Capítulo 6
No eres nadie
Presente
El día siguiente a la boda prometía ser mejor, estaba soleado y hermoso. Yo ya llevaba despierta incluso desde antes que amaneciera. Miki no tardó en llegar, acompañada de una joven que conocí el día en que llegue, y una gran bandeja con desayuno.
-mi señora, me han mandado a presentaros a su nueva sirvienta.-dijo Miki con algo de tristeza en su voz.-esta es Julia.
La chica dejo el desayuno en la mesa del escritorio e hizo una reverencia.
-Julia, llévate ese desayuno, comeré con mi esposo.-le ordené. La chica se sonrojo violentamente.
-disculpe mi lady pero...bueno...-balbuceo.-el Duque desayuna en sus aposentos.-dijo Julia con un gesto de disculpa.
-bien en ese caso, quiero desayunar en el comedor por favor.-dije sonriendo intentando calmar a la chica.
-pero mi lady...a el Duque no le gusta usar el comedor más que en la cena.-dijo volviéndose a sonrojar.
Miki me volteo a ver y se mordió un labio. Ella sabía que yo era paciente pero hasta un cierto límite que Julia ya había cruzado. Sin embargo, yo no quería asustar a la chica.
-Julia has lo que te ordeno y manda a poner un servicio de desayuno en el comedor.-dije sonriendo, fingidamente claro está. La chica empalideció y apresurada tomo la bandeja y salió de la habitación.
Suspire, Miki me volteo a ver triste.
-mi señora ¿ya no me necesitará a su servicio?-pregunto afligida. Miki no tenía familia ni ningún pariente vivo, su preocupación más grande siempre fue ser despedida pues no tenía ningún lugar a donde ir.
-Miki no digas esas cosas. Te quedaras aquí pero como mi dama de compañía y amiga no como mi sirvienta.-le sonreí a mi pelirroja favorita. Ella también y suspiro aliviada.
-¿me ayudas a vestirme?-pregunte, ese era un cambio pues generalmente no lo pedía, yo lo ordenaba. Miki asintió satisfecha.
Salí de mi habitación completamente vestida, había elegido algo simple; un vestido de gasa de color azul pálido y un peinado recogido simple. Miki me seguía de cerca, le conté lo que había pasado la noche anterior con Mikuo y con Len, ella se sorprendió al saber que mi esposo no me había visitado en la noche ¿o lo hizo? No lo sé.
Llegamos al comedor, después de perdernos un poco por la gran casa, entre risas llegamos al comedor en donde solo habían puesto un servicio. Julia que estaba parada a un lado de la mesa rápidamente fue a poner otro servicio en la mesa.
Miki y yo desayunamos rodeadas de una amena plática. Mientras comíamos, revise la decoración del comedor para ver que cambiar, era espacioso y con muchas ventanas, las cortinas eran de color crema al igual que las paredes, los muebles eran de color caoba y todo lo de metal era dorado. En el centro de la habitación colgaba majestuoso un cuadro, una pintura de una jovencita bastante bella, era de ojos y cabello color aguamarina, vestía un vestido naranja y un collar de perlas con broche de diamantes. La chica del cuadro poseía una mirada dulce y facciones delicadas. La curiosidad pudo más que yo, pero solo nos encontrábamos Miki y yo en el comedor, poco después apareció la cocinera, la señora O'Brien para recoger los platos.
-disculpe señora O'Brien ¿usted sabe quién es la joven del retrato?-pregunte. La señora O'Brien me miro de manera arisca, torció los ojos y resoplo.
-es obvio, ella es la fallecida Duquesa Kagamine.-me miro desdeñosa.-usted jamás ocupará el lugar de ella, ella era la mejor y la más perfecta señora para esta casa, usted podrá haberse casado con el Duque pero entiéndalo bien...no es nadie para cambiar las reglas de esta casa. Última vez que se le sirve el desayuno en el comedor.
Diciendo eso se retiró a la cocina, no podía creer lo que me había dicho la desdeñosa señora O'Brien, pero ya luego le enseñaría una lección.
