TITULO: El Fin Absoluto del Mundo.
AUTORA: clumsykitty.
GENERO: Pos yaoi, que otra.
PAREJAS: Puf, muchas.
SERIE: Yu-Gi-Oh.
DISCLAIMERS: Que cosas no, los personajes de YGO no son míos.
WARNINGS: Que conste, difícil el asunto, si no gusta no lean, pues. Que raro que estén leyendo esto si ya saben que encontrarán por aquí.
SUMMARY: Cuando la esperanza muere al último y el amor se marchita, el fin de todo se avecina. ¿Quién puede detener la catástrofe?
NOTA CLUMSY: Para la pequeña Goth que hace de las suyas también. Para Arashi que me ha dejado conocer una triste historia de amor verdadero.
Bueno, sigo dando gracias a quienes me leen y a quienes me dejan su review, n.n
Mis delirios siguen brotando ¡como margaritas! (quote robada de Mulan)
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I
was bruised and battered and I couldnt tell
What I felt
I was
unrecognizable to myself
I saw my reflection in a window I didnt
know
My own face
Oh brother are you gonna leave
me
Wastin´away
...(Streets of Philadelphia, Bruce Springsteen)
CAPITULO VIII. CONSPIRACIONES.
Atemu contemplaba en absoluta quietud hacia la calle donde un niño ensayaba sus piruetas en su bicicleta, acompañado de su perro, un cocker spaniel que le celebraba cada movimiento. Los ojos del Faraón se posaron en la expresión jubilosa del pequeño y recordó sin poder evitarlo la sonrisa de Yugi.
/aibou…/
Una opresión en su corazón le vino de súbito y llevó una mano hacia la réplica fantasmal del Rompecabezas del Milenio. Sentía unas enormes ganas de llorar ahí mismo pero se contenía sin saber por qué. Deseaba de todo corazón que el poder del Reino de las sombras le dijera de algún hechizo para no sufrir como lo estaba haciendo en ese momento. Todo había comenzado a partir de solo enlazar un segundo fugaz su mente con la de Yugi por curiosidad… y preocupación. Su preciosa luz estaba retrasado y quiso asegurarse que se encontraba bien.
Grave error. Yugi estaba haciendo el amor con Joey.
Algo como un sollozo quiso escapar del pecho del Faraón pero lo contuvo con maestría. Estaba consciente de que encerrarse mentalmente obstruía su misión de salvar al mundo y eso agregaba más desesperación a su alma.
/ ¿Y qué hago para no sentir?/
Atemu vio su reflejo en el pulcro vidrio de la tienda de videojuegos. Su rostro adolorido y al borde de las lágrimas. Cerró sus ojos para concentrarse. No, ya no podía darse el lujo de mas distracciones, el futuro de la humanidad pendía de un hilo; tenía, debía ser el emisario de los Dioses.
-¡Yami, ya estoy aquí!
La cantarina voz de Yugi hizo a Atemu mirarle. El joven duelista traía un bote de helado en mano y cierto rubor en las mejillas.
-¡Qué calor! ¡Pasé a comprar helado! Disculpa la tardanza, Yami.
Este prefirió pasar por alto el hecho de que el día estaba nublado.
-Bienvenido, aibou. ¿Cómo está Joey?
-Bueno, sigue al cuidado de Meiran, ya mañana saldrá del hospital.
-Podré visitarlo entonces.
-¡Claro! Jeje, es que hubiera sido todo un espectáculo que las enfermeras te hubieran visto. Joey sabe que estás preocupado por él. En cuanto esté en casa nos reuniremos con todos los demás.
-Así será, aibou. Pero por el momento, debes ver a alguien.
-¿Uh?
Atemu se encaminó escaleras arriba seguido por un Yugi lleno de curiosidad que le alegró de inmediato al ver a su abuelo sentado en la sala y cuyos brazos se abrieron junto con su conocida sonrisa.
-¡Abuelito! –gritó, lanzándose a sus brazos.
-Jaja, hola de nuevo, querido nieto.
-¿Cuándo llegaste? ¿Por qué no me avisaste?
