Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.

Secuela de The Turns Of Life.

Beteado por Elvimar Yamarthee


—Edward, si no quieres que lo haga, por favor, dímelo ahora. — insistí impaciente.

—Nena, te apoyaré en cada decisión que tomes porque quiero lo mejor para ti y, si es eso lo que quieres, debes hacerlo. Tienes mi apoyo y, aunque no me guste la idea de tenerte lejos, aguantaré, serán unos días y no me preocuparé demasiado porque sé que estarás haciendo lo que te gusta — acarició mi mano —. Además, también estaré pendiente del bar y eso. Mantendré mi mente ocupada para no extrañarte tanto.

—Te amo tanto. — me levanté y le di un abrazo.

—Yo también. Eres mi vida. — susurró en mi oído.

Tuvimos una agradable tarde de películas y palomitas de maíz. También hablé con Alice para contarle del puesto y obviamente se puso feliz. La traviesa tenía organizada una cena en casa de Jasper para celebrar. De antemano sabía que me quedaría con ese empleo porque era la mejor, según ella, claro.

—Nena, ya casi estoy listo. — me dijo Edward desde la sala.

—Un segundo, ¿podrías subirme la cremallera del vestido? — le pregunté desde la habitación y al cabo de unos segundo se me acercó por detrás — Gracias.

—De nada, preciosa. Me preocupa que andes luciendo ese trasero como si nada. — me tomó por detrás y me acercó hacia su cuerpo. Estábamos espalda contra pecho — Esto es mío. — apretó mi trasero y gemí sorprendida — No lo olvides. — me besó la oreja y reí.

—Tú no olvides... — le dije lascivamente dándome la vuelta y teniéndolo de frente — que esto es mío. — tomé su bulto con mi mano derecha y lo besé.

Preferí soltarlo antes de que terminásemos haciendo el amor en la jodida cama con el prolijo vestido que había comprado y con los tacones que Alice me había prestado.

Nos dirigimos al coche y al cabo de unos quince minutos estábamos frente a la casa de Jasper.

—¡Bella! — exclamó sorprendido al verme.

—¿Qué hay? — le pregunté divertida.

—Nada nuevo, solo que te extrañé todo este tiempo.

—Yo también, mucho tiempo sin vernos.

—Adelante, hermano. Alice está en la cocina. — le dijo Jas a Edward.

Charlamos un rato y nos pusimos al día con los asuntos de la familia y de su empresa. A decir verdad, no me interesaba el rumbo de su empresa, pero, por educación, debía prestarle atención y fingir interés en tan aburrido tema de conversación.

En la cocina estaba Al con un sombrero de cocinera y un delantal también. Se veía muy graciosa, aunque para Edward y para mí lucía divertida, para Jasper debía lucir ardiente, como una actriz porno. Ella era muy hermosa y con cualquier vestimenta se veía sensual.

—Emmett y Rosalie tenían una cena importante con unos empresarios, Esme y Carlisle no pudieron venir, así que solo seremos nosotros cuatro. — sonrió Alice, sirviendo el pavo.

—Eso se ve delicioso. — halagó Edward.

—Bueno, la cocina es una de mis pasiones secretas.

—Una de tus pasiones... — prosiguió Jasper, con picardía. Al sentirme incómoda carraspeé la garganta.

—Estoy impaciente por saber detalles de tu nuevo empleo, Bella. — me dijo Jasper y miré a Edward.

—Bueno, viajaré por todo el mundo... quizás. — le sonreí, metiéndome ensalada a la boca.

—Pero, chica, cuéntame un poco más. — insistió y reí incómoda.

—Viajaré con mi jefe que es fotógrafo. Él me acompañará a todos lados ya que será mi primera vez. — le conté y Alice abrió sus ojos sorprendida.

—¿Viajarán juntos? — me preguntó ella y asentí.

—En su avión privado. — le respondí.

—¡Vaya! Adinerado el tipo. — murmuró Jasper.

—Por lo que Bella me contó, parece de buena madera. — sonrió Edward y acarició mi pierna por debajo de la mesa.

