Embrujado
El camarote estaba oscuro, las velas se habían apagado hacía rato y no hallaba nada que pudiera socorrerlo de la fría y arremetedora brisa. Mantenía sus rodillas levantadas, sus muslos pegados a su vientre y su espalda encorvada; y cuando no estaba cubriéndose las piernas con los brazos, estaba utilizando sus palmas para apretar sus orejas y no permitir que el ruido de la guerra entrara en su mente.
Esa noche la cena no estuvo presente al igual que su amo, allí Reek se quedó solo desde la temprana mañana en que este abandonó el camarote. Los valientes hombres que saltaban a la cubierta del Sangre, sin percatarse de la poca suerte que conllevaban, no duraban mucho tiempo con los pies plantados en la madera. No obstante, esta vez era diferente, los crujidos del acero contra acero llegaban con cada nuevo parpadeo, incesantes y siempre con la misma furia.
Cada vez que oía los rugidos la curiosidad lo invadía, deseaba saber quiénes eran los invasores y también, anhelaba con su completo ser conocer la actual situación del capitán; aunque él quisiera una única respuesta a esta última, aceptaría cualquiera con tal de calmar su ansiedad.
Se acercó tanto como pudo a la puerta, Ramsay antes de marcharse se aseguró de encadenarlo debidamente, de cierta forma Reek sentía una agradable sensación cada vez que le colocaba las frías y ruidosas cadenas en los tobillos. La luz de la luna entraba por la pequeña separación y las sombras que los rápidos pasos creaban no le permitían deducir mucho más de lo ya sabido.
Luego de unos lentos segundos, ya aburrido de ver sombras ir de un lado al otro, tironeó de las sábanas hasta dejarlas en el suelo y yació sobre estas. Para mantener su mente despejada recordaba los días anteriores en que las velas aun iluminaban y el calor inundaba la habitación haciéndole sudar.
Hubo noches en las que su amo regresaba al camarote con un reconfortante buen humor y lo trataba con una peculiar amabilidad. Reek amaba esos días en los que se encontraba debajo del cuerpo ajeno, los dos desnudos. Su piel se sobrecogía en cada roce, su cabeza presionaba contra las almohadas, sus uñas rasgaban las sábanas y los dedos de sus pies se encrespaban. Su amo se aproximaba con jadeos a su oreja y con finura acariciaba su vientre al tiempo en que lo penetraba con lentitud y suavidad. En esas ocasiones a Reek le gustaba susurrar en sus gemidos el nombre Ramsay.
Y existían otras que de la misma forma Theon disfrutaba. A Ramsay le gustaba verlo dándose placer a sí mismo, se lo ordenaba con dulzura y el obedecía con premura. Sus dedos descendían desde su torso hasta su pelvis y tomaban en uniformidad su rígido miembro. Mientras que rememoraba unos azules ojos, unos rizos rojizos y una hermosa voz que lo llamaba hermano; en la realidad, sus ojos se concentraban en las gélidas gemas del capitán y la húmeda sonrisa que se alargaba en los labios del mismo, cuales se movían al ronronear Reek.
Su cadera se meneaba y sus manos ejercían una harmoniosa sucesión de ascendencia y descendencia. Con los toques en la remojada punta sus dedos caían con más impulso y al regresar arriba volvía a gemir al mismo tiempo en que su amo se abría de piernas y se acariciaba la hinchada entrepierna.
Con el líquido pre seminal abordando el glande, se mordía el labio inferior y cerraba sus ojos al trasladar este a lo largo de su tronco. Y sus parpados se distanciaban con el pedido que el capitán le decía al arrimarse a su cuerpo.
—Abre tus ojos, Reek. Mírame.
Ramsay era el que terminaba el trabajo. Le rodeaba la cintura y unía ambos pechos, invadiendo su miembro. Era un toque áspero y delicado a la vez, una parte de él lo toleraba y la otra quería escaparse del agarre de esas robustas manos.
En su eyaculación, su amo ocupaba los empapados dedos en su entrada. Reek lanzaba limitados grititos y se encargaba de desabrochar la hebilla del cinturón ajeno. Su espalda se erguía y sus piernas se enganchaban en la cadera de su amo. Los dedos de sus pies se rozaban entre sí, estremeciéndolo, en ocasiones el dolor en su dedo faltante era imperceptible y en cambio, a veces era tan atormentador que sus gritos eran puramente de dolor.
Sus brazos se colocaban a los lados del cuello y sus dedos se cubrían por el largo cabello oscuro, bajando hasta la punta de las hebras y notando que eran mucho más largos que la noche anterior.
—Te amo, Reek. —Ramsay le declaraba en los oídos y Reek conservaba el silencio.
Esas noches Reek podía decir de corazón que disfrutaba tanto la cena como de su amo. Y en contraste, las que mejor recordaba eran en las que la furia caía sobre el en forma de tempestuosos castigos. Eran mayormente insignificantes, cada tanto por su propio descuido. En la larga estadía de la luna el pasaba el tiempo llorando y pensando en Robb Stark, y sus lamentaciones despertaban a su irritable amo.