-Ah, mi vuelo se adelantó y no quise molestarlos por aquello de Joey. Además –Solomon miró al Faraón- no estuve solo, aunque cierto nieto mío se retrasó de su visita al hospital.
Yugi se sonrojó con fuerza mientras que Atemu apretó sus puños ocultos en sus brazos cruzados.
-Bueno, yo…
-Jaja –el rostro de Solomon se tornó serio- Te esperaba Yugi por algo importante.
-¿Es lo de las Cartas Malditas?
El anciano asintió en silencio al tiempo que Atemu tomaba asiento frente a ellos.
-Como ya sabes, Yugi, Pegasus me contactó en Tokio para hablarme de esas cartas y sus sospechas se unen a todo este embrollo de la Fundación, Joey, el robo del libro, etc., etc.
-¿Qué sucede abuelito?
-Bueno, Pegasus me contó sobre tres cartas, en realidad son las tres primeras cartas que él creó incluso antes que aquellas de los Dioses Egipcios. Digamos que son su idea primitiva. La característica de esas cartas es que las diseñó sin la ayuda del Ojo del Milenio y por ello tiempo después solo las guardó para usarlas como base a sus diseños posteriores que ya conocemos de sobra. En fin, estas cartas no poseen un nombre fijo, poder definido ni nada. Un ojo ordinario las tomaría como una imitación bastante mala de una carta de Duelos e inservible a decir verdad.
-Continúa, abuelito.
-Así las consideraba Pegasus, pero no las echó a la basura como alguien más lo haría. Me dijo que por alguna extraña razón le inspiraban miedo, quizá por que no poseían "corazón". El no lo sabía ni supo. Pero un día que probaba las cartas usó aquellas primitivas para medir la fuerza de sus creaciones y ahí, en ese momento, las cartas revelaron un espantoso poder.
-¿Poder? ¿Cómo una prueba de carta podría tener poder?
Solomon miró fijamente a Yugi.
-Las cartas que probaba Pegasus eran las de los Dioses Egipcios y las otras cartas despertaron con un poder que dejó inconsciente a Pegasus y destruyó la arena donde se hizo la prueba. Al estar protegidas, las cartas egipcias no sufrieron daño, pero las de prueba, aquellas sin corazón, "parecieron" quemarse en la explosión. Solo una sobrevivió, ¿adivina cual?
El joven duelista parpadeó confundido.
-El sello de Oricalcos –terminó Solomon.
Tanto él como Atemu miraron el rostro estupefacto de Yugi que tardó varios minutos en recobrarse. Solomon le sonrió un poco, asintiendo.
-Así es, Yugi. Pegasus guardó en caja fuerte esa carta, temeroso de lo que presenció y ya sabemos a donde terminó ese asunto. Él, al igual que los sobrevivientes al incidente, juraron que las otras dos fueron ceniza que el viento se llevó. Sin embargo, tiempo más tarde Pegasus escuchó rumores del mercado negro sobre la venta a precios exorbitantes de un par de cartas que ya eran bautizadas como las Cartas Malditas, pues un mito urbano decía que sus poseedores habían muerto al no ser saciadas con un "corazón". Pegasus nunca tomó importancia de esto hasta que se suscitó el hurto del Libro de los Muertos y unió cabos.
-¿Cuáles abuelito?
-De entre esos rumores recuerda que alguien en el anonimato pedía las cartas no importaba el precio y al parecer las consiguió. Su única pista algo fiable de todo esto fue que esas cartas fueron enviadas a París.
Los ojos de Yugi se abrieron aún más, mirando a su abuelo y al Faraón.
-¡La sede de la Fundación Fénix!
-Así es, -continuó Solomon- pero no es algo que pueda asegurar Pegasus aunque tiene buenas sospechas. Ahora, Yugi, él me ha advertido de esto pues ya conocemos el poder de Oricalcos, no queremos presenciar que harían esas otras dos cartas si son las mismas que intentaron acabar con los Dioses Egipcios.
-¿Tenían alguna forma de reconocerlas?
