TITULO: El Fin Absoluto del Mundo.

AUTORA: clumsykitty.

GENERO: Pos yaoi, que otra.

PAREJAS: Puf, muchas.

SERIE: Yu-Gi-Oh.

DISCLAIMERS: Que cosas no, los personajes de YGO no son míos.

WARNINGS: Que conste, difícil el asunto, si no gusta no lean, pues. Que raro que estén leyendo esto si ya saben que encontrarán por aquí.

SUMMARY: Cuando la esperanza muere al último y el amor se marchita, el fin de todo se avecina. ¿Quién puede detener la catástrofe?

NOTA CLUMSY: Para la pequeña Goth que hace de las suyas también. Para Arashi que me ha dejado conocer una triste historia de amor verdadero.

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La grandeza inspira envidia. La envidia genera rencor. Y el rencor genera mentiras.

J.K. Rowling.

La ilusión extrema y el rencor, minan el espíritu.

Anónimo.

El odio es un borracho al fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida.

Charles Baudelaire.

Más se unen los hombres para compartir un mismo odio que un mismo amor.

Jacinto Benavente

CAPITULO XIV. KHURA.

-Indra, protégenos…

Un suspiro escapó de la nodriza, al tiempo que se recostaba agotada sobre una de las caras marmoleadas del sepulcro de su niño príncipe. Era tan increíble que estuviese muerto a una edad tan temprana, pero la avaricia y maldad de los hombres no respeta edad.

Arropándose con su túnica negra, la mujer arregló un poco las flores que colgaban de lazos de seda, haciendo una aromática cama mortuoria al pequeño cuerpo del príncipe, que estaba vestido en blanco y dorado, con su turbante preferido, hecho por su propia madre ya fallecida. La nodriza miró hacia el alto portal por donde se colaba la luz matutina, recordando.

La bella princesa que varón alguno había podido conquistar. No era orgullosa ni vanidosa a pesar de su perfecto y mágico físico, pero su corazón había sido cautivado desde pequeña a la oración y el celibato. Algo penoso para una princesa que tenía una hilera enorme de pretendientes esperando en su puerta para mostrarle sus virtudes y dotes.

Ella había dormido una noche a la luz de la luna pálida, soñando con un dragón que bajaba del cielo y se ocultaba en su vientre. A la mañana siguiente, ya estaba preñada por gracia de los dioses. Su padre, el rey no estaba nada contento, pensando que quizá había sido mancillada, pero la princesa mostró de nuevo su virtud y en perfecta calma le dijo a su amado padre que era la voluntad del Rey de los Dioses.

Pero los sacerdotes no pensaron lo mismo.

Desde ese día dijeron que la princesa estaba maldita y que lo que llevaba en el vientre no era otra cosa sino un monstruo blasfemo que debía morir antes de ver la luz del día. Un pensamiento tan horroroso que nunca cesó.

Encogiéndose otro poco, la nodriza suspiró de nuevo. La Corte ya murmuraba que la princesa era de hecho un ser divino atrapado en un cuerpo mortal que un día ascendería a los cielos inmortales donde Indra moraba; eso aunado a que daría a luz dio como resultado una conmoción enorme en el reino y la muchedumbre ahora se apilaba tras las murallas por ver a la princesa encantada.

Nueve meses más tarde la joven y hermosa princesa tuvo al más tierno bebé que el mundo hubiera visto, pero al abrir sus ojos inocentes los sacerdotes clamaron al cielo. Tenían el color púrpura de la maldición. Una vez más pidieron al Rey que le matara pero el corazón justo del soberano no pudo dar tal espantosa orden. La princesa enfermó por tal situación, palideciendo como una flor que se va marchitando por el sol ardiente del desierto hasta que murió.

-Ella dijo, "Cuida a mi hijo como si fuera tuyo porque en verdad que lo será, no dejes que la maldad le toque y si tienes que huir hazlo, y si tienes que bautizarle con otro nombre para salvarlo, hazlo. No dejes que mi hijo muera" –murmuró con un par de lágrimas la nodriza.

