TITULO: El Fin Absoluto del Mundo.
AUTORA: clumsykitty.
GENERO: Pos yaoi, que otra.
PAREJAS: Puf, muchas.
SERIE: Yu-Gi-Oh.
DISCLAIMERS: Que cosas no, los personajes de YGO no son míos.
WARNINGS: Que conste, difícil el asunto, si no gusta no lean, pues. Que raro que estén leyendo esto si ya saben que encontrarán por aquí.
SUMMARY: Cuando la esperanza muere al último y el amor se marchita, el fin de todo se avecina. ¿Quién puede detener la catástrofe?
NOTA CLUMSY: Para la pequeña Goth que hace de las suyas también. Para Arashi que me ha dejado conocer una triste historia de amor verdadero.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
Espero...
Me has pedido tiempo y silencio.
Ahora no estás a mi lado
pues quieres estar solo,
tu lucha con tu interior
está destrozando el mío.
Espero...
Mientras, el tiempo consume mi alma
esa que te ofrecí sin condiciones
y tú, tras haberla acariciado
ahora no sabes si quedártela o seguir
en tu soledad y tus recuerdos.
Espero...
¿Dónde está el límite del sufrimiento?
Seguiré soñando con que vuelves a mí,
mientras espero.
"Un millón de palabras no te traerían de vuelta, lo se, lo se porque lo intenté. Tampoco un millón de lágrimas. Lo se, porque las lloré."
"No te odio...porque el odio es un sentimiento...y yo por ti no siento nada."
CAPITULO XV. KAHO.
La adolescente terminaba de aplicar el lapislázuli alrededor de sus ojos, mordiéndose un labio rojizo al sentirse emocionada por su próximo encuentro. Corriendo hacia la entrada de su cueva, se acomodó su raído vestido de lino una vez más, así como su remedo de diadema casera antes de bajar presurosa y tomar la ruta secreta por debajo de la montaña hacia una depresión donde un pequeño riachuelo nacía para desembocar kilómetros más allá en el sagrado Río Nilo. Grullas y otros pájaros agitaban sus alas cuando eran asustados por la carrera de la jovencita que ya alcanzaba la desembocadura donde lirios y palmeras crecían frondosos.
Tomando su lugar en su habitual roca, se sentó tomándose un tiempo para serenar su corazón palpitante. El sonido de pasos le alertó y se giró para sonreírle a su amado.
-Mahado…
&&&&&&&&&&&&&&&&&
-¡Ra bendiga a todos!
La gente coreó el grito del sacerdote que encabezada una fila de jóvenes y recién ungidos sacerdotes, cuyas cabezas lustrosamente rapadas iban inclinadas sobre su pecho semicubierto por la toga sacerdotal. Todos les miraban respetuosos y alegres de tener nuevos intermediarios que harían caer sobre el pueblo las bendiciones de los Dioses.
-¡Contemplad a los nuevos emisarios del dios Sol¡Enorme es la gracia del Faraón!
El pueblo vitoreó alegre, dejando pasar a todos los jóvenes sacerdotes hacia el templo de Ra. Solo una chica lloraba desconsolada a lo lejos, abrazada a una columna. Sus ojos carmesí se llenaron de gruesas lágrimas.
-¡Es ella¡Es ella¡Ahhhh! –gritó un hombre al alcanzar a verla.
Una piedra chocó cerca de su cara y se vio obligada a alejarse de la columna. Otra piedra cayó en su hombro pálido.
-¡Fuera de aquí¡Manchas nuestro regocijo¿Cómo os atrevéis a pisar el suelo que nuestros sacerdotes han tocado, monstruo blasfemo?
Más piedras cada vez de mayor tamaño comenzaron a golpear a la pelirroja que no tuvo más remedio que echar a correr para no ser herida, escupida y golpeada por un pueblo que le rechaza por su físico. Sus pasos al fin se detuvieron en aquella roca donde tantas veces compartiera su amor con el ahora joven sacerdote Mahado. Sus lágrimas volvieron a nacer más desconsoladas que nunca mientras levantaba su rostro al cielo amarillo de Egipto.
-¡Ra¿Por qué me castigáis de esta manera?
La única respuesta fue una súbita náusea que le hizo encorvarse para vomitar, sosteniéndose apenas de la roca. Varias grullas saltaron cerca de ahí, cuando su cuerpo cayó inconsciente sobre lirios y arena fangosa que amortiguó su caída.
