Dios abandonado
Sus dedos rozaron el mar. La sal hizo arder el muñón en el meñique de su mano derecha, el color rojizo que tomó se fue disolviendo con el agua. Largo tiempo trascurrió desde aquello, incalculable en su mente, y aun sentía el cuchillo deslizarse a lo largo de su piel, y como esta se caía, tironeando. En sus ojos solo hubo rojo cuando por fin el acero cortó el hueso.
Las cadenas se unían por sus tobillos y subiendo, también se conectaba en sus muñecas, permitiéndole un torpe andar y encorvándole la espalda, desnuda y marcada. Theon se estremeció al volver al centro de la cubierta.
— ¡Más alto! ¡Más alto!—Un hombre exclamó palmeándose las manos.
Damon Bailaparamí apretó el gatillo, el balín golpeó la madera regresando al aire, Theon levantó sus pies con rapidez, cayendo una vez más. Los huesos de su trasero se torcían en cada uno de los impactos.
Los hombres rieron al verlo intentar ponerse en pie. Apenas podía apoyar su mano diestra, el irritante dolor se extendía hasta el hombro. Debía apurarse, los balines no esperarían por él. Las cadenas tintinearon cuando estuvo en pie.
—Salte, Príncipe. —El hombre rubio apuntó a sus pies.
El balín chocó en el primer dedo de su pie derecho, cortando la piel y haciéndola arder. Theon apretó los dientes a medida que flexionaba las rodillas, separándose en una mínima distancia del suelo.
En la caída, la madera golpeó su cabeza, dejándolo aturdido por un momento. Juntó las rodillas en su pecho, llevando las manos hasta su dedo y deponiendo un agudo gritito en medio de sus dientes al rasparlo con las yemas.
—Levántese, rápido.
Las palabras danzaban entrecortadas en sus oídos, el zumbido las interceptaba.
—Ya no tiene fuerzas para pararse. —Un hombre escupió. —Golpéalo hasta que se levante.
Arqueó la espalda al percibir la patada, la supuración mojó los costados en su espina dorsal. Con el segundo puntapié la saliva se escurrió por sus labios, sus ojos se abrieron con grandeza y sus manos rodearon los costados de su cuerpo, intentando lograr cubrir su espalda con la poca prolongación que le daban las cadenas.
—P-por favor… misericordia… por favor.
El capitán del Sangre esa mañana le permitió salir a la cubierta. Theon había visto el sol como nunca antes, tan brillante y quemante. Pudo librarse de él, escondiéndose al oírlo, sin embargo no fue tan fácil con sus hombres; en la cubierta no existían tantos escondites.
— ¿Se está divirtiendo, Príncipe?
Los susurros, risas y golpes se acabaron con el acercar de Ramsay Bolton. Gimió al contemplar la sonrisa, cada día más gruesa y agusanada. Theon se arrastró, encorvándose entre las piernas del capitán, fantaseando con una inocente salvación, una que jamás encontraría entre ellas.
—Por favor. —Gimoteó ladeando la cabeza entre una de las piernas.
Sus largas y sucias uñas se aferraron a las ropas, su rostro se hundió en estas; olían a vino, sudor y días navegados, era un olor desagradable, mucho más desagradables que el propio.
—Se ha encariñado contigo. —Damon Bailaparamí bromeó.
—Y que puedo decir, soy un buen amo. —Ramsay apoyó la mano en sus cabellos. —También hay que reconocer que él es una obediente mascota.
Los dedos del bastardo se enredaron entre sus endurecidos mechones, la sal y la suciedad caía en los deslices. Sus labios se curvaron, dejando una corta y desgarbada mueca, algo parecido a una sonrisa; el simple hecho de estirar sus comisuras fue molesto, hacia tanto que no sonreía y cualquier tipo de desagradable alago resultaba satisfactorio.
—Pero su hedor no es nada grato. —Desollador acotó, rapándose el resto de comida en un diente.
—Oh, sí. —Ramsay jaló sus cabellos, poniéndole a la vista su rostro y forzándole un chillido. —Tiene muy mal olor, Lord Theon.
—L-lo siento… lo siento. —Dijo con su trémula voz. —Por favor, perdóneme. Por favor.
— ¿Qué tal un baño? —Ramsay preguntó con cierta malicia.
Se había acostumbrado a su propio y repulsivo olor a orín, sangre y desechos; siquiera recordaba lo que sentía al tener la cálida agua cayendo en su desnudo cuerpo, o lo que era sentirse nuevo y limpio.
—Sí, un baño. Por favor, un baño.
—Ya oyeron, démosle a la dulce criatura su preciado baño.
Resistió tanto como pudo, de todas formas no fue por mucho. Desollador se acercó a él con una larga cadena entre las manos. Oprimió la pierna de Ramsay al notarlo, rogando por algo de fuerza, lo suficiente para no soltarse… rogar no basto.
Desde atrás la cadena se enganchó en su collar. Cerró sus ojos, restregando su nariz por la áspera tela; los abrió luego de ser obligado a ponerse en pie y encontrándose en la plancha. Las olas se agitaban feroces, se aterró al verlas con semejante vida, la misma que le faltaba.
—Por favor. —Tuvo que haberlo notado, fue víctima de muchas trampas y los signos de amabilidad no eran más que simples y ruines trampas.
Los balines de Damon Bailaparamí se arremetieron en la plancha, alcanzándolo. Se desplomó al momento en que uno de estos perforó su talón diestro. La cadena detuvo bruscamente su adentramiento en el mar.
La cadena tironeó de su collar, lanzándole la lengua hacia afuera, irritándole los ojos y causándole un insoportable dolor. Las burbujas chocaban la punta de su nariz al salir de la misma. Sus dedos se colocaron alrededor del collar, clavándose en este y ayudando en el pegoteo sobre su cuello.
Su deseo de ser uno con el mar fue suprimido cuando sus párpados comenzaron a cansarse. Mojo la plancha con el agua en su boca y aun tosiendo parte de esta regresó a la cubierta, siendo tironeado por la cadena.
— ¿Fue un buen baño? —Ramsay preguntó, relamiéndose los labios.
La sal se hincaba en la costra de sus heridas, su cuello enrojecía y la inflamación descendía a paso lento. Su boca se movió inconstante, llevando el puro aire entre su paladar; ninguna palabra se liberó y movió su cabeza, asintiendo.
—Llevadlo a mi camarote. Me encargare de cuidar de él.
Desollador lo condujo entremedio de los hombres, sus húmedos pies lo hacían resbalar cada tanto. El calor de la habitación irradiaba aun fuera de ella, pero Theon no quería estar siquiera cerca; no se podía confiar en la escaza calidez en ese barco.
Observó de reojo la cercanía de Ramsay, mordiéndose los labios y rogando en susurros.
En el mar, él le había pedido a al dios ahogado que lo dejara morir. Y ahora sabía que su dios no se molestó en oírlo.