-Bueno, Pegasus nombró el Sello Infinito en principio al Sello de Oricalcos. Las otras dos eran Mago Carmesí y Dragón Omega o Dragón del Fin, pero como te repito, no tenían una definición exacta.
-Un mago y un dragón –Yugi se quedó pensativo- como mi Mago Oscuro y el Dragón Blanco de Ojos Azules de Kaiba.
-De esas cartas se basó Pegasus para diseñarlas, pero tu carta y la de Kaiba tienen algo que aquellas nunca obtuvieron.
-¿Qué abuelito?
Solomon miró a Atemu como dándole su turno para hablar y así lo hizo.
-El Libro de los Muertos es el camino al Inframundo… y la vuelta de él… -el Faraón cerró sus ojos- Un ser es creado con tres partes esenciales: el ka, el Ba y el Akh; cuerpo, alma y corazón. Todas las cartas de duelo que se hicieron bajo el hechizo del Ojo del milenio contenían estas tres características. El Mago Oscuro por ejemplo, lleva el cuerpo que Pegasus le creó, el alma de Mahado y el Corazón de las Cartas, nacido del Reino de las Sombras. Sus tres partes conviven en armonía y le hacen poderoso.
Atemu hizo una pausa, poniéndose de pie con la espalda a ellos.
-Esas cartas solo poseen cuerpo. Están vacías… sin ser nada…. Sin identidad, su fuerza es inestable. Cuando Dartz le dio el Oricalcos al Sello, le dio su corazón y sabemos que se alimentaba del alma de su portador. Por ello llegaba a comportarse como una carta de Duelo. Quien se hizo de las otras dos Cartas Malditas busca el Libro de los Muertos para darles alma y corazón, los busca de quienes reposan, de quienes ya entregaron a los Dioses del Inframundo sus esencias para dormir eternamente.
-Pero, Yami, Rebeca… bueno, ella…
-Rebeca no deseaba el libro, quería evitar que consiguieran su meta –intervino Solomon- Arthur me lo confesó, ellos se dieron cuenta también que algo desebaba ese libro aunque mi pobre y viejo amigo no creyó que su nieta fuera capaz de tal cometido. De hecho, Rebeca ya había robado el libro antes, pero dejó uno falso para que le vieran y siguieran, dejando en paz a mi amigo. Arthur no enfermó por lo que pasó, sino por la temeridad de Rebeca. Ha levantado la ira de un enemigo que con bastante seguridad es más fuerte que todos nosotros y nos lleva ventaja.
-Yo he discutido con tu abuelo la posibilidad de que esas cartas ya tienen alma, pero aún les falta un corazón, Yugi.
-¿C-Cómo, Yami?
-Joey te dijo que cuando esa chica, Kaho, jugó su carta, el fue lastimado y sus heridas son como…
-… como las de una bestia… un… dragón… -musitó Yugi temeroso.
-La Fundación Fénix ha venido a buscar la manera de vencer al Faraón, las cartas de Duelo de Monstruos y a ustedes mismos, Yugi –Solomon se puso de pie- Tienen en su poder dos espantosas cartas y ya saben que pueden hacer con ellas. Es lo que han estado haciendo todo este tiempo. Buscando la manera de completarlas.
-Meiran nos habló de conexiones de la Fundación con el mercado negro –Yugi se dio una palmada en el muslo- ¡Tenía razón! ¡Y Kaho las usa!
-Eso es lo que me asusta, querido nieto.
-¿Por qué?
-Kaho solo es una niña y ya usa sin aparente problema dos Cartas Malditas cuando el mismo Dartz murió por el Oricalcos siendo él un rey –apuntó Atemu acercándose a los otros dos- Y eso habla de que quizá ella no es tan inofensiva como pensamos. Retarla a un duelo ya no es tan buena idea, aibou.
-¿Y que hay de lo que dijo sobre Kaiba y tú, Yami?
-Es una mentira para distraernos –respondió Atemu- /Que quisiera fuera verdad, eso sería al menos un consuelo/ pensó bajando su mirada.
