Iniciación
— ¿Me ha extrañado, Príncipe?
Era una jaula pequeña, debía tener su cuello doblado y sus piernas muy juntas a su torso, apenas podía tener un espacio para inflar sus pulmones. Algo de luz entraba por el ojo de buey, sentir el calor del rayo del sol en su palma lo reconfortaba. En su espalda se marcaba la separación de las barras, al principio se sintieron frías pero con el tiempo logró acostumbrarse, al punto en que logró sentirlas hirviendo, tan calientes que necesitaba alejarse de ellas.
En su boca aún quedaba algo de sal, podía percibirlo cada vez que raspaba la lengua contra sus dientes. En sus rajados labios también, su piel se resecaba rápidamente, doliéndole hasta el más mínimo movimiento que la nariz hacia a la hora de inhalar y exhalar. Y aún tenía sed, mucha más sed que nunca, carraspeaba su garganta tratando de conseguir algo de saliva que engañara a sus labios, no obstante, sal fue lo único que encontró.
—Salga. Es libre, Lord Theon.
La noche llegó al igual que Ramsay Bolton. Theon tembló ante la inminente presencia del capitán. Ya no estaba en contacto con el mar, no podría volver a ahogarlo… ya no podría encontrar su libertad.
—Rápido, salga y huya.
La sonrisa en Ramsay tenía un brillo mayor al de la luna. La puerta de su diminuta jaula fue abierta, Theon observó conmocionado el lento desplazar de esta. El chirrido de la bisagra le inundó los oídos con cierta satisfacción.
—Vamos, apúrese, no pierda el tiempo. Escape ahora que hay una oportunidad. —La voz era dulce, embriagadora, saciaba su sequía.
Se aferró a la gruesa mano que se le extendió. Se irguió despacio, su cuerpo estaba contraído, sus huesos crepitaban en el levantamiento. Al estar alzado por completo, sus pies tardaron en responder, haciéndole traquetear unas cuantas veces.
—Gracias. —Susurró con su débil voz. —Muchas gracias.
El Capitán del Sangre le indicó las escaleras, Theon acarició una última vez la suave palma. Sus pies se alzaron a un paso paulatino. El calor de los faroles lo tocaba a medida que se acercaba a la escalera… estuvo tan cerca, tan cerca.
Entre la conmoción mezclada con el miedo y la felicidad, sus ojos, oídos y mente fueron cegados, seducidos. El estrepito que hizo el chocar de su cuerpo y la madera lo trajo de vuelta a la realidad, demasiado cruel.
Gimió al tocar el suelo, se había olvidado de la cadena que se amarraba a su tobillo izquierdo, ¿cómo pudo pasársele semejante cosa por alto? Apretó los dedos de sus manos entre sí y sus dientes crujieron, el golpe en la cabeza no le permitió hacer mucho más.
—Es muy divertido usted, Lord Theon. —Ramsay se echó a reír. — ¿Realmente pensó que lo dejaría ir? Pensé que era más inteligente, pero al parecer lo juzgue mal. —Las ruidosas pisadas aproximándose lo hicieron estremecer. —Ahora, levántese.
Sus piernas no le ayudaron la primera vez que quiso ponerse en pie. Sus rodillas se sacudieron, haciéndole lamer otra vez el sucio suelo. Sus largas uñas se lastimaron al aferrarse en la madera, cerró los ojos y respiró profundamente al incorporarse lánguidamente.
—Bien. —Ramsay tomó el largo y grueso látigo que le colgaba entre el cinto. —Quítese esos harapos.
El capitán se lamió los agusanados labios, Theon se mantuvo callado mirando al mar golpear contra el vidrio. «Me estarán buscando.» Su hermana, Robb Stark, o su padre, incluso Balon debería de estar recorriendo los mares para encontrarlo; él era su último y único hijo con vida, no lo dejaría morir, no volvería a cometer errores. «Me están buscando.» Se dijo sin dudarlo.
— ¿Me hará rogarle, Lord Theon? —Ramsay preguntó con una sonrisa de lado, al tiempo en que se tiraba el brazo hacia atrás, golpeando con el cuero la madera.
Theon chilló, el látigo había caído cerca de los dedos de sus pies. Pegó un saltito al escuchar el estruendo de la unión.
—Quítate los harapos. —Repitió con firmeza. —No me hagas repetirlo.
