Cachorro

Cientas de velas adornaban el camarote, el calor que irradiaban le detenía los espasmos y el crujiente sonido del fuego era tan atractivo como el potente aroma del vino debajo de su nariz. Una tranquila sensación se prestó entre sus huesos, aliviando la tensión que se originaba por la no deseada situación en la que se encontraba.

La copa se meneó muy cerca de sus labios, en una maliciosa y seductora danza. Relamió sus labios, ansiaba un beso de aquel armonioso líquido rojizo. Sus ojos sedientos siguieron el vino que se agitaba al igual que una ola, salvaje, queriendo desbordarse.

Colocó con cuidado cada mano en las respectivas rodillas, el cuero de los pantalones era áspero pero aun así cómodo. Los dedos del Capitán del Sangre merodearon por sus cabellos, húmedos, algunas pequeñas gotas aun caían por las puntas de las hebras.

Un mechón fue corrido por detrás de su oreja a medida que la mano bajaba hasta su mejilla. Ladeó la cabeza, acoplándose a la calidez ajena, no la quería sin embargo la necesitaba. La piel de Ramsay laceraba lo mismo que lo confortaba.

El pulgar toqueteó su labio inferior, despacio y meticuloso. Levantó tímidamente los ojos, los contrarios lo esperaban.

— ¿Tienes hambre?

—S-sí.

— ¿Sí que?

—Sí, mi Lord. —Respondió sin pensar, siendo conducido por el hambre.

La copa fue dejada en la mesita junto a la silla de roble, la persiguió con la mirada, el rugido en su estómago y la sequedad en su garganta. Ramsay tomó uno de los huesos que yacían en el plato, esa noche lo había observado cenar; anheló y salivó por cada trozo de pollo que el capitán se llevó a la boca, mientras tiritaba al lado derecho der hombre.

—Atrápalo.

Ramsay Bolton lanzó un flaco hueso; apenas lo vio caer al suelo, Theon se arrastró hacia él. Colocado en cuatro patas y luchando por mantener un ritmo inestable entre las cadenas que aprisionaban sus muñecas y tobillos, logró alcanzarlo.

Había agarrado el hueso con los dientes, luego asomó los dedos a su boca. Chupó tanto como pudo, el gusto a pollo todavía se sentía con intensidad. Cuando intentaba morderlo lo único que conseguía era lastimar sus astillados dientes.

—Acércate, dulce criatura.

Hubiese chupado hasta dejar el hueso seco y débil, dándose una oportunidad de poder partirlo entre sus dientes. Mas obedeció con rapidez la orden, aunque sin soltar su cena. Era tan delicioso, en Invernalia comió una incalculable cantidad de pollo, seguramente uno más apetitoso que el otro. En estas alturas poco recordaba de aquellos viejos sabores, por lo que este era el hueso más sabroso que había probado en su vida.

Estuvo enfrente de la separación de las piernas del capitán, absorbiendo la saliva que se mezclaba con el pollo durante la marcha. Tuvo que deshacerse de él con el pedido de Ramsay, no se había dado por vencido, podría pasar días enteros intentando partirlo. Un gruñido liberó su vientre, a forma de queja, que solo provocó una corta carcajada en el contrario.

— ¿Cómo estuvo?

—D-delicioso. —Dijo relamiéndose los labios más de una vez.

— ¿Y cómo se dice? —Los dedos de Ramsay se apoyaron en sus comisuras, limpiándolas.

—Gracias, mi Lord.

—Buen perro.

Con el flaco hueso en las manos, Ramsay le repasó los largos y enmarañados cabellos, depositándole un suave beso en la frente. Theon se estremeció y lanzó un pequeño gritito al sentir el contacto. Esa retorcida amabilidad le calaba en los huesos el miedo, quería huir de esa muestra de afecto.

—Tienes frio ¿no es así?

Theon asintió, su mirada se mantenía en el rojizo muñón de su meñique, tan rojo, tanto dolor. «Pero no volverá a pasar, él no me lastimara.» Aprendía con velocidad a ser un buen perro, uno obediente, uno al que no haya que castigar.

—Ve a la cama.

— ¿La cama?

—Sí, la cama. —Ramsay dijo con suavidad. —Voy a cuidar de ti. Porque no queremos que nuestra dulce criatura sufra de hipotermia y muera ¿no?

Las cadenas anclaron su subir, su deslizar sobre el colchón fue igual al de un gusano arrastrándose por la tierra. Las sábanas eran finas y delgadas, allí su dedo no le causaba comezón. Todavía alcanzaba a recordar la agradable sensación de dormir en una cama, alejado del frio del exterior y lo duro del suelo.

Sus dedos, apenas despegándose de sus muslos, palparon las sábanas que se hallaban entre los colores rosado y blanco. Miró sus dedos, haciendo hincapié en los nueve sanos, la remembranza del malestar sacudía lo que quedaba del herido. Estos quizás en cierto tiempo fueron suaves, pero ahora únicamente estaban manchados por tierra, y tal vez por muchas más cosas.