Más tarde me encontraba paseando por la casa, descubrí que en cada habitación importante como el comedor, la sala familiar, el salón, la salita de té y en el recibidor había un retrato de Miku. En especial me llamaba la atención él de la sala, me gustaban los colores que tenía pero en la pared en donde se encontraba no se podía apreciar nada bien, si bien una de mis tareas era honrar la memoria de ella, ese lugar no le hacía justicia en lo absoluto. Al fondo de la habitación había una pared vacía, bueno no del todo pues tenía unos cuadros pequeños que se perdían en la enormidad de la pared. Una muchacha pasaba por ahí con un sacudidor en mano, la llamé y me dijo que su nombre era Evangelina.
-mueve este cuadro a la pared de allá.-le dije a Evangelina señalando la pared grande del fondo. Ella me miro dudosa, torcí los ojos y me dirigí hacia la gran pared en donde quite los dos cuadros pequeños, le hizo una señal para que trajera el gran cuadro de Miku, ella temerosa me obedeció.
-cuélgalo ahí.-le señale la pared. Ella asintió con miedo en sus ojos y lo hizo. El cuadro lucia mucho mejor ahí, le daba más luz y contrastaba bien con la gran pared, yo sonreí satisfecha. Le di los pequeños cuadros a Evangelina y ella los colgó en el antiguo lugar del gran retrato.
-¡¿Qué crees que estás haciendo?!-Len interrumpió en la sala justo cuando Evangelina terminaba de colocar los cuadros chicos. Su rostro estaba rebosante de furia, me tomó por un codo llevándome hacia el retrato, su mirada estaba tan furiosa que casi pude jurar que en ese momento se acabaría mi vida.
-¡¿Por qué has movido el retrato?!-exclamó furaco. Me negué a contestar y solo veía aterrorizada sus ojos.
-¡Contéstame carajo!-me gritó mientras me tomaba por los hombros y me sacudía. Me estaba comenzando a lastimar su agarre, le imprimía mucha fuerza. Atemorizada solté unas cuantas lágrimas.
-porque...-me tembló la voz, estaba a punto de llorar y él no aflojaba su agarre en mis hombros.-porque ahí se ve mejor.
Como si fueran palabras mágicas, él paro de zarandearme; me soltó los hombros y miro el retrato mientras su seño se fruncía. Al parecer su furia se había calmado, tal vez ahora podía pedir perdón. Abrí la boca para disculparme, pero él volteo a verme con su fría mirada, cerró los ojos un momento y al siguiente segundo yo me impactaba contra el duro suelo de madera, mi mejilla ardía como si me la hubiera quemado, hasta el cuello me día por el impacto de su mano en mi cara. Tocando mi mejilla que de seguro se encontraba roja, le mire sin dar crédito a lo que veía. Len se agacho a mi altura y me tomo por el cabello para que levantara la cabeza y le viera.
-Nunca. Jamás. Vuelvas. A. Cambiar. Nada. De. Lugar.-dijo él señalando bien cada palabra, para después soltarme con fuerza, casi aventándome para que regresara al suelo. Él se levantó y sacudió las rodillas de su pantalón de vestir.- todo en esta casa se mantendrá como Miku lo dejó.- con eso se dio media vuelta y se alejó de ahí.
Pasado un mes no fue mejor que el primer día, volví a desayunar en mi habitación como cada día desde que Len me golpeo por primera vez, salvo que esta vez sola, pues Miki no sé a dónde se había ido. La semana anterior, después de que Len me golpeara solo por sugerir que él estaba un poco obsesionado por su esposa muerta, gran error mío. Miki y Julia me habían llevado a mi habitación, me derrumbe en lágrimas en los brazos de mi amiga mientras Julia me curaba la cara y los brazos, ahora tenía un gran morete en la mejilla derecha, además de que muchos otros repartidos por mis brazos, piernas, y costillas, cortesía de unos cuantos golpes que me dio durante esa semana. Durante la cena Len apenas si me miro y me regaño por haber desayunado en el comedor, diciendo que esas no eran las costumbres de la casa y que yo debía respetarlas, casi un mes de eso y seguía sin superarlo; también me riño por no haber asistido al almuerzo durante toda la semana, decía que era mi obligación como su esposa era acompañarle aunque no tuviera hambre, pues ese fue el pretexto que use para no asistir. Sin embargo, mi espíritu tan rebelde, como decía mi madre, salió a flote.
