TITULO: El Fin Absoluto del Mundo.

AUTORA: clumsykitty.

GENERO: Pos yaoi, que otra.

PAREJAS: Puf, muchas.

SERIE: Yu-Gi-Oh.

DISCLAIMERS: Que cosas no, los personajes de YGO no son míos.

WARNINGS: Que conste, difícil el asunto, si no gusta no lean, pues. Que raro que estén leyendo esto si ya saben que encontrarán por aquí.

SUMMARY: Cuando la esperanza muere al último y el amor se marchita, el fin de todo se avecina. ¿Quién puede detener la catástrofe?

NOTA CLUMSY: Para la pequeña Goth que hace de las suyas también. Para Arashi que me ha dejado conocer una triste historia de amor verdadero.

Gracias muchas a quienes me leen y otras tantas a quienes me dejan un review por ahí. Gachias.


Siento un vacío entre tú y yo
entiende nunca fuiste mi amor
cuantas mentiras tengo que inventar
para alejarte de una vez de mi.

Siento una pena que quisiera gritar
a veces se ama a quien no se debe amar
quise quererte engañándome
te fui quemando sin pensar.

(Sé como duele, Karina).

CAPITULO XXV. SEPARACIÓN.

Joey se sacudió la ceniza que cayó sobre él, sobando de paso su adolorido cuerpo de la caída que había sufrido de Slaifer. Tosió un poco al sentir ese aire enrarecido y caliente pasar por sus pulmones ya cansados de respirarlo. Deshaciéndose del polvo del suelo de una ciudad en ruinas, se puso de pie con algo de trabajo, mirando alrededor para ver si veía a alguien del grupo.

Sus ojos cayeron a lo lejos, sobre Seth. El sacerdote miraba hacia lo que era el centro de la abandonada ciudad como si algo le llamara la atención. El rubio frunció su ceño y se giró en la misma dirección donde veía sin encontrar nada más que desolación y ruinas. Sin embargo, su decepción no duraría mucho.

Una ola de nubes gruesas y negras apareció en el cielo claro, ensombreciendo todo al tiempo que bajaba sobre la ciudad. Joey se quedó paralizado. La temperatura descendió al grado de hacerlo tiritar. Con ojos perplejos observó como de entre las nubes un enorme dragón negro emergía, dejando ver sus largos y retorcidos cuernos y unas alas que al rubio se le antojaron tan amplias que abarcaban toda la cuidad. Era un dragón gigantesco.

Aunque guardaba cierto parecido con su carta, estaba aún más evolucionado. Sus ojos rojos relampagueando como llamas al tiempo de descendía de entre las nubes como si fuera una ilusión creada por las mismas. Entonces Joey se volvió a Seth.

El ojiazul miraba hipnotizado la escena y sus largos cabellos flotaban como suspendidos por un aire inexistente a su alrededor, lo mismo que sus ropajes se ondeaban elegantes, ganando poco a poco un brillo nítido en toda su persona. Joey cayó en la cuenta que estaba por hacer lo mismo que cuando anduvieron en esas dunas blancas. Con el pecho agitado, el rubio miró al Dragón Negro y luego a Seth. El dragón estaba provocando un nuevo desequilibrio en el ojiazul.

-No…

Un rugido extraño brotó de su pecho. Joey se plantó sobre sus pies con firmeza, apretando sus puños y mandíbula con la mirada fija en el descomunal dragón que se deslizaba sobre la ciudad, inflando su pecho en un gesto de incendiar el sitio con su fuego. El rubio apretó sus ojos, buscando concentrarse.

/Detente…/

Una punzada de dolor le invadió. Casi se dobló por lo mismo pero volvió a erguirse, apretando aún más sus párpados para no perder concentración. Con un respiro hondo, repitió su pequeño mantra improvisado.

/Detente…/

El Dragón Negro detuvo su ataque destructivo, dudando. Sus enormes y largas alas se batieron lentamente mientras movía su cuello, olfateando. Sus ojos rojos cayeron en Seth.

/ ¡Detente! /

Las nubes descendieron con el dragón hacia el antiguo sacerdote que parecía más estar en trance que otra cosa. Una escamosa y gruesa garra negra se extendió sobre su figura dispuesta a tomar a Seth.