Ramsay se puso en pie y Theon se paralizó. El capitán agarró una de las velas, una que llevaba la mitad consumida y su llama se alzaba por encima de las demás. Sus ojos divagaron por el suelo sintiendo la cercanía contraria.

—Mírame. —Ramsay ordenó condescendiente, sentándose muy cerca.

Remontó la vista, sin dejar sus pupilas concentradas en los claros ojos. Se fijó en la vela que se le aproximaba, en sus cabellos y la cara izquierda del cuello fue percibiendo el calor y el olor de la cera. La flama anaranjada se reflejó en la parte blanca de sus ojos.

Se alejó cuando la punta de algunos de sus mechones se achicharró en el final del fuego. El pelo, tierra, sal y suciedad quemada no fue del mayor agrado para su nariz. Tiró su espalda hacia atrás y al instante la misma fue jalada a su antiguo lugar por las cadenas.

—No te alejes. Cuanto más cerca estés, más rápido te secarás.

La vela siguió en su perímetro, descendiendo. El sofocante calor rozó su hombro y disminuyó la brecha al alcanzar el brazo y el inicio del codo. Solo observaba, Ramsay sostenía con firmeza las cadenas, inmovilizándolo y dejándolo a su merced.

Su piel ardió, la llama no tenía un contacto directo pero el calor lo quemaba con lentitud. Una vez, la ocasión en que encendió su primer cigarro, él se había quemado la yema de los dedos con el fosforo. Lo atormentó al principio, en cambio, esta vez el ardor se acrecentaba en los nuevos segundos.

—Por favor… no he hecho nada malo. —Sus ojos se humedecían con la propagación de la creación de las lágrimas. —M-me ha dicho que si no le doy razones… no me lastimaría. —Así fue, durante la cena el capitán le dijo que los castigos solo se daban con motivos, a él no le gustaba hacerlo pero era necesario que los perros aprendieran. —Por favor.

—Sí, no has hecho nada malo, mi dulce criatura. —Ramsay siseó. —No tienes por qué temer. No tengo intención de lastimarte.

Ramsay sopló la llama, sin dar atisbe de esfuerzo. La ligera brisa que se escapaba de los gruesos labios conseguía que el fuego chocara con su piel, haciéndolo chillar al propósito. Por fin, al apagarla, arrojó la vela al suelo. Esta giró hasta detenerse en las patas de la mesa donde lo esperaban los huesos de pollo.

—Voy a recompensarte por ser tan bueno.

El capitán extendió la mano hacia la mesita, recogiendo la copa desde el tallo; sus dedos se hallaron en este a continuación.

—Es para ti. —Ramsay indicó colocando la copa debajo de su mentón. El dulce olor a la uva fermentada obstruía sus fosas nasales y generaba que se le hiciera agua la boca. —Bebe.

Theon miró con desconfianza la circunferencia en la boca de la copa. El cáliz le dio un pequeño golpecito a su mandíbula antes de que la tomara. El vino tinto mojó con suavidad su paladar, marcando un gusto entre dulce y acido en el recorrido a su garganta.

Se llenó la boca con un pequeño trago, deteniéndose al sentir sus labios ásperos y fruncidos. Al volver a beber, se introdujo más líquido y tosió en consecuencia. Limpió despacio su boca al tiempo en que Ramsay le arrebató sigiloso la copa.

—Se lo agradezco, mi Lord. —Dijo por obligación, era un juego simple.

—No hay porque, mi dulce criatura. —Una parte del vino reposó a la boca del capitán. —Tengo algo especial para ti.

La lengua contorneo los gruesos labios contrarios con un exceso de vino en la punta, tiñéndolos de un tenue rojo. Sintió la incomodidad clavándose en su piel cuando Ramsay acortó la distancia entre ambos, ya era corta y ahora casi no existía.

—Especial. —Repitió por lo bajo. La palabra no lo emocionaba.

Sus ojos de misma forma persiguieron las manos del capitán, cuales se acomodaron entre su cuello. Los labios de este también merodearon por parte de su cuello y mandíbula, centrándose en su boca.

La boca se acercó tan furtiva y ruda a la suya que sus labios pudieron haberse quebrado sin problema alguno. En sí, una diminuta grieta se abrió en el inferior, lanzando una gota de sangre que fue llevada a su lengua con la introducción de la contraria.

Su respiración se detuvo, ahogándose en el adentrar de la lengua del capitán. Esta pasaba por sus dientes, sacando a relucir el gusto a hueso de pollo y vino en su paladar. Los agusanados labios le presionaban los suyos con desmedida potencia, causándole dolor en cada movimiento.

Él había recibido besos, no podía contarlos simplemente con los dedos, y mucho menos ahora que tenía faltantes, pero ninguno de ellos había sido tan desagradable. Ni con los besos que obtuvo de la hija del capitán de la Myraham sintió tan poco placer.

