna y se acercó al empleado tendiendo su cupón.

-¿Puede darme la cubeta jumbo de chocolate?

-Seguro –el muchacho tomó el cupón y se volvió para ordenarlo en su caja pero regresó al reconocer al pelinegro- ¿Tú eres…?

/Oh, no. No ahora/ pensó Mokuba con preocupación.

-¿Podría tener mi helado, por favor?

-¡Mokuba Kaiba! ¡Por todos los cielos! ¡Qué honor! ¡Yo…!

-Disculpa, llevo algo de prisa…

-¡No puedo creerlo! –el empleado no cabía en su alegría- ¡Es mi día de suerte!

-Yo, esto…

-¡Mokuba Kaiba está frente a mí!

-Mi helado…

-¡Yo también soy un duelista que sueña ser como Seto Kaiba!

-Sí, gracias, pero…

-¿Él también está aquí? ¡Oh cielos!

-Es que…

-¡Jamás olvidaré este día!

Mokuba estaba comenzando a molestarse pero no quería ser grosero con el joven y aún más llamar la atención de las pocos clientes en el establecimiento que ya empezaban a fijarse en él. Miró a su alrededor buscando alguna salvación cuando una voz femenina habló detrás suyo.

-¡Oye tú, el chico quiere su helado! ¿Dejarías tus cursilerías para otra ocasión? ¡Mueve esas manos!

-Esto… yo… perdón… enseguida lo tengo.

Con el rostro carmesí, el empleado marcó el pedido, moviéndose rápidamente para llenar la enorme cubeta de helado. Mokuba se dio vuelta. Sus palabras de agradecimiento murieron en su boca al ver a su salvadora.

Era una jovencita a primera vista de su edad, aunque más alta y espigada. Cabello rojo vivo en dos trenzas largas, piel blanca como mármol donde contrastaban sus labios carmín y unos ojos que el pelinegro pensó algo excéntricos acostumbrado a los de Yugi pues su color sangre de borde violeta eran inquietantes.

Vestía lo que Seto llamaba "inadaptados": falda colorida de motivos étnicos, larga hasta los tobillos y de amplios holanes repulgados. Chaleco bordado en manta, blusa de manga larga, holgada con teñidos multicolores en degradados. Collares de hueso y madera como sus aretes y pulseras le adornaban; calzaba sandalias de piel natural. A Mokuba le llamó la atención sus manos vendadas con tiras de lino rojo que descansaban en un morral de lana.

-Mi nombre es Kaho y no hay de qué –dijo con una sonrisa la chica, tendiéndole la mano.

-Oh… ¡ah, gracias!... ¿Kaho? –el pelinegro le saludó.

-Así es, ésa soy yo. ¿Llevas prisa, eh?

-Sí, bueno…

-He oído decir que los hermanos Kaiba nunca descansan.

-Oh, no, eso no es cierto.

-¡Pues no! ¿Por quién me tomas? Solo digo lo que escucho. Pero comparto la opinión del molzabete, es un placer saludarte, Mokuba Kaiba. ¿De qué es tu helado si no es indiscreción?

-Eh… chocolate… -respondió Mokuba tratando de digerir sus rápidas palabras.

- Askdfghj… vaya, también es el favorito de mi hermano, por eso vine a comprarlo. Que coincidencia. Bueno, que sandeces digo; deben haber millones de humanos con el mismo gusto. Soy tan patética a veces. Mi padrino tiene razón, tanto libro y computadoras ya me volvió loca.

-Solo eres sincera… -rió el pelinegro- ¿Libros y computadoras?

-Sí… ¡Oh, cielos! … bien, sí… heme aquí, ando con la Fundación Fénix. Me dedico a diseñar lenguajes de decodificación para textos antiguos en pos de ayudar a los arqueólogos, antropólogos e historiadores de todo el mundo a traducir sus hallazgos para preservar el sagrado conocimiento de la Humanidad. Fin.

El chico parpadeó atónito.

-Juraría que eres de mi edad.

-También olvidé decir que soy un fenómeno mutante huérfana y luego adoptada que lo único bueno en su vida es su cerebro adolescente, brillante y prodigioso para leer cosas de gente muerta. ¿No te aburro?

-Difícilmente –aceptó Mokuba con una sonrisa.

- Askdfghj… serías el primero… no, el segundo después de mi padrino… no, espera, el tercero si contamos a mi hermano mayor… ¡Oh, qué más da!

-¿Has dicho huérfana y luego adoptada? ¿Cómo nosotros?

-Más o menos, sí. Mi padrino es el Directo de la Fundación Fénix. Él me ha cuidado desde que mi madre murió y mi padre me abandonó a mi suerte. Si, que triste; bueno, en fin. No le asustó mi don natural para la historia antigua y me inscribió en la Fundación. Estaremos trabajando en el Museo de Ciudad Domino a partir del lunes.

-Pero has dicho de un hermano mayor…

-Ah, sí –la pelirroja rodó sus ojos- Nada consanguíneo, como tú. Él también fue adoptado. Le digo hermano mayor porque es más grande que yo… ¡ah, pues como tu hermano!... más o menos… y bueno, el muy tarado tenía antojo de u helado y como yo sí se andar por aquí me embarqué a comprarlo. Me gusta consentirlo, es mi familia y es muy valioso para mí. Manazo por preguntona.