Tomó su medallón que celosamente ocultaba en su pecho tras un par de telas oscuras, era de la Princesa para cuando su hijo tuviera la mayoría de edad y se convirtiera en el rey de su tierra. Aquel había sido su máximo sueño, pero la Princesa no contaba con el odio y el repudio de los sacerdotes unidos a la Corte recelosa. Colocando el medallón sobre el pecho del fallecido príncipe, la nana lloró sobre su rostro, abrazándolo un poco temblorosa. Recordaba la voz dulce y armoniosa de su joven príncipe, que muchos alababan y decían que sonaba igual que las flautas mágicas de los encantadores de serpientes, con esa dulce melodía que calmaba aquellas agresivas cobras y cascabeles.

Pero los sacerdotes no cesaban de conspirar en su contra. Así que una noche le tomó de su cuna real y huyó lejos como una madre perdida con su hijo. Los dioses les habían bendecido para encontrar un poblado oculto en las montañas donde pudieron vivir en paz unos cuantos años, los más dichosos para la mujer pues su ahora hijo mostraba sus dotes como príncipe, era gentil, risueño, apuesto y extremadamente inteligente. La música, la caza, el baile y las letras le apasionaban. Claramente se veía en su porvenir ser un hombre famoso.

Sin embargo, aquellos malvados sacerdotes les seguían buscando, difamando su nombre y una noche le habían encontrado, cortando su tierna garganta con una dicha insana que solo la locura puede proveer. La nodriza había llorado tanto con su pequeño en brazos, gritándoles a los sacerdotes cuanta maldición pudo venirle a la mente. Lloró hasta que desfalleció de cansancio, sin soltar al pequeño príncipe.

Ahora estaba en una de las salas del templo rocoso del pueblo, velando el cuerpo del hijo de la bella princesa, vestido con un traje que su madre hubiera querido verle puesto en una ocasión más propicia y menos dolorosa. Le enterraría como el príncipe que era.

Unos pasos furiosos se acercaron. La mujer se puso de pie, asustada. Los sacerdotes habían vuelto y ahora traían antorchas y palos secos, sus miradas enloquecidas se posaron en el cuerpecito inerte.

-El ya está muerto¿Qué más queréis? Por Indra en el cielo, dejadle reposar en su sepultura.

-Callad mujer, ignoráis la clase de maldición que lleva ese ser que parece humano.

-¡Es sólo un niño¿Cómo os atrevéis a decir que es un demonio?

-Estáis hechizada por su poder demoníaco, por ello no comprendéis nuestras palabras. Debemos deshacernos de su cuerpo corrupto para que el mal no caiga en este reino bendito.

-¡NO!

-Hazte a un lado, mujer.

-¡NO!

El sacerdote le miró con fastidio y llamó a los guardias que trataron de jalar a la mujer lejos del príncipe sin mucho resultado pues la nodriza batalló con uñas, patadas y mordidas su sitio al lado del sarcófago. Otro de los sacerdotes se acercó despacio, sacando una daga.

-La peste ya ha comenzado –dijo al momento de clavar la daga en su corazón.

La nana abrió sus ojos al sentir el frío metal cortando su pecho, un poco de sangre brotó de sus labios al igual que sus lágrimas. Pero aún así continuó peleando por defender a su amado príncipe. Los guardias tomaron sus espadas y le atacaron, la sangre manchó las cortinas que cubrían al fallecido.

-Quémenla junto con todo esto –ordenó el primer sacerdote y principal- Y lleven el cuerpo de ese monstruo a los desfiladeros, cortadle en pedazos y arrojadlos a los cuatro puntos para que sean comidos por los buitres, así su alma se destruirá. Que ni su nombre y memoria sobrevivan en las arenas del tiempo.

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-¿En que piensas, hijo mío?

-En nada particular, padre.

-¿Qué quiere mi niño, eh?

-No quiero estar solo.

-Shh, eso no pasará. Para eso estoy aquí. Para eso es que reconstruiré todo para que mis hijos puedan vivir sin temores ni mentiras.

-¿Y si él no me quiere?

-No digas eso, esa duda déjala para tu hermana. Tendrás un amor que no conocerá el fin y siempre prosperará absoluto en mi nuevo reino.