—De buena madera y viajará solo con tu chica. — bromeó burlón y, a decir verdad, ni a Edward ni a mí nos había hecho gracia ese chiste — Las azafatas son las peores, engañan a sus parejas.

—No seré azafata, Jasper. — le contesté algo cabreada.

—No, pero viajarás sola con tu jefe. Nada nos asegura que no te acostarás con él. — rió. Lo miré con mala cara y Edward acarició mi mano.

—Jasper, sirve vino para todos. — le indicó Alice, quien había notado mi mal humor.

La cena concluyó bien de todas formas. A carcajadas nos despedimos como si nada hubiese pasado porque así era nuestro círculo de amistad. Podíamos mandarnos nuestros mocos y ninguno se ofendería o diría algo porque sabíamos que todo era en broma.

—Me encanta tu pecho. — murmuré en el cuello de Edward, mientras se cubría con las sábanas.

—A mí me encantas toda tú. — me respondió dándome un beso casto en la frente.

Estaba tan enamorada de él y, si en un mundo paralelo tuviese que sobrevivir con alguien, sería mil veces él. Solo con Edward me sentía de maravilla, él lograba hacerme reír y me hacía sentir feliz, aunque no debería estarlo porque la relación con mis padres estaba en las ruinas, pero, si ellos no habían sido buenos conmigo, ¿por qué tenía yo que preocuparme?

—¿En qué piensas? — le pregunté al notarlo distraído.

—No es nada. Estoy cansado. — se dio la vuelta.

—Edward, ¿qué sucede? — acaricié su espalda.

—No es nada, en serio.

—No dejaré de insistir, será mejor que me lo digas. — susurré en su oído.

—Lo que Jasper dijo... Si tuvieses la oportunidad de acostarte con él, ¿lo harías? — volteó y me miró fijamente.

—¿Estás bromeando? — lo miré estupefacta.

—Bella, me dejó pensando.

—No puedo creerlo. — le respondí.

—Solo... respóndeme.

—Claro que no. Eres el hombre de mis sueños, estoy enamorada de ti. No tengo ojos para ningún otro hombre que no seas tú.

—Confío en ti pero sabes... la duda siempre está. Quizás fue algo desubicado de mi parte. — me besó en la frente y en ese momento mi celular sonó.

Estiré mi brazo hasta la mesa de noche y tomé mi móvil, era un mensaje de texto.

Número desconocido - 23.45 hs.

Buenas noches, Bella. Espero que descanses muy bien, mañana temprano te espero en mi oficina, debemos aclarar algunos puntos del listado. John.

—¿Quién es? — me preguntó Edward y lo miré.

—Es John, mi jefe. — Maldición, el jodido listado. Lo había olvidado por completo.

—¿Cómo tiene tu número? ¿Qué precisa?

—Seguramente Alice se lo pasó. — le tendí mi celular para que leyera el mensaje. Al cabo de unos segundos volteó hacia mí.

—Será mejor que descanses, tienes que estar temprano en su oficina. — dejó el móvil en la mesita de noche y me abrazó.

—Sí — murmuré pensativa.

Sabía que estaba fingiendo poco interés, pero ese mensaje lo había dejado pensando. Idioteces, claro, porque con John no sucedía nada más que una relación laboral. Yo necesitaba el empleo y en solo eso pensaba. El tipo ni siquiera me gustaba.

—Muy bien, espero que haya tenido tiempo para leer el listado. — me dijo él y miré hacia un costado.

—A decir verdad, no lo leí. Esperaba leerlo con usted. — Bella y sus mentirillas.

—Me parece bien. Repasemos algunos puntos importantes. — se concentró en su ordenador y lo miré con atención — A cada viaje debe llevar, mínimo, diez pares de ropa interior: diez sostenes y diez bragas. Elementos de higiene personal, calcetines, pantalones largos y cortos, como usted prefiera. Abrigos, bufandas, gorros de lana, guantes del mismo material. Calzados, todos los que quiera. Tacones, zapatillas, sandalias. — dejó de leer y me miró — ¿Todo en orden hasta ahí?

—Sí, sí. — asentí.

—Camisetas, sudaderas, como usted quiera, señorita. Puede llevar también aparatos electrónicos personales.