/ ¡DETENTE! /

El tiempo pareció detenerse. El dragón que casi tomaba a Seth ya no se movió ni las nubes que le rodeaban. Incluso el mismo castaño parecía congelado en su posición, así como sus ropas y cabellos. Joey jadeó como si el aire le faltara, abriendo sus ojos para mirarles. Por su expresión se notaba el inmenso dolor punzante sobre su corazón que sostenía a ambas manos, como si su pecho fuera a partírsele en dos.

-S-Se… S-Set…

Sus piernas le temblaron. El Dragón Negro giró sus ojos rojos a él.

-¿Acaso crees que tu inútil intento va a impedirme unirme a Seto?

-¿Q-Qué…?

-Yo soy el Dragón Negro de Ojos Rojos.

-No…

-Seto me pertenece. Tú debes morir.

Joey apretó más sus manos, casi estrujando su pecho cuando la punzada creció a un nivel insoportable para el rubio que cayó en su costado, retorciéndose de dolor. Una risa malvada hizo eco en el aire. Pero Joey no desistió, con un nuevo gruñido ahogado, se puso de pie, tambaleante como un borracho, sus cabellos estaban ya húmedos del sudor que le empapaba.

-¡YO SOY EL DRAGÓN NEGRO DE OJOS ROJOS!

Un alarido escapó del pecho del enorme dragón. Las nubes se agitaron furiosas al tiempo que su cuerpo hizo un giro casi imposible. Pesadas escamas negras cayeron a la ciudad. Sus alas derrumbaron los pocos edificios en pie que aún quedaban y sus garras se convulsionaron. El dragón estiró su cuello a Joey con la clara intención de atacarle.

Justo en ese momento un haz de energía negra le asestó un golpe en su cuello, atravesándole. El dragón rugió adolorido y esta vez se retorció con tal violencia que una tormenta de escombros y ceniza ardiente se levantó. Joey corrió casi a gatas por Seth, jalándole antes de que un pedazo de metal le golpeara al salir disparado por el impacto del Dragón Negro cayendo al suelo.

Inquieto por el suceso, el rubio miró por sobre su hombro para ver de donde había provenido ese ataque. Grande fue su sorpresa al ver a Hades caminar tranquilamente hacia ellos, inmune al desastre que le alcanzaba y que no le tocaba en lo absoluto. Joey, por instinto, abrazó al ojiazul contra su pecho.

-Mi amada me ha enseñado tu idioma, ella me envió –dijo Hades, arrodillándose frente a ellos.

-¿Cómo…?

-El corazón.

-Yo… no entiendo…

-Solo el corazón sabe… solo el corazón vence… solo el corazón salva…

-Esto… Hades…

Lo que Joey hubiera querido decir, se perdió al ver otro dios aparecer de la nada, a su lado. Este dios era completamente diferente al griego. De largos cabellos cobrizos y quebrados, un par de ojos aquamarinos con una piel aceitunada, una armadura de plata y oro con brocados y talladuras de alas, toros y grifos. Al rubio se le antojó más como un guerrero persa que otra cosa. Hades sonrió aparentemente divertido, poniéndose de pie al lado del dios árabe.

-Gané, Mitra.

-¿Qué esperan para hacer el Ouroboros? –le dijo aquél a Joey.

-¿Uh?

-No saben. Mira –Hades señaló a un semiconsciente Seth en brazos de Joey.

Mitra se volvió a la tormenta de escombros y levantó una mano. Tomó algo que el viento le trajo y luego lo puso en la palma de Joey.

-Ouroboros.

Hades rió de nuevo, dándose vuelta junto con Mitra. Ambos desaparecieron como llegaron. El rubio miró su mano y lanzó un gemido ahogado.

Tenía en su poder la Carta del Dragón Negro de Ojos Rojos.


-Oye viejo, ¿alguna vez soñaste con viajar sobre el lomo de un dragón? –preguntó Tristán a Joey.

-Pues no, así no.

-¿No es fabuloso?

-Sí.

-¿Te comió la lengua el ratón o que pasa contigo? Ah, ya sé. Te preocupa Yugi, bueno, bueno; pero nada malo le ha de pasar. Contra Meiran nadie puede.

-Jejeje, sí.

-Arriba esos ánimos, hermano.

-Me siento algo triste.

-Pero, ¿por qué?

-Pues… -Joey miró hacia abajo donde se veían ruinas de una ciudad- Esto… es en parte mi culpa…

-¿Ah? ¿Cómo está eso?