-¿Padre?

-Dime.

-¿Cuándo estaré completo?

-Aahh, ya veo. Escucha, mi amor. Todo está listo pero aún no es tiempo, si lo hacemos ahora, perderás todo y hemos estado esperando este momento desde hace mucho¿no es así?

-Sí, padre.

-Ven, te dejaré divertirte un poco con mi mascota.

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Miskra miraba un poco curioso a su alrededor, sin comprender del todo las inscripciones y mantras escritos en todo el templo cubierto de platos de incienso y pebeteros que ardían silenciosos alrededor de un enorme sello dibujado con simple tiza blanca.

-Sois todo menos crédulo.

-Milord, os pido una disculpa, pero¿Por qué si habéis usado objetos mágicos y sagrados en todo el templo vuestro sello está hecho con tiza?

-Las cosas más comunes tienden a ser las más extraordinarias, Miskra.

-Milord.

Los cuatro jinetes, escolta del general entraron para arrodillarse frente a su amo, ofreciendo varios bultos de diferentes formas y tamaños, envueltos en tela negra. Irkalla se les acercó con su habitual sonrisa.

-¿No habéis olvidado nada, verdad?

-¡No, señor! –respondieron los cuatro.

-Excelente, podéis descansar un poco, a partir de aquí, sólo Miskra y yo nos encargaremos.

-¡Milord!

Los jinetes se retiraron cerrando de nuevo las puertas del templo. Miskra tomó aquellos bultos que fue colocando dentro del sello de tiza, aún sin comprender que podían tener aquellas cosas malolientes y que a juzgar por como se sentían, parecían ser huesos.

-Quisiera preguntaros algo, Miskra.

-¿Milord?

-¿Jamás pensasteis en tener hijos?

-Mi señor, soy vuestro general y mano derecha hasta que vuestra excelencia así lo quiera, no tengo más deseos que eso.

-¿Y si yo te pidiera que los tuvierais?

-Milord, yo…

-Calma –Irkalla levantó una mano- yo mismo he tenido hijos, pero la mayor parte de ellos me han decepcionado, así que tuve que matarlos antes de que mi copa se desbordara de tanta hiel amarga. Pero eso fue por un mero descuido mío, mi apreciado general. Ahora crearé mis propios hijos, a mi imagen y semejanza. Pero quiero encomendaros su cuidado, temo que si los dejo a mi lado, no se conviertan en lo que deseo.

Miskra se arrodilló, llevándose una mano al pecho.

-Será un honor, milord.

-Sed duro con ellos, pero sabio. Amadlos pero disciplinadlos como lo hacéis con vuestros soldados.

-Si, mi señor. ¿Dónde están ellos?

Irkalla miró alrededor, satisfecho con la construcción, el templo alquímico moldeado y tallado con los conjuros sánscritos. Bañado en sangre de cientos de nonatos, cuidadosamente escogidos de madres vírgenes. Los soldados terminaron de vaciar la sangre en el río que circundaba el templo carmesí, retirándose a una señal de Miskra, que había salido para darles la orden, justo cuando el sello se torno negro y comenzó a pulsar cual vena viviente del suelo.

-Este es el primer paso, Miskra –le dijo Irkalla a su general cuando éste hubo retornado a su lado- Mirad como la muerte puede traer vida. Salgamos.

Una vez que lo hicieron una tormenta cayó sobre ellos, pero nadie se movió de su sitio. Un enorme relámpago cayó justo en el centro del templo, dando de lleno sobre el sello y aquellos bultos. La densa humareda púrpura provocada por el relámpago rodeo la construcción y varios de los soldados tosieron ante el humo que les envolvió enseguida. Pasó un tiempo considerable antes de que pudieran ver que había ocurrido.

-¡Soltad al dragón! –ordenó Miskra.

Siete soldados alejados del resto izaron sus hachas para rematar con fuerza sobre unos grilletes que se quebraron ante el golpe, dejando correr anchas y pesadas cadenas que se deslizaron por el suelo húmedo ya como si fueran listones de seda. Un temblor sacudió el sitio y el templo que apenas se vislumbraba se derrumbó como tragado por las mismas entrañas de la tierra. El río se fue secando hasta vaciarse en aquel profundo hoyo que seguía despidiendo ese humo púrpura.