&&&&&&&&&&&&&&&&
-Madre¿Por qué debéis oscurecerme el pelo? –preguntaba la niña mientras su madre le aplicaba resina negra sobre su pelirrojo cabello.
-Por que solo así hija mía, el sol no hará feo vuestro hermoso cabello.
-Pero no comprendo¿y la venda sobre mis ojos?
-Kaho, amor mío. Nuestros ojos son sensibles a la luz de Ra, por ello debemos cuidarles así.
-Ya no quiero pedir limosna como una ciega.
-No solo pides limosna, también asistes a la escuela.
La pequeña hizo un puchero, cruzándose de brazos, esperando con su ceño fruncido a que su madre terminara de colocarle la mezcla negra para luego enredarle una tela de lino cuyos hilos le dejaban ver apenas a su alrededor.
Una vez que estuvo lista, Kaho echó a correr al patio donde su vieja y malgastada muñeca le aguardaba. Su madre le miró sonriente antes de girar su vista a donde su pequeña le hubiera hecho una demostración de "magia".
Trozos de una vasija de barro quedaban como huella del prodigio. La niña había levantado la vasija en el aire usando únicamente sus manecitas que nunca tocaron el objeto, riendo con emoción al mostrárselo a su madre que se quedó sin aliento.
-Debemos buscar a nuestras hermanas –dijo la mujer en un murmullo, apretando bajo la tela de su vestido su medallón- Estoy segura que están cerca.
-¡Madre¡Mirad¡Puedo hacerlo de nuevo y sin ver!
Kaho brincaba de alegría al hacer levitar su vieja muñeca metros arriba de su cabeza. Sus cortos brazos se extendían como si fuera a recibirla.
-Tienes el poder de tu padre –se dijo para sí la mujer con tristeza- Si él pudiera verte, estaría orgulloso de ti, es más, serías su pupila.
Se puso de pie para salir al patio cuando su cuerpo pareció perder fuerzas y cayó a mitad del arco de entrada, su pequeña hija dejó caer a la muñeca que se destrozó por el golpe, abrazando a su madre.
-¡Mamá¡Mamá¡Levantaos!
Ésta se encontraba pálida y jadeante con sus ojos apenas abiertos que se posaron en su hija.
-¡Mamá, no te mueras¡No me abandonéis!
-Kaho…
-¡Mami!
-… no puedo… busca… sacerdote Mahado… tu padre… el sabrá…
-¡Mamiiiii!
Kaho se asustó aún más al ver que su madre se desmayaba. De forma intuitiva acercó su oído a su pecho, logrando escuchar un débil latido.
-¡No me abandonéis, madre¡Iré por ese sacerdote¡Le exigiré que os cure!
La pequeña salió corriendo de su casa para mirar por entre la tela, colina abajo. Tebas. Pasó saliva nerviosa y sobre todo llena de miedo. Una cosa era pedir limosnas y escuchar escondida lecciones de la escuela y otra muy diferente buscar a quien su madre le había contado era su padre, nada menos que un sacerdote. Tomando aire bajó corriendo como podía. De pronto, del palacio apareció un dragón rojizo, Slaifer, oscureciendo el cielo y gruñendo un poco antes de desaparecer. Kaho sollozó un poco por el miedo pero apretó sus pequeños puños.
-Madre me necesita, no le puedo fallar. He de encontrar a padre cueste lo que cueste…
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
-Por favor, os lo suplico en el nombre de Ra, mi hija se ha perdido y sé que debió venir a Palacio…
-¡Fuera de aquí, pordiosera¡Ningún extraño puede entrar!
El guardia empujó con fuerza a la pobre y débil mujer que cayó pesadamente al suelo. Su venda de los ojos cayó al suelo, aunque ella no lo notó pues su cuerpo le dolía cada vez más y la respiración le fallaba.
-Kaho…
Un monstruo de las sombras salió del cielo oscuro y l agente se asustó, corriendo a todos lados pues les atacó sin piedad alguna. El Dragón Alado de Ra brilló, acabando con el monstruo. Varios de las personas que se habían apostado en las murallas del Palacio se alegraron al verle aunque una parte de la ciudad se incendiaba.
-¡AAAAAAAAAH!
El grito de una mujer histérica llamó su atención sobre la moribunda mujer que buscaba levantarse del suelo.