-¿Faraón? –le llamó Solomon.
-¿Uh?
-Creímos que dirías algo más, Yami.
Atemu sacudió su cabeza.
-No, eso es todo. No retaremos a Kaho Alkrila.
-Pero…
-No, aibou, nuestro enemigo ahora tiene un rostro y nombre pero sigue siendo desconocido en poder.
-A quien necesitamos conocer es a Arnas Alkrila, puedo jurar por mis canas que no solo es un filántropo bondadoso –concluyó Solomon.
Todos callaron unos minutos. Finalmente Yugi se levantó con aire muy decidido.
-Yo no voy a permitir que se quedan con una carta de Joey. Ellos ya se aliaron con los Kaiba y la policía, nos dijo Meiran; Joey está solo sin nadie que lo auxilie y eso no lo toleraré. Contigo o sin ti, Yami, voy a recuperar el Dragón Negro de Ojos Rojos.
-¡Yugi!
La sorpresa nació en el rostro de Atemu.
-Seto y Mokuba son tan víctimas como Joey, aibou. No malinterpretes, y Joey no está solo.
-Pues así lo has hecho parecer, defendiendo a los Kaiba. No podemos contar con ellos ya.
-Estás suponiendo, aibou. Puedo buscar a Seto y…
-Claro, y caerás en sus trampas. No sé porque no quieres ayudar a Joey.
-No, Yugi…
-Querido nieto, escucha al Faraón, el riesgo es mucho.
-¿Joey no lo vale?
-No se trata de solo Joey, sino el futuro de la humanidad, aibou.
-¿Prefieren proteger a un traidor como Mokuba o Seto que defender a un amigo bajo el pretexto de salvar al mundo?
Tanto Solomon como Atemu se quedaron en un incómodo silencio.
-Eso pensé –Yugi se retiró a su recámara con un portazo.
-Faraón, tenle paciencia, su amor por ese chico le trastorna a veces… ¿Faraón?... ¿Faraón?
Solomon hablaba solo.
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El río fluía lento y pausado, como deteniéndose en cada roca saliente a su paso para pedirle permiso de seguir. El cauce de sus aguas apenas hacía ruido por lo denso de la sangre que le llenaba junto con el lodo y cadáveres de animales, árboles y cientos de personas salvajemente mutiladas, lo que parecía una peste. Las moscas sobrevolaban el río, zumbando de aquí para allá, posándose en sus ya fallecidos huéspedes.
El jinete se acercó a la ribera, sin prisa, inclinándose un poco para extender una mano de filosas garras cubiertas por un guante metálico resplandeciente y tomar un poco de esa agua sangrienta, sacando de ella la cabeza de un perro pastor cuyos ojos ya habían sido comidos. La examinó como quien examina una muestra de laboratorio y luego la dejó caer sin más.
Se dio media vuelta, ondeando su capa verde al viento putrefacto, caminando en zancadas a su corcel que relinchó salvajemente mientras lo montaba para desaparecer entre una maleza quemada como por ácido de una selva moribunda.
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Mokuba y Kaho se columpiaban en silencio en un parque semivacío ya por la tarde nublada y de regreso en Ciudad Domino. Llevaban más de media hora sin intercambiar palabra aunque el pelinegro miraba de reojo a la chica que tenía la cabeza baja, como sumida en un profundo pensamiento.
Súbitamente, Kaho se detuvo y Mokuba de inmediato le imitó.
-¿Sabes, Moki? Me estaba preguntando si acaso ser tan mala te priva de ser feliz.
Mokuba le miró fijamente.
-¿Por qué dices eso Kaho?
-Bueno –la pelirroja se encogió de hombros- mi mamá sufrió mucho protegiéndome de los demás; ella decía que yo era muy especial y por eso me temían… pero… no soy especial o ella no habría muerto…
El chico de inmediato bajó de su columpio para arrodillarse frente a ella, tomando sus manos.
-Kaho… tu padrino dijo que te devolverían tu codex.