-¿podrías dejar de regañarme? Soy tu esposa, no tu hija.-le respondí mientras me paraba de la mesa del comedor. Len me vio como si le hubiera dicho una grosería en su cara. No me importo y me retire a mi habitación. Tal vez esa impertinencia me costaría otro buen golpe por la mañana.
No se me tenía permitido dormir en la habitación matrimonial que eran dos habitaciones compartidas y separadas por una puerta, en la segunda planta, pues casi seria profanar los aposentos de Miku, claro según Len, y eso era algo que no podía a pasar. Al menos me dejo dormir tranquila y no me persiguió para golpearme o algo así. ¿Cuánto tiempo podría aguantar viviendo aquí? Llevaba apenas un mes y ya odiaba a la famosa Miku ¿Qué no puede superarla? Bueno en realidad empecé a odiarla a la semana de casados.
Estaba claro que Len no quería una esposa, así que prácticamente fue obligado, igual que yo. Tal vez si hablara con él, podríamos llegar a un acuerdo en donde nos beneficiáramos los dos, considerando que pudiéramos hablar como personas civilizadas.
Generalmente cuando comenzábamos nuestras cortas y espaciadas pláticas, empezaban siendo corteses, incluso amenas, pero luego él buscaba de alguna manera para humillarme y dejarme en claro que yo en esta casa no soy nadie, que prácticamente soy una arrimada y que la única señora es Miku, y no importaba si estábamos solos o en compañía de algún criado. Cierto día durante la cena, que era más que nada cuando convivíamos, apareció la señora O'Brien, ella me insulto y Len no le dijo nada, cuando intente regañarla él comenzó a gritarme. Después de eso, generalmente yo también explotaba en gritos y decía alguna cosa estúpida que me la cobraba con un golpe, si así de hermosas eran las cenas de cada día.
Perdida en mis pensamientos ni siquiera toque mi desayuno. Sin duda estaba deprimida, extrañaba mi casa, mis amistades, inclusive a mi madre. Pero a quien más extrañaba era a Mikuo, como quería tenerle conmigo abrazándome, ver esa hermosa sonrisa que me calmaba tanto ¿Le volvería a ver? ¿Len le habría hecho algo? Si me hubiera esperado un poco más, los acreedores nos hubieran dejado en la ruina, y si yo fuera egoísta me habría casado con Mikuo sin importarme el futuro de mi madre ni el de mis primas. Basta, ya había hecho lo correcto, no podía dejar a las pequeñas Amelia y Ann sin un futuro, no era tan egoísta, no podía serlo. Me regañe mentalmente por pensar si quiera eso.
La puerta se abrió ligeramente, era Len, podía notarlo aunque yo me encontrara de espaldas a esta. Su sola presencia me erizaba el cabello de la nuca, además de que el ambiente se llenó de su colonia.
No me atreví a moverme, ni siquiera a tomar algo de la taza de té que tenía en frente, solo trate de controlar mi respiración y mantenerme serena. Oí sus pasos caminar hasta donde yo estaba.
-Rin.-dijo en voz baja, yo no me voltee a verle.
-Rin.-dijo aún más fuerte. Casi como una orden. Seguí sin inmutarme.- escucha sé que estas enojada pero necesito que cumplas con tu papel, tenemos invitados en la sala y tú eres, al menos a sus ojos, la señora de esta casa, por ende, su anfitriona. Así que te levantas y llamas a tu sirvienta para que te vista y te esperamos en la terraza.-casi podía sentir su mirada taladrándome la nuca. Tome la taza y la lleve a mis labios como si no me hubiera escuchado nada.
-¿Me has escuchado?-dijo con voz ligeramente exasperada.
-si te he oído...-dije calmada, di otro sorbo al té.-...pero no puedo presentarme ante nadie.-dije al fin. Deje la taza en la mesa.
-¿Por qué? Es lo único que tienes que hacer.-dijo claramente entre dientes, estaba enojándose y bastante; para su mala suerte yo también. Ya bastante enojada me pare para verle a la cara.
-¿por qué? ¿Me preguntas por qué? ¡No puedo dejar que la gente vea como mi esposo ya me tiene toda golpeada a apenas un mes de casados!-exclame. Len retrocedió con los ojos muy abiertos viendo mis múltiples moretes, en especial el de la cara.