—¿Y eso? — fruncí el ceño y sonrió.

—Celular, ordenador portátil, Ipod o cualquier otro artilugio que sea para escuchar música. Con audífonos, obviamente.

—Entiendo.

—Y algún otro aparato que sea para uso íntimo — hizo una pausa — también está permitido. — me dijo y abrí mis ojos como dos jodidos huevos fritos — Señorita, espero que no lleve nada de eso. — rió y sonreí.

—¿Por qué espera eso?

—Tiene novio. No creo que necesite ese tipo de aparatos. — sus mejillas comenzaban a tintarse coloradas — Puede llevar la cantidad de dinero que considere necesaria, no hace falta que le diga que recorreremos las calles de esquina a esquina, podrá traer recuerdos y lo que desee.

—Suena bien. Lo que me gustaría saber ahora es cuándo y cuánta será mi paga — le pregunté tímidamente.

—Al llegar nuevamente a Boston, después de cada viaje recibirá la cifra extraída de cada guía. Por si no lo entiende, cada persona a la que usted guíe pagará por su servicio. De allí haremos un porcentaje y obtendremos su paga. No debe preocuparse por gastos médicos. En caso de una emergencia, tenemos nuestro propio equipo preparado de médicos. Tampoco deberá preocuparse por la comida, ese servicio está incluido especialmente para las guías turísticas. Nos alojaremos en los mejores hoteles del país, tampoco debe preocuparse por eso.

—Bien, déjeme analizar todo. — reí — Creo que estoy conforme con todo eso, no hay nada malo o que me incomode.

—Entonces si está todo aclarado, nos vemos en la madrugada. — me dijo, poniéndose de pie.

—¿Para qué? — le pregunté sin entender.

—Señorita, viajaremos a Chicago. El uniforme que utilizará se lo daré en el avión. Despegaremos a las tres de la mañana desde el aeropuerto central. No llegue tarde.

—Muy bien. Creí que sería México. — le sonreí. No esperaba tener un viaje tan pronto. Debía preparar las maletas, comprar algunas cosas que me hacían falta y sentía que no me rendiría el tiempo.

—Cambio de planes.

En la tarde Alice me ayudó a preparar todo lo que me abrumada.

—Amiga, es raro que Edward no esté aquí ayudándote. — me dijo Alice, doblando unos cortos.

—Él ni siquiera sabe que saldré esta madrugada.

—¿Cómo es eso?

—Lo llamé temprano y me dijo que estaba ocupado con algunos asuntos en el bar y que en la noche vendría.

—Eso es raro, ¿qué habrá sucedido?

—No tengo idea, no quiero molestarlo. Siento que esto de mi nuevo puesto lo está afectando. Ya sabes, nos acostumbramos a tenernos juntos siempre, me acostumbré a necesitarlo porque me hace bien.

—Bella, el trabajo es el trabajo. Quizás esto suene duro pero tú debes enfocarte en tu futuro y en él deben estar Edward y tu trabajo. Lo preocupante es que no tendrás tiempo para mí. — sollozó y la abracé.

—No digas eso, siempre tendré tiempo para ti, amiga.

Cuando ya estuvo todo listo, coloqué mis aparatos electrónicos a cargar. Mi celular, mi Ipod, y eso era todo. Lo que me preocupaba era Edward, él se había mostrado distinto e indiferente conmigo todo el día. Sentía que la culpa era mía por el giro repentino que había tomado mi vida. Un empleo, viajar, la distancia...

Estaba realmente muy preocupada por él. Eran las diez de la noche y Edward no llegaba y ni siquiera daba señales de vida. Lo llamaba y no contestaba, ¿cómo no iba a preocuparme?

—Vamos, contesta. — bufé, llamándolo por teléfono.

—Preciosa. — al cabo de unos segundos su voz me hizo respingar de felicidad.

—¿Por qué no me respondías? Estaba preocupada.

—Lo siento, nena. Estaba ocupado con el bar.

—Sí, imagino qué tan ocupado. Solo quería decirte que en la madrugada me voy a Chicago, por si te interesa, y, por si no, da igual. Te amo, nos vemos pronto. — le colgué cabreada.