-Yo soy mala –continuó Kaho con la mirada perdida- por esos todos me miran así, por eso mi padre nunca quiso saber de mí… yo… soy mala… -ella clavó sus ojos en Mokuba- Déjame, Moki, te haré daño si sigues conmigo…
-Kaho…
-¿No lo ves? Soy un monstruo y…
-Kaho…
-Por eso mi hermano me decía que no hiciera amistas con nadie…
-Kaho…
-Yo no…
La pelirroja no terminó su oración. Mokuba le besó con algo de fuerza y torpeza. Ella abrió sus ojos asombrada, sin moverse ni un centímetro. El pelinegro se retiró, mirándola completamente ruborizado y con los ojos húmedas pero de expresión decidida.
-Ni eres un monstruo ni un fenómeno ni nada de eso. Eres la chica más bonita, inteligente y valiente que he conocido y… ¡quiero que seas mi novia!
Quizá por fugaces segundos un Mokuba Kaiba que tenía el corazón latiéndole a mil por segundo observó la muda sorpresa que nació en el rostro de Kaho. De sus manos que cubrían las de la chica sintió un ligero temblor. Ninguno se movió ni dijo algo. Un viento levantó un montoncito de hojas secas que se arremolinó alrededor de los chicos, una de las hojas se atoró en el flequillo de Kaho y Mokuba levantó una mano para quitarla con ternura.
La chica dejó escapar una lágrima solitaria.
-Mokuba…
-Bueno, ya lo dije, jeje… -el pelinegro se mordió un labio- Yo… no… bueno, tenía que decírtelo, no es que aceptes ¿verdad?... esto… yo… jeje… si…
-Moki, es que…
-Está bien, sí.
Kaho ahora fue la que tomo sus manos.
-Quiero decirlo, pero…
-Hey, -Mokuba le guiñó un ojo- Hagamos esto: vamos a hacer de cuenta de que no pasó nada y cuando en verdad quieras decirlo, lo dirás.
Asintiendo, la pelirroja le dio un apretón a sus manos.
-Lo prometo, Moki, pero sí diré que eres el primero en decírmelo, nunca olvidaré este momento. Gracias.
-Bueno… de nada…
-Y creo… -Kaho le sonrió- que tienes razón, me devolverán mi codex, porque además tu también me estás ayudando y un Kaiba es un Kaiba.
-Tenlo por seguro, en cuanto Nisama se recupere, ya verás que lo hallaremos.
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Era como si caminara en una playa de noche, aunque no sabía si era de noche o bien todo era oscuridad a su alrededor. Podía distinguir un rumor como de olas, pero no estaba seguro, podía sentir una especia de arena en sus pies desnudos pero no estaba seguro. Lo único cierto era que no veía nada.
Y se sentía completamente tranquilo.
La calma era deliciosa como no había experimentado antes, si es que había un antes. Cierto era que no deseaba salir de ahí, porque además no pensaba en nada; y lo extraño era que no sentía prisa alguna por hacerlo. Incluso estaba dudando que caminara, no sentía su propio movimiento.
Siguió de esa manera hasta que vio a lo lejos una débil luz que se acercaba o él caminaba a ella, no supo decir; pero pronto estaba frente a él. Era una persona de su tamaño y quizá como él, pero apenas le distinguía. Hablaba pero él no le escuchaba. La figura le tocó y su luz le rodeó también.
Después ya no supo más.
-¿Seto? ¿Seto?
El ojiazul despertó con un sobresalto.
-¿Qué…?
Se encontró en su habitación, la luz vespertina moría por sus ventanas pero le dejaba ver a un fantasma al pie de su cama.
-Atemu… -murmuró confundido.
-Alguien ha estado hechizándote, Seto y no con buenas intenciones; estuvieron leyendo tu alma. Es una suerte que Seth me avisara de este incidente.
El castaño bufó con sorna.
-Sí, creo que hablar con Yugi me perjudicó.
-Es en serio, Seto. No sé cuanto examinaron de ti, solo espero que no sea algo de graves consecuencias. Puedo decirte quien probablemente es.
-¿Y debo agradecerte?