-solo intento proteger tu reputación Len, discúlpame con tus invitados y mejor deja que la verdadera señora de esta casa, la gran Miku les sirva el té. ¡A mi déjame sola!-exclamé señalando la puerta. Él entrecerró sus ojos y sonrió sínico.
-¿todo tu enojo es por ella? -preguntó con esa sonrisa burlona que me asqueaba. -está bien, tú te lo pierdes, te disculparé con ellos.-se giró y se retiró. Cerró la puerta a su paso.
Ese día no salí hasta ya entrada la noche, de nuevo no acompañe a Len a la hora del almuerzo, pero la cena si era algo casi sagrado. Julia me vistió con un vestido de seda verde esmeralda, también decidí usar un collar de oro blanco que Mikuo me había regalado, mi cabello lo deje suelto, al fin y al cabo estaba en mi casa, o bueno algo así. Me dirigí al comedor y poco antes de llegar oí risas que provenían de él. Al parecer los invitados aún no se retiraban. Suspire y me erguí cuadrando los hombros. Sin embargo antes de entrar al comedor me quede en el umbral para ver la estancia, en donde me refugiaban las sombras, en la gran mesa había cuatro personas además de Len. Eran tres hombres y una mujer. Len estaba en la cabecera, a su lado derecho estaba un hombre de cabellera rojo obscuro y ojos verdosos, a su lado una joven con una cabellera esplendida de color rojo brillante, una piel suave y unos hermosos ojos color miel, del lado izquierdo de Len había un asiento vacío, luego había dos caballeros a los que no les pude distinguir bien los rostros pues me daban la espalda, solo pude ver que uno de ellos era de cabello aguamarina y el otro peli azul. Volví a suspirar y di un paso al frente, de inmediato todos callaron su plática y voltearon a verme. Casi me desmayo, entre felicidad y asombro al igual que miedo y ansiedad, el joven era Mikuo, mi Mikuo. Len me sonrió, con una sonrisa que tal vez para todos era de complacencia pero también había un rastro de cinismo. Mikuo me veía sin expresión alguna ¿Que estaba pasando aquí?
-querida.-dijo Len con voz cantarina.- ¿ya te sientes mejor?
Él se paró de su asiento y se dirigió hacia a mí, me tomo por un brazo con la mano izquierda, mientras que con la otra tomaba mi cara con extrema dulzura, acaricio mi morete con su dedo pulgar, luego me dio un casto beso en los labios. Estaba tan aturdida que no impedí que hiciera eso. Luego me tomo por la cintura y me escoltó a la mesa, al asiento a su lado.
-querida, quiero presentarte a mi primo, Ted Kasane y su esposa Teto.-dijo indicando con la mano libre a la mujer y a su acompañante pelirrojo. Ambos me sonreían.-él es Kaito Shion...-dijo y el hombre peli azul que se sentaba al lado de Mikuo, él me saludo con la cabeza.-...por último y me parece que se conocen de nuestra boda, mi excuñado, el Vizconde Mikuo Hatsune.
Ambos nos sentamos, yo estaba sentada entre Mikuo y Len. La joven, digo, Teto me sonrió.
-querida lamentamos tanto tu caída de las escaleras ¡mira ese moretón que traes! , al menos no ha pasado a mayores.-exclamo Teto. Tenía una voz musical y una espléndida sonrisa. ¿Así que me caí por las escaleras? Eso explicaría a la perfección mis muchos moretes. Bien no iba a desmentirlo.
-gracias, la verdad es que fue horrible, perdonen por no acompañarlos hasta ahora pero me sentía bastante mal.-dije. Len sonrió satisfecho de que haya seguido la corriente sin dudarlo.
-no te preocupes. Esperamos que te encuentres mejor-dijo Ted.
-la verdad fue mejor que descansaras cariño, no quiero que te suceda nada.-dijo Len y me tomo de la mano. Note como Mikuo cerraba los puños debajo del mantel.
Evangelina apareció con el segundo plato, me vio y pregunto que si quería la sopa, me negué pues no tenía mucha hambre.
-¿ya se encuentra mejor Duquesa?-dijo Kaito.
-por supuesto, aun un poco adolorida, pero continúen no quiero que interrumpan su conversación por mi.-dije.
-no era nada importante, solo hablábamos de las bodas, ¿no le parecen odiosas esas fiestas?-me pregunto Ted.