-Es que… yo… bueno yo tuve algo que ver con la muerte de Seto…

Tristán abrió sus ojos como platos, girándose de Joey al frente donde Seth estaba bastante cerca del Faraón que guiaba a Slaifer a través de nubes que dejaban ver el lúgubre paisaje debajo de ellos.

-¿Bromeas, verdad?

-No…

-Un momentito, yo no entiendo como puedes ser culpable si…

-Es complicado de explicar.

-Sinceramente, viejo. No tengo más a donde ir.

-Jejejeje… es que… ¿puedo contarte un secreto?

-¡Uf! ¡A ver!

-Pues, ¿recuerdas que solía ser el niñero de Mokuba?

-Oh, sí. De hecho me extraño cuando lo dejaste, el pequeño se notó algo herido cuando lo hiciste. No te pregunté porque tú también estabas raro.

-Bueno, una razón fue Seto.

-No me digas, te humillaba como solía hacerlo en la prepa.

-No, Tristán. Lejos estaba de eso.

-¿Entonces?

Joey abrió su boca para contestar pero Marik les calló.

-¡CUIDADO! ¡A SU IZQUIERDA!

-¡JOEY!

Una llamarada de fuego les alcanzó y aunque Slaifer se desvió del ataque, el rubio fue tocado por esa llama mágica que lo tumbó. Un tornado de la nada cayó del cielo brillante y comenzó a sacudirlo todo con una fuerza tal que el dios egipcio tuvo que hacer una pirueta brusca para retomar su equilibrio.

Cuando estuvieron lejos de ahí, Marik se deslizó junto con Tristán hasta Atemu.

-¡Joey cayó!

-¡Seth también! –respondió este, buscándolos con la mirada.

-¡NO PUEDE SER!

-¡Tenemos que volver!


-Aquí espérales. No te muevas si aprecias tu vida.

-Bak… Miskra, ¿Por qué no…?

-Ahí vamos de nuevo con esa cantaleta. No, no, no.

-Pero…

-Suerte, que la necesitarás, Ryou.

Sin más, el general miró al joven desde su caballo hecho de carbones ardientes que humeaban sobre su figura, dándole un aspecto macabro. Un arco apareció detrás de Miskra que cruzó a galope por el, desapareciendo junto con el portal. Ryou se dio media vuelta, mirando las ruinas de una metrópoli donde el viento silbaba por entre lo que quedaba, junto con la ceniza del aire caliente. Pasando saliva, el albino se sentó a esperar por sus amigos, sin moverse.


"-¿Has pensado que será de nosotros en el futuro?

-Claro que sí. Yo seré tu amo y tu mi cachorro fiel.

-Agh, hablo en serio.

-Yo también.

-¿Crees que tú y yo tengamos futuro?

-¿A que viene pregunta tan idiota?

-¡Estoy preocupado!

-Vaya, pues que cachorro tan preocupado.

-Seto, es en serio.

-Pues lo que sea, será. No sé porque tienes esas dudas sin sentido, Joey. Si hay algún problema, lo resolveremos. Si pasa algo, lo enfrentaremos. Pero ni aún yo puedo saber que nos depara el futuro. Solo podemos prevenirlo.

-Me gustaría algo más seguro de tu parte.

-Tienes mi cariño."

Seth miraba como el rubio caía a una velocidad alarmante hacia las ruinas de la ciudad mientras él solo se deslizaba como si fuera una hoja al viento. Invocando un hechizo, el sacerdote hizo que las cenizas que flotaban formaran una nube alrededor de Joey a modo de colchón contra su segura caída.

Los ojos amielados del rubio se posaron en él y Seth retrocedió en vuelo, haciendo de su hechizo vacilar lo suficiente como para caer en el suelo de escombros.


Kaho, la Maga Roja, miraba sus dos báculos en cada mano, sonriendo. La esfera de magia en cada uno de ellos resplandecía con la luz y la oscuridad correspondientes. Siglos de buscar y absorber todos los hechizos, conjuros y magias milenarios por fin estaban creando su más ansiado anhelo de ser la Archimaga cuyo poder no conocería límites y con el cual lograría su esperada venganza. Ya había devorado el Grimorum Arcanorum, los conocimientos de todos los magos existentes le pertenecían.

-Ya nadie puede detenerme.

Alzó ambos báculos frente a ella. Sus ojos carmesí chispearon mientras alzaba un conjuro. Chocando ambas esferas mágicas, creó una llamarada que salió disparada al aire. Con un dedo, Kaho señaló a lo lejos donde su visión de maga le dejó ver un dragón egipcio serpenteando por el aire.