-¡Es ella de nuevo¡Ella trajo esta desgracia!
-¡Sí, es verdad!
-¡Es igual a la otra chica!
Esto llamó la atención de la mujer que levantó sus ojos rojizos a la gente.
-¿Otra¿Será que mi…?
-¡MATADLA¡ESTÁ MALDITA!
-¡QUEMADLA!
-¡ELLA CAUSÓ LA MUERTE DE NUESTRO FARAON!
¡ELLA TRAJO LOS MONSTRUOS¡ES UNO DE ELLOS!
-¡MATADLA!
La gente comenzó a rodear a la desvalida mujer cuyo temblor aumentó al verse rodeada por una turba armada de piedras y palos.
-Piedad… mi Kaho…
-¡QUE MUERA!
Un golpe en su cabeza la derrumbó al suelo y no supo más. Frenéticos, los demás se arrojaron sobre su cuerpo para golpearlo y mutilarlo. Dentro, en el Palacio, dos guardias escucharon el tumulto.
-¿Qué ocurrirá?
-El pueblo está temeroso, no sabemos cuando seremos atacados de nuevo. Deben estar acabando con otro de esos monstruos que han aparecido.
Sin más comentarios, siguieron su ronda, topándose con su capitán al que saludaron.
-Id a los calabozos y liberad aquellos prisioneros que se encuentren ahí. El Faraón Atemu lo ha ordenado.
-Sólo queda aquella chiquilla que encerramos hace días mientras trataba de brincar la muralla de Palacio.
-¿Qué deseaba hacer?
-Alucinaciones, capitán. Se dice hija del sacerdote Mahado.
-¡Ja¡No se ha visto tal blasfemia¡Liberadla de una buena vez¡Los dementes en el valle maldito¡Hija de sacerdote¡Ja!
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
Kaho se envolvió de nuevo en su manta roída y maloliente al entrar a Tebas. Estaba agotada de llorar, no comer ni dormir, atravesando el terrible desierto egipcio desde que los guardias le arrojaran al valle donde leprosos y dementes vivían. Se sentía derrotada de no haber podido encontrar a su padre y el corazón le estrujaba por no saber de su madre. Enorme fue su sorpresa al ver la ciudad sagrada en llamas, envuelta en tinieblas y a tres gigantescos monstruos peleando con otro mayor que hizo temblar de miedo a la chiquilla.
Sus piernas cortas le llevaron lo más lejos posible aunque su mirada no se despegaba de aquella horripilante escena. Su piececito trastabilló con algo y cayó con fuerza en la arena. Ella lloró ahí un rato antes de levantarse. Algo llamó su atención.
-¿M-Madre?
Con ojos horrorizados, llevó su mano al suelo donde se vislumbraba un medallón por demás conocido para ella. Lo desenterró de la arena. Sus deditos temblaron al seguir la cadena que seguía alrededor de un hueso humano.
Un cráneo.
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHH!
Desesperada, hizo a un lado toda la arena que pudo. Tela conocida se hizo ver de un cuerpo en huesos que los buitres ya habían limpiado pues los picotazos eran evidentes en esos restos abandonados a su suerte. Kaho lloró aún más.
-¡MAAAAAAAAAAAAMIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!
Arrancó el medallón para besarlo, su cuerpo se estremecía entre hipos de un llanto amargo. Sus carmesí pupilas se posaron en el Palacio no muy lejos de ella y se endureció su mirada. Un corazón infantil que conocía el rencor. La pequeña se levantó corriendo para ir a la entrada principal, quitándose la manta que le ocultaba, incluso su venda de los ojos.
-¡PADRE! –gritó con todas sus fuerzas.
Nada. Solo el hueco de su grito furioso se escuchó.
-¡PAAAAAAAADREEEEEEEEEEEE!
Kaho se dio vuelta, dispuesta a acercarse donde los monstruos luchaban. Si su padre era un sacerdote, seguro estaba ahí. Pero no llegó muy lejos, gente del pueblo que aún se escondía, salió al verle.
-Es la hija del monstruo –murmuró alguien.
-Por ello el Faraón no ha vencido esta Oscuridad.
-Aún está la maldición.
-¡MATADLA!
&&&&&&&&&&&&&&&&
-Es una oferta sin igual, mi amigo.
-¿Decís que es el corazón de un monstruo?
-Yo estaba ahí cuando lo sacaron.