-sin embargo son necesarias.-interrumpió Kaito.
-un enamorado empedernido ¿cuantas llevas Kaito? ¿Tres? ¿Cuatro?-preguntó Teto.
-me parece que tres, eso es un poco excesivo-continuo Len.
-tu no digas nada primo, esta ya es la segunda.-interrumpió Teto.
Así continuaron su insulsa platica, sin que ni Mikuo ni yo participáramos en ella, bastantes veces en que se decía algo dulce o empalagoso Len volteaba a verme y me tomaba la mano, o la besaba, o me acariciaba el rostro o me acomodaba el cabello, o algo por el estilo; cualquiera que lo viera diría que era un hombre enamorado, yo solo me dejaba hacer sin expresar nada, pues sabía que era puro teatro para Ted y Teto.
Después de la cena pasamos al saloncito de té, ahí era un saloncito si bien espacioso, solo se usaba para el ocio, había varios conjuntos de mesas con dos sillas, un pequeño juego de sillones en donde la mesa de centro poseía un ajedrez, una chimenea, un piano y ventanales hacia el jardín. En la salita se ubicaron Len y Kaito a jugar una partida de ajedrez, que era atentamente observada por Teto y no tan atentamente por mí; Ted y Mikuo se enfrascaron en una plática sentados mientras bebían whisky escoses y comían aperitivos de manzana y queso.
-Rin querida ¿por qué no tocas un poco de música de piano?-me dijo Len distraído pues su concentración estaba en el juego. Asentí sencillamente y me dirijo al hermoso piano blanco. ¿Cómo sabia Len que yo era buena con este instrumento? De seguro Sir Honne le habrá contado eso...hablando de los Honne ¿en dónde se encontraban? Ellos también vivian en esta casa, pero no los veía prácticamente desde la boda.
Comenzó a tocar una canción, mi favorita "Balada para Adelina". Iba a la mitad de la melodía cuando vi a Mikuo acercarse hacia mí, Ted se sentó junto a su esposa.
-Lady Kagamine.-saludo mi Mikuo con un tono extrañamente frio. Sin embargo no pude evitar sonreírle. Él se recargo distraídamente en el piano.
-Mikuo estoy tan feliz de verte.-dije de todo corazón, fue como si mis suplicas fueran escuchadas. Él volteo la vista, seguía teniendo ese mismo semblante amargo que tuvo durante toda la cena.
-¿que tú no lo estás?-pregunte. La música que tocaba cubría el sonido de nuestras voces ante los oídos de los demás. Mikuo me miro dolido y eso me rompió el corazón ¿qué es lo que había pasado?
-solo vine a saludarla y a agradecer que me recibiera en su casa.-dijo. Parecía como si le hablara a mi madre o a una desconocida. De pronto sentí un poco húmedos los ojos.
-Mikuo ¿qué sucede? ¿Por qué me hablas así? ¿Ya no me quieres?-le pregunte.
-no es momento de hablar de eso.-respondió con tono frio y cortante.
-tienes razón, escucha, del lado derecho de las escaleras hay un pasillo, síguelo hasta que encuentres una puertas dobles muy grandes, ahí nos encontraremos en 30 minutos.-dije. Ni siquiera le di tiempo a contestar pues pare en seco la música, todos voltearon a verme, puse una mano en mi cabeza y expresión adolorida.
-lo lamento tanto, me he empezado a sentir un poco mal ¿me disculpan si me retiro a mis aposentos?-pregunte.
-tranquila querida prima te entendemos.-dijo Ted.
-¿qué te duele? ¿Quieres que te acompañe?-ofreció preocupada Teto. Negué ligeramente.
Kaito solo asintió y regreso su vista al juego. Len se paró de su asiento y se dirigió hacia mí. Con expresión preocupada y toda la dulzura del mundo me tomo la cara como lo había hecho antes.
-mi vida, me parece que ya es hora de descansar.-dijo sonriendo, mientras me paraba del banco del piano. Cualquiera diría que este hombre me amaba ¡Ha! Eso sí que es una buena broma. Sin embargo asentí.
-si me disculpan, se quedan en su casa.-dije. Después me retiré a mi habitación, la misma en donde me citaría con Mikuo en un rato, sin embargo tenía que cambiarme, trabajo que realizo rápidamente la eficiente Julia.