Cené una ensalada tranquila, completamente sola en el sofá. Solo me acompañaba mi fiel cachorra, la perrita que Edward me había regalado aquella vez... hermosos recuerdos me invadían una vez más y no podía evitar que las lágrimas brotasen de mis ojos.

Terminé y me acosté en la fría cama de Edward. Lo extrañaba mucho, me iría de viaje y no estaba conmigo.

Cuando escuché que abrían la puerta principal, me coloqué en posición fetal y fingí estar dormida. Encendió la luz y por el sonido de las pisadas supe que era mi novio.

—Nena, ¿estás dormida? — acarició mi cabello y me moví un poco simulando un bostezo.

—¿Qué sucede? — le pregunté abriendo mis ojos.

—Lo siento mucho. Estaba demasiado ocupado. — se acostó a mi lado.

—Está bien, en una hora me voy al aeropuerto y listo.

—¿Por qué debes irte tan pronto, Bella?

—Ahora que tengo trabajo, debo cumplir horarios. Tengo una rutina ahora, Edward. ¿Entiendes eso?

—Claro que lo sé. Solo quiero que estemos bien. — me besó en la frente y sonreí. No podía enojarme con él.

—Deja de hablar y hazme el amor. — lo tomé por el cuello y lo besé apasionadamente.

Y así fue. Lo hicimos con más amor que nunca. Según él "quería que me llevase una buena follada", ya que por un tiempo no nos veríamos.

—¿Tienes todas tus cosas? — me preguntó Edward mientras caminábamos por los amplios pasillos del aeropuerto.

—Sí, todo en orden. Ahora solo tengo que esperar a John.

—¿Por qué no le envías un mensaje para saber si ya viene o no?

—Tienes razón. — asentí tomando mi móvil.

Bella - 2.57 hs.

Hola, John. Quería saber si estás en camino.

—Isabella, quiero que te cuides. Ten cuidado al cruzar una calle, cuida tus objetos personales, no quiero que seas víctima de un robo. Si hay mucho sol, utiliza protector solar. Si hace mucho frío, abrígate. Chicago es una ciudad fresca, no creo que esté haciendo mucho calor.

—Espero que no. No sabía que conocías Chicago. — le dije y apartó la mirada — ¿Sucede algo?

—No, Bella. Es una larga historia, fui a Chicago con Diana.

—No voy a juzgarte. Ella forma parte de tu pasado. Yo soy tu presente, ¿verdad?

—Eres mi presente y serás mi futuro, nena.

—Quiero que hablemos todos los días, ¿si podrás? — le pregunté.

—Claro que sí. Tú llámame cuando no estés ocupada. — me besó.

Mi móvil sonó, era un mensaje de texto de John.

John — 3.04 hs.

Estoy justo detrás de ti.

Volteé y allí venía caminando mi jefe. Vestía un pantalón de jean, una camisa abierta y debajo de ella una musculosa negra. Se veía muy casual y formal a la vez con esos finos zapatos de cuero.

—Disculpa la demora. — apoyó sus maletas en el suelo y me saludó con un beso en la mejilla.

—No es problema. — le sonreí — Él es Edward, mi novio. — le dije a John, soltándole la mano a Ed para que lo saludase.

—Edward, es un placer. — le sonrió John.

—Lo mismo digo. — le respondió mi novio.

—Es hora de irnos, se nos hace tarde. — indicó él y me despedí de Edward.

Le dije lo mucho que lo amaba y lo mucho que lo extrañaría. Nos besamos unos segundos y seguí a mi jefe.

Ya nos encontrábamos volando hacia Chicago, yo en mi cómodo asiento bebiendo agua saborizada y John a mi lado leyendo un libro de economía. Ni una mosca volaba, solo Oasis sonaba en mis audífonos color rosa que Rosalie me había regalado. Acompañaba el ritmo de la batería con mi pie. De vez en cuando miraba de reojo a John, por curiosidad, por querer saber qué estaba haciendo y lo gracioso era que, cada vez que volteaba a mirarlo, él estaba clavando su mirada en mí. Quizás quería charlar y yo estaba ignorándolo. Apagué mi música y abrí mi boca.