— ¿Por qué lloras, Reek?—Él le preguntó.
—Nada, mi Lord.
Ramsay volteó los ojos, bufó y se acomodó encima de él sosteniéndole el rostro y secándole con tosquedad las lágrimas debajo de su parpado inferior.
—Dime la verdad. No debes tener secretos conmigo, Reek.
—Lloraba por Robb… mi Lord. —Finalmente respondió corriendo su rostro hacia un costado.
— ¡Te he dicho que solo puedes pensar en mi Reek!—Ramsay gruñó. —Tendré que castigarte para que lo aprendas, mi sucio Reek.
—No, por favor, amo. Lo siento, no volverá a pasar… por favor.
—Ya es tarde para las disculpas, Reek. Me has desobedecido y mereces un castigo por ello.
Reek conocía muy bien el dolor, pero nunca llegaba a saber cuan peor podría ser. Sus muñecas fueron encadenadas juntas al respaldo de la cama y en sus tetillas se veían atravesados anzuelos que tironeaban su piel hasta la unión de sus manos.
El rogó en el instante en que su amo le mostro los finos ganchos, se sacudió con todas sus fuerzas, ganando algunos golpes en su rostro. Ramsay hizo presión con la cadera sobre su vientre y acarició la rosada piel en su pecho, comprimiéndola entre las yemas de los dedos.
Reek crujió los dientes y Ramsay se detuvo al conseguir que sus tetillas estuvieran lastimosamente endurecidas. Y fue en ese entonces que la afilada punta traspasó la piel y sus gritos atravesaron la inmóvil conexión de sus dientes.
—Por favor, amo, deténgase. Por favor, haga que el dolor pare. —Lloriqueó desesperado.
— ¿Te atreves a darme ordenes, Reek?—Ramsay levantó una ceja. —Eres una muy mala criatura.
—Por favor, amo… por favor… por favor.
Las súplicas eran acalladas por los incesantes quejidos, que acrecentaba el estruendo a medida que los ganchos terminaban de perforar la erguida proporción de piel. Ramsay le presionó el cuello al estirar los hilos en los anzuelos hacia la cabecera del respaldo.
—Es hora de guardar esa hermosa voz.
El capitán le besó la frente y dilató la energía en la opresión de las yemas de los dedos encima de los huesos de su tráquea. Reek respiró forzoso, sus ojos se abrían con grandeza, la sangre deambulaba por sus escleróticas.
—Ahora puedes dormir tranquilo, mi dulce Reek.
Los dedos hicieron un último repasó por su nuez de Adán antes de despegarse. Ramsay le mostró una sonrisa que se esfumó cuando se volteó exponiéndole la ensanchada espalda. Reek le hubiese rogado otra vez, mas frunció los labios.
Inhalaba y exhalaba con sumo cuidado, hasta el más mínimo movimiento originaba un empuje en los hilos, haciendo que su piel se desprendiera con una monstruosa lentitud. Aunque tratara de conservar su cuerpo tieso, de alguna manera la piel se desgarraba.
—Mi Lord, por favor. —Dijo a lo largo de la noche y a cambio recibía unos plácidos ronquidos.
La piel arrancada de a poco formaba una circunferencia, Reek la recordaba muy bien. El siquiera parpadeaba por miedo y sus ojos ardían y lagrimeaban. Siquiera se lamia los labios, secos por tantos gritos.
En esa noche y muchas otras, no concilió el sueño.
Reek se estremeció arriba de las sábanas, tocó las cicatrices que quedaron donde los ganchos se posicionaron. En la mañana su amo le cortó los trozos de piel levantada y le lavó las heridas previniéndolo de los malestares de las infecciones.
«Heridas de guerra.» Una burlona risilla se unió a los sonidos de la verdadera batalla. Reek se acurró acariciando las curaciones en sus pechos y la X por encima de una de estas. «La guerra terminó.» El mutismo se creó y Reek rezó por la derrota de su amo, para que ese sea el último día en el Sangre, el final de la oscuridad, y el primero en que aprendería lo que es la libertad. «Él no te dejará ir. No. Él jamás te abandonará.» No, a Reek no, pero a veces no era Reek.
Theon se incorporó y se aproximó a la puerta. Tenía miedo, si demasiado, no obstante mucho más tendría si el capitán regresaba al camarote. La puerta crujió cuando sus débiles manos la abrieron, apretó los dientes, la poca fuerza que tenía le hacía doler los huesos.
Lo primero que vio fue un cuerpo desparramo por el suelo, el vientre estaba abierto y se podía ver lo que contenía en el interior. Le pasó por encima, trató de no tocarlo y lo logró con poco éxito, sus pies se mancharon con la sangre.
Su recorrido hacia la plancha se marcó con la sangre que sus pies marcaban sobre la cubierta. Tragó saliva al ver el mar, tan claro, algunos cuerpos flotaban en él. No tuvo tiempo de pensar en todo lo que perdería y lo que ya había perdido, el simplemente se arrojó sin mirar atrás.