-Poco juicio tenéis si guardáis eso en vuestra tienda.
-Cierto es eso, pero igualmente sois el primero en verle. ¿Os lo llevareis?
-Así es. Depositadlo en mi caballo.
-Ra os bendiga.
El comerciante egipcio colocó la caja de madera sobre el lomo del caballo de aquel personaje que se decía un sacerdote de árboles en otro reino. Una vez asegurado, depositó el resto de los víveres en la pequeña carreta que arrastraba el equino. Una vez pagada la mercancía, despidió al sacerdote, entonces una mujer anciana se le acercó.
-¿Se lo habéis dado?
-Sí, estamos libres de cualquier maldición. Ha dicho que lo purificará.
-Entones ahora enterraremos el cuerpo bajo los pilares del Templo de Ra. La maldad ya ha cobrado la vida del joven Faraón Atemu., no permitamos que eso suceda a nuestro Faraón Seth.
El comerciante asintió, mirando una caja lejos en una esquina donde un bulto se ocultaba dentro de ésta. Un cuerpo sin corazón y desmembrado envuelto en grosera tela. Solo se distinguía de esa masa una manecita que jamás dejó escapar su medallón.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
Mar Muerto
Irkalla se mesaba su barba pensativo, sus ojos aquamarinos revisaban el pequeño cuerpo que Miskra sostenía frente a él; sin vida, luego de haber hecho por segunda vez aquél conjuro que suponía debía devolverle la vida.
-Su corazón –dijo al fin.
-¿Milord?
-Mi pequeña hija ha nacido con un corazón frágil a causa de los estragos causados por insensatos. Los guardianes de árboles hicieron bien su trabajo con el Corazón Ilegítimo, pero no fue suficiente.
Miskra miró el cuerpo frío con renuencia.
-Necesito dotarle de magia, eso lo podremos hacer en casa. Vámonos.
El general no se movió, confundido. La pequeña estaba muerta, no le cabía duda. Un medallón incrustado en su pecho de piel blanca casi translúcida era acaso lo único que no cuadraba en su aspecto humano por completo.
-Mi querido Miskra, como os aprecio por esa mente tan inquieta de vos.
-Perdonad, milord.
-Os explicaré. Mi Kaho necesita de otra fuente de magia para sobrevivir. Algo que no esperaba pero no me sorprende. Habremos de buscarle más poder y meditándolo, eso hace a mi plan increíblemente poderoso pues mi pequeña dominará ambos extremos, luz y oscuridad. Y eso la hará invencible frente a cualquier hechicero de este mundo... muy especialmente dos.
-Sí, mi señor.
-Envolvedle bien.
-¿Y cómo tomará esa magia, milord?
Irkalla miró las manecitas inertes de la niña. Las tomó con ternura para besarlas.
-Sus manos, blanco y negro, bien y mal, luz y oscuridad, derecha e izquierda, principio y fin… Kaho no tendrá rivales pues de su sangre brota su poder.
Los dos hombres se caminaron por sobre el agua salada por la magia de Irkalla quien montó su caballo al igual que Miskra para partir con su escolta y soldados rumbo al Palacio de Piedra Negra, hogar del Dios Oscuro.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
Los violines cantaron su melodía de minueto al ritmo del maestro que les dirigía con su porte orgulloso y sereno bajo la vista del Rey de Francia que bailaba gustoso con las damas de su corte, aprovechando cualquier roce para susurrarle propuestas indecorosas que las sonrojaban y apenaban a la vez que la Reina cruzaba mirada con ellas.
El Conde de Buffon se abanicaba perezosamente haciendo su propia caza de delicadas presas aunque su gusto era por jovencitas casi niñas a las cuales desfloraba como si fuera un deporte. Sus ojos verdes recorrían predatorios sus posibles presas. Una niña en particular llamó su atención por su cabello rojo primorosamente peinado y adornado con rosas en botón. Su vestido rosa pálido de encajes blancos le entallaba su busto plano y se extendía apenas pomposo en su falda que dejaba ver sus zapatos de niña con un gran moño rosa.
El Rey terminó su minueto y la Corte aplaudió fervorosamente, rodeándole para alabarle en turnos. El Conde optó por hacer su movimiento, acercándose rápidamente a la pequeña para tomar su brazo y jalarla fuera antes de que pudiera decir o hacer algo.