—¿Falta mucho para llegar? — le pregunté y rió a carcajadas.

—Sí, unas tres horas.

—¿Qué será lo primero que haremos al llegar?

—Lo primero que harás no será al llegar, será ahora. En el baño está el atuendo que debes utilizar.

—Bien, ¿debo colocármelo ahora?

—Sí, Isabella.

Levanté mi trasero y, sin ponerlo en su cara, pasé hacia el pasillo. Por mi intuición jodidamente femenina sentí que estaba mirando mi culo de todas formas, pero no pensé demasiado en eso, no sería buena idea.

Me coloqué esos pantalones de vestir color negro, esa camisa ajustada en el busto blanca y unas sandalias cómodas que había allí. Me veía bien, lucia seria pero cool. Una guía turística realmente sensual, diría mi hermana Alice.

Salí del cubículo y vi a mi jefe tomando fotos por la ventanilla. Sostenía una cámara muy profesional y grande, la tomaba con ambas manos. Carraspeé mi garganta para que supiese que estaba allí.

—Te ves muy bien. — me dijo distraído.

—Sí, la ropa es cómoda. — me miré de pies a cabeza.

—Estoy ocupando tu lugar, lo siento. — se puso de pie y me dejó pasar.

Pasé por frente a él y me clavó la mirada. Esos ojos tan intensos me hacían pensar en qué sería de la vida de este hombre que ahora era mi jefe. ¿Tendría familia? ¿Hijos? ¿Una esposa? Tal vez. Ya habría tiempo para sacarme todas esas dudas.

Era la hora de instalarnos en el lujosísimo hotel cinco estrellas. El vestíbulo era perfecto, lámparas arañas de cristal colgaban de lo más alto, una cerámica de ensueño bajo nuestros pies…

—Reservé por teléfono una habitación con dos camas matrimoniales. — le decía John a la chica detrás del mostrador. Yo me coloqué a su lado.

—Sí, señor, lo sé, pero ya está ocupada esa habitación.

—No puede ser, estaba paga. ¿Qué va a suceder ahora?

—Podemos buscar otra similar. — le respondió la muchacha, algo tensa. Podía notarla nerviosa. Quizás John la intimidaba o estaba tensionada por la situación.

—Me parece bien. — le dijo él tajante y me miró — No te preocupes, ya nos entregarán la habitación.

—No hace falta que sea una con dos camas matrimoniales. Puedo dormir en una cama simple. — le dije para su tranquilidad.

—No, quiero que estés cómoda. Esto no puede estar pasando en tu primer día.

—Vamos, John, relájate. — reí palmeándolo, tomando un poco de confianza.

Al cabo de unos eternos minutos, la torpe recepcionista nos llevó a la habitación y me resultaba torpe porque dar nuestra habitación "por equivocación" a otras personas era una torpeza.

—Esta habitación tiene una sola cama matrimonial. — murmuró la chica.

—Somos dos, ¿acaso es una broma? — le preguntó John, algo enojado.

—No somos pareja. — le dije a la recepcionista que me miraba como tonta.

—Lo siento, es la única habitación disponible. Tómenla o déjenla. — ella se fue moviendo su trasero de izquierda a derecha.

—Pues vale, qué buen servicio. Ineptos. — John me dio paso y comenzamos a instalarnos en el cuarto.

Era lujoso, amplio y muy limpio. Tenía una sola pero gran cama con dos muebles para colocar nuestra ropa. El baño estaba prolijo, tenía una tina de ensueño.

Cuando terminé de acomodar mis cosas personales, llamé a Edward.

—Preciosa, ¿cómo estás? — su voz estaba rara.

—Yo estoy bien, llegué hace un par de horas pero no pude llamarte antes. ¿Sucede algo?

—No, todo en orden. Estoy con algunos asuntos ahora, ¿podemos hablar más tarde?

—Claro que sí. ¿Algo malo sucede?

—No, nena. Te amo mucho, nos hablamos luego. Cuídate.

No le di demasiada importancia a su tajante tono. Sabía que el problema no era conmigo, eran sus asuntos.

—¿Todo está bien? — John entró a la habitación.

