Leal

«Me dijiste que estaría allí.» Movió sus dedos con nerviosismo, estaba sudando desmedidamente. «Me mentiste. Me dejaste aquí, solo.» Él había soñado con este día, desde que su amo se lo había dicho, no había parado de pensar y planear.

Encontró numerosas formas de escapar. Una era distanciarse del capitán y cuando este estuviera distraído tirarse por la borda, no llegaría muy lejos con su debilitado cuerpo, pero al menos podría dejar que la marea lo llevara. O sucumbir allí, congelado y con los pulmones llenos de agua salada. También podría morir en combate, con un poco de dignidad, cual últimamente le faltaba.

No obstante, el Capitán del Sangre lo dejó encerrado en el camarote. «Él lo sabe. Sabe que eres una criatura desleal. Tu criatura sucia. Él sabe cada cosa que piensas.» Ramsay debió leerlo en su rostro, en el Sangre no había nada que se le escapara. «Cuando esto se termine, él te hará pagarlo.» Tragó saliva, temeroso de su propio pensamiento.

—Espera por mí. Vendré por ti, mi dulce criatura. —Ramsay le había dicho colocándole un beso en la frente, era uno casto, esos de los cuales muy escasas veces le daba.

Theon aun esperaba a que volviera. Cansado de estar tendido en la cama, se sentó en el suelo, pegando la espalda contra esta. Su cuerpo se entumecía cada vez que permanecía en una misma posición. Levantó sus rodillas, colocó los brazos encima de estas y recostó su cabeza. Rápidamente se acostumbró al olor a orina y semen que identificaban sus harapos.

Los sonidos de acero contra acero y los desgarradores gritos se detuvieron en el momento en que Ramsay Bolton regresó al camarote. Theon se agitó, su corazón latía con rapidez. Jamás se sintió tan feliz por ver la gruesa sombra del hombre, la habitación era muy grande cuando estaba solo y aburrida, el principal problema era el aburrimiento.

Ya había pasado antes. Ramsay únicamente entraba al camarote durante la noche y se iba de este apenas el sol se ponía. Era mucho tiempo en soledad y aburrimiento, su distracción no era más que rascarse las costras, adivinar por el hueco de la puerta quien era el hombre que pasaba cerca o el que hablaba, observar el techo o el mar por la ventana, y también llorar y lamentarse.

—La codicia nunca es buena, mi dulce criatura. —El capitán le dijo mientras el ladeaba la cabeza, apoyándose en el hombro. —Desearía estar siempre junto a ti, pero por más que quiera no puedo.

—Lo necesito, mi Lord. —Gimió. —Lo necesito siempre junto a mí. Cuando estoy solo pienso mucho, no quiero pensar tanto. Por favor, no me deje aquí solo, no me permita pensar.

Le resultaba cómodo sentarse encima de los muslos del hombre. Las manos del mismo se movían con suavidad sobre su piel, sus muslos se relajaban y la tensión bajaba. Las ocasiones en que Ramsay era dulce con su tacto, Theon pensaba que podría amarlo. «Él te lo dijo. No quiere hacerte daño, solo lo hace cuando le das motivos.» Y así era, su amo era bueno, muy bueno y él una criatura que aprendía despacio.

—No me importa lo que pienses, siempre y cuando se trate de mí. —Ramsay le besó el cuello. Theon se retorció y jadeó llevando la cabeza hacia atrás. —No tienes que pensar en nadie más que en mí.

Theon trató de obedecer, sin embargo era una tarea difícil.

Sus ojos se abrieron grandemente al ver al hombre cruzando el umbral. El capitán llevaba una húmeda sonrisa adornándole los labios y un salpicón de sangre en la mejilla derecha. Te necesité, te necesité tanto. No vuelvas a dejarme, no vuelvas a mentirme. Hubiera dicho, mas aguardó en silencia la cercanía del hombre.

— ¿Me extrañaste? —Ramsay preguntó al acuclillarse enfrente de él.

—Mucho, mi Lord.

—Yo también, mi dulce criatura.

Extendió las temblorosas manos hasta el rostro del capitán. Le acarició las mejillas, limpiándole la mancha de sangre, cuya por supuesto no provenía de algún corte en esa zona. «Estas pensado demasiado. Él lo sabrá.» Acalló sus pensamientos, parte del deseó que esa sangre fuera de un profundo y doloroso corte, e hiciera que el capitán se lamentara por el malestar durante el día y la noche.

— ¿No voy a saquear junto a usted, mi Lord? —Inquirió al tiempo en que Ramsay le tomó la mano y le lamió los dedos untados con la sangre de un desconocido. Theon se estremeció y un nimio sonrojo rellenó sus mejillas y nariz al notar que Ramsay tenía un peculiar atractivo. —Usted me dijo-

—Se lo que te he dicho. —Lo interrumpió. Los claros ojos se clavaron en su clavícula, sentía cosquillas en cada lugar en que estos aterrizaban. —Y no pienses que te he mentido.

«Te lo dije. Él sabe todo lo que pasa por tu frágil mente.»

— ¿Por qué crees que estoy aquí? Requiero de tu ayuda, tonta criatura.