Llevó a la pequeña a la más cercana sala donde casi la arrojó al sedoso sofá.
-No temáis, florecilla mía. Solo es que vuestro rostro es demasiado hermoso y deseo pintaros tal cual estáis antes de que la fatiga de la fiesta arruine vuestra frescura. ¿Podéis hacerle ese favor a este inocente Conde?
La chiquilla parpadeó confundida y algo temerosa para luego sonrojarse, bajando su mirada. Sus finas manos jugaron con su vestido.
-Solo soy la dama de compañía de Mademoiselle Chevalier, excelencia, no poseo belleza alguna.
-Que cosas dices con tan preciosa voz. Dejadme sentar a vuestro lado –el Conde no perdió tiempo y se sentó muy pegado a ella- Permitidme memorizar vuestras facciones. Debo hacer cálculos para mi pintura.
-Pero no veo caballete alguno ni óleo con que me pintareis –los ojos rojizos de la chica recorrieron la sala mientras el Conde acariciaba su rostro.
-Todo buen artista primero hace un estudio.
-¿Estudio, excelencia?
-Así es, debo conocer vuestro cuerpo antes de plasmarlo en el lienzo.
La chica se removió, inquieta, tratando de alejarse.
-Yo… no lo sé… excelencia…
-No os preocupéis, preciosa.
-¡Excelencia! –la niña se echó hacia a tras al sentir el aliento del Conde en su cuello.
-Sois tan perfecta…
El hombre le besó salvajemente, aprisionándola contra el sofá de seda con su cuerpo regordete al tiempo que una de sus manos acariciaba bruscamente su pecho y cintura. La pelirroja sollozó en su boca de aliento alcohólico.
Una vez que le hubiese recostado, el Conde le subió su vestido, forcejeando con sus pies que trataban en vano de patearle.
-Sois una diosa y voy a adoraros -jadeó el hombre, dejándose caer entre sus delgadas piernas.
La pelirroja le miró con sus ojos llenos de lágrimas. Entonces una risa malvada escapó de sus labios. el Conde parpadeó confundido pero antes de que pudiera decir algo una mano fina pero increíblemente fuerte se clavó en su ancho cuello impidiéndole la respiración. En un abrir y cerrar de ojos los papeles se habían invertido.
-¡Imbécil! –rugió la chica- ¡Sois todos unos cerdos¡Solo pensáis en una mujer para satisfacer vuestros asquerosos deseos!
Los ojos carmesí de la chica fulguraron cuales llamas vivientes mientras seguía asfixiando al hombre. Una segunda mano se coló al pantalón del Conde buscando su miembro.
-Tenéis el cerebro en el lugar equivocado. Permitidme colocarlo en su sitio correcto.
Los ojos del hombre se abrieron desorbitados cuando un chasquido seco se hizo escuchar. Su órgano viril quedo a su vista unos segundos antes de que la pelirroja le obligara a tragárselo, quebrando su cuello en el acto.
Convulsiones y un chorro de sangre junto con un espantoso dolor fueron lo último que sintió el Conde antes de fallecer. La jovencita se le acercó, mirándole como si fuera una tierna mascota.
-¿Acaso creísteis que vos me elegís? Fui yo quien os escogió. Yo rijo mi propio destino. Soy libre.
De un tirón abrió la costosa casaca y camisa de seda, dejando a la vista de un pecho obeso una cadena con una llave.
-Y muy pronto seré la mejor.
Tomando la cadena, la chica se dio vuelta para salir de ahí hasta la propia recámara del Conde donde buscó un extraño cofre de oro que abrió con aquella llave. Una sonrisa apareció en su rostro al sacar de aquél un carcomido mapa alquímico.
-Siempre los más corruptos guardan estos tesoros. El Grimorum Arcanorum es mío al fin. (1)
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
-¿Has hecho tu tarea, Kaho?
-Sí, padre. El Libro de las Sombras es un cuento de niños para mí.
-Lo usarán contra ti.
-No servirá. Usa el poder de las tinieblas y tengo el hechizo de la Luz aquí.
-¿Qué me dices de las demás cartas?
-Es difícil decirlo, padre. Ahora que Khura y yo hemos recuperado la nuestra creí que eso me explicaría muchas cosas pero solo me dejó con más dudas.
-¿Cómo cuales, hija mía?
-¿Por qué ellas son siervas, por ejemplo?