-Ya estás recuperado –Atemu le miró serio- Quizá ignores el hecho de que has pactado una alianza con la Fundación Fénix y además tus cartas han sido lastimadas para no protegerte.
-En serio, Atemu, ¿quién se golpeó la cabeza, tú o yo?
El Faraón meneó su cabeza.
-Seth te ha salvado, quieras o no, y le debes un favor por lo tanto.
-No me digas, yo no…
-Cuando sea el momento, búscame –sentenció Atemu, esfumándose como lo hiciera con Solomon.
Kaiba se levantó rápidamente para encender las luces y buscarle pero el espíritu ya se había marchado. Iba a maldecir cuando sus ojos contemplaron su recámara llena de medicamentos, aparatos médicos, radiografías y otras tantas cosas.
-¿Qué rayos sucedió aquí?
Su puerta se abrió, dejando pasar a su médico de cabecera quien de inmediato soltó su maletín, así como la sirvienta detrás de él que llevaba su cena en una bandeja que dejó caer segundos antes que ella misma.
-¡Seto! –chilló el médico, corriendo a tomarlo de los brazos- ¡Estás vivo! ¡Milagro!
-¿Puede decirme que es todo esto? –le preguntó con algo de molestia el castaño, zafándose de su agarre.
-Oh, Seto, es que… ¡estabas muriendo!
-¿Qué?
-No quería decírselo a su hermano, pero tu cuerpo se descomponía como si fuera de mantequilla en sartén al fuego.
-No me gustan las comparaciones gastronómicas.
-¡Es cierto! –el médico se arregló sus gafas- ¡Y ahora estás aquí de pie! ¡Milagro! ¡Milagro!
-Milagro será si mi habitación no está limpia antes de que pierda la paciencia –Seto tomó una bata que amarró por la cintilla- Temo que mi casa es un manicomio. Ahora atienda a esa joven.
-¿Eh? ¡Ah! ¡Cielos!
Mientras el doctor corría a auxiliar a la joven desmayada. Seto se dispuso a salir de su recámara, pasando por su espejo de cuerpo completo que le devolvió un reflejo ancestral conocido e hizo frenar al ojiazul cuyos ojos abiertos de incredulidad se volvieron a un Seth tras el espejo que le sonrió, asintiendo antes de desaparecer como lo hiciera Atemu; dejando en su lugar el reflejo normal de un CEO atónito y desarreglado que negando con la cabeza, llamó a voces a Roland y Mokuba.
En aquel anaquel de vidrio en su estudio, los Dragones Blancos de Ojos Azules brillaron como alegres y vivos de nuevo.
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-¿Y bien?
-Tenemos que separarlos, milord.
-Hm.
-Necesitamos el Libro, señor.
-Sé donde está pero aún no. Ellos creen que no sabemos que ellos saben que nosotros sabemos. Liberen el siguiente sello.
-Sí, milord.
-Y… ¿Miskra?
-¿Sí?
-Hay que preparar habitaciones, tendremos visitas.
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-¿Esto que es?
-Es un pisapapeles.
-Ohhh, ¿este?
-Un tintero.
-Wooow…
-Para ser una detective es bastante ignorante de hechos básicos.
-O bien descubro con nuevos ojos lo que otros han pasado por alto.
-¿Uh?
-Ese pisapapeles no había sido movido sino recién y fue un cambio brusco pues talló la esquina del tintero y dejó una marca en el fino escritorio mi estimado Watson.
-…
Meiran se echó a reír.
-¿Qué sucede detective?
-El ladrón es un jovencito aproximadamente de 1.60 m de estatura, 17 años que vive en la calle y se dedica al hurto de carteras y objetos delicados por un mendrugo de pan.
-Es usted…a sombrosa.
-No tanto, decano, simplemente que he descubierto el modus operando de uno de mis soplones.
-¿Lo conoce?
La joven tomó su taza de té que le sirvieran anteriormente para beberla despacio, mirando el pisapapeles de elefante en hechura de acero que estaba sobre el pequeño pero fino escritorio dentro del dormitorio de Kaho en las instalaciones de la Fundación Fénix.