-Vamos a jugar.


Joey se estremeció al ver su carta en su mano, casi olvidando por un momento que sostenía a Seth. Miró a donde aquellos dioses habían desaparecido, a donde la tormenta de escombros se desvanecía y por último al castaño que le miraba con una expresión neutral, casi muerta.

-No me toques.

-¿Qué? –Joey bufó, soltándole.

El ojiazul se puso de pie, sacudiendo sus blancas ropas.

-Todavía de que te protegí…

-Mi peligro no te concierne.

-¿Ah sí? –el rubio se plantó frente a él- ¿Entonces por qué me salvaste?

-Imaginas cosas.

-Ah, no… no, no, no, no. Lo vi.

-Joey –Seth clavó una fría mirada en él aunque su nombre pronunciado por el sacerdote hizo estremecer al rubio- Tú estás con Yugi, esa fue tu decisión y ahora deberás enfrentarla.

-Pero, eso no es…

Sin darle tiempo a terminar. Seth se giro para caminar lejos de Joey que gruño enfadado por la actitud del castaño.

-¡No hemos terminado!

Seth le miro por el rabillo del ojo antes de levantar un brazo al aire que sorprendentemente vacilo como si lo que estuviera tocando fuera una pared de agua cristalina. Joey parpadeo confundido y se detuvo en seco. El ojiazul repitió su toque y esta vez todo comenzó a dar vueltas vertiginosas alrededor de ambos, el viento lleno de cenizas y tierra empezó a latigar a Joey el cual tuvo que cubrirse con sus brazos para protegerse.

-¡Seth! ¡Joey!

Ambos se giraron hacia la voz del Faraón que brillaba por el ojo de Ra que resplandecía en su frente, llegando en lomo de Slaifer junto con Marik y Tristán que llamaron a voces al par. Atemu levanto su cetro que hizo desaparecer aquel tornado mientras descendían cerca de los otros para bajar y correr a ellos.

-¿Están bien?

-Si, mi señor.

-Em…

-Fue el ataque del Mago Carmesí... o Maga, debiera decir.

-¿Lo dices en serio?

-Si –el Faraón asintió, mirando la ciudad- Pero no está cerca, no pude ubicar desde donde fue lanzado el ataque. Sin embargo…

-¿Qué sucede, Faraón? –pregunto Marik.

Las ruinas que caían en grandes pedazos por tal conmoción ya dejaban ver lo que al otro lado había, y que no era otra cosa sino un interminable desierto de arenas blancas donde se alcanzaba a ver un minúsculo punto en el horizonte. Atemu uso el Collar del Milenio, cerrando y abriendo sus ojos con alegría.

-¡Ryou!

Haciendo subir a todos, volaron hacia el albino que también sonrío aliviado al verles acercarse. Y aunque cuando se encontraron compartió su alegría, su expresión mostraba más bien algo de azoramiento, lo que no paso desapercibido por Atemu.

-¿Sucede algo?

-Nada… bueno… si… es que…

-¡Me matas de la espera, Ryou! –exclamo Tristán.

-El general…

-¿Si?

-Es… Bakura…

-¿QUEEEEEEEEEEE?

-¿Estamos hablando del general de Irkalla? ¿El que por poco nos mata?

-Si, Joey.

-¡Ah!

-¿Sucede algo más, no es verdad?

-Yo… Faraón…

-Oigan…

-Espera, Tristán, es importante –le calló Marik.

-Pero…

-Habla sin reservas, Ryou.

-Bueno, verán, él…

-¡Oigan!

-¡Tristán!

-¡Miren arriba, maldita sea!

Así lo hicieron, el cielo comenzó a cambiar drásticamente, de su color blanco brillante a una ola multicolor que se partía como si fuera un rompecabezas de millones de piezas que se detuvieron. Todos miraron consternados. Entonces esas piezas cayeron como lluvia frenética sobre ellos y todo lo demás. Slaifer les protegió con su cuerpo mientras contemplaban asustados como todo era atacado por algo que no era ni tierra ni nada que se le pareciera. Esa extraña lluvia no duró mucho. Así como comenzó, acabó.