--Porque no han visto la verdad como ustedes.
-Mejor que desaparezcan, son patéticas así.
-Todo a su tiempo, amor mío. ¿Cómo va mi Sello?
-¡Ah, padre¡Está terminado!
Una muy entusiasmada Kaho tomó la mano gruesa de Arnas para llevarlo casi corriendo hasta una cámara donde un círculo mágico estaba dibujado con signos extraños. Ese sello ocupaba todo el piso de la cámara.
-Aquí, aquí y aquí irán las lápidas de los ojiazules –explicaba Kaho dando brinquitos alrededor- En el centro, puesto en su ojo, estará circundando el nombre de Kisara y en el punto de nacimiento estará Seto y cuando Khura rompa su coraza tú podrás abrir el sello y el Dragón de Luz habrá nacido, Padre.
Arnas le sonrió satisfecho.
-Mi pequeña Kaho. Eres maravillosa.
-Aunque… -la pelirroja se mordió un labio- No sé si funcione del todo, padre…
El hombre la llamó a sus brazos y la chica obedeció al acto, abrazándole cariñosamente.
-Hija mía –Arnas le acarició la cabeza- Funcionará como debe hacerlo, no te preocupes. Se que estás temerosa porque tu corazón no te deja crear hechizos más prodigiosos pero una vez que todo se complete serán la gran Archimaga que hará brotar nuestro Paraíso.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
-¿Moki¡Moki!
Mokuba abrió sus ojos, confundido y encontrándose en una habitación modesta con una Kaho que le sacudía.
-¿Estás bien?
El pelirrojo se sentó para observar. Estaba en una amplia cama que no parecía de una chica sino más bien un refugio aunque lleno de libros, catálogos, cuadros y muchas golosinas.
-¿Cómo...?
-¿No lo recuerdas? Ay, bueno. Te fui a buscar a tu escuela y quisieron secuestrarnos, entonces me ordenaste correr y te quedaste a pelear como caballero de la Mesa Redonda por mí. Je.
-¿E-En serio? No recuerdo nada. Creo.
-Sí… pues… ay Moki, las cosas haya afuera se pusieron feas y mi hermano nos trajo aquí… -Kaho bajó su vista al codex que tenía en el regazo.
-¿Ese es tu codex?
-Sip.
-¡Ah¡Qué maravilla¿Lo encontró mi hermano?
-Así es. Él debe venir en cualquier momento. No falta.
El pelinegro miró más de cerca el codex. Si bien tenía papiros antiguos, éstos estaban bien protegidos por una especie de mica especial que los cubría por ambos lados y estaban enganchados por arillos metálicos a una encuadernación superficial.
-¿Qué leías?
-Oh… un salmo que escribió una joven egipcia. Ella habla de cómo ve a su hija recién nacida, producto de un amor prohibido entre ella y un sacerdote que le había jurado huir con ella para ser felices pero como ya sabes en esos cuentos, él le mintió y la abandonó a su suerte. La chica jamás dejó de amar al sacerdote, este salmo es su canto a él, pidiéndole a Ra que los dejara estar unidos como una familia.
-Wow. Suena algo triste.
Kaho avanzó páginas más adelante.
-Es un salmo largo como los solían hacer. Ella cuenta que el sacerdote tomó a otra mujer por concubina y cuando ésta murió al dar a luz a su hija bastarda se quedó con la bebita y hasta la nombró su sucesora, cediéndole su lugar al morir más tarde. La joven madre, que siempre esperó que su sacerdote regresara, sufrió una enrome decepción que quebró su corazón. Probablemente de eso murió.
-Cielos, Kaho…
-Naaa… no me hagas caso. Lo que si es verdad es esto.
Kaho levantó su codex en otra página, dejándole ver a Mokuba un grabado de un pequeño príncipe egipcio que lucía exacto a una versión infantil del pelinegro que se reconoció a sí mismo, boquiabierto.
-Seguro que este codex fueron piezas que ayudantes de excavaciones hurtaron sin saber que se llevaban. Cosas que tiene el destino. ¿Recuerdas mi vieja teoría? Siempre tuve la respuesta conmigo. Este es el hijo de Seth y Atemu, el famoso Aibou.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
(1) Grimorum Arcanorum, se dice el libro por excelencia de la magia, se cuenta que el Mago Merlín le usó así como otros grandes magos. Uuuuhhh…
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
Continuará…