El capitán soltó una risilla, cual Theon acompañó por lo bajo. Su amo agarró las llaves en la mesita y volvió. Si las cadenas no fueran tan cortas, el propio Theon las hubiese tomado. Lanzó un agudo gritito al tener su tobillo desnudo a la fría brisa, la piel era rosada allí donde el cobre recubrió.

— ¿Estás listo? —Ramsay preguntó al enganchar una cadena en el collar y tironear de esta para hacerlo ponerse en pie.

Theon asintió. «Siempre he estado listo.» Con sus débiles traqueteos siguió a Ramsay fuera del camarote. Tuvo que cubrirse el rostro al estar fuera, no recordaba que el sol ardiera tanto. Fue luego de varios parpadeos que comprendió la situación.

Los hombres del Sangre esperaban en una ronda y dentro de esta, un hombre arrodillado y encadenado. La sangre corría por todo el rostro de este, casi irreconocible. Notó que era un Hijo del Hierro al distinguir un kraken sobre la armadura.

—Mis hombres no confían en ti. —El capitán le susurró. —Les he dicho que no hay porque desconfiar. Eres leal ¿no es así?

—S-sí, mi Lord. —Un escalofrío amenazó con derrumbarlo. —Soy leal.

—Entonces haz que mi palabra valga. Demuéstrales que no hay porque desconfiar de un perro leal.

En un abrir y cerrar de ojos estuvo dentro de la ronda con una ensangrentada espada entre las manos. Era pesada, no pudo levantarla a la primera. «Puedo matarlo.» Miró al hombre encorvado y después a Ramsay, con la medida y el tiempo preciso podría clavársela en medio del corazón. «Perro leal.» Un eco lo despertó del sueño. « ¿Crees que él no lo ha pensado? Es tu amo, él sabe todo sobre vos.» La dulce criatura en su interior se rio de él.

Titubeó antes de tirar sus codos hacia atrás y alzar la gruesa espada. Empezó a llorar, sus piernas temblaban y su respiración se distorsionaba. El hijo del hierro escupió muy cerca de sus descalzos pies, la saliva ensangrentada rozó el inicio de sus dedos.

—Hazlo. Hazlo o lo pagaras muy caro. —Fue lo que los helados ojos del capitán le dijeron. No hacía falta que moviera los labios o sacara su voz, Ramsay no era el único que sabía lo que el otro pensaba.

«Lo siento. Por favor, perdóname.» Le dijo al hijo del hierro sin soltar su voz, había muchos oídos cerca y el de su amo era particularmente perspicaz. «Por favor, levántate, mátame.» Rogó, las lágrimas cristalizaban sus ojos y lo único que podía ver era lo claro en los de Ramsay y lo dilatadas que se encontraban las pupilas de este. «Por favor, pelea.» Él no se resistiría, si el hombre se levantaba Theon le cortaría las cadenas, le daría la espada y por último, entregaría su vida. «Por favor, deten esto.» La súplica no fue para el hombre arrodillado, fue para Ramsay. «Por favor, no quiero estar aquí.» Los escalofríos le erizaban la piel. «Por favor, tómame, lastímame, llévame lejos.» Entre la multitud el solo podía sentir frio, mucho frio.

Cerró los ojos al bajar el acero en el cuello del inocente. Escuchó un chillido, parecido al de un cerdo moribundo. Despegó sus pestañas y la bilis se arremolinó en su garganta. El corte no fue certero, la nuca se partió pero no alcanzó a cortar el cuello por completo. Aun así el hombre cayó y se retorció ente su sangre por unos minutos.

Theon observó horrorizado como la sangre se expulsaba por la boca, los ojos se enrojecían, los gritos se originaban a medida que las manos deambulaban por el aire intentando llegar a la herida. Su vomitó se detuvo al mismo tiempo que el corazón del hijo del hierro. Fue la misma sensación que tuvo al ver el largo corte en el cuello de Wex y al saber que condujo a sus soldados al mismísimo infierno.

Cayó de rodillas al suelo, la bilis quemó su paladar al salir y le salpicó el rostro al chocar contra la madera. Algunos de los hombres lo miraron con repulsión y otros se marcharon, después de todo el espectáculo terminó.

«Lord Ramsay estará contento conmigo.» Pensó, Ramsay Bolton, su pensar era exclusivo para él. Se limpió la boca y levantó la vista para buscar a su amo. Ya pasó mucho tiempo fuera del camarote, quería volver y dormir junto a él, con el calor que le cedía. Y tenía hambre, hambre de los huesos de pollo y Ramsay.

— ¿Lo he hecho bien?

Ramsay se aproximó y le tendió la mano. La aceptó. Un avivado fuego corría por los ojos del capitán y al apoyársele sobre el pecho logró percibir el eufórico latir en el corazón del mismo. La divertida risa reconfortó sus oídos.

—Lo has hecho más que bien, mi dulce criatura. —Ramsay tarareó.

Ramsay le besó la punta de la nariz y le atrapó la cintura, cada tanto lucia como un pequeño niño enamoradizo y romántico. Theon sonrió con timidez y lo apartó con sutileza, al igual que lo haría una doncella.