--Miska, os concedo el honor.

El general se acercó un poco. El humo se convirtió en un feroz viento arremolinado antes de que un rugido se elevara seguido de la sombra de un gigantesco dragón, desapareciendo en el acto. Miskra caminó otro poco, viendo hacia el montículo que había quedado de tal conmoción y donde una masa deforme latía dejando escapar de cuando en cuando sangre oscura y algo de baba verdosa. Irkalla llegó hasta su general, sonriendo satisfecho.

-Quiero presentaros a mi primogénito, Khura.

Tomando del cinto de Miskra una daga, Irkalla corto por la mitad aquella masa. Un pequeño grito adolorido se hizo escuchar. El general miró a su señor que le asintió. Abriendo un poco aquel corte, metió sus manos, embarrándose de aquella viscosidad putrefacta. Miskra tuvo que plantar bien sus pies en el suelo para tener mayor apoyo y sacar por fin lo que aquella masa escondía en su interior. Irkalla se despojó de su túnica para cubrirle en cuanto el general le tuvo en brazos.

-Miskra, siempre os he pedido las misiones más difíciles que requieren de mi absoluta confianza en vos. Ahora os requiero como el protector y maestro de mis hijos. Sé que a vuestro lado, mi Khura crecerá como el digno hijo del Señor Oscuro.

-Así será, milord.

Irkalla miró con ternura lo que el general sostenía en brazos.

-Bienvenido a la vida, hijo mío. Abre tus ojos al viejo mundo, aprende de él y espera paciente el nuevo paraíso que yo crearé solo para ti. Tu vida aún no es completa, pero como podrás darte cuenta a medida que pasen los años, es mucho mejor así.

La tormenta seguía azotándoles, lavando toda huella de aquel ritual. Aquella forma que Miskra cargaba se removió, una garra se elevó al cielo, llena de sangre, baba y agua que le caía. Deforme y con filosas uñas negras se estremeció, abriendo sus dedos cuya palma mostraron un medallón incrustado en la misma.

Un alarido se hizo escuchar de aquel seudocuerpo e Irkalla le besó.

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-Te contaré una historia divertidísima –dijo Irkalla al pequeño Khura.

"Erase una vez un dragón negro que tenía ojos rojos, poderoso y temible como no se había visto hasta entonces. Ese dragón volaba en los planos inmortales de la existencia oscura, haciendo el caos con sus alas y destruyendo con sus rugidos que tenían eco infinito. Ese dragón estaba cansado de estar solo entre tantas tinieblas, pues su disposición era la de volar siempre a nuevos pensamientos. Entonces el Todopoderoso un día se levantó de su trono y tocó la Oscuridad. De ahí brotó un hilito diminuto de luz, que fue creciendo inmensa hasta ser como el mismo Dragón Negro que le miró asombrado pues se dio cuenta que esa luz era nada menos que otro Dragón pero Blanco cuyos Ojos Azules de fulgor puro le miraron sonrientes. La Luz y la Oscuridad habían nacido."

-¿Yo soy la Oscuridad?

-Así es, hijo.

-¿Mi hermanita es la Luz?

-No, ella es el Portal donde se unen.

-¿Quién es la Luz, Padre?

-Otro día te contaré su historia.

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En los cielos de los dioses, rodeado de fuertes murallas impenetrables, encadenado de su misma piel bajo sus escamas, dormía el dragón Vritra, aquel mismo dragón que había encerrado en su interior el secreto de la creación y que Indra al cortarle había dado origen al Universo mismo. No podía ser destruído porque era la Muerte misma, ni liberado porque traería el Caos de nuevo. Pasaría la eternidad bajo tras esas murallas que feroces demonios custodiaban.

Vritra abrió sus ojos al sentir que algo había traspasado las murallas y los guardianes. Sus ojos feroces se posaron en una minúscula lombriz que parecía una blasfemia a su forma imponente y divina. De haber podido moverse le hubiera aplastado sin miramientos. Pero aquel gusanillo se trepó hasta su oído y susurró palabras malditas.