«Me están buscando.» Se dijo una vez más. «Alguien debe estar pensando en mí.» Trató de creer. Inició por la camisa que cubría su pecho, la tierra la había ennegrecido y la sal endurecido, antes era blanca y blanda al tacto. Sus brazos apenas contaban con la fuerza necesaria para estirarse.
La tela raspó en su curtida piel. Sus dedos acariciaron el tatuaje que tenía debajo de sus costillas derechas, un kraken pequeño y sencillo, no muy costoso para aquel entonces en que decidió tenerlo siendo parte de él. Había muchos más en su piel, todos ellos relacionados con el mar, pero este era el primero, era especial. Fue a sus quince años cuando pagó por él, era una demostración de que él era un Greyjoy; fue un recordatorio para sí mismo.
—Los pantalones, también.
No tuvo tiempo siquiera de dejar caer su camisa, Ramsay alzaba la voz nuevamente, con poca paciencia. Theon se apresuró, cada hebra de su cabello tiritaba del miedo. Se bajó los pantalones, dejando al descubierto su trasero pálido y sus delgadas piernas.
—Ve allí. —El capitán le apuntó la pared.
No perdió tiempo. Agachó la cabeza al pasar por al lado de su captor, las cadenas tintineaban en cada nuevo paso que daba. Desnudo, con una cadena estrujando su tobillo, no tenía muchas oportunidades para luchar.
De a una, apoyó las palmas en la dura madera, aferrándose con fuerza de esta, anticipándose a los golpes que lo harían arañarla. Reposó su frente por un descomunalmente breve momento, olisqueó la humedad de la madera, hasta ese insignificante olor resultaba placentero, le traía a la mente los días y noches congelándose en Invernalia.
—Concéntrate. —Poca suavidad quedaba en los balbuceos de Ramsay, ya no había un tono dulce y agradable al oído. Era áspero, duro, mutilaba la piel de sus orejas al pasar por estas… era un tono real.
La punta del látigo fue lo que primero sintió despedazando sus tobillos, el ardor prosiguió con el resto del cuero. El chillante gritó cortó al igual que una daga su garganta, deponiendo todo el dolor en las comisuras de sus labios.
Súbitamente se dejó caer, invisibles heridas se habían abierto en sus tobillos y sangraban, el nivel de su sangre era mayor al del mar. Las iniciales lágrimas cristalizaron sus pupilas, lo único que podía ver era el sufrimiento. El piso era tan duro, entumecía su cuerpo.
—De pie.
—P-por favor… no… detente… por favor. —Su voz salió baja y lenta, casi en un susurro.
—Sera mejor para usted obedecer, Lord Theon.
«Robb.» Apretó las manos contra la pared, sus pies dolían y con suerte conseguía mantenerse. «Asha.» Estiró su cuello, llevando su cabeza hacia atrás y arqueando su espalda. «Padre.» Veloz, el látigo comió una parte de su espalda. «Ellos, me están buscando.» Estuvo a punto de perder la compostura de nuevo.
Cada grito intensificaba la herida en su garganta, las lágrimas ardían al estancarse en sus mejillas y descender por su mentón. El cuero se clavó en la separación de sus omóplatos, el chillido que largo a causa del impacto fue acompañado con algo de saliva ensangrentada; amontonando piscas entremedio de sus dientes.
—Por favor… por favor. —Rogó en cada estocada. La helada sangre corría desde sus hombros, supurando en cada una de las heridas. Su completo ser tiritaba, hacia frio, se sentía más frágil que nunca. —Por favor… solo… por favor.
«Alguien me está buscando.» Se repetía, casi en aullidos llenaba su mente de aquellos pensamientos. Prefería eso a estar al tanto del número de azotes que recibió hasta el momento. Treinta, cuarenta, cincuenta, no deseaba saber cuántas veces sangró, chilló y se retorció.
—Por favor. —Fue la sangre brillando en sus labios y las lágrimas segando sus ojos los que suplicaron.
—Bueno, bueno, ya lo he escuchado, Lord Theon.
Sus rodillas cedieron en el último contacto, su desnudo y magullado trasero se estancó en el mar de sangre que se había creado a partir de sus aberturas. Si hubiese tenido la oportunidad, sin dudarlo se ahogaría en él, no obstante, eso ya era simplemente un sueño inalcanzable.
— ¿Ya se ha cansado? Este juego apenas ha comenzado, Príncipe. —Las botas golpeaban con fuerza el piso. —Vamos, no sea aburrido, levántate.