-Alguien dentro le dijo del tesoro de la chica y le ayudó a entrar a robarlo.
El decano se sentó frente a ella, con sus manos rugosas en su regazo.
-Detective, todos aquí son de absoluta confianza, no hay personas ajenas alrededor de los hijos del Señor Alkrila, eso es orden expresa.
-Entonces, tienen un traidor.
-No, señorita, imposible, si hablamos de filtrar información de nuestras investigaciones le creería, pero cuando es sobre los hijos prodigio de esta noble fundación se convierte en blasfemia. Nadie lo haría y en cuanto al personal… -el decano se quedó pensativo.
-¿Qué sucede?
-Verá, quizá sea algo sin importancia, pero pues tuvimos la visita del Director del Museo de Ciudad Domino y se mandó a cambiar los manteles y cortinas de las habitaciones. Vino un equipo de limpieza y con ellos venía un chico. Bueno, no le tomé importancia, es un trabajo, pero pues ellos tuvieron acceso total a las instalaciones. Kaho llegó muy cansada y dejó sus cosas en este escritorio y no volvió tocarlas sino hasta el siguiente día cuando ya su codex había desaparecido.
-¿Tendrá el video de seguridad de esta habitación?
El anciano negó.
-Hay un sistema de circuito cerrado en todas las habitaciones excepto en los dormitorios de Kaho y Khura por orden misma de nuestro Director; por ello son dispuestos sus lugares alrededor de recámaras y pasillos vigilados como usted observó ya. Pero el chico que vi lucía de lo más honesto.
-Je, será todo menos honesto. Aunque aún falta por descubrir quien le hablaría de entrar aquí. Aún hay que investigar los archivos del personal de seguridad. Le tomará tiempo a la computadora de la Estación…
-Ah, detective, permítame ofrecerle a Renacimiento. Nuestro trabajo está por completarse y hemos dado oportunidad a otras instituciones de usarle. Justo ahora terminará de compilar los archivos de la antigua KGB.
-¿Qué…? –Meiran dejó su taza con brusquedad- ¿Dijo KGB… tiene aquí archivos de…?
-Detective, somos filántropos de tiempo completo y si Kaiba Corp nos obsequió una herramienta tan poderosa como Renacimiento, ¿por qué no compartirla?
-¿… archivos de… la… KGB?
-Bueno, sí. Son tantos casos que les es imposible a sus servidores armar una biblioteca. Renacimiento lo ha hecho de maravilla. Confieso, esa es opinión de Kaho, en lo personal no sé nada de esas cosas modernas aunque usted si parece comprender de que hablo. ¿Por qué no le hecha un vistazo mientras busco su cinta detective? Así no se aburrirá.
-N-No… -Meiran carraspeó- ¿No hay problema?
-Dudo mucho que unos viejos u olvidados casos rusos puedan servirle, ¿cierto? Solo para que vea a Renacimiento y sepa de qué hablo.
Meiran sonrió forzadamente, levantándose para seguir al viejo decano que llamó a otro de su personal que guió a la joven detective hasta el sótano donde un enorme panel conectado a una serie de computadoras mostraba cientos de números, imágenes forenses y diagramas que parecían ir acomodándose en pantallas laterales.
Renacimiento.
Su "cerebro" estaba resguardado en el mismo sitio que el de la IA de Kaiba Corp; cientos de metros bajo tierra en una bóveda cuyo acceso era exclusivo de los hermanos Kaiba.
Con ojos asombrados, la detective se acercó a una de las sillas, posando una mano en un tablero plano que al ser tocado se encendió de inmediato.
-"Archivos KGB reestructurando… ¿desea revisar archivos?" –se escuchó la vos hueca y maquinal de Renacimiento.
La joven de cabellos castaños pasó saliva.
-… sí… -tomó aire para calmarse- …. Archivo PP09-0336/1127-639, Kiev. Caso… -Meiran se llevó una mano a su pecho, notando un temblor en la misma- … caso Trievsky… Sheriozha Trievsky…
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Continuará…