El dragón bufó asintiendo y la lombriz se metió a su boca para que le devorara. Vritra chasqueó su lengua y comenzó a reír.

-Mi tiempo ha llegado –exclamó.

Su cuerpo comenzó a encogerse, cada vez más rápido hasta que por fin, no fue otra cosa que aquella misma lombriz que volvió a escurrirse por entre las murallas y los pies de los demonios, arrojándose al vacío infinito que se abría debajo de los cielos inmortales.

-¡Quiero a la hija de Abraxas!

El horizonte se divisó como una enorme luna pálida y Vritra vio como quien ve en un reflejo de agua a una hermosa joven que yacía dormida en su lecho real. El dragón rió de nuevo, siseando a la princesa.

-Y he aquí que Indra me envía para que seas mi madre…

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Kaho tallaba con afán la última de las lápidas, secándose el sudor de su frente con el dorso de su mano. Su hermano, Khura, se le acercó curioso, posando su mentón en el pequeño hombro de la pelirroja.

-Que bonito.

-Asdfghjkl… ni digas, la verdad es que padre me dio el diseño, yo no sabía muy bien como ensamblar el conjuro.

-Pues no vayas a hacer una raya de más o lastimarás a mi amor.

-Estúpido, todavía que le hice aquella burbuja al bueno para nada de tu rival y me reclamas por una mugre línea. Quisiera verte tallando.

-Bueno, gracias por el detalle, pero igual puedes usar tu magia.

-No. Kisara podría revertir su efecto. En cambio si la atamos con un llamado natural, se verá obligada a obedecer a padre.

-Dime Kaho…

-Kaho soy yo, no tú.

-¡Hermanita!

-¿Qué sucede, tontuelo?

-¿No has pensado que…?

-Ya lo he pensado muchote, grandísimo animal. Quien sabe, yo solo recuerdo sus ojos, rojos como los míos.

-Y yo creo que eran púrpuras como los míos.

-Ya está.

La chica sopló a la lápida para admirar su obra maestra. Khura enarcó una ceja, examinando la pieza como un experto. Kaho le pisó un pie.

-Haces un comentario y te la estrello en tu cabezota hueca.

-Entonces deberás hacer otra.

-Claro que no, llevo tu cabeza en su lugar.

-¡Kaho!

-Jajajaja, deberías ver tu cara de idiota. Lo que hace una por la familia.

-Pronto seremos una gran familia.

-Sí, que emoción.

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-Vritra era un dragón malvado, que cargaba en su vientre el agua para la vida, pero él siempre dormía y se enroscaba en sí mismo para evitar que le atacaran pues sus escamas eran tan gruesas que no había espada que pudiera atravesarle…

-¡AAHH¡Ya me cansé!

-Mi amor¿Cómo esperas aprobar tu examen de historia si no pones atención?

-De todos modos el profesor siempre se queda dormido…

-¡Sean McArthur!

-Mami, por favor, es que ya me cansé de estudiar. Además¿a quién le importa una lagartija que abrieron en dos?

-¡Sean¡Es mitología!

-Como sea, que aburrido. Me voy a jugar.

-Jovencito, regresa… ¡Sean!

La joven madre corrió tras su pequeño que ya se montaba en su bicicleta, con un adiós en la mano.

-¡Sean, olvidaste tu sombrero!

El niño no se molestó en regresar. Saliendo del jardín de su casa para tomar el camino rural en busca de su compañero de juegos, la carreta del Señor McGregor se le atravesó en su camino.

-¿Otra vez escapando de estudiar?

-Jaja, buenos días señor.

-Buenos días joven McArthur. Creo que vi a Merry junto al río.

-¡Oh, gracias, Señor McGregor!

Con un pedaleo veloz, el pequeño Sean llegó hasta la ribera del río donde otro chico de su edad estaba haciendo botar el agua clara con una vara seca, luciendo bastante entretenido en la faena. Sean se le acercó, dejando su bicicleta recargada en el mismo árbol donde su amigo había dejado la suya.