El dios egipcio se elevó al aire, dejándoles ver el nuevo paisaje. Incluso Atemu se sorprendió. Era como si de pronto se hubieran transportado al Paraíso. Donde hubiera destrucción y ruinas ahora eran prados verdes llenos de flores multicolores y bosques a lo lejos con un lago por un lado, cordillera de montañas por el otro y columnas y arcos de piedra extraña con símbolos tallados en relieve. Aún más sorprendente era lo que vieron sobre ellos.

-Díganme que eso no es…

-Es…

Como una imagen holográfica tridimensional, el cielo no era otra cosa que un mapa cósmico de galaxias, estrellas, etc., que se movían lentamente como llevados por una marea circular; cruzándose, desapareciendo y apareciendo. Estrellas naciendo y muriendo. Resplandores brillando intensamente y apagándose. Todo moviéndose en esa especie de marea que asemejaba por mucho a una rosa floreciendo.

-¿Faraón? –llamó una voz suave y cantarina detrás de ellos.

El grupo se volvió. Frente a ellos se encontraba una mujer alta de piel morena aunque se apreciaba de porcelana. Sus cabellos negros y largos se hallaban peinados en un estilo casi similar a los de Seth, así como el color de su piel. Sus largos y elegantes ropajes atados a cordeles que parecían de oro por su resplandor acentuaban su figura. La mujer les sonrió a todos e hizo una reverencia.

-Bienvenidos…

-Isis…

El nombre pronunciado por Atemu puso a casi todos los pelos de punta, boquiabiertos, la diosa sonrió divertida y volvió a asentir, elevando un brazo.

-Por aquí…

Dándose vuelta, Isis comenzó a caminar por entre aquellos prados verdes. Atemu le siguió y todos los demás le imitaron, incluso Tristán se pellizcó para ver si no estaba soñando.

-Auch… nop…

-¿Estaremos en el cielo de los dioses?

-Eso parece, Ryou.

-Pero… ¿cómo llegamos aquí?

Todos se encogieron de hombros, siguiendo a la diosa que caminaba -más bien flotaba- por entre aquel paisaje casi surrealista. Atemu se atrevió a alcanzarle, caminando a su paso.

-¿Por qué?

-Los dioses siempre se inclinan ante el Ouroboros.

-Pero… -el Faraón se volvió a Seth y Joey, más atrás- Aún no se ha hecho.

-Y sin embargo, esta vivo –le sonrió la diosa.

Atemu ya no dijo nada. Caminaron siempre siguiendo a la diosa por aquellos parajes hasta que finalmente terminaron a donde se lograba ver su templo que el Faraón levantara y fuera la vieja Tienda de Juegos.

-¡Ah! ¡No puede ser! –exclamó atónito Tristán.

-Ese es su problema –rió Isis, volviéndose a ellos.

-Gracias –Atemu hizo una reverencia, que los demás copiaron al instante.

Isis inclinó su cabeza y una estela de luces le envolvió para desaparecer. Aún sorprendidos, el grupo se encaminó al templo.

-Oye, Atemu, ¿nos cayó encima la casa de los dioses?

-Jejejeje… -el Faraón se volvió a Tristán- Es una manera muy práctica de describirlo. Sí.

-¿Por qué Isis nos guió? –quiso saber Marik.

-Porque… bueno, digamos que hay una presencia que le atrajo.

-¿Uh?

Sin más explicaciones, Atemu siguió caminando. Joey miró a Seth y luego a Atemu antes de meter las manos en sus bolsillos, caminando entre aún los verdes pastos. Llegaron al templo donde todos estaban durmiendo menos Ozha y Honkie que les vigilaban como estatuas sin moverse. El ser plumífero, al ver al rubio, chilló alegre para ir corriendo a su encuentro y darle su ya acostumbrado picotazo en la cabeza.

-Jamás te quitaré esa maña.

-Honk.

-Algo sucedió allá afuera –dijo Ozha al Faraón que asintió.

-Nos hemos movido al reino celestial.

-Oh…

-¿Eso está mal?

-No, Faraón. Pero supongo que estamos aquí por una razón poderosa que no nos durará mucho, ¿verdad?

-Así es, pero no nos acongojemos por eso en este momento. Ryou ya está a salvo con nosotros. Ahora debemos enfocarnos en la siguiente tarea.

-Odio que hablen como si todos les entendiéramos –reclamó Joey.

-De todos modos aunque te explicara, tu hueca cabezota no comprendería. Eres necio con ganas.

-Ozha…

-Ryou –llamó Atemu- ¿Qué fue lo que te dijo Bakura que te puso así?

-Nada…

-Uh, ese nada no suena bien.

