Utopía
—Entonces esta será la última vez.
—No habrá una última vez, te lo he dicho, no puedo seguir con esto. —Robb Stark le había dicho al momento en que lo arrinconó en el callejón junto al bar que visitaban con frecuencia. — ¿Me escuchaste, Theon? Has esto más fácil para ambos. Al menos para mí, por favor.
Theon Greyjoy se lamió los dientes incisivos, la excitación lo cegaba de tal manera que ni siquiera se detenía para oír la trémula voz de Robb. «Perfecto, tan malditamente perfecto.» Pensó tomando entre sus dedos la barbilla del mismo, corriéndola y posicionándole el rostro correctamente, para que solo ocupara sus brillantes ojos en él.
—No dejare que sea fácil para ti. —Susurró llegando al cuello del Joven Lobo. —No has sido considerado conmigo, yo tampoco lo seré contigo.
Colocó un casto beso en los finos labios de Robb, quien frunció el ceño e intentó apartar el rostro. Robb movió su pelvis hacia adelante en algo que quizás trató de ser una queja, no obstante, a Theon llegó como fuente del aumento en su excitación.
Sus manos descendieron contorneando la figura de Robb, era una delicada y preciada porcelana en sus manos. Con lentitud, se tomaba su tiempo en cada mínima porción del delicioso cuerpo. Algunas noches anteriores él se conformó con nada más que eso y en esa noche ya no resultó suficiente. Estaba tan hambriento y sediento, y la cólera lograba que su apetito se acrecentara. «Tuviste que consultármelo. Nunca lo hubiera aprobado. Nunca te hubiera dejado cometer semejante locura.»
—Me casare, Theon. —Robb agarró sus brazos cuando estos le alcanzaron el principio de la cintura. —No puedo. No debo. Detente.
—Ese es tu problema. —Su inmutable sonrisa siempre fue socarrona. —Yo no obedezco tus ordenes, señorito.
Con facilidad se apartó del blando agarre. Lo hizo a un tiempo paulatino, casi a manera de si se tratara de un simple hecho burlesco, le divertía a tal medida escuchar los bajos gruñidos de Robb. Sus manos fueron al trasero de este, oprimiendo entre sus dedos la abultada carne guardada en el ajustado cuero negro. Realmente no se cansaría de hacerlo, ninguna mujer igualaba el trasero de Robb. A continuación los mismos se hallaron en la hebilla del cinturón y en un parpadeó posterior desnudando parte de los muslos, no demasiado, lo necesario para ser el único que viera la pálida y erizada piel.
—Detente justo ahora, Greyjoy. —La boca de Robb se movió y la voz soltó una orden, el resto del cuerpo se mantuvo tieso y sin ninguna tentativa de resistencia. —No quiero esto.
—Dices mucho, pero no veo que te resistas.
Acercó su pelvis a la otra, su endurecida polla se meneó contra la separación de las piernas. Pese a no recordar cómo, se encontró volteando a Robb, separándole los muslos y bajando sus pantalones con avidez para ubicar en torno a la distanciación su sexo.
Robb sacudió los pies y gritó hasta que Theon le dobló las manos y le tapó la boca. Someterlo se sentía bien en esos momentos, era un castigo por aquella mala elección, por esa espada que Robb clavó en sus sentimientos. «Ella es bonita. Pero no es tanto como lo soy yo.»
—Por favor, Theon, no lo hagas. —La voz al punto del llanto traspasó sus dedos, cuales luego recayeron hasta el cuello contrario.
— ¿Tú tomarías en cuenta mi opinión si te dijera que no lo hagas?
Robb no contestó, levantó los hombros y apoyó la frente en la fría pared.
—Eso pensé. —Theon lanzó con resignación.
La inmensa cantidad de aguardiente que consumió en el bar se agolpó en su garganta al estar en el interior del Joven Lobo. Robb rechinó los dientes, se lastimó las uñas con el cemento y permaneció tieso, soportando su inmundicia. «Podrías resistirte ¿no? Podrías matarme por hacerte esto ¿no? Hazlo, no me hagas sentir tan mal.»