—Sí, estaba doblando mi ropa.

—¿Quieres que vayamos a almorzar?

—Suena bien. — le sonreí.

—Hay mucho viento fuera, podemos comer algo aquí en el hotel.

—No tengo problema con eso.

Unas ricas chuletas con ensalada para mí y sushi para él. John era un hombre muy amigable. De a poco nos íbamos conociendo. Sentía algo extraño en él, quizás lo escuchaba algo triste, pero no una tristeza momentánea, sino como una tristeza marcada.

—¿Puedo hacerte una pregunta? — le pregunté y asintió — ¿Tienes familia?

—Claro que la tengo, pero, si te refieres a una esposa e hijos, la respuesta es que no. ¿Tú tienes hijos?

—No, no. Solo a mi novio y su familia.

—Te refieres a la familia de tu novio, ¿tú no tienes familia de tu parte? — me preguntó, bebiendo vino.

—Sí, pero las cosas no están para nada bien. Es una larga historia. — le respondí, mirando el plato de comida que tenía frente a mí.

—Puedo escucharte, nada nos apura.

—Es... complicado.

—Podré entenderlo. Si quieres contarme, ya sabes. Quiero que haya confianza entre nosotros. Soy tu acompañante, no tu jefe. Me gusta separar las relaciones del trabajo, pero eso no quiere decir que no podamos ser amigos.

—Bueno, gracias por decírmelo. — le sonreí — Eres mi jefe de todos modos, pero haremos de cuenta de que no es así.

—¿Y hace cuánto tiempo estás con Edward?

—Más de un año, seguro. No llevo la cuenta realmente porque, bueno, tuve un problema y mi chip se reseteó. — bromeé y me miró sin entender — Tuve un fatal accidente y perdí parte de mi memoria hace un tiempo. — dije eso y mi cabeza palpitó. Un dolor me hizo temblar, debían ser los recuerdos oscuros.

—Qué horrible. No quiero incomodarte, hablemos de otra cosa.

—No es incómodo. Esa etapa la marqué como una mala racha y un mal momento en mi vida. Solo fue una mala y triste etapa, superada por mí y por los que me rodean.

—Es bueno escucharte hablar así y tomarte tan bien algo tan duro. No imagino lo terrible que pudo haber sido.

—Sí, bueno... — mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Te contaré un poco de mí, no quiero que llores. — me sonrió y arqueé mis labios — En toda mi vida tuve una sola novia y, después de ella, preferí pensar en el trabajo por sobre todas las cosas.

—¿Entonces...?

—Isabella, el sexo no es un problema. — rió y me ruboricé.

En la tarde, John me dio algunas hojas que me explicaban lo que debía hacer durante los próximos días en Chicago. Conducir a una cantidad exacta de cincuenta personas por el 'Art Institute of Chicago', el 'Shedd Aquarium' y el 'Navy Pier'. A las siete de la mañana debía comenzar frente al instituto de arte, a las doce del mediodía frente al acuario y al atardecer recorrer el interesante muelle de la armada. Sería divertido, sería mi primera vez. Los horarios eran ajustados, la verdad era que terminaría exhausta, muy cansada realmente, pero no me importaba, el esfuerzo tendría su recompensa. Lo mejor de todo era que John me acompañaría en todo momento, al menos así no tendría tantos nervios y miedos. Él fotografiaría las estructuras, los paisajes, todo para su empresa de viajes y folletos con promociones.

—Isabella, te comento que hay una cena importante a la que debo asistir. — me dijo John, acomodando la manga de su prolijo saco — Si quieres, puedes venir conmigo.

—Suena bien, pero prefiero quedarme.

—¿Estás segura? — insistió.

—La verdad no estoy segura. — reí.

—Vístete, te espero en el vestíbulo. — me sonrió.

—Vale.

Me coloqué un vestido y tacones, nada extravagante. Un poco de labial y un suave delineado por mis ojos. No sabía a dónde iríamos, pero, aunque quería estar bien descansada en la mañana, no quería quedarme encerrada. Bajé por el ascensor y, al salir al vestíbulo, John estaba esperándome. Me miró de pies a cabeza, analizando cada centímetro de mí.