Amargo, además supo amargo; aunque no tanto como enterarse que el corazón de Robb Stark era para Jeyne Westerling. Pensó que si hubiese sido un beso de Robb lo disfrutaría, siempre disfrutaba de Robb.

—Concéntrate en mí. —Ramsay chasqueó la lengua.

De un momento a otro se encontró con la espalda contra la cobija superior, acorralado entre los brazos de Ramsay y enfrentado al mismo, el cuerpo de este lo aprisionaba e inmovilizaba. Le junto las muñecas en una de las manos, elevándole las suyas a la altura de la cabeza. Con la otra, le tomó parte del cuello, mentón y una de las mejillas, posicionándole el rostro.

Ramsay olisqueó su oreja, chocando el lóbulo con la punta de la nariz. Un escalofrío se incrustó en cada segmento de su espina dorsal con el andar de la mano contraria por uno de los costados de su vientre. Los dedos callosos, por tanto tiempo frente al timón, pellizcaron algunas de las largas heridas, llevándose consigo las supuraciones.

Las yemas ondularon sobre su áspero y harapiento pantalón, desatando los hilos que lo suspendían. Su boca se abrió con grandeza y su cuello se estiró, tirando su cabeza hacia atrás, al tiempo en que la palma del capitán presionó sobre su polla.

—Los dioses te han bendecido. —Ramsay dijo entre una disimulada y divertida risilla.

Theon arqueó su espalda, involuntario, su cintura tembló debajo del capitán, quien deslizó los dedos entorno a su miembro. Era un agarre bruto y seco. No había señal alguna de placer, únicamente dolor, tan innecesario dolor.

— ¡No, no! Por favor, no. —Lloriqueó.

Se retorció, de un lado a otro, su respiración se sentía demasiado pesada. Las cadenas tintinearon y centraron sus piernas en los desvíos. En otros tiempos hubiese logrado huir, no obstante, ahora solo era un profundo y doloroso anhelo, que con lentitud se borraba de su mente.

—Quieto.

Fue detenido por el puño que alcanzó parte de su mejilla derecha y el inicio de sus labios; los nudillos se marcaron vistosos en su mejilla. Su labio inferior se cortó cerca de la comisura, haciendo que al abrir su boca el corte se ensanchara.

—Quiero darte tu recompensa, perrito. —Los dedos del capitán acariciaron delicados donde primariamente golpearon firmes. —Se bueno y déjame recompensarte. —La sonrisa de este brilló con cierta ironía.

«Recompensa.» Sin duda estaba siendo recibida por un equivocado destinatario. El lado izquierdo de rostro cayó en la almohada, sus ojos se centraron en la copa y el plato encima de la mesita. Cedió la piel de su cuello a las fauces ajenas.

El largo cabello oscuro caía desde los hombros y chocaba en una de sus mejillas, molestando. Escuchó atento el deplorable jadear de Ramsay cuando este le quito los pantalones, le separó las piernas, le subió los pies a sus hombros, y le atrajo la cadera hacia sí.

Un dedo se dio lugar en su entrada, sintió el detener de su corazón ante la inminente dolencia. Este logró un medio giro, previo a la ida. Junto a un segundo rozó la perceptiva piel y se introdujo, esta vez mojado en saliva.

—Detente… por favor… no. —Estaba llorando, el llanto quemaba sus retinas.

Cerró sus ojos, oprimiendo con dureza los párpados. «Robb. Robb. Oh Robb. » Pensar en Robb, él no podía pensar en Robb. En cada oportunidad que intentaba asimilar el rostro de Robb, sus recuerdos eran distorsionados por la larga y maliciosa sonrisa del Capitán del Sangre.

Una llameante sensación palpitó en su entrada al ser vaciado. No por mucho. El grito que largó al ser penetrado se chocó contra la pared que formó el apretón de sus dientes. Su piel se desgarraba a medida que la intromisión se consumía.

Los brazos del capitán abrazaron su cintura, pasando por sus omóplatos y posicionando las manos en sus hombros, jalándolo hacia abajo. Su propia y fría sangre corrió por sus nalgas y desembocó en las sábanas con las nuevas embestidas.

—Por favor… duele. —Musitó muy despacio.

Ramsay se inclinó hacia adelante y el nuevo ángulo causó que la polla de este tocara su próstata. En los movimientos siguientes siguió golpeándola. Sus manos se engancharon en las sábanas, hincando las uñas en estas al ser embestido otra vez, con igual fuerza.

La boca de Ramsay descansó en su cuello, las acaloradas respiraciones de este propagaban ardor en su piel y los gemidos, casi rugidos, se enterraban en su oreja. Los dientes le habían dejado una intensa marca, estos se clavaron feroces y estuvieron a punto de cortarlo.

Agudo, gritó al tener la semilla del capitán vertiéndose en su cavidad. Se sentía desagradable en su interior. Repulsivo, una recompensa repulsiva, un hombre repulsivo, en el Sangre todo era repulsivo.

—Ahora eres completamente mío. —Ramsay celebró.