Al terminar, ambos surgieron por caminos distintos. Theon fue el primero en desaparecer. No lograba tolerar esa última imagen que tuvo del Stark, arrodillado involuntariamente por el hecho de que las piernas se le debilitaron, con el reciente semen corriéndole por las mismas y temblando mientras se secaba las lágrimas.
Esa noche no durmió, la culpa y los sucios pensamientos no lo dejaron. «Va a matarte. Va a matarte.» Condenarse a sí mismo fue su mejor sueño. Y en la mañana, con sus ojos caídos y una sombra negra por debajo de los parpados, arribó a la alcoba de Robb. No esperaba misericordia alguna, algunos rasguños, unos duros puñetazos, el soportaría todo sabiendo que era lo que se merecía.
—Robb. —Llamó con timidez. El Stark se encontraba mirando la cristalina nieve a través de la ventana. Este apenas alzó la vista al escucharlo. «Va a matarte.». —Lo siento, Robb. Estaba pensando que algunos golpes en mi estómago estarían bien, sé que sería más satisfactorio en la cara, pero sabes que es de lo que vivo. —En mal momento, su sonrisa brilló. —También, puedes pedirme cualquier cosa, lo que quieras lo haré. Si quieres que sea tu puta sumisa, o tu chico de los mandados. Haré todo lo que pidas. —Rascó su cabello nervioso, el sudor mojaba por completo sus manos.
Hubiese avanzado hacia Robb y tal vez tomarlo entre sus manos, ronronearle en la oreja mientras lo obligaba a mantener su vista en la nieve. Esta vez deseaba salir corriendo de allí, el serio semblante y el silencio en el muchacho eran lo más aterrador que alguna vez pudiera llegar a tener.
—Solo quería que sepas que lo siento.
—Cállate. —Robb se volvió para mirarlo. Los azules ojos le transmitieron un escalofrió, extrañamente caliente. —No quiero oírte.
Theon se inmovilizó ante el fuerte andar contrario. Sus ojos divagaron entretanto la cercanía se creaba con una maliciosa lentitud, Robb notaba su terrorífico nerviosismo y se aprovechaba de este.
«Va a matarte.» Sus ojos se abrieron como platos, la sorpresa lo asaltó con incredulidad. Su cuello dolió y sus hombros se cayeron pesados al tener los brazos de Robb acorralándolos, los rizos rojizos rasparon su piel y le produjeron picazón en la nariz y boca. «Va a matarte.» Robb ladeó la cabeza, oprimiendo las manos en sus omóplatos. Su aroma natural inundó su nariz y lo reconfortó, regresándole el cansancio. Por su parte, Theon al asimilarlo, estiró los brazos y rodeó la cintura del muchacho, jalándolo más hacia sí.
—Te perdono. —Robb musitó con ternura. —Aunque hay una cosa que quiero de ti.
—Lo que sea.
—Quiero que seas el padrino de mi boda. Quiero que estés ahí junto a mí.
Theon de ningún modo supo si eso fue dicho en carácter de venganza o por una espontánea circunstancia de inocencia. Aun así sabía que Robb no haría nada con maldad, y estar al tanto de eso ocasionaba una propagación de la dolorosa emoción. Si bien, el mayor daño fue no confiar en el perdón. Desde ese entonces hubo una diferencia en la mirada que Robb le dedicaba, y Theon conseguía distinguir entre las pequeñas pupilas cada recuerdo de ese estúpido y grotesco acto.
Sus visitas al bar cerca del puerto asimismo cambiaron y se convirtieron en fugaces pasadas del solitario Theon. Y justo ahora, en ese mismo bar se hallaban Reek y los pensamientos del que alguna vez fue el joven y valiente Theon Greyjoy.
Reek bebió con avidez el diminuto trago de ron, hacia unos minutos era de un color traslucido y de momento en momento se volvía amarillo, azul, rojo o violeta, dependiendo cuanto ladeara la cabeza. Al tragar su garganta ardió, se había acostumbrado de tal manera al vino que cualquier otra bebida resultaba inmunda en su paladar. Ninguna triunfaba ante el dulce gusto de los vinos tintos de su amado amo.