—Lo sé, este look en mí es raro. — reí con timidez.

—Te sienta bien, vamos. — me sonrió y lo seguí.

Cogimos un taxi. Tomé mi móvil y le envié un mensaje de texto a Edward.

Bella - 19.10 hs.

Nene, me tienes preocupada. Quiero saber qué pasa allí.

Edward — 19.12

Hermosa, todo está bien. No tienes por qué preocuparte. ¿Qué estás haciendo?

Bella — 19.13

Bien. Estoy yendo en taxi a una cena con John. Te extraño y te amo demasiado. Quiero tenerte frente a mí y que me folles duro.

Edward — 19.15

Cuando regreses, voy a darte duro contra el muro y macizo contra el piso. Me pone demasiado que hables sucio, Bella, no juegues conmigo.

Bella — 19.16

No quiero que tu pene se ponga contento cuando me tiene lejos, no puedo hacer nada al respecto desde aquí. Estamos llegando, te mando un beso en... ya sabes dónde.

Edward — 19.17

Es tarde, mi pene está demasiado feliz. Adiós, preciosa.

—Aquí estamos. No estés nerviosa, son unos amigos del trabajo y del entorno. — me dijo John, mientras caminábamos por el restaurante.

Al fondo, en una mesa esquinera, estaban sentados sus amigos. Eran todos varones, ni una sola dama, ¿qué hacía yo ahí?

—Buenas noches. — saludó él y me presentó — ¿Cómo han estado? Ella es Isabella. — los chicos me saludaron y me senté junto a mi acompañante.

—No sabía que tenías nueva novia. — bromeó un pelirrojo con John y él me miró.

—No es mi novia, es una amiga. La guía turística, para ser más exacto.

—Lo siento. — el chico se disculpó y le sonreí para que no se sintiera incómodo.

Bebimos unos chupitos tranquilos. No quería enseñar mi mala y vergonzosa faceta alcohólica. No era buena con el alcohol, de hecho era bastante floja, terminaba diciendo estupideces o bailando como tonta. Edward siempre me cuidaba y protegía en ese estado, pero, si me embriagaba en Chicago, ¿quién iba a cuidarme? Nadie, por lo tanto no bebería un sorbo más. Conversamos de temas triviales, de la farándula y de los viajes, del mundo en general, de lo maravilloso que puede ser el 'viajar' si sabes aprovecharlo.

Después de conversar con esas personas, nos dimos cuenta de que se nos había pasado la hora hablando. Ya casi era la medianoche y nosotros teníamos que levantarnos bien temprano. Nos despedimos y tomamos un taxi hacia el hotel. Estaba algo ebria, debía admitirlo. No del todo, no con una borrachera insostenible, solo un poco pasada de copas.

—Isabella, ¿te sientes bien? — me preguntó John, en el ascensor.

—Sí. — le respondí mirando el suelo.

—No debiste beber esos chupitos.

—Ya es tarde. — reí.

Entramos a nuestra habitación, me puse el pijama y me acosté en la cama. Me sentía mal porque John estaba durmiendo en el sofá y yo dormiría muy cómoda en una cama matrimonial, pero ni en mi peor estado dormiría con él. Yo tenía a Edward, punto.

En la madrugada, alguien golpeaba la puerta del cuarto. Tuve que hacer un esfuerzo y levantarme a ver quién era. Solo encontré una carta debajo de la puerta. Muy entusiasmada la abrí, debía ser Edward, siempre con esos detalles dulces.

"Buenas noches, preciosa. ¿Cómo has estado? ¿Ya cambiaste de novio? Creí que seguías con Edward, pero al verte con este tipo en éste hotel, veo que no. Espero que estés bien. Siempre estoy donde tú estás, querida.

Ryan."

No, no, no. El miedo se apoderaba de mi cuerpo. Las lágrimas comenzaron a brotar y temblé como una gelatina al ver su firma. No era Edward, no era un detalle dulce. Era Ryan y sus palabras tan amargas que me hicieron tener miedo, un miedo impresionante, ese miedo que te pone a pensar qué sería capaz de hacerte tal persona como Ryan si te encontrase.


Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.

Gracias por leer.