-Ni sama lo es también para mí.

-¿Tu hermanote, cierto? ¿También quieres consentirlo? Que me importa, ya lo sé. Soy una metiche acosadora, gajes del oficio.

-E-Está bien –Mokuba no acababa de creer que existiera alguien más hiperactivo que él- Sí… lo necesita…

-Malas noticias, sí, un mal día. Odio esas cosas. Te apalean pero no te matan del todo y luego sales adelante. Así pasa a veces. La Vida.

-Eres muy especial, Kaho.

- Askdfghj… lo sé, ya me lo han dicho, gracias de todos modos. En fin, lo malo de tenerse solo a una misma; pero luego se olvida. ¡Hey, mozo de los helados! ¡Mokuba quiere el suyo! ¡Pero ya! ¿Puedo decirte Mokuba, verdad?

-Claro –dijo éste sin más palabras, anonadado ante el caudal de energía de la chica.

-Gracias, eres todo un amor.

-Aquí está su orden –dijo el empleado, entregando la cubeta llena.

-Sí, gracias –Mokuba la tomó, antes de despedirse de Kaho- Fue un gusto platicar contigo, Kaho.

-Neee, no digas mentiras. Soy un dolor de cabeza. Siempre lo soy, que puedo hacer. Anda, ya vete. Si te urgía ese heladote es porque tu hermano se siente realmente muy malito. No pierdas tiempo conmigo. Ve, abrázalo, limpia sus lágrimas y coman ese helado. Te prometo que luego se sentirá mejor.

-De nuevo, gracias.

-Tsk, tsk, tómalo como una artimaña de una fan de los Duelos de Monstruos. Digo fan porque ni siquiera llego a un cerro de cartas parra decirme duelista por mucho que lo quiera.

-Monte… es monte de cartas.

-Da igual, es algo de la elevación de la corteza terrestre… ¿sigues aquí? ¡Vete ya!

Mokuba rió sonoramente ante esa explosividad, aunque esas palabras de aliento le reconfortaron a pesar de conocer a la chica escasos minutos atrás.

-¿Puedo verte después, Kaho? ¿En el Museo?

-¿Eh? ¡Masoquista! Que se le va hacer, supongo… si deseas torturarte más, búscame ahí. Dile a los que cuidan que vas a visitar a la chica rara y darás conmigo.

-Hasta entonces, Kaho.

-Buena suerte, Mokuba.

El pelinegro salió muy tranquilo del Centro Comercial. De alguna manera, aunque Kaho lucía extravagante e incluso un poco agresiva; había ganado su confianza en instantes, dándole la confidencia para reconfortar a su herido Ni sama por el rechazo de Joey. Cuando subió en Mary Sue, le sonrió a Makyo seguro de poder disipar un poco el dolor de Seto.

Y así lo confirmaría horas más tarde esa cubeta de helado, vacía y tirada al suelo luego de una extenuante batalla de almohadas, competencias de videojuegos y retos de las palabras más inverosímiles en la faz de la Tierra.

Seto y Mokuba dormían agotados en la recámara del ojiazul por ruego del menor y a juicio del mayor al ver el desastre dejado en la otra recámara. La luz de la luna llena les iluminaba a través de la ventana.

El castaño se removió inquieto. Alguien le llamaba en sueños, palabras que no comprendía; un idioma extraño pero lleno de certeza. A su lado, su monte de cartas sobre el taburete deslumbraba apenas por las cartas de los tres Dragones Blancos de Ojos Azules en la parte superior, como una luz de vela encendiéndose. Su resplandor parpadeó unos instantes antes de apagarse y volver a la normalidad al igual que su dueño.

Afuera, en el cielo nocturno, una silueta oscura de un gigantesco dragón cruzaba frente a la luna.


-Milord, está hecho.

-Estupendo, ¿cómo se encuentra mi dragón favorito?

-Esperando por su alma gemela, mi señor.

-Ah, esto merece un brindis. ¿Ya salieron tus jinetes?

-Tal como usted lo ordenó.

-Bien, ahora quiero que vigilen a mi dragón ojiazul; bajo ninguna circunstancia se le debe descuidar porque su estado es frágil. Deliciosamente frágil.

-Así será, mi señor.

-Toma esta copa y brinda conmigo.

-Milord.

-A la salud de nuestros héroes, Joseph Wheeler; pues de él ha nacido el fin absoluto del mundo y el principio de mi reinado. Por Yugi Mutou y su precioso corazón puro que ha sido capaz de la peor monstruosidad. La balanza está a mi favor como siempre ha sido y será.

-Sí, mi señor.

-¡A su salud, Joey, Yugi!

Una carcajada sobrenatural hizo eco en la gigantesca sala de enormes arcos tallados de la misma piedra que la montaña que le cubría como el resto del palacio fúnebre.

-Es hora de mover nuestra siguiente pieza del juego. Dejemos el paso libre a los dioses del Inframundo.

-Señor, ¿qué haremos con el pequeño?

-Oh, resérvalo para mí. Es nuestro plan auxiliar.

-Sí, milord.

-Que comience el duelo, Miskra.


Continuará…