— ¿Ya estás listo, dulzura?
—Reek, dime Reek. Ese es mi nombre.
Elevó los ojos al apoyar con cuidado el vaso en la sucia mesa. Unos gruesos dedos le agarraron la muñeca diestra y tironearon de esta con inconsciente brutalidad, al punto de haberle podido quebrar sus débiles huesos o arrancarle la mano allí mismo.
—Tienes un nombre horrible ¿lo sabias? Tus padres han sido realmente crueles al dártelo.
—A mí me gusta. —Dijo con amor. «Es el nombre que mi amo me dio, eso lo hace perfecto. No merezco otro. No, no, solo Reek.»
Saltó del banquillo ayudado por sus reflejos que no lo dejaron caer de bruces. Traqueteó durante el recorrido, su mente daba vueltas y la bilis subía y bajaba por su garganta. Una parte de él agradecía la cantidad de alcohol consumido y otra anhelaba regresar en el tiempo e impedir que lo hiciera.
—Mírame, Reek.
«No, en su boca no suena bien. No es digno de decirlo.» Fue arrastrado hasta el callejón que Theon Greyjoy bien conocía y Reek recién ahora tenía la oportunidad. Al detenerse chocó con el hinchado pecho contrario, sacudió su cabeza y se estabilizó.
—No lo digas, no digas Reek otra vez. No necesitas decir mi nombre.
El hombre ladeó la cabeza y le mostró una rota y oscura sonrisa. Se alegró de no ser el de la dentadura más grotesca.
—He pagado por ti. —Le sostuvo la mejilla y deslizó los callosos dedos por su piel. —Puedo decirte como yo quiera, Reek recuérdalo.
Reek frunció el ceño, otra cosa no podía hacer. Temprano el merodeó por la puerta del bar, Ramsay lo liberó pero no le dio alguna moneda o algo para el camino, por lo que únicamente podía pasearse por allí y mirar con ojos de cachorro desde afuera. Se hubiese dado por venido y antes de eso un hombre de ancha espalda, calva cabeza brillante al sol y unos grandes ojos negros, se le aproximó.
— ¿Cuántos cobras, dulzura? —Le preguntó y Reek sagaz curvó sus labios.
«No tengo que hacer esto. Puedo ir a casa, puedo correr y escapar. ¡No puedo volver!» Theon Greyjoy gritó por dentro. Tenía la oportunidad y la aprovecharía, se rehusaría a perder otro segundo más en el infierno. « ¿A dónde? ¿A Pyke, tu hogar?» Él no tenía nada en Pyke, su padre quien siquiera lo aceptaba como hijo ni como hijo del hierro, mucho menos le daría una cálida bienvenida a un mal intento de criatura. Tal vez Asha, seguramente ella también se olvidó de él. «Invernalia. Allí iré.» Sin Robb, él no tenía más que las miradas recelosas de parte de Lady Catelyn, una falsa dulzura de Lord Eddard y la desconfianza de todos, hasta del más bajo pinche de cocina. Recurrió nuevamente a Pyke y no era una buena idea, no lo era. Su único hogar fue Invernalia, y ahora lo había perdido. «Eres la dulce criatura de Lord Ramsay, tu lugar es junto a él. Tú perteneces al Sangre, ningún otro lugar, ese es tu hogar. El único lugar en el que eres aceptado.»
— ¿Cuánto ron puedes comprar? —Preguntó a modo de respuesta mientras se acurrucaba debajo de los brazos del hombre.
El primer beso que el hombre le robó y el primer tragó de ron llegaron acoplados. Ese hombre era tan poco cuidadoso como su amo, aunque el aliento de este era agrio y le daban arcadas. Luego de pagar el quinto, el hombre le acarició la espalda y Reek supo que ya era la hora de saldar las cuentas.
—Eres muy bonito. —El hombre jadeó en su oreja.