-¡Hola, Merry!

Un rostro sonriente y un par de ojos púrpura se giraron a él.

-¡Ah, que eres un zopenco! Si no estudias no pasarás el examen.

-Siempre puedo copiarte.

-¡Eso es trampa!

-Si pongo las respuestas igual, sí; pero como las cambiaré, ya no lo serán.

-¡Tramposo! –Merry le arrojó agua a la cara.

-¡No es cierto! –Sean le devolvió el gesto.

-¡Sí que lo es!

-¡No!

-¡Sí!

-¡No!

-¡Sí!

Un par de risas se dejaron escuchar mientras los chicos seguían empapándose a más no poder con el agua del río tranquilo. Pararon hasta que ambos se quedaron sin fuerzas para seguir peleando. Sean abrazó por los hombros a un mojado Merry que igual le abrazó.

-Tú y yo seremos los mejores amigos, siempre- le dijo Sean.

-Eso es mucho tiempo.

-Jajaja, lo digo en serio.

-Juntos hasta el fin.

-¡Eso!

Merry inclinó su cabeza, mirando atentamente a Sean que se sintió algo nervioso por la forma en que le veía.

-¿Te gusto o qué?

-¿Sostienes tu palabra de que siempre estaremos juntos?

-Claro, Merry, no seas idiota.

-Que bien.

El Señor Mcgregor regresaba del mercado del pueblo, su mula se veía sedienta, así que decidió bajar al río para que bebiese. Parando la carreta y bajando de ella, el hombre sacó su pañuelo para secarse el sudor por el sol de la tarde. Al lado de su mula, se arrodilló para lavar la tela, cuando aquella bestia se echó hacia atrás de forma súbita. El Señor McGregor notó que el río llevaba unos hilillos de sangre, cosa que le extrañó. Poniéndose de pie, siguió el origen de aquella mancha carmesí, con el rostro preocupado.

-¡Señor MacGregor¡Señor McGregor¿Ha visto a mi Sean? –le gritó la Señora McArthur desde el camino, obviamente agitada y bastante preocupada- ¡No ha llegado a casa!

La mujer se disponía a bajar al río pues el hombre desaparecía tras unas altas rocas donde nacía la afluente pero el Señor McGregor le levantó una mano, deteniéndola.

-¡NO SE ACERQUE!

Eso solo puso más nerviosa a la joven madre, que palideció.

-Señor…

-Señora, quédese allí, por favor.

-¡SEAN!

-¡NO, SEÑORA MCARTHUR!

Desesperada, la mujer bajó corriendo casi tropezando al hacerlo llegando a el río, atravesándolo torpemente, usando una mano para levantarse la falda y otra para apoyarse de las rocas pequeñas. Jadeando, alcanzó al Señor McGregor que quiso hacerla retroceder sin lograrlo.

-¡NOOOOOOOOOOO¡SEEEEAAAAAAAAAANN!

Lo que era el pequeño cuerpo de Sean McArthur solo era reconocible por su trajecito con que le viera salir su madre, pues estaba prácticamente comido y su rostro se había desfigurado a causa de las salvajes mordidas que le habían infligido. Órganos y vísceras en trozos, alrededor del cadáver completaban el macabro cuadro.

-¡SEEEEEEEAAAAAAAAAAAAAAAAAANNN!

Lejos de ahí, un chiquillo se relamía sus dedos con gusto. Sus ojos púrpura brillaban satisfechos y contentos.

-Siempre juntos, Sean. Como uno mismo.

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El ojiazul parpadeó algo mareado, hallándose de pie frente al ahora pagado monitor de sus supercomputadoras.

-¿Qué pasó?

Su única respuesta fue el sonido de la puerta del elevador secreto que se abrió. Seto miró con el ceño fruncido a Khura, al pie de la puerta que supuestamente era más que segura y resguardada, metros bajo tierra para proteger el corazón de Kaiba Corp.

-¿Qué haces aquí?

-Vengo a verte, bonito. Este ya no es un lugar seguro.

-¿Dónde está mi hermano?