-Tristán…

Ryou entró a su habitación en silencio. Marik y Tristán intercambiaron una mirada y luego se retiraron también.

-¿Necesitas algo, Joey?

-No, nada de ti –gruñó el rubio al Faraón, igual dirigiéndose a su cama, seguido por Honkie.

Cuando solo quedaron Seth, Atemu y Ozha, éste último se volvió a ellos.

-¿Están seguros de lo que harán? –ambos asintieron, Ozha suspiró- Esto no debería ser así. Es que… no dará el mismo resultado…

-Estoy dando más tiempo –murmuró Atemu.

-Pero aún así, Faraón. Es decir, ¿qué clase de arreglo es? Solo un dragón puede unirse a otro.

-Mi señor es al único en quien confío.

-Pero, Seth… ¿no pelearás por…?

-Esa pelea se perdió hace tiempo, Ozha –interrumpió el Faraón- Deberías saberlo. Hablaste de una aceptación sincera del dragón blanco, bueno pues, la estás viendo.

-Sí, pero…

-Tu causa provocó mi muerte –habló Seth- Tu necedad hará que desaparezca para siempre.

La gárgola bajó su mirada, avergonzado.

-Lo siento.

-Ese cuerpo de piedra te impide sentir, lo que dices es producto únicamente de tus memorias humanas. No lo expresas con sinceridad. Así que no tienes fundamentos para reclamarnos algo que ayudará a todos.

-Es que, Seth, yo…

-No más.

-Ozha, se que estás desesperado por hacer ver a Joey las cosas. Pero créeme cuando te digo que él ya no cambiará su opinión. Ha elegido y con ello, se ha marcado el destino de toda la humanidad. No nos queda más que resolver el futuro con lo que tenemos en nuestras manos. Ahora, debemos descansar.

Ozha asintió y dejó que Atemu se marchara para llamar aparte a Seth.

-Te lo pido humildemente. Habla con Joey.

-¿Qué habría hablar con él?

-La verdad.

-¿La verdad? –Seth hizo una mueca- Para ser el gran observador que clamas se te ha escapado el mayor detalle de todos.

-No, hablo de la verdad. La Verdad.

-Empecemos por ti, entonces.

-Yo… -la gárgola abrió sus ojos como platos- pero…

-¿Lo ves? Ahora déjame descansar.

Ozha bajó sus hombros con un suspiro, girándose sobre sus talones para alejarse de ir mientras Seth caminaba hacia su habitación con Mokuba. Cuando despertaron, horas más tarde, Atemu les explicó la nueva panorámica y su situación, para dar comienzo a los ritos sagrados para salvar de una vez por todas a Seth. Todos –o casi todos- se pusieron a trabajar para ayudar al Faraón y al sacerdote en la preparación, animados por los nuevos parajes y sintiéndose por ello un poco más seguros, aunque nadie olvidada la visita de Miskra, especialmente Ryou.

A la mañana siguiente, todos estaban ya listos para comenzar. Atemu y los Ishtar revisaban los objetos y conjuros que utilizarían para no tener sorpresas de último momento. Especie de tiendas de campaña se coloraron alrededor del templo, donde se prepararían todos de acuerdo a la secuencia de los ritos para facilitar más las cosas, así como la comida antes del festín que Ishizu y Meiran preparan para todos, dada la gran vegetación que ahora les rodeaba.

El barullo no paraba a medida que la hora se acercaba. Seth, que se había mantenido en silencio todo el proceso se alejó un poco, buscando algo de paz antes de lo que serían unos largos y laboriosos ritos matrimoniales.

-Seth…

El ojiazul se volvió, su mirada se encontró con unos ojos color miel.

-Joey…


"-Dime que todo estará bien entre nosotros.

-Pareces una niña insegura, Joey. Gimiendo por un melodrama que solo existe en su cabeza.

-¿No comprendes? Esto es serio… y además… tú…

-¿Yo qué?

-¡Agh! ¡Siempre lo haces todo difícil!

-Tú eres quien lo quiere ver difícil. ¿Qué sucede?

-Nada.

-El tenerle miedo a ti mismo puede traer graves consecuencias.

-¿Ahora me amenazas?

-No. Jamás podría hacer eso. Eres mi cachorro, y siempre te querré. Porque además eres un perrito que siempre anda perdido, y yo quiero ser el amo que te guiará seguro.

-Como sea…

-Joey…"


Continuará…