— ¿Así? Dime cuánto.
—Mucho.
«Mentira. Te está mintiendo.» Si había un adjetivo que encajara perfecto en Reek no sería justamente bonito. Sabía lo que era y las mentiras no repercutían con falsedad en él. Con anterioridad se vio en el reflejo de las ventanas del bar, su pelo se volvió canoso por el escaso cuidado y la innumerable cantidad de sal que lo atestaba. Sus labios partidos, el hueco entre sus dientes, las cicatrices en su rostro y cuello, los baratos harapos que su amo le regaló por su valentía y su enfermiza actitud, eran la perfecta marca que desmentía su belleza.
El hombre le oprimió el trasero y colocó las palmas en torno a sus muslos, subiendo por las caras internas de estos. Reek lo interrumpió antes de que alcanzara el área en que su marca dormía.
—No, esa zona es más costosa. —Lanzó una risilla.
Nadie más que Lord Ramsay era merecedor de tocar ese lugar de privilegio. Y el hombre lo entendió, este mismo se aterrorizó y apartó la mano al sentir las costras de la bien lograda K. Reek relajó su cuello y el hombre lo acercó mucho más hacia sí. Los gruesos y fríos labios se pegaron en su piel, no era un toque suave, era con tosquedad, un toque que a ridículos hombres les agradaría.
« ¡No! No. No es posible.» Sus ojos se paralizaron en el foco de la cuadra que el estrecho callejón le concedía. Vio unos cabellos dorados y una linda y aniñada cara; al reconocerla un escalofrío se clavó en cada uno de los huesos de su columna vertebral. Damon Bailaparamí puso una divertida mueca en su rostro, disfrutaba del espectáculo. «No, por favor. No.»
—Él lo sabe. Él lo sabe. —Era tan obvio, ¿cómo pudo creer que lo dejaría deambular solo? Vivía constantemente vigilado. —Él lo sabe todo. Por favor, no. No era mi intención.
Reek comenzó a mover la cabeza, desesperado. Se agitó y pataleó tratando de desprenderse del férreo agarre del hombre. Este gruñó y lo liberó de desprovisto, arrojándolo al suelo. Su vista fue despojada de Damon al momento en que el robusto hombre le capturó el cuello y mostrándole los dientes le impartió un puñetazo en las mejillas.
—Tu maldita zorra. —Le dijo con un nuevo golpe.
Reek lloró y escupió la sangre que salpicaba en su boca. Y sonrió, el toleraría cada golpe y rogaría por otro más. «Dios, dioses, déjame morir como Theon, no como Reek.» Theon rogó para sus adentros, hacía tiempo que notó que las santidades lo abandonaron, sin embargo, seguir intentando no venía de más. «Por favor, déjame morir.»
Con los nudillos ensangrentados y cansados, el hombre se frenó satisfecho. Reek acomodó su cabeza, sus mejillas se hinchaban en desmedida y sus ojos se cerraban por el dolor y la incapacidad de mantenerlos abiertos.
En el intermedio de la progresiva unión de sus parpados, observó una figura borrosa, Theon pensó que era Robb y después Reek distinguió los gélidos ojos claros, la húmeda sonrisa y los largos cabellos cayendo desde los hombros. «Mi Lord. Por fin, lo estuve esperando.»
— ¡Oh, Reek! ¿Qué ha pasado contigo? —Ramsay suspiró al arrodillarse a su lado.
Reek quiso levantarse y al parecer su cuerpo no lo obedeció. Ramsay enredó los dedos en sus blancuzcos mechones y suspiró al jalar de estos levantándole la cabeza, la expresión en el rostro de este era tan buena como mala. Reek lo que adivinaba en esta era que sin duda alguna recibiría un severo castigo por tal insolencia.
—Su Reek se ha portado muy mal. —Dijo al forzar una roja sonrisa, cual fue apaciguada al instante por las quemantes lágrimas. —Por favor, lléveme a casa.
Reek ladeó la cabeza en el pecho de su señor y durmió con el calor que este le daba, los latidos del corazón lo adormecían.