-Está a salvo, no te preocupes. Todo lo que sea importante para ti, lo es para mí.

-Juro que cuando todo esto pase, me las pagarán muy caro todos ustedes.

-No es contra mí con quien debes vengarte, sino contra los mentirosos que han rodeado tu vida.

-Llévame con mi hermano.

-Claro, bonito. Sígueme.

Con recelo, Seto salió de aquella bodega, caminando al paso de Khura que iba silbando alegre alguna extraña melodía. Llegaron al elevador privado y subieron hasta el estacionamiento donde les esperaba un auto blindado. Con algo de desdeño, el castaño subió seguido del pelinegro.

-¿Por qué secuestraron a Mokuba si él les brindó su confianza¿Qué clase de niña es tu hermana? –de inmediato reclamó el ojiazul.

-Calma, bonito.

-¡Deja de llamarme así!

-Lo hicimos porque era necesario, solo así te darías cuenta de quienes son realmente tus amigos.

-Yo no necesito amigos.

-Ay, bonito. En fin, no te preocupes, no tardarás en reunirte con tu hermanito.

-Hm.

Con el ceño fruncido, Seto se cruzó de brazos sin intercambiar más palabras con Khura que respetó su silencio aunque siguió mirándole por el rabillo del ojo hasta que llegaron a las instalaciones de la Fundación Fénix, pasando por un camino bastante desolado a causa de la conmoción previa. Sin más preámbulos, Kaiba salió del auto para entrar a zancadas en el lugar con una mirada mortífera a cuanto se le atravesara.

-Bienvenido, pequeño mío –saludó Arnas, saliendo a su encuentro.

-Quiero a mi hermano, ahora.

-Seguro, sígueme. Es por aquí.

Siguieron un pasillo bastante amplio y alfombrado hasta doblar a la derecha donde se veían una serie de puertas de fina madera. Arnas le señaló a Seto la del final.

-Ahí está tu hermano.

El castaño no perdió tiempo y casi corrió a abrir la puerta. Khura llegó al lado de Arnas que le sonrió, acomodando un cabello suelto detrás de su oreja. La puerta se cerró con Seto dentro.

-Bien hecho, hijo mío. Ahora, dile a Kaho que recoja los dragones y los coloque en las lápidas correspondientes. Después llévale una túnica a Seto, para que esté más cómodo en lo que llegan los demás. Estamos cada vez más cerca de nuestro objetivo¿no es maravilloso?

-Sí, padre.

-Ah, algo nos pasa.

-Joey Wheeler.

-¿Qué hay con él?

-…

-Jajajaja¿no pensarás que le rescatará, verdad?

-Es que… él…

-No, mi niño. Puedes revisarlo. Un corazón humano es fácilmente corruptible, por eso es que los desprecia tanto nuestro querido dragoncito ojiazul. Y debemos ayudarle a olvidarlos para que despierte su luz absoluta. Recuerdas lo que debes hacer¿cierto?

-Jamás lo he olvidado.

-Muy bien, ve con tu padrino. Deja que papá se encargue del resto.

Con una reverencia, Khura se marchó. Arnas caminó hasta la puerta donde Seto desapareciera, tomando el picaporte como si quisiera abrirlo y no decidiéndose a hacerlo. Una sonrisa torcida nació en sus labios. La puerta se abrió un poco. Arnas miró dentro de lo que era una gigantesca sala de roca negra soportada por gruesos pilares de piedra que iban el circunferencia alrededor de un sello, el mismo que usara con Khura, y donde ahora se encontraba Seto. Inmóvil y con la mirada perdida, el castaño lucía como si estuviera en trance. Arnas le puso una mano ancha en su hombro.

-Felicidades, Seth. Hiciste lo correcto. Ahora ambos volverán a estar juntos –Arnas rió un poco- más bien debería decir que serán lo que originalmente eran, antes que el tiempo mismo existiese y que las mentiras de los humanos partieran tu ser verdadero.

Seto no respondió, su mirada nublada seguía fija en el Espejo del Milenio que le mostraba a un Joey haciendo el amor con Yugi Mutou.

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